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CARTA ABIERTA AL CARDENAL JOSEPH RATZINGER
José María González Ruiz .
I. SÍNTESIS DE LAS PROPOSICIONES:
1. LA IGLESIA
A) Oficios laicales:
El profesor Ratzinger nos dice que el «oficio» cristiano no es una herencia
del sacerdocio de la antigua ley, sino una derivación de Cristo mismo:
«Cristo no fue sacerdote, sino laico. Considerado desde el punto de vista
del israelita, jurídicamente no poseía ningún «oficio». Y, sin embargo,
Cristo no se entendió a sí mismo como intérprete de deseos y esperanzas
humanos, algo así como voz del pueblo, como su mandatario secreto o
público,…(p. 123).
B) Autonomía versus centralismo
Aunque bajo otros apartados este tema va a recurrir, baste por ahora citar
este párrafo significativo:
«Mientras en Oriente se afianzaba cada vez más la autonomía de las
comunidades particulares –el elemento vertical– y se relegaba a segundo
término la conexión horizontal de las iglesias particulares dentro del
conjunto de la colegialidad, en Occidente se desarrolló con tan fuerte
predominio la «monarquía» papal, que quedó casi completamente olvidada la
autonomía de las iglesias particulares, que fueron absorbidas, por así
decirlo, en la iglesia romana (por obra principalmente de la liturgia
uniforme de Roma)» (p. 133).
C) Infalibilidad
El profesor Ratzinger describe lúcidamente la infalibilidad, no sólo como el
privilegio de una sola persona dotada de un determinado ministerio de la
presidencia, sino como la consecuencia de la esencia misma de la iglesia
como «convocatoria» –»ekklesía»– del propio Cristo:
«Así, pues, la infalibilidad es por de pronto propia de toda la Iglesia. Hay
algo así como una infalibilidad de la fe en la Iglesia universal, en virtud
de la cual esta Iglesia no puede caer nunca totalmente en el error. Esta es
la participación de los laicos en la infalibilidad: que a esta participación
le convenga, a veces, una significación sumamente activa, se demostró en la
crisis arriana, en que temporalmente la jerarquía entera parecía haber caído
en las tendencias arrianizantes de mediación, y sólo la infalible actitud de
los fieles aseguró la victoria de la fe nicena…, porque la fe no es
privilegio de los jerarcas, sino de toda la esposa de Cristo, y la Iglesia
entera es la presencia viva de la palabra divina y, por tanto, no puede
nunca descarriarse como iglesia universal…» (pp.168 s.).
En estas últimas afirmaciones descubrimos uno de los pilares más
fundamentales de la Teología de la liberación: el pueblo cristiano no es
solamente objeto, sino sujeto de la evangelización.
D) Constantinismo
El profesor Ratzinger no se limita solamente al constantinismo antiguo y
medieval, sino que descubre la desviación más próxima a nuestro presente:
«Nos referimos al estrangulamiento de lo cristiano que tuvo su expresión en
el siglo XIX y comienzos del XX en los «Syllabi» de Pío IX y de Pío X, de
los que dijo Harnack, exagerando, desde luego, pero no sin parte de razón,
que con ellos condenaba la Iglesia la cultura y ciencias modernas,
cerrándoles la puerta; y así, añadimos nosotros, se quitó a sí misma la
posibilidad de vivir lo cristiano como actual, por estar excesivamente
apegada al pasado» (pp. 404-405).
2. COLEGIALIDAD
Con respecto a la colegialidad de los obispos el profesor Ratzinger hacía
observaciones muy pertinentes y extremadamente valientes. Veamos las más
importantes:
«Esta comunión entre sí, con que se contempla la esencia del episcopado y
es, por ende, elemento constitutivo para estar con pleno derecho en el
colegio episcopal, tiene como punto de referencia no sólo al obispo de Roma,
sino también a los que son obispos como él: la cabeza y los restantes
miembros del colegio. Nunca es posible mantener una comunión sólo con el
papa, sino que tener comunión con él significa necesariamente ser
«católico», es decir, estar igualmente en comunión con todos los otros
obispos que pertenecen a la Iglesia católica… Resulta claro e inequívoco que
el colegio episcopal no es una mera creación del papa, sino que brota de un
hecho sacramental y representa así un dato previo indestructible de la
estructura eclesiástica, que emerge de la esencia misma de la Iglesia
instituida por el Señor» (p. 198)
La colegialidad, pues, está en una estrecha posición dialéctica con el
ministerio petrino:
«Pedro está dentro, no fuera, de este primer colegio…Los «poderes
extraordinarios» de los Apóstoles, es decir, la ordenación ilimitada de cada
uno de ellos a la Iglesia universal (sin limitación a un obispado
determinado), dependen de la unicidad del apostolado que como tal no se
transmite. Los obispos son obispos, y no apóstoles; el sucesor es algo
distinto de aquél de quien se toma la sucesión. Esta misma irrepetibilidad
vale, sin embargo, teóricamente también para la relación Pedro-papa. Tampoco
el papa es apóstol, sino obispo; tampoco el papa es Pedro, sino para
precisamente, que no está en el orden de origen, sino en el orden de
sucesión… El papa sucede al apóstol Pedro y recibe así el oficio de Pedro de
servir a la Iglesia universal; el obispo, en cambio, no sucede a un apóstol
particular, sino, con el colegio de obispos y por él, al colegio de los
Apóstoles… El papa no es que, además de tener una misión de cara a la
Iglesia universal, sea también por desgracia obispo de una comunidad
particular, sino que sólo por ser obispo de una iglesia puede ser
precisamente «episcopus episcoporum», de forma que todas las iglesias han de
orientarse por la sola iglesia de Roma… El pensamiento colectivo de que el
colegio episcopal entero como tal es sucesor del colegio de los Apóstoles,
en vano se buscará por lo menos en los primeros cuatrocientos años» (pp.
203-207).
3. EL TESTIMONIO DEL CRISTIANO
Frente a estas realidades eclesiológicas el prof. Ratzinger se plantea estos
serios interrogantes: ¿cuál será la actitud del cristiano ante la Iglesia
que vive históricamente: de crítica (por amor a la pureza de la Iglesia), de
obediencia callada (por razón de su misión divina) o cuál otra? He aquí su
respuesta:
«No es azar que los grandes santos no sólo tuvieron que luchar con el mundo,
sino también con la Iglesia, con la tentación de la Iglesia a hacerse mundo,
y bajo la Iglesia y en la Iglesia tuvieron que sufrir; un Francisco de Asís,
un Ignacio de Loyola, que, en su tercera prisión durante veintidós días en
Salamanca, arrojado entre cadenas con su compañero Calixto, permaneció en la
cárcel de la Inquisición, y todavía le quedaba alegría y fe confiada para
decir: «No hay en toda Salamanca tantos grillos y esposas, que yo no pida
más aún por amor de Dios». No cedió un ápice de su misión, ni tampoco de su
obediencia a la Iglesia… Sin embargo, la verdadera obediencia no es la
obediencia de los aduladores (los que son calificados por los auténticos
profetas del AT de «profetas embusteros»), que evitan todo choque y ponen su
intangible comodidad por encima de todas las cosas… Lo que necesita la
Iglesia de hoy (y de todos los tiempos) no son panegiristas de lo existente,
sino hombres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la
pasión por la verdad; hombres que den testimonio a despecho de todo
desconocimiento y ataque; hombres, en una palabra, que amen a la Iglesia más
que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino» (pp. 290-295).
4. NUEVA TEOLOGÍA
El profesor de teología, que era entonces Joseph Ratzinger, se presentaba
con mucha lucidez a la hora de definir la esencia y los límites de lo que
debe ser una teología correcta tras el Concilio Vaticano II. En primer lugar
critica ásperamente la que él llama «teología de encíclicas»:
«Teología de encíclicas significa una forma de teología en que la tradición
parecía lentamente estrecharse a las últimas manifestaciones del magisterio
papal. En muchas manifestaciones teológicas, antes del Concilio y todavía
durante el Concilio mismo, podía percibirse el empeño de reducir la teología
a ser registro y –tal vez también– sistematización de las manifestaciones
del magisterio.»
Pero este reduccionismo le parece a Ratzinger gravemente mutilador:
«El Concilio manifestó e impuso también su voluntad de cultivar de nuevo la
teología desde la totalidad de las fuentes, de no mirar estas fuentes
únicamente en el espejo de la interpretación oficial de los últimos cien
años, sino de leerlas y entenderlas en sí mismas; manifestó su voluntad no
sólo de escuchar la tradición dentro de la Iglesia católica, sino de pensar
y recoger críticamente el desarrollo teológico en las restantes iglesias y
confesiones cristianas; dio finalmente el mandato de escuchar los
interrogantes del hombre de hoy como tales y, partiendo de ellos, repensar
la teología y, por encima de todo esto, escuchar la realidad, «la cosa
misma», y aceptar sus lecciones.»
Además, la urgencia de este método teológico omnicomprensivo es tan grande,
que «una teología magisterial que naciera del miedo al riesgo de la verdad
histórica o al riesgo de la realidad misma, sería cabalmente una teología
apocada, una teología de poca fe desde su punto de partida y, en último
término, una evasión ante la grandeza de la verdad. Sería una teología
conservadora en el mal sentido de la palabra, preocupada sólo del hecho de
conservar y no de la realidad» (pp. 318-320).
Finalmente, la nueva teología se reconcilia con el mundo, cuya autonomía
reconoce plenamente, siguiendo el discurso de apertura del Concilio de Juan
XXIII:
«Hasta entonces era costumbre mirar la Edad Media como el tiempo ideal
cristiano, cuya plena equivalencia entre Iglesia y mundo se consideraba como
la meta última de las aspiraciones; la Edad Moderna, en cambio, se concebía
como la gran apostasía, comparable con la historia del hijo pródigo, que
toma su herencia y sale de la casa paterna, para luego –con la asegunda
guerra mundial– sentir hambre de las bellotas de los cerdos; en tales
comparaciones resonaba también la esperanza del pronto retorno a la casa
paterna… El conjunto, empero, conduce en el papa del Concilio a una teología
de la esperanza, que casi parece lindar con un optimismo ingenuo» (p. 350).
5. PRIMADO
Sobre el primado papal el profesor Ratzinger nos ofrece una perspectiva
profunda y alentadora. Vamos a extraer los pensamientos esenciales de su
estructuración teológica.
A) Origen histórico del «centralismo» pontificio
El profesor Ratzinger estudia a fondo el nacimiento del que él llama
«primado en el sentido del centralismo estatal moderno». El origen se halla
en las órdenes mendicantes que se desligan de la obediencia al obispo local
y se vinculan directamente al papa:
«Ello significa que ahora, de golpe, en todo el mundo cristiano se movía una
tropa de sacerdotes que estaban inmediatamente sometidos al papa sin el
eslabón inmediato de un prelado local. Es evidente que este proceso cobraba
importancia muy por encima del plano de la vida religiosa. El proceso
significa, en efecto, que el centralismo realizado por de pronto como una
novedad dentro de las órdenes religiosas iba a trasladarse igualmente a la
iglesia universal, que ahora, y sólo ahora, se concebía en el sentido de un
Estado central moderno. Con ello acontece ahora al primado algo que hoy día
nos parece caerse de su peso, pero que en modo alguno se sigue
necesariamente de su esencia; y es que ahora, y sólo ahora, se entiende el
primado en el sentido del centralismo estatal moderno» (p. 65).
6. PRIMADO Y EPISCOPADO
El profesor Ratzinger estudia la evolución del primado dentro de su ambiente
natural, que es, sin duda, el episcopado. Para ello empieza por rastrear el
origen de la misma expresión:
«La palabra primatus (proteía) aparece, en cuanto se me alcanza, en el canon
seis del Concilio de Nicea, donde curiosamente está en plural y no describe
sólo la función de Roma, sino al mismo tiempo la de Alejandría y Antioquía,
no expresando, por tanto, un problema referido exclusivamente a la sede
romana» (pp. 138-146).
En la evolución de las relaciones primado-episcopado después de Nicea el
profesor Ratzinger destaca la intervención que, en el siglo XII, tuvo el
obispo Nicetas de Nicomedia en sus diálogos con Anselmo de Havelberg.
Ratzinger califica de «grandiosa» esta intervención del obispo oriental, que
copia literalmente:
«Roma, sede eminentísima del imperio, obtuvo la primacía, de suerte que se
llamó primera sede y a ella apelaron todas las demás en las disciplinas
eclesiásticas, y lo que no se comprende en reglas fijas quedó sometido a su
juicio. Sin embargo, el romano pontífice no se llamó príncipe de los obispos
ni sumo sacerdote ni cosa por el estilo, sino sólo obispo de la primera
sede. Pero la iglesia romana, a la que nosotros no negamos ciertamente la
primacía entre hermanos, se ha separado de nosotros por su sublimidad, al
asumir la monarquía (lo que no era su oficio) y, dividido el imperio, ha
dividido también a los obispos de Oriente y Occidente. Nosotros no
discordamos en la misma fe católica de la iglesia romana; sin embargo, como
quiera que en estos tiempos no celebramos concilios con ellas ¿cómo vamos a
aceptar sus decretos que se dan sin nuestro consejo y hasta sin nuestro
conocimiento? Porque si el romano pontífice, sentado en el alto trono de su
gloria, quiere tronar contra nosotros y desde su alto puesto dispararnos,
por así decirlo, sus decretos y juzga no por nuestro consejo, sino por su
beneplácito y propio arbitrio, de nosotros y de nuestras iglesias y hasta
impera sobre ellas ¿qué fraternidad y hasta qué paternidad puede ser ésa? En
tal caso podríamos llamarnos y ser verdaderos esclavos y no hijos de la
Iglesia… Sólo él deberá ser obispo, sólo maestro, sólo preceptor, sólo él
deberá responder, como único buen pastor, ante Dios de todo lo que se le ha
confiado. Mas si quisiere tener cooperadores en la viña del Señor,
manteniendo desde luego su primado en su exaltación, gloríese de su bajeza y
no desprecie a sus hermanos, a los que la verdad de Cristo engendró no para
la servidumbre, sino para la libertad en el seno de la madre Iglesia».
Comparando los orígenes primitivos de los patriarcados con el más reciente
del cardenalato, el antiguo profesor de Tubinga escribe:
«El patriarcado es una institución de la Iglesia universal que designa a los
obispos de las iglesias principales, llamados originalmente «primados» y
que, consiguientemente, afectaba a la manera con que se reguló la unidad de
la Iglesia n las grandes extensiones eclesiásticas y la unión entre ellas.
Ahora aparece a ojos vista el cardenalato como un oficio de la Iglesia
universal… Desde el siglo XIII el cardenal está por encima del patriarca, de
suerte que éste sube de honor cuando se le hace cardenal… Finalmente surge
la idea de que los cardenales son los verdaderos sucesores de los Apóstoles,
porque éstos habrían sido cardenales antes de haber sido hechos obispos»
(pp. 148-154).
En una palabra, en todo este problema de las relaciones entre primado papal
y episcopado, «a lo que debe más bien aspirarse es a la pluralidad en la
unidad y a la unidad en la pluralidad. En este sentido, la conjunción de las
posibilidades del principio colegial (consejo episcopal, conferencia
episcopal, etc.) con las del primado y su intercambio constante debieran,
sobre todo, ser capaces de posibilitar la recta respuesta a las exigencias
actuales. El primado necesita del episcopado, pero también el episcopado del
primado; y uno y otro deberían enjuiciarse cada vez menos como rivales y
cada vez más como complementarios» (pp. 159-163)
7. PRIMADO Y CONCILIO
En las relaciones entre primado y concilio el profesor Ratzinger hace unas
sabrosas observaciones que vamos a resumir. En primer lugar, el oficio
eclesiástico es «colegial» por institución:
«No se confiere al individuo como individuo, sino con miras a la comunidad;
sólo puede poseerse comunitariamente, como inserción en un collegium. Por
eso, el concilio no es, por esencia, otra cosa que la realización de la
colegialidad».
De esta consideración se sigue que el servicio de los obispos representa el
magisterio normal ordinario de la Iglesia:
«Este magisterio no es ciertamente (a Dios gracias) infalible en todas sus
manifestaciones particulares; quiere, efectivamente, traducir la palabra a
la vida y presentarla de un modo concreto a los hombres… La infalibilidad
normal de la Iglesia tiene forma colegial; lo otro es «extraordinario». Por
eso «la infalibilidad del papa no existe per se, sino que ocupa un lugar
perfectamente determinado y limitado y, en modo alguno, exclusivo, dentro
del marco de la presencia perenne de la palabra divina en el mundo».
Pero la cuestión, dice Ratzinger, es saber en qué relación están estos dos
datos: concilio infalible y papa infalible.
«El llamado papalismo o curialismo desde la aparición de la órdenes
mendicantes en la alta Edad Media, se mostró pujante y ganó posteriormente
nueva importancia en la época de la restauración. El papalismo declara, a la
inversa, que los obispos son únicamente de derecho papal, órganos ejecutivos
del papa, de quien en exclusiva reciben su jurisdicción y junto al cual no
representarían, por tanto, ningún orden especial en la Iglesia. El Concilio
Vaticano I declaró heréticos ambos puntos de vista».
Y concluye el profesor Ratzinger:
«Según esto, el primado del papa no puede entenderse de acuerdo con el
modelo de una monarquía absoluta, como si el obispo de Roma fuera el
monarca, sin limitaciones, de un organismo estatal sobrenatural, llamado
«Iglesia» y de constitución centralista… El primado supone la communio
ecclesiarum y debe entenderse, desde luego, partiendo únicamente de ella»
(pp. 23-51).
8. EL PAPA «ROCA» Y «ESCÁNDALO»
Finalmente el profesor Ratzinger destaca valientemente las dos facetas que
indisoluble y dialécticamente constituyen la figura del ministerio petrino:
«roca» y «escándalo»:
«Es la figura de Pedro, a quien en Mt 16,19 se le promete el mismo poder que
en Mt 18,18 transmite el Señor a toda la comunidad de los Apóstoles…
Prescindiendo por completo del problema de la localización histórica de la
promesa del primado, podemos afirmar independientemente que, para el
pensamiento bíblico, la simultaneidad de «roca» y «Satanás» (y «skándalon»=piedra
de tropiezo) no tiene de suyo nada de imposible. Al contrario, para ese
pensamiento que sabe de la necedad de Dios, de la victoria de la fuerza de
Dios por la catástrofe de la cruz, semejante paradoja es típicamente
cristiana».
El antiguo profesor de Tubinga descubre, a lo largo de la historia del
papado, la supervivencia de esta doble faceta dialéctica:
«¿Y no ha sido fenómeno constante a través de la historia de la Iglesia que
el papa, el sucesor de Pedro, haya sido a la par «petra» y «skándalon», roca
de Dios y piedra de tropiezo? De hecho, importará al creyente aguantar esta
paradoja del obrar divino, que confunde siempre su soberbia, esta tensión
entre roca y Satanás, en que se compenetran de manera inquietante los
contrastes más extremos. Lutero conoció con opresora claridad el factor
«Satanás» y no dejaba de tener alguna razón en ello; pero su pecado estuvo
en no aguantar la tensión bíblica entre «Cefas» («petra») y Satanás, que
pertenece a la tensión fundamental de una fe que no vive del merecimiento,
sino de la gracia».
Finalmente el teólogo alemán advierte contra el peligro de distinguir entre
«institución» y «hombres de la institución»:
«No pueden separarse sencillamente la «Iglesia» y «los hombres de la
Iglesia»; la abstracta pureza sin mácula de la Iglesia que de este modo
destilaría, no tiene sentido alguno real histórico. La Iglesia vive por
medio de los hombres en el tiempo y en el mundo presente y, a pesar del
misterio divino que lleva dentro de sí, vive de manera verdaderamente
humana. Hasta la institución como institución conlleva la carga de lo
humano; también la institución conlleva la inquietante arbitrariedad de lo
humano para poder ser piedra de tropiezo» (pp. 285-288).
II. PREGUNTAS
Una vez que he intentado resumir lo más sabroso de su libro, me permito
ahora, Sr. Cardenal, hacerle unas preguntas, con toda humildad y respeto,
para que su respuesta disipe la no pequeña perplejidad en que su
aparentemente doble postura nos tiene sumidos.
1. ¿Hasta qué punto la actual estructura de la Iglesia católica romana
permite que en su seno se lleve a cabo aquella «infalibilidad de los laicos»
que, según Vd. mismo insinúa muy acertadamente, en el Concilio de Nicea
salvó la ortodoxia frente a las vacilaciones de una jerarquía fuertemente
influida por el arrianismo? (p. 168 s.). ¿No hemos descubierto, más bien, un
profundo recelo ante la afirmación de la Teología de la liberación, según la
cual los pobres no son sólo objetos, sino sujetos de la evangelización?
2. ¿Qué hace hoy la cúspide de la Iglesia católica romana, sobre todo la
Curia, por despojarse de aquellas «insignias de los funcionarios romanos que
no tuvieron inconveniente en colgarse»? ¿Cuál es la actitud de la actual
Curia romana para impedir que no surjan de nuevo otros «Syllabi», como «los
de Pío IX y Pío X, de los que dijo Harnack, exagerando desde luego, pero no
sin parte de razón, que con ellos condenaba la Iglesia la cultura y ciencias
modernas, cerrándoles la puerta», con lo cual –Vd. mismo añade– «se quitó a
sí misma la posibilidad de vivir lo cristiano como actual, por estar
excesivamente apegada al pasado? (pp. 404-405).
3. ¿No cree que hoy se da de nuevo el peligro de «fariseísmo» y «qumranismo»,
por Vd. tan valientemente denunciados, y que estamos a punto de caer el «el
estrecho ghetto de una ortodoxia que a menudo no sospecha lo ineficaz que es
entre los hombres y que, en todo caso, se hace a sí misma tanto más ineficaz
cuanto con mayor obsesión defiende su propia causa»? ¿Es que hoy no podría
también repetirse el c aso del «celoso Pablo IV, que quiso anular el
Concilio de Trento y renovar la Iglesia con el fanatismo de un zelota» (pp.
307-310)?
4. ¿Sigue Vd. creyendo que, después del Concilio Vaticano II, «el intento de
conservar una posición de mayoría, supuesta o real, ha fracasado»? ¿Sigue
pensando todavía que «el Concilio marca la transición de una actitud
conservadora a una actitud misional» y que «la oposición conciliar al
conservadurismo no se llama progresismo, sino espíritu misional» (pp. 332
s.)? ¿O más bien, desde sus altos cargos jerárquicos se ha visto obligado a
dar marcha atrás en este optimismo conciliar de primera hora?
5. Supongo, Sr. Cardenal, que no habrá cambiado nada en esta afirmación
suya: «El colegio episcopal no es una mera creación del papa, sino que brota
de un hecho sacramental y representa así un dato previo indestructible de la
estructura eclesiástica, que emerge de la esencia misma de la Iglesia
instituida por el Señor» (p. 198). Pero ¿sigue Vd. manteniendo, con todas
sus consecuencias, la afirmación de que «Pedro está dentro, no fuera de este
primer colegio»? (pp. 203-207). ¿No encuentra todavía excesiva la distancia
real que existe entre el papa y los obispos?
6. Ahora que ya no ejerce de teólogo, sino de juez de los teólogos, ¿sigue
creyendo que en nuestra Iglesia existen hoy profetas «que no sólo deben
luchar con el mundo, sino también con la Iglesia, con la tentación de la
Iglesia a hacerse mundo», y que «bajo la Iglesia y en la Iglesia tienen que
sufrir»? ¿Sigue calificando negativamente «a los que evitan todo choque y
ponen su intangible comodidad por encima de todas las cosas»? ¿De verdad
sigue creyendo que «lo que necesita la Iglesia de hoy (y de todos los
tiempos) no son panegiristas de lo existente, sino hombres en quienes la
humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad… que
amen a la Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio
destino» (pp. 290-295)?
7. ¿Sigue sosteniendo su mala opinión sobre la que Vd. tan atinadamente
llama «teología de encíclicas», o sea, una teología que se reduzca a ser
«registro y –tal vez también– sistematización de las manifestaciones del
magisterio» (pp. 318-320)? ¿Sigue pensando que el ideal de hoy es superar la
concepción de que «la Edad Media era como el tiempo ideal cristiano, cuya
plena equivalencia entre Iglesia y mundo se consideraba como la meta última
de las aspiraciones» (p. 350)? ¿No se inclina más bien al resurgir
medievalista que indudablemente llevan consigo movimientos católicos
contemporáneos como «Comunión y Liberación»?
8. ¿Sigue criticando la postura de San Buenaventura, cuando éste llama al
papa «vicario de Cristo» (pp. 74-79)? ¿Cree que en la rutina cotidiana no se
sigue entendiendo esta adjetivación como si el papa fuera una especie de
sucesor de Cristo, el cual sólo sería venerado en el «hábitat» celestial, y
no considerado como Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia?
9. Ahora que es cardenal, ¿sigue sosteniendo la tesis de lo peligrosa que es
la institución del cardenalato, ya que puede «surgir la idea de que los
cardenales son los verdaderos sucesores de los Apóstoles» (pp. 148-154)? ¿Ha
hecho algo por que se modifique esta inflación eclesial del cardenalato en
beneficio del colegio episcopal y, también, del pueblo de Dios en general?
10. Si, según su teología, «el concilio no es, por esencia, otra cosa que la
realización de la colegialidad» (pp. 236 s.) ¿ha hecho algo para que se
multipliquen los concilios, sin los cuales la colegialidad corre el riesgo
de convertirse en sucursalismo de la Curia romana? ¿No ha pensado que, sin
una mayor frecuencia de los concilios, se peligra caer en el grave riesgo
que Vd. acertadamente señala: «El primado del papa no puede entenderse de
acuerdo con el modelo de una monarquía absoluta, como si el obispo de Roma
fuera el monarca, sin limitaciones, de un organismo estatal sobrenatural,
llamado «Iglesia» y de constitución centralista» (pp. 236 s.)?
11. ¿Sigue sosteniendo su luminosa distinción entre las dos facetas del
ministerio petrino –»roca» y «skándalon» o «Satanás»–, y sigue creyendo que,
en la crítica dirigida a la Iglesia, sobre todo a la cúspide, «no pueden
separarse sencillamente la «Iglesia institución» y «hombres de la
institución» (pp. 985-988)? Según esto, ¿no cree que los cristianos, sobre
todo los teólogos, deben ser críticos frente al propio papa, para descubrir
lo que en él pueda haber de «escándalo» o «satánico» y lo que, sin duda, hay
siempre de «roca»? ¿No le parece que un determinado panegirismo al enfocar
la figura de un papa –sobre todo, si es el de turno– hace un gran daño a la
Iglesia, empezando por el mismo que ejerce el ministerio petrino, al que se
engañaría con una adulación, cuyo origen está, como Vd. muy bien dice, en el
apego a la propia comodidad?
Señor Cardenal:
Estas preguntas están hechas con una enorme sinceridad y con un gran cariño
a la Iglesia católica romana, a la que desde el principio de mi existencia
pertenezco. Estoy seguro de que una respuesta suya disiparía muchas dudas y
eliminaría muchas perplejidades, que indudablemente se dan a todos los
niveles.
No me queda más que pedirle al Espíritu Santo, verdadera alma de la Iglesia,
que nos ilumine a todos, para que «nos vaya guiando por toda la verdad» (Jn
16,13).
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