Pensando al día, da la sensación de que Wiesbaden está muy cerca, ahí a la vuelta, a un tiro de...avión. Pero, usando la memoria histórica, se cae en la cuenta de que para llegar a Wiesbaden hay que coger vía Madrid-93 y hacer escala en Holanda, Brasil, Atlanta, Leganés y pasar por la zona noratlántica, espacio de turbulencias varias. Se llega a destino, pero el recorrido es largo. Por eso, llegamos a Wiesbaden, último destino, por ahora, somnolientos, en estado de duerme-vela, con la sensación incierta sobre los resultados obtenibles; bien es verdad que los ánimos iban serenos y, en algunos casos, cargados de conversión y de ganas de sentir buenas vibraciones. Entre sensaciones y vibraciones distintas aterrizamos en la Casa Diocesana de Wilhelm-Kempf-Haus.
La acogida personal, ambiental, lingüística, humana nos produjeron una sensación de distensión, que se fue haciendo de familiaridad; no era para menos; la organización facilitó el encuentro y el entorno natural y paisajístico fue el abrazo ecológico-fraterno, que dio paso a los achuchones internacionales. Y como pasa casi siempre en estos eventos eclesiales, nos íbamos viendo y sintiendo un número importante de las mismas y los mismos, como si nos repitiéramos o nos llamáramos. Esto condiciona positivamente, ya que nos conocemos en nuestras sensibilidades, limitaciones y perspectivas y empieza a funcionar la familiaridad, sin llegar al empalago.
De la buena vibración de cercanía, pasamos, sin más, a la visión real de la abundante madurez presente; entiéndase madurez cronológica. Aclarando: la concurrencia tenía una edad media provecta, entrada en años. Nos acordamos de aquella vieja canción popular: “dónde estarán nuestros mozos, que a la cita no quieren venir...”
En el fondo nos dio la sensación (otra vez ) de que estaban allí, o quizá nos venía bien para sentirnos un poco padres de la criatura. ¿Sensación de chochez? No tanto; simplemente sacar un poco de pecho por la andadura.
Qué buenas vibraciones se nos producían al oír hablar en tagalo, en una de la muchas lenguas hindúes o en alemán que el celibato es algo secundario; que nos interesa más la humanidad que el Vaticano y que nos preocupa más lo humano que lo sagrado, porque lo único sagrado son los seres humanos, especialmente los necesitados, sufrientes y marginados.
Buenas resonancias, buenos ecos nos traían también los intercambios entre pasillos de vivencias y experiencias humanas, cristianas y espirituales desde distintas culturas y trayectorias diversas, traducidas al castellano, ingles, francés, alemán, idiomas, en los que, chapurreando, nos lográbamos entender. El idioma de la vida y del corazón se entienden enseguida.
Aunque, como en todo conjunto musical, había cuerdas que sonaban con otra tonalidad, porque eran tocadas desde otra sensibilidad. Pero ninguna cuerda se rompió.
Hubo que templar gaitas, afinar afinidades, recomponer partituras, pero la vibración dominante nunca dejó de ser armoniosa.
Otro aspecto sensacional fue la perspectiva de Iglesia que se manifestó. Nos hace daño una Iglesia institucionalizada, sagrada, politizada.
La comunidad es el entorno amoroso y libertario de la vivencia y desarrollo de la fe. Por ello, cuando se dice que hay crisis en la Iglesia, no es crisis de vocaciones, de ministerios, de ordenación; es crisis de comunidad.
Lo que de verdad produjo vibraciones de alta intensidad fue la presencia y el aporte de las mujeres participantes. Con dos dedos de frente que se tenga y dos ocasiones en las que se haya visto el trabajo de las mujeres en tareas eclesiales, hay que reconocer como imprescindible su participación en todos los ámbitos de Iglesia, incluidos los espacios de curas casados. En esta ocasión, no eran muchas, pero su implicación fue muy positiva. Contribuyeron a poner en el ambiente la mirada y la sensibilidad femenina, que lleva consigo una visión más realista, más práctica y hasta más justa, contrarrestando los ramalazos teóricos, varoniles, que todavía nos asoman por nuestra formación o deformación clerical. Hay que revalorizar la feminidad de la Iglesia y ayudarle a que aflore con más nitidez. Las mismas mujeres son las que pueden y deben potenciar este aspecto, para que la comunidad adquiera su verdadera dimensión integral.
Tanto mujeres como curas casados nos sentimos (es un sentimiento, no sólo una sensación) en el arrabal, en la marginalidad de la Iglesia dominante. Esa vibración interior estaba presente en nuestro Encuentro, no como nostalgia o producto bilioso, sino como estado de pertenencia, ya que meterse más adentro en este modelo eclesial es ser cómplice de una iglesia etérea, irreal e inservible.
Sentimos con urgencia una renovación de la Iglesia. Así lo expresaron los hombres y las mujeres presentes, los y las de procedencia oriental como las y los occidentales, desde un estado célibe, desde la vida en pareja y desde el ministerio ordenado. Es verdad que las estrategias difieren, porque hay quienes son partidarios/as de una “estrategia pascual: dejar pudrir la situación, pasar por la muerte para esperar la resurrección”. Es decir, dejar pasar el tiempo, porque “los recursos del clericalismo no pueden durar mucho”. ¿Actitud pasiva? Otras personas, en cambio optan por la práctica; llevan años trabajando en el reto de conversión y reforma de la Iglesia, haciendo presente otra iglesia. Esto no sólo es posible sino que ya es presente.
Sensación fuerte, cargada de actualidad, es el uso de la estrategia de la transgresión. Es el “ir más allá”, no por revancha o provocación, sino como modo de “crear un nuevo camino”. También es un método que se lleva empleando mucho tiempo; todo el movimiento de los curas casados surgió desde la transgresión. Aunque la transgresión, como todos los retos, tiene su proceso, sus grados, sus visualizaciones y concreciones. Actualmente son las mujeres las que están poniendo más radicalidad con acciones rompedoras en ciertos colectivos. Es el caso de las mujeres ordenadas sacerdotes (sacerdotisas) y consagradas obispas. Ellas están rompiendo la exclusiva machista de los varones, acaparadores del ministerio ordenado y desobedeciendo “una ley injusta de la Iglesia, que priva de libertad”. La presencia en nuestro Encuentro de Gisela Forster y Patricia Fresen, consagradas obispas en el Danubio, corroboran esta práctica “transgresora”. ¿Es una renovación o un reforzamiento del sistema clerical reinante? Dios dirá. Nosotros apostamos por seguir creando comunidad y ella dirá lo que necesita y los medios, ritmos y ministerios ( en plural) a emplear.
A Wiesbaden fuimos expectantes, abiertos, con luz y taquígrafos, con unas cuantas ideas claras. Volvimos confederados, enganchados a red y con un montón de agradables sensaciones y buenas vibraciones. No nos hemos quedado sin sueño.


Andrés Muñoz