COMUNICADO A LA DIRECCIÓN DEL SÍNODO DE MADRID

 

   
FAMILIA: UTOPÍA Y REALIDAD

 

   
¿PRESERVATIVOS?      

 

   
¿ QUIEN DIVIDE LA IGLESIA?

 

   
   
   

COMUNICADO A LA DIRECCIÓN DEL SÍNODO

DE MADRID


Los participantes en los grupos del Sínodo hemos recibido en octubre la Carta Pastoral del Excmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid, “Levantad los ojos. Alumbra la esperanza” para prepararnos “ante la celebración de la Asamblea Sinodal”. Tras su lectura y reflexión del documento, y una vez finalizado el trabajo de nuestro grupo sinodal en la fase preparatoria, quisiéramos dejar de manifiesto las siguientes las cuestiones:
Desde un inicio, todos los participantes de nuestro equipo éramos conscientes del carácter no vinculante del proceso consultivo que se nos proponía, pese a ello, lo afrontamos con la esperanza de aprovechar esta oportunidad para promover un debate que contribuyera a generar una dinámica de cambio y renovación en la Iglesia de Madrid.
En general, la evaluación que realizamos del proceso vivido es muy positiva, ya que nos ha permitido conocernos, reflexionar, opinar, reconocer las diferencias dentro de la Iglesia, orar, escuchar y proponer... Todo ello nos ha enriquecido, y nos permitió crear un vínculo de fraternidad en una parroquia nueva como es la nuestra, un valor que apreciamos en sumo grado.
Durante este tiempo, nos hemos reunido con la mejor voluntad y hemos pedido la luz del Espíritu. En las propuestas vertidas de cada uno de los contenidos planteados, hemos ido exponiendo lo que creíamos mejor para nuestra Iglesia de Madrid.
En síntesis, no se pone en duda nuestro gozo de pertenecer a la Iglesia católica, fundada por Jesús de Nazaret, y en la que todo se basa en el amor. La práctica de este amor nos hace felices, y esta interacción la desearíamos universalizable. Esta es la razón de nuestro vivir y el fundamento de nuestra evangelización.
En los temas reflexionados hemos ido constatando los claroscuros de la Iglesia como institución en sus 20 siglos de existencia. A lo largo de su historia la Iglesia tiene en su haber a todas luces un bagaje positivo, herencia que tantas personas buenas, la mayoría de ellas anónimas, nos han dejado. Pero también errores, que ensombrecen este hermoso recorrido. Todo esto nos obliga a estar en constante revisión y vigilancia para mejorar nuestras prácticas.
El Concilio Vaticano II nos ilusionó y nos llenó de esperanza por su impronta de “aggiornamento”, y porque la Iglesia se definió como “pueblo de Dios”, donde los sufrimientos y preocupaciones de la gente le eran inherentes. Pero el tiempo y los acontecimientos nos han ido desencantando. Percibimos que hemos ido retrocediendo y que continúan los dos modelos de Iglesia: la jerárquica y la de los fieles. Los pastores y el rebaño.
En este sentido, y en consonancia con nuestros planteamientos, queremos expresar algo que es objeto prioritario de nuestra preocupación; el posicionamiento de la Iglesia frente a las propuestas del gobierno reciente. Parece como si el único discurso de los creyentes en nuestra sociedad, el aparentemente mayoritario, fuera el de la jerarquía, identificando sus opiniones con las de toda la Iglesia.
Este talante de déficit democrático que ponemos de manifiesto, consustancial con la estructura, perturba nuestras conciencias en estos tiempos. Somos católicos y somos ciudadanos: nos debemos a Dios y al César: votamos a nuestros representantes en la vida civil. Acogemos caritativamente a nuestros obispos impuestos en la Iglesia. Opinamos, criticamos, votamos, apoyamos o censuramos en nuestro diario quehacer civil (desde nuestro sentido ético del civismo). Nos callamos, asentimos y obedecemos en nuestro ámbito eclesiástico, etc. Las contradicciones se patentizan a partir del punto de partida: Sociedad Democrática o Institución Jerárquica.
Esto se constata, una vez más, en las campañas para “movilizar las conciencias de los fieles católicos” que están promoviendo nuestros prelados y determinados “grupos de presión” dentro de la Iglesia, en clara oposición con el actual gobierno salido recientemente de las urnas, animándonos incluso, a posicionarnos en contra del reconocimiento de derechos civiles de determinados sectores de ciudadanos de nuestra sociedad actual. El resultado es que los laicos católicos que nos tomamos en serio nuestros derechos y obligaciones de uno y otro tipo, desde esa ética del civismo a la que antes apelábamos, nos lleva a una situación de gran contradicción. Como personas en nuestra integridad que somos, tenemos una única identidad, y esta dualidad nos lleva a conflictos internos de difícil solución.
Rechazando todas las tentaciones que de esta situación pueden surgir, buscamos introspectivamente luz y fuerza en la fe y la oración; y la encontramos, al constatar que el amor, el respeto, la cooperación, el diálogo… son el camino para superar diferencias y construir la paz, al ejemplo de Jesús que vino a solucionar los problemas de las personas, no a crearlos.
Los que hemos participado en este proceso de reflexión sinodal y que hemos contribuido en la elaboración de propuestas en equipo, lo hacíamos con la ilusión y esperanza en contribuir en la mejora y clarificación de la dualidad antes mencionad de nuestra Santa Madre Iglesia, tratando de aportar elementos que sirvieran para establecer posicionamientos actuales, acordes con la realidad social y cultural de la sociedad en que vivimos, para que su doctrina fuera mejor aceptada y sirviera de fermento, como la levadura en la masa.
Si hay críticas, es para reconocer nuestro pecado y rectificar. Si hay iniciativas, es con la intención de mejorar lo que tenemos. Es decir, es tiempo no sólo de protestas, sino de propuestas. Un Sínodo no se convoca con frecuencia. Aprovechemos, pues, la ocasión para mejorar y renovarnos con la experiencia y buena voluntad de todos y todas, por supuesto, asistidos por el Espíritu Santo.
Ese era nuestro pensamiento, pero al leer la pastoral del Sr. Cardenal constatamos nuestro error: “La principal y específica actividad de los miembros de la Asamblea Sinodal será escuchar y acoger la Palabra que el señor dirige hoy a su Iglesia”.
Eso lo hacemos a diario en la oración. Pero un Sínodo, creíamos que era para proponer, no nuestras “certezas y creencias”, sino los problemas que nos preocupan a muchos con las soluciones que el Espíritu nos inspire.
Más adelante dice la pastoral que “Cristo es quien preside la Asamblea Sinodal en la persona del obispo” y que “él es quien recibe la misión insoslayable de garantizar y desarrollar el dinamismo propio de la comunión eclesial”; que él es el “único legislador en el Sínodo Diocesano” y “los demás miembros del sínodo sólo tienen voto consultivo”, que las conclusiones no son tales “porque falta aún la intervención personal última del obispo, que debe examinarlas, discernirlas y, posteriormente, ofrecerlas a toda la comunidad diocesana”. Podríamos seguir tomando citas de dicho documento, pero todo parece quedar muy claro en esta última: «se trata de intentar vivir mejor la fe y la comunión eclesial y de aplicar la disciplina general de la Iglesia …».
Nosotros conside-rábamos que de lo que se trataba era de juntarnos los cristianos en un momento especial (ahora crítico) para, puestos en manos de Dios, reconocer que somos pecadores, y buscando la esencia del mensaje de Jesús, para, después de practicar nosotros ese amor desinteresado al prójimo, ofrecer a la sociedad en que vivimos el mensaje de Jesús.
Constatadas las dificultades existentes para hacer compatible el modelo de contribución de los fieles que el Sínodo nos propone en la última carta pastoral recibida, y la forma de cómo nosotros entendemos que debería ser un modelo de verdadera participación, renunciamos a asistir a las sesiones sinodales, con hondo pesar de que en la institución de nuestra Iglesia, a pesar de bonitas declaraciones, a los laicos se nos siga considerando menores de edad. 

José Redondo de Francisco, Maribel López-Mujeriego Ramos, Luis Carlos Chana García, Mª Pilar de Caso Briones, Desamparados Serrano, Teresa Noya Arroyo, Ana Lucía Pérez Cachón, miembros de uno de los grupos sinodales de la parroquia nuestra señora de las rosas, en san Blas  Madrid

Nosotros considerábamos que de lo que se trataba era de juntarnos los cristianos en un momento especial (ahora crítico) para, puestos en manos de Dios, reconocer que somos pecadores, y buscando la esencia del mensaje de Jesús, para, después de practicar nosotros ese amor desinteresado al prójimo, ofrecer a la sociedad en que vivimos el mensaje de Jesús.
Constatadas las dificultades existentes para hacer compatible el modelo de contribución de los fieles que el Sínodo nos propone en la última carta pastoral recibida, y la forma de cómo nosotros entendemos que debería ser un modelo de verdadera participación, renunciamos a asistir a las sesiones sinodales, con hondo pesar de que en la institución de nuestra Iglesia, a pesar de bonitas declaraciones, a los laicos se nos siga considerando menores de edad. 

JOSÉ REDONDO DE FRANCISCO, MARIBEL LÓPEZ-MUJERIEGO RAMOS, LUIS CARLOS CHANA GARCÍA, Mª PILAR DE CASO BRIONES, DESAMPARADOS SERRANO, TERESA NOYA ARROYO, ANA LUCÍA PÉREZ CACHÓN, miembros de uno de los grupos sinodales de la parroquia Nuestra Señora de Las Rosas, en San Blas
MADRID.

 



FAMILIA: UTOPÍA Y REALIDAD

Por más valores irrenunciables que contenga, la familia no deja de inscribirse dentro de la condición humana, que es siempre convivencia de los contrarios. Por eso hay en ella simultáneamente dimensiones de luz y de sombra. En las culturas se concretiza de muchas maneras. En la nuestra, al lado de la familia-matrimonio existe la familia-asociación (cohabitación y unión libre) dando origen a la familia consensual no conyugal. La introducción del divorcio ha dado lugar a familias unipersonales (la madre o el padre con sus hijos e hijas) o multiparentales (con hijos/hijas provenientes de matrimonios anteriores) y también a uniones entre homosexuales (hombres y mujeres).
¿Hasta que punto estas formas realizan la sustancia de lo que llamamos familia? Antes de contestar, la actitud cristiana no moralizante y más adecuada es: si en todas estas formas existe amor, y no hay por qué ponerlo en duda, estamos ante algo que tiene que ver con Dios que es amor y bondad. Debe, pues, prevalecer el respeto y no el prejuicio.
La respuesta a la pregunta deriva de lo que entendamos por familia y en este entendimiento debe estar siempre presente lo utópico y lo concreto, pues ambos forman la realidad, también la de la familia. Lo concreto es lo que hay. Lo utópico es lo que es virtual y posible, su referencia de valor, por cierto nunca totalmente alcanzable, pero que tiene por función mantener a la familia siempre abierta y perfectible, jamás cerrada o estancada en alguna forma, considerada la única posible, por buena que sea.
Un especialista brasilero, Marco Antônio Fetter, creador de la primera Universidad de la Familia en Brasil (RS), la define así: «un conjunto de personas con objetivos comunes y con lazos y vínculos afectivos fuertes, con funciones definidas, donde naturalmente aparece la función de padre, madre, hijos y hermanos». Juan Pablo II en la Carta Apostólica Familiaris Consortio (1981) y en la Carta a las familias (1994) enseña que la familia es «una comunidad de personas fundada en el amor y animada por el amor, un complejo de relaciones interpersonales —relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad— a través de las cuales la persona humana es introducida en la familia humana.»
El núcleo utópico e inmutable de la familia es el amor, el afecto, el cuidado del uno con el otro y el deseo de estar juntos, siendo los padres abiertos a la procreación, cuando es posible, o por lo menos al cuidado de todas las formas de vida, que es también un modo de realizar la fecundidad. Este núcleo debe poder realizarse en las diferentes formas concretas de convivencia.
¿Qué sería de la familia y de los compañeros si no ardiese en ellos la llama de la utopía? Todos viven del deseo de encontrar y vivir el amor, sueñan con poder realizarse a dos y ser mínimamente felices. No obstante todas las dificultades, deformaciones y frustraciones, sin ese motor, la vida humana sería menos humana y perdería sentido.
Análisis transculturales demostraron que cuando ese núcleo de amor existe, hay menos violencia, mayor sensibilidad para la cooperación social, disminuyen los conflictos familiares y baja el número de divorcios o separaciones dilacerantes.
Para los cristianos la familia es el lugar donde se revela la Familia divina del Padre, Hijo y Espíritu Santo y donde también se realiza la Iglesia en su expresión doméstica. (www.leonardoboff.com)
 



¿PRESERVATIVOS?      

  Chini Rueda

   

Es un escándalo que la Iglesia católica oficial haya mantenido invariablemente una condena respecto al uso de preservativos.

 

                                 

 

¿Crees que la Iglesia terminará aceptando el uso del preservativo?
Sí. Llegará a aceptarlo aunque tengo claro que ello conlleva trabas que a la iglesia jerárquica le suponen un costo que hoy no parece muy dispuesta a afrontar. El uso del preservativo no es un tema aislado e inocente sino con ramificaciones que pueden llegar a hacer temblar cimientos.
En primer lugar, el tema tiene graves implicaciones políticas. No hablo en nombre de todos los católicos pero me atrevo a decir que todos compartimos una preocupación por la pandemia del sida y por las miles de muertes que está provocando. Por ello, me parece un escándalo que la Iglesia católica oficial haya mantenido invariablemente una condena respecto al uso de preservativos, único medio accesible para muchos, de prevenir hoy el contagio de dicha enfermedad, y se haya posicionado de forma cerrada e intransigente, alineada con países políticamente débiles y de ideologías fundamentalistas, en las conferencias internacionales promovidas por la ONU.
Su política de absten-ción y fidelidad, que parece dubitativamente matizar en caso de que exista una clara posibilidad de contagio de sida, es una política ajena a la realidad de dolor de miles de personas, muy especialmente en los países en desarrollo.
El poder social de la Iglesia en algunos países ha logrado imponer políticas tremendamente negativas para la salud e integridad de gran número de mujeres y no ha contribuido de forma positiva al desarrollo de sus pueblos.
Además, en sociedades como la nuestra, con estos planteamientos, la iglesia ha logrado alejar a muchas personas que no han encontrado espacio de diálogo ni comprensión, que se han sentido personalmente incomodadas, agobiadas o directamente señaladas con un dedo sombrío y acusador; millones de parejas que no querían tener hijos o que vivían su sexualidad fuera del matrimonio o con parejas homosexuales o que decidían separarse...
Así, cuando la Iglesia se presenta a sí misma como defensora de «la» moralidad, especialmente en el terreno sexual, me pregunto de qué moralidad está hablando, con qué bases y en qué condiciones y con qué autoridad habla de la «inmoralidad» del preservativo.
Más en profundidad, creo que el tema toca la dignidad humana y una de las expresiones más gozosas del ser humano, su sexualidad.
Es cierto que la doctrina de la Iglesia ha evolucionado en su concepción de la sexualidad. Pero hay una la negativa rotunda, que parece casi innegociable, a aceptar los métodos anticonceptivos artificiales.
Tras esta negación está el rechazo a que los seres humanos se adueñen de su sexualidad y controlen su capacidad reproductiva. Existe, en esta iglesia jerárquica y patriarcal, un milenario miedo a las mujeres por lo que su autonomía pueda traer de disensión y desobediencia, de formas no tradicionales de familias, de nuevas relaciones más interdependientes...cuestiones, en fin, que son tomadas como amenazas para el ejercicio del control y la autoridad tal y como se han establecido.
Sin embargo, creo que sí, que llegarán cambios y eso me alienta una mirada amplia y abierta que considera hermosa la aventura de vivir, aún en medio de su devastadora debilidad, y fe en que es posible seguir esperando. También me lo confir-ma la realidad de montones de católicas y católicos que son dueños de sus vidas y su sexualidad por encima de los yugos que quieren imponerles, por encima de cualquier intento de control de sus conciencias.
Católicas y católicos «desobedientes» que disienten y emplean energías y esfuerzo en hacer crecer su sensibilidad social, sus compromisos políticos, la confianza última en el ser humano y en el amor. Ojalá nuestros obispos puedan entenderlo y acaben contagiándose de ello.

Chini Rueda es Teóloga y miembro de «Católicas por el Derecho a Decidir» y del colectivo «Somos Iglesia».






¿ QUIEN DIVIDE LA IGLESIA?

 

 

El texto que sigue ha sido publicado en el número de Agosto 2004 del boletín de coordinación de la asociación danesa “Vi Er Ogssa Kirken”
( lo que se traduce exactamente por “ Nosotros somos también la Iglesia”)
y que fue publicado por el diario danés “ Kristligt Dagblad”
el 3 de agosto 2004 con el título “La crisis católica es una crisis de credibilidad”.

 

El padre Benny Blumensaat, sacerdote católico de Edberj, deplora en una carta dirigida al periódico danés “ Kristligt Dagblad” que haya católicos que se oponen al Papa, que se oponen al obispo (sólo hay uno en Dinamarca) y que no estén de acuerdo con la fé y la enseñanza católicas. El padre Blumensaat hace así alusión al movimiento de base “Somos también la Iglesia” que él considera como la expresión de una revuelta que no hará más que aportar nuevas divisiones en la Iglesia.
Dice este padre: “ Como este movimiento es una red informal de católicos desilusionados, no puedo hablar más que en mi nombre. Pero he aquí algunas cuestiones que me parecen cruciales:
+ que durante años, el Papa, la curia y los obispos hayan cerrado los ojos sobre los abusos sexuales infligidos a menores por sacerdotes, monjes o religiosas y que con poco entusiasmo hayan aceptado cooperar con las autoridades civiles en las encuestas sobre estos crímenes;
+ que rechacen ver cómo el celibato obligatorio de los sacerdotes en el mundo occidental ha sido un imán para la homosexualidad ( ver por ejemplo el escándalo actual en Austria);
+ que los sacerdotes estén obligados a firmar el juramento anti-modernista, que les hace en principio renunciar a todos los conocimientos adquiridos por las ciencias naturales y sociales estos 200 últimos años;
+ que teólogos, profesores o escritores puedan ser perseguidos secretamente por el Vaticano sin conocer los nombres del procurador, del defensor y del juez ( ver por ejemplo el caso de Hans Küng);
+ que la concepción bíblica de la Iglesia, formulada por Vaticano II se haya olvidado o incluso directamente contra-atacado por la dirección actual de la Iglesia;
+ que la Iglesia sea gobernada de arriba abajo por hombres que como todos los dictadores distorsionan la ley según su buen placer (ver por ejemplo la canonización de la Madre Teresa), y exigen de sus “sujetos” una obediencia ciega y una disciplina de robot;
+ que los responsables de la Iglesia apoyan a dictaduras (ver por ejemplo la amistad del Papa actual con el general Pinochet de Chile);
+ que los responsables de la Iglesia rechacen las medidas que podrían impedir a la gente del Tercer Mundo morir de enfermedad, de hambre y de pobreza;
+ que la ejecución de criminales y las guerras, por las que se matan miles de personas inocentes, sean considerados como plagas morales de menor importancia que el aborto o la eutanasia (cf. la carta del cardenal Ratzinger a los obispos americanos, publicada en el Expresso del 3 de julio 2004);
+ que la observancia de principios legalistas sea más importante que la vida de seres humanos (cf. la carta del vicario general Lars Messerschmidt en el número de 3 de julio 2004 de Kristligt Dagblad;
+ que las mujeres sean tratadas como católicas de segunda clase en la Iglesia y consideradas en general como seres humanos de segunda clase;
+ que los laicos deban aceptar no tener ninguna influencia, incluso en las materias donde su competencia y su experiencia son superiores a las del clero (por ejemplo en política familiar).

La lista es larga y podría fácilmente completarse, en particular añadiendo cuestiones históricas como por ejemplo el anti-semitismo del papa Pio XII y su simpatía por los regímenes fascistas, o las manipulaciones y falsificaciones que condujeron a la declaración sobre la infalibilidad del Papa en el Concilio Vaticano I en 1870.
La crisis actual de la Iglesia católica es una crisis de credibilidad. Ella toma sus raices en los conceptos de la esencia de la Iglesia. ¿ La iglesia es primero una institución religiosa legalista o una comunidad socio-religiosa de seres humanos? ¿ Es ella exclusivamente el Papa y los obispos o es ella la totalidad de los creyentes? ¿ Sus líderes, que sea a escala global o local, deben practicar una política en provecho de la institución o una política que tiene su sentido en el interés de las necesidades religiosas y sociales de los creyentes?
Estas controversias, presentadas aquí de forma simplificada, están lejos de ser nuevas. Discusiones semejantes sobre la Iglesia tuvieron lugar al final de la Edad Media. Entonces también hubo muchos católicos sinceros para expresar su desacuerdo con la autoridad de la Iglesia. En aquella época el Papa y la Curia no oyeron las protestas y no cambiaron nada a estas posiciones críticas. Se conoce el resultado de esta sordera papal: la reforma luterana. Si el Papa actual y los obispos no escuchan la aspiración, sólidamente anclada, de reformas fundamentales en la Iglesia, tal que expresada por católicos inquietos, se puede temer una nueva división tan seria como en el pasado de la Iglesia.
Tal temor ha sido expresado por el gran teólogo americano, Paul Lakeland, en su último libro titulado “ The liberation of the Laity. In search of an Accountable Church” ( Continuum, New York,2002).
Hasta aquí la palabra del padre Benny Blumensaat.
Añade Kaare Ruebner Joergensen , cronista danés, que en lugar de criticar el movimiento de laicos “Somos Iglesia”, el padre Blumensaat debería alegrarse por esta situación. Ya que los miembros del movimiento no hemos dejado la Iglesia. Al contrario de 30.000 católicos daneses que lo han hecho en los últimos 30 años.
Traducido del francés por Aitor Orube del boletín nº 6 de Octubre 2004 : Nous sommes aussi l´Eglise-Droits et libertés dans les Eglises.