LAS DICHOSAS BIENAVENTURANZAS

POPE GODOY

Podéis darle a este título todo el retintín que queráis. Me ha salido del alma. El domingo, 30 de enero por la mañana, encendí la tele mientras me pelaba mi “compa”. Estaba empezando la misa dominical. El evangelio es el pasaje de las bienaventuranzas de Mateo. Y oigo: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Se me revolvieron las tripas... Efectivamente, con esta traducción la Iglesia Oficial se ha vuelto otra vez al cielo. Allí ni nos molestan ni molestamos. Por la tarde, durante mi paseo en solitario, me fui calentando en mis reflexiones. Como es un tema que me escuece desde hace tiempo, he decidido sacarlo a flote lo antes posible.
Vamos a ver, ¿qué significan “los pobres en el espíritu”? ¿No es lo mismo que “pobres de espíritu”? Y ¿qué entendemos con esta expresión? En nuestro lenguaje normal decimos a veces: -Es una persona muy pobre de espíritu. La segunda acepción de la Real Academia lo aclara: “Espíritu apocado, tímido”. Porque yo pienso que la primera acepción hace ya muchos veranos que no se usa: “Dícese del que mira con menosprecio los bienes y honores mundanos”. Estamos listos.
En resumen, el sentido obvio de esa desgraciada e inexacta traducción es el siguiente: la gente apocada, acomplejada, tímida, pasiva y obediente es “feliz” porque en una vida ultraterrena va a entrar en el Reino de los cielos. ¡Claro que es un mensaje alienante! Alienante, exasperante, humillante e indigno.
DICHOSAS E INCÓMODAS BIENAVENTURANZAS
Más de una vez le oí decir a Juan Mateos que las bienaventuranzas necesitaron explicación cuando ya no se cumplían… Bueno, si esta necesidad de explicación ya empezó a sentirse en los siglos II-III, nos podemos imaginar lo que hace falta hoy.
Efectivamente, sobre las bienaventuranzas se han escrito infinidad de libros y artículos. Se han explicado en los comentarios a los evangelios de Mateo y Lucas. Aún así no se puede decir que el conocimiento –no ya la práctica- de las bienaventuranzas goce de gran prestigio en nuestra tradición católica. El evangelio de las bienaventuranzas de Mateo se lee sólo una vez al año, en la fiesta de todos los santos. Y ahora otra vez, con la lectura continuada de cada evangelio. Nos las aprendíamos de memoria en el catecismo, desde luego. Pero muy poco más. Pienso, por ejemplo, en las iglesias de rito oriental donde se cantan las bienaventuranzas todos los domingos en la liturgia. El estribillo con que empiezan y terminan recuerda las palabras del buen ladrón en la cruz: Acuérdate de nosotros, Señor, desde tu reino.
Es importante reconocer que las bienaventuranzas resultan incómodas. Su redacción aparece tan desconcertante que hace chirriar los goznes de nuestra conciencia y le damos inconscientemente de lado. Un ejemplo significativo de esta incomodidad es el comportamiento de la iglesia castrense. Durante el franquismo (no sé si antes o también ahora) las bienaventuranzas no se leían en las misas de los cuarteles. El evangelio de las bienaventuranzas se sustituía por el de la Anunciación a María. ¡Qué hermoso!, ¿verdad? Para mí es un ejemplo emblemático de nuestra capacidad y de nuestra osadía para manipular descaradamente el evangelio en función de nuestros intereses. Y esto se hacía desde instancias oficiales.
El escritor ruso, León Tolstoy cuenta (no recuerdo dónde) una anécdota que me impactó desde mis tiempos de filosofía. El conde Tolstoy estaba sentado en los jardines imperiales. Oyó gritos y pudo ver a un guarda que expulsaba violentamente de los jardines a un mendigo. Aquellos jardines estaban reservados a la nobleza. Tolstoy llamó al guarda: -¿Eres cristiano? -¡Claro!, respondió el guarda con orgullo. -¿Y has leído que son bienaventurados los pobres? –Sí, dijo el guarda, ya más inseguro. -¿Y has leído también que son bienaventurados los perseguidos por la justicia? El guarda agachó la cabeza entre el desaliento y la contradicción y se alejó incómodo como diciendo –Y yo, ¿qué voy a hacer?... Es hermosa la reflexión que hace Tolstoy, a raíz de esta experiencia. Recordemos que Gandhi se inspiró mucho en Tolstoy para elaborar su doctrina y su práctica de la no-violencia.


EL REINADO DE DIOS


Sabido es que la expresión “Reino de los Cielos”, empleada sólo en el Evangelio de Mateo (34 veces por tres veces “Reino de Dios”), es una perífrasis para no utilizar el nombre de Dios. Mateo se dirige a una comunidad cristiana mayoritariamente judía y evita herir su sensibilidad religiosa de respeto al nombre de Dios. Por tanto, la expresión “reino de los cielos” es, sin duda, una traducción literal, pero que induce a confusión. La gente entiende “la otra vida”.
Por otra parte, el término griego “basiléia” tiene tres acepciones distintas, según los contextos:
+Puede significar “reino”: “Si un reino se divide internamente, ese reino no puede seguir en pie” (Mc 3,24).
+Puede significar “reinado”. En el Padrenuestro, por ejemplo, la traducción correcta es: “Llegue tu Reinado” (Mt 6,10). Así en otros muchos pasajes evangélicos y, desde luego, en las bienaventuranzas..
+Y puede significar “realeza”. El pasaje más característico es el de Jesús ante Pilatos: “Mi realeza (mi forma de ser rey) no pertenece a este mundo (a este sistema de valores)” (Jn 18,36). La cantidad de confusiones que ha provocado una traducción incorrecta.
Todos estos aspectos están estudiados muy detenidamente y no son mi tema aquí. Mi punto de arranque es una traducción que le oí decir varias veces a Juan Mateos y que yo he comentado en distintas ocasiones. Mateos decía que la frase evangélica con que empieza la predicación de Jesús “está cerca el reinado de Dios” (Mc 1,15) puede traducirse perfectamente a un lenguaje no religioso con esta expresión exacta: Es posible una sociedad alternativa. Cuando yo he explicado esta original traducción en distintos ámbitos cristianos, la gente comentaba aliviada: ¡Eso sí se entiende! Esta experiencia nos avisa, como tantas otras, de lo lejos que queda el lenguaje religioso para nuestra cultura actual. Podemos seguir aferrados a nuestras fórmulas religiosas, podemos repetir al pie de la letra textos evangélicos, pero cada vez están más lejos del lenguaje y de la mentalidad de nuestra sociedad.
¡Ojo! No se trata de suavizar o de escamotear los contenidos evangélicos. Para eso ya tenemos la normativa castrense antes citada. El objetivo es justamente el contrario: la exigencia de fidelidad al mensaje. Para que pueda ser aceptado necesita previamente ser comprendido. Y para que sea comprendido necesita ser expresado en palabras y conceptos al alcance de cada colectivo y de cada persona. La tarea es inmensa porque la evolución de las mentalidades es muy rápida y la iglesia oficial suele vivir anclada y ensimismada en fórmulas repetidas miméticamente, aunque no nos suenen a nada y nos resulten vacías.
Vuelvo a la traducción secularizada de Juan Mateos. Nos podemos fiar de él, por supuesto, como maestro indiscutible tanto por su palabra como por sus escritos. Pero a él no le gustaba lo de maestro, porque era muy sensible a las palabras de Jesús: No os dejéis llamar ´Rabbí´, porque vuestro maestro es uno solo y todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8). Por cierto, y para más ironía, la palabra Rabbí puede ser traducida perfectamente por Monseñor, Alteza o Excelencia. Vamos, es que ni a posta damos una en el clavo. Mateos prefería la palabra “instructor”.


LA PRUEBA DEL ALGODÓN


Nos gusta verificar las cosas. El argumento de autoridad no goza de demasiado prestigio en una sociedad democrática. Por eso, voy a buscar algunas traducciones alternativas que nos permitan calibrar la justeza de la traducción laica que propone Juan Mateos. “Les dijo otra parábola: -Se parece el reino de Dios (la sociedad alternativa) a la levadura que metió una mujer en medio quintal de harina; todo acabó por fermentar.” (Mt 13,33). ¡Caramba! No se puede formular de modo más breve y certero el proceso de fermentación que se da en una sociedad: ideas que, en principio, escandalizan y hasta crispan o por lo menos se ven como raras e inviables. Pero aquella extraña intuición inicial se va abriendo camino hasta que es asumida con naturalidad por todo el cuerpo social. ¡Y encima lo hace una mujer!
Otro ejemplo: “-¡Con qué dificultad entran en el reino de Dios los que tienen el dinero!” (Lc 18,24), comenta Jesús tras el abandono del joven rico. La traducción sería ésta:
¡Qué difícil es que los ricos se apunten a la sociedad alternativa!...
¡Anda que es mentira! Jesús añade esa vigorosa exageración del camello por el ojo de una aguja para hacernos caer en la cuenta de que el problema es mucho más grave de lo que parece.
Con toda modestia, os invito a que releáis otros muchos pasajes del Evangelio teniendo presente esta clave de lectura. Se descubren matices y actualizaciones que resultan sorprendentes. Un último ejemplo: “Desde que apareció Juan hasta ahora, se usa la violencia contra el reinado de Dios (contra la sociedad alternativa) y gente violenta quiere quitarlo (quitarla) de en medio”. (Mt 11,12).

POBRES POR ESPÍRITU

Según la concepción semita, el espíritu es la sede del conocimiento y de la decisión en cada ser humano. Por eso, en teoría es posible una doble traducción de esos “pobres por espíritu”. Podría ser “Dichosos los que saben que son pobres”. Aquí nos quedamos en el terreno del conocimiento. Es una visión más ascética y más espiritualista. Compromete menos. Pero muy pronto descubrió Juan Mateos que el mismo sermón de la montaña va mucho más allá. En Mt 6,19-34 explica ampliamente Jesús lo que significa “pobre por espíritu” y está claro que exige y lleva consigo una decisión de la voluntad: “no podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Por eso, su traducción final fue: “Dichosos los que eligen ser pobres”.
Alberto Maggi tiene un precioso y muy documentado libro sobre las Bienaven-turanzas (A. Maggi: Las Bienaventuranzas. Edic. El Almendro.- Córdoba, 2001). Entre las muchas originalidades, presenta tres “lecturas” de cada bienaventuranza: La literal, la teológica y la pastoral. Es una aproxima-ción sugerente para tener más elementos de juicio. Respecto de la primera bienaventuran-za, éstas son sus tres traducciones:
Traducción Literal: Dichos los pobres por el espíritu, porque de éstos es el reino de los cielos.
Traducción Teológica: Dichosos aquellos que deciden vivir pobres, porque éstos tienen a Dios por rey.
Traducción Pastoral: Cuantos eligen compartir todo lo que tienen: ¡Dichosos! Porque Dios cuida de ellos.
Interesente, sin duda, y enriquecedora por los nuevos matices que añade. Pero, ¿qué queréis que os diga? Yo me quedo insatisfecho. Me deja más bien frío, no llega a entusiasmarme. Si yo soy el único tío raro, pues me quedo tranquilo. Pero si hay más gente que le pasa lo que a mí, me atrevo a proponer una “traducción” alternativa en lenguaje no religioso. Con esta formulación intento sintetizar los datos anteriores.
Traducción Laica (no religiosa): Son felices las personas solidarias, porque ésas saben que otro mundo es posible.
La afirmación es un desafío espectacular. Jesús no hace formulaciones teológicas ni promesas de futuro. Es algo mucho más obvio, más inmediato y más universal. ¡Hace una apelación y una llamada a la experiencia de cualquier persona! La solidaridad es fuente de felicidad. Aquí, en cualquier parte del mundo, en cualquier religión y en cualquier ética verdaderamente humana. ¡Es una verificación que está al alcance de todo el mundo! Que se vive –se puede vivir- en nuestra historia personal de cada día. SON FELICES. ¡Jesús lo dice en presente! ¡Ahora! No después, en una fácil promesa de futuro. Esa experiencia de felicidad personal, ahora, en este momento, es el punto de partida y el punto de llegada.
Efectivamente, las personas solidarias llegan a “saber”, en su sentido etimológico más genuino. Es decir, descubren, saborean, experimentan y hasta disfrutan porque “otro mundo es posible”. Es una conclusión gozosa, esperanzada y dinamizadora. Jesús llama a una reflexión sobre la propia experiencia como punto de arranque y de compromiso para un cambio de sociedad.

UN PODER DESENCADENANTE

La primera bienaventuranza, como anticipo y síntesis de todas las demás, es una oferta de felicidad: ¡felices, dichosos! Felicidad que se verifica en una doble dimensión. Ante todo, es una llamada a la felicidad personal. Podemos ser felices, dentro de las limitaciones, incertidumbres y tragedias de la vida humana. Y, a renglón seguido, descubrimos que nuestra felicidad individual está ligada a la felicidad de los demás. Somos felices compartiendo, ejerciendo la solidaridad.
Bueno, podemos decir que Jesús de Nazaret no ha descubierto la pólvora. De acuerdo. Su “acierto”, por decirlo así, consistió en formular esas aspiraciones profundas que llevamos dentro. Y proponer a plena luz que esas aspiraciones personales pueden ser y son también objetivo válido para toda la comunidad humana. En resumen, una oferta de felicidad individual y colectiva... Pero, ¿es que estamos soñando? Pues sí. Soñamos que otro mundo es posible y trabajamos para que se vaya haciendo realidad.
¿Hasta dónde tiene que llegar la solidaridad? Ponte a la escucha de tu corazón y de tu experiencia. Empieza por lo mínimo, si quieres. Ni siquiera un vaso de agua que-dará sin recompensa (Mc 10,41). Pero el ca-mino se va abriendo a nuevos horizontes y a nuevas metas. Tampoco aquí Jesús se queda corto en los objetivos. La solidaridad puede llegar hasta hacerse un miserable (ésa es la correcta traducción del “ptojói” griego, los pobres) en solidaridad con las personas más excluidas de la sociedad. El tema tiene una dimensión amplísima y no me detengo más.
Si las consideraciones que hago aquí no están completamente desacertadas, me surgen dos conclusiones. La primera es remachar una vez más esta afirmación: Jesús de Nazaret es patrimonio de toda la humanidad y no es propiedad de una iglesia. Esa sociedad alter-nativa, que él anunció y a la que nos llamó, rebasa los límites de una cultura o de una religión. Es una aspiración humana y habrá que trabajar desde todos los ángulos para hacerle camino. La segunda conclusión es relativizar el papel de la iglesia-institución. ¡Ojalá que sea palanca poderosa para construir esa sociedad alternativa! Tendría que tener muy clarito que la función eclesial primaria es servir a la causa de la felicidad humana personal y colectiva. Que esa causa es anterior a la iglesia y que está por encima de la iglesia. Que esa causa, tan humana y tan “divina”, se irá abriendo camino con la iglesia o sin ella, a pesar de ella y aún contra ella, como, por desgracia, ha ocurrido en otros momentos de la historia.
Por último, es posible que a personas creyentes se les quede demasiado desangelada esta traducción no religiosa de la primera bienaventuranza. Lo comprendo y hasta casi lo comparto. Pero está claro que, desde la fe, se mantiene de forma permanente un luminoso telón de fondo: Dios, Padre-Madre de todos los seres humanos. La fraternidad humana es otra formulación del Reinado de Dios. Por eso, con distintas formulaciones, desde el Reinado de Dios, desde la fraternidad universal o desde la sociedad alternativa... hay trabajo “pa reventar”. 

Tomado de Eclesalia
4 de febrero de 2005.