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ENTREVISTA A PEDRO
CASALDÁLIGA
En la cadena SER, la tarde de la
elección de Benedicto XVI
Buenas noches a todos y a todas y un abrazo de paz y de esperanza.
Yo no sé, monseñor, si usted había hecho vaticinios; y si los vaticinios que
había hecho han fallado o no: estamos ávidos por conocer cuál es su opinión
sobre la figura del nuevo papa.
Una cosa es lo que uno deseaba, y otra cosa es lo que se podía esperar.
Porque debemos reconocer que la inmensa mayoría de los cardenales de hoy
fueron elegidos por el papa Juan Pablo II; por lo mismo, eran de su línea:
es lo que se podía esperar. Pero soñábamos un cambio que, objetivamente
hablando, no se ha dado. Se puede esperar una continuidad. El papa Benedicto
XVI ha sido realmente, en el pleno sentido de la de la palabra, el brazo
derecho (teológicamente) de Juan Pablo II, su teólogo de curia; de modo que
seguiremos. No tendrá el carisma personal de Juan Pablo II y, en ese
sentido, es otro momento en la Iglesia también.
¿Y Cómo se explica que al final del cónclave haya provocado la que algunos
han calificado como, decepción gigantesca para quienes esperaban un papa con
mayor amplitud de miras; con una mirada más cálida hacia otras opciones,
otras maneras de entender el mensaje de Cristo hoy en la tierra?
Para mí no ha sido una decepción gigantesca, por lo que ya he dicho antes.
Sí queríamos -no pensábamos: queríamos- otro tipo de papa... Pero bueno, lo
que yo digo es lo siguiente: los católicos y las católicas debemos aprender
a relativizar la figura del papa. El papa tiene un ministerio y es pensable
en la Iglesia católica; pero el papa no es la Iglesia; el papa no es Dios.
De modo que hay que relativizar y ser adultos en nuestra fe, y seguir
caminando; insistir. Las grandes instituciones sólo cambian si hay presión
fuerte de las bases. La Iglesia, que tiene mucho de divino -o bastante por
lo menos, como todo- tiene mucho de humano también. Y, también en la
Iglesia, sólo la fuerza coherente, consecuente, universal de las bases,
obligará a cambios que son necesarios: de diálogo ecuménico, de diálogo
interreligioso, de corresponsabilidad, de inculturación, de escucha de los
clamores y necesidades del mundo.
Dice usted que en aquel proceso Ratzinger le llegó a decir que, en última
instancia, cada uno tenía su propia opción. Pero sin embargo ayer en la
misa, a la espera de elegir al papa, este cardenal (el ahora Papa Ratzinger)
hizo un alegato en contra de todo tipo de cualquier atisbo de disidencia y
condenó lo que llama dictadura del relativismo.
Él se mostró sobre todo muy pesimista: me llamó la atención, y he visto que
ha llamado la atención a muchos. Mientras que yo comparaba, con ganas de
esperanzarme más, la palabra de Ratzinger (que aun no era papa), con la
palabra de Jesús: la barca de la tempestad. El cardenal (que era cardenal
todavía Ratzinger) hablaba de miedo. Jesús decía: “No tengan miedo, gente de
poca fe”. Yo creo que no es propio de quien cree en el evangelio tener
miedo. Debemos tener ante todo y sobre todo esperanza. Y dar cada uno
nuestra contribución. Yo rezaré todos los días por el nuevo papa, como
rezaba por Juan Pablo II. Yo creo en su ministerio; pero, desde mi pequeñez,
quiero ayudarle a cambiar del modo del ministerio, del estilo, y con el
tiempo eso se hará: si no es hoy será mañana.
Pero ¿cree usted que sería posible, monseñor Casaldáliga, que conociéramos a
un Ratzinger nuevo (como papa) respecto del que conocimos como cardenal?
Pues mire, ya fue diferente. Él escribió un libro sobre el pueblo de Dios
que todos los teólogos de la liberación firmaríamos. Y después cambió, sobre
todo antes de ir a la Curia; y en la Curia. Puede ser que el propio papado
(experiencia, gracia de estado...). Ahora, en principio para ser realistas,
de inmediato no se pueden esperar grandes cambios.
Dicen que el papa anterior, Juan Pablo II, llenaba estadios; pero que no era
capaz de llenar las Iglesias. ¿Esto es un signo de la salud de la Iglesia
misma? En este sentido, ¿Ratzinger qué supone: convoca, o disgrega aún más
el mundo de los católicos?
Los medios de comunicación hoy tienen un gran poder de convocación. La
participación diario-semanal, ya es otra cosa. Una cosa es un entusiasmo en
un gran congreso que es un poco rezo, canto, show, novedad, turismo..., y
otra cosa es la vida cristiana diaria, de servicio de los pobres; la lucha
por la justicia y por la paz. Todos somos fáciles a los shows, y todos
huimos de la cruz diaria.
Monseñor Casaldáliga: por todos lados se han oído loas a la figura de Juan
Pablo II, lógicas por otra parte a la hora de la muerte: él había elegido a
todos los cardenales con capacidad de voto. ¿Es el Vaticano, en este
sentido, víctima de su propia dinámica, de su propia manera de entender el
organigrama mismo de la Iglesia Católica?
Habría que cambiar la propia curia, el propio ser del papado. La estructura
del papado debería ser otra. El papa no debería ser Jefe de Estado de ningún
modo. Se debería reconocer, en la práctica y no sólo en la teoría, la
colegialidad, la corresponsabilidad de todos y todas. Se exige un cambio muy
fundamental que la sola persona del papa no podrá hacer. Ha de ser un cambio
estructural, incluso primero para el bien de la propia Iglesia católica.
Después, y muy importante, para el diálogo con las otras Iglesias
cristianas, y con las otras religiones. Y para dar testimonio al mundo -el
mundo quiere democracia- nosotros en la Iglesia queremos más que democracia:
queremos una vida familiar fraterna. El papa, yo obispo, el cura, no somos
más ni menos que cualquier mujercita del interior de esta región donde yo
estoy viviendo. Sólo detenemos el ministerio, respetable y necesario, pero
que se debe de ejercer con mucha más simplicidad y con la participación de
todos. El papa no puede ser un monarca absoluto, la Iglesia no puede ser una
comisión de aristócratas espirituales. Tenemos que ser más fraternos, más
solidarios, más corres-ponsables.
Pere Casaldáliga, obispo emérito de Sao Félix de Aragüaia, en Brasil: ha
sido un placer; muchísimas gracias y un abrazo.
Gracias, igualmente un abrazo para todos también. Adiós.
ECLESALIA, 25/04/05.- Trascripción realizada por Braulio Hernández, Tres
Cantos, Madrid.

DESDE
GUATEMALA
FERNANDO BERMÚDEZ,
misionero y profesor de
Teología

Ha sido electo Papa el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para
la Doctrina de la Fe. No era de extrañar, pues la mayoría de los cardenales
fueron asignados por Juan Pablo II, casi todos ellos de línea conservadora.
Para la Iglesia de América Latina, donde radica la mitad de los católicos
del mundo, ha sido un duro golpe. Ratzinger desacreditó la teología de la
liberación, que es la esencia del Evangelio. No entendió a América Latina,
un continente cristiano y empobrecido a causa de la injusticia y la
ingerencia económica, política y militar de los Estados Unidos. Asimismo,
Ratzinger desacreditó la teología autóctona que busca inculturar la fe
cristiana en los pueblos indígenas y afroamericanos. Ha censurado a insignes
teólogos y teólogas latinoamericanos que han sido consecuentes con los
lineamientos pastorales de Medellín, Puebla y Santo Domingo desde la rica
experiencia de fe de las comunidades eclesiales de base y el testimonio de
los mártires. No es fácil entender a América Latina desde una mentalidad
centroeuropea o romana.
Ratzinger, hasta ahora, ha priorizado el dogma y la norma sobre la “práctica
de la misericordia, la justicia y la buena fe”, tal y como señala Jesús en
su Evangelio. Evidentemente, es necesaria la “sana doctrina”, pero más
importante es el amor, y éste exige entrega, compromiso, diálogo y respeto.
Tenemos fe que el nuevo Papa escuche al pueblo latinoamericano y sepa
descubrir los rostros de Cristo que claman justicia, como señala el
documento de Puebla. Y sobre todo, valore la sangre de nuestros mártires,
hombres y mujeres, laicos, religiosas, sacerdotes y obispos, como Oscar
Romero, Juan Gerardi o Enrique Angelelli, que por amor a su pueblo y en
fidelidad al Evangelio entregaron su vida.
Aceptamos y respetamos al nuevo Papa Benedicto XVI, pero por encima de él
confesamos que está la fidelidad al Evangelio de Jesús, al pueblo al que nos
debemos y a la tradición más genuina de la Iglesia, con un espíritu de
comunión eclesial.
Confesamos que la opción por el Reino, que es la razón de ser de la Iglesia,
exige la unidad en la diversidad y, sobre todo, la profecía. No hay Reino de
Dios sin profecía.

DESDE
BRASIL
Ratzinger: de vuelta al pasado
Frei Betto (Publicado
en Adital)
La
elección del cardenal Joseph Ratzinger como Papa es una señal
preocupante de que la dirección de la Iglesia Católica se encuentra más
confusa y perdida de lo que se imaginaba. Lo contrario del miedo no es el
coraje, es la fe. Muchos cardenales parecen más imbuidos de miedo que de fe.
Elegir Papa al hombre responsable de la ortodoxia de la Iglesia, jefe del
antiguo Santo Oficio, constituye un gesto de retraimiento y defensa frente a
un mundo perturbado, que espera de Roma algo más que anate-mas, censuras,
descon-fianzas y segregaciones.
Ratzinger era un teólogo moderado, abierto al diálo-go interreligioso y a
la ciencia moderna, a la contribución de los teólogos protestantes a la
mejor comprensión de la Biblia, hasta dejar Alemania para asumir, en Roma,
la función de Gran Inquisidor. Durante el periodo en que presidió la
Congregación de la Doctrina de la Fe, condenó a 140 teólogos católicos,
entre los cuales estaba Leonardo Boff. Su obsesión es Nietzsche, cuyo
fantasma el identifica en la cultura post moderna.
Parece broma recordar, hoy, que en el siglo XIX el Papa Pío IX (1846-1878)
condenó la libertad de pensamiento y de opinión, la enseñanza laica, el
progreso, y hasta la luz eléctrica! Para él, el mundo moderno se forjaba en
las oficinas del diablo. Autor de Sílabos de Erros, catálogo de anatemas
eclesiásticos, estaba contra el Estado autónomo y laico, y en 1850 prohibió
a los judíos de Roma que testificaran contra los cristianos en procesos
penales y civiles; poseyeran bienes inmuebles; tuvieran acceso a la escuela
pública y a la universidad (excepto medicina).
Temo que igual retroceso ocurra en el pontificado de Ratzinger. En su
último sermón como cardenal, antes del inicio del cónclave, el se lanzó como
candidato dejando bien claro lo que piensa: acusó a la cultura occidental de
relativista, condenó el marxismo, el liberalismo, el ateísmo, el
agnosticismo y el sincretismo, como quien insiste en no aceptar el
pluralismo cultural y religioso, la diversidad de culturas, y todavía sueña
con una Iglesia institucionalmente soberana entre pueblos y gobiernos,
imponiendo a todos sus valores y sus normas de comportamiento. Es el regreso
a la Cristiandad, cuando la Iglesia imperaba en el periodo medieval.
Antes de condenar las expresiones legítimas de la cultura moderna,
Ratzinger debería preguntarse en que medida la Iglesia ha fracasado en la
evangelización de Europa, en donde los templos parecen más llenos de
turistas que de fieles. ¿Por qué no fue la Iglesia la primera en defender a
las víctimas de la revolución industrial, y sí el marxismo? ¿El ateismo y el
agnosticismo no son fruto acaso de nuestra falta de testimonio evangélico? Y
¿cómo alguien en el Vaticano es capaz de hablar de sincretismo si, allí, se
mezclan protocolos y etiquetas oriundos del Imperio Romano y de la nobleza
europea? «Sumo Pontífice» es el título pagano adoptado por los emperadores
romanos.
Ignoro si el nuevo Papa tiene alguna sensibilidad social. La figura del
pobre y la tragedia de la pobreza no son recur-rentes en sus
pronunciamientos y escritos. Mas pido a Dios que él mantenga el hábito de
meditar en la palabras y en los actos de aquel que es el paradigma por
excelencia de la fe cristiana: Jesús de Nazareth, que prefirió amar a
condenar, asumió la defensa de la mujer adúltera, no pronunció un sermón
moralista a la samari-tana que estaba con su sexto hombre, curó a la mujer
fenicia y al siervo del centurión romano sin exigir que profesaran su fe, se
identificó con los más pobres (famélicos, migrantes, enfermos, oprimidos),
no se mantuvo indiferente a la multitud hambrienta, y enseñó que gobernar no
es mandar, es servir.
Lo que abre un hilo de esperanza es el acto de Ratzinger de haber adoptado
el nombre de Benedicto XVI. En general, eso señala el interés del nuevo
pontífice de dar seguimiento a la obra de su antecesor del mismo nombre.
Benedicto XV, Papa entre 1914 y 1922, era un hombre abierto. Cesó la
persecución a los «modernistas», valorizó el ecumenismo, promovió el diálogo
entre católicos y anglicanos, se mostró interesado en las Iglesias
orientales y, sobretodo, combatió el colonialismo y luchó con ardor por el
fin de la Primera Guerra Mundial.
Dios permita que el nuevo Papa consiga descender del pedestal del
academicismo teológico y se haga pastor, abrazando el más evangélico y
olvidado titulo Papal: «Siervo de los siervos de Dios»-.

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