DEMOCRATIZAR LA IGLESIA

 

   POR UNA IGLESIA SIN MIEDOS
   
   

 

 

 

 

DEMOCRATIZAR LA IGLESIA

 

POPE GODOY


KARL Rahner, considerado el mayor teólogo católico del siglo XX y gran mentor del Vaticano II, era partidario de que en la Iglesia hubiera incluso partidos políticos... ¿Se conseguirá alguna vez? Pero en este momento eclesial es lógico que se formulen aspiraciones y expectativas por parte de creyentes y no creyentes sobre el futuro de la Iglesia católica.
El espectáculo de los últimos años de Juan Pablo II ha resultado deprimente para muchas personas. Con independencia de planteamientos personales dignos de todo respeto, una institución tan amplia y tan diversa no puede ser gobernada desde condiciones tan precarias. Mucho más en una estructura tan rígida y centralizada. Ninguna otra institución lo permitiría. Ahora bien, dejar la decisión de renuncia al discernimiento de la persona implicada es siempre difícil y gelatinoso. Mucho más cuando en el entorno curial existe la clara voluntad de que continúe la misma persona. Quiero pensar que con la mejor buena voluntad: sencillamente desean mantener un determinado modelo de iglesia que consideran el mejor.
El mismo Juan Pablo II estableció la renuncia de los obispos a los 75 años. ¡Sabia decisión! Esta medida se puede aplicar también al obispo de Roma. En mi opinión tendría enormes ventajas. Contribuiría a desacralizar la institución del Papado. Una persona ocupa el cargo y en determinado momento es sustituida por otra. La alternancia y la temporalidad del cargo es un elemento democratizador.
Hay otras ventajas. Evitaríamos casi del todo esta parafernalia del entierro del Papa: la exposición del cadáver al público, el barroquismo eclesiástico, el boato del funeral... Lo normal es que ningún Papa muriera durante el ejercicio de su ministerio, como ocurre ahora con los obispos en las diócesis. Y la muerte de un ex cargo, por muy alto que sea, nunca tiene el mismo relieve ni la misma resonancia.
Quedan otros muchos temas pendientes. Uno muy urgente, en mi opinión, es que el Papado deje de ser una monarquía absoluta, donde el monarca concentra todos los poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) con un solo control: «ante Dios y ante la historia». Ninguna razón dogmática justifica la situación actual. Y hay que romper moldes. Una buena fórmula sería que el Concilio asumiera el poder legislativo. El concilio universal está compuesto por todos los obispos, pero teniendo en cuenta el número de obispos, cada conferencia episcopal elegiría unos delegados. Este concilio reducido o como quiera llamarse tendría la función de parlamento católico con total autonomía en su funcionamiento. Podría reunirse las veces que considere oportuno, con trabajos previos que se discutirían en las conferencias episcopales.
Una competencia importantísima de este parlamento sería la elección del nuevo Papa, sabiendo ya que el Papa renuncia a los 75 años. Este proceso se puede hacer con toda tranquilidad. Y tiene una gran ventaja: la elección es mucho más democrática. Tenemos que reconocer que la elección del futuro Papa se hace ahora con las cartas marcadas. En efecto, todos los cardenales con derecho a voto han sido nombrados a dedo por el Papa difunto. ¡Claro que existe un poderoso condicionante! Y un filtro previo en función de las preferencias del Papa anterior.
Se puede objetar que también los obispos son nombrados a dedo por el Papa. Es verdad. Pero el control es menor a medida que aumenta el número y la distancia de las personas. Y otro paso importante: la democratización debe ir ampliándose de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba, como queráis. ¡La elección democrática de los obispos fue la práctica habitual en la Iglesia primitiva! Justamente cuando la democracia era impensable en la sociedad civil. El Papa San León (¡precisamente Magno!) establece lapidariamente a mediados del siglo V: «Quien debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos».
Sueño con que el nuevo Papa pida perdón a las mujeres por la vejación y el desprecio continuado que la Iglesia oficial ha hecho hacia ellas durante tantos siglos. Por supuesto, la forma inmediata de reparar esta injusticia es el reconocimiento de la total igualdad de derechos y deberes tanto de varones como de mujeres dentro de la Iglesia.
Este desagravio tendría otras muchas ventajas. El 80 por ciento de las misas que se celebran en Brasil se realizan sin sacerdote ordenado. Para asombro mío, acabo de enterarme de que esta práctica existe también en Cataluña. Y hay curas casados que celebran la Eucaristía también en España... Ocultar los hechos no es suprimirlos.
Esta realidad se nos va haciendo más cercana porque empiezan a aparecer sacerdotes rumanos para atender a tanta población inmigrante. Son católicos de rito oriental donde no es obligatorio el celibato. Ya tenemos parroquias donde hay curas casados y curas célibes en total plan de igualdad.
Enormes retos los que tendrá el nuevo Papa. Pero no puede descuidarse, porque el tiempo juega en contra nuestra y el tren de la historia alcanza cada día más velocidad.


 



 POR UNA IGLESIA SIN MIEDOS

 JUAN DE DIOS REGORDÁN
 

Han sido muchas las
impresiones recibidas
estos días. Sin pretender quitar mérito alguno, siendo fiel a su conciencia y a su trayectoria de entrega y dedicación a la Iglesia, Juan Pablo II ha sido un gran Papa y buen conocedor de la psicología de masas. Sus gestos, sus palabras y sus sonrisas han cautivado a mucha gente. Tal vez no tuvo mucha fortuna al ser recibido por Ernesto Cardenal; no era momento de la reprimenda ni de anteponer la “legalidad” al encuentro del hermano. Sin embargo sobresalen, con mucho, los méritos a las sombras y la historia dará fiel reflejo de la verdad. La explosión generalizada de cariño al Papa Grande ha surgido, de manera especial, con su muerte. Y es aquí donde yo también he sido tocado personalmente. Los cantos, el colorido y la ceremonia del pequeño grupo de Patriarcas y Exarcas de Rito Oriental en las exequias de Juan Pablo II me hicieron recordar sentimientos profundos. Taizé y la participación en una Misa de Rito Oriental en mis últimos tiempos de Seminario antes de ordenarme sacerdote marcaron mi vida. Había terminado el Concilio y el Hermano Roger Schutz convivió con nosotros varios días hablándonos de la Renovación Conciliar. Su claridad de ideas nos hizo reflexionar sobre la necesidad que tiene la Iglesia de preguntarse a sí misma sobre su misión en cada momento, siendo fiel a Dios y al hombre. Una Iglesia abierta al diálogo, entendido como un acompañar al hombre del siglo en que se vive. Nos ayudó a descubrir la espiritualidad del Vaticano II centrándola en la parábola del buen samaritano. Los diálogos y vivencias con el Hermano Roger me impactaron de tal manera que dejaron huellas en mi vida, marcando mi posterior ejercicio sacerdotal.
Las exequias papales, los cardenales uniformemente vestidos por un lado y los cantos griegos del pequeño grupo oriental que tenía que hacerse sitio, me recordaron aquel día en el que un grupo de teólogos participamos en una Eucaristía de Rito Oriental en la Iglesia de Santiago de Cádiz. Se experimentaba en su liturgia cercanía entre lo humano y lo divino. El Vaticano II traía aires frescos y grandes deseos de renovación y exigía mayor comunicación dentro de la Iglesia, entre Oriente y Occidente. A pesar de las desconfianzas, dificultades, enmiendas, propuestas y nuevas elaboraciones que recibió el “Decreto sobre las Iglesias Orientales Católicas”, los Patriarcas y participantes orientales dejaron sus valiosas aportaciones en los documentos conciliares. Tenían más elaborada la teología del Espíritu Santo y la actitud amorosa de Dios Padre y la Iglesia como presencia actual de Cristo en la tierra.
Reconocer los hechos de la historia es prestar un servicio a la verdad. Y así tenemos que los recelos de Occidente contra todo lo que oliera a Oriente ha distanciado la compenetración de un trabajo común construyendo la Unidad. En el siglo VI a los Obispos, sacerdotes y diáconos de la catedral romana se les llamó “cardenales”. El Papa León IX en el siglo XI hace exclusiva la facultad de elegir al Romano Pontífice a los Cardenales. Desde entonces el Papa se reserva la facultad de nombrar cardenales. Entre los siglos XIII al XVI, el número se fija en 30. Sixto V en 1586 lo eleva a 70. Juan XXIII mantiene el número 70 y amplía su universalidad. Pablo VI dispuso que al cumplir los 80 perderían la condición de electores y más tarde estableció que el número máximo de Cardenales electores fuera de 120. Juan Pablo II abrió más la universalidad del Colegio Cardenalicio a los cinco Continentes superando el número de 120. Pero, en verdad, a la hora de celebrarse este Cónclave, serán electores menos de 120 cardenales.
Con este procedimiento de nombrar a los cardenales y la manera de elegir al Papa actualmente, el Pueblo de Dios queda relegado sólo a pedir a Dios que envíe su Espíritu sobre la faz de la tierra y poco más. La Participación del Pueblo de Dios en el funcionamiento de la Iglesia arrastra siglos de retraso de lo que debería ser el Cuerpo Místico de Cristo, tal como nos lo dice San Pablo en 1ª Coríntios 12. Y todo ello por miedos que el mismo Jesús sigue denunciando: “¿Por qué sois tan miedosos? ¿Por qué no tenéis fe?”(Mc.4,40). “¿ Por qué tembláis, hombres de poca fe?” (Mt.8,26). En los momentos actuales siguen siendo válidas las palabras del Maestro: “No os procuréis oro, ni plata, ni cobre en vuestras fajas; ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni calzados, ni bastón..” (Mt.10,9 ss) “El que quiera de entre vosotros ser el primero, que sea vuestro siervo. Como el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos” (Mt.20, 27-28). Los miedos, “las prudencias humanas” y las ambiciones no entran en el Plan de Jesucristo para su Iglesia. En la oración sacerdotal de Jesús (Juan 17) se clarifica cuál tiene que ser el riesgo de ser cristiano. “No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17,15) “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad” ( Juan 17,17). Los cristianos somos enviados al mundo, desde el mismo mundo. “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad, y así conozca el mundo que tú me enviaste” (Juan 17,23)
Ante los hechos expuestos anteriormente, habiendo recibido el Sacramento del Matrimonio después de “haber sido reducido al estado laical ” e intentando vivir un compromiso cristiano, pienso que es hora de dar la cara por la Iglesia desde la base, desde el Pueblo de Dios. Sin miedo al sentido común, a decir lo que pensamos, a dejar que la Iglesia sea guiada por el sentido común de la gente sencilla y por el Espíritu Santo. Dar la cara por una Iglesia sin miedos a cambiar las estructuras, sin miedos a las diferencias que enriquecen, a la pluralidad….la Iglesia no puede sustentarse sólo en normas para proteger y salvaguardar a pusilánimes. Ha de estar en los sitios donde se decide el destino de los seres humanos, donde se sufre, se lucha, se ríe y se ama. Sin miedo a dar participación a la Iglesia Oriental en la elección del Papa, sin miedo a que los electores del Papa, Obispos y Sacerdotes sean elegidos desde la base, desde el Pueblo de Dios. Sin miedos a los vínculos libres, a la reciprocidad porque a la Iglesia no le debe dar miedo relacionarse de tú a tú con los planteamientos de otros modos de pensar.
La Iglesia en el tercer milenio debe dejar las actitudes paternalistas de acoger, proteger, asistir… y empezar a compartir con los pobres, con los que sufren, con los que no tienen voz dentro de las mismas acciones de la Iglesia. Sólo desde la igualdad podremos echarnos mutuamente una mano, no estando nadie arriba ni abajo. Sin miedo a la ternura, al amor que quiebra normas y leyes injustas, que apuesta por las cañas cascadas, que hace erguirse a los encorvados, que libera a los corazones entristecidos, que escucha el sollozo de la gente afligida, herida, pobre, injustamente tratada.. y afianza identidades, que hace salir el mejor yo de cada persona. En la Iglesia todo ha de ser servicio y con una sola norma para todos: El Amor.