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INTRODUCCIÓN
Tan sólo con seguir la prensa nacional e internacional podemos constatar
la importancia y relevancia del debate sobre el laicismo en nuestros
días. Múltiples son los hechos que suscitan una y otra vez la cuestión
de cuál haya de ser la relación entre el Estado y las confesiones
religiosas, sobre todo aquellas confesiones que son mayoritarias en una
sociedad, como lo es la Iglesia católica en España. Ya sea la clase de
religión, la ley del matrimonio homosexual, el debate sobre el uso de
células madre en investigación, la polémica sobre la eutanasia, la
financiación de la Iglesia… nos encontramos con un sinfín de realidades
sociales y culturales atravesadas de parte a parte por el problema de
cuál sea la adecuada distancia, o cercanía, entre sociedad y religión.
La actualidad de dicho debate se confirma igualmente en el mundo
editorial, con la publicación de estudios y tomas de postura al
respecto.
El Nuevo Orden Mundial propuesto por los EEUU y sus aliados occidentales
tras la caída del muro de Berlín y del comunismo soviético, no parece
resolver las diferencias entre culturas y religiones que hoy más que en
ningún periodo histórico tienen que convivir. El fenómeno de la
globalización económica y la gran revolución tecnológica a la que
estamos asistiendo hacen posible no solo las transacciones de capital
sino que también el flujo migratorio de personas, que portan en sí
mismas tradiciones culturales de sus sociedades.
Fenómenos
como los sucesos ocurridos en Francia en el otoño de 2005, donde entre
los que protestaban en los suburbios abundaban los descendientes de los
inmigrantes, sobre todo de los musulmanes procedentes del Magreb, que
llevaban casi dos generaciones siendo ciudadanos franceses. Algo no
había funcionado. Es verdad que los analistas destacan que se trata de
un problema social, directamente relacionado con el desempleo y la falta
de expectativas. Pero no menos cierto parece ser que después de años de
estancia en el país, ni la escuela ni el trabajo habían posibilitado la
integración social y cultural de estas comunidades.
En nuestro país, después de veinticinco años desde la Transición a la
democracia, es tiempo de juzgar nuestro estado actual respecto al papel
de las religiones, y especialmente del catolicismo español. Nadie ignora
el papel legitimador de la Iglesia Católica en los años de la dictadura
militar de Francisco Franco. Con casi unanimidad (salvo la excepción del
cardenal Vidal i Barraquer) el episcopado apoyó el levantamiento de 1936
y le concedió el estatus de cruzada. Como tampoco nadie puede
minusvalorar, a la hora de comprender tal alineamiento católico, los
sucesos trágicos de quema de conventos, iglesias, patrimonio artístico
y, ante todo, la muerte de miles de personas por su condición religiosa
durante la Guerra Civil española. No es éste lugar para un análisis más
profundo de las causas de estos hechos, pero sí que forman parte
imprescindible del contexto histórico reciente en el que tenemos que
considerar las relaciones de la religión y el Estado, y dentro de ellas,
del laicismo en España. Además, contamos con las declaraciones de la
Jerarquía eclesiástica que son muy significativas, por sus contenidos y
por sus posicionamientos políticos. Hacía mucho tiempo que los Obispos
españoles no tenían este papel tan activo y público en la panorámica
socio-política de España.
Indudablemente la confrontación entre civilizaciones o religiones está
servida, y cada vez vemos más oscuras sus causas profundas, unas veces
el petróleo (causas económicas), otras la seguridad de las naciones o la
necesidad del Imperio de tener un enemigo (causas ideológicas)… Por
estos y otros motivos necesitamos más que nunca la luz de la razón, de
reflexiones críticas sobre los acontecimientos que no pueden sino pasar
por el tamiz del contraste de las diferentes posturas. Dos años después,
en España aún tenemos que enfrentarnos en serio a las causas de los
atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Hemos visto
muchas imágenes, hemos leído mucha prensa (el diario El Mundo ha cogido
este asunto como su enganche editorial con el público, y a veces rozan
el absurdo y el esperpento, por no citar al periodista Federico Jiménez
Losantos que desde la cadena COPE arremete contra los jueces, policías,
instituciones… que no le dan la razón por supuesto),… pero seguimos sin
entender el origen del odio que generó tanta violencia y muerte. ¿Cómo
comprender que personas jóvenes de un país vecino como Marruecos
ejecuten una acción de este tipo? En estas disyuntivas estamos, y muchas
veces se evoca al Islam como causa directa del fundamentalismo
terrorista árabe, confundiendo y señalando con el dedo al nuevo chivo
expiatorio que necesita cualquier sociedad.
De ahí la necesidad de pararse a pensar y descubrir las aportaciones y
los valores del laicismo en nuestro tiempo. Un laicismo distinto del
napoleónico, pero que sin duda es hijo de la Ilustración y la Modernidad
que tanto tienen que seguir aportando. Parafraseando a Adela Cortina, la
Ilustración es un proyecto que aún no se ha puesto en práctica, en
oposición a los pensadores que dicen que es una fase concluida. Pues con
el laicismo podemos decir lo mismo, aún no lo hemos contemplado en su
desarrollo histórico real, es nuestra tarea.
I. ¿PROBLEMA DE CONCEPTOS?
Desde los inicios de la filosofía, y atravesando el nominalismo
medieval, los nombres siempre son motivo de controversia en los debates
intelectuales. También expresiones como el laicismo, la laicidad, Estado
laico, postura laicista,… por poner unos ejemplos son el centro de
discusión para muchos ambientes de opinión en la actualidad. Haciendo un
repaso por distintas publicaciones recientes acerca del laicismo
encontramos que según la óptica que se tenga determina la valoración de
esta realidad. Pasa con todo juicio, pero es bueno resaltarlo para así
constatarlo detenidamente en los textos que queremos analizar.
La palabra «laico» procede precisamente del lenguaje religioso. Derivado
del griego laos que significa pueblo, se llamaba así en lenguaje
eclesial a los fieles del pueblo, que no pertenecían el clero. En la
Edad Media, a los laicos, que no vivían en el claustro sino en el
«siglo», se les denominaba «seglares» y «secularización» era el proceso
por el que un sacerdote o monje abandonaba el estado clerical y volvía
al «siglo». De hecho, previa a la noción de laicismo pero como punto de
arranque del mismo, está el concepto de secularización. Antes de que se
diera un pensamiento y una práctica política que propugnaran una
auténtica independencia entre el Estado y las iglesias, hubo de llegar a
la comprensión no religiosa del saber, de la justicia, de la política y
de la vida toda. La secularización del poder comienza con el
enfrentamiento de los emperadores y los papas del medievo, pero no se
hace real hasta la Ilustración, cuando los programas de los soberanos no
cuentan como requisito con el beneplácito de las autoridades
eclesiásticas. Esta comprensión no religiosa de los diferentes ámbitos
de la vida social o secularización, ponía fin, no de una vez ni
rápidamente, al régimen de cristiandad que era el que unía en una sola
visión religión y sociedad.
Valga como ejemplo de la dificultad para comprender sin mutilar la
naturaleza del laicismo la denuncia que hace Jacques Testart1 de una
idolatría dogmática de la ciencia por ser contraria a una auténtica
laicidad. En este artículo se nos recuerda la concisa pero decisiva
definición que del laicismo tiene el clásico diccionario francés Robert:
«el principio de separación de la sociedad civil y la sociedad
religiosa, según la cual el Estado no ejerce ningún poder religioso y
las Iglesias ningún poder civil». Aunque en esta definición ya hay una
confusión que está en la raíz de las dificultades para que se haga
realidad esa separación: que por muy diferentes que sean la «sociedad»
religiosa y la «sociedad» civil, ambas forma una misma sociedad con
múltiples vínculos y terrenos en litigio. En cualquier caso, este autor
pone de manifiesto que un cientifismo que se considera irrebatible y
pretende tener la respuesta para todo es la negación de una sociedad
laica que, en última instancia, lo es por ser democrática y opuesta al
monopolio de la verdad y el sentido: «aquí y allá, la palabra clave es
democracia». Llama la atención que incluso señale la falta de este
verdadero sentido laico en Michel Onfray (el autor del Tratado de
ateolología) por su fe ciega en la ciencia hasta el punto de oponer la
verdad de los hechos (como los muertos víctimas de la energía nuclear)
al cumplimiento del dogma tecnocientífico de que todo lo que lleve el
sello de ciencia es legítimo y necesario.
Lo primero que tenemos que resaltar es la dificultad de entrada que
tenemos en España para comprender el laicismo2. La mala prensa es tal,
que un término positivo y propositivo en cuanto factor de construcción
social como es el laicismo, se transforma su valor semántico para
convertirse en un ejemplo del ataque del Estado contra las conciencias y
las religiones. Se confunde con la supresión del valor de tradición y de
religión, como querer empezar de cero sin creencias ni mediaciones
simbólicas. Todo un error de partida que imposibilita el diálogo que
genera ideas para seguir trazando puentes de entendimiento entre
posturas diferentes. En este artículo de Antonio García Santesmases
están recogidas las opiniones de Olegario González y Fernando Sebastián
sobre la cuestión y podemos observar el recelo que estos dos
intelectuales tienen hacia el término y debido al papel crucial que
ambos juegan en la Jerarquía de la Iglesia Católica española actual
podemos afirmar que los desentendidos y cruces de acusaciones entre la
Conferencia Episcopal Española y el Gobierno Español que estamos
viviendo en estos dos últimos años nacen sin duda de un recelo y
desconfianza ante el Estado laico.
Dentro de los teólogos más abiertos y comprometidos con la justicia
social encontramos al jesuita Juan Antonio Estrada. Lleva tiempo
analizando la realidad social de nuestro país de manera crítica y
progresista. Pero desgraciadamente, distingue entre laicista y laicidad3
para afirmar la parte buena del laicismo (laicidad) en cuanto separación
Iglesia-Estado y alejarnos de una vez por todas de la tentación
cesaropapista. Y para criticar al estado fundamentalista laicista que
según el pervive en el anticlericalismo y anticatolicismo que proviene
de la época de la segunda República española. A mi juicio esta
distinción es irreal y es mejor solucionar el problema de nombres
llamando siempre laicismo a esta tarea emancipadora que separa
religiones de los estados políticos para bien de ambos. No quita eso la
colaboración, el entendimiento, ya que las religiones no son en sentido
literal espirituales, sino que son colectivos de ciudadanos sujetos a
derechos y deberes que el estado tiene que velar y exigir.
II. APORTACIONES POSITIVAS DEL ESTADO LAICO.
Sin más preámbulos vamos a analizar las aportaciones positivas que tiene
el Estado Moderno Laico. Y para este cometido tenemos que considerar las
apreciaciones del famoso informe Stassi4. En España no tenemos más
remedio que mirar al otro lado de los Pirineos para encontrar pistas de
reflexión y praxis en torno al laicismo. Este informe aunque desde
principio a fin tiene un contexto bien delimitado (la integración de la
comunidad musulmana que vive en Francia) hace balance también del
laicismo en la historia del modelo republicano francés y así aporta
claves interpretativas a otras realidades nacionales, como es nuestro
caso. El informe parte de la premisa de que el laicismo es un bien y un
valor republicano, que fundamenta incluso la unidad nacional. Desde la
Revolución francesa de 1789 se desvinculan las nociones de ciudadano y
religioso, es decir para ser persona con derechos civiles no es
necesaria la pertenencia a ninguna religión (en aquel momento histórico
estar bautizado en la Iglesia Católica). Pero es en 1905 cuando se dicta
la ley de separación de Iglesia/Estado que tanto ha caracterizado a la
nación francesa. Se transformó una bandera de combate (el laicismo) en
un valor republicano compartido ampliamente. En la actualidad el
interlocutor que tiene el Estado ya no es la Iglesia Católica sino el
Islam. En el mundo secularizado occidental conviven distintos credos y
referencias de identidad entre los conciudadanos.
El sentido y la esperanza del laicismo no se reduce a la neutralidad del
Estado en materia religiosa (que ya es un avance importantísimo en una
sociedad como la nuestra recién salida del nacional-catolicismo, donde
la religión queda instrumentalizada y el poder revestido de lo sagrado)
sino que se propugna el laicismo al lado de otros bienes como son el
respeto, la tolerancia, las exigencias mínimas para vivir juntos. Obliga
al Estado, pero también a los distintos Cultos y las diferentes
personas.
Por la parte católica, a la hora de fundamentar su reconocimiento de
esta mutua y respetuosa independencia entre el Estado y las confesiones
religiosas hay que citar la declaración del concilio Vatiano II
Dignitatis humanae. En dicho documento, novedoso para la tradición
doctrinal católica que daba por supuesta la exclusividad de la verdad
para la fe católica y la consiguiente obligatoriedad de su aceptación
para la salvación, se reconoce por fin la libertad religiosa. Sobre la
base de que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de
la misma verdad (n. 1) la máxima autoridad doctrinal del catolicismo, un
concilio, al tiempo que defiende el derecho de toda persona y comunidad
a elegir y profesar sus propias convicciones, señala incluso que la
sociedad civil tiene también el derecho a protegerse de los posibles
abusos en nombre de dicha libertad, por lo cual las autoridades deben
proteger a la sociedad contra los mismos si se dieran (n. 7). Vemos pues
que dentro de su propio corpus doctrinal, la Iglesia católica tiene las
bases tanto para el reconocimiento de la pluralidad religiosa como para
la aceptación de una laicidad civil que defienda la convivencia en
libertad.
Pero salvo esas excepciones de autodefensa, no puede haber intervención
política en lo religioso, las elecciones espirituales provienen de la
libertad personal. Los cultos religiosos y el Estado se benefician
mutuamente con la separación de realidades, de esta manera las
religiones concentran todas sus fuerzas en su misión espiritual y
encuentran la ansiada libertad de expresión profética ante cualquier
poder. Por otro lado, lo que sí debe garantizar el Estado es la libertad
de conciencia y de juicio. Todos los credos religiosos tienen que poder
expresarse libremente, es decir, el laicismo no significa indiferencia
ante algún abuso que niegue la libertad religiosa.
Un punto bien definido en su importancia por el informe es la exigencia
de la laicidad en la escuela estatal. El Estado es responsable de que
los alumnos tengan un conocimiento crítico de las distintas religiones.
El currículo de la Enseñanza Obligatoria debe incorporar una información
intelectual y crítica del fenómeno religioso. El laicismo en la escuela
no solo separa los ámbitos religioso y educativos sino que propone una
visión fuerte de ciudadanía que va más allá de la pertenencia a
comunidades confesionales o éticas. Este punto resulta difícil de
digerir en España, donde el Concordato de la Santa Sede y el Estado
Español de 1979 establece una serie de obligaciones estatales para con
la Iglesia Católica entre las que se encuentra el deber del Estado de
ofrecer la asignatura de religión confesional católica en los centros
públicos, impartida por profesores y maestros designados por la
Jerarquía católica en cada curso escolar. La solución a los conflictos
que esta ley provoca y los que pueda provocar cuando los representantes
de otras religiones quieran estar presentes en la escuela pública, pasa
por un encuentro y diálogo entre el Estado y las confesiones religiosas
distinto al que se lleva en la actualidad. Ahora solo prevalecen los
intereses de unos y de otros, a veces, dando la impresión que lo que
menos importa es la formación de los alumnos y la situación de los
docentes. A mi juicio es el Estado quien debe tener la decisión y el
poder para solucionar esta controversia. Desde el laicismo no se puede
admitir una escuela estatal confesional, pero tampoco la ignorancia
religiosa que estamos experimentando. El desarrollo de una asignatura de
Educación para la Ciudadanía es un avance respecto a los mínimos de
convivencia que los niños y jóvenes deben conocer y practicar,
independientemente de sus ideologías o pertenencias religiosas. Bien es
verdad, que es necesario una asignatura sobre el hecho religioso, ya que
forma parte de nuestras claves culturares. Y esta asignatura para que
sea igual que las demás asignaturas (demanda de los obispos españoles)
tiene que depender exclusivamente del Estado y de las Autonomías, desde
la elección de los docentes a través de un concurso-oposición y desde la
inspección y seguimiento de los programas de centros y aulas. Mi opinión
contrasta con la de representantes significativos de la Jerarquía
eclesiástica española que hemos estado escuchando a lo largo de todo
este año 2006, como es el caso de Monseñor Antonio Cañizares, Cardenal
arzobispo de Toledo, que no ha cesado de predicar contra el proyecto de
la asignatura Educación para la Ciudadanía5, como si fuera una voz de la
oposición parlamentaria y considerando que su postura es la más
martiriar y ejemplar de las actuales. Olvidan pronto los Obispos
españoles las bases del Estado de Derecho Democrático y que son los
representantes elegidos por el pueblo quienes legislan (gobierno) y
quienes examinan a los gobernantes (oposición).
Acaba el informe con una exhortación: vivir juntos exige la vigencia del
laicismo. Francia se encuentra cambiada en un siglo por la llegada de
inmigrantes. Es crucial la integración de estos nuevos ciudadanos, es
necesaria la imaginación social para no excluir y generar marginación
xenofobia. La escuela sigue siendo el mejor instrumento para transformar
la sociedad. En ella debe haber cabida para las diferencias de otras
culturas y religiones. Desde los calendarios de festividades, hasta los
menús escolares,… no se puede rechazar lo diferente. Esto significa otra
manera de leer el laicismo, no como negación de todo lo religioso, sino
como la puerta al pluralismo y diversidad propios de nuestra cultura
contemporánea.
III. DIFICULTADES POR PARTE DE LOS CLERICALES Y ANTICLERICALES.
Esta mirada a Francia nos propicia no solo datos interpretativos de
nuestra realidad española, sino que nos previene del nuevo panorama
social y escolar que nos llega. Sin duda la inmigración nos exige
cambios sociales, y cuanto más tarde se realicen peor serán las
consecuencias. Volviendo a nuestro trabajo sobre el estado del debate
sobre el laicismo en nuestro país, constatamos una controversia abierta
y sin tapujos entre los medios y entornos clericales (que no son toda la
Iglesia) y los anticlericales que ignoran el papel mediador de las
religiones en la solución de conflictos. Bien es verdad que a veces
están en la fuente de los conflictos (como tantas veces critica José
Saramago en sus artículos sobre Dios y las religiones) pero no podemos
reducir las causas del mal, como una guerra, al factor «Dios», sería
ingenuo, manipulador y nefasto para la paz.
Es necesario analizar críticamente las intervenciones de parte del
episcopado español, o mejor dicho del núcleo duro y conservador del
mismo: Antonio Cañizares y Antonio María Rouco, que no cesan de
publicar6 y opinar en distintos medios de comunicación sobre asuntos que
atañen al laicismo en España. No haré un análisis pormenorizado, tan
solo comentaré algunas de sus intervenciones para situar bien este nuevo
aire neoconservador que paraliza cualquier acercamiento de posturas
distanciadas ya por el pasado reciente español y que aíslan aún más si
cabe las posibilidades evangelizadoras de la iglesia católica ante los
nuevos retos de nuestro tiempo.
En la pasada reunión extraordinaria de junio de 2006 de la Asamblea de
la Conferencia Episcopal Española se debatió un documento sobre la
unidad de España que al final tuvo que ser sustituido por un comunicado
consensuado con todos los obispos. El documento parece ser que contenía
altos niveles de patriotismo que poco tienen que ver con la misión
eclesial de aunar sentimientos en estos tiempos en los que los
nacionalismos catalanes, vascos y gallegos son tan utilizados por todos
los sectores políticos. Esto no es nuevo en el episcopado español como
podemos ver en los anales de nuestra historia del siglo XX, y en textos
publicados recientemente por Antonio María Rouco Varela lo podemos leer
con claridad. Esta corriente conservadora tiene de sí una idea de España
y del papel de la Iglesia que no podemos dudar en calificar de
nacionalcatolicismo. Se hace una lectura interesada de los principales
hitos en nuestra historia, como por ejemplo la época de los Reyes
Católicos, donde cada cierto tiempo encontramos el deseo y anhelo de
canonizar a la Reina Isabel de Castilla, lo que supondría el fin del
diálogo con la comunidad judía sefardí que tuvo que marcharse por
decreto real. También el papel de Felipe II como profundo creyente,
según opina el arzobispo de Madrid, que no conciliaba bien el sueño por
la conciencia de no salvar las almas de sus súbditos. Estas ideas bien o
malintencionadas suponen una ruptura no digo con muchos historiadores
sino con muchas personas creyentes o no que no comparten ninguno de esos
relatos. La revista del arzobispado de Madrid, Alfa y Omega, con ocasión
del 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República, publica7
a destacados y expertos politólogos que analizan la situación de los
católicos en esta etapa. Don Rafael Navarro Valls, catedrático de la
Universidad Complutense, analiza el origen del anticlericalismo español.
Don Alberto de la Hera, también catedrático en la misma Universidad,
aporta unas interesantes pinceladas sobre la falta de democracia en el
período republicano. Don Ángel López-Sidro, profesor de Derecho
Eclesiástico en la Universidad de Jaén, valora la presencia del laicismo
en la Constitución republicana. Don José Luís González Gullón, realiza
un repaso a la situación religiosa vivida entre los años 1931 y 1936.
Estos escritos eran publicados como antesala de la reunión de los
obispos españoles, que al final debido a las discrepancias en el seno de
la Conferencia Episcopal optaron por un comunicado más conciliador.
No
podemos olvidar el marco de la Iglesia Católica Universal que a finales
del siglo XX dirigió Juan Pablo II y que en los albores del nuevo
milenio encabeza Benedicto XVI, que era el intelectual de más prestigio
y valía del anterior pontificado. Se ha escrito mucho y más que se
escribirá sobre esta época del post Concilio Vaticano II, pero
refiriéndonos al laicismo diremos que el Papa polaco no podía entender
los deseos de la Modernidad ilustrada al provenir de la experiencia de
persecución estalinista en su país natal, y al culpar al marxismo y a la
razón ilustrada de todas las barbaries del siglo pasado. El Papa actual
lejos de esta visión también ha estado cerca de muchos puntos de
opinión. No podemos olvidar su papel como Director del Dicasterio para
la Doctrina de la Fe (antiguamente llamado santo Oficio o Inquisición)
donde encabezó la línea más reaccionaria de la Iglesia al juzgar y
desprestigiar a la Teología de la Liberación Latinoamericana. En la
actualidad podemos escucharle muchas veces sus opiniones sobre Europa y
el Cristianismo8 donde reflexiona sobre la idea de Europa y su
vinculación con la fe cristiana. No solo desde la arqueología de los
acontecimientos sino desde la ideología que justifica. Llevando al
lector a la conclusión de la dificultad de Europa sin cristianismo.
Volviendo a nuestro país, es necesario eludir a la labor de Gobierno de
José Luís Rodríguez Zapatero electo desde marzo de 2004 y que sus
políticas sobre derechos civiles9 bien explicadas en una larga y
razonada entrevista han originado controversias varias con algunos
dirigentes de la Iglesia española. El debate sobre matrimonio de
personas del mismo sexo, la regulación de la eutanasia… son ejemplos de
estos conflictos entre Iglesia y Estado. Por otro lado, otros católicos
aunque minoritarios han apoyado estas vías de tolerancia y de moral
renovada que se legisla con el apoyo de la mayoría parlamentaria y que
demandan más riesgos al gobierno a la hora de apostar por políticas
sociales hacia los inmigrantes, jóvenes, medio ambiente,… En los medios
de comunicación más oficiales de la conferencia Episcopal como son la
COPE y no han cesado su ira contra el presidente Zapatero. En un
artículo ECCLESIA10 de María Teresa Compte Grau la autora debate
abiertamente la entrevista citada anteriormente desde la noción del
derecho natural oponiéndola a la ley positiva, en este caso la de los
gobernantes españoles. Para ella las políticas de Zapatero no pueden
estar por encima de la «primacía de la conciencia, la libertad y la
dignidad humana». Habría que contestarle que por supuesto que no, y
esperemos que estos no sean sus deseos más profundos, es más el
reconocimiento de los derechos de las minorías es siempre un triunfo de
la dignidad de toda la humanidad, y un triunfo de los valores
transformadores del Evangelio.
IV.
UN MUNDO SIN RELIGIONES O PAZ ENTRE RELIGIONES.
La canción Imagine de John Lennon nos animaba a que nos imagináramos un
mundo sin religiones, para muchos, ésta sería la solución a muchos
conflictos. Pero la realidad nos trae al pensamiento lo que nos debe
ocupar, y la realidad de la humanidad está influenciada por las
religiones.
Algo que a menudo se nos escapa a los occidentales es lo que ha
constatado el francés Marcel Gauchet11. En un análisis exhaustivo y
arqueológico de las sociedades y culturas a lo largo del tiempo ha
escrito una historia política de la religión, es decir desde la
sociología moderna ha estudiado el papel político de las religiones. Y
esto es fundamental para él: el cristianismo es la Religión de salida de
la Religión. ¿Qué significa esto de salida? Que es la única
civilización, la occidental, con la característica de la secularización,
es decir, con el debilitamiento de los poderes religiosos a favor de los
civiles. Esta realidad que comienza con el judeo-cristianismo y su
concepción desencantada del mundo y acaba con los procesos
emancipatorios de la Ilustración donde vemos visiblemente eso de la
salida no es factor común en las sociedades, más aún, es la excepción a
la regla de las religiones políticas.
La dinámica de la Encarnación de Dios, misterio central del
cristianismo, introduce un elemento crucial para nuestra reflexión.
Llega el punto en que divinización y humanización se confunden, donde la
religión se manifiesta como camino de humanidad. Esto supone aceptar no
sólo el laicismo como liberación de toda tentación legitimadora del
poder desde lo divino, sino también recibir las aportaciones de la
religión para el desarrollo humano. Las religiones no solo aspiran a
tener un local de culto sino que auténticamente quieren la liberación o
salvación de todo. Esto no debería suponer una intromisión sino una
aportación, bien es verdad que tiene que ser vigilada por otros entes
para no sobrepasar sus límites autoimpuestos.
Por otro lado, dentro de las aportaciones y posibilidades positivas de
la religión encontramos la propuesta de Hans Küng12 sobre la paz mundial
y el diálogo entre las distintas religiones. Como teólogo afamado
merecidamente, no podemos desconsiderar esta idea, tan relacionada con
la alianza de civilizaciones de Zapatero. El choque entre mundos sabemos
bien donde nos puede conducir, sin embargo la paz entre mundos como son
las religiones nos puede resultar esperanzador. Las dificultades son
muchas, los lenguajes, las tradiciones, las costumbres son incluso a
veces opuestas. Pero las entrañas de las religiones sin duda nos
posibilitan caminos nuevos, como la mística y el pacifismo, el bien
común y el cuidado de la naturaleza, etc.… El pensador suizo se sitúa en
la corriente iniciada en el Vaticano II en la declaración Nostrae
Aetatae, donde se ponen cimientos para un diálogo sincero entre las
confesiones cristianas (ecumenismo) y entre otras religiones y el
cristianismo. Gestos como la oración por la paz de Asís de 1986, y los
sucesivos encuentros en este sentido hicieron a Juan Pablo II un
trabajador por la paz y entendimiento entre religiones, lo que le
supusieron largas y tediosas críticas por parte del sector más
conservador e involucionista del catolicismo.
Recientemente ha surgido el conflicto entre el catolicismo y el Islam
por un discurso pronunciado por Benedicto XVI en Alemania en día 12 de
septiembre de 2006. En un párrafo sobre su disertación sobre el diálogo
entre razón y fe en Occidente cita a un emperador bizantino del siglo
XIV que ve violencia en el Islam. Esto no sólo ha supuesto la
contestación más airada de todas las comunidades musulmanas del mundo
(que recuerdan la polémica y la violencia a partir de unas caricaturas
sobre Mahoma que publicó un diario danés) sino también la crítica de más
de un medio de comunicación occidental como es el caso de la editorial
de EL PAÍS del 16 de septiembre de 2006 donde se analiza el caso desde
la poca visión política del pontífice, y se evita el pronunciamiento a
favor de la libertad de expresión y de crítica. Citar la guerra santa y
denostarla no es un ataque al Islam, sino hacia una lectura del mismo.
Bien es verdad que no es cuestión de echar leña al fuego del fanatismo,
pero nuestra civilización que ha atravesado tiempos también violentos
justificados desde ideas religiosas debe apresurarse en deslegitimar
estas opiniones y reacciones.
CONCLUSIONES
Difícil tarea la de concluir este tema tan actual y tan lleno de
experiencias emocionales y también irracionales. La única vía es el
diálogo y el intercambio de vivencias, no hay más. Y el cristianismo
está posibilitado para la convivencia con el laicismo13 como hemos dicho
anteriormente. Una de las salidas al conflicto entre civilizaciones es
la tarea de interpretar tu propia tradición o cultura. Esto que en
Occidente llamamos como Ilustración ha de ser comunicada al resto de
pueblos, digo comunicada y no impuesta, como se intenta hacer a nivel
político con la democracia en Irak por poner un ejemplo. Con armas y
violencia conseguiremos lo contrario de lo que nos gustaría.
Por otra parte, no nos vendrá mal para defender la raíz ilustrada de la
laicidad recordar que ésta no puede confundirse ni con la intolerancia
ni con la absolutización de otros sistemas ideológicos, como el
cientificismo, el liberalismo económico o la insolidaridad consumista.
El carácter democrático que alienta todo proyecto que se llame
verdaderamente ilustrado, deberá prevalecer sobre el mero racionalismo,
y reconocer la posibilidad y legitimidad de sistemas simbólicos como las
religiones como verdadera manifestación de ese politeísmo axiológico que
puede reconciliar el programa de la ilustración con las reivindicaciones
críticas hechas desde sus propias contradicciones internas, aquello que
Adorno y Horkheimer llamaran «la dialéctica de la ilustración».
En España el catolicismo y sobre todo su Jerarquía deben orientar sus
fuerzas por otro camino. Las añoranzas de otros tiempos pretéritos son
nefastas y estériles para ser significativos en nuestros días.
Difícilmente se darán estos cambios cuando todo son negaciones, ataques,
reproches, manifestaciones… Otra vez hemos de volver a la época del
Cardenal Tarancón que bien supo conciliar lo que en principio parecía
imposible en nuestra sociedad española.
Solo queda el reconocimiento de la tarea intelectual para la resolución
de problemas y para la búsqueda de futuro sin excluidos ni vencedores.
Cualquier análisis racional puede ser clave para un entendimiento y un
desenmascaramiento de voluntad de poder que anula lo diferente e impide
cualquier pluralismo.
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NOTAS
1) Fe ciega en el progreso científico
Le Monde diplomatique edición española
, nº 122 (2006) 26 – 27.
2) GARCÍA SANTESMASES, A.,
La «mala prensa» del laicismo, en
Revista Internacional de Filosofía Política, nº 24, Madrid, diciembre
2004, pp. 29-46.
3) ESTRADA, J.A., Laicidad y religión en la sociedad española , en Éxodo
, nº 80, madrid, septiembre-octubre 2005, pp.4-14.
4) STASSI, B., Informe para el Presidente de la República. Comisión de
Reflexión sobre la aplicación del Laicismo en la República (remitido el
11 de diciembre de 2003)
en BLAS ZABALETA, P.(coord.),
Laicidad, educación y democracia, Biblioteca Nueva, Madrid 2005, pp.
183-240.
5) Es aconsejable leer el artículo de opinión titulado Las luces y las
sombras de Gregorio Peces Barba publicado por el diario EL PAIS del 22
de agosto de 2006, donde se hace balance de las negativas históricas de
la Iglesia Católica hacia la Ilustración.
6) ROUCO VARELA, A.M., España y la Iglesia Católica, Planeta, Barcelona
2006.
7) ALFA Y OMEGA, nº 502, 8 junio de 2006, Madrid.
8) PERA, M. y RATZINGER, J., Sin raíces, Península, Barcelona 2006.
9) FLORES D ’ARCAIS, P. y ODRÍGUEZ ZAPATERO, J.L., Claves de razón
práctica
nº 161, Madrid, Abril de 2006.
10)COMPTE GRAU, M.T., La verdad os hará libres, Revista ECCLESIA nº
3.308, Madrid, 6 de mayo de 2006.
11) GAUCHET, M., El desencantamiento del mundo, Trotta, Madrid, 2005.
12)KÜNG, H., Proyecto de una ética undial, Trotta, Madrid, 2000.
13) ESTRADA, J. A., El cristianismo en una sociedad laica , Desclée de
Brouwer, Bilbao 2006.
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BIBLIOGRAFÍA
AA.VV., Revista Internacional de Filosofía Política, nº 24, Madrid,
diciembre 2004.
AA.VV., Éxodo, nº 80, Madrid, septiembre-octubre 2005.
BLAS ZABALETA, P.(coord.), Laicidad, educación y democracia, Biblioteca
Nueva, Madrid 2005.
ESTRADA, J. A., El cristianismo en una sociedad laica, Desclée de
Brouwer, Bilbao 2006.
GAUCHET, M., El desencantamiento del mundo, Trotta, Madrid, 2005.
GINER, S., Carisma y razón. La estructura moral de la sociedad moderna,
Alianza, Madrid, 2003.
HABERMAS, J., Un futuro de la naturaleza humana, Paidós, Barcelona 2002.
KÜNG, H., Proyecto de una ética mundial, Trotta, Madrid, 2000.
PERA, M. y RATZINGER, J., Sin raíces, Península, Barcelona 2006.
ROUCO VARELA, A.M., España y la Iglesia Católica, Planeta, Barcelona
2006.
==================================================================================================“VIVIR
LA FE CRISTIANA EN UNA SOCIEDAD
SECULARIZADA”
Durante esta XIII Semana Andaluza de
Teología, unas 400 personas hemos reflexionado sobre la fe cristiana en
su encuentro con la laicidad, ese fenómeno social tan denostado por
buena parte de la jerarquía eclesiástica. Muchos obispos consideran que
la laicidad encierra un hostigamiento a la religión y la pretensión de
sustituir las creencias religiosas por una cosmovisión racionalista: el
laicismo. Nosotros, cuando escogíamos este tema, partíamos de una
apreciación completa-mente opuesta: la sociedad laica es para los
cristianos un nuevo signo de los tiempos.
Efectivamente, a lo largo de estas jornadas hemos ido descubriendo que
vivir la fe en medio de una sociedad laica, no es una limitación, sino
LA GARANTÍA BÁSICA PARA SALVAGUARDAR EL MENSAJE DE JESÚS. La laicidad no
va contra nadie, sino a favor de la convivencia en la libertad, la
igualdad y la fraternidad. Estos valores, que tanta resonancia
evangélica encierran, y que para nosotros son irrenunciables, encuentran
en la laicidad el ambiente imprescindible para poder florecer sin
privilegios ni exclusiones.
Los cristianos creemos que el ser humano, creyente o no, con su libertad
y su autonomía, es la gran apuesta de Dios. Después de la encarnación,
vida, muerte y resurrección de Jesús terminó definitivamente la
separación entre lo sagrado y lo profano. Ya todo el universo -casa y
moradores- somos vasijas capaces de transparentar la imagen de Dios que
acogemos en nuestro interior y, movidos por el Espíritu del Padre y del
Hijo, podemos convertirnos en suave brisa o en viento huracanado que,
codo a codo con todas las personas de buena voluntad, empujamos la
historia hacia su destino final: la fraternidad universal.
Las interpela-ciones que nos va haciendo esta sociedad laica nos ayuda a
profundizar en el mensaje evangélico. Jesús de Nazaret fue una persona
laica. Él descubrió a Dios, su Padre, no en el templo ni en las
autoridades religiosas, sino en las personas marginadas y excluidas de
la sociedad en que vivió. Su forma de vivir y su forma de morir siguen
siendo para nosotros la referencia inapelable para acompañar y ayudar a
esa muchedumbre inmensa de excluidos en esta sociedad mal globalizada:
las personas excluidas de la salud, de la educación, de la vivienda, del
trabajo, de los derechos sociales y hasta de un plato de comida diaria.
Y todo esto lo vivimos en UN HORIZONTE INTER-RELIGIOSO cada vez más
compartido. La globalización nos lo recuerda y la inmigración nos lo
impone. Ya, en nuestro entorno, la religión católica no es la única en
pretender la verdad de alguna manera en exclusiva. Todas las religiones
lo pretenden y muchas de ellas también se creen reveladas. Aparte de la
presencia cada vez mayor de ateos convencidos. Forzoso es, por tanto,
que para una posible convivencia vivamos en una sociedad laica
compartiendo los valores seculares comunes. Sólo, a partir de ahí, cada
iglesia puede hacer su apuesta de visión religiosa respetuosa con las
demás y que refuerce las propias actuaciones seculares en busca del BIEN
COMÚN.
Las comunidades cristianas, LA IGLESIA, como las demás religiones,
desarrollará su misión A LA INTEMPERIE, en medio de todos los hombres y
mujeres, sin prebendas y dando testimonio del necesario pluralismo
también dentro de ella. Sólo estará sostenida por su fuerza interior y
por la contundencia de los valores del seguimiento de Jesús, que no
deben identificarse con los “vestidos culturales” que siempre necesitan
para expresarse en cada época y lugar.
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