DE LA SANTIDAD A LA COMPASIÓN
VIVIR Y AMAR EN UN MUNDO AMBIGUO

MINISTERIOS FEMENINOS
¿Cómo contribuyen a una Iglesia renovada?

“EL CELIBATO OPCIONAL COMO DISIDENCIA ECLESIAL”.

 

 



 

DE LA SANTIDAD A LA COMPASIÓN
VIVIR Y AMAR EN UN MUNDO AMBIGUO

Una visión renovada del Ministerio en la Iglesia Católica

Rafael Esteban , misionero de África (Padre Blanco), español, nacido en Vitoria. Ha trabajado en los años 70 en Ghana, antes de instalarse en Inglaterra por razones de salud. Después de haber dirigido un centro de información Africano en Madrid en los años 80, fue Secretario del Instituto Misionero en Londres, durante diez años. Después combina el trabajo pastoral en una parroquia de Cambridge con la enseñanza en el Instituto Misionero.
Actualmente es un experto de la Teología de los Ministerios, de la Espiritualidad de los pacifistas y del Contexto socio-económico de la Misión.
Es doctor en Teología por la Universidad Gregoriana y es miembro de la Red Europea de Ética en el mundo de los Negocios, con un interés particular en la ética de las organizaciones aplicada a la transformación de la Iglesia en una verdadera cultura participativa.
 
 

El Vaticano II propuso a la Iglesia, y sobre todo a los responsables del ministerio, la necesidad de reflexión y renovación. Esto nos introdujo en un proceso de “crisis” que no ha resultado fácil. Se nos ha exigido el mirar al mundo y a nuestras propias vidas con ojos nuevos. La reflexión aquí sobre los cambios necesarios en el ministerio quiere ser un reto al modelo dominante de Iglesia que prima las nociones de “salvación” y de “santidad” en la comprensión del papel de la Iglesia y del ministerio. Proponemos que lo que constituye la raíz y el centro del ministerio de la Iglesia no es la “santidad” sino la compasión.





NUESTRA EXPERIENCIA
DEL MUNDO



El ministerio es simplemente un servicio que ofrecemos al mundo en que vivimos. Nuestra idea del ministerio esta pues condicionada por nuestros sentimientos y nuestra actitud hacia ese mundo. Y no hay duda de que el mundo es profundamente problemático.

Veamos algunos de los problemas:
+Un mundo roto por el pecado y la muerte: un mundo dia-bólico.
+Un mundo de promesas traicionadas y de relaciones fracasadas (no hay más que mirar a las estadísticas del divorcio). En Gran Bretaña en este momento mas de la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio.
+Un mundo donde el hermano mata al hermano.
+Un mundo en el que los pueblos parecen incapaces de vivir juntos: racismo, tribalismo.
+Un mundo dominado por la ambición donde el rico explota al pobre.
+Un mundo que margina a los ancianos y abusa de las mujeres y los niños.
+Un mundo con una cultura de muerte donde cada año una mujer de cada treinta aborta.
+Un mundo corrompido por las drogas, el alcohol, el tráfico en vidas humanas y la explotación de la pornografia (80% del trafico de Internet)
+Un mundo donde 50.000 niños al día mueren de enfermedades fácilmente curables y donde el SIDA amenaza la sobrevivencia de todo un continente.
+Un mundo en el que 200 personas controlan más recursos que los 2.500 millones de la gente más pobre (40% de la población mundial) de los que la mitad vive en absoluta pobreza.
+Un mundo donde se esta perdiendo el sentido de comunidad bajo el asalto de un individualismo feroz.
+Un mundo destrozado por la desintegración cultural y social.
+Un mundo arrastrado al abismo por la iracionalidad, la anarquía y el desorden.
+Un mundo que parece estar al borde de destruirse a si mismo por la explotacion insensata de sus recursos y el poder destructivo de las guerras.
Evidentemente vivimos en un mundo enfermo. Nuestro mundo sufre de división, fragmentación y desintegración a todos los niveles:
A nivel individual
A nivel social
A nivel cósmico

EL MODELO “TRADICIONAL” DE LA IGLESIA: ENDEREZAR EL MUNDO POR MEDIO DE LA “INGENIERIA SOCIAL”

El modelo dominante en la Iglesia al tiempo del Vaticano II formaba parte de un “discurso” que presenta a la Iglesia como el instrumento de Dios para crear en el mundo una “sociedad perfecta”. La sociedad de los justos en un mundo dominado por el pecado.

LA TELA DE FONDO MÍTICA: EL PARAÍSO PERDIDO

La manera como miramos al mundo y tratamos de dar sentido a todo el mal con el que nos encontramos está profundamente condicionada por la historia de la creación tal como es presentada en nuestra tradición religiosa que forma el corazón de nuestra cultura. La historia es sencilla: Dios crea un Paraíso y ese paraíso se pierde por la desobediencia.
Los 12 primeros capítulos del Génesis describen las terribles consecuencias del pecado. El pecado de Adán genera una catarata de malicia humana con consecuencias terroríficas: sufrimiento, violencia y muerte.
Es interesante constatar la reacción de Dios a lo que esta sucediendo porque parece reflejar lo que sentimos nosotros mismos a veces contemplando los horrores del mundo que nos rodea. Nuestra reacción instintiva es una reacción de rechazo. “Yave vió que la maldad del hombre en la tierra era grande y que todos sus pensamientos tendían siempre al mal. Se arrepintió, pues, de haber creado al hombre y se afligió su corazón. Dijo: ‘Borraré de la superficie de la tierra a esta humanidad que he creado, y lo mismo haré con los animales, los reptiles y las aves, pues me pesa haberlos creado’(Gen 6,6-7). Suena muy radical, pero refleja muy bien como nos sentimos todos a veces en el mundo. Es natural sentir la necesidad de huir de este mundo pervertido para buscar refugio en un “paraíso restaurado” en el que poder vivir en “obediencia a Dios”. Esta actidud negativa hacia el mundo, reforzada por influencias maniqueas (cf. S.Agustin) situará a la Iglesia fundamentalmente “en oposición al mundo”.
Afortunadamente Dios no sucumbió al impulso de destruir la tierra. Se rascó un poco el coco, y decidió algo menos radical. Dios hace su primer ensayo de “ingeniería social” para arreglar las cosas. Elige a un “Nuevo Adán” que estará encargado de cuidarse de un mundo limpio de mal. Elige a Noé, le ordena construir un arca y mete el mundo en una “lavadora cósmica”.
Lo malo es que esta solución tampoco funciona. El mundo vuelve a las andadas e incluso las cosas son todavía peores de lo que eran antes del Diluvio.
Vuelta a rascarse el coco. Parece ser que Dios empieza a tener dudas de su habilidad de arreglar el mundo. Dios decide pues que lo que tiene que hacer es ser menos ambicioso y probar la “ingeniería social” en escala más reducida. Dios va a formar un pequeño “pueblo elegido” en un mundo abandonado a la esclavitud del pecado. Dios va a usar toda su energía y mostrar su poder para asegurarse de que su pueblo sera un “pueblo justo” que va seguir la “via justa” en “la tierra de Dios”.
Este concepto que se desarrolla en el Antiguo Testamento es el contexto que condicionará más tarde la autocomprensión de la Iglesia como el Nuevo “pueblo elegido”. La ideología del “pueblo elegido” constituye la visión de fondo en la que la Iglesia creció. Esta idelogía ha estructurado la Iglesia, sus instituciones y su relación con el mundo y la sociedad.

EL ARCA DE SALVACIÓN:
EL “DISCURSO DE JOSUÉ”
Y “RELIGIONES DE SALVACIÓN”


El Libro de Josué es un hito de la civilización occidental. Es la primera definición de lo que constituye una “nación”. A primera vista, el Libro de Josué describe cómo un pueblo – elegido por Dios – es liberado de la esclavitud, conquista una tierra en la que se establece la “pureza religiosa” y la tierra viene distribuida entre las tribus que constituyen ese pueblo, con Jerusalén como su centro. Pero, a un nivel más profundo de significado, nos encontramos con un “discurso” que define las características de un “pueblo elegido”. El pueblo elegido se funda en la noción de una única correcta verdad que es la verdad de Dios vivida en un territorio que tiene que ser centralizado, dentro de límites claros con fronteras impenetrables. Nos encontramos con algo más que la historia de la conquista de Canaán. Lo que tenemos es un “discurso” que nos ofrece la pauta para “recrear el Paraíso” en la tierra en la que “fluyen la leche y la miel” y donde se restablece la relación original con Dios perdida por el pecado. Desgraciadamente la tela de fondo de este discurso es una visión negativa del mundo que fundamenta la necesidad de separarse de ese mundo. La intención que subyace es producida por un preocupación radical por “salvarse de un mundo maligno”.
Este es el modelo, con su obsesión por la “salvación”, que pasa, prácticamente sin filtro alguno, a la auto-comprensión de la Iglesia. Esta salvación solo se puede asegurar en un espacio “extraordinario” y “separado del mundo” – una “tierra prometida”, un “arca de salvación”. Aquí hay una actitutd de rechazo total del “mundo”. La Iglesia y el mundo pecador tienen que estar claramente separados. Así Dios recupera el control de su “pueblo elegido” y reside en medio de él. De esta manera, Dios crea progresivamente en el mundo pecador un “espacio sagrado” en el que se puede manifestar. Este espacio “extra-ordinario” esta constituido por lugares extraordinarios (iglesias consagradas) poblados por personas extra-ordinarias (santos, personas consagradas, clérigos “célibes”) donde suceden eventos extra-ordinarios (rituales sagrados y milagros). Todo esto tiene su manifestación más clara en el “milagro” de la Eucaristía, al que solo los “justos” tienen pleno acceso. Así, somos testigos de la Victoria de Dios sobre el pecado y la muerte. Esto se consigue por la infusión de la “gracia” en el territorio ocupado por el “pueblo elegido”.
Como parte de este plan de “arreglar el mundo”, las sociedades ocupadas por la Iglesia tienen que ser reorganizadas según los planes de Dios. La voluntad de Dios tiene que estar reflejada en las leyes e instituciones de las sociedades tocadas por la Iglesia. El “territorio” que la Iglesia ocupa tiene que transformarse en una “Sociedad cristiana”. La Iglesia tiene vocación de “Cristiandad”.
Los planes de Dios por formar un “pueblo elegido” se topan de nuevo a un fracaso relativo. Tanto en Israel como en la Iglesia, muchos se salen del camino. Claramente muchos de los miembros del “pueblo elegido” no consiguen ser “santos”. Así el pueblo elegido se encuentra dividido entre los “fieles fieles” que viven en la “gracia de Dios” y los “fieles infieles” que pierden el norte y viven “en pecado”.
En este modelo, la preocupación por el orden y por el control de un “pueblo elegido”, separado, extra-ordinario y santo implica valores y actitudes completa-mente masculinas: orden, control, nitidez, racionalidad, unidad, autoridad y poder. La finalidad es asegurarse de que todos en la Iglesia den la prioridad a su salvación individual. Esta salvación depende del “recto pensar” (ortodoxia) – el conocimiento del verdadero camino de Dios – y del “recto hacer” (moralidad) – seguir el camino recto. El ministerio en la Iglesia tiene la responsabilidad de enseñar la verdad y defender los valores morales. La santidad y la “rectitud” de los miembros de la Iglesia solo se puede conseguir en sumisión y obediencia total a la voluntad de Dios tal como es manifestada en la enseñanza doctrinal y moral de la Iglesia. Nos tenemos que acordar que la libertad fue, según esta manera de ver las cosas, la causa del pecado y de todos los males consecuentes de la humanidad. En consecuencia, el único uso justo de la libertad es el de renunciar a la libertad misma en una obediencia total e incondicional a los “ministros” de Dios. Solo de esta manera podemos acceder a la “santidad” y con esta a la “salvación”. Esta preocupación por asegurar el “bien pensar” basado en la posesión de la verdad absoluta aboca naturalmente al “dogmatismo” y la preocupación por el “bien hacer” como condición para la salvación se traduce en farisaísmo y escrupulosidad. Combinados, dogmatismo y farisaísmo generan complejos de superioridad, intolerancia, el derecho de conquista y la supresión de todo disenso.
La restauración del orden de Dios en su pueblo elegido exige una demostración extraordinaria de poder sagrado. La “gracia” de Dios re-estructura el mundo por medio de la Encarnación y de Pentecostés y de la investidura del poder de Dios en una jerarquía sagrada que controla los “canales de la gracia” (los sacramentos). Los sacramentos son los instrumentos que Dios ha creado para establecer y mantener las fronteras del “espacio de Dios”, para distribuir poder y papeles en la Iglesia, para mantener el orden y para reparar el orden perdido. Los sacramentos constituyen así instrumentos privilegiados de ingeniería social. El poder sagrado de Dios se encuentra pues encarnado y monopolizado en una jerarquía clerical que concentra todo el poder en la Iglesia.
Instrumento privilegiado de ingeniería social y de control del comportamiento es el “sacramento de la penitencia” que necesitamos si tenemos la desgracia de “caer en el pecado”. Este sacramento es la única manera de recuperar con plenitud nuestro puesto en el pueblo elegido y de asegurarnos nuestra salvación. Visto de esta manera, el confesionario nos da a los clérigos un poder posicional tremendo para controlar el comportamiento de los “fieles” ya que en este modelo solo la confesión da acceso a la comunión y, en fin de cuentas, a la salvación eterna. Los clérigos controlamos “las llaves del Reino”.
Es un sistema perfecto. Por medio de una obediencia total a la jerarquía, la práctica de los sacramentos y una ortodoxia estricta vivimos con la seguridad de la salvación en este mundo pérfido y pecador.
Creo firmemente que, tal como la Iglesia se ha estructurado a través de los siglos y a pesar de los esfuerzos del Vaticano II por encontrar un modelo diverso, la mayoría de la Iglesia tanto entre la Jerarquía como entre los laicos, siguen funcionando en los parámetros establecidos en el “Discurso de Josué”. Es interesante notar que los estados monárquicos y feudales se desarrollaron en la misma línea. El “discurso de Josué” ha formado la manera como definimos a un “pueblo” y, consecuentemente, la manera como hemos organizado la Iglesia como “nuevo pueblo elegido”: monárquico, jerárquico, clerical y machista.
Hay muchos que reaccionan a este tipo de reflexión acusándolo de ser una deformación simplista de la enseñanza sobre la Iglesia y el ministerio sacerdotal. Es verdad que la “teoría en uso” de la enseñanza oficial y de la teología católica tradicional tiene dificultades a reconocerse aquí. Pero estoy convencido, y es el resultado de muchos años de experiencia pastoral y de formación al ministerio, que lo que he presentado aquí es la “teoria en práctica” – la “caricatura activa” – que condiciona el pensar y el sentir de muchos católicos y que fundamenta la realidad del ejercicio del poder y del control clerical en la Iglesia.
No es difícil de entender cómo este discurso del “pueblo elegido” configure una cierta comprensión del ministerio sacerdotal. Aquí, la finalidad primordial del ministerio es asegurar la salvación después de la muerte, siendo instrumentos de “produccion” de santidad en las personas bajo nuestra responsabilidad. Para conseguir esto, los “ministros” tienen que constituirse en ejemplo, en obediencia total a las reglas y a la jerarquía, llevando una vida no contaminada por el mundo impuro y pecador (este es el contexto de la insistencia en el celibato).
La autocomprensión de la Iglesia se refleja en el modelo de misión. La misión, en el contexto del “discurso de Josue” – consiste en llevar los “medios de salvación” a los que están fuera de las fronteras de la Iglesia. Esto se consigue con la implantación de las estructuras eclesiales. Así se expande el “territorio” de la Iglesia y se Cristianiza el mundo. La Iglesia en este modelo es considerada como siendo, de manera exclusiva, el “arca de salvación”. Este es el modelo de misión como “implantación”, que era el único modelo hasta el Concilio Vaticano II y que sigue siendo todavía el modelo más difundido en la mayoría de los miembros de la Iglesia..
La intención dominante de este modelo de Iglesia y de ministerio es la “transformación” de un mundo enfermo y desordenando poniendo las cosas “en su sitio” y generando “santidad”. Ante los horrores del mundo que nos rodea, consecuencia del pecado, el mensaje de este modelo es semejante al de Moisés al pueblo a las puertas de la tierra prometida: “Obedece y vivirás”. Es también el mandato: “Se santo como yo soy Santo”. Todo se dirige aquí a la consecución de la “salvacion eterna” a través de la búsqueda de la “santidad” en un esfuerzo por recrear el paraíso en una sociedad “reformada” en obediencia a los mandamientos de Dios.

MINISTERIO: TRABAJAR “PARA” E “INGENIERÍA SOCIAL”

En la base de este modelo de Iglesia y ministerio, encontramos un condicionamiento cultural a una cosmología dependiente de la comprensión de la causalidad en el Aristotelianismo, sobre la que se fundamenta la física de Newton.
La física y la mecánica de Newton estuvieron en la base de la revolución científica y de la revolución industrial. Newton asume que nos encontramos ante dos estados incompatibles: control y desorden. Para que una máquina funcione necesita un control perfecto de la energía que la alimenta. Todo desorden conlleva a fallos mecánicos. A través de mecanismos de control aseguramos un desarrollo lineal y podemos predecir los resultados. La falta de control introduce falta de linealidad , imprevisibilidad y desorden. Entre control y desorden, no hay nada: no hay un “entre dos”.

Es sorprendente constatar como el modelo de la Iglesia como “instrumento exclusivo de salvación” tiene un paralelismo casi perfecto con la manera como Newton entendió el funcionamiento de una máquina. El modelo tradicional de Iglesia asume también que hay sólo dos estados totalmente incompatibles: gracia y pecado, obediencia y desobediencia. El pecado es un desorden mortal proveniente de un uso desordenado de la libertad. La gracia, al contrario, es una energía, mediada por los sacramentos, que neutraliza el desorden del pecado haciéndonos “santos”, obedientes a la ley de Dios y sometidos a su verdad. De esta manera el desorden es eliminado y conseguimos la salvación.
A los sacerdotes se les confía el funcionamiento lineal de la cadena de transmisión de la salvación. Los sacerdotes son responsables del mantenimiento y del funcionamiento de la “máquina de salvación”. A través de la adecuada “confección” y “administración” de los sacramentos y de la enseñanza escrupulosa de la “verdad”, los sacerdotes aseguran la transmisión de la gracia y la transformación de los “elegidos” en un “pueblo santo” obediente a las leyes de Dios, mediadas por la Iglesia.
La posición de los sacerdotes en la escalera de la transmisión de la gracia de Dios al pueblo, les otorga un poder y una autoridad sobre el pueblo que están encargados de gobernar. Desde su puesto “superior” en esa escalera, trabajan PARA el pueblo y son responsables hacia sus superiores que les han investido y delegado. El ministerio esta caracterizado y condicionado por esa preposición “para” como parte de una vasta operacion de ingeniería social.

EL “PUEBLO ELEGIDO”:
UNA IDEOLOGÍA PELIGROSA


Este discurso sobre un ministerio en y para un pueblo “elegido” y “santo”, separado de un mundo corrompido para asegurarse la salvación se convierte en una prisión ideológica que no permite ver su lado oscuro:
+La necesidad de proteger a toda costa la reputación de la institución y su pretensión de santidad.
+Ocultación de abusos: síndrome de la manzana podrida.
+Cultura de secreto y falta de transparencia.
+Fariseismo: sepulcros blanqueados
+Obsesión con el control y falta de confianza: supresión de la libertad como causa de división y de todo mal, e imposición de obediencia incondicional.
+Intolerancia hacia la crítica interna. No hay espacio para la participación: los “fieles” se ven reducidos al estado de “niños obedientes”. Estos son todos aspectos que son reconocidos cada vez más como característicos de un liderazgo no ético.
+Obsesión con la sexualidad y la “pureza” e inferioridad de la mujer: relaciones no funcionales, machismo y abuso.
+Complejo de superioridad, actitud de confrontación y derecho de conquista.
+Monopolio de poder y de derecho a gobernar en los clérigos ordenados. Esto combinado con la convicción de la “posesión de la verdad” resulta en autoritarismo dogmático.
+Uso inflexible de poder posicional (ocultado bajo un lenguage de “servicio”): el acceso a los sacramentos y a las posiciones de responsabilidad condicionado a la “fidelidad” y a la “obediencia”
+La Iglesia se encierra así en un mundo en blanco y negro, en el cual, desde un baluarte “santo” se enzarza en una lucha sin cuartel con las fuerzas del mal.

LO QUE SE PIERDE EN EL DISCURSO DEL “PUEBLO ELEGIDO”

Creo que es este discurso al que he llamado “discurso de Josué”, lo que fundamenta la autocomprensión de la Iglesia como un arca exclusiva de salvación controlada jerárquicamente por una clase clerical monopolizada por hombres. Aunque puesto en causa en el Vaticano II, este discurso se ha ido reforzando de Nuevo en los ultimos 25 años como discurso dominante oficial.
El problema es que este discurso pierde de vista temas importantes en el Nuevo Testamento. +La centralidad del tema de la comensalidad de Jesús con los pecadores.
+La primacía del servicio y el reto radical a toda forma de poder implícito en la humillación (kenosis) de la cruz, simbolizada maravillosamente en el lavamiento de los pies.
+La igualdad fundamental de todos los hijos de Dios implicada en el Padre Nuestro.
+El “escándalo” de Jesús a los Fariseos y a su noción de “santidad” y pureza ritual.
+El amor incondicional de Dios al mundo
+El hecho de que permanecemos pecadores aunque seamos perdonados: Gracia y pecado no son “incompatibles”
Estos y otros temas relacionados con ellos parecen demostrar que la “política de Jesús” puso en tela de juicio radicalmente la “política de la santidad” dominante en la religión de Israel. Jesús se enfrenta a las actitudes que condujeron a la “gente religiosa” de su tiempo a una obsesión con la pureza ritual que llevó a la exclusión de los “impuros”. Es precisamente la oposición a la religión “oficial” lo que lleva a Jesus a un enfrentamiento frontal con las instituciones religiosas, que le llevará finalmente a su muerte.

LA BÚSQUEDA DE UN MODELO ALTERNATIVO DE IGLESIA Y MINISTERIO

La búsqueda de un modelo alternativo es ahora necesaria no solo porque tenemos que asimilar temas evangélicos olvidados por el modelo dominante, sino también porque ciertos presupuestos de este modelo se están derrumbando:
+La convicción de la necesidad de la Iglesia y de sus sacramentos para la salvación individual esta siendo seriamente erosionada por una increible oleada de lo que K. Rahner llamó “optimismo salvacional”. Esto mina profundamente las bases del poder y del control clerical.
+La experiencia misionera y el auge de sociedades multi-culturales y multi-religiosas nos ha hecho descubrir la presencia del Espíritu fuera de las fronteras de la Iglesia. La Iglesia no es evidentemente el “arca exclusiva de la salvación”.
La creciente conciencia de la profundidad y extensión del sufrimiento en el mundo (Guerras Mundiales, Holocausto, genocidios, pobreza absoluta, millones de refugiados, racismo, abuso de los pobres y los pequeños, abuso y discriminación de la mujer, drogas y su industria, SIDA, machismo…) nos reta a la compasión y nos hace dudar de nuestra capacidad de “arreglar el mundo”: parece ser que el mundo es y sera siempre “dia-bólico” (palabra que etimológicamente significa “roto”) y es un mundo del que no podemos escapar.
Me pregunto : ¿Podemos contemplar a Jesús y la Cruz con ojos renovados y explorar una manera diversa de vivir en Iglesia y de ejercer el ministerio? Estoy convencido de que la Cruz nos invita siempre a un viaje paradójico que cuestiona la manera de apreciar la Iglesia y el ministerio, como cuestionó las instituciones religiosas en la vida de Jesús.

DE LA “SANTIDAD” A LA “COMPASIÓN.
VIVIR EN LA AMBIGÜEDAD
Y LA PARADOJA:
UN DIOS QUE AMA
A LOS PECADORES.


Entramos pues en una tentativa de recuperar aspectos del mensaje evangélico que se pierden en el discurso jerárquico y clerical dominante. Poco a poco he ido sospechando que hay otras maneras, distintas del discurso oficial, de mirar los mitos fundacionales de la fe cristiana y que, si lo hacemos, podemos encontrar una nueva dirección recuperando temas marginados en el discurso eclesial prevalente. Es con gran precaución que nos tenemos que aventurar en esta dirección pues tenemos que abandonar los caminos “ortodoxos” bien trillados, para entrar en una jungla “heterodoxa” llena de peligros. Pero como nos dijo un profesor cuando yo era un adolescente: los exploradores se llevan todos los arañazos, pero abren horizontes nuevos para los que vienen detrás.

LA PARADOJA DE BASE:
DIOS CREA UN DESASTRE
Y LO AMA


Frente a un mundo que es un desastre podemos tomar dos actitudes muy diferentes basadas en dos maneras de leer el Génesis. La que hemos analizado antes conlleva un rechazo y una huída del mundo en la búsqueda de un oasis de orden y santidad como parte de un “pueblo elegido” separado del mundo. Según esta visión, Dios creó un paraíso que se perdió por nuestra desobediencia y consecuentemente estamos abocados a esforzarnos por recrear ese paraíso a través de la sumisión y la obediencia a Dios en su “tierra prometida”. Esta es la lectura que está a la base de la preocupación con la “santidad” y la “salvación”. Aparentemente esta es una lectura muy lógica y sin paradojas.
Creo que se puede leer el Génesis y la actitud de Dios hacia el desastre del mundo de una manera radicalmente diferente. La historia de la creación no termina con el pecado original y la pérdida del paraíso. La historia de la creación continúa a través de los 12 primeros capítulos del Génesis y nos quiere poner delante de una paradoja y de un aviso. El Génesis parte de la experiencia del mundo real y nos ofrece la paradoja de que un Dios bueno y todopoderoso ha creado de hecho un mundo imperfecto, roto y confuso, lleno de sufrimiento y de muerte. La paradoja es que Dios ha creado un mundo diabólico. El desorden, la confusión y la ambigüedad son aspectos esenciales del mundo. Y es aquí donde tenemos que escuchar el aviso implicito en esta lectura del Génesis. De lo que el Génesis nos quiere prevenir es de nunca buscar recrear un Paraíso en la tierra. El Paraíso esta irremediablemente perdido. Creer que podemos recrear en este mundo un espacio perfecto y puro donde podemos escapar a la confusión y al desorden, no es un utopía, sino una “distopia”. Esto está probado por la experiencia histórica. Las utopías, por definición, tienen que permanecer irrealizables. La pretensión de recrear el paraiso en la tierra ha tenido siempre consecuencias trágicas (el Tercer Reich, la Cambodia de Pol Pot, la experiencia comunista en la Unión Soviética, la Guerra de Irak para exportar la democracia….). Intentar realizar utopías en este mundo no produce más que “distopias”. Lo que caracteriza todos esos desastres es que son siempre llevados a cabo por un pueblo que se autodefine como un “pueblo elegido” con la misión de crear en la tierra una “sociedad perfecta” por medio de diversos métodos de “ingeniería social”.

LA ENCARNACIÓN:
ASUMIR LA AMBIGÜEDAD


El modelo de Iglesia implícito en el esfuerzo por crear un espacio “santo” con métodos de “ingeniería social”, no tiene en cuenta algo central en la relación de Dios con su mundo. La escritura parece demostrar precisamente que esos métodos no funcionan. La escritura nos cuenta que, después de intentar diversos métodos para arreglar el mundo sin éxito, Dios abandona la ingeniería social e intenta algo totalmente distinto y radical: participar en el desorden, la confusión y la ambigüedad: Dios “se hace pecado”. Dios amó tanto a su mundo en su desastre que envió a su Hijo para que se hiciera parte del mundo, como nos dice Juan.
La Encarnación elimina la oposición entre el pecado y la gracia, la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, convirtiéndolos en los dos polos de la misma realidad. Esto se consigue porque, en la Encarnación, Dios “se hace pecado” por nuestro bien. Este es el sentido de la Kenosis, la “humillación” de Dios (Fil 2,6-11), que es la prueba del amor y la aceptación de Dios de su ambigua, imperfecta y desastrosa creación. Este mundo es el verdadero “hijo pródigo” que Dios abraza y celebra.
Cuando se ven las cosas de esta manera las actitudes y acciones de Jesús en el evangelio son perfectamente lógicas: su crítica de la “justicia” de los sacerdotes, escribas y fariseos; su compartir la mesa con los pecadores; el hacerse “impuro” con los leprosos y los enfermos y, sobre todo, su desastrosa muerte en la Cruz en la que Jesús asume el desorden, el sufrimiento y la muerte del mundo.

COMPASIÓN Y RECONCILIACIÓN

La cruz es pues la prueba de que Dios no rechaza el mundo, sino que lo abraza y acepta incondicionalmente en toda su ambigüedad y desorden. Dios se hace “pecado” por nosotros. Dios ni condena, ni juzga. Dios es compasión. Sufre con los que sufren. La ambigüedad, la imperfección y el pecado del mundo se convierten en condición necesaria para que Dios pueda revelar su ser profundo como misericordioso y compasivo. La Cruz es sencillamente el símbolo del costo de la compasión. La compasión de Dios se manifiesta en su abrazo total a este mundo roto y pecador (dia-bólico) a través de la Kenosis del Hijo.
En un mundo claramente dia-bólico, la Cruz es la prueba de la inmanencia sim-bólica de Dios en el mundo. Dios reconcilia (dando un “punto de cruz”) el mundo introduciendo en los descosidos de este mundo roto bajo el dominio de la muerte, una levadura de perdón, curación y vida eterna. Es a través de la com-pasión – su “sufrir con” el mundo – como el mundo se regenera y recupera su unidad profunda. Dios no arregla el mundo desde fuera, Dios lo cura desde dentro.

LA IGLESIA: UN ESPACIO LIMINAL DE COMPASIÓN

“Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. El espíritu de compasión es la levadura que nos transforma en una comunidad de “pecadores perdonados” en la que nuestra realidad mortalmente diabólica se convierte en el lugar privilegiado en el que el Dios vivo y compasivo viene a nuestro encuentro invitándonos a extender su compasión al mundo entero. La gracia es la cara oculta del pecado. La muerte y la vida, el pecado y la gracia, la cruz y la resurrección no son realidades incompatibles sino que son los polos de una realidad única y van siempre juntos. A causa de la cruz, la muerte y su sombra (lo dia-bólico) – central a nuestra experiencia humana – puede ser vivida en su promesa de vida y de Victoria (lo simbólico) – central a nuestra experiencia de fe.
Lo que estamos descubriendo es que la realidad es siempre bipolar. No vivimos en un mundo excluyente en blanco y negro. Vivimos en un mundo inclusivo que es al mismo tiempo blanco y negro. Un mundo en el que, paradójicamente, los extremos se tocan y los enemigos se abrazan. Esto nos pide una conversión radical en nuestra manera de ver el mundo y en nuestra comprensión de la Iglesia y del ministerio. La Iglesia no es un “territorio santo”, separado del mundo, sino un espacio de compasión donde personas que han experimentado la compasión de Dios en el espíritu de Jesús viven al límite de la tensión entre gracia y pecado, vida y muerte. Este es el límite donde Cristo “se hace pecado” por nuestro bien, donde el Padre abraza al hijo pródigo. Esta tensión liminal, fraguada en la compasión, tiene su expresión más radical y más clara cuando Jesús se sienta en la mesa con los pecadores… escandalizando a los “justos”.
La bipolaridad de la realidad está al centro de los descubrimientos que han hecho añicos de una vez para siempre la cosmología de Newton, en la que no había medio entre desorden y control. El DNA, que se puede considerar la “firma” de la vida, es la interacción entre dos espirales. La física cuántica nos demuestra que al nivel mas básico de la realidad, la materia y la energía se confunden. La estabilidad de los planetas depende de una tensión compleja entre las fuerzas centrípeta y centrífuga.
Pero el descubrimiento más significativo ha sido el descubrimiento de la “Teoría del caos”: es el descubrimiento que, entre la perfecta linealidad del control y la radical no-linealidad del desorden, hay una frontera, un límite, “el borde del caos”, donde las energías que producen linealidad y no-linealidad se combinan produciendo procesos bi-polares a los que se ha llamado “mariposas de Lorenz” – a causa de su forma y del nombre del que las descubrió. Este descubrimiento nos ha hecho mirar al mundo de manera distinta y hemos empezado a descubrir cuanto en el mundo vive en el “borde del caos”. La vida es el resultado del juego caótico entre procesos de integración y de diferenciación. Los planetas no se mueven en órbitas fijas sino en el borde caótico entre la fuerza centripeta de la gravedad y la energía centrífuga de la velocidad. Es sólo porque el corazón late en un espacio caótico por lo que se hace extremadamente tolerante a exigencias contrapuestas que le llegan de su entorno. De hecho, cuanto más observamos, más nos damos cuenta de cuánto la “teoria del caos” nos puede hacer comprender el mundo que nos rodea y los procesos necesarios para la vida no sólo de los organismos sino también el de las sociedades y el de las organizaciones. Todas las organizaciones, y aquí tenemos que incluir a la Iglesia, para vivir y prosperar, se tienen que mover en el borde caótico entre la fidelidad a su identidad y la tolerancia necesaria para adaptarse a un medio en continuo cambio.
El modelo clerical del ministerio esta basado en una desconfianza radical hacia la libertad como raíz del desorden (libertad=desobediencia=pecado) y consecuentemente en la obsesión por el control a través de la imposición de la obediencia incondicional. Aquí no hay nada entre el “estado de gracia” y el “estado de pecado”. Frente a esto, proponemos aquí la exigencia de que la Iglesia y su ministerio se traslade a un “borde caótico”, un espacio de compasión en la interacción entre gracia y pecado, donde la libertad de una humanidad herida se encuentra con el libre abrazo de un Dios herido y compasivo. La gracia y el pecado son los polos de la reconciliación en Jesús. La cruz es un acontecimiento en el límite; en el “borde caótico” entre la vida y la muerte. Así se convierte en el signo y el sacramento del espacio donde tenemos que vivir, peregrinos en tensión hacia el Reino.
En el centro de nuestra fe, hay un evento “simbólico”, la muerte vivificante de Jesús en la cruz, que debe permanecer siempre al centro de la historia de Dios que queremos hacer nuestra. Un Dios compasivo y un mundo pecador se reconcilian en aceptación mutua en un abrazo redentor en el Espíritu de Dios que no es sino la tensión creadora en el “borde caótico” de la relación entre el Padre y el Hijo. Esta dinámica, con la cruz en su centro, es la expresión de la danza de Dios: el continuo intercambio de amor entre el Padre y el Hijo. Este movimiento está perfectamente representado por el signo del infinito en matemáticas y por la “cinta de Mobius” en el que dos lados se convierten en uno solo. Es posible que la bipolaridad que estamos descubriendo en el mundo sea una indicación de que no sólo la humanidad, sino el mundo entero ha sido creado a la imagen de Dios.

RITUAL: JUEGO SIM-BÓLICO EN UN “ESPACIO DE TRANSICIÓN”

El reto al que estamos enfrentados como comunidad de discípulos de Cristo es el de dejarnos arrastrar por el dinamismo de compasión representado por la cruz. Dios entró en nuestra historia para “recoser el mundo” con “punto de cruz”. Esto nos invita a habitar en las fracturas del mundo con la lógica de la compasión activa en la cruz. Tenemos que continuar “recosiendo” la humanidad poniendo sin cesar nuestros imperfectos “puntos de cruz”. Asi respondemos a un mundo roto llevándole reconciliación y salud.
Aprendemos a convertirnos en una presencia compasiva en el borde entre la Iglesia y un mundo fracturado por medio de ritos. Los ritos constituyen formalmente “intercambios simbólicos” en “espacios de transición” donde “jugamos” representando “eventos simbólicos” al centro de nuestra fe. En los ritos, nos quitamos las sandalias y nos acercamos a la zarza ardiente para sentir el sufrimiento y la compasión de Dios por sus hijos pródigos y para ser enviados, animados por esa misma compasión, a liberar a los hijos de Dios de todos sus opresores.
Los ritos recomponen (son sim-bólicos) un mundo roto (lo dia-bólico) porque se produce en ellos un fenómeno de “arrastre”(3) Por medio de los ritos se produce una progresiva sincronización de nuestros ritmos vitales y emocionales con los ritmos que pulsan en la cruz. Como la cruz reconcilia (re-cose) el mundo, a través del rito somos arrastrados a “recoser” nuestras vidas y el mundo a nuestro alrededor en imitacion de la dinámica trinitaria. Los ritos producen una “convergencia” con la compasión de Dios por una “escucha profunda” de los latidos del corazón de Dios. A través de esta escucha, la comunidad creyente, parte constituyente de un mundo pecador, entra progresivamente en la danza de Dios(4) y participa en su compasión. Es a través de los ritos, como poco a poco entramos en sintonía con los “sentimientos del Señor Jesús” (Phil 2,5).
Fué un científico holandés, Christian Huyghens, el que descubrió, casi por casualidad, este fenómeno de “arrastre”. Amaba los relojes y había colocado dos relojes muy parecidos en tamaño en la misma pared. Un día observó que los dos péndulos batían perfectamente sincronizados. Fué y les cambió el ritmo. Pasado un cierto tiempo, los relojes volvían a sincronizarse. Parecía que los relojes se “escuchaban” y sentían las vibraciones del otro a través de la pared y no se estabilizaban hasta que sus vibraciones estaban en perfecta sincronía. Observaciones y estudios posteriores han demostrado la extensión y la importancia de este fenómeno. Explica, por ejemplo, cómo los estorninos pueden volar en nubes de miles de ejemplares y responder, sin colisión alguna y en perfecta sincronía, a un ataque de un ave de presa. Los delfines nadan y saltan en sincronía. Las luciérnagas en un bosque sincronizan sus lampadeos. Grupos de mujeres jóvenes trabajando en proximidad en una fábrica sincronizan sus ciclos menstruales. Esto también explica la influencia de la música en estados emocionales y síquicos. Este fenómeno está también detrás de lo que llamamos el “buen ejemplo”…
Lo que creo es que nos podemos sincronizar a la compasión que late en el corazón de Cristo, perfectamente sincronizado con el corazón de su Padre por el Espíritu que une a los dos. Es en la escucha del ritual y la oración, que nos podemos convertir en “compasivos como nuestro Padre es compasivo”. En los ritos, nos sincronizamos con los ritmos del Dios vivo, mientras sufrimos bajo la muerte, celebrando la compasión que reside en Dios, se nos revela en Cristo Jesús y se nos comunica en el don de su Espíritu. Los ritos son así sim-bólicos y reconciliadores en un mundo roto y diabólico.
En los ritos nos adentramos en una nueva vida con un corazón nuevo: Se trata de una conversión, de un cambio de corazón:
+Por medio de la celebración (“juego”– “drama sacro”) de la vida, la reconciliación, el perdón y la curación.
·A nivel individual
·A nivel comunitario
·A nivel cósmico
+En un compromiso por la vida, la reconciliación, el perdón y la curación.
+A ser instrumentos de vida, de reconciliación, de perdón y de curación.
Acogiendo la compasión de Dios en nuestras vidas y como deudores perdonados, aceptamos morir con los demás y para los demás y nos convertimos asi en portadores (símbolos y sacramentos) de compasión y reconciliación.

MINISTERIO EN UN MUNDO ROTO: RECUPERAR LA COMPASIÓN AL “BORDE DEL CAOS”

Este modelo de Iglesia como “espacio de compasión” implica cambios radicales para la naturaleza del sacerdocio y la práctica de los sacramentos.
Si los sacramentos son primariamente instancias formales cuya finalidad es arrastrarnos en la dinámica de la compasión de Dios y el modelo de la Eucaristía es la invitación de Cristo a los pecadores de compartir su mesa y no el perfecto sacrificio al que solo los “justos” pueden acceder plenamente – que fué claramente lo que Jesús denunció – las consecuencias son inmensas. En esta lógica, la única condición para participar plenamente en los sacramentos – y recibir la comunión – es sencillamente sentirse invitado y sentir la necesidad de experimentar la compasión incondicional de Dios. En la misma perspectiva, no hay razón para no admitir a la comunión a los católicos divorciados que viven en segundos matrimonios.
Tenemos también que desligar el sacramento de la reconciliación del acceso a la Eucaristía. Los dos sacramentos, cada uno por mérito propio, y de maneras que son complemetarias, nos ofrecen experiencias de la compasión y de la reconciliación en Cristo. La condición para acceder a la comunión no es el ser “justo” en “estado de gracia”, ni el de estar en una “situacion regular”. La única condición es la de necesitar la compasión de Dios. “He venido a llamar no a los sanos, sino a los enfermos”. Es por medio de la experiencia de la compasión de Dios como nos convertimos en capaces de ser instrumentos de compasión en el mundo. Entrando en la “politica de compasión” nos vemos liberados de la ansiedad sobre la salvación y de la obsesión con la pureza y la santidad entendida como separación radical de un mundo pecador e impuro. Podemos también distanciarnos de la obsesión por controlar la “ortodoxia” y la “moralidad” de la gente, sin disminuir nuestra pasión por la verdad y por la búsqueda de fidelidad a la voluntad del Dios que nos ama incondicionalmente.
En este contexto, para reflexionar sobre el ministerio y el sacerdocio, tenemos que distinguir entre el servicio (ministerio) que la comunidad cristiana está enviada a ofrecer al mundo y los servicios (ministerios) que la comunidad cristiana necesita para cultivar las estructuras rituales formales que crean el dinamismo que la comunidad necesita para ejercer su misión. Una distribución formal de responsabilidades es necesaria para asegurar la continua presencia del “evento cristiano” en todas las instancias rituales que dan forma y estructura a la Iglesia. La responsibilidad más central y más necesaria es sin duda la de “representar simbólicamente a Cristo” formalmente en la celebración de los sacramentos. Este es el papel para el cual los sacerdotes son ordenados y autorizados por la Iglesia. En principio, cualquier miembro de la Iglesia podría ser elegido para esa función y no hay razón por la que ese papel tiene que estar necesariamente ligado a los ministerios de “enseñar” y de “gobierno”. Esta es en este momento la práctica de la Iglesia y lo que se refleja en el Código de Derecho Canónico. Los ministerios de “enseñanza” y de “gobierno” pueden perfectamente ser ejercidos por personas que no están ordenadas para el ministerio sacerdotal, pero que están dotadas de los carismas necesarios para sus ministerios específicos. Tampoco sería necesario que los sacerdotes sean célibes. Ligar el sacerdocio al celibato en realidad se coloca en la lógica de la pureza ritual de los sacrificios del Antiguo Testamento. El celibato es sin duda un carisma importante en la vida de la Iglesia pero no tiene porqué estar ligado al sacerdocio como lo es en el rito latino, una vez que la obsesión con la pureza ritual y la “santidad” (para ser diferente, separado y “extraordinario”) se ha abandonado. Y reconocida la igualdad radical de todos los hijos de Dios, no hay razón por la que las mujeres no puedan ser sacerdotes. Si queremos asegurar la continuidad de los ritos fundamentales de la Iglesia y la centralidad de la compasión debemos ir hacia una difusión de los ministerios entre sacerdotes y laicos y a una diversificación radical del sacerdocio: abrirlo a todos, hombres y mujeres, casados o no, con dedicacion plena o a tempo parcial en compatibilidad con otras profesiones.
El modelo clerical actual “formaliza” la vida de los sacerdotes, extendiendo el papel formal de representación simbólica en los sacramentos a todo el resto de sus funciones y de su vida atribuyéndoles poderes de control sobre la vida y el pensamiento de la comunidad. Lo que estoy proponiendo aquí es que los sacerdotes, fuera de la representación de su papel formal, recuperen su dignidad básica de bautizados y como tales, en igualdad total con el resto de la comunidad, participen, con sus talentos personales, a la misión compartida de toda la comunidad de convertir la experiencia de la compasión de Dios en la levadura del mundo. Esta es la misión encomendada a la comunidad cristiana y en la que todos, sacerdotes y laicos, participamos en igualdad radical en un servicio en el que no caben asimetrías de poder. A este nivel nadie debería creerse, ni ser llamado, “padre”, “señor”, ni “maestro”, “porque somos todos hermanos” (usando aquí el lenguaje no inclusivo del texto evangélico). De lo que se trata es de cultivar juntos un espacio de compasión en el borde caótico entre una Iglesia peregrina de pecadores y el mundo fracturado de Dios.

TRABAJADORES CON DIOS Y CON LOS DEMÁS CREYENTES EN UNA TAREA DE
“JARDINERÍA HUMANA”


El reto al que tenemos que responder hoy es el de simpatizar con el sufrimiento del mundo para abrazarlo y llevarle la compasión de Dios. Lo hacemos porque hemos escuchado a nuestro Dios diciendo a Moisés: “He oído el llanto de mi pueblo y quiero que vayas a ellos”. Tenemos que abandonar nuestra actual obsesión por controlar la vida de la gente y reorganizar su existencia para conseguir un mundo puro y perfecto. Esto nos lleva a peligrosas distopias y al abuso del poder. Lo que tenemos que hacer es aprender de los jardineros: para que un jardín florezca hay que meter estiércol y ensuciarse las manos. Conscientes de nuestra propia ambigüedad, nos adentramos en la ambigüedad de todos en el mundo con una preocupación fundamental: estar CON todos para hacerles presente, en palabra y vida, la Buena Noticia de un Dios que nos quiere decir: “Se que eres un desastre, pero te quiero”.
Para vivir en la lógica de la compasión, todos nosotros, hombres y mujeres, tenemos que abandonar la preocupación machista por el poder, el orden y el control, para recuperar las cualidades femeninas de respeto, escucha, tolerancia y compasión que permiten a las mujeres en el mundo aguantar con alegría la suciedad de sus niños. Sólo de esta manera seremos agentes de liberación y de esperanza en un mundo sufriente, imperfecto, insensato y roto.
Nuestra llamada es a colaborar CON Dios y CON todos (siendo “syn-ergoumenoi” en palabra de S. Pablo) en recoger con cariño los trozos de un mundo roto, recosiéndolos con “puntos de cruz” para ir cultivando comunidad y recuperando así la misteriosa y maravillosa imagen del Dios Trinitario que ama sin condiciones el mundo desastroso que el creó. Y lo creó así para poder demostrar verdaderamente lo que es: misericordioso y compasivo. No tenemos que ir al mundo para condenarlo y reorganizarlo, sino para respetarlo y abrazarlo con toda la compasión del Espíritu de Dios, que es el amor entre el Padre y el Hijo.

(Footnotes)
1 Esta palabra esta utilizada aqui en su sentido etimológico de “poner juntos” que se conecta a los temas de curación y reconciliación como se verá más tarde
2 La metáfora del “espacio de transición” la debo a D.W.Winicot, un psicólogo infantil que ha estudiado cómo los niños descubren el sentido de su mundo externo creando y jugando en “espacios de transición” imaginarios. Los niños usan su imaginación para transformar su vida y dar forma a su existencia.
3 Con esta palabra, “arrastre”, he traducido la noción inglesa de “entrainment” que literalmente significa “entrenamiento”, palabra que en castellano tiene un significado totalmente diverso al que se implica en ingles.
4 Creo que ésto es a lo que referían las reflexiones de los Padres de la Iglesia con las nociones de “perichoresis” y “circumsessio”



 



MINISTERIOS FEMENINOS
¿Cómo contribuyen a una Iglesia renovada?


Alice Gombault, autora de este artículo, ha enseñado durante 20 años en el Instituto Católico de París, particularmente en el Instituto Superior de Pastoral Catequética (ISPC) y en el Instituto de Estudios Religiosos (IER) donde ha ejercido actividades de dirección.
Está pues especializada en teología práctica y ha orientado sus investigaciones hacia los retos teológicos de un acercamiento sistemático de la comunicación. Comenzó sus
estudios de teología bastante tardíamente, contenta de reanudar sus estudios universitarios después de haber obtenido una licenciatura en Derecho.
Ha sido responsable en las asociaciones francesas «Femmes et Hommes en Eglise»
(FHE) y «Droits et Liberté dans l´Eglise» (DLE), trabajó en los objetivos de estos dos grupos de renovación de la Iglesia. La preparación de un coloquio organizado por FHE sobre el tema de las mujeres sacerdote le permitió estar atenta a esta realidad.
Actualmente es redactora-jefe de la revista de las redes de «PARVIS». Esta revista se publica gracias a una federación que reagrupa hoy día 43 asociaciones, que se reconocen en el hecho de ser cristianos y cristianas libres para ofrecer nuevas caras de Iglesia. La revista se dirige a un público más amplio que a los sólo socios de dichas Asociaciones. Es representativa de todo un movimiento de Iglesia y tiene más de 4.000 abonados.
En el plano familiar, Alice Gombault es una mujer casada, tiene 5 hijos y doce nietos
y nietas.


 
 

¿Los ministerios femeninos pueden contribuir a una renovación de la Iglesia o por el contrario reafirman el sistema clerical y jerárquico?

Una modificación de las prácticas discriminatorias de la Iglesia no sólo tocará a la Iglesia misma, sino que también a la sociedad en su conjunto, todavía ampliamente impregnadas de las imágenes de lo masculino y de lo femenino, transmitidos por la Iglesia. Entre estas prácticas, la no-ordenación de las mujeres constituye un “apartheid antropológico” (Martine Millet) en la que sólo la palabra del hombre enseña, santifica, gobierna. Es ahí donde culmina la distorsión entre la práctica de la Iglesia y los Derechos del Hombre. No se puede hablar de renovación de la Iglesia sin pensar al mismo tiempo en renovación de la sociedad. Las dos están ligadas.

 

UN DEBATE ANTIGUO CON ARGUMENTACIÓN SOLIDA

A mi entender es en el siglo XVII cuando un hombre, feminista, antes que nadie, Poullain de la Barre, reclamaba el sacerdocio para las mujeres en un libro sobre la igualdad de los sexos. Desde entonces, sabemos cuánto se ha modificado el estatus de las mujeres, gracias a los progresos médicos y técnicos. El derecho ha seguido dando a las mujeres una plena capacidad jurídica y así su plena capacidad humana. Aunque la práctica no sigue siempre y pide medidas de acompañamiento como la ley de la paridad en política o sobre la igualdad de salarios, no hay obstáculos jurídicos al pleno desarrollo y a la plenitud de las mujeres. En la Iglesia, no es sólo en la práctica donde se dan las actitudes de discriminación, sino también en el Derecho (Cf. Canon 1024 del Derecho Canónico: «Sólo un hombre bautizado recibe válidamente la ordenación sagrada»).
Desde hace 40 años, hombres y mujeres, teólogas y teólogos de renombre, trabajan sobre esta cuestión de los ministerios femeninos (1).



LAS ESCRITURAS

Hay que saber que Pablo VI antes de escribir “Inter insigniores” sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio en 1977 había pedido a la muy oficial Comisión Bíblica Pontificia su opinión sobre esta cuestión.
Los textos romanos se apoyan en la práctica de Jesús que ha manifestado mucha libertad en su comportamiento con las mujeres respecto a las costumbres de su tiempo y que en nombre de esta soberana libertad, si hubiese querido mujeres apóstoles, hubiese tomado. Se ha contestado a esto, que tal vez había tomado mujeres como apóstoles, aunque los evangelios no les hayan dado ese título. ¿Qué es lo que constituye el apóstol? La llamada, el seguimiento de Jesús y el envío por él. Ahora bien, mujeres también siguieron a Jesús y fueron enviadas por él, como María Magdalena, llamada a veces el apóstol de los apóstoles. La elección de los doce quería simbolizar los doce jefes de las doce tribus de Israel, señal de que la salvación era dada al conjunto de Israel. Ahora bien, era difícil para una mujer, en una sociedad patriarcal, representar un jefe de tribu. Hacía falta también testigos de la resurrección, ahora bien, el testimonio de las mujeres no fue entonces recibido. ¿Los apóstoles no han tratado el testimonio de las mujeres de “tonterías de mujeres”? Estas no tenían capacidad jurídica.
Pero sobre todo, no se puede pedir a Jesús haberse pronunciado acerca de un problema que no se planteaba en su época. La cuestión de la ordenación de los hombres no se planteaba tampoco.

LA TRADICIÓN

La Iglesia no ha ordenado nunca a mujeres y no se siente autorizada a hacerlo. Es el argumento de la tradición. La Iglesia ha debido de hacer muchas cosas que no había hecho jamás antes. La Iglesia primitiva ha tenido que tomar decisiones y ha tenido que organizarse sin conocer la voluntad explícita de Jesús sobre cuestiones graves como la de la admisión de los paganos en la Iglesia. La Iglesia ha cambiado el número y la forma de los sacramentos; ha cambiado de opinión sobre el interés de los préstamos, sobre la esclavitud, sobre la pena de muerte…
La Iglesia naciente ha reconstituido un clero a la manera del judaísmo y una jerarquía a la manera del poder romano desde el siglo segundo. Pero Jesús que no era sacerdote, que era un laico, diríamos nosotros hoy, no ha instituido sacerdotes a la manera sacerdotal, es decir seres sagrados, separados de lo profano, sacrificadores, intermediarios obligados (pontífices) entre Dios y la humanidad.
Si Jesús es llamado sacerdote en la epístola a los Hebreos, es que ha puesto fin, una vez por todas, a todos los sacrificios. Es pues el fin del sacerdocio. El desgarro del velo del templo en el momento de la muerte de Jesús es buen símbolo del fin de la separación entre lo sagrado y lo profano. El sacerdocio no es evangélico.
Por otro lado, cuando se invoca la tradición, hay que preguntarse siempre a cual se remonta. Hoy se refiere todavía a una imagen del sacerdote que data sólo del Concilio de Trento.

EL ARGUMENTO
“IN PERSONNA CHRISTI”


Cristo era un hombre y no puede ser representado más que por un hombre, éste último actuando «in personna Christi». Esta afirmación plantea una verdadera cuestión teológica. ¿La persona de Cristo está determinada enteramente por su masculinidad, o bien Cristo lleva en él toda la humanidad, por consiguiente la humanidad bisexuada? Dicho de otra manera, es solamente varón (vir) u hombre (homo), como Cristo no ha salvado más que lo que ha asumido. Si él no ha asumido, más que la masculinidad en él, no habría salvado más que a los hombres y no a las mujeres. Si ha salvado a la humanidad entera, es que ha asumido también la feminidad y a este título una mujer puede actuar «in personna Christi». Se olvida decir que el sacerdote obra también in personna Ecclesiae, en la persona de la Iglesia, ahora bien ésta se dice “esposa de Cristo”, por consiguiente símbolo femenino. En esta segunda lógica, sólo las mujeres podrían entonces representar a la Iglesia. Ahí tocamos la debilidad de este argumento. ¿Es el parecido físico el que permite representar a Cristo o bien la ordenación a este efecto?


UNA IMAGEN DE LA MUJER

Tenemos que sacar a la luz la imagen de la mujer que tienen los responsables de la Iglesia y que hace tan difícil su plena integración en los ministerios. Esta imagen influye todavía ampliamente en nuestras sociedades, dichas laicas, y la fortalece en sus prácticas sexistas.

la inferioridad de las mujeres

He aquí un argumento que ha sido abandonado oficialmente, pero que es el que ha sido el más utilizado en la historia (imbecillitas sexos). Algunas citaciones de los Padres de la Iglesia valdrán más que un largo discurso. Gregorio de Niza (siglo IV): «Solo los hombres pueden afrontar las consecuencias del saber, mientras que la debilidad de las mujeres, como Eva lo ha mostrado, no conviene para los estudios» . “San Agustín: “Según el orden de la naturaleza, conviene que la mujer esté al servicio del hombre porque no es justo que el menos dotado esté al servicio del más dotado”. Y para Santo Tomás de Aquino en pleno siglo XIII: “El sexo femenino no puede significar alguna superioridad de rango pues la mujer está en estado de sujeción. Ella no puede pues recibir el sacramento del orden”.

nuevas afirmaciones

En la carta apostólica sobre la vocación y la dignidad de la mujer “Mulieris dignitatem” (1988) se encuentra por primera vez en la pluma de un Papa afirmaciones nuevas referente a la relación entre mujeres y hombres. Juan Pablo II habla de la igualdad esencial y de reciprocidad perfecta entre ellos. Es así como Eva no es más la ayuda de Adán, sino que se trata de una ayuda recíproca donde la sumisión de las mujeres (Epístola a los Efesios) se convierte en una sumisión no unilateral sino más bien recíproca. Esta nueva visión que ha sido calificada de “feminista” ha continuado en junio de 1995, justo antes de la conferencia de la ONU en Pekín sobre las mujeres, cuando escribió a las mujeres del mundo entero. El papa expresa ahí pesadumbre y reconoce la responsabilidad que conlleva la Iglesia en la desnaturalización y la reducción a la esclavitud de las mujeres; reconoce la violencia que se ejerce contra ellas y proclama la igual responsabilidad del hombre y de la mujer en la construcción de la historia. Estas afirmaciones que llegan a reconocer que el dominio de los hombres es una situación de pecado y una ruptura del equilibrio querido por Dios restablecen a las mujeres en su dignidad.

LA NATURALEZA DE LA MUJER

A pesar de estos bellos esfuerzos, “la humanidad femenina”, según una bella expresión de Juan Pablo II queda abusivamente marcada por su pertenencia sexual: su misterio es ser “virgen, madre, esposa”. La humanidad masculina parece trascender como tal su pertenencia sexual. En ningún lugar se hace alusión a una predisposición masculina innata del hombre sea a la vocación de esposo, padre o de virgen. La bella reciprocidad que se desprendía de las lecturas precedentes se ha vuelto imposible por la asignación de las mujeres a una vocación conforme al “diseño de Dios” (por consiguiente difícilmente contestable) en la que la asimetría de relaciones es de rigor. Porque “el esposo es el que ama, la esposa es amada: ella es la que recibe el amor, para amar a su vez”.
En la carta a las mujeres del mundo entero de 1995, el Papa expone (e impone) su imagen de la mujer: una imagen de la mujer en sí y no en una relación evolutiva al hombre, una imagen de la mujer universal y eterna y no de mujeres situadas de forma diversa. Habla del “genio femenino” que se encarna a la manera de María en el servicio y no en las tomas de decisión o en el necesario ejercicio del poder.
No se trata de caricaturar la imagen de la mujer que se desprende de los textos pontificios, ya que, en la Carta publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en julio 2004, Josef Ratzinger, antes de ser Papa, reconoce que los valores llamados femeninos: capacidad del otro, actividades de estar alerta y de protección, relación, acogida, escucha, humildad, fidelidad, espera…son “ante todo valores humanos del hombre y de la mujer…Todo ser humano, hombre y mujer, está destinado a ser “para el otro”. En esta perspectiva, lo que se llama “feminidad” es más que un simple atributo del sexo femenino. La palabra designa en efecto la capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias a él”. Estas actitudes de vida cristiana “deberían ser de hecho para todo bautizado”.
Al leer esto, se puede pensar que es el fin de la asignación de las mujeres a virtudes y comportamientos que les encierran en un “eterno femenino” y el fin también de la picota correspondiente masculina que hacen de los hombres incapacitados para la emoción y sin capacidad de relación. Pero hay un bemol en esta bella partitura: “La mujer está más inmediatamente en sintonía con estos valores” y “pertenece a la mujer vivirlos con una intensidad particular y natural” (nº 14). Es difícil para la Iglesia salir de la idea que existe una naturaleza femenina radicalmente diferente de la del hombre. Los textos oficiales se extienden siempre mucho sobre la “naturaleza” de la mujer, cuando no hay habitualmente ningún elemento acerca de la del hombre y acerca de las capacidades con las que estaría “en sintonía”. El hombre se considera todavía como si fuera el prototipo de la humanidad, del que no hay nada que decir, la mujer es la otra, la diferente, la misteriosa, de la que no se ha terminado de hablar, sobre todo cuando se es hombre, célibe por estatus. Los antropólogos están de acuerdo hoy en considerar que las cualidades, papeles y funciones de los hombres y mujeres son de orden cultural. Es lo que se llama el género, o construcción social del sexo. Ahora, en esta misma carta del Cardenal Ratzinger, el género da miedo. Valorar la construcción cultural del sexo vendría a ser como negar la diferencia y la dualidad de los sexos inscritos en la biología. Todo esfuer-zo para sobrepasar los determinismos biológicos es por consiguiente sospechoso. Por lo tanto, ningún dominio puede hoy evitar el análisis en término de género. (2)
Era importante pararnos un poco en la imagen de la mujer que presentan los documentos oficiales de la Iglesia, porque es en nombre de una “vocación especial” de la mujer donde la ordenación está reservada a los hombres. Muchas desigualdades de las que sufren todavía las mujeres en nuestras sociedades se debe a esta imagen todavía no superada.

LOS MINISTERIOS FEMENINOS DE HECHO.

“En las Iglesias las mujeres son también ministros”. Así fue el título de un seminario organizado hace ya diez años por “Femmes et Hommes en Eglise” y por
“Droits et Liberté dans les Eglises”. Este seminario había optado por un modo pragmático. No se trataba de volver sobre la argumentación a favor o en contra de la ordenación de las mujeres, supuestamente conocido y de todas formas no decisivo, sino de dar la palabra a las mujeres comprometidas en actividades ministeriales. Los testimonios emanaban de diferentes Iglesias cristianas: anglicana, protestante, ortodoxa y católica.
Una primera constatación trata de la evolución de las mentalidades. Estas mujeres, con posición en el ministerio, provocan extrañeza, raramente hostilidad y muy deprisa provocan la acogida y el reconocimiento de una relación más cercana y sencilla. Es importante subrayarlo pues a menudo se opone a las responsabilidades eclesiales de las mujeres el hecho de que las mentalidades no están preparadas. Una segunda parte concierne a la vocación de estas mujeres. Para algunas se trata de una fidelidad a una vocación desde niña o bien de una toma de conciencia a lo largo de un proceso de discernimiento, después de haber intentado evacuar la cuestión insoluble en la Iglesia: “¿Por qué no sacerdote?”. Para otras, la vocación está mediatizada por las necesidades de la gente. Es para ponerse a su servicio, por lo que ellas trabajan en la parroquia, en unos funerales, en una capellanía…Es para escuchar, dialogar, compartir, ayudar a orar…
Hay a veces también una llamada de la Iglesia. La carta de misión del obispo viene en ciertos casos a autentificar esta vocación y a reconocer el servicio eclesial prestado. Las mujeres así acreditadas se sienten investidas de una responsabilidad de Iglesia y son percibidas como formando parte oficialmente de ella. Son “presencia de Iglesia”, testigos de la esperanza y de la fe de la Iglesia. Una de ellas trabajando en Africa, tiene el contrato de los sacerdotes Fidei donum. Ella dice que se siente “el sacerdote” del distrito en el que trabaja.
Buen número de mujeres se da cuenta que para llevar a bien la misión de la que están investidas, sería necesario que fueran ordenadas. Algunas lo han pedido a su obispo: “Usted me ha dado una misión que yo no podré verdaderamente asumirla plenamente más que con una ordenación. Yo constato el estado incompleto de mi tarea”. Por de pronto, dada la penuria de sacerdotes, la urgencia de la tarea, sobre el terreno, las diferencias de estatus entre sacerdotes y laicos/cas, se esfuma. Pensemos en los capellanes de hospitales, las animadoras de catequesis o de grupos bíblicos, en las permanentes de pastoral que preparan a los sacramentos, en los animadores y animadoras litúrgicas. Su trabajo es a menudo propiamente sacramental y se debería poder ir al fin de la lógica emprendida, sin quedar en pseudo-sacramento, que es ahí cuando en el corazón de una diligencia se da una relación de confianza, y donde el sacramento toma todo su sentido.
Se puede deducir de todos estos testimonios que si hay crisis de los ministerios en la Iglesia, se trata menos de una crisis de vocación que de una crisis de ordenación. El Espíritu no cesa de llamar, pero sopla donde quiere y su llamada cae en personas que no son susceptibles de ser ordenadas con la disciplina actual de la Iglesia. Se prefiere la fidelidad a una tradición más que la fidelidad a las necesidades del Pueblo de Dios. La Iglesia, estimando que ella no puede llamar mujeres al ministerio ordenado declara que no hay vocaciones e invita a la oración.

EL BLOQUEO ROMANO.

Tres textos mayores han intervenido para prohibir el acceso de las mujeres a los ministerios ordenados. Se constata una escalada en el bloqueo de la cuestión, no sólo de la práctica de la ordenación de mujeres sino de su idea misma.
El primer texto data de Pablo VI, Inter. Insignotes, en 1977.
Parece ser que antes de esta fecha no había habido necesidad de un texto tan claro sobre el rechazo de las mujeres. La Iglesia como la sociedad reservaba papeles diferenciados a los hombres y a las mujeres y esta práctica estaba integrada por las mentalidades sin plantear un gran problema. Pero a partir de esta época, los efectos del cambio del estatus de las mujeres, en el plano social, familiar, jurídico y económico, se hacen sentir. Su exclusión de ciertos dominios y de puestos de responsabilidad se percibe como una discriminación sobre la base de la pertenencia sexual. La Iglesia se ha visto obligada a legislar sobre esta cuestión y confirmar las normas en vigor sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio. La Iglesia no lo ha hecho jamás. Es el único argumento que permanece.
Después fue la Carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis publicada en 1994 la que declara la ordenación exclusivamente reservada a los hombres y la cuestión definitivamente cerrada. De hecho, el primer texto de Pablo VI no había impedido la continuación de la promoción de las mujeres en las sociedades occidentales y sobre todo sus prácticas eclesiales reservadas en otro tiempo al sacerdote. Como acabamos de ver, nos encontramos ante ministerios de hecho ejercidos con competencia por mujeres y apreciados en las comunidades donde están implantadas.
Por otra parte, en 1992, la Iglesia anglicana votó el principio de la ordenación de las mujeres. Las conclusiones teológicas de los anglicanos divergen de las de la Iglesia católica. La reacción de la Iglesia católica fue violenta, acusando a los anglicanos de sabotear las iniciativas hacia el ecumenismo.
Estas razones han pesado, sin duda, en la Carta apostólica de 1994 sobre la ordenación sacerdotal exclusivamente reservada a los hombres. Las protestas, el relance de la búsqueda teológica y bíblica, las reflexiones emanadas de la práctica pastoral han tenido el efecto deseado, ya que en lugar de cerrar la cuestión se ha abierto con más fuerza.
Unos meses más tarde, ha sido necesario emplear esta vez la artillería pesada por una nota de la Congregación para la doctrina de la fe (1995), firmada por el Cardenal Ratzinger, para precisar el estatus de Ordinatio sacerdotalis. Esta compromete la infalibilidad del magisterio sobre una doctrina de exclusión de las mujeres de la ordenación sacerdotal que se presenta como perteneciente al depósito de la fe y exigiendo un asentimiento definitivo. De una regla que se podía pensar sólo disciplinar e histórica se ha hecho una doctrina de fe.

OTROS TEXTOS

La “doctrina” de la exclusión de mujeres al ministerio es retomado de diferentes maneras en textos posteriores sobre sujetos vecinos.
En 1977, fue la instrucción romana sobre algunas cuestiones concernientes a la colaboración de los fieles laicos al ministerio de los sacerdotes. Roma, sin duda, alarmada por el avance de la práctica y de la reflexión de las personas en situación ministerial de hecho, precisa de nuevo la frontera entre clérigos y laicos. No se trata aquí solo de las mujeres, sino como las mujeres se encuentran comprometidas en los servicios de Iglesia al 90%, ellas están necesariamente señaladas. Se trata de no utilizar de forma abusiva las apelaciones de “capellán” o de “moderador” reservados a los sacerdotes. Se recuerda que los laicos no tienen más que voz consultiva en los consejos pastorales, que su papel debe permanecer discreto en las celebraciones eucarísticas, que no deben darse la comunión ellos mismos cuando son ministros extraordinarios de la comunión, para evitar el riesgo de confusión con el celebrante, que las delegaciones para las celebraciones de las bodas, bautismos o funerales deben quedar limitadas, que los ADAP (¿) no deben ser más que temporales, que el papel de los laicos debe también quedar limitado en la pastoral de los enfermos (allí donde la urgencia les obliga, hombres o mujeres, a tener una practica casi-sacramental).
En 1998, se publicó una carta apostólica (motu propio) para defender la fe: Ad tuendam fidem. Se trataba de insertar ciertas normas en el Código de Derecho canónico. Algunas líneas añadidas al canon 750 hablan de los elementos propuestos definitivamente por el magisterio de la Iglesia: “Quien rechace tener como definitivas las proposiciones referentes se opone pues a la doctrina de la Iglesia”. La carta iba seguida de una nota detallada, firmada por el Cardenal Ratzinger, enumerando a título indicativo algunos de estos elementos propuestos de manera definitiva concerniente a la doctrina sobre la fe o las costumbres: la infalibilidad del papa, las posiciones de la Iglesia sobre la eutanasia o la fornicación y por supuesto la ordenación de las mujeres. Las personas que no aceptan el estatuto definitivo de estas cuestiones se ponen fuera de la Iglesia y son por consiguiente heréticos. Hay una verdadera escalada en el bloqueo. Lo que hacía decir al Padre de la Brosse, entonces portavoz del episcopado francés: “Cuando no se obtiene un asentimiento de los espíritus por la vía intelectual se bloquea por vía jurídica (…) Es una constante de la historia de la Iglesia.”
En mayo 2001, apareció una instrucción romana Liturgiam authenticam tratando de evitar la gran multiplicación de traducciones de los textos bíblicos y litúrgicos. Esta instrucción de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos manifiesta una gran reserva sobre un punto muy avanzado en los países anglo-sajones, el del lenguaje inclusivo que trata de evitar toda apariencia de discriminación en relación con las mujeres. Difícil de poner en práctica, sobre todo en francés, el lenguaje inclusivo está sin embargo destinado a hacer salir a las mujeres de su invisibilidad gramatical, reflejo de su invisibilidad social e histórica.
En la última encíclica de Juan Pablo II sobre la Eucaristía (Jueves Santo 2003), Ecclesiae Eucaristía, dos acentos puestos sobre la Eucaristía contribuyen a apartar a las mujeres de su presidencia. En primer lugar, el sentido sacrificial de la Eucaristía está fuertemente subrayado. La imagen del sacerdote que se desprende es la de un ser sagrado, puesto a parte para un papel sacrificial. Se retoma ahí todo lo que se opone a este papel del hecho de ser mujer. La mujer, hecha para dar la vida, no puede derramar la sangre. La antropología conoce los medios masculinos de la caza y de la guerra. La mujer posee su propio sagrado, su propio misterio que es el de dar la vida, no solamente a otras mujeres como ella, sino que también a hombres, poder exorbitante, que no se puede acumular con otros poderes sagrados. Aún cuando estamos ahí en fantasmas arcaicos, estos permanecen activos en las mentalidades. Otro acento se pone sobre la situación «in personna Christi» del sacerdote del que ya hemos hablado anteriormente. La encíclica precisa que esta expresión quiere decir más que “en el nombre” o “en lugar de Cristo”, de una identificación específica. Ahora bien Cristo que es un hombre, no se le podría ver en una mujer, decía ya «Inter Insigniores».

DOS PICOS DE EFERVESCENCIA

Es en 1992, cuando la Iglesia Anglicana votó el principio de la ordenación de las mujeres. Las conclusiones teológicas a las que han desembocado los estudios de los anglicanos divergen de las de la Iglesia católica. Había ya mujeres ordenadas, primero diaconisas, después sacerdotes e incluso obispos en la Comunión anglicana, pero era lejano por ejemplo en Nueva Zelanda. La decisión tomada por la Iglesia de Inglaterra, la Iglesia madre, acercaba seriamente el peligro. La reacción de la Iglesia católica fue violenta, acusando a los anglicanos de sabotear los avances ecuménicos, sin darse cuenta de que a la inversa de lo que ella dice es tal vez la práctica católica de la no-ordenación de las mujeres lo que es un obstáculo al acercamiento de las Iglesias. Este acontecimiento, como ya hemos hecho la hipótesis, ha pesado probablemente en la publicación de 1994 de la Carta apostólica sobre la ordenación exclusivamente reservada a los hombres.
Hoy, es la cuestión de la apertura del episcopado a las mujeres la que estuvo en el orden del día del sínodo de Febrero 2005. El principio ha sido admitido y los obstáculos jurídicos debían desaparecer en julio. Las posturas están formuladas en estos términos: “¿Qué Iglesia queremos ser? Una Iglesia al diapasón del mundo moderno para darle una nueva credibilidad”. La Iglesia de Inglaterra afronta de forma lúcida un riesgo de cisma.
En 2002, son las mujeres católicas las que pasan a la acción, sobre todo alemanas y austríacas. Ellas son humana y teológicamente de alto nivel. Sus diplomas de doctorado y sus responsabilidades en la Iglesia hablan a favor de ellas. Ante los atolladeros y los bloqueos, estas mujeres se han cansado. A pesar de su trabajo teológico, su voluntad de diálogo, nada ha cambiado en el magisterio católico, al contrario. Esto es porque, a petición suya, un obispo, en ruptura con Roma y tal vez otros han procedido a la ordenación de siete de ellas, el 29 de junio 2002 en un barco crucero en el Danubio. Otras ordenaciones han sucedido a esta primera. Tres mujeres fueron consagradas obispos. En junio 2004, ante 120 invitados, seis mujeres fueron ordenadas diáconos, dos de ellas de Estados Unidos, una de Canadá, una suiza, una lituana y una francesa. Diez mujeres han sido ordenadas este año, como sacerdotes o diáconos. La francesa Genoveva Beney ha sido ordenada sacerdote el dos de julio en un barco atravesando el río Saona y el Ródano, desencadenando el interés de los medios de comunicación. El 25 de julio ha sido en el río San Lorenzo, en aguas internacionales. Sólo un puñado de mujeres participaban en la formación en 2003. Pero los años siguientes las solicitudes y las inscripciones se han hecho bola de nieve, ya que hoy, son unas sesenta mujeres las que siguen el ciclo de formación al ministerio sacerdotal, dirigido por Patricia Fresen que ha consagrado muchos años a la formación de hombres sacerdotes en Africa del Sur.
Las reacciones de la Iglesia romana no se han hecho esperar. El 5 de agosto 2002, cinco semanas después de las primeras ordenaciones, las siete primeras mujeres fueron excomulgadas. Lo que les hace decir que ellas habían tocado efectivamente al gobierno de la Iglesia hasta el punto más sensible es decir su base ideológica. Es lo que sobresale manifiestamente de la declaración hecha por el secretario de la Congregación para la doctrina de la fe (el arzobispo Tarsicio Bertone) en Radio Vaticano. Justifica así la excomunión:”El comporta-miento… de las mujeres (por esta ordenación ilegal) pone en peligro la estructura de la Iglesia tal como ha sido concebida, querida e instituida por su fundador, Nuestro Señor Jesucristo y que ella ha sido igualmente confirmada por la comunidad de los apóstoles así como por la Tradición de la Iglesia misma: El ministerio de sacerdote está confiado al sexo masculino!...El comportamiento de las mujeres merece la sanción más fuerte que puede pronunciar la Iglesia para el caso en que se intenta destruir el depósito de la fe y las reglas que fundan la Iglesia misma… En cuanto al Cardenal Barbarie de Lyon, ha declarado a propósito de la ordenación de Genoveva Beney el dos de julio último que “no habrá ninguna verdad en las palabras que se pronunciarán, ni en los actos que se efectuarán en esta circunstancia”. Ante estas reacciones, se puede juzgar la importancia que reviste la iniciativa de estas mujeres. Se ve que los solos argumentos invocados no son ni bíblicos, ni teológicos, ni pastorales, sino argumentos de autoridad para imponer una tradición que no es una tradición viva.
Por su lado, las mujeres consideran el canon 1024 del código de Derecho canónico, como una ley eclesial inmoral (Sólo un hombre bautizado recibe válidamente la ordenación sagrada). Está en contradicción no sólo con la Declaración de los Derechos del Hombre, sino que con los textos del Concilio Vaticano II: «Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona (…) que sea en razón de la condición sexual o de la raza (…) deberá ser sobrepuesta y separada ya que contradice el plan de Dios (GS nº 29)». ¿Cómo pedir a las mujeres reconocer su exclusión como una “verdad que forma parte de la fe católica”? Sería pedirles renegar de ellas mismas en lo que hace su dignidad humana y cristiana.


DIVERSAS ESTRATEGIAS
Y SUS RETOS.




Una estrategia pascual
¿Por dónde hay que comenzar?¿La renovación de la Iglesia o la de los ministerios? Se siente que lo uno no va sin lo otro. ¿Es el problema del huevo y de la gallina? ¿Qué es anterior? Tal como se concibe actualmente, de manera jerárquica y clerical, el ministerio ordenado bloquea toda renovación de la Iglesia. Es por lo que algunos se alegran por la disminución del número de sacerdotes. Hay todavía demasiados sacerdotes del viejo modelo para poder avanzar. “Dejemos pudrir la situación”. Es desde lo hondo de la ola de donde surgirá lo nuevo. Hay que pasar por la muerte para esperar una resurrección. Es todo ministerio ordenado el que se encuentra así de sospechoso, tanto los ministerios masculinos como femeninos.
Se puede reprochar a esta estrategia de la pascua, del paso de ser un poco pasiva.
“Dejemos pasar el tiempo”. La Iglesia tiene palabras de vida eterna, por tanto no nos preocupemos por ella. ¿Pero cuándo alcanzaremos el punto crítico? Los recursos de un clericalismo tradicional no están agotados en la Iglesia universal: los sacerdotes africanos o polacos, algunos sacerdotes jóvenes, no están dispuestos a poner en duda su identidad de personas aparte, dotados de poderes sagrados. Si se encuentran argumentos legítimos contra la ordenación de las mujeres, pocas personas están dispuestas a oponerse a la ordenación de jóvenes por las mismas buenas razones.

Reformar primero la Iglesia
La crisis del ministerio no es más que el reflejo de la crisis de la Iglesia. La jerarquía la minimiza limitándola al mundo occidental. Desgraciadamente, uno se da cuenta de que desde el momento en que un país alcanza un cierto nivel de vida, la práctica religiosa y la obediencia a los preceptos de la Iglesia disminuyen. La fe cristiana por tanto no ha terminado de remitir su mensaje, pero éste debe retornar a su fuente, al evangelio y dejarse ver para hablar a nuestros contemporáneos. Muchas formulaciones dogmáticas antiguas, muchos textos romanos actuales utilizan hoy un lenguaje privado de sentido. Tal vez más grave todavía, porque más insidioso, son los comportamientos eclesiásticos generados por la organización jerárquica y autoritaria de la Iglesia. No sólo son las palabras o los escritos que son mensajes; todo comportamiento es mensaje. Demasiado a menudo los de la Iglesia oficial no son evangélicos. Queda por hacer un gran esfuerzo de conversión y de reforma. Todos los cristianos y cristianas están implicados, pues no hay que descuidar las acciones sobre el terreno que dejan ver otra imagen de la Iglesia. En esta óptica se constata la emergencia de nuevas comunidades donde otras prácticas tienen lugar.
Este fue el trabajo de un seminario reciente de Droits et Liberté dans les Eglises y
Femmes et Hommes en Eglise, que facilitó 17 presentaciones de comunidades otras, en el corazón de la institución así como al margen de ella, pero todas habitadas por el deseo de una renovación y poniendo en práctica nuevas maneras de organizarse y de vivir la fe. Dar a conocer estas realidades, a menudo surgidas de necesidades concretas de la gente, ya es una manera de “reformar la Iglesia”. (3)
¿Hace falta esperar que la Iglesia se transforme y ofrezca otras posibilidades de ejercer los ministerios para incluir a las mujeres? ¿ La llegada de las mujeres a los ministerios, hasta ahora “exclusivamente reservado a los hombres” no sería también una de estas acciones sobre el terreno, susceptible de transformar las mentalidades, las imágenes de lo masculino y de lo femenino y el ejercicio mismo del ministerio?

Una estrategia
emanada de la práctica.


Como lo hemos subrayado anteriormente, hay ya mujeres que son ministros, así como hombres laicos. Miles de mujeres ejercen un ministerio. Es también a partir de este hecho que las mentalidades evolucionan y no se formalizan más por el acercamiento de mujeres al altar, por otra parte con responsabilidad de asegurar un servicio de Iglesia. La penuria de sacerdotes les permite a veces una verdadera responsabilidad. Es una vía inevitable, pero limitada. Pues no nos engañemos: en caso de litigio o simple desacuerdo entre sacerdote y laico, será siempre el sacerdote quien tendrá la razón. Además, Roma se ha alarmado del deslizamiento de las palabras y quiere reservar la palabra “ministerio” al sólo ministerio ordenado. La feliz ambigüedad de la palabra, favorable a una evolución como quien no quiere la cosa, ha parecido peligrosa. Las mujeres llamadas corrientemente “capellanes” de colegio, de prisiones o de hospitales se les pide que abandonen esta expresión, reservada a los sacerdotes. Los hombres laicos son igualmente afectados, pero como son las mujeres las que se encuentran sobre todo en estas situaciones, son ellas las que en primer lugar se ven apuntadas. (Instrucción romana sobre algunas cuestiones concernientes a la colaboración de los fieles laicos al ministerio de los sacerdotes, agosto de 1997).

Comenzar por el diaconado.

Más que reivindicar el sacerdocio para las mujeres, ¿no sería mejor pedir la autentificación de su tarea por el acceso al diaconado? Esto está testimoniado históricamente para las mujeres. Por consiguiente, el argumento de la tradición es menos fuerte que para el presbiterado. Esta sería una vía suave. Esta fue seguida por la Conferencia mundial para la ordenación de las mujeres en Dublín, que lo pidió en junio 2001. En septiembre aparecía una nota del Vaticano recomendando a los obispos poner término a las formaciones que preparaban “directa o indirectamente” la ordenación diaconal de las mujeres, calificaba de práctica no lícita volviendo a crear “esperas sin fundamento doctrinal establecido” y “una desorientación pastoral”. En esa época, Femmes et Hommes en Eglise (FHE) había replicado de manera impertinente preguntándose si había verdaderamente que continuar bautizando a las mujeres. ¿Qué es lo que contribuye a una “desorientación pastoral”, Roma o las mujeres?
Hay que añadir que allí donde las mujeres han accedido al diaconado, en la Iglesia anglicana por ejemplo, el presbiterado se les ha abierto unos años después y el episcopado a continuación. Señal de que la estrategia funciona y que la Iglesia católica puede tener miedo con razón.

La trasgresión

Es la estrategia a la que asistimos actualmente. Hay que devolver a la palabra su pleno sentido “de ir más allá”. Esto no es primero, franquear “una línea blanca” para ponerse deliberadamente en infracción, sino crear un nuevo camino, abrirse paso por allí por donde no existe. Esto no es hacer una operación de puñetazo, un “efecto de anuncio” (Barbarie), lanzar un desafío o provocación, todo lo que se dijo para descalificar la acción. Lo que es primero, no es la desobediencia a una ley sino que es no hacer caso de una ley injusta que priva de libertad. Hay que preguntarse también ¿quién es responsable de esta transgresión? Las mujeres han sido arrinconadas a un callejón sin salida por bloqueos sucesivos de una petición razonable, teológica y bíblicamente argumentada y conforme a las costumbres de nuestros países. Cada vez que una vía parecía posible, Roma la ha cerrado. ¿Qué hacer cuando la vocación que pesa sobre una y que se ha querido ignorar tanto tiempo reclama la obediencia, no a una ley, sino al Espíritu que no cesa de llamar por diversas mediaciones? ¿No vale más obedecer a Dios que a los hombres?
La movilización mediática en vuelta a las ordenaciones de las mujeres muestra cuánto el tema posee una carga simbólica y política fuerte. Calificarlos como actos sin verdad es prematuro. Manejar la excomunión muestra la importancia del gesto y la amenaza al sistema. Vía única, ciertamente no, pero tal vez también vía inevitable. ¿Práctica de algunas mujeres aisladas u oleada de fondo que se rompe y
es irreprimible? ¿Reforzamiento del sistema clerical o hierro ardiente llevado al corazón mismo del sistema en sus componentes sagrados? ¿Actos sacrílegos o proféticos? Sólo el futuro nos dirá los efectos producidos por estas pioneras.
La Iglesia oficial tendría interés en releer las palabras de Gamaliel en los Hechos (5,35-39) “Hombres (de Iglesia), mirad por vosotros mismos qué vais a hacer con estas (mujeres)… Yo os lo digo que no os ocupéis de esta gente y la dejéis. Porque si su acción o su obra viene de los humanos se desvanecerá por sí mismo; pero si verdaderamente viene de Dios, no podréis deshacerla. No queráis aparecer como... luchadores contra Dios”. . Notas: (1) Dos títulos permiten analizar la situación acerca de los diferentes argumentos utilizados. Et si on ordonnait des femmes…? Marie- Jeanne Bérère,Renée Dufourt, Donna Singles, Ed.Le Centurión 1982 y Traditio perpetuo servata ? La non-ordination des femmes :tradition ou simple fait historique ? Hervé Legrand, o.p. en Rituels, Mélanges offerts au Père Guy Ed.Cerf 1991
(2) La asociación Femmes et Hommes en Eglise ha abierto en la biblioteca del Saulchoir una unidad de investigación y documentación llamada “Genre en christianisme”(Género en el cristianismo).
(3)Hacer Iglesia de otra manera, un mundo otro, comunidades otras, Parvis fuera de serie nº 13 – 68, rue de Babylone – 75007 Paris – 6 euros.

 



“EL CELIBATO OPCIONAL COMO DISIDENCIA ECLESIAL”.

DEME ORTE
Valencia 18 octubre 2005 .

(Texto de la charla pronunciada por Deme Orte en el Aula Magna de la Universidad de Valencia, por iniciativa de Somos Iglesia y el Foro de debates de la Universidad en Valencia )

Aunque esta conferencia que impartió Deme, en la Universidad de Valencia, no pertenece al Congreso Internacional de Wiesbaden, y aunque por Internet ha sido ampliamente difundida después de enviárnosla a «Tiempo de Hablar» no nos resignamos a omitirla ya que por el tema y el momento creemos que este es su sitio.
Este es el lugar donde a tantos nos va a ayudar.



Esto es un foro de opinión y debate. Eso me tranquiliza para decir lo que diga sólo como una opinión, la opinión de una persona con una experiencia que la reflexiona y la comparte. Hablo en singular, como persona particular que expresa su pensamiento; pero también en plural, porque formo parte de un colectivo, Moceop (Movimiento pro celibato opcional), que ha ido elaborando una teología de caminantes: de experiencia reflexionada desde la fe. Y ya que hablamos de disidencia, espero que aquí la haya también y no estéis de acuerdo con todo lo que digo.

CELIBATO, SÍ; PERO OPCIONAL.

Ante todo quiero hacer la precisión de que no hablo contra el celibato , y menos aún contra personas. El celibato es un estado de vida, que en muchos casos es optado por motivaciones evangélicas no sólo respetables sino también admirables. Yo conozco y aprecio a muchas personas célibes que son para mí un testimonio de vida evangélica, cristiana, entregada a los demás, y de personas que las veo felices en su opción de vida….Así que, ante todo, mis respetos a las personas célibes aquí presentes, y a las ausentes. Espero que nadie se moleste por mis comentarios.
El celibato, como la pobreza evangélica, puede ser un valor sublime. Pero una sublimación exagerada del celibato y de la virginidad ha causado en sectores de la Iglesia un menosprecio del matrimonio, que el fundador del Opus consideraba que era para “la clase de tropa”. En cambio, un amigo mío, para equiparar decía: “total, si el celibato es renunciar a todas las mujeres, y el matrimonio, a todas menos a una, no hay tanta diferencia” (para subsanar el toque machista, aplíquese la misma fórmula respecto al celibato femenino o al matrimonio, también el gai). Evidentemente, ni el celibato ni el matrimonio se pueden definir por lo que tienen de renuncia.
En la moral católica más tradicional ha estado implícito también un menosprecio de la sexualidad, vista obsesivamente como peligro de pecado, hasta el punto de que se decía que en esa materia no había “parvedad de materia” : hasta el más leve pensamiento impuro era pecado grave. Recuperar una visión positiva de la sexualidad, en sus múltiples facetas, es un reto liberador, especialmente dentro de la Iglesia.
Lo que desde Moceop cuestionamos no es el celibato en sí, sino la norma eclesiástica de exigirlo como condición necesaria para el ministerio sacerdotal.

CELIBATO Y MINISTERIO
¿DOS EN UNO?


Aunque se da por sentado que celibato y ministerio han ido unidos, esto no ha sido así siempre. Empezando por el grupo de discípulos de Jesús, y por los Doce Apóstoles, que pueden parecer el origen de la estructura clerical, tampoco eran célibes. Pedro, el primer Papa, era casado: en el evangelio se habla de la suegra de Pedro. (Mt 8,14)
En la Iglesia primitiva, en las primeras comunidades, para nada se habla de que los responsables fueran célibes. Recordamos que la carta a Timoteo aconseja: “que el obispo ( o dirigente) tiene que ser intachable, fiel a su mujer, juicioso…; tiene que gobernar bien su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa ¿cómo va a cuidar de una asamblea de Dios?...(1Tim 3,1-6); también “los auxiliares sean fieles a su mujer y gobiernen bien a su hijos y sus propias casas…”. Por lo demás, parece común que algunas mujeres, que acogían en sus casas a las comunidades, eran las que las dirigían y presidían. Prisca: 1 Cor 16,19; Ninfa: Col 4,16; Fil 1,3…
En la historia de la Iglesia, no vamos a repasar a fondo, pero hasta el siglo IV no se empezó a plantear restringir la sexualidad de los clérigos, y esto, sólo para cortar los excesos y abusos que se cometían: clérigos con mujeres y concubinas, con numerosos hijos que en casos suponía un malgasto del patrimonio eclesiástico. El famoso Concilio de Elvira, al que tanto se alude como primera norma para exigir el celibato, en realidad fue un concilio local, celebrado el año 300 cerca de la actual Granada, en el que participaron 17 obispos (sólo ellos tenían voto) y 24 presbíteros. Varios concilios locales y regionales (no había el centralismo de Roma que hay ahora) volvieron a insistir en exigir que los clérigos se abstuvieran de sus mujeres y de engendrar hijos. Pero parece que con poco éxito, pues durante varios siglos después se siguen haciendo los mismos llamamientos. El concilio de Letrán, en 1123, ratificó la ley del celibato.
En toda la Edad Media y el Renacimiento (recordemos a nuestro paisanos los Borja), aunque existiera una ley, la práctica era un generalizado incumplimiento. El concilio de Trento, en plena contrarreforma, sentó la más rígida ortodoxia moral y disciplina canónica también para el clero.
Hablamos sólo de la Iglesia Católica, y ni siquiera de toda, pues hay ritos orientales (como el rito maronita), que siendo católicos, sí admiten el matrimonio de sus sacerdotes. Y otras iglesias cristianas, como la ortodoxa, las luteranas y la anglicana. Y no por eso son menos cristianas, y a veces tampoco menos clericales.
Pero, bueno. Esto no quiere demostrar nada, sino sólo ser una referencia de que la ley del celibato ministerial es sólo una norma disciplinar; y que lo mismo que se puso, se puede quitar, y no tambalearía para nada la fe, ni la verdad ni el evangelio. Sólo un poco la estructura clerical de la Iglesia especialmente patriarcal y clasista.
Estos días estamos oyendo, con motivo del Sínodo de los Obispos, por un lado el clamor de abordar el tema del celibato opcional; y por otro, la resistencia y cerrazón a querer tratarlo. El mismo Papa Juan Pablo II llegó a decir que es una disciplina que algún día cambiaría, pero que no sería en su Pontificado.

LA OPCIONALIDAD DEL CELIBATO,
UNA REIVINDICACIÓ
N

Cuando hablamos de celibato opcional, como reivindicación, nos referimos en primer lugar a que los curas se puedan casar (si quieren, y “si se quieren”), pero también a que puedan ser ordenados sacerdotes personas casadas (hasta ahora está la posibilidad para diáconos; y recientemente la excepción muy excepcional del padre Evans, convertido de la Iglesia anglicana a la católica, ordenado recientemente en Tenerife).
Y también a que puedan ser ordenadas sacerdotes (o sacerdotisas) mujeres, célibes o casadas: que no sean excluidas por el hecho de ser mujer. Recientemente han sido ordenadas varias, en Canadá y en otros sitios, como una clara transgresión simbólica, con el claro planteamiento de que una forma de cambiar una ley injusta es transgrediéndola. Es evidente que la discriminación de la mujer en la Iglesia, y en concreto su exclusión de la ordenación ministerial es una injusticia.
Y también a que puedan ser ordenadas sacerdotes personas homosexuales, a las que hasta ahora se les excluye simplemente por serlo, o si se manifiestan o son descubiertos como tales, incluso aunque se comprometan a guardar el celibato como los heterosexuales. Pero el hecho es que los hay , aunque lo nieguen o procuren que no trascienda a la opinión pública.¿Por qué no reconocerlos y “ordenarlos”?
Moceop lo que no buscamos es una salida falsa, ni de mantener relaciones ocultas, ni de buscar subterfugios jurídicos, como sería pasarse a otro rito que lo permita. Creemos que es cuestión de derechos humanos de las personas , de vivir su afectividad con normalidad; y de sentido común del pueblo cristiano que acepta con naturalidad y no se escandaliza de que su presbítero sea homo o hétero, o se pueda enamorar y casar. Lo que no aceptan es la hipocresía, la mentira o el cinismo.

UNA REIVINDICACIÓN “RELATIVA

Esta reivindicación creemos que es un derecho de personas y una necesidad de comunidades: recordar cuántas comunidades cristianas, por ej. en Latinoamérica se ven privadas de la Eucaristía por falta de sacerdotes. Pero es una reivindicación “relativa”, en el sentido de que no es lo más importante. Para muchos sacerdotes casados porque no pretendemos “volver” al estado clerical, de ser sacerdotes-clero, igual que antes, pero casados. Asimismo, algunas mujeres tienen la aspiración a ser ordenadas y nos parece legítimo y dignas de apoyo; pero otras muchas mujeres no aceptarían una ordenación en este ministerio clerical, tal como hoy está institu-cionalizado en la Iglesia. Para este viaje no harían falta estas alforjas. Si quieren ejercer un ministerio y ser reconocidas no es precisamente para ser clero, pero en femenino.
La prioridad no es el derecho de unas personas a ser ordenadas, sino el de una comunidad a tener personas que le sirvan; es prioritario el derecho de una comunidad cristiana a celebrar la eucaristía, y muy secundario quién la presida. La cuestión de quién preside la eucaristía no puede ser el árbol que nos tapa el bosque.
Moceop tiene muy claro, en sus objetivos, que lo primero es el Reino de Dios, posibilitado desde nuestro compromiso evangelizador; en un segundo nivel está nuestro compromiso por la renovación eclesial, junto con otros grupos; y específicamente por la desclericalización de los ministerios, reivindicando la no vinculación obligatoria de ningún ministerio a un sexo o estado de vida. Esta prioridad se concreta en que muchos miembros de MOCEOP ( y comunidades…) están más comprometidos en causas sociales que eclesiásticas.
Y en sus presupuestos, lo primero que afirma y defiende rotundamente es la dignidad de ser personas, por encima, por tanto de normas, leyes, tradiciones, dogmas, estructuras o prejuicios. Esto se aplica a lo religioso, a la orientación sexual, o a cualquier ideología.

POR QUÉ PRECISAMENTE EL CELIBATO.

Moceop mantenemos el nombre y la reivindicación no porque sea lo que principalmente queremos conseguir, sino porque creemos que cuestionando la norma del celibato obligatorio atinamos a incidir en el puntal que, suprimido, o al menos cuestionado, tambalearía el sistema eclesiástico clerical. En la norma del celibato obligatorio se sustenta la división clasista en la Iglesia entre clero y laicos. La Iglesia se configura así de hecho como una celibatocracia: son sólo hombres y sólo célibes los que realmente deciden y mandan en la Iglesia. El Papa nombra obispo para una diócesis que en muchos casos ni siquiera es la suya. El obispo nombra párrocos o los traslada, en casos, sin contar para nada con la comunidad parroquial. El cura hace y deshace en su parroquia sin tener que rendir cuentas más que a su obispo. ¿qué democracia es ésta?
Cuestionar el clericalismo, del que el celibato obligatorio es un puntal, conlleva también cuestionar el patriarcalismo y el machismo que hay detrás: en la Iglesia es notoria la misoginia institucional: la mujer es vista como peligro, despreciada como incapaz, marginada y excluida de los ámbitos de decisión, y de pensamiento. Es, eso sí, ensalzada como madre, o como virgen consagrada; pero no incorporada a la estructura de la Iglesia, totalmente masculina.

Otro tanto podemos decir de la patológica homofobia eclesiástica, con el “inri” de la hipocresía y el cinismo. Hablan de respeto a las personas homosexuales, pero nos resuenan las palabras de Jesús: “Lían fardos pesados y los cargan en las espaldas de los demás, mientras ellos no quieren empujarlos ni con un dedo” (Mt 23,4) ¿Por qué se excluye de la ordenación ministerial a las personas que se manifiestan como homosexuales? ¿Hay alguna razón?

MÁS QUE UNA REIVINDICACIÓN.

Moceop surgió hace ya más de 25 años, como un movimiento reivindicativo y de apoyo a compañeros que en un determinado momento de su vida se cuestionaron el celibato, pero no se cuestionaban su disponibilidad para el ministerio presbiteral. La dispensa del celibato (pedida en unos casos; en otros, no; concedida en unos casos, en otros, no) conllevaba canónicamente la “reducción al estado laical”. Esa fue una primera paradoja: ¿es “menos” ser laico que ser clero?. Pues dejamos de ser clero. Somos laicos, (somos ”Pueblo de Dios”), volvemos a ser lo que nunca debíamos haber dejado de ser. Ese fue un primer filón de reflexión teológica que nos fue llevando a cuestionar la eclesiología de clero y laicos para ir planteando una eclesiología de comunidad y ministerios, donde no haya la división clasista de que unos son más que otros, sino todos iguales en dignidad (el sacerdocio común de los fieles), y diversos en carismas y ministerios. Es la comunidad cristiana quien estructura los ministerios que necesita y las personas que los pueden ejercer. Por eso Moceop apuesta por la pequeña comunidad cristiana como ámbito más adecuado para un nuevo ministerio desclericalizado. Desde la experiencia de comunidad entendemos la Iglesia como comunidad.
En esa perspectiva, se abre el horizonte de que la Iglesia, y nosotros en ella, hemos de encontrar el núcleo de nuestra fidelidad evangélica sobre todo en la opción por los pobres. De nada sirve que el celibato sea opcional, o que la iglesia se democratice o modernice, si no es para que sea más fiel a su misión evangélica: proclamar la buena noticia a los pobres, la liberación de los oprimidos…(Lc 4,18) y el anuncio del Reino de Dios concretado en signos liberadores. La opción por los pobres es la prueba fundamental de fidelidad evangélica.

DESCLERICALIZACIÓN.

Uno de los aspectos que configura el clericalismo es la profesionalización del ministerio: ejercer el ministerio como una profesión convierte al sacerdote en funcionario de la Iglesia. Ejercer el ministerio como un trabajo profesional convierte la religión en un modus vivendi: vivir de la religión, vivir del altar, lo cual en una sociedad secular, laica, hace de la religión una mercancía más, echando a perder la gratuidad del Evangelio como Buena Noticia.
Ese clericalismo no depende sólo de la actitud de las personas: no es cuestión de que el cura sea más o menos mandón o abierto. Es la estructura misma de la Iglesia la que es clerical: ella hace que el cura, por majo que sea, al final es el cura, y es quien decide. ¿O hay alguna parroquia en la que realmente se hace lo que decida la comunidad parroquial?

En esto, los curas obreros han sido pioneros en vivir el ministerio como un servicio gratuito, desprofesionalizado, encarnándose en un mundo obrero secularizado, con un trabajo profesional civil con el que ganarse la vida y además vivir la fe y un ministerio de encarnación y evangelización. Ser “uno de tantos” es la condición previa para anunciar el evangelio no desde el púlpito sino desde la vida compartida. Con metáfora evangélica, no es en la Jerusalén del Templo y del poder, sino en la Galilea de los gentiles, en la periferia de la marginación, donde escuchamos la llamada de Jesús: “Id a Galilea; allí me veréis” (Mt 28,10).
Curas obreros y curas casados somos en este sentido “primos hermanos”; de hecho, coincidimos en el colectivo de curas obreros un significativo número de curas casados; y en Moceop participan también curas obreros célibes y casados. Ambos colectivos compartimos planteamientos muy similares en muchos temas, y experiencias vitales muy próximas. ¿Por qué a la Iglesia no le ha gustado ni una ni otra opción, y ha propiciado un clero dedicado a lo eclesiástico, dejando sólo para los laicos los compromisos civiles o seculares?
En muchos de nosotros, al dejar el celibato o alcanzar la secularización, empezó un proceso de conversión personal para superar la formación, los prejuicios, los condicionamientos de ser “clero” y para descubrir un nuevo ministerio no clerical.
Cuando hablamos de desclericalización no nos referimos sólo a los curas secularizados. Hay mucho clericalismo también en muchos laicos y laicas que aceptan pasivamente esa división entre clase docente y clase discente, los que dirigen y los que son dirigidos, los pastores y la grey…, aceptando una sumisión, una dependencia y una minoría de edad, que creemos impropias de una comunidad de personas creyentes adultas, de iguales y corresponsables.
El Obispo , poeta y profeta, Pere Casaldáliga tiene un breve poema que dice:



“Dios nos libre
de seglares
con sotana en el espíritu.
Dios nos libre
de curas
sin Espíritu Santo.
Dios nos libre
de espíritus
sin la carne de la vida”.



LAS MUJERES,
PROTAGONISTAS DE PRIMERA
.

En Moceop han tenido un papel muy importante las mujeres. No sólo las mujeres de curas para “desclericalizar” a sus compañeros, sino las mujeres como personas comprometidas con una causa, como protagonistas. Unas son compañeras de curas, otras no. Moceop ha dejado de ser un movimiento de curas casados, para ser un movimiento de renovación eclesial, en el que participan sacerdotes célibes y casados, mujeres compañeras o no de sacerdotes, y personas miembros de comunidades de base. Ha sido ámbito para la participación igualitaria, para la libertad, para la imaginación y la creatividad…Por eso Moceop ha estado íntimamente vinculado con los movimientos de mujeres, dentro y fuera de la Iglesia: dones creients, mujeres y teología, movimiento feminista…
Teresa Cortés al recibir el premio Alandar en nombre de Moceop, el mes de junio, decía: “Nos ha costado mucho desclericalizar a nuestros maridos y ahí hemos estado las mujeres para que tomaran conciencia de que estaban en el mundo y de que el mundo no era el púlpito ni ese ámbito de aislamiento donde meten a muchos curas. Yo quiero agradecer mucho a todas las mujeres que han trabajado en el MOCEOP porque considero que éste es uno de los movimientos más libres que conozco, se atreve a decir lo que piensa, lo que siente, y, sobre todo, se atreve a vivirlo. Se atreve a vivir la igualdad entre hombres y mujeres, se atreve a que una mujer presida la eucaristía, se atreve a que una mujer desarrolle su carisma en el culto.”

LA DISIDENCIA

Si Moceop se hubiera conformado con la reivindicación puntual del celibato opcional, no habría sido tan incómodo en la Iglesia. Pero al cuestionar la estructura clerical ha sido una disidencia mal vista y no aceptada por la Jerarquía. Y especialmente porque no ha sido una disidencia meramente teórica, sino práctica. Sin pedir permiso al Obispo se ha empezado a funcionar de forma distinta a la permitida. En Moceop siempre hemos pensado que la vida va por delante de las leyes, y, en cristiano, el amor y el evangelio, muy por delante del Derecho Canónico. Hemos preferido hacer camino al andar que esperar a que cambie el Código de Derecho Canónico o venga permiso de Roma para un ministerio diferente. Esa ha sido nuestra experiencia en pequeñas comunidades cristianas., y es la oferta eclesial que hacemos: hacer ya iglesia de otra manera.
Pero esto , no a la ligera, sino “con fundamento”
-En primer lugar tenemos la referencia a Jesús de Nazaret que fue un disidente con la religión y con el poder establecido: cuestionó una religión sin corazón, sin humanidad; puso por delante a las personas, especialmente a las más marginadas, desobedeciendo si era preciso leyes y normas; denunció la hipocresía de los dirigentes legalistas y se acercó a las personas excluidas y malditas; rompió moldes machistas aceptando a las mujeres en su grupo y haciéndolas las primeras testigas del mundo nuevo inaugurado con su resurrección…
-En el nuevo testamento vemos disidencias entre Pedro y Pablo, entre las comunidades del ambiente judío y las del mundo helénico, entre los carismas y las teologías de Juan, de Santiago o de Pablo.
-Los antiguos Santos Padres ya decían “conviene que haya herejes”, y hubo sus discusiones teológicas entre diferentes concepciones. Toda la historia de la Iglesia es un vaivén de reformas y contrarreformas. Lo lamentable es cuando la Iglesia, para evitar disidencias, establece una ortodoxia tan rígida e intransigente, que acaba siendo contraproducente: ni evita que surjan nuevas disidencias, ni su pretendida ortodoxia acerca más a la verdad del Evangelio.

NUESTRA FE NO DEPENDE
DEL VATICANO.


-Hoy día, el Papa advierte desde el inicio de su pontificado de la “dictadura del relativismo”. Si lo contrario de relativismo es absolutismo, y lo contrario de dictadura es democracia o libertad, ¿qué propugna el Papa: la libertad del absolutismo, la democracia del absolutismo? ¿cómo se come eso?
-Creemos que en la estructura actual de la Iglesia, el Papado se ha convertido en una monarquía absoluta, con tal rigidez dogmática que recuerda la nada santa Inquisición de otros tiempos, acompañada de movimientos que se suele llamar neoconservadores, y que a veces parecen más papistas que el papa. Todo eso no evita que haya de hecho una disidencia dentro de la Iglesia, una disidencia consciente y comprometida, pero también un gran desencanto en mucha gente, una desafección, una indiferencia que muestra la no credibilidad de la institución eclesial en muchos ámbitos sociales. Las condenas del laicismo, de la descris-tianización denotan más su propio miedo a perder sus privilegios y su poder, que una verdadera fe en la capacidad transformadora del Evangelio como buena noticia liberadora.
Aún está reciente la estampa de los funerales del papa Juan Pablo II y la toma de posesión del nuevo Papa. Ver la Curia con sus ropajes, y ver a los más poderosos de este mundo en el Vaticano es todo un signo de lo que es la Iglesia-Institución hoy. Ver una Iglesia rica, poderosa, arrimada a los poderes de este mundo y encastillada en sus dogmas e instituciones muchas veces anacrónicas, no suscita credibilidad sino perplejidad y escándalo, o rechazo e indiferencia, en muchas personas creyentes y no creyentes. ¿Cómo podemos estar de acuerdo con esa imagen de Iglesia?
-Más en concreto, en la Iglesia española, la disidencia no es sólo un derecho genérico, sino que muchas personas la sentimos como una necesidad de conciencia. Nos duele que sociológicamente e ideológicamente se identifique a la Iglesia con la extrema derecha. Nos duele que los obispos demasiadas veces se definen con posturas sumamente reaccionarias, y bien pocos de ellos disienten abiertamente. Muchos cristianos y cristianas, que nos sentimos de izquierdas, con pluralismo de posturas, hemos expresado nuestra disidencia eclesial con nuestros obispos. (Moceop entre otros colectivos),por ej. respecto al tema de los matrimonios homosexuales, las clases de religión, la financiación de la Iglesia con los acuerdos con el Estado, la presencia militar en actos religiosos, etc

DISIDENCIA Y COHERENCIA .

Entendemos la disidencia no como un simple ir en contra de lo establecido, sino revisarlo críticamente, y, a la luz del Evangelio, buscar lo que sea más coherente. La disidencia es pues una cuestión de coherencia personal y grupal, y una cuestión de fidelidad a lo más profundo de la tradición recibida. Y es también, por qué no decirlo, una forma de amor a la propia Iglesia: porque la queremos nos duelen sus defectos y la queremos mejor de lo que la vemos, y estamos dispuestos a transformarla. Si no, sería más cómodo aceptarla resignadamente como está, o darla por imposible y abandonarla.
La fe no es simplemente una doctrina a seguir fielmente, sino una fidelidad al camino indicado por Jesús. El cristianismo no es una religión con unos dogmas absolutos, unas creencias incuestionables, unas leyes inevitables, una institución divinizada. La Iglesia es una institución que se ha ido conformando durante siglos, con tradiciones recibidas y con aportaciones nuevas. Pero es más que una Institución: es un misterio, es la comunidad de las personas creyentes en Jesús, animada por su Espíritu. Creemos que la fidelidad a la tradición no es conservarla congelada ni anquilosada, sino viva. El respeto a la tradición recibida comporta seguir enriqueciéndola con nuevas aportaciones para transmitirla a quienes vengan detrás, actualizada, que responda a los signos de los tiempos de cada momento histórico.

EL CONCILIO VATICANO II , UNA REFERENCIA IMPORTANTE.

El Concilio Vaticano II supuso para la Iglesia un abrir puertas y ventanas, una apertura al mundo y a los signos de los tiempos, y una renovación en la visión que la Iglesia había de tener de sí misma y del mundo. Fue más un “espíritu” que una doctrina o unas normas.
Desgraciadamente, pronto empezaron las reticencias, que luego se convirtieron en freno y luego en marcha atrás. En los años de la transición, el famoso cardenal Tarancón decía que algunos obispos españoles tenían tortícolis de tanto mirar a Roma. Hoy , en algunos, esa tortícolis ha derivado en hemiplejía, pues parece que sólo mueven la parte derecha. Creemos que el pontificado de Juan Pablo II y los antecedentes y los indicios del actual han marcado una involución enorme. Así que nuestra esperanza de que de Roma venga ninguna renovación es mínima, aunque creamos en el Espíritu Santo y en los milagros.

RENOVACIÓN ECLESIAL,
UN PROCESO ABIERTO.


Hoy parece paradójico que se formule como progresista reivindicar algo de hace 40 años, con lo que ha cambiado el mundo en este tiempo. Juan XXIII hablaba de “aggiornamento”: puesta al día. Yo creo que la fidelidad al propio espíritu conciliar estaría hoy no tanto en “cumplirlo” ni “recuperarlo”, cuanto en “superarlo”. El día de hoy tiene retos y necesidades diferentes a hace 40 años. Es por eso que ya va surgiendo en ámbitos eclesiales de base la propuesta no tanto de un nuevo concilio (que en estos momentos sería de reafirmación de la restauración dominante), sino de un proceso conciliar, de abrir cauces de reflexión, de opinión, de debate, de participación de todos los sectores eclesiales… que podrían culminar, con tiempo, en un nuevo concilio que se planteara y buscara respuesta a los nuevos signos de los tiempos que hoy interpelan a la Iglesia. Ese proceso lo estamos haciendo ya, por ejemplo con esta reflexión y debate.
La Iglesia necesita este proceso de renovación, en primer lugar por salud propia, para no encerrarse en el búnker de su propia adoración; y para no convertirse en una gigantesca secta, alejada del espíritu del Evangelio de quien llama su fundador. Y en segundo lugar (pero más importante), para estar en condiciones de poder cumplir su misión de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios y comprometerse en irlo construyendo ya, siendo ella misma signo y testimonio de lo que proclama.

DISIDENCIA CONSTRUCTIVA.

Al mirar hacia atrás y repasar los disparates que se han hecho en la historia, no lo hacemos con ira, sino más bien con un toque de humor y de relativismo. La historia avanza despacio y a trompicones. Antes quemaban a los herejes; luego, sólo quemaban sus libros. Ahora hay otras formas de represión, a veces más sutiles, pero también crueles. Aún así creemos que la libertad avanza con el empuje de muchos (“pero habrá que forzarla para que pueda ser”).
Al futuro preferimos mirar con esperanza no en las probabilidades (que a veces son pocas o pesimistas), sino en el factor sorpresa de que el Espíritu sopla donde quiere, y que Dios a veces escribe recto con renglones torcidos.
Y al mirar el presente, la realidad eclesial general, lo hacemos con un realismo crítico; aceptamos que la realidad es la que es, pero no la aceptamos como definitiva, sino como punto de partida para cambiarla.
La Iglesia es a la vez institución y profetismo. Como ya hay quien se encarga de defender y consolidar la instancia institucional, creemos que a otras personas y grupos nos toca cultivar la instancia profética, y ello conlleva denuncia y anuncio, protesta y propuesta.
Para eso preferimos una postura positiva y constructiva, de hacer lo que creemos y podemos, de encontrar sentido a lo que estamos haciendo más que a los resultados. A veces toca sembrar, no cosechar., y hacer camino al andar.
Eclesialmente, estamos convencidos de que somos Iglesia y hacemos Iglesia: ni nos excluimos ni nos dejamos excluir. Tampoco excluimos ni condenamos, aunque protestemos, critiquemos y denunciemos. No pretendemos imponer nuestro modo de ver, pero tampoco renunciamos a ser lo que somos, y a caber en la Iglesia siendo diferentes. Ofrecemos nuestra experiencia como una aportación al pluralismo y a la comunión eclesial.

EL MARGEN, LUGAR PRIVILEGIADO.

Algunos grupos críticos nos sentimos realmente marginados. Hablo de CCP, Moceop, grupos homosexuales cristianos, Somos Iglesia, incluso curas obreros (y nombro sólo aquellos en los que yo estoy más o menos implicado). Por parte de la jerarquía nos sentimos ninguneados, cuando no excluidos y condenados. No somos clandestinos, no nos ocultamos, ni huimos ni nos salimos. Pero es la Institución la que nos condena a la clandestinidad. Experimentamos la realidad eclesial como un invierno. Lo lamentamos, pero tampoco lo vivimos con resentimiento. El hermano Roger, de Taizé, a quien recordamos con admiración, auguraba una primavera de la Iglesia. Eso es lo que esperamos, cuando pase el invierno. La esperanza es aspirar a lo que no se ve; lo que se ve ya no es objeto de esperanza.
Sintiéndonos tan al margen eclesial, ahí hemos ido encontrando nuestro sitio en la Iglesia: somos marginales; estar en la periferia nos hace sentirnos más cerca de los excluidos, de los que están fuera del sistema. Y ellos son los privilegiados para el Reino de Dios. Ellos nos transparentan a Dios a veces más y mejor que la propia Iglesia, que en vez de ser signo transparente, se hace opaco y tapa lo que debería mostrar.
Frente a la resistencia de la Jerarquía a aceptar nuestros planteamientos y sobre todo nuestra praxis, ha sido sorprendente en cambio, cómo los grupos y comunidades de base, y una buena parte de opinión pública ha ido aceptando con toda naturalidad nuestros planteamientos y experiencias, sin escándalos como algunos agoreros pronosticaban, y con más sentido común que planteamiento teológico. Tampoco nosotros hemos pretendido nunca provocar ni a la Jerarquía con enfrentamientos inútiles, ni a la gente imponiendo planteamientos o prácticas que no estuvieran consensuadas por los grupos o comunidades en que vivimos y que nos conocen y aceptan. Creemos que el avance ha de ser con naturalidad, con respeto, con diálogo, con testimonio y coherencia.

OTRA IGLESIA ES POSIBLE Y OTRO MUNDO ES POSIBLE.

Creemos que la Iglesia no ha de mirarse tanto a sí misma, ni los cristianos encerrarnos en nuestras capillitas. El reto para que la Iglesia se renueve es “descentrarse”: poner el centro fuera de sí: mirar al mundo, descubrir los signos de los tiempos que la interpelan y procurar responder a ellos.
¿Qué signos?
-El primero, el más grave, el insoslayable, es el creciente abismo entre ricos y pobres, entre personas, países, continentes… ricos y pobres. Pero hoy con la conciencia más clara que la riqueza de unos es a costa de la pobreza de otros. Y que el hambre y la muerte prematura y violenta de millones de personas, el desplazamiento y emigración de millones de personas,… es responsabilidad de todos. También de la Iglesia.
- Otro signo; la globalización, que en su faceta más neoliberal es dejar manos libres a las multinacionales económicas, por encima incluso de los estados, para hacer y deshacer a su antojo, incluso a costa del expolio de la naturaleza, del empobrecimiento de países enteros, del incumplimiento de los compromisos internacionales (ONU, KYOTO, objetivos del milenio…).Pero puede haber una globalización de la solidaridad: Hacer una familia humana más humana es puro evangelio.
-Otros muchos signos, tal vez menores en tamaño, y esta vez en positivo: el ansia de paz, la mayor sensibilidad ecológica de mucha población, la creciente conciencia solidaria universal, la exigencia de respeto a los derechos humanos; la creciente conciencia de igualdad de las mujeres; la necesidad de la democracia como participación responsable de los pueblos en sus destinos, el respeto a las minorías, el necesario diálogo interreligioso…

UNA UTOPÍA EN EL HORIZONTE

Hemos empezado hablando del celibato, y acabamos cuestionando el nuevo orden mundial.
El celibato opcional resulta una pequeña utopía, no por inalcanzable, sino porque abre el horizonte para mucho más. Al final resulta, que lo del celibato opcional casi es lo de menos, pero nos ha servido de motivo para soñar una Iglesia diferente y un mundo más humano. Otro mundo es posible. Otra Iglesia es posible, y necesaria. La prueba de que es posible es que la estamos haciendo ya: muchas personas y comunidades, con muchos defectos, estamos siendo iglesia de otra manera.
Pero el horizonte es mucho más amplio aún. Porque la Iglesia no tiene, por fin, que servirse a sí misma. Aunque consiguiéramos una Iglesia democrática, igualitaria, participativa, ¡y con celibato opcional!…, si no es para que la Iglesia pueda servir mejor a la Causa del Reino, que es la Utopía evangélica de una sociedad más justa, una familia humana más humana… Si la Iglesia no sirve para eso, no sirve para nada .
Al final te das cuenta de que la utopía no está ni siquiera en conseguir lo que quieres, sino que está en el camino mismo. Pero para caminar, hay que soñar con llegar. Como Ulises en su azaroso viaje a Ítaca.


Ítaca t’ha donat el bell viatge,
sense ella no hauries sortit.
I si la trobes pobra, no és que Ítaca
t’hagi enganyat. Savi, com bé t’has fet,
sabràs el que volen dir les Ítaques”.



O en palabras de Eduardo Galeano:


La Utopía”
Ella está allí, en el horizonte.
Doy dos pasos,
y ella retrocede dos pasos.
Avanzo diez pasos,
y el horizonte
se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo avance,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve
entonces la utopía?
Para eso sirve…
Para caminar. “