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DE LA SANTIDAD A LA COMPASIÓN
VIVIR Y AMAR EN UN MUNDO AMBIGUO
MINISTERIOS FEMENINOS
¿Cómo contribuyen a una Iglesia renovada?
“EL CELIBATO OPCIONAL COMO DISIDENCIA ECLESIAL”.
DE LA SANTIDAD A LA COMPASIÓN
VIVIR Y AMAR EN UN MUNDO AMBIGUO
Una visión renovada
del Ministerio en la Iglesia Católica
Rafael Esteban , misionero de África (Padre Blanco), español,
nacido en Vitoria. Ha trabajado en los años 70 en Ghana, antes
de instalarse en Inglaterra por razones de salud. Después de
haber dirigido un centro de información Africano en Madrid en
los años 80, fue Secretario del Instituto Misionero en Londres,
durante diez años. Después combina el trabajo pastoral en una
parroquia de Cambridge con la enseñanza en el Instituto
Misionero.
Actualmente es un experto de la Teología de los Ministerios, de
la Espiritualidad de los pacifistas y del Contexto
socio-económico de la Misión.
Es doctor en Teología por la Universidad Gregoriana y es miembro
de la Red Europea de Ética en el mundo de los Negocios, con un
interés particular en la ética de las organizaciones aplicada a
la transformación de la Iglesia en una verdadera cultura
participativa.
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El Vaticano II propuso a la Iglesia, y sobre todo a los responsables
del ministerio, la necesidad de reflexión y renovación. Esto nos
introdujo en un proceso de “crisis” que no ha resultado fácil. Se nos ha
exigido el mirar al mundo y a nuestras propias vidas con ojos nuevos. La
reflexión aquí sobre los cambios necesarios en el ministerio quiere ser
un reto al modelo dominante de Iglesia que prima las nociones de
“salvación” y de “santidad” en la comprensión del papel de la Iglesia y
del ministerio. Proponemos que lo que constituye la raíz y el centro del
ministerio de la Iglesia no es la “santidad” sino la compasión.
NUESTRA EXPERIENCIA
DEL MUNDO
El ministerio es simplemente un servicio que ofrecemos al mundo en que
vivimos. Nuestra idea del ministerio esta pues condicionada por nuestros
sentimientos y nuestra actitud hacia ese mundo. Y no hay duda de que el
mundo es profundamente problemático.
Veamos algunos de los problemas:
+Un mundo roto por el pecado y la muerte: un mundo dia-bólico.
+Un mundo de promesas traicionadas y de relaciones fracasadas (no hay
más que mirar a las estadísticas del divorcio). En Gran Bretaña en este
momento mas de la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio.
+Un mundo donde el hermano mata al hermano.
+Un mundo en el que los pueblos parecen incapaces de vivir juntos:
racismo, tribalismo.
+Un mundo dominado por la ambición donde el rico explota al pobre.
+Un mundo que margina a los ancianos y abusa de las mujeres y los niños.
+Un mundo con una cultura de muerte donde cada año una mujer de cada
treinta aborta.
+Un mundo corrompido por las drogas, el alcohol, el tráfico en vidas
humanas y la explotación de la pornografia (80% del trafico de Internet)
+Un mundo donde 50.000 niños al día mueren de enfermedades fácilmente
curables y donde el SIDA amenaza la sobrevivencia de todo un continente.
+Un mundo en el que 200 personas controlan más recursos que los 2.500
millones de la gente más pobre (40% de la población mundial) de los que
la mitad vive en absoluta pobreza.
+Un mundo donde se esta perdiendo el sentido de comunidad bajo el asalto
de un individualismo feroz.
+Un mundo destrozado por la desintegración cultural y social.
+Un mundo arrastrado al abismo por la iracionalidad, la anarquía y el
desorden.
+Un mundo que parece estar al borde de destruirse a si mismo por la
explotacion insensata de sus recursos y el poder destructivo de las
guerras.
Evidentemente vivimos en un mundo enfermo. Nuestro mundo sufre de
división, fragmentación y desintegración a todos los niveles:
A nivel individual
A nivel social
A nivel cósmico
EL MODELO “TRADICIONAL” DE LA IGLESIA:
ENDEREZAR EL MUNDO POR MEDIO DE LA “INGENIERIA SOCIAL”
El modelo dominante en la Iglesia al tiempo del Vaticano II formaba
parte de un “discurso” que presenta a la Iglesia como el instrumento de
Dios para crear en el mundo una “sociedad perfecta”. La sociedad de los
justos en un mundo dominado por el pecado.
LA TELA DE FONDO MÍTICA: EL PARAÍSO
PERDIDO
La manera como miramos al mundo y tratamos de dar sentido a todo el mal
con el que nos encontramos está profundamente condicionada por la
historia de la creación tal como es presentada en nuestra tradición
religiosa que forma el corazón de nuestra cultura. La historia es
sencilla: Dios crea un Paraíso y ese paraíso se pierde por la
desobediencia.
Los 12 primeros capítulos del Génesis describen las terribles
consecuencias del pecado. El pecado de Adán genera una catarata de
malicia humana con consecuencias terroríficas: sufrimiento, violencia y
muerte.
Es interesante constatar la reacción de Dios a lo que esta sucediendo
porque parece reflejar lo que sentimos nosotros mismos a veces
contemplando los horrores del mundo que nos rodea. Nuestra reacción
instintiva es una reacción de rechazo. “Yave vió que la maldad del
hombre en la tierra era grande y que todos sus pensamientos tendían
siempre al mal. Se arrepintió, pues, de haber creado al hombre y se
afligió su corazón. Dijo: ‘Borraré de la superficie de la tierra a esta
humanidad que he creado, y lo mismo haré con los animales, los reptiles
y las aves, pues me pesa haberlos creado’(Gen 6,6-7). Suena muy radical,
pero refleja muy bien como nos sentimos todos a veces en el mundo. Es
natural sentir la necesidad de huir de este mundo pervertido para buscar
refugio en un “paraíso restaurado” en el que poder vivir en “obediencia
a Dios”. Esta actidud negativa hacia el mundo, reforzada por influencias
maniqueas (cf. S.Agustin) situará a la Iglesia fundamentalmente “en
oposición al mundo”.
Afortunadamente Dios no sucumbió al impulso de destruir la tierra. Se
rascó un poco el coco, y decidió algo menos radical. Dios hace su primer
ensayo de “ingeniería social” para arreglar las cosas. Elige a un “Nuevo
Adán” que estará encargado de cuidarse de un mundo limpio de mal. Elige
a Noé, le ordena construir un arca y mete el mundo en una “lavadora
cósmica”.
Lo malo es que esta solución tampoco funciona. El mundo vuelve a las
andadas e incluso las cosas son todavía peores de lo que eran antes del
Diluvio.
Vuelta a rascarse el coco. Parece ser que Dios empieza a tener dudas de
su habilidad de arreglar el mundo. Dios decide pues que lo que tiene que
hacer es ser menos ambicioso y probar la “ingeniería social” en escala
más reducida. Dios va a formar un pequeño “pueblo elegido” en un mundo
abandonado a la esclavitud del pecado. Dios va a usar toda su energía y
mostrar su poder para asegurarse de que su pueblo sera un “pueblo justo”
que va seguir la “via justa” en “la tierra de Dios”.
Este concepto que se desarrolla en el Antiguo Testamento es el contexto
que condicionará más tarde la autocomprensión de la Iglesia como el
Nuevo “pueblo elegido”. La ideología del “pueblo elegido” constituye la
visión de fondo en la que la Iglesia creció. Esta idelogía ha
estructurado la Iglesia, sus instituciones y su relación con el mundo y
la sociedad.
EL ARCA DE SALVACIÓN:
EL “DISCURSO DE JOSUÉ”
Y “RELIGIONES DE SALVACIÓN”
El Libro de Josué es un hito de la civilización occidental. Es la
primera definición de lo que constituye una “nación”. A primera vista,
el Libro de Josué describe cómo un pueblo – elegido por Dios – es
liberado de la esclavitud, conquista una tierra en la que se establece
la “pureza religiosa” y la tierra viene distribuida entre las tribus que
constituyen ese pueblo, con Jerusalén como su centro. Pero, a un nivel
más profundo de significado, nos encontramos con un “discurso” que
define las características de un “pueblo elegido”. El pueblo elegido se
funda en la noción de una única correcta verdad que es la verdad de Dios
vivida en un territorio que tiene que ser centralizado, dentro de
límites claros con fronteras impenetrables. Nos encontramos con algo más
que la historia de la conquista de Canaán. Lo que tenemos es un
“discurso” que nos ofrece la pauta para “recrear el Paraíso” en la
tierra en la que “fluyen la leche y la miel” y donde se restablece la
relación original con Dios perdida por el pecado. Desgraciadamente la
tela de fondo de este discurso es una visión negativa del mundo que
fundamenta la necesidad de separarse de ese mundo. La intención que
subyace es producida por un preocupación radical por “salvarse de un
mundo maligno”.
Este es el modelo, con su obsesión por la “salvación”, que pasa,
prácticamente sin filtro alguno, a la auto-comprensión de la Iglesia.
Esta salvación solo se puede asegurar en un espacio “extraordinario” y
“separado del mundo” – una “tierra prometida”, un “arca de salvación”.
Aquí hay una actitutd de rechazo total del “mundo”. La Iglesia y el
mundo pecador tienen que estar claramente separados. Así Dios recupera
el control de su “pueblo elegido” y reside en medio de él. De esta
manera, Dios crea progresivamente en el mundo pecador un “espacio
sagrado” en el que se puede manifestar. Este espacio “extra-ordinario”
esta constituido por lugares extraordinarios (iglesias consagradas)
poblados por personas extra-ordinarias (santos, personas consagradas,
clérigos “célibes”) donde suceden eventos extra-ordinarios (rituales
sagrados y milagros). Todo esto tiene su manifestación más clara en el
“milagro” de la Eucaristía, al que solo los “justos” tienen pleno
acceso. Así, somos testigos de la Victoria de Dios sobre el pecado y la
muerte. Esto se consigue por la infusión de la “gracia” en el territorio
ocupado por el “pueblo elegido”.
Como parte de este plan de “arreglar el mundo”, las sociedades ocupadas
por la Iglesia tienen que ser reorganizadas según los planes de Dios. La
voluntad de Dios tiene que estar reflejada en las leyes e instituciones
de las sociedades tocadas por la Iglesia. El “territorio” que la Iglesia
ocupa tiene que transformarse en una “Sociedad cristiana”. La Iglesia
tiene vocación de “Cristiandad”.
Los planes de Dios por formar un “pueblo elegido” se topan de nuevo a un
fracaso relativo. Tanto en Israel como en la Iglesia, muchos se salen
del camino. Claramente muchos de los miembros del “pueblo elegido” no
consiguen ser “santos”. Así el pueblo elegido se encuentra dividido
entre los “fieles fieles” que viven en la “gracia de Dios” y los “fieles
infieles” que pierden el norte y viven “en pecado”.
En este modelo, la preocupación por el orden y por el control de un
“pueblo elegido”, separado, extra-ordinario y santo implica valores y
actitudes completa-mente masculinas: orden, control, nitidez,
racionalidad, unidad, autoridad y poder. La finalidad es asegurarse de
que todos en la Iglesia den la prioridad a su salvación individual. Esta
salvación depende del “recto pensar” (ortodoxia) – el conocimiento del
verdadero camino de Dios – y del “recto hacer” (moralidad) – seguir el
camino recto. El ministerio en la Iglesia tiene la responsabilidad de
enseñar la verdad y defender los valores morales. La santidad y la
“rectitud” de los miembros de la Iglesia solo se puede conseguir en
sumisión y obediencia total a la voluntad de Dios tal como es
manifestada en la enseñanza doctrinal y moral de la Iglesia. Nos tenemos
que acordar que la libertad fue, según esta manera de ver las cosas, la
causa del pecado y de todos los males consecuentes de la humanidad. En
consecuencia, el único uso justo de la libertad es el de renunciar a la
libertad misma en una obediencia total e incondicional a los “ministros”
de Dios. Solo de esta manera podemos acceder a la “santidad” y con esta
a la “salvación”. Esta preocupación por asegurar el “bien pensar” basado
en la posesión de la verdad absoluta aboca naturalmente al “dogmatismo”
y la preocupación por el “bien hacer” como condición para la salvación
se traduce en farisaísmo y escrupulosidad. Combinados, dogmatismo y
farisaísmo generan complejos de superioridad, intolerancia, el derecho
de conquista y la supresión de todo disenso.
La restauración del orden de Dios en su pueblo elegido exige una
demostración extraordinaria de poder sagrado. La “gracia” de Dios
re-estructura el mundo por medio de la Encarnación y de Pentecostés y de
la investidura del poder de Dios en una jerarquía sagrada que controla
los “canales de la gracia” (los sacramentos). Los sacramentos son los
instrumentos que Dios ha creado para establecer y mantener las fronteras
del “espacio de Dios”, para distribuir poder y papeles en la Iglesia,
para mantener el orden y para reparar el orden perdido. Los sacramentos
constituyen así instrumentos privilegiados de ingeniería social. El
poder sagrado de Dios se encuentra pues encarnado y monopolizado en una
jerarquía clerical que concentra todo el poder en la Iglesia.
Instrumento privilegiado de ingeniería social y de control del
comportamiento es el “sacramento de la penitencia” que necesitamos si
tenemos la desgracia de “caer en el pecado”. Este sacramento es la única
manera de recuperar con plenitud nuestro puesto en el pueblo elegido y
de asegurarnos nuestra salvación. Visto de esta manera, el confesionario
nos da a los clérigos un poder posicional tremendo para controlar el
comportamiento de los “fieles” ya que en este modelo solo la confesión
da acceso a la comunión y, en fin de cuentas, a la salvación eterna. Los
clérigos controlamos “las llaves del Reino”.
Es un sistema perfecto. Por medio de una obediencia total a la
jerarquía, la práctica de los sacramentos y una ortodoxia estricta
vivimos con la seguridad de la salvación en este mundo pérfido y
pecador.
Creo firmemente que, tal como la Iglesia se ha estructurado a través de
los siglos y a pesar de los esfuerzos del Vaticano II por encontrar un
modelo diverso, la mayoría de la Iglesia tanto entre la Jerarquía como
entre los laicos, siguen funcionando en los parámetros establecidos en
el “Discurso de Josué”. Es interesante notar que los estados monárquicos
y feudales se desarrollaron en la misma línea. El “discurso de Josué” ha
formado la manera como definimos a un “pueblo” y, consecuentemente, la
manera como hemos organizado la Iglesia como “nuevo pueblo elegido”:
monárquico, jerárquico, clerical y machista.
Hay muchos que reaccionan a este tipo de reflexión acusándolo de ser una
deformación simplista de la enseñanza sobre la Iglesia y el ministerio
sacerdotal. Es verdad que la “teoría en uso” de la enseñanza oficial y
de la teología católica tradicional tiene dificultades a reconocerse
aquí. Pero estoy convencido, y es el resultado de muchos años de
experiencia pastoral y de formación al ministerio, que lo que he
presentado aquí es la “teoria en práctica” – la “caricatura activa” –
que condiciona el pensar y el sentir de muchos católicos y que
fundamenta la realidad del ejercicio del poder y del control clerical en
la Iglesia.
No es difícil de entender cómo este discurso del “pueblo elegido”
configure una cierta comprensión del ministerio sacerdotal. Aquí, la
finalidad primordial del ministerio es asegurar la salvación después de
la muerte, siendo instrumentos de “produccion” de santidad en las
personas bajo nuestra responsabilidad. Para conseguir esto, los
“ministros” tienen que constituirse en ejemplo, en obediencia total a
las reglas y a la jerarquía, llevando una vida no contaminada por el
mundo impuro y pecador (este es el contexto de la insistencia en el
celibato).
La autocomprensión de la Iglesia se refleja en el modelo de misión. La
misión, en el contexto del “discurso de Josue” – consiste en llevar los
“medios de salvación” a los que están fuera de las fronteras de la
Iglesia. Esto se consigue con la implantación de las estructuras
eclesiales. Así se expande el “territorio” de la Iglesia y se
Cristianiza el mundo. La Iglesia en este modelo es considerada como
siendo, de manera exclusiva, el “arca de salvación”. Este es el modelo
de misión como “implantación”, que era el único modelo hasta el Concilio
Vaticano II y que sigue siendo todavía el modelo más difundido en la
mayoría de los miembros de la Iglesia..
La intención dominante de este modelo de Iglesia y de ministerio es la
“transformación” de un mundo enfermo y desordenando poniendo las cosas
“en su sitio” y generando “santidad”. Ante los horrores del mundo que
nos rodea, consecuencia del pecado, el mensaje de este modelo es
semejante al de Moisés al pueblo a las puertas de la tierra prometida:
“Obedece y vivirás”. Es también el mandato: “Se santo como yo soy
Santo”. Todo se dirige aquí a la consecución de la “salvacion eterna” a
través de la búsqueda de la “santidad” en un esfuerzo por recrear el
paraíso en una sociedad “reformada” en obediencia a los mandamientos de
Dios.
MINISTERIO: TRABAJAR “PARA” E
“INGENIERÍA SOCIAL”
En la base de este modelo de Iglesia y ministerio, encontramos un
condicionamiento cultural a una cosmología dependiente de la comprensión
de la causalidad en el Aristotelianismo, sobre la que se fundamenta la
física de Newton.
La física y la mecánica de Newton estuvieron en la base de la revolución
científica y de la revolución industrial. Newton asume que nos
encontramos ante dos estados incompatibles: control y desorden. Para que
una máquina funcione necesita un control perfecto de la energía que la
alimenta. Todo desorden conlleva a fallos mecánicos. A través de
mecanismos de control aseguramos un desarrollo lineal y podemos predecir
los resultados. La falta de control introduce falta de linealidad ,
imprevisibilidad y desorden. Entre control y desorden, no hay nada: no
hay un “entre dos”.
Es sorprendente constatar como el modelo de la Iglesia como “instrumento
exclusivo de salvación” tiene un paralelismo casi perfecto con la manera
como Newton entendió el funcionamiento de una máquina. El modelo
tradicional de Iglesia asume también que hay sólo dos estados totalmente
incompatibles: gracia y pecado, obediencia y desobediencia. El pecado es
un desorden mortal proveniente de un uso desordenado de la libertad. La
gracia, al contrario, es una energía, mediada por los sacramentos, que
neutraliza el desorden del pecado haciéndonos “santos”, obedientes a la
ley de Dios y sometidos a su verdad. De esta manera el desorden es
eliminado y conseguimos la salvación.
A los sacerdotes se les confía el funcionamiento lineal de la cadena de
transmisión de la salvación. Los sacerdotes son responsables del
mantenimiento y del funcionamiento de la “máquina de salvación”. A
través de la adecuada “confección” y “administración” de los sacramentos
y de la enseñanza escrupulosa de la “verdad”, los sacerdotes aseguran la
transmisión de la gracia y la transformación de los “elegidos” en un
“pueblo santo” obediente a las leyes de Dios, mediadas por la Iglesia.
La posición de los sacerdotes en la escalera de la transmisión de la
gracia de Dios al pueblo, les otorga un poder y una autoridad sobre el
pueblo que están encargados de gobernar. Desde su puesto “superior” en
esa escalera, trabajan PARA el pueblo y son responsables hacia sus
superiores que les han investido y delegado. El ministerio esta
caracterizado y condicionado por esa preposición “para” como parte de
una vasta operacion de ingeniería social.
EL “PUEBLO ELEGIDO”:
UNA IDEOLOGÍA PELIGROSA
Este discurso sobre un ministerio en y para un pueblo “elegido” y
“santo”, separado de un mundo corrompido para asegurarse la salvación se
convierte en una prisión ideológica que no permite ver su lado oscuro:
+La necesidad de proteger a toda costa la reputación de la institución y
su pretensión de santidad.
+Ocultación de abusos: síndrome de la manzana podrida.
+Cultura de secreto y falta de transparencia.
+Fariseismo: sepulcros blanqueados
+Obsesión con el control y falta de confianza: supresión de la libertad
como causa de división y de todo mal, e imposición de obediencia
incondicional.
+Intolerancia hacia la crítica interna. No hay espacio para la
participación: los “fieles” se ven reducidos al estado de “niños
obedientes”. Estos son todos aspectos que son reconocidos cada vez más
como característicos de un liderazgo no ético.
+Obsesión con la sexualidad y la “pureza” e inferioridad de la mujer:
relaciones no funcionales, machismo y abuso.
+Complejo de superioridad, actitud de confrontación y derecho de
conquista.
+Monopolio de poder y de derecho a gobernar en los clérigos ordenados.
Esto combinado con la convicción de la “posesión de la verdad” resulta
en autoritarismo dogmático.
+Uso inflexible de poder posicional (ocultado bajo un lenguage de
“servicio”): el acceso a los sacramentos y a las posiciones de
responsabilidad condicionado a la “fidelidad” y a la “obediencia”
+La Iglesia se encierra así en un mundo en blanco y negro, en el cual,
desde un baluarte “santo” se enzarza en una lucha sin cuartel con las
fuerzas del mal.
LO QUE SE PIERDE EN EL DISCURSO DEL
“PUEBLO ELEGIDO”
Creo que es este discurso al que he llamado “discurso de Josué”, lo que
fundamenta la autocomprensión de la Iglesia como un arca exclusiva de
salvación controlada jerárquicamente por una clase clerical monopolizada
por hombres. Aunque puesto en causa en el Vaticano II, este discurso se
ha ido reforzando de Nuevo en los ultimos 25 años como discurso
dominante oficial.
El problema es que este discurso pierde de vista temas importantes en el
Nuevo Testamento. +La centralidad del tema de la comensalidad de Jesús
con los pecadores.
+La primacía del servicio y el reto radical a toda forma de poder
implícito en la humillación (kenosis) de la cruz, simbolizada
maravillosamente en el lavamiento de los pies.
+La igualdad fundamental de todos los hijos de Dios implicada en el
Padre Nuestro.
+El “escándalo” de Jesús a los Fariseos y a su noción de “santidad” y
pureza ritual.
+El amor incondicional de Dios al mundo
+El hecho de que permanecemos pecadores aunque seamos perdonados: Gracia
y pecado no son “incompatibles”
Estos y otros temas relacionados con ellos parecen demostrar que la
“política de Jesús” puso en tela de juicio radicalmente la “política de
la santidad” dominante en la religión de Israel. Jesús se enfrenta a las
actitudes que condujeron a la “gente religiosa” de su tiempo a una
obsesión con la pureza ritual que llevó a la exclusión de los “impuros”.
Es precisamente la oposición a la religión “oficial” lo que lleva a
Jesus a un enfrentamiento frontal con las instituciones religiosas, que
le llevará finalmente a su muerte.
LA BÚSQUEDA DE UN MODELO ALTERNATIVO
DE IGLESIA Y MINISTERIO
La búsqueda de un modelo alternativo es ahora necesaria no solo porque
tenemos que asimilar temas evangélicos olvidados por el modelo
dominante, sino también porque ciertos presupuestos de este modelo se
están derrumbando:
+La convicción de la necesidad de la Iglesia y de sus sacramentos para
la salvación individual esta siendo seriamente erosionada por una
increible oleada de lo que K. Rahner llamó “optimismo salvacional”. Esto
mina profundamente las bases del poder y del control clerical.
+La experiencia misionera y el auge de sociedades multi-culturales y
multi-religiosas nos ha hecho descubrir la presencia del Espíritu fuera
de las fronteras de la Iglesia. La Iglesia no es evidentemente el “arca
exclusiva de la salvación”.
La creciente conciencia de la profundidad y extensión del sufrimiento en
el mundo (Guerras Mundiales, Holocausto, genocidios, pobreza absoluta,
millones de refugiados, racismo, abuso de los pobres y los pequeños,
abuso y discriminación de la mujer, drogas y su industria, SIDA,
machismo…) nos reta a la compasión y nos hace dudar de nuestra capacidad
de “arreglar el mundo”: parece ser que el mundo es y sera siempre
“dia-bólico” (palabra que etimológicamente significa “roto”) y es un
mundo del que no podemos escapar.
Me pregunto : ¿Podemos contemplar a Jesús y la Cruz con ojos renovados y
explorar una manera diversa de vivir en Iglesia y de ejercer el
ministerio? Estoy convencido de que la Cruz nos invita siempre a un
viaje paradójico que cuestiona la manera de apreciar la Iglesia y el
ministerio, como cuestionó las instituciones religiosas en la vida de
Jesús.
DE LA “SANTIDAD” A LA “COMPASIÓN.
VIVIR EN LA AMBIGÜEDAD
Y LA PARADOJA:
UN DIOS QUE AMA
A LOS PECADORES.
Entramos pues en una tentativa de recuperar aspectos del mensaje
evangélico que se pierden en el discurso jerárquico y clerical
dominante. Poco a poco he ido sospechando que hay otras maneras,
distintas del discurso oficial, de mirar los mitos fundacionales de la
fe cristiana y que, si lo hacemos, podemos encontrar una nueva dirección
recuperando temas marginados en el discurso eclesial prevalente. Es con
gran precaución que nos tenemos que aventurar en esta dirección pues
tenemos que abandonar los caminos “ortodoxos” bien trillados, para
entrar en una jungla “heterodoxa” llena de peligros. Pero como nos dijo
un profesor cuando yo era un adolescente: los exploradores se llevan
todos los arañazos, pero abren horizontes nuevos para los que vienen
detrás.
LA PARADOJA DE BASE:
DIOS CREA UN DESASTRE
Y LO AMA
Frente a un mundo que es un desastre podemos tomar dos actitudes muy
diferentes basadas en dos maneras de leer el Génesis. La que hemos
analizado antes conlleva un rechazo y una huída del mundo en la búsqueda
de un oasis de orden y santidad como parte de un “pueblo elegido”
separado del mundo. Según esta visión, Dios creó un paraíso que se
perdió por nuestra desobediencia y consecuentemente estamos abocados a
esforzarnos por recrear ese paraíso a través de la sumisión y la
obediencia a Dios en su “tierra prometida”. Esta es la lectura que está
a la base de la preocupación con la “santidad” y la “salvación”.
Aparentemente esta es una lectura muy lógica y sin paradojas.
Creo que se puede leer el Génesis y la actitud de Dios hacia el desastre
del mundo de una manera radicalmente diferente. La historia de la
creación no termina con el pecado original y la pérdida del paraíso. La
historia de la creación continúa a través de los 12 primeros capítulos
del Génesis y nos quiere poner delante de una paradoja y de un aviso. El
Génesis parte de la experiencia del mundo real y nos ofrece la paradoja
de que un Dios bueno y todopoderoso ha creado de hecho un mundo
imperfecto, roto y confuso, lleno de sufrimiento y de muerte. La
paradoja es que Dios ha creado un mundo diabólico. El desorden, la
confusión y la ambigüedad son aspectos esenciales del mundo. Y es aquí
donde tenemos que escuchar el aviso implicito en esta lectura del
Génesis. De lo que el Génesis nos quiere prevenir es de nunca buscar
recrear un Paraíso en la tierra. El Paraíso esta irremediablemente
perdido. Creer que podemos recrear en este mundo un espacio perfecto y
puro donde podemos escapar a la confusión y al desorden, no es un
utopía, sino una “distopia”. Esto está probado por la experiencia
histórica. Las utopías, por definición, tienen que permanecer
irrealizables. La pretensión de recrear el paraiso en la tierra ha
tenido siempre consecuencias trágicas (el Tercer Reich, la Cambodia de
Pol Pot, la experiencia comunista en la Unión Soviética, la Guerra de
Irak para exportar la democracia….). Intentar realizar utopías en este
mundo no produce más que “distopias”. Lo que caracteriza todos esos
desastres es que son siempre llevados a cabo por un pueblo que se
autodefine como un “pueblo elegido” con la misión de crear en la tierra
una “sociedad perfecta” por medio de diversos métodos de “ingeniería
social”.
LA ENCARNACIÓN:
ASUMIR LA AMBIGÜEDAD
El modelo de Iglesia implícito en el esfuerzo por crear un espacio
“santo” con métodos de “ingeniería social”, no tiene en cuenta algo
central en la relación de Dios con su mundo. La escritura parece
demostrar precisamente que esos métodos no funcionan. La escritura nos
cuenta que, después de intentar diversos métodos para arreglar el mundo
sin éxito, Dios abandona la ingeniería social e intenta algo totalmente
distinto y radical: participar en el desorden, la confusión y la
ambigüedad: Dios “se hace pecado”. Dios amó tanto a su mundo en su
desastre que envió a su Hijo para que se hiciera parte del mundo, como
nos dice Juan.
La Encarnación elimina la oposición entre el pecado y la gracia, la luz
y las tinieblas, la vida y la muerte, convirtiéndolos en los dos polos
de la misma realidad. Esto se consigue porque, en la Encarnación, Dios
“se hace pecado” por nuestro bien. Este es el sentido de la Kenosis, la
“humillación” de Dios (Fil 2,6-11), que es la prueba del amor y la
aceptación de Dios de su ambigua, imperfecta y desastrosa creación. Este
mundo es el verdadero “hijo pródigo” que Dios abraza y celebra.
Cuando se ven las cosas de esta manera las actitudes y acciones de Jesús
en el evangelio son perfectamente lógicas: su crítica de la “justicia”
de los sacerdotes, escribas y fariseos; su compartir la mesa con los
pecadores; el hacerse “impuro” con los leprosos y los enfermos y, sobre
todo, su desastrosa muerte en la Cruz en la que Jesús asume el desorden,
el sufrimiento y la muerte del mundo.
COMPASIÓN Y RECONCILIACIÓN
La cruz es pues la prueba de que Dios no rechaza el mundo, sino que lo
abraza y acepta incondicionalmente en toda su ambigüedad y desorden.
Dios se hace “pecado” por nosotros. Dios ni condena, ni juzga. Dios es
compasión. Sufre con los que sufren. La ambigüedad, la imperfección y el
pecado del mundo se convierten en condición necesaria para que Dios
pueda revelar su ser profundo como misericordioso y compasivo. La Cruz
es sencillamente el símbolo del costo de la compasión. La compasión de
Dios se manifiesta en su abrazo total a este mundo roto y pecador (dia-bólico)
a través de la Kenosis del Hijo.
En un mundo claramente dia-bólico, la Cruz es la prueba de la inmanencia
sim-bólica de Dios en el mundo. Dios reconcilia (dando un “punto de
cruz”) el mundo introduciendo en los descosidos de este mundo roto bajo
el dominio de la muerte, una levadura de perdón, curación y vida eterna.
Es a través de la com-pasión – su “sufrir con” el mundo – como el mundo
se regenera y recupera su unidad profunda. Dios no arregla el mundo
desde fuera, Dios lo cura desde dentro.
LA IGLESIA: UN ESPACIO LIMINAL DE
COMPASIÓN
“Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. El espíritu de compasión
es la levadura que nos transforma en una comunidad de “pecadores
perdonados” en la que nuestra realidad mortalmente diabólica se
convierte en el lugar privilegiado en el que el Dios vivo y compasivo
viene a nuestro encuentro invitándonos a extender su compasión al mundo
entero. La gracia es la cara oculta del pecado. La muerte y la vida, el
pecado y la gracia, la cruz y la resurrección no son realidades
incompatibles sino que son los polos de una realidad única y van siempre
juntos. A causa de la cruz, la muerte y su sombra (lo dia-bólico) –
central a nuestra experiencia humana – puede ser vivida en su promesa de
vida y de Victoria (lo simbólico) – central a nuestra experiencia de fe.
Lo que estamos descubriendo es que la realidad es siempre bipolar. No
vivimos en un mundo excluyente en blanco y negro. Vivimos en un mundo
inclusivo que es al mismo tiempo blanco y negro. Un mundo en el que,
paradójicamente, los extremos se tocan y los enemigos se abrazan. Esto
nos pide una conversión radical en nuestra manera de ver el mundo y en
nuestra comprensión de la Iglesia y del ministerio. La Iglesia no es un
“territorio santo”, separado del mundo, sino un espacio de compasión
donde personas que han experimentado la compasión de Dios en el espíritu
de Jesús viven al límite de la tensión entre gracia y pecado, vida y
muerte. Este es el límite donde Cristo “se hace pecado” por nuestro
bien, donde el Padre abraza al hijo pródigo. Esta tensión liminal,
fraguada en la compasión, tiene su expresión más radical y más clara
cuando Jesús se sienta en la mesa con los pecadores… escandalizando a
los “justos”.
La bipolaridad de la realidad está al centro de los descubrimientos que
han hecho añicos de una vez para siempre la cosmología de Newton, en la
que no había medio entre desorden y control. El DNA, que se puede
considerar la “firma” de la vida, es la interacción entre dos espirales.
La física cuántica nos demuestra que al nivel mas básico de la realidad,
la materia y la energía se confunden. La estabilidad de los planetas
depende de una tensión compleja entre las fuerzas centrípeta y
centrífuga.
Pero el descubrimiento más significativo ha sido el descubrimiento de la
“Teoría del caos”: es el descubrimiento que, entre la perfecta
linealidad del control y la radical no-linealidad del desorden, hay una
frontera, un límite, “el borde del caos”, donde las energías que
producen linealidad y no-linealidad se combinan produciendo procesos bi-polares
a los que se ha llamado “mariposas de Lorenz” – a causa de su forma y
del nombre del que las descubrió. Este descubrimiento nos ha hecho mirar
al mundo de manera distinta y hemos empezado a descubrir cuanto en el
mundo vive en el “borde del caos”. La vida es el resultado del juego
caótico entre procesos de integración y de diferenciación. Los planetas
no se mueven en órbitas fijas sino en el borde caótico entre la fuerza
centripeta de la gravedad y la energía centrífuga de la velocidad. Es
sólo porque el corazón late en un espacio caótico por lo que se hace
extremadamente tolerante a exigencias contrapuestas que le llegan de su
entorno. De hecho, cuanto más observamos, más nos damos cuenta de cuánto
la “teoria del caos” nos puede hacer comprender el mundo que nos rodea y
los procesos necesarios para la vida no sólo de los organismos sino
también el de las sociedades y el de las organizaciones. Todas las
organizaciones, y aquí tenemos que incluir a la Iglesia, para vivir y
prosperar, se tienen que mover en el borde caótico entre la fidelidad a
su identidad y la tolerancia necesaria para adaptarse a un medio en
continuo cambio.
El modelo clerical del ministerio esta basado en una desconfianza
radical hacia la libertad como raíz del desorden
(libertad=desobediencia=pecado) y consecuentemente en la obsesión por el
control a través de la imposición de la obediencia incondicional. Aquí
no hay nada entre el “estado de gracia” y el “estado de pecado”. Frente
a esto, proponemos aquí la exigencia de que la Iglesia y su ministerio
se traslade a un “borde caótico”, un espacio de compasión en la
interacción entre gracia y pecado, donde la libertad de una humanidad
herida se encuentra con el libre abrazo de un Dios herido y compasivo.
La gracia y el pecado son los polos de la reconciliación en Jesús. La
cruz es un acontecimiento en el límite; en el “borde caótico” entre la
vida y la muerte. Así se convierte en el signo y el sacramento del
espacio donde tenemos que vivir, peregrinos en tensión hacia el Reino.
En el centro de nuestra fe, hay un evento “simbólico”, la muerte
vivificante de Jesús en la cruz, que debe permanecer siempre al centro
de la historia de Dios que queremos hacer nuestra. Un Dios compasivo y
un mundo pecador se reconcilian en aceptación mutua en un abrazo
redentor en el Espíritu de Dios que no es sino la tensión creadora en el
“borde caótico” de la relación entre el Padre y el Hijo. Esta dinámica,
con la cruz en su centro, es la expresión de la danza de Dios: el
continuo intercambio de amor entre el Padre y el Hijo. Este movimiento
está perfectamente representado por el signo del infinito en matemáticas
y por la “cinta de Mobius” en el que dos lados se convierten en uno
solo. Es posible que la bipolaridad que estamos descubriendo en el mundo
sea una indicación de que no sólo la humanidad, sino el mundo entero ha
sido creado a la imagen de Dios.
RITUAL: JUEGO SIM-BÓLICO EN UN
“ESPACIO DE TRANSICIÓN”
El reto al que estamos enfrentados como comunidad de discípulos de
Cristo es el de dejarnos arrastrar por el dinamismo de compasión
representado por la cruz. Dios entró en nuestra historia para “recoser
el mundo” con “punto de cruz”. Esto nos invita a habitar en las
fracturas del mundo con la lógica de la compasión activa en la cruz.
Tenemos que continuar “recosiendo” la humanidad poniendo sin cesar
nuestros imperfectos “puntos de cruz”. Asi respondemos a un mundo roto
llevándole reconciliación y salud.
Aprendemos a convertirnos en una presencia compasiva en el borde entre
la Iglesia y un mundo fracturado por medio de ritos. Los ritos
constituyen formalmente “intercambios simbólicos” en “espacios de
transición” donde “jugamos” representando “eventos simbólicos” al centro
de nuestra fe. En los ritos, nos quitamos las sandalias y nos acercamos
a la zarza ardiente para sentir el sufrimiento y la compasión de Dios
por sus hijos pródigos y para ser enviados, animados por esa misma
compasión, a liberar a los hijos de Dios de todos sus opresores.
Los ritos recomponen (son sim-bólicos) un mundo roto (lo dia-bólico)
porque se produce en ellos un fenómeno de “arrastre”(3) Por medio de los
ritos se produce una progresiva sincronización de nuestros ritmos
vitales y emocionales con los ritmos que pulsan en la cruz. Como la cruz
reconcilia (re-cose) el mundo, a través del rito somos arrastrados a
“recoser” nuestras vidas y el mundo a nuestro alrededor en imitacion de
la dinámica trinitaria. Los ritos producen una “convergencia” con la
compasión de Dios por una “escucha profunda” de los latidos del corazón
de Dios. A través de esta escucha, la comunidad creyente, parte
constituyente de un mundo pecador, entra progresivamente en la danza de
Dios(4) y participa en su compasión. Es a través de los ritos, como poco
a poco entramos en sintonía con los “sentimientos del Señor Jesús” (Phil
2,5).
Fué un científico holandés, Christian Huyghens, el que descubrió, casi
por casualidad, este fenómeno de “arrastre”. Amaba los relojes y había
colocado dos relojes muy parecidos en tamaño en la misma pared. Un día
observó que los dos péndulos batían perfectamente sincronizados. Fué y
les cambió el ritmo. Pasado un cierto tiempo, los relojes volvían a
sincronizarse. Parecía que los relojes se “escuchaban” y sentían las
vibraciones del otro a través de la pared y no se estabilizaban hasta
que sus vibraciones estaban en perfecta sincronía. Observaciones y
estudios posteriores han demostrado la extensión y la importancia de
este fenómeno. Explica, por ejemplo, cómo los estorninos pueden volar en
nubes de miles de ejemplares y responder, sin colisión alguna y en
perfecta sincronía, a un ataque de un ave de presa. Los delfines nadan y
saltan en sincronía. Las luciérnagas en un bosque sincronizan sus
lampadeos. Grupos de mujeres jóvenes trabajando en proximidad en una
fábrica sincronizan sus ciclos menstruales. Esto también explica la
influencia de la música en estados emocionales y síquicos. Este fenómeno
está también detrás de lo que llamamos el “buen ejemplo”…
Lo que creo es que nos podemos sincronizar a la compasión que late en el
corazón de Cristo, perfectamente sincronizado con el corazón de su Padre
por el Espíritu que une a los dos. Es en la escucha del ritual y la
oración, que nos podemos convertir en “compasivos como nuestro Padre es
compasivo”. En los ritos, nos sincronizamos con los ritmos del Dios
vivo, mientras sufrimos bajo la muerte, celebrando la compasión que
reside en Dios, se nos revela en Cristo Jesús y se nos comunica en el
don de su Espíritu. Los ritos son así sim-bólicos y reconciliadores en
un mundo roto y diabólico.
En los ritos nos adentramos en una nueva vida con un corazón nuevo: Se
trata de una conversión, de un cambio de corazón:
+Por medio de la celebración (“juego”– “drama sacro”) de la vida, la
reconciliación, el perdón y la curación.
·A nivel individual
·A nivel comunitario
·A nivel cósmico
+En un compromiso por la vida, la reconciliación, el perdón y la
curación.
+A ser instrumentos de vida, de reconciliación, de perdón y de curación.
Acogiendo la compasión de Dios en nuestras vidas y como deudores
perdonados, aceptamos morir con los demás y para los demás y nos
convertimos asi en portadores (símbolos y sacramentos) de compasión y
reconciliación.
MINISTERIO EN UN MUNDO ROTO: RECUPERAR
LA COMPASIÓN AL “BORDE DEL CAOS”
Este modelo de Iglesia como “espacio de compasión” implica cambios
radicales para la naturaleza del sacerdocio y la práctica de los
sacramentos.
Si los sacramentos son primariamente instancias formales cuya finalidad
es arrastrarnos en la dinámica de la compasión de Dios y el modelo de la
Eucaristía es la invitación de Cristo a los pecadores de compartir su
mesa y no el perfecto sacrificio al que solo los “justos” pueden acceder
plenamente – que fué claramente lo que Jesús denunció – las
consecuencias son inmensas. En esta lógica, la única condición para
participar plenamente en los sacramentos – y recibir la comunión – es
sencillamente sentirse invitado y sentir la necesidad de experimentar la
compasión incondicional de Dios. En la misma perspectiva, no hay razón
para no admitir a la comunión a los católicos divorciados que viven en
segundos matrimonios.
Tenemos también que desligar el sacramento de la reconciliación del
acceso a la Eucaristía. Los dos sacramentos, cada uno por mérito propio,
y de maneras que son complemetarias, nos ofrecen experiencias de la
compasión y de la reconciliación en Cristo. La condición para acceder a
la comunión no es el ser “justo” en “estado de gracia”, ni el de estar
en una “situacion regular”. La única condición es la de necesitar la
compasión de Dios. “He venido a llamar no a los sanos, sino a los
enfermos”. Es por medio de la experiencia de la compasión de Dios como
nos convertimos en capaces de ser instrumentos de compasión en el mundo.
Entrando en la “politica de compasión” nos vemos liberados de la
ansiedad sobre la salvación y de la obsesión con la pureza y la santidad
entendida como separación radical de un mundo pecador e impuro. Podemos
también distanciarnos de la obsesión por controlar la “ortodoxia” y la
“moralidad” de la gente, sin disminuir nuestra pasión por la verdad y
por la búsqueda de fidelidad a la voluntad del Dios que nos ama
incondicionalmente.
En este contexto, para reflexionar sobre el ministerio y el sacerdocio,
tenemos que distinguir entre el servicio (ministerio) que la comunidad
cristiana está enviada a ofrecer al mundo y los servicios (ministerios)
que la comunidad cristiana necesita para cultivar las estructuras
rituales formales que crean el dinamismo que la comunidad necesita para
ejercer su misión. Una distribución formal de responsabilidades es
necesaria para asegurar la continua presencia del “evento cristiano” en
todas las instancias rituales que dan forma y estructura a la Iglesia.
La responsibilidad más central y más necesaria es sin duda la de
“representar simbólicamente a Cristo” formalmente en la celebración de
los sacramentos. Este es el papel para el cual los sacerdotes son
ordenados y autorizados por la Iglesia. En principio, cualquier miembro
de la Iglesia podría ser elegido para esa función y no hay razón por la
que ese papel tiene que estar necesariamente ligado a los ministerios de
“enseñar” y de “gobierno”. Esta es en este momento la práctica de la
Iglesia y lo que se refleja en el Código de Derecho Canónico. Los
ministerios de “enseñanza” y de “gobierno” pueden perfectamente ser
ejercidos por personas que no están ordenadas para el ministerio
sacerdotal, pero que están dotadas de los carismas necesarios para sus
ministerios específicos. Tampoco sería necesario que los sacerdotes sean
célibes. Ligar el sacerdocio al celibato en realidad se coloca en la
lógica de la pureza ritual de los sacrificios del Antiguo Testamento. El
celibato es sin duda un carisma importante en la vida de la Iglesia pero
no tiene porqué estar ligado al sacerdocio como lo es en el rito latino,
una vez que la obsesión con la pureza ritual y la “santidad” (para ser
diferente, separado y “extraordinario”) se ha abandonado. Y reconocida
la igualdad radical de todos los hijos de Dios, no hay razón por la que
las mujeres no puedan ser sacerdotes. Si queremos asegurar la
continuidad de los ritos fundamentales de la Iglesia y la centralidad de
la compasión debemos ir hacia una difusión de los ministerios entre
sacerdotes y laicos y a una diversificación radical del sacerdocio:
abrirlo a todos, hombres y mujeres, casados o no, con dedicacion plena o
a tempo parcial en compatibilidad con otras profesiones.
El modelo clerical actual “formaliza” la vida de los sacerdotes,
extendiendo el papel formal de representación simbólica en los
sacramentos a todo el resto de sus funciones y de su vida atribuyéndoles
poderes de control sobre la vida y el pensamiento de la comunidad. Lo
que estoy proponiendo aquí es que los sacerdotes, fuera de la
representación de su papel formal, recuperen su dignidad básica de
bautizados y como tales, en igualdad total con el resto de la comunidad,
participen, con sus talentos personales, a la misión compartida de toda
la comunidad de convertir la experiencia de la compasión de Dios en la
levadura del mundo. Esta es la misión encomendada a la comunidad
cristiana y en la que todos, sacerdotes y laicos, participamos en
igualdad radical en un servicio en el que no caben asimetrías de poder.
A este nivel nadie debería creerse, ni ser llamado, “padre”, “señor”, ni
“maestro”, “porque somos todos hermanos” (usando aquí el lenguaje no
inclusivo del texto evangélico). De lo que se trata es de cultivar
juntos un espacio de compasión en el borde caótico entre una Iglesia
peregrina de pecadores y el mundo fracturado de Dios.
TRABAJADORES CON DIOS Y CON LOS DEMÁS
CREYENTES EN UNA TAREA DE
“JARDINERÍA HUMANA”
El reto al que tenemos que responder hoy es el de simpatizar con el
sufrimiento del mundo para abrazarlo y llevarle la compasión de Dios. Lo
hacemos porque hemos escuchado a nuestro Dios diciendo a Moisés: “He
oído el llanto de mi pueblo y quiero que vayas a ellos”. Tenemos que
abandonar nuestra actual obsesión por controlar la vida de la gente y
reorganizar su existencia para conseguir un mundo puro y perfecto. Esto
nos lleva a peligrosas distopias y al abuso del poder. Lo que tenemos
que hacer es aprender de los jardineros: para que un jardín florezca hay
que meter estiércol y ensuciarse las manos. Conscientes de nuestra
propia ambigüedad, nos adentramos en la ambigüedad de todos en el mundo
con una preocupación fundamental: estar CON todos para hacerles
presente, en palabra y vida, la Buena Noticia de un Dios que nos quiere
decir: “Se que eres un desastre, pero te quiero”.
Para vivir en la lógica de la compasión, todos nosotros, hombres y
mujeres, tenemos que abandonar la preocupación machista por el poder, el
orden y el control, para recuperar las cualidades femeninas de respeto,
escucha, tolerancia y compasión que permiten a las mujeres en el mundo
aguantar con alegría la suciedad de sus niños. Sólo de esta manera
seremos agentes de liberación y de esperanza en un mundo sufriente,
imperfecto, insensato y roto.
Nuestra llamada es a colaborar CON Dios y CON todos (siendo
“syn-ergoumenoi” en palabra de S. Pablo) en recoger con cariño los
trozos de un mundo roto, recosiéndolos con “puntos de cruz” para ir
cultivando comunidad y recuperando así la misteriosa y maravillosa
imagen del Dios Trinitario que ama sin condiciones el mundo desastroso
que el creó. Y lo creó así para poder demostrar verdaderamente lo que
es: misericordioso y compasivo. No tenemos que ir al mundo para
condenarlo y reorganizarlo, sino para respetarlo y abrazarlo con toda la
compasión del Espíritu de Dios, que es el amor entre el Padre y el Hijo.
(Footnotes)
1 Esta palabra esta utilizada aqui en su sentido etimológico de “poner
juntos” que se conecta a los temas de curación y reconciliación como se
verá más tarde
2 La metáfora del “espacio de transición” la debo a D.W.Winicot, un
psicólogo infantil que ha estudiado cómo los niños descubren el sentido
de su mundo externo creando y jugando en “espacios de transición”
imaginarios. Los niños usan su imaginación para transformar su vida y
dar forma a su existencia.
3 Con esta palabra, “arrastre”, he traducido la noción inglesa de
“entrainment” que literalmente significa “entrenamiento”, palabra que en
castellano tiene un significado totalmente diverso al que se implica en
ingles.
4 Creo que ésto es a lo que referían las reflexiones de los Padres de la
Iglesia con las nociones de “perichoresis” y “circumsessio”
MINISTERIOS FEMENINOS
¿Cómo contribuyen a una Iglesia renovada?
Alice Gombault, autora de este artículo, ha enseñado durante 20
años en el Instituto Católico de París, particularmente en el
Instituto Superior de Pastoral Catequética (ISPC) y en el
Instituto de Estudios Religiosos (IER) donde ha ejercido
actividades de dirección.
Está pues especializada en teología práctica y ha orientado sus
investigaciones hacia los retos teológicos de un acercamiento
sistemático de la comunicación. Comenzó sus
estudios de teología bastante tardíamente, contenta de reanudar
sus estudios universitarios después de haber obtenido una
licenciatura en Derecho.
Ha sido responsable en las asociaciones francesas «Femmes et
Hommes en Eglise»
(FHE) y «Droits et Liberté dans l´Eglise» (DLE), trabajó en los
objetivos de estos dos grupos de renovación de la Iglesia. La
preparación de un coloquio organizado por FHE sobre el tema de
las mujeres sacerdote le permitió estar atenta a esta realidad.
Actualmente es redactora-jefe de la revista de las redes de «PARVIS».
Esta revista se publica gracias a una federación que reagrupa
hoy día 43 asociaciones, que se reconocen en el hecho de ser
cristianos y cristianas libres para ofrecer nuevas caras de
Iglesia. La revista se dirige a un público más amplio que a los
sólo socios de dichas Asociaciones. Es representativa de todo un
movimiento de Iglesia y tiene más de 4.000 abonados.
En el plano familiar, Alice Gombault es una mujer casada, tiene
5 hijos y doce nietos
y nietas.
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¿Los ministerios femeninos pueden contribuir a una renovación de la
Iglesia o por el contrario reafirman el sistema clerical y jerárquico?
Una modificación de las prácticas discriminatorias de la Iglesia no sólo
tocará a la Iglesia misma, sino que también a la sociedad en su
conjunto, todavía ampliamente impregnadas de las imágenes de lo
masculino y de lo femenino, transmitidos por la Iglesia. Entre estas
prácticas, la no-ordenación de las mujeres constituye un “apartheid
antropológico” (Martine Millet) en la que sólo la palabra del hombre
enseña, santifica, gobierna. Es ahí donde culmina la distorsión entre la
práctica de la Iglesia y los Derechos del Hombre. No se puede hablar de
renovación de la Iglesia sin pensar al mismo tiempo en renovación de la
sociedad. Las dos están ligadas.
UN DEBATE ANTIGUO CON ARGUMENTACIÓN
SOLIDA
A mi entender es en el siglo XVII cuando un hombre, feminista, antes que
nadie, Poullain de la Barre, reclamaba el sacerdocio para las mujeres en
un libro sobre la igualdad de los sexos. Desde entonces, sabemos cuánto
se ha modificado el estatus de las mujeres, gracias a los progresos
médicos y técnicos. El derecho ha seguido dando a las mujeres una plena
capacidad jurídica y así su plena capacidad humana. Aunque la práctica
no sigue siempre y pide medidas de acompañamiento como la ley de la
paridad en política o sobre la igualdad de salarios, no hay obstáculos
jurídicos al pleno desarrollo y a la plenitud de las mujeres. En la
Iglesia, no es sólo en la práctica donde se dan las actitudes de
discriminación, sino también en el Derecho (Cf. Canon 1024 del Derecho
Canónico: «Sólo un hombre bautizado recibe válidamente la ordenación
sagrada»).
Desde hace 40 años, hombres y mujeres, teólogas y teólogos de renombre,
trabajan sobre esta cuestión de los ministerios femeninos (1).
LAS ESCRITURAS
Hay que saber que Pablo VI antes de escribir “Inter insigniores” sobre
la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio en 1977 había
pedido a la muy oficial Comisión Bíblica Pontificia su opinión sobre
esta cuestión.
Los textos romanos se apoyan en la práctica de Jesús que ha manifestado
mucha libertad en su comportamiento con las mujeres respecto a las
costumbres de su tiempo y que en nombre de esta soberana libertad, si
hubiese querido mujeres apóstoles, hubiese tomado. Se ha contestado a
esto, que tal vez había tomado mujeres como apóstoles, aunque los
evangelios no les hayan dado ese título. ¿Qué es lo que constituye el
apóstol? La llamada, el seguimiento de Jesús y el envío por él. Ahora
bien, mujeres también siguieron a Jesús y fueron enviadas por él, como
María Magdalena, llamada a veces el apóstol de los apóstoles. La
elección de los doce quería simbolizar los doce jefes de las doce tribus
de Israel, señal de que la salvación era dada al conjunto de Israel.
Ahora bien, era difícil para una mujer, en una sociedad patriarcal,
representar un jefe de tribu. Hacía falta también testigos de la
resurrección, ahora bien, el testimonio de las mujeres no fue entonces
recibido. ¿Los apóstoles no han tratado el testimonio de las mujeres de
“tonterías de mujeres”? Estas no tenían capacidad jurídica.
Pero sobre todo, no se puede pedir a Jesús haberse pronunciado acerca de
un problema que no se planteaba en su época. La cuestión de la
ordenación de los hombres no se planteaba tampoco.
LA TRADICIÓN
La Iglesia no ha ordenado nunca a mujeres y no se siente autorizada a
hacerlo. Es el argumento de la tradición. La Iglesia ha debido de hacer
muchas cosas que no había hecho jamás antes. La Iglesia primitiva ha
tenido que tomar decisiones y ha tenido que organizarse sin conocer la
voluntad explícita de Jesús sobre cuestiones graves como la de la
admisión de los paganos en la Iglesia. La Iglesia ha cambiado el número
y la forma de los sacramentos; ha cambiado de opinión sobre el interés
de los préstamos, sobre la esclavitud, sobre la pena de muerte…
La Iglesia naciente ha reconstituido un clero a la manera del judaísmo y
una jerarquía a la manera del poder romano desde el siglo segundo. Pero
Jesús que no era sacerdote, que era un laico, diríamos nosotros hoy, no
ha instituido sacerdotes a la manera sacerdotal, es decir seres
sagrados, separados de lo profano, sacrificadores, intermediarios
obligados (pontífices) entre Dios y la humanidad.
Si Jesús es llamado sacerdote en la epístola a los Hebreos, es que ha
puesto fin, una vez por todas, a todos los sacrificios. Es pues el fin
del sacerdocio. El desgarro del velo del templo en el momento de la
muerte de Jesús es buen símbolo del fin de la separación entre lo
sagrado y lo profano. El sacerdocio no es evangélico.
Por otro lado, cuando se invoca la tradición, hay que preguntarse
siempre a cual se remonta. Hoy se refiere todavía a una imagen del
sacerdote que data sólo del Concilio de Trento.
EL ARGUMENTO
“IN PERSONNA CHRISTI”
Cristo era un hombre y no puede ser representado más que por un hombre,
éste último actuando «in personna Christi». Esta afirmación plantea una
verdadera cuestión teológica. ¿La persona de Cristo está determinada
enteramente por su masculinidad, o bien Cristo lleva en él toda la
humanidad, por consiguiente la humanidad bisexuada? Dicho de otra
manera, es solamente varón (vir) u hombre (homo), como Cristo no ha
salvado más que lo que ha asumido. Si él no ha asumido, más que la
masculinidad en él, no habría salvado más que a los hombres y no a las
mujeres. Si ha salvado a la humanidad entera, es que ha asumido también
la feminidad y a este título una mujer puede actuar «in personna Christi».
Se olvida decir que el sacerdote obra también in personna Ecclesiae, en
la persona de la Iglesia, ahora bien ésta se dice “esposa de Cristo”,
por consiguiente símbolo femenino. En esta segunda lógica, sólo las
mujeres podrían entonces representar a la Iglesia. Ahí tocamos la
debilidad de este argumento. ¿Es el parecido físico el que permite
representar a Cristo o bien la ordenación a este efecto?
UNA IMAGEN DE LA MUJER
Tenemos que sacar a la luz la imagen de la mujer que tienen los
responsables de la Iglesia y que hace tan difícil su plena integración
en los ministerios. Esta imagen influye todavía ampliamente en nuestras
sociedades, dichas laicas, y la fortalece en sus prácticas sexistas.
la inferioridad de las mujeres
He aquí un argumento que ha sido abandonado oficialmente, pero que es el
que ha sido el más utilizado en la historia (imbecillitas sexos).
Algunas citaciones de los Padres de la Iglesia valdrán más que un largo
discurso. Gregorio de Niza (siglo IV): «Solo los hombres pueden afrontar
las consecuencias del saber, mientras que la debilidad de las mujeres,
como Eva lo ha mostrado, no conviene para los estudios» . “San Agustín:
“Según el orden de la naturaleza, conviene que la mujer esté al servicio
del hombre porque no es justo que el menos dotado esté al servicio del
más dotado”. Y para Santo Tomás de Aquino en pleno siglo XIII: “El sexo
femenino no puede significar alguna superioridad de rango pues la mujer
está en estado de sujeción. Ella no puede pues recibir el sacramento del
orden”.
nuevas afirmaciones
En la carta apostólica sobre la vocación y la dignidad de la mujer
“Mulieris dignitatem” (1988) se encuentra por primera vez en la pluma de
un Papa afirmaciones nuevas referente a la relación entre mujeres y
hombres. Juan Pablo II habla de la igualdad esencial y de reciprocidad
perfecta entre ellos. Es así como Eva no es más la ayuda de Adán, sino
que se trata de una ayuda recíproca donde la sumisión de las mujeres
(Epístola a los Efesios) se convierte en una sumisión no unilateral sino
más bien recíproca. Esta nueva visión que ha sido calificada de
“feminista” ha continuado en junio de 1995, justo antes de la
conferencia de la ONU en Pekín sobre las mujeres, cuando escribió a las
mujeres del mundo entero. El papa expresa ahí pesadumbre y reconoce la
responsabilidad que conlleva la Iglesia en la desnaturalización y la
reducción a la esclavitud de las mujeres; reconoce la violencia que se
ejerce contra ellas y proclama la igual responsabilidad del hombre y de
la mujer en la construcción de la historia. Estas afirmaciones que
llegan a reconocer que el dominio de los hombres es una situación de
pecado y una ruptura del equilibrio querido por Dios restablecen a las
mujeres en su dignidad.
LA NATURALEZA DE LA MUJER
A pesar de estos bellos esfuerzos, “la humanidad femenina”, según una
bella expresión de Juan Pablo II queda abusivamente marcada por su
pertenencia sexual: su misterio es ser “virgen, madre, esposa”. La
humanidad masculina parece trascender como tal su pertenencia sexual. En
ningún lugar se hace alusión a una predisposición masculina innata del
hombre sea a la vocación de esposo, padre o de virgen. La bella
reciprocidad que se desprendía de las lecturas precedentes se ha vuelto
imposible por la asignación de las mujeres a una vocación conforme al
“diseño de Dios” (por consiguiente difícilmente contestable) en la que
la asimetría de relaciones es de rigor. Porque “el esposo es el que ama,
la esposa es amada: ella es la que recibe el amor, para amar a su vez”.
En la carta a las mujeres del mundo entero de 1995, el Papa expone (e
impone) su imagen de la mujer: una imagen de la mujer en sí y no en una
relación evolutiva al hombre, una imagen de la mujer universal y eterna
y no de mujeres situadas de forma diversa. Habla del “genio femenino”
que se encarna a la manera de María en el servicio y no en las tomas de
decisión o en el necesario ejercicio del poder.
No se trata de caricaturar la imagen de la mujer que se desprende de los
textos pontificios, ya que, en la Carta publicada por la Congregación
para la Doctrina de la Fe en julio 2004, Josef Ratzinger, antes de ser
Papa, reconoce que los valores llamados femeninos: capacidad del otro,
actividades de estar alerta y de protección, relación, acogida, escucha,
humildad, fidelidad, espera…son “ante todo valores humanos del hombre y
de la mujer…Todo ser humano, hombre y mujer, está destinado a ser “para
el otro”. En esta perspectiva, lo que se llama “feminidad” es más que un
simple atributo del sexo femenino. La palabra designa en efecto la
capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias a él”.
Estas actitudes de vida cristiana “deberían ser de hecho para todo
bautizado”.
Al leer esto, se puede pensar que es el fin de la asignación de las
mujeres a virtudes y comportamientos que les encierran en un “eterno
femenino” y el fin también de la picota correspondiente masculina que
hacen de los hombres incapacitados para la emoción y sin capacidad de
relación. Pero hay un bemol en esta bella partitura: “La mujer está más
inmediatamente en sintonía con estos valores” y “pertenece a la mujer
vivirlos con una intensidad particular y natural” (nº 14). Es difícil
para la Iglesia salir de la idea que existe una naturaleza femenina
radicalmente diferente de la del hombre. Los textos oficiales se
extienden siempre mucho sobre la “naturaleza” de la mujer, cuando no hay
habitualmente ningún elemento acerca de la del hombre y acerca de las
capacidades con las que estaría “en sintonía”. El hombre se considera
todavía como si fuera el prototipo de la humanidad, del que no hay nada
que decir, la mujer es la otra, la diferente, la misteriosa, de la que
no se ha terminado de hablar, sobre todo cuando se es hombre, célibe por
estatus. Los antropólogos están de acuerdo hoy en considerar que las
cualidades, papeles y funciones de los hombres y mujeres son de orden
cultural. Es lo que se llama el género, o construcción social del sexo.
Ahora, en esta misma carta del Cardenal Ratzinger, el género da miedo.
Valorar la construcción cultural del sexo vendría a ser como negar la
diferencia y la dualidad de los sexos inscritos en la biología. Todo
esfuer-zo para sobrepasar los determinismos biológicos es por
consiguiente sospechoso. Por lo tanto, ningún dominio puede hoy evitar
el análisis en término de género. (2)
Era importante pararnos un poco en la imagen de la mujer que presentan
los documentos oficiales de la Iglesia, porque es en nombre de una
“vocación especial” de la mujer donde la ordenación está reservada a los
hombres. Muchas desigualdades de las que sufren todavía las mujeres en
nuestras sociedades se debe a esta imagen todavía no superada.
LOS MINISTERIOS FEMENINOS DE HECHO.
“En las Iglesias las mujeres son también ministros”. Así fue el título
de un seminario organizado hace ya diez años por “Femmes et Hommes en
Eglise” y por
“Droits et Liberté dans les Eglises”. Este seminario había optado por un
modo pragmático. No se trataba de volver sobre la argumentación a favor
o en contra de la ordenación de las mujeres, supuestamente conocido y de
todas formas no decisivo, sino de dar la palabra a las mujeres
comprometidas en actividades ministeriales. Los testimonios emanaban de
diferentes Iglesias cristianas: anglicana, protestante, ortodoxa y
católica.
Una primera constatación trata de la evolución de las mentalidades.
Estas mujeres, con posición en el ministerio, provocan extrañeza,
raramente hostilidad y muy deprisa provocan la acogida y el
reconocimiento de una relación más cercana y sencilla. Es importante
subrayarlo pues a menudo se opone a las responsabilidades eclesiales de
las mujeres el hecho de que las mentalidades no están preparadas. Una
segunda parte concierne a la vocación de estas mujeres. Para algunas se
trata de una fidelidad a una vocación desde niña o bien de una toma de
conciencia a lo largo de un proceso de discernimiento, después de haber
intentado evacuar la cuestión insoluble en la Iglesia: “¿Por qué no
sacerdote?”. Para otras, la vocación está mediatizada por las
necesidades de la gente. Es para ponerse a su servicio, por lo que ellas
trabajan en la parroquia, en unos funerales, en una capellanía…Es para
escuchar, dialogar, compartir, ayudar a orar…
Hay a veces también una llamada de la Iglesia. La carta de misión del
obispo viene en ciertos casos a autentificar esta vocación y a reconocer
el servicio eclesial prestado. Las mujeres así acreditadas se sienten
investidas de una responsabilidad de Iglesia y son percibidas como
formando parte oficialmente de ella. Son “presencia de Iglesia”,
testigos de la esperanza y de la fe de la Iglesia. Una de ellas
trabajando en Africa, tiene el contrato de los sacerdotes Fidei donum.
Ella dice que se siente “el sacerdote” del distrito en el que trabaja.
Buen número de mujeres se da cuenta que para llevar a bien la misión de
la que están investidas, sería necesario que fueran ordenadas. Algunas
lo han pedido a su obispo: “Usted me ha dado una misión que yo no podré
verdaderamente asumirla plenamente más que con una ordenación. Yo
constato el estado incompleto de mi tarea”. Por de pronto, dada la
penuria de sacerdotes, la urgencia de la tarea, sobre el terreno, las
diferencias de estatus entre sacerdotes y laicos/cas, se esfuma.
Pensemos en los capellanes de hospitales, las animadoras de catequesis o
de grupos bíblicos, en las permanentes de pastoral que preparan a los
sacramentos, en los animadores y animadoras litúrgicas. Su trabajo es a
menudo propiamente sacramental y se debería poder ir al fin de la lógica
emprendida, sin quedar en pseudo-sacramento, que es ahí cuando en el
corazón de una diligencia se da una relación de confianza, y donde el
sacramento toma todo su sentido.
Se puede deducir de todos estos testimonios que si hay crisis de los
ministerios en la Iglesia, se trata menos de una crisis de vocación que
de una crisis de ordenación. El Espíritu no cesa de llamar, pero sopla
donde quiere y su llamada cae en personas que no son susceptibles de ser
ordenadas con la disciplina actual de la Iglesia. Se prefiere la
fidelidad a una tradición más que la fidelidad a las necesidades del
Pueblo de Dios. La Iglesia, estimando que ella no puede llamar mujeres
al ministerio ordenado declara que no hay vocaciones e invita a la
oración.
EL BLOQUEO ROMANO.
Tres textos mayores han intervenido para prohibir el acceso de las
mujeres a los ministerios ordenados. Se constata una escalada en el
bloqueo de la cuestión, no sólo de la práctica de la ordenación de
mujeres sino de su idea misma.
El primer texto data de Pablo VI, Inter. Insignotes, en 1977.
Parece ser que antes de esta fecha no había habido necesidad de un texto
tan claro sobre el rechazo de las mujeres. La Iglesia como la sociedad
reservaba papeles diferenciados a los hombres y a las mujeres y esta
práctica estaba integrada por las mentalidades sin plantear un gran
problema. Pero a partir de esta época, los efectos del cambio del
estatus de las mujeres, en el plano social, familiar, jurídico y
económico, se hacen sentir. Su exclusión de ciertos dominios y de
puestos de responsabilidad se percibe como una discriminación sobre la
base de la pertenencia sexual. La Iglesia se ha visto obligada a
legislar sobre esta cuestión y confirmar las normas en vigor sobre la
cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio. La Iglesia no lo
ha hecho jamás. Es el único argumento que permanece.
Después fue la Carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis publicada en 1994
la que declara la ordenación exclusivamente reservada a los hombres y la
cuestión definitivamente cerrada. De hecho, el primer texto de Pablo VI
no había impedido la continuación de la promoción de las mujeres en las
sociedades occidentales y sobre todo sus prácticas eclesiales reservadas
en otro tiempo al sacerdote. Como acabamos de ver, nos encontramos ante
ministerios de hecho ejercidos con competencia por mujeres y apreciados
en las comunidades donde están implantadas.
Por otra parte, en 1992, la Iglesia anglicana votó el principio de la
ordenación de las mujeres. Las conclusiones teológicas de los anglicanos
divergen de las de la Iglesia católica. La reacción de la Iglesia
católica fue violenta, acusando a los anglicanos de sabotear las
iniciativas hacia el ecumenismo.
Estas razones han pesado, sin duda, en la Carta apostólica de 1994 sobre
la ordenación sacerdotal exclusivamente reservada a los hombres. Las
protestas, el relance de la búsqueda teológica y bíblica, las
reflexiones emanadas de la práctica pastoral han tenido el efecto
deseado, ya que en lugar de cerrar la cuestión se ha abierto con más
fuerza.
Unos meses más tarde, ha sido necesario emplear esta vez la artillería
pesada por una nota de la Congregación para la doctrina de la fe (1995),
firmada por el Cardenal Ratzinger, para precisar el estatus de Ordinatio
sacerdotalis. Esta compromete la infalibilidad del magisterio sobre una
doctrina de exclusión de las mujeres de la ordenación sacerdotal que se
presenta como perteneciente al depósito de la fe y exigiendo un
asentimiento definitivo. De una regla que se podía pensar sólo
disciplinar e histórica se ha hecho una doctrina de fe.
OTROS TEXTOS
La “doctrina” de la exclusión de mujeres al ministerio es retomado de
diferentes maneras en textos posteriores sobre sujetos vecinos.
En 1977, fue la instrucción romana sobre algunas cuestiones
concernientes a la colaboración de los fieles laicos al ministerio de
los sacerdotes. Roma, sin duda, alarmada por el avance de la práctica y
de la reflexión de las personas en situación ministerial de hecho,
precisa de nuevo la frontera entre clérigos y laicos. No se trata aquí
solo de las mujeres, sino como las mujeres se encuentran comprometidas
en los servicios de Iglesia al 90%, ellas están necesariamente
señaladas. Se trata de no utilizar de forma abusiva las apelaciones de
“capellán” o de “moderador” reservados a los sacerdotes. Se recuerda que
los laicos no tienen más que voz consultiva en los consejos pastorales,
que su papel debe permanecer discreto en las celebraciones eucarísticas,
que no deben darse la comunión ellos mismos cuando son ministros
extraordinarios de la comunión, para evitar el riesgo de confusión con
el celebrante, que las delegaciones para las celebraciones de las bodas,
bautismos o funerales deben quedar limitadas, que los ADAP (¿) no deben
ser más que temporales, que el papel de los laicos debe también quedar
limitado en la pastoral de los enfermos (allí donde la urgencia les
obliga, hombres o mujeres, a tener una practica casi-sacramental).
En 1998, se publicó una carta apostólica (motu propio) para defender la
fe: Ad tuendam fidem. Se trataba de insertar ciertas normas en el Código
de Derecho canónico. Algunas líneas añadidas al canon 750 hablan de los
elementos propuestos definitivamente por el magisterio de la Iglesia:
“Quien rechace tener como definitivas las proposiciones referentes se
opone pues a la doctrina de la Iglesia”. La carta iba seguida de una
nota detallada, firmada por el Cardenal Ratzinger, enumerando a título
indicativo algunos de estos elementos propuestos de manera definitiva
concerniente a la doctrina sobre la fe o las costumbres: la
infalibilidad del papa, las posiciones de la Iglesia sobre la eutanasia
o la fornicación y por supuesto la ordenación de las mujeres. Las
personas que no aceptan el estatuto definitivo de estas cuestiones se
ponen fuera de la Iglesia y son por consiguiente heréticos. Hay una
verdadera escalada en el bloqueo. Lo que hacía decir al Padre de la
Brosse, entonces portavoz del episcopado francés: “Cuando no se obtiene
un asentimiento de los espíritus por la vía intelectual se bloquea por
vía jurídica (…) Es una constante de la historia de la Iglesia.”
En mayo 2001, apareció una instrucción romana Liturgiam authenticam
tratando de evitar la gran multiplicación de traducciones de los textos
bíblicos y litúrgicos. Esta instrucción de la Congregación para el culto
divino y la disciplina de los sacramentos manifiesta una gran reserva
sobre un punto muy avanzado en los países anglo-sajones, el del lenguaje
inclusivo que trata de evitar toda apariencia de discriminación en
relación con las mujeres. Difícil de poner en práctica, sobre todo en
francés, el lenguaje inclusivo está sin embargo destinado a hacer salir
a las mujeres de su invisibilidad gramatical, reflejo de su
invisibilidad social e histórica.
En la última encíclica de Juan Pablo II sobre la Eucaristía (Jueves
Santo 2003), Ecclesiae Eucaristía, dos acentos puestos sobre la
Eucaristía contribuyen a apartar a las mujeres de su presidencia. En
primer lugar, el sentido sacrificial de la Eucaristía está fuertemente
subrayado. La imagen del sacerdote que se desprende es la de un ser
sagrado, puesto a parte para un papel sacrificial. Se retoma ahí todo lo
que se opone a este papel del hecho de ser mujer. La mujer, hecha para
dar la vida, no puede derramar la sangre. La antropología conoce los
medios masculinos de la caza y de la guerra. La mujer posee su propio
sagrado, su propio misterio que es el de dar la vida, no solamente a
otras mujeres como ella, sino que también a hombres, poder exorbitante,
que no se puede acumular con otros poderes sagrados. Aún cuando estamos
ahí en fantasmas arcaicos, estos permanecen activos en las mentalidades.
Otro acento se pone sobre la situación «in personna Christi» del
sacerdote del que ya hemos hablado anteriormente. La encíclica precisa
que esta expresión quiere decir más que “en el nombre” o “en lugar de
Cristo”, de una identificación específica. Ahora bien Cristo que es un
hombre, no se le podría ver en una mujer, decía ya «Inter Insigniores».
DOS PICOS DE EFERVESCENCIA
Es en 1992, cuando la Iglesia Anglicana votó el principio de la
ordenación de las mujeres. Las conclusiones teológicas a las que han
desembocado los estudios de los anglicanos divergen de las de la Iglesia
católica. Había ya mujeres ordenadas, primero diaconisas, después
sacerdotes e incluso obispos en la Comunión anglicana, pero era lejano
por ejemplo en Nueva Zelanda. La decisión tomada por la Iglesia de
Inglaterra, la Iglesia madre, acercaba seriamente el peligro. La
reacción de la Iglesia católica fue violenta, acusando a los anglicanos
de sabotear los avances ecuménicos, sin darse cuenta de que a la inversa
de lo que ella dice es tal vez la práctica católica de la no-ordenación
de las mujeres lo que es un obstáculo al acercamiento de las Iglesias.
Este acontecimiento, como ya hemos hecho la hipótesis, ha pesado
probablemente en la publicación de 1994 de la Carta apostólica sobre la
ordenación exclusivamente reservada a los hombres.
Hoy, es la cuestión de la apertura del episcopado a las mujeres la que
estuvo en el orden del día del sínodo de Febrero 2005. El principio ha
sido admitido y los obstáculos jurídicos debían desaparecer en julio.
Las posturas están formuladas en estos términos: “¿Qué Iglesia queremos
ser? Una Iglesia al diapasón del mundo moderno para darle una nueva
credibilidad”. La Iglesia de Inglaterra afronta de forma lúcida un
riesgo de cisma.
En 2002, son las mujeres católicas las que pasan a la acción, sobre todo
alemanas y austríacas. Ellas son humana y teológicamente de alto nivel.
Sus diplomas de doctorado y sus responsabilidades en la Iglesia hablan a
favor de ellas. Ante los atolladeros y los bloqueos, estas mujeres se
han cansado. A pesar de su trabajo teológico, su voluntad de diálogo,
nada ha cambiado en el magisterio católico, al contrario. Esto es
porque, a petición suya, un obispo, en ruptura con Roma y tal vez otros
han procedido a la ordenación de siete de ellas, el 29 de junio 2002 en
un barco crucero en el Danubio. Otras ordenaciones han sucedido a esta
primera. Tres mujeres fueron consagradas obispos. En junio 2004, ante
120 invitados, seis mujeres fueron ordenadas diáconos, dos de ellas de
Estados Unidos, una de Canadá, una suiza, una lituana y una francesa.
Diez mujeres han sido ordenadas este año, como sacerdotes o diáconos. La
francesa Genoveva Beney ha sido ordenada sacerdote el dos de julio en un
barco atravesando el río Saona y el Ródano, desencadenando el interés de
los medios de comunicación. El 25 de julio ha sido en el río San
Lorenzo, en aguas internacionales. Sólo un puñado de mujeres
participaban en la formación en 2003. Pero los años siguientes las
solicitudes y las inscripciones se han hecho bola de nieve, ya que hoy,
son unas sesenta mujeres las que siguen el ciclo de formación al
ministerio sacerdotal, dirigido por Patricia Fresen que ha consagrado
muchos años a la formación de hombres sacerdotes en Africa del Sur.
Las reacciones de la Iglesia romana no se han hecho esperar. El 5 de
agosto 2002, cinco semanas después de las primeras ordenaciones, las
siete primeras mujeres fueron excomulgadas. Lo que les hace decir que
ellas habían tocado efectivamente al gobierno de la Iglesia hasta el
punto más sensible es decir su base ideológica. Es lo que sobresale
manifiestamente de la declaración hecha por el secretario de la
Congregación para la doctrina de la fe (el arzobispo Tarsicio Bertone)
en Radio Vaticano. Justifica así la excomunión:”El comporta-miento… de
las mujeres (por esta ordenación ilegal) pone en peligro la estructura
de la Iglesia tal como ha sido concebida, querida e instituida por su
fundador, Nuestro Señor Jesucristo y que ella ha sido igualmente
confirmada por la comunidad de los apóstoles así como por la Tradición
de la Iglesia misma: El ministerio de sacerdote está confiado al sexo
masculino!...El comportamiento de las mujeres merece la sanción más
fuerte que puede pronunciar la Iglesia para el caso en que se intenta
destruir el depósito de la fe y las reglas que fundan la Iglesia misma…
En cuanto al Cardenal Barbarie de Lyon, ha declarado a propósito de la
ordenación de Genoveva Beney el dos de julio último que “no habrá
ninguna verdad en las palabras que se pronunciarán, ni en los actos que
se efectuarán en esta circunstancia”. Ante estas reacciones, se puede
juzgar la importancia que reviste la iniciativa de estas mujeres. Se ve
que los solos argumentos invocados no son ni bíblicos, ni teológicos, ni
pastorales, sino argumentos de autoridad para imponer una tradición que
no es una tradición viva.
Por su lado, las mujeres consideran el canon 1024 del código de Derecho
canónico, como una ley eclesial inmoral (Sólo un hombre bautizado recibe
válidamente la ordenación sagrada). Está en contradicción no sólo con la
Declaración de los Derechos del Hombre, sino que con los textos del
Concilio Vaticano II: «Toda forma de discriminación en los derechos
fundamentales de la persona (…) que sea en razón de la condición sexual
o de la raza (…) deberá ser sobrepuesta y separada ya que contradice el
plan de Dios (GS nº 29)». ¿Cómo pedir a las mujeres reconocer su
exclusión como una “verdad que forma parte de la fe católica”? Sería
pedirles renegar de ellas mismas en lo que hace su dignidad humana y
cristiana.
DIVERSAS ESTRATEGIAS
Y SUS RETOS.

Una estrategia pascual
¿Por dónde hay que comenzar?¿La renovación de la Iglesia o la de los
ministerios? Se siente que lo uno no va sin lo otro. ¿Es el problema del
huevo y de la gallina? ¿Qué es anterior? Tal como se concibe
actualmente, de manera jerárquica y clerical, el ministerio ordenado
bloquea toda renovación de la Iglesia. Es por lo que algunos se alegran
por la disminución del número de sacerdotes. Hay todavía demasiados
sacerdotes del viejo modelo para poder avanzar. “Dejemos pudrir la
situación”. Es desde lo hondo de la ola de donde surgirá lo nuevo. Hay
que pasar por la muerte para esperar una resurrección. Es todo
ministerio ordenado el que se encuentra así de sospechoso, tanto los
ministerios masculinos como femeninos.
Se puede reprochar a esta estrategia de la pascua, del paso de ser un
poco pasiva.
“Dejemos pasar el tiempo”. La Iglesia tiene palabras de vida eterna, por
tanto no nos preocupemos por ella. ¿Pero cuándo alcanzaremos el punto
crítico? Los recursos de un clericalismo tradicional no están agotados
en la Iglesia universal: los sacerdotes africanos o polacos, algunos
sacerdotes jóvenes, no están dispuestos a poner en duda su identidad de
personas aparte, dotados de poderes sagrados. Si se encuentran
argumentos legítimos contra la ordenación de las mujeres, pocas personas
están dispuestas a oponerse a la ordenación de jóvenes por las mismas
buenas razones.
Reformar primero la Iglesia
La crisis del ministerio no es más que el reflejo de la crisis de la
Iglesia. La jerarquía la minimiza limitándola al mundo occidental.
Desgraciadamente, uno se da cuenta de que desde el momento en que un
país alcanza un cierto nivel de vida, la práctica religiosa y la
obediencia a los preceptos de la Iglesia disminuyen. La fe cristiana por
tanto no ha terminado de remitir su mensaje, pero éste debe retornar a
su fuente, al evangelio y dejarse ver para hablar a nuestros
contemporáneos. Muchas formulaciones dogmáticas antiguas, muchos textos
romanos actuales utilizan hoy un lenguaje privado de sentido. Tal vez
más grave todavía, porque más insidioso, son los comportamientos
eclesiásticos generados por la organización jerárquica y autoritaria de
la Iglesia. No sólo son las palabras o los escritos que son mensajes;
todo comportamiento es mensaje. Demasiado a menudo los de la Iglesia
oficial no son evangélicos. Queda por hacer un gran esfuerzo de
conversión y de reforma. Todos los cristianos y cristianas están
implicados, pues no hay que descuidar las acciones sobre el terreno que
dejan ver otra imagen de la Iglesia. En esta óptica se constata la
emergencia de nuevas comunidades donde otras prácticas tienen lugar.
Este fue el trabajo de un seminario reciente de Droits et Liberté dans
les Eglises y
Femmes et Hommes en Eglise, que facilitó 17 presentaciones de
comunidades otras, en el corazón de la institución así como al margen de
ella, pero todas habitadas por el deseo de una renovación y poniendo en
práctica nuevas maneras de organizarse y de vivir la fe. Dar a conocer
estas realidades, a menudo surgidas de necesidades concretas de la
gente, ya es una manera de “reformar la Iglesia”. (3)
¿Hace falta esperar que la Iglesia se transforme y ofrezca otras
posibilidades de ejercer los ministerios para incluir a las mujeres? ¿
La llegada de las mujeres a los ministerios, hasta ahora “exclusivamente
reservado a los hombres” no sería también una de estas acciones sobre el
terreno, susceptible de transformar las mentalidades, las imágenes de lo
masculino y de lo femenino y el ejercicio mismo del ministerio?
Una estrategia
emanada de la práctica.
Como lo hemos subrayado anteriormente, hay ya mujeres que son ministros,
así como hombres laicos. Miles de mujeres ejercen un ministerio. Es
también a partir de este hecho que las mentalidades evolucionan y no se
formalizan más por el acercamiento de mujeres al altar, por otra parte
con responsabilidad de asegurar un servicio de Iglesia. La penuria de
sacerdotes les permite a veces una verdadera responsabilidad. Es una vía
inevitable, pero limitada. Pues no nos engañemos: en caso de litigio o
simple desacuerdo entre sacerdote y laico, será siempre el sacerdote
quien tendrá la razón. Además, Roma se ha alarmado del deslizamiento de
las palabras y quiere reservar la palabra “ministerio” al sólo
ministerio ordenado. La feliz ambigüedad de la palabra, favorable a una
evolución como quien no quiere la cosa, ha parecido peligrosa. Las
mujeres llamadas corrientemente “capellanes” de colegio, de prisiones o
de hospitales se les pide que abandonen esta expresión, reservada a los
sacerdotes. Los hombres laicos son igualmente afectados, pero como son
las mujeres las que se encuentran sobre todo en estas situaciones, son
ellas las que en primer lugar se ven apuntadas. (Instrucción romana
sobre algunas cuestiones concernientes a la colaboración de los fieles
laicos al ministerio de los sacerdotes, agosto de 1997).
Comenzar por el diaconado.
Más que reivindicar el sacerdocio para las mujeres, ¿no sería mejor
pedir la autentificación de su tarea por el acceso al diaconado? Esto
está testimoniado históricamente para las mujeres. Por consiguiente, el
argumento de la tradición es menos fuerte que para el presbiterado. Esta
sería una vía suave. Esta fue seguida por la Conferencia mundial para la
ordenación de las mujeres en Dublín, que lo pidió en junio 2001. En
septiembre aparecía una nota del Vaticano recomendando a los obispos
poner término a las formaciones que preparaban “directa o
indirectamente” la ordenación diaconal de las mujeres, calificaba de
práctica no lícita volviendo a crear “esperas sin fundamento doctrinal
establecido” y “una desorientación pastoral”. En esa época, Femmes et
Hommes en Eglise (FHE) había replicado de manera impertinente
preguntándose si había verdaderamente que continuar bautizando a las
mujeres. ¿Qué es lo que contribuye a una “desorientación pastoral”, Roma
o las mujeres?
Hay que añadir que allí donde las mujeres han accedido al diaconado, en
la Iglesia anglicana por ejemplo, el presbiterado se les ha abierto unos
años después y el episcopado a continuación. Señal de que la estrategia
funciona y que la Iglesia católica puede tener miedo con razón.
La trasgresión
Es la estrategia a la que asistimos actualmente. Hay que devolver a la
palabra su pleno sentido “de ir más allá”. Esto no es primero, franquear
“una línea blanca” para ponerse deliberadamente en infracción, sino
crear un nuevo camino, abrirse paso por allí por donde no existe. Esto
no es hacer una operación de puñetazo, un “efecto de anuncio”
(Barbarie), lanzar un desafío o provocación, todo lo que se dijo para
descalificar la acción. Lo que es primero, no es la desobediencia a una
ley sino que es no hacer caso de una ley injusta que priva de libertad.
Hay que preguntarse también ¿quién es responsable de esta transgresión?
Las mujeres han sido arrinconadas a un callejón sin salida por bloqueos
sucesivos de una petición razonable, teológica y bíblicamente
argumentada y conforme a las costumbres de nuestros países. Cada vez que
una vía parecía posible, Roma la ha cerrado. ¿Qué hacer cuando la
vocación que pesa sobre una y que se ha querido ignorar tanto tiempo
reclama la obediencia, no a una ley, sino al Espíritu que no cesa de
llamar por diversas mediaciones? ¿No vale más obedecer a Dios que a los
hombres?
La movilización mediática en vuelta a las ordenaciones de las mujeres
muestra cuánto el tema posee una carga simbólica y política fuerte.
Calificarlos como actos sin verdad es prematuro. Manejar la excomunión
muestra la importancia del gesto y la amenaza al sistema. Vía única,
ciertamente no, pero tal vez también vía inevitable. ¿Práctica de
algunas mujeres aisladas u oleada de fondo que se rompe y
es irreprimible? ¿Reforzamiento del sistema clerical o hierro ardiente
llevado al corazón mismo del sistema en sus componentes sagrados? ¿Actos
sacrílegos o proféticos? Sólo el futuro nos dirá los efectos producidos
por estas pioneras.
La Iglesia oficial tendría interés en releer las palabras de Gamaliel en
los Hechos (5,35-39) “Hombres (de Iglesia), mirad por vosotros mismos
qué vais a hacer con estas (mujeres)… Yo os lo digo que no os ocupéis de
esta gente y la dejéis. Porque si su acción o su obra viene de los
humanos se desvanecerá por sí mismo; pero si verdaderamente viene de
Dios, no podréis deshacerla. No queráis aparecer como... luchadores
contra Dios”. . Notas: (1) Dos títulos permiten analizar la situación
acerca de los diferentes argumentos utilizados. Et si on ordonnait des
femmes…? Marie- Jeanne Bérère,Renée Dufourt, Donna Singles, Ed.Le
Centurión 1982 y Traditio perpetuo servata ? La non-ordination des
femmes :tradition ou simple fait historique ? Hervé Legrand, o.p. en
Rituels, Mélanges offerts au Père Guy Ed.Cerf 1991
(2) La asociación Femmes et Hommes en Eglise ha abierto en la biblioteca
del Saulchoir una unidad de investigación y documentación llamada “Genre
en christianisme”(Género en el cristianismo).
(3)Hacer Iglesia de otra manera, un mundo otro, comunidades otras,
Parvis fuera de serie nº 13 – 68, rue de Babylone – 75007 Paris – 6
euros.
“EL CELIBATO
OPCIONAL COMO DISIDENCIA ECLESIAL”.
DEME ORTE
Valencia
18 octubre 2005 .
(Texto de la charla pronunciada por Deme Orte en el Aula Magna de la
Universidad de Valencia, por iniciativa de Somos Iglesia y el Foro de
debates de la Universidad en Valencia )
Aunque esta conferencia que impartió Deme, en la Universidad de
Valencia, no pertenece al Congreso Internacional de Wiesbaden, y aunque
por Internet ha sido ampliamente difundida después de enviárnosla a
«Tiempo de Hablar» no nos resignamos a omitirla ya que por el tema y el
momento creemos que este es su sitio.
Este es el lugar donde a tantos nos va a ayudar.
Esto es un foro de opinión y debate. Eso me tranquiliza para decir lo
que diga sólo como una opinión, la opinión de una persona con una
experiencia que la reflexiona y la comparte. Hablo en singular, como
persona particular que expresa su pensamiento; pero también en plural,
porque formo parte de un colectivo, Moceop (Movimiento pro celibato
opcional), que ha ido elaborando una teología de caminantes: de
experiencia reflexionada desde la fe. Y ya que hablamos de disidencia,
espero que aquí la haya también y no estéis de acuerdo con todo lo que
digo.
CELIBATO, SÍ; PERO OPCIONAL.
Ante todo quiero hacer la precisión de que no hablo contra el celibato ,
y menos aún contra personas. El celibato es un estado de vida, que en
muchos casos es optado por motivaciones evangélicas no sólo respetables
sino también admirables. Yo conozco y aprecio a muchas personas célibes
que son para mí un testimonio de vida evangélica, cristiana, entregada a
los demás, y de personas que las veo felices en su opción de vida….Así
que, ante todo, mis respetos a las personas célibes aquí presentes, y a
las ausentes. Espero que nadie se moleste por mis comentarios.
El celibato, como la pobreza evangélica, puede ser un valor sublime.
Pero una sublimación exagerada del celibato y de la virginidad ha
causado en sectores de la Iglesia un menosprecio del matrimonio, que el
fundador del Opus consideraba que era para “la clase de tropa”. En
cambio, un amigo mío, para equiparar decía: “total, si el celibato es
renunciar a todas las mujeres, y el matrimonio, a todas menos a una, no
hay tanta diferencia” (para subsanar el toque machista, aplíquese la
misma fórmula respecto al celibato femenino o al matrimonio, también el
gai). Evidentemente, ni el celibato ni el matrimonio se pueden definir
por lo que tienen de renuncia.
En la moral católica más tradicional ha estado implícito también un
menosprecio de la sexualidad, vista obsesivamente como peligro de
pecado, hasta el punto de que se decía que en esa materia no había
“parvedad de materia” : hasta el más leve pensamiento impuro era pecado
grave. Recuperar una visión positiva de la sexualidad, en sus múltiples
facetas, es un reto liberador, especialmente dentro de la Iglesia.
Lo que desde Moceop cuestionamos no es el celibato en sí, sino la norma
eclesiástica de exigirlo como condición necesaria para el ministerio
sacerdotal.
CELIBATO Y MINISTERIO
¿DOS EN UNO?
Aunque se da por sentado que celibato y ministerio han ido unidos, esto
no ha sido así siempre. Empezando por el grupo de discípulos de Jesús, y
por los Doce Apóstoles, que pueden parecer el origen de la estructura
clerical, tampoco eran célibes. Pedro, el primer Papa, era casado: en el
evangelio se habla de la suegra de Pedro. (Mt 8,14)
En la Iglesia primitiva, en las primeras comunidades, para nada se habla
de que los responsables fueran célibes. Recordamos que la carta a
Timoteo aconseja: “que el obispo ( o dirigente) tiene que ser
intachable, fiel a su mujer, juicioso…; tiene que gobernar bien su
propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no
sabe gobernar su casa ¿cómo va a cuidar de una asamblea de Dios?...(1Tim
3,1-6); también “los auxiliares sean fieles a su mujer y gobiernen bien
a su hijos y sus propias casas…”. Por lo demás, parece común que algunas
mujeres, que acogían en sus casas a las comunidades, eran las que las
dirigían y presidían. Prisca: 1 Cor 16,19; Ninfa: Col 4,16; Fil 1,3…
En la historia de la Iglesia, no vamos a repasar a fondo, pero hasta el
siglo IV no se empezó a plantear restringir la sexualidad de los
clérigos, y esto, sólo para cortar los excesos y abusos que se cometían:
clérigos con mujeres y concubinas, con numerosos hijos que en casos
suponía un malgasto del patrimonio eclesiástico. El famoso Concilio de
Elvira, al que tanto se alude como primera norma para exigir el
celibato, en realidad fue un concilio local, celebrado el año 300 cerca
de la actual Granada, en el que participaron 17 obispos (sólo ellos
tenían voto) y 24 presbíteros. Varios concilios locales y regionales (no
había el centralismo de Roma que hay ahora) volvieron a insistir en
exigir que los clérigos se abstuvieran de sus mujeres y de engendrar
hijos. Pero parece que con poco éxito, pues durante varios siglos
después se siguen haciendo los mismos llamamientos. El concilio de
Letrán, en 1123, ratificó la ley del celibato.
En toda la Edad Media y el Renacimiento (recordemos a nuestro paisanos
los Borja), aunque existiera una ley, la práctica era un generalizado
incumplimiento. El concilio de Trento, en plena contrarreforma, sentó la
más rígida ortodoxia moral y disciplina canónica también para el clero.
Hablamos sólo de la Iglesia Católica, y ni siquiera de toda, pues hay
ritos orientales (como el rito maronita), que siendo católicos, sí
admiten el matrimonio de sus sacerdotes. Y otras iglesias cristianas,
como la ortodoxa, las luteranas y la anglicana. Y no por eso son menos
cristianas, y a veces tampoco menos clericales.
Pero, bueno. Esto no quiere demostrar nada, sino sólo ser una referencia
de que la ley del celibato ministerial es sólo una norma disciplinar; y
que lo mismo que se puso, se puede quitar, y no tambalearía para nada la
fe, ni la verdad ni el evangelio. Sólo un poco la estructura clerical de
la Iglesia especialmente patriarcal y clasista.
Estos días estamos oyendo, con motivo del Sínodo de los Obispos, por un
lado el clamor de abordar el tema del celibato opcional; y por otro, la
resistencia y cerrazón a querer tratarlo. El mismo Papa Juan Pablo II
llegó a decir que es una disciplina que algún día cambiaría, pero que no
sería en su Pontificado.
LA OPCIONALIDAD DEL CELIBATO,

UNA REIVINDICACIÓN
Cuando hablamos de celibato opcional, como reivindicación, nos referimos
en primer lugar a que los curas se puedan casar (si quieren, y “si se
quieren”), pero también a que puedan ser ordenados sacerdotes personas
casadas (hasta ahora está la posibilidad para diáconos; y recientemente
la excepción muy excepcional del padre Evans, convertido de la Iglesia
anglicana a la católica, ordenado recientemente en Tenerife).
Y también a que puedan ser ordenadas sacerdotes (o sacerdotisas)
mujeres, célibes o casadas: que no sean excluidas por el hecho de ser
mujer. Recientemente han sido ordenadas varias, en Canadá y en otros
sitios, como una clara transgresión simbólica, con el claro
planteamiento de que una forma de cambiar una ley injusta es
transgrediéndola. Es evidente que la discriminación de la mujer en la
Iglesia, y en concreto su exclusión de la ordenación ministerial es una
injusticia.
Y también a que puedan ser ordenadas sacerdotes personas homosexuales, a
las que hasta ahora se les excluye simplemente por serlo, o si se
manifiestan o son descubiertos como tales, incluso aunque se comprometan
a guardar el celibato como los heterosexuales. Pero el hecho es que los
hay , aunque lo nieguen o procuren que no trascienda a la opinión
pública.¿Por qué no reconocerlos y “ordenarlos”?
Moceop lo que no buscamos es una salida falsa, ni de mantener relaciones
ocultas, ni de buscar subterfugios jurídicos, como sería pasarse a otro
rito que lo permita. Creemos que es cuestión de derechos humanos de las
personas , de vivir su afectividad con normalidad; y de sentido común
del pueblo cristiano que acepta con naturalidad y no se escandaliza de
que su presbítero sea homo o hétero, o se pueda enamorar y casar. Lo que
no aceptan es la hipocresía, la mentira o el cinismo.
UNA REIVINDICACIÓN “RELATIVA”
Esta reivindicación creemos que es un derecho de personas y una
necesidad de comunidades: recordar cuántas comunidades cristianas, por
ej. en Latinoamérica se ven privadas de la Eucaristía por falta de
sacerdotes. Pero es una reivindicación “relativa”, en el sentido de que
no es lo más importante. Para muchos sacerdotes casados porque no
pretendemos “volver” al estado clerical, de ser sacerdotes-clero, igual
que antes, pero casados. Asimismo, algunas mujeres tienen la aspiración
a ser ordenadas y nos parece legítimo y dignas de apoyo; pero otras
muchas mujeres no aceptarían una ordenación en este ministerio clerical,
tal como hoy está institu-cionalizado en la Iglesia. Para este viaje no
harían falta estas alforjas. Si quieren ejercer un ministerio y ser
reconocidas no es precisamente para ser clero, pero en femenino.
La prioridad no es el derecho de unas personas a ser ordenadas, sino el
de una comunidad a tener personas que le sirvan; es prioritario el
derecho de una comunidad cristiana a celebrar la eucaristía, y muy
secundario quién la presida. La cuestión de quién preside la eucaristía
no puede ser el árbol que nos tapa el bosque.
Moceop tiene muy claro, en sus objetivos, que lo primero es el Reino de
Dios, posibilitado desde nuestro compromiso evangelizador; en un segundo
nivel está nuestro compromiso por la renovación eclesial, junto con
otros grupos; y específicamente por la desclericalización de los
ministerios, reivindicando la no vinculación obligatoria de ningún
ministerio a un sexo o estado de vida. Esta prioridad se concreta en que
muchos miembros de MOCEOP ( y comunidades…) están más comprometidos en
causas sociales que eclesiásticas.
Y en sus presupuestos, lo primero que afirma y defiende rotundamente es
la dignidad de ser personas, por encima, por tanto de normas, leyes,
tradiciones, dogmas, estructuras o prejuicios. Esto se aplica a lo
religioso, a la orientación sexual, o a cualquier ideología.
POR QUÉ PRECISAMENTE EL CELIBATO.
Moceop mantenemos el nombre y la reivindicación no porque sea lo que
principalmente queremos conseguir, sino porque creemos que cuestionando
la norma del celibato obligatorio atinamos a incidir en el puntal que,
suprimido, o al menos cuestionado, tambalearía el sistema eclesiástico
clerical. En la norma del celibato obligatorio se sustenta la división
clasista en la Iglesia entre clero y laicos. La Iglesia se configura así
de hecho como una celibatocracia: son sólo hombres y sólo célibes los
que realmente deciden y mandan en la Iglesia. El Papa nombra obispo para
una diócesis que en muchos casos ni siquiera es la suya. El obispo
nombra párrocos o los traslada, en casos, sin contar para nada con la
comunidad parroquial. El cura hace y deshace en su parroquia sin tener
que rendir cuentas más que a su obispo. ¿qué democracia es ésta?
Cuestionar el clericalismo, del que el celibato obligatorio es un
puntal, conlleva también cuestionar el patriarcalismo y el machismo que
hay detrás: en la Iglesia es notoria la misoginia institucional: la
mujer es vista como peligro, despreciada como incapaz, marginada y
excluida de los ámbitos de decisión, y de pensamiento. Es, eso sí,
ensalzada como madre, o como virgen consagrada; pero no incorporada a la
estructura de la Iglesia, totalmente masculina.
Otro tanto podemos decir de la patológica homofobia eclesiástica, con el
“inri” de la hipocresía y el cinismo. Hablan de respeto a las personas
homosexuales, pero nos resuenan las palabras de Jesús: “Lían fardos
pesados y los cargan en las espaldas de los demás, mientras ellos no
quieren empujarlos ni con un dedo” (Mt 23,4) ¿Por qué se excluye de la
ordenación ministerial a las personas que se manifiestan como
homosexuales? ¿Hay alguna razón?
MÁS QUE UNA REIVINDICACIÓN.
Moceop surgió hace ya más de 25 años, como un movimiento reivindicativo
y de apoyo a compañeros que en un determinado momento de su vida se
cuestionaron el celibato, pero no se cuestionaban su disponibilidad para
el ministerio presbiteral. La dispensa del celibato (pedida en unos
casos; en otros, no; concedida en unos casos, en otros, no) conllevaba
canónicamente la “reducción al estado laical”. Esa fue una primera
paradoja: ¿es “menos” ser laico que ser clero?. Pues dejamos de ser
clero. Somos laicos, (somos ”Pueblo de Dios”), volvemos a ser lo que
nunca debíamos haber dejado de ser. Ese fue un primer filón de reflexión
teológica que nos fue llevando a cuestionar la eclesiología de clero y
laicos para ir planteando una eclesiología de comunidad y ministerios,
donde no haya la división clasista de que unos son más que otros, sino
todos iguales en dignidad (el sacerdocio común de los fieles), y
diversos en carismas y ministerios. Es la comunidad cristiana quien
estructura los ministerios que necesita y las personas que los pueden
ejercer. Por eso Moceop apuesta por la pequeña comunidad cristiana como
ámbito más adecuado para un nuevo ministerio desclericalizado. Desde la
experiencia de comunidad entendemos la Iglesia como comunidad.
En esa perspectiva, se abre el horizonte de que la Iglesia, y nosotros
en ella, hemos de encontrar el núcleo de nuestra fidelidad evangélica
sobre todo en la opción por los pobres. De nada sirve que el celibato
sea opcional, o que la iglesia se democratice o modernice, si no es para
que sea más fiel a su misión evangélica: proclamar la buena noticia a
los pobres, la liberación de los oprimidos…(Lc 4,18) y el anuncio del
Reino de Dios concretado en signos liberadores. La opción por los pobres
es la prueba fundamental de fidelidad evangélica.
DESCLERICALIZACIÓN.
Uno de los aspectos que configura el clericalismo es la
profesionalización del ministerio: ejercer el ministerio como una
profesión convierte al sacerdote en funcionario de la Iglesia. Ejercer
el ministerio como un trabajo profesional convierte la religión en un
modus vivendi: vivir de la religión, vivir del altar, lo cual en una
sociedad secular, laica, hace de la religión una mercancía más, echando
a perder la gratuidad del Evangelio como Buena Noticia.
Ese clericalismo no depende sólo de la actitud de las personas: no es
cuestión de que el cura sea más o menos mandón o abierto. Es la
estructura misma de la Iglesia la que es clerical: ella hace que el
cura, por majo que sea, al final es el cura, y es quien decide. ¿O hay
alguna parroquia en la que realmente se hace lo que decida la comunidad
parroquial?
En esto, los curas obreros han sido pioneros en vivir el ministerio como
un servicio gratuito, desprofesionalizado, encarnándose en un mundo
obrero secularizado, con un trabajo profesional civil con el que ganarse
la vida y además vivir la fe y un ministerio de encarnación y
evangelización. Ser “uno de tantos” es la condición previa para anunciar
el evangelio no desde el púlpito sino desde la vida compartida. Con
metáfora evangélica, no es en la Jerusalén del Templo y del poder, sino
en la Galilea de los gentiles, en la periferia de la marginación, donde
escuchamos la llamada de Jesús: “Id a Galilea; allí me veréis” (Mt
28,10).
Curas obreros y curas casados somos en este sentido “primos hermanos”;
de hecho, coincidimos en el colectivo de curas obreros un significativo
número de curas casados; y en Moceop participan también curas obreros
célibes y casados. Ambos colectivos compartimos planteamientos muy
similares en muchos temas, y experiencias vitales muy próximas. ¿Por qué
a la Iglesia no le ha gustado ni una ni otra opción, y ha propiciado un
clero dedicado a lo eclesiástico, dejando sólo para los laicos los
compromisos civiles o seculares?
En muchos de nosotros, al dejar el celibato o alcanzar la
secularización, empezó un proceso de conversión personal para superar la
formación, los prejuicios, los condicionamientos de ser “clero” y para
descubrir un nuevo ministerio no clerical.
Cuando hablamos de desclericalización no nos referimos sólo a los curas
secularizados. Hay mucho clericalismo también en muchos laicos y laicas
que aceptan pasivamente esa división entre clase docente y clase
discente, los que dirigen y los que son dirigidos, los pastores y la
grey…, aceptando una sumisión, una dependencia y una minoría de edad,
que creemos impropias de una comunidad de personas creyentes adultas, de
iguales y corresponsables.
El Obispo , poeta y profeta, Pere Casaldáliga tiene un breve poema que
dice:
“Dios nos libre
de seglares
con sotana en el espíritu.
Dios nos libre
de curas
sin Espíritu Santo.
Dios nos libre
de espíritus
sin la carne de la vida”.
LAS MUJERES,
PROTAGONISTAS DE PRIMERA.
En Moceop han tenido un papel muy importante las mujeres. No sólo las
mujeres de curas para “desclericalizar” a sus compañeros, sino las
mujeres como personas comprometidas con una causa, como protagonistas.
Unas son compañeras de curas, otras no. Moceop ha dejado de ser un
movimiento de curas casados, para ser un movimiento de renovación
eclesial, en el que participan sacerdotes célibes y casados, mujeres
compañeras o no de sacerdotes, y personas miembros de comunidades de
base. Ha sido ámbito para la participación igualitaria, para la
libertad, para la imaginación y la creatividad…Por eso Moceop ha estado
íntimamente vinculado con los movimientos de mujeres, dentro y fuera de
la Iglesia: dones creients, mujeres y teología, movimiento feminista…
Teresa Cortés al recibir el premio Alandar en nombre de Moceop, el mes
de junio, decía: “Nos ha costado mucho desclericalizar a nuestros
maridos y ahí hemos estado las mujeres para que tomaran conciencia de
que estaban en el mundo y de que el mundo no era el púlpito ni ese
ámbito de aislamiento donde meten a muchos curas. Yo quiero agradecer
mucho a todas las mujeres que han trabajado en el MOCEOP porque
considero que éste es uno de los movimientos más libres que conozco, se
atreve a decir lo que piensa, lo que siente, y, sobre todo, se atreve a
vivirlo. Se atreve a vivir la igualdad entre hombres y mujeres, se
atreve a que una mujer presida la eucaristía, se atreve a que una mujer
desarrolle su carisma en el culto.”
LA DISIDENCIA
Si Moceop se hubiera conformado con la reivindicación puntual del
celibato opcional, no habría sido tan incómodo en la Iglesia. Pero al
cuestionar la estructura clerical ha sido una disidencia mal vista y no
aceptada por la Jerarquía. Y especialmente porque no ha sido una
disidencia meramente teórica, sino práctica. Sin pedir permiso al Obispo
se ha empezado a funcionar de forma distinta a la permitida. En Moceop
siempre hemos pensado que la vida va por delante de las leyes, y, en
cristiano, el amor y el evangelio, muy por delante del Derecho Canónico.
Hemos preferido hacer camino al andar que esperar a que cambie el Código
de Derecho Canónico o venga permiso de Roma para un ministerio
diferente. Esa ha sido nuestra experiencia en pequeñas comunidades
cristianas., y es la oferta eclesial que hacemos: hacer ya iglesia de
otra manera.
Pero esto , no a la ligera, sino “con fundamento”
-En primer lugar tenemos la referencia a Jesús de Nazaret que fue un
disidente con la religión y con el poder establecido: cuestionó una
religión sin corazón, sin humanidad; puso por delante a las personas,
especialmente a las más marginadas, desobedeciendo si era preciso leyes
y normas; denunció la hipocresía de los dirigentes legalistas y se
acercó a las personas excluidas y malditas; rompió moldes machistas
aceptando a las mujeres en su grupo y haciéndolas las primeras testigas
del mundo nuevo inaugurado con su resurrección…
-En el nuevo testamento vemos disidencias entre Pedro y Pablo, entre las
comunidades del ambiente judío y las del mundo helénico, entre los
carismas y las teologías de Juan, de Santiago o de Pablo.
-Los antiguos Santos Padres ya decían “conviene que haya herejes”, y
hubo sus discusiones teológicas entre diferentes concepciones. Toda la
historia de la Iglesia es un vaivén de reformas y contrarreformas. Lo
lamentable es cuando la Iglesia, para evitar disidencias, establece una
ortodoxia tan rígida e intransigente, que acaba siendo contraproducente:
ni evita que surjan nuevas disidencias, ni su pretendida ortodoxia
acerca más a la verdad del Evangelio.
NUESTRA FE NO DEPENDE
DEL VATICANO.
-Hoy día, el Papa advierte desde el inicio de su pontificado de la
“dictadura del relativismo”. Si lo contrario de relativismo es
absolutismo, y lo contrario de dictadura es democracia o libertad, ¿qué
propugna el Papa: la libertad del absolutismo, la democracia del
absolutismo? ¿cómo se come eso?
-Creemos que en la estructura actual de la Iglesia, el Papado se ha
convertido en una monarquía absoluta, con tal rigidez dogmática que
recuerda la nada santa Inquisición de otros tiempos, acompañada de
movimientos que se suele llamar neoconservadores, y que a veces parecen
más papistas que el papa. Todo eso no evita que haya de hecho una
disidencia dentro de la Iglesia, una disidencia consciente y
comprometida, pero también un gran desencanto en mucha gente, una
desafección, una indiferencia que muestra la no credibilidad de la
institución eclesial en muchos ámbitos sociales. Las condenas del
laicismo, de la descris-tianización denotan más su propio miedo a perder
sus privilegios y su poder, que una verdadera fe en la capacidad
transformadora del Evangelio como buena noticia liberadora.
Aún
está reciente la estampa de los funerales del papa Juan Pablo II y la
toma de posesión del nuevo Papa. Ver la Curia con sus ropajes, y ver a
los más poderosos de este mundo en el Vaticano es todo un signo de lo
que es la Iglesia-Institución hoy. Ver una Iglesia rica, poderosa,
arrimada a los poderes de este mundo y encastillada en sus dogmas e
instituciones muchas veces anacrónicas, no suscita credibilidad sino
perplejidad y escándalo, o rechazo e indiferencia, en muchas personas
creyentes y no creyentes. ¿Cómo podemos estar de acuerdo con esa imagen
de Iglesia?
-Más en concreto, en la Iglesia española, la disidencia no es sólo un
derecho genérico, sino que muchas personas la sentimos como una
necesidad de conciencia. Nos duele que sociológicamente e
ideológicamente se identifique a la Iglesia con la extrema derecha. Nos
duele que los obispos demasiadas veces se definen con posturas sumamente
reaccionarias, y bien pocos de ellos disienten abiertamente. Muchos
cristianos y cristianas, que nos sentimos de izquierdas, con pluralismo
de posturas, hemos expresado nuestra disidencia eclesial con nuestros
obispos. (Moceop entre otros colectivos),por ej. respecto al tema de los
matrimonios homosexuales, las clases de religión, la financiación de la
Iglesia con los acuerdos con el Estado, la presencia militar en actos
religiosos, etc
DISIDENCIA Y COHERENCIA .
Entendemos la disidencia no como un simple ir en contra de lo
establecido, sino revisarlo críticamente, y, a la luz del Evangelio,
buscar lo que sea más coherente. La disidencia es pues una cuestión de
coherencia personal y grupal, y una cuestión de fidelidad a lo más
profundo de la tradición recibida. Y es también, por qué no decirlo, una
forma de amor a la propia Iglesia: porque la queremos nos duelen sus
defectos y la queremos mejor de lo que la vemos, y estamos dispuestos a
transformarla. Si no, sería más cómodo aceptarla resignadamente como
está, o darla por imposible y abandonarla.
La fe no es simplemente una doctrina a seguir fielmente, sino una
fidelidad al camino indicado por Jesús. El cristianismo no es una
religión con unos dogmas absolutos, unas creencias incuestionables, unas
leyes inevitables, una institución divinizada. La Iglesia es una
institución que se ha ido conformando durante siglos, con tradiciones
recibidas y con aportaciones nuevas. Pero es más que una Institución: es
un misterio, es la comunidad de las personas creyentes en Jesús, animada
por su Espíritu. Creemos que la fidelidad a la tradición no es
conservarla congelada ni anquilosada, sino viva. El respeto a la
tradición recibida comporta seguir enriqueciéndola con nuevas
aportaciones para transmitirla a quienes vengan detrás, actualizada, que
responda a los signos de los tiempos de cada momento histórico.
EL CONCILIO VATICANO II , UNA
REFERENCIA IMPORTANTE.
El Concilio Vaticano II supuso para la Iglesia un abrir puertas y
ventanas, una apertura al mundo y a los signos de los tiempos, y una
renovación en la visión que la Iglesia había de tener de sí misma y del
mundo. Fue más un “espíritu” que una doctrina o unas normas.
Desgraciadamente, pronto empezaron las reticencias, que luego se
convirtieron en freno y luego en marcha atrás. En los años de la
transición, el famoso cardenal Tarancón decía que algunos obispos
españoles tenían tortícolis de tanto mirar a Roma. Hoy , en algunos, esa
tortícolis ha derivado en hemiplejía, pues parece que sólo mueven la
parte derecha. Creemos que el pontificado de Juan Pablo II y los
antecedentes y los indicios del actual han marcado una involución
enorme. Así que nuestra esperanza de que de Roma venga ninguna
renovación es mínima, aunque creamos en el Espíritu Santo y en los
milagros.
RENOVACIÓN ECLESIAL,
UN PROCESO ABIERTO.
Hoy parece paradójico que se formule como progresista reivindicar algo
de hace 40 años, con lo que ha cambiado el mundo en este tiempo. Juan
XXIII hablaba de “aggiornamento”: puesta al día. Yo creo que la
fidelidad al propio espíritu conciliar estaría hoy no tanto en
“cumplirlo” ni “recuperarlo”, cuanto en “superarlo”. El día de hoy tiene
retos y necesidades diferentes a hace 40 años. Es por eso que ya va
surgiendo en ámbitos eclesiales de base la propuesta no tanto de un
nuevo concilio (que en estos momentos sería de reafirmación de la
restauración dominante), sino de un proceso conciliar, de abrir cauces
de reflexión, de opinión, de debate, de participación de todos los
sectores eclesiales… que podrían culminar, con tiempo, en un nuevo
concilio que se planteara y buscara respuesta a los nuevos signos de los
tiempos que hoy interpelan a la Iglesia. Ese proceso lo estamos haciendo
ya, por ejemplo con esta reflexión y debate.
La Iglesia necesita este proceso de renovación, en primer lugar por
salud propia, para no encerrarse en el búnker de su propia adoración; y
para no convertirse en una gigantesca secta, alejada del espíritu del
Evangelio de quien llama su fundador. Y en segundo lugar (pero más
importante), para estar en condiciones de poder cumplir su misión de
anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios y comprometerse en irlo
construyendo ya, siendo ella misma signo y testimonio de lo que
proclama.
DISIDENCIA CONSTRUCTIVA.
Al mirar hacia atrás y repasar los disparates que se han hecho en la
historia, no lo hacemos con ira, sino más bien con un toque de humor y
de relativismo. La historia avanza despacio y a trompicones. Antes
quemaban a los herejes; luego, sólo quemaban sus libros. Ahora hay otras
formas de represión, a veces más sutiles, pero también crueles. Aún así
creemos que la libertad avanza con el empuje de muchos (“pero habrá que
forzarla para que pueda ser”).
Al futuro preferimos mirar con esperanza no en las probabilidades (que a
veces son pocas o pesimistas), sino en el factor sorpresa de que el
Espíritu sopla donde quiere, y que Dios a veces escribe recto con
renglones torcidos.
Y al mirar el presente, la realidad eclesial general, lo hacemos con un
realismo crítico; aceptamos que la realidad es la que es, pero no la
aceptamos como definitiva, sino como punto de partida para cambiarla.
La Iglesia es a la vez institución y profetismo. Como ya hay quien se
encarga de defender y consolidar la instancia institucional, creemos que
a otras personas y grupos nos toca cultivar la instancia profética, y
ello conlleva denuncia y anuncio, protesta y propuesta.
Para eso preferimos una postura positiva y constructiva, de hacer lo que
creemos y podemos, de encontrar sentido a lo que estamos haciendo más
que a los resultados. A veces toca sembrar, no cosechar., y hacer camino
al andar.
Eclesialmente, estamos convencidos de que somos Iglesia y hacemos
Iglesia: ni nos excluimos ni nos dejamos excluir. Tampoco excluimos ni
condenamos, aunque protestemos, critiquemos y denunciemos. No
pretendemos imponer nuestro modo de ver, pero tampoco renunciamos a ser
lo que somos, y a caber en la Iglesia siendo diferentes. Ofrecemos
nuestra experiencia como una aportación al pluralismo y a la comunión
eclesial.
EL MARGEN, LUGAR PRIVILEGIADO.
Algunos grupos críticos nos sentimos realmente marginados. Hablo de CCP,
Moceop, grupos homosexuales cristianos, Somos Iglesia, incluso curas
obreros (y nombro sólo aquellos en los que yo estoy más o menos
implicado). Por parte de la jerarquía nos sentimos ninguneados, cuando
no excluidos y condenados. No somos clandestinos, no nos ocultamos, ni
huimos ni nos salimos. Pero es la Institución la que nos condena a la
clandestinidad. Experimentamos la realidad eclesial como un invierno. Lo
lamentamos, pero tampoco lo vivimos con resentimiento. El hermano Roger,
de Taizé, a quien recordamos con admiración, auguraba una primavera de
la Iglesia. Eso es lo que esperamos, cuando pase el invierno. La
esperanza es aspirar a lo que no se ve; lo que se ve ya no es objeto de
esperanza.
Sintiéndonos tan al margen eclesial, ahí hemos ido encontrando nuestro
sitio en la Iglesia: somos marginales; estar en la periferia nos hace
sentirnos más cerca de los excluidos, de los que están fuera del
sistema. Y ellos son los privilegiados para el Reino de Dios. Ellos nos
transparentan a Dios a veces más y mejor que la propia Iglesia, que en
vez de ser signo transparente, se hace opaco y tapa lo que debería
mostrar.
Frente a la resistencia de la Jerarquía a aceptar nuestros
planteamientos y sobre todo nuestra praxis, ha sido sorprendente en
cambio, cómo los grupos y comunidades de base, y una buena parte de
opinión pública ha ido aceptando con toda naturalidad nuestros
planteamientos y experiencias, sin escándalos como algunos agoreros
pronosticaban, y con más sentido común que planteamiento teológico.
Tampoco nosotros hemos pretendido nunca provocar ni a la Jerarquía con
enfrentamientos inútiles, ni a la gente imponiendo planteamientos o
prácticas que no estuvieran consensuadas por los grupos o comunidades en
que vivimos y que nos conocen y aceptan. Creemos que el avance ha de ser
con naturalidad, con respeto, con diálogo, con testimonio y coherencia.
OTRA IGLESIA ES POSIBLE Y OTRO MUNDO
ES POSIBLE.
Creemos que la Iglesia no ha de mirarse tanto a sí misma, ni los
cristianos encerrarnos en nuestras capillitas. El reto para que la
Iglesia se renueve es “descentrarse”: poner el centro fuera de sí: mirar
al mundo, descubrir los signos de los tiempos que la interpelan y
procurar responder a ellos.
¿Qué signos?
-El primero, el más grave, el insoslayable, es el creciente abismo entre
ricos y pobres, entre personas, países, continentes… ricos y pobres.
Pero hoy con la conciencia más clara que la riqueza de unos es a costa
de la pobreza de otros. Y que el hambre y la muerte prematura y violenta
de millones de personas, el desplazamiento y emigración de millones de
personas,… es responsabilidad de todos. También de la Iglesia.
- Otro signo; la globalización, que en su faceta más neoliberal es dejar
manos libres a las multinacionales económicas, por encima incluso de los
estados, para hacer y deshacer a su antojo, incluso a costa del expolio
de la naturaleza, del empobrecimiento de países enteros, del
incumplimiento de los compromisos internacionales (ONU, KYOTO, objetivos
del milenio…).Pero puede haber una globalización de la solidaridad:
Hacer una familia humana más humana es puro evangelio.
-Otros muchos signos, tal vez menores en tamaño, y esta vez en positivo:
el ansia de paz, la mayor sensibilidad ecológica de mucha población, la
creciente conciencia solidaria universal, la exigencia de respeto a los
derechos humanos; la creciente conciencia de igualdad de las mujeres; la
necesidad de la democracia como participación responsable de los pueblos
en sus destinos, el respeto a las minorías, el necesario diálogo
interreligioso…
UNA UTOPÍA EN EL HORIZONTE
Hemos empezado hablando del celibato, y acabamos cuestionando el nuevo
orden mundial.
El celibato opcional resulta una pequeña utopía, no por inalcanzable,
sino porque abre el horizonte para mucho más. Al final resulta, que lo
del celibato opcional casi es lo de menos, pero nos ha servido de motivo
para soñar una Iglesia diferente y un mundo más humano. Otro mundo es
posible. Otra Iglesia es posible, y necesaria. La prueba de que es
posible es que la estamos haciendo ya: muchas personas y comunidades,
con muchos defectos, estamos siendo iglesia de otra manera.
Pero el horizonte es mucho más amplio aún. Porque la Iglesia no tiene,
por fin, que servirse a sí misma. Aunque consiguiéramos una Iglesia
democrática, igualitaria, participativa, ¡y con celibato opcional!…, si
no es para que la Iglesia pueda servir mejor a la Causa del Reino, que
es la Utopía evangélica de una sociedad más justa, una familia humana
más humana… Si la Iglesia no sirve para eso, no sirve para nada .
Al final te das cuenta de que la utopía no está ni siquiera en conseguir
lo que quieres, sino que está en el camino mismo. Pero para caminar, hay
que soñar con llegar. Como Ulises en su azaroso viaje a Ítaca.
“Ítaca
t’ha donat el bell viatge,
sense ella no hauries sortit.
I si la trobes pobra, no és que Ítaca
t’hagi enganyat. Savi, com bé t’has fet,
sabràs el que volen dir les Ítaques”.
O en palabras de Eduardo Galeano:
“La Utopía”
Ella está allí, en el horizonte.
Doy dos pasos,
y ella retrocede dos pasos.
Avanzo diez pasos,
y el horizonte
se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo avance,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve
entonces la utopía?
Para eso sirve…
Para caminar. “
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