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ABRIENDO CAMINOS
Es verdad que en el fenómeno social y eclesial de los
curas casados muchos nunca se atrevieron a mirar más allá de sus propias
narices: la miopía institucional o el recurso al tópico ramplón que con
tanta facilidad une sexo y clero, eran -¿son todavía?- un terreno abonado
para todo tipo de simplismos, prejuicios y descalificaciones. Así, durante
toda nuestra primera andadura, tuvimos que abrirnos paso por un campo
sembrado de expresiones que pretendían desautorizar al cura casado y
justificar el rechazo y la ignorancia de lo que ese colectivo, digno,
numeroso y cualificado, podía aportar a la comunidad de creyentes en Jesús:
“se veía venir: algunos hacen a las claras lo que otros muchos ocultan”;
“han colgado los hábitos: pues que se marchen y nos dejen tranquilos”;
“¿curas casados? no: sería un factor más de aburguesamiento en el clero”;
“son traidores a un compromiso contraído con Dios”; “viven en situación
irregular: ¿por qué siguen dando guerra?”; “reivindicar el celibato opcional
es una muestra más de clericalismo: hay cosas más urgentes por las que
merece la pena luchar”...
Responder a estas simplificaciones ha sido en muchos momentos y en diversas
instancias una urgencia insoslayable. Pero nuestros caminos no han sido
marcados ni por la polémica ni por el debate ideológico. De siempre hemos
sentido y sentimos que la apuesta de cada ser humano se resuelve, se
justifica y se autentifica desde la práctica, desde la vida, desde la
coherencia.
Por eso, deseo destacar, sin pretensión de tener la última palabra en nada;
pero desde la perspectiva serena que nos permiten estos veinticinco años de
éxodo interior- algunos elementos que me parecen importantes, que no podrán
ser silenciados por nadie que se acerque al fenómeno de los curas casados en
la iglesia católica de occidente con mirada limpia, con corazón abierto y
con la imprescindible categoría mental que exige cualquier análisis que
pretenda superar los niveles de una informal charla de café.
A) MUCHOS CURAS CASADOS -EN NUESTRO
PROCESO DE ABANDONO DEL MINISTERIO PRESBITERAL OFICIAL- HEMOS VIVIDO UNA
AUTÉNTICA OBJECIÓN DE CONCIENCIA.
No pretendo generalizar, ni hablar en nombre de nadie; ni realizar un
diagnóstico de validez universal. Sólo reivindico el derecho a decir lo que
algunos hemos vivido y vivimos. Porque es bueno expresar lo que se vive,
aunque a veces nos cueste; y porque es la forma de que no nos quedemos en la
cáscara, en la superficie.
Desde luego, no fue nada sencillo vivir como cura en la década de 1970. La
intuición, el intercambio fraternal y comunitario y múltiples decisiones
aparentemente insignificantes nos iban afianzando en la sensación de
encontrarnos en un callejón sin salida: las apuestas profundas del Vaticano
II (iglesia-pueblo de Dios, corresponsabilidad, comunidades al servicio del
mundo, convicciones ecuménicas...) se iban quedando en palabras repetidas
hasta la saciedad, pero carentes de compromisos concretos y de la puesta en
práctica (¿institucionalización?) imprescindible.
Muchos vivimos dolorosamente la contradicción de haber realizado un
compromiso vital por los valores del Evangelio y estar representando y
desarrollando una tarea bastante burocratizada pero espiritualizada que, en
muchos aspectos, contradecía esos valores evangélicos. Experimentábamos en
situaciones muy concretas el choque entre vivir y expresar lo que creíamos y
lo que oficialmente se seguía defendiendo. Sentíamos que una figura como la
del cura clérigo no facilitaba -¿impedía?- el crecimiento de las comunidades
de creyentes, adultos, mayores de edad...
Y fue una apuesta ética profunda romper con ese rol, negarnos a seguir
representando ese papel y sustentando esa forma de vivir en iglesia que
vivenciábamos como contraria a muchos valores vividos por Jesús de Nazaret.
Fue dramático en muchos momentos conciliar imperativos de conciencia con el
desempeño de un ministerio eclesial al servicio de una institución que se
resistía a los cambios. Y sólo el camino de la objeción, la ruptura con lo
religiosamente correcto, podía aportar a nuestras conciencia la
imprescindible paz interior.
La objeción de conciencia es difícilmente asimilable por la institución
afectada: pero abre caminos a la libertad personal y cuestiona la validez de
verdades sustentadas como intocables.
B) COMO CREYENTES EN JESÚS, NUESTRA
RUPTURA CON LA INSTITUCIÓN SUPUSO UNA ARRIESGADA APUESTA HACIA UNA TIERRA
DESCONOCIDA DESDE LA FE.
¡Qué duda cabe que lo más cómodo era continuar en la función que se estaba
desempeñando! Y, por supuesto, lo que desde el discurso oficial podía
asegurar más tranquilidad espiritual. Niños educados y conducidos desde
edades tempranas para dedicarse a una tarea socialmente valorada y
reconocida; personas, al mismo tiempo, convencidas de estar cumpliendo la
vocación para la que Dios las había elegido; conciencias adiestradas en la
identificación de la voluntad del superior con la de Dios, tenían necesidad
de reconstruir todo un proyecto de vida, sobre las ruinas del anterior,
desmantelado poco a poco, por el choque con la vida, el cuestionamiento del
saber y la erosión de los tiempos.
En esa marcha hacia una nueva tierra, el encuentro en profundidad con otra
persona, el descubrimiento del amor, el compartir las dichas y los
sufrimientos de lo que se va viviendo, es otro de los elementos importantes
de esta apuesta desde la fe. La ruptura de la soledad, la complementariedad
encontrada en otra persona, la alegría de un nuevo proyecto de vida
compartida, los múltiples momentos y jornadas dedicados a la charla amigable
y la ayuda sentida en la propia piel ante cualquier situación de duda y de
sufrimiento -¡qué duda cabe!- son uno de los regalos más jugosos de la vida
y uno de los signos más impactantes de la presencia de Dios a nuestro lado.
Es evidente que estoy describiendo de forma muy esquemática procesos ricos,
dolorosos y gozosos, en los se van desmontando creencias durante mucho
tiempo sagradas para irse agarrando a pequeñas certezas que, gracias a Dios,
no tenían otra validación que la de la buena voluntad y el deseo de
búsqueda. Una búsqueda que arrancaba de convicciones enraizadas en lo más
hondo de la conciencia personal y en el deseo de no traicionar valores que
seguían dando sentido a la vida.
No haber buscado esos otros caminos habría evitado muchas complicaciones:
nueva inserción laboral, preparación necesaria, ubicación social y afectiva,
replanteamiento familiar, etc. Pero nos habría dejado ese inevitable olor a
podrido y a traición -a uno mismo y a los demás- que deposita cualquier
claudicación ante los retos que a diario nos va planteando la vida. Podemos
acertar o equivocarnos en las decisiones adoptadas; pero no será honesto
quedarse aferrados al punto de partida para evitar los riesgos que produce
esa búsqueda de nuevos caminos, de sendas no transitadas, cuando el
imperativo de conciencia te está exigiendo ser coherente con lo que vives y
con lo que ves.
C) HEMOS ABIERTO SENDAS
Y TRANSITADO POR CAMINOS QUE PUEDEN RESULTAR MUY CLARIFICADORES PARA ACABAR
CON TABÚES Y FACILITAR -¿SERVIR DE REFERENCIA?- ANDADURAS POSTERIORES.
Querer resumir este cúmulo de pistas sí que sería pretencioso. Sólo pretendo
apuntar algunos de los hitos más representativos. Aunque es éste uno de los
campos en los que más incidimos en nuestras puestas en común y en nuestra
reflexión sobre lo que vivimos.: este número no deja de ser un ejemplo de lo
que acabo de decir.
Por tanto, apunto algunas de estas sendas abiertas...
+ una nueva forma de afrontar la fe,
incluso desde la disidencia positiva y la objeción de conciencia; desde un
talante sereno y respetuoso; pero sin ceder un ápice a la complicidad con lo
que no vemos limpio. Nadie estamos limpios en este mundo, por supuesto;
todos tenemos nuestras dosis de responsabilidad en todo lo que sucede; pero
el silencio nos convierte en culpables.
+ la relativización de toda norma eclesiástica.
Cuando todavía se sigue insistiendo más en iglesia que en Jesús; más en ley
que en libertad; más en obediencia que en compromiso; más en ortodoxia que
en ortopraxis; más en el Papa que en Jesús; más en Dios que en el ser
humano... La vuelta a desacralizar el sábado, todos los sábados, todo lo que
por religioso parece intocable...
+ la nueva vivencia -y, por tanto- nuevo análisis de todos los problemas
relacionados con el compromiso creyente:
relaciones de pareja, fecundidad, maternidad y paternidad responsable,
métodos para la misma, educación de los hijos, problemas económicos, opción
sindical, ciudadana o política, etc.
+ la perspectiva diferente desde las que vivir y proyectar las celebraciones
de la fe.
¡Qué diferencia tan desequilibrante participar en las asambleas religiosas
desde la presidencia, el micrófono, el ambón... o entre una multitud
anónima, callada, sumisa...!
Es evidente, amigas y amigos todos, que esto no ha hecho sino empezar. Y que
nuestra apuesta es abrir caminos para sobrevivir y vivir en profundidad, sin
ni siquiera la pretensión de estarlos abriendo. Cada cual ha de encontrar
los suyos: no sirven las copias. Aunque el compartir siempre ha sido una de
las mayores riquezas del ser humano.
Ramón Alario.
Cabanillas, 2 de febrero de 2005.
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