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EL ARZOBISPO DE OVIEDO APARTA
A UN SACERDOTE DE SU PARROQUIA POR TENER MUJER E HIJO
Religión Digital
16-09-07
El Arzobispado de Oviedo ha apartado a un sacerdote asturiano de
su parroquia por no respetar el celibato. Según confirmó el
vicario general de la diócesis, Juan Antonio Menéndez, el
sacerdote mantiene una relación estable con una mujer y tiene un
hijo.
El hecho de la paternidad no fue determinante para apartarle
de su parroquia, según afirma el vicario, quien precisa que la
decisión se adoptó por mantener una relación estable y faltar al
celibato.
Según el vicario general de la diócesis, el caso de este
sacerdote «no es único, no es algo extraordinario, hay más
personas que están en esta situación». «Se dan casos así. Por
tener un hijo no se aparta a un sacerdote del ministerio
sacerdotal. No está bien, pero no es la causa. Sí lo es el
mantener una relación estable con una mujer, va contra la
promesa del celibato. La Iglesia no actúa de una manera
drástica, de improviso. Hay unas leyes, una decisión libremente
adoptada de aceptar el celibato, que por lo que sea este
sacerdote no ha podido mantener»,
El caso de este sacerdote asturiano no es único y de hecho hay
una corriente en la Iglesia católica que cuestiona el celibato,
un precepto que se aplica en el rito romano, y no en otros ritos
católicos. Las voces que piden que el celibato exigido por la
Iglesia católica romana se declare opcional han chocado con la
firme decisión del Papa Benedicto XVI de mantener esta condición
como exigencia inexcusable para el ordenamiento sacerdotal.
No todos los sacerdotes están de acuerdo: según una encuesta
realizada por Taiss Investigación al clero diocesano español
-sobre una muestra de 751 sacerdotes-, más de la mitad -el 52,7%
de los encuestados- consideran que el celibato debería ser
opcional, frente al 47,3%, que se decanta por dejar el celibato
obligatorio. Las opiniones del clero, pues, están divididas,
pero la postura de la jerarquía eclesiástica es clara: se trata
de un precepto, hoy por hoy, inamovible.
COMENTARIO
DE UN CURA:
Si el problema de este cura fuera llevar contabilidad B, C, D;
si distrajera dineros de todos para su propio beneficio; si cada
año estuviera fuera de la parroquia entre unas cosas y otras
dos, tres, cuatro meses y los feligreses pagando suplencias; si
cerrase su templo un mes en verano sin misas siquiera; si fuera
vago redomado, alcohólico, inculto, déspota... seguiría en su
oficio pastoral. Pero... ha tocado a una mujer. Y el celibato es
para que el sacerdote esté completamente disponible para Cristo
y la Iglesia. Se puede casar con el dinero, el orgullo, sus
negocios, sus manías. Puede ser el perfecto marido de don
alcohol, doña vagancia, la señora incultura, el señorito bien
vivir. Pero seguiría en su oficio pastoral. Lo que pasa es que
su problema es una relación estable con una mujer. Y eso es lo
único que no se perdona.
No quiero decir con esto que el celibato sea cosa banal. Sólo
digo que no es un problema mayor que los otros que expongo. O
mano dura con todos o tolerancia con todos. Mientras a unos
cuantos se les ríen las gracias (son las cosas de D. Fulano, ya
sabemos como es D. Mengano) a otros se les conmina a cambiar de
vida por ser incompatible con el ministerio.
Hablo no de hipótesis, sino de cosas reales, muy reales. Incluso
de historias de «sexo» toleradas porque no se han hecho
públicas. Señores obispos... mientras se toleran algunas cosas,
otras se llevan al límite. Y así pierden ustedes toda
credibilidad.
Y NOS DICE UN MISIONERO:
Ya es hora de que la Iglesia-Jerarquía abra los ojos y tenga la
valentía de admitir el celibato opcional. Lo digo desde estas
tierras de misión (Brasil).En el rito oriental-católico es algo
normal...Cuando un anglicano viene para la Iglesia católica
siendo ministro, se le permite ejercer como
casado-padre-católico...En Tenerife se ordenó a un
diácono-anglicano como presbítero católico y es casado. ¿Por que
esa demora en admitir el celibato opcional?
¡Cuanto sufrimiento se evitaría, y cuanta transparencia habría
en la vida sacerdotal evitando vidas divididas. Y creo que el
ministerio sería mucho más rico y testimonial. Y si el celibato
es un carisma necesario, no faltará en la Iglesia; pero no
impuesto por ley.
Comentario por Jose RA
DE SER OPCIONAL EL CELIBATO, MÁS DE LA MITAD DE LOS
SECULARIZADOS NO LO HUBIERAN DEJADO
20-09-07
Lo dicen en la diócesis de Mallorca. Y es un ejemplo. Un puro
ejemplo,pero muy significativo de lo que está pasando en las
filas del clero: hay un repunte de las secularizaciones.
La Iglesia española intenta taparlo. No se dan cifras
globales. Pero, para muestra un botón. La Iglesia de Mallorca
está viviendo un cierto repunte de secularizaciones en el clero
diocesano.
Después de las dos últimas ´bajas´, que tuvieron lugar entre
2004 y 2005, ahora en poco más de un año tres curas han decidido
secularizarse. Con estas nuevas renuncias el total de la
diócesis suma ahora 99, desde la primera en 1966.
Y es que, a decir de varios curas consultados, «de ser opcional
el celibato, más de la mitad de los secularizados no lo hubieran
dejado».
Con todo, nuestro compañero Pere Barceló señala que las causas
que desembocan en una renuncia al sacerdocio «nunca es una sola,
sino múltiples y diversas». Y sobre el tema sentimental, este
cura casado recuerda que la curia mallorquina suele hacer la
vista gorda «en los asuntos peivados” del clero: “Mientras
hagáis sin escandalizar, no diremos nada”, es una consigna
episcopal y no de ahora, sino ya de antes», aseveración que
corroboran todos los clérigos consultados.
De hecho, muchos párrocos en activo saben que otros compañeros
mantienen de facto relaciones sentimentales, y en algún caso
están esperando situaciones personales más propicias para dar el
paso al estado secular.
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Fausto Antonio Ramirez
Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad
Pontificia Comillas de Madrid. |
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La
cuestión del celibato vuelve a saltar a las rotativas de
los periódicos que se hacen eco, una vez más, de una
noticia sobre la imposible continencia de algunos
sacerdotes.
Esta vez ha ocurrido en Italia, en un programa de
televisión donde se desvelaba abiertamente la doble vida
de algunos sacerdotes, en este caso homosexuales. Pero
días atrás, era cuestión de un sacerdote que
compatibilizaba su ministerio con una mujer con la que
había tenido un hijo.
Sin querer tratar aquí las excelencias que tiene el
compromiso celibatario para la Iglesia, mi pregunta se
centra, sin embargo, en las dificultades reales que esto
conlleva para que pueda ser vivido con las renuncias y
exigencias que se demanda sin que se convierta en un
sufrimiento, y si además eso es posible.
Comencemos afirmando que el celibato en abstracto no
existe. Existen célibes insertos en una sociedad
multicultural, con una experiencia particular de Dios y
de la Iglesia, con unas limitaciones tanto afectivas
como psicológicas, con tendencias heterosexuales u
homosexuales, con debilidades e intereses particulares.
Son personas por hacer, con un nivel mayor o menor de
madurez personal, con más o menos voluntad interior para
dominar sus pulsiones, que viven su sexualidad con mayor
o menor compulsividad, con ciertas limitaciones en sus
relaciones personales y con mejor o peor disposición
para asumir la soledad.
El celibato no es igual en un sacerdote aislado en un
pequeño pueblo perdido en ambiente rural, que el de una
religiosa contemplativa en un monasterio donde hay
muchas monjas, o el de un sacerdote dedicado a las
enseñanza universitaria en una gran ciudad, o el de un
cartujo enfrentado a largos días de silencio sin
contacto ni con el exterior ni con sus hermanos de
comunidad, o el de un joven cura recién salido del
seminario trabajando codo con codo con chicas y chicos
en la pastoral juvenil.
Cada caso es diferente, y a todos no se les puede pedir
ni exigir lo mismo, porque no sería justo. Se comprende
bien que en un caso o en otro los «riesgos» no sean
iguales.
Aclaremos primero el significado que la Iglesia le da al
celibato para no confundirnos con la comprensión, casi
siempre parcial, que le da el resto de la sociedad. La
Iglesia dice que el celibato implica la soltería y la
continencia genital. Por lo tanto, no sólo implica el
hecho de no fundar una familia y de abstenerse de
mantener relaciones sexuales con un hombre o una mujer,
sino en observar la continencia.
La continencia implica la renuncia a hacer uso de la
sexualidad, no sólo con otra persona, sino personalmente
con uno mismo, por eso la masturbación tampoco está
permitida en los célibes (en realidad no le está
permitida a nadie, ni célibe ni casado, pero eso es otro
tema que ahora no es objeto de mi reflexión).
La gran pregunta es si los célibes, son capaces de
asumir la continencia total, sin que esto afecte a su
compromiso de vida ni a su estabilidad emocional y
personal.
Los psicólogos ponen en duda que la continencia total
sea posible mantenerla a lo largo de toda la vida. Otra
cosa es que parcialmente y en algunos períodos de la
vida sí se pueda vivir. El control de las pulsiones
genitales puede ser vivido por algunas personas, pero no
por todas.
Así vistas las cosas, y apoyándome en lo que dice la
ciencia, la realidad es que en la Iglesia se dan dos
tipos de célibes: los que pueden vivir la continencia
total a lo largo de su vida y los que no pueden hacerlo.
Por fortuna, el control de la genitalidad es algo que
supera a la propia razón y a la voluntad del hombre.
Si embargo, cuando la sexualidad no se da de manera
compulsiva en las personas, el dominio de ésta es más
bien una predisposición natural antes que un acto de
virtud evangélica. No sería bueno confundir la
naturaleza particular con la heroicidad.
¿Qué pasa entonces con los célibes que no consiguen
vivir la continencia total? En primer lugar se debe
pensar que no vivir la continencia no está en
contradicción con un compromiso celibatario.
Dicho de otra manera, se puede ser célibe y faltar a la
continencia puntualmente, porque el celibato implica
otras realidades teológicas que van más allá de la
propia genitalidad, como son la entrega, la generosidad,
la dedicación, o la exclusividad al proyecto del Reino
de Dios.
El problema, si es que esto es un problema, no lo tienen
los célibes, sino la Iglesia que pide a los consagrados
(sacerdotes o religiosos) algo que no les es posible
vivir, salvo en casos determinados, y con ciertas
sospechas de equilibrio psicológico personal.
Si la continencia del celibato es tan ardua y casi
imposible de mantener, no deberíamos extrañarnos de que
esto se convierta en noticia casi todos los días.
Entonces, la Iglesia debería replantearse el significado
del celibato y no exigirlo como conditio sine qua non
para el sacerdocio, cuando sabe de hecho que no se podrá
vivir por parte de la mayoría de los curas. Con esto no
estoy diciendo que el celibato no tenga valor en sí
mismo, sino que no debería ser la exigencia fundamental
para la ordenación sacerdotal.
Sí al celibato, pero para el quiera y pueda mantener la
continencia de por vida.
No me gustan las mentiras ni la doble moral. Si la
Iglesia sabe de hecho que sus célibes no podrán ser
continentes, salvo en casos contados, ¿por qué lo sigue
exigiendo para la ordenación sacerdotal, y por qué se
sigue escandalizando de los casos de sacerdotes que
salen a luz pública por no poder mantener sus
compromisos?
O el celibato se asume en la Iglesia con toda esa carga
de incontinencia natural, o se hace opcional para no
desvirtuar el sentido de ese compromiso evangélico y no
confundir ni engañar al resto del Pueblo de Dios.
Por último me gustaría decir que el sentido del
sacerdocio o de la Vida Religiosa no estriba en el grado
de continencia, o de compromiso por el celibato, sino en
otros elementos que tienen entidad en sí mismos, más
allá de la genitalidad.
Verlo, exclusivamente desde esta perspectiva, es un
reduccionismo simplista y erróneo. El sacerdocio y la
Vida Religiosa están, gracias a Dios, por encima del
sexo.
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ANTES CÉLIBE QUE CASADO
Me llama tanto la atención la postura del Arzobispo de
Oviedo ante el caso de un cura de su Archidiócesis que,
ahora salta a la luz pública, porque convivía con una
mujer y además tenían un hijo en común, que no sé si la
Iglesia ha perdido una vez más el Norte.
Resulta, según las noticias que se han publicado en
varios medios de comunicación, que este cura ha sido
apartado de su parroquia por no mantener su promesa de
celibato. Por lo visto el problema reside, no en que
tuviera un hijo, sino en que conviviera establemente con
una mujer.
Entiendo bien, que la promesa de celibato de los
sacerdotes implique castidad y continencia, cosas que
este cura no vivía. Y comprendo también, que si ha roto
«las normas» para ejercer el sacerdocio en la Iglesia
católica se le prive de sus funciones ministeriales.
De momento, así están las cosas, aunque no veo razones
para que el tema del celibato se plantee, no como una
imposición, sino como una libre elección para los
candidatos que acceden al sacerdocio.
Ahora bien, por lo que ya no paso es por la hipocresía,
ambigüedad y falta de caridad del Arzobispo de Oviedo.
Veamos las cosas más despacio. En primer lugar me
pregunto por qué se le suspende de sus funciones cuando
en la Iglesia católica de España, sin ir más lejos,
aunque otros casos se podrían citar fuera de nuestras
fronteras, se admite al sacerdocio a varones casados y
con hijos que se han convertido del Anglicanismo al
Catolicismo. Esto ocurrió hace un par de años en la
Diócesis de Tenerife, cuando D. Felipe Fernández, el
emérito de aquella Diócesis, ordenó sacerdote a un cura
anglicano, casado y con hijos.
O sea, lo que para los ex-anglicanos es posible, para
los católicos de casta no lo es. La verdad, no lo
entiendo.
Y en segundo lugar, me ripia la postura del Arzobispo de
Oviedo que, según publican los Medios que dan la
noticia, ha dejado en manos del cura la decisión última
para volver a ejercer su ministerio. Me explico mejor,
el Arzobispo de Oviedo le pide al cura lo siguiente: que
elija entre su vocación religiosa y su relación
afectiva.
Pero, ¿cómo se puede ser tan cruel para poner a una
persona ante tal disyuntiva? Es decir, se le pide que o
bien deje a su mujer e hijo si quiere continuar
ejerciendo su ministerio o que permanezca con ellos,
pero en ese caso no puede seguir viviendo públicamente
su sacerdocio.
¿Acaso son dos realidades sobre las que valga una
elección excluyente? Si realmente el Arzobispo quiere
aplicar el Código de Derecho Canónico a rajatabla,
entonces debe impedir al sacerdote que viva su vocación,
y no hay más que hablar. Pero someterle a esa
alternativa supone que para el Arzobispo la relación
afectiva que mantiene, con un hijo por medio, es una
menudencia y puede ser destruida sin más peros que
valgan.
Si lo he entendido bien, que se tenga que romper una
relación amorosa y dejar a una mujer sola con su hijo es
mejor que tener que abandonar el sacerdocio. ¿Pero, qué
Iglesia es ésta? Cada día me encuentro más sorprendido y
escandalizado por las decisiones de algunos obispos, y
rara es la vez que no sale a colación en casos similares
la cuestión del sexo, como si eso fuera lo único y más
importante en la vida de los católicos. ¿Es que no hay
otros temas más serios en los que la Iglesia debería
implicarse y no lo hace?
Ya hay que tener narices, por no decir otra cosa, para
presionar a una persona en el grado tan hiriente y
despiadado a como lo hace el Arzobispo de Oviedo.
«El sábado ha sido instituido para el hombre, y no el
hombre para el sábado». Mc12, 27
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CURAS CÉLIBES HASTA
CUÁNDO?
A estas alturas
del partido, me suena a perogrullada afirmar que el
celibato es un estado superior al del matrimonio en la
Iglesia católica, o que el matrimonio sea una forma
menos perfecta para vivir la plenitud del Evangelio,
como camino para la salvación.
No obstante, las manifestaciones de la Iglesia, a
través de su historia, no parecen haber dado razón de
estas obviedades, de las que todavía hoy en día se sigue
resintiendo. Ciertamente, durante mucho tiempo se pensó
que el matrimonio contenía algún tipo de impureza que
imposibilitaba a los varones casados el acceso al
“poder” de la consagración.
Lo primero que quiero dejar claro es que entre
sacerdocio y celibato no hay ningún tipo de relación
intrínseca que impida la comprensión y vivencia del
ministerio desde otro estado, como puede ser el del
matrimonio.
Se argumenta, frecuen-temente -puesto que la cuestión de
la pureza y de la perfección no es de recibo- que el
celibato supone una mayor libertad y exclusividad para
el ejercicio del ministerio. Mi pregunta aquí es bien
simple, ¿verdaderamente esto se ha cumplido y se cumple
por parte de los sacerdotes? La respuesta, a la vista de
los ejemplos que la vida nos pone por delante se decanta
por el no.
Aquello de que “vives como un cura”, por desgracia no se
ha borrado en la práctica de la conciencia de los
fieles, que son quienes mejor conocen cuál es el estilo
de vida de sus curas. Basta echar una mirada al tendido
para ver cuánto cura y prelado ocioso “vegeta” en la
Curia Romana o en los obispados de cualquier diócesis
del mundo. Y esto es sólo un botón de muestra, ya que
los ejemplos abundan en otros muchos modos en los que el
clero ejerce el ministerio.
Por otra parte, se tiende a argumentar para la
asimilación del celibato con el ministerio ordenado que
la castidad sacerdotal es un símbolo escatológico del
Reino. No me parece que eso sea así hoy en día, quizás
lo fue en su momento, pero no en los tiempos que corren.
Los símbolos pierden su significado cuando su
significante no dice nada en el inconsciente colectivo.
Hoy en día la virginidad sacerdotal no es un símbolo
elocuente, ni interpelante para la sociedad o al menos
para una gran parte de la sociedad alejada de la
Iglesia.
Para la gente más joven, la castidad se comprende como
una tara para las relaciones personales. En vez de ver
en los célibes un signo del Reino, se les percibe como
“bichos raros”, imposibilitados para la experiencia del
amor. La gente necesita otro tipo de símbolos encarnados
en sus sacerdotes para dejarse cuestionar.
Es mucho más elocuente un cura que vive la pobreza, que
es acogedor y desculpabilizador, que no condena, que
perdona, que sabe estar cerca de los excluidos, que
siente predilección por los marginados y desheredados de
la tierra, que sabe escuchar, que sabe comprender, que
defiende los derechos de los que la sociedad ha dejado
sin derechos, que sabe llorar con los que lloran, que
sabe reír con los que ríen, que no es ambicioso ni
trepa, que vive la humildad del Evangelio y no tiene
miedo a mostrar sus debilidades.
¿De que sirve un cura, un obispo, un cardenal y hasta un
Papa célibe si no vive ninguna de esas cualidades que
acabo de citar? Prefiero a un párroco casado, viviendo
lo fundamental del Evangelio, que a uno continente que
el Evangelio sólo lo conoce de oídas.
La vivencia profunda del mensaje de Jesús en el
ministerio sí que cuestiona; lo del celibato es otro
tema, porque para la sociedad moderna ser célibe no es
un valor en sí mismo, ni un añadido superior a la
exigencia evangélica.
El sacramento del Orden debería poder ser recibido tanto
por célibes como por casados, puesto que ni quita ni
pone a la esencia del ministerio. Otra cosa bien
distinta es la forma en la que cada cual decida, por
vocación, vivir su sexualidad, sin que por eso pervierta
la dimensión genuina del sacerdocio.
La Iglesia afirma que sólo ordena a varones célibes,
pero esto en realidad es una falacia. La Iglesia ordena
a varones a quienes les impone el celibato como
condición para la imposición de manos.
Por el testimonio de muchos sacerdotes jóvenes sabemos
bien que han abrazado el celibato sin experimentar la
llamada de Dios para hacer uno uso casto de su
sexualidad. Sin embargo, no les quedaba más salida que
pasar por el aro, y esto me parece una incongruencia
evangélica en relación con la libertad individual.
El celibato debería ser una elección y nunca una
imposición como conditio sine qua non para el acceso al
ministerio ordenado.
¿Por qué la Iglesia, en vez de exigir a los candidatos
al sacerdocio que sean célibes, no “impone” otras notas
que sí que deberían ser necesarias para la ordenación
como son la estabilidad emocional, la madurez personal,
la hondura espiritual, la capacidad de relacionarse con
los demás, la apertura de mente, la capacidad crítica
ante las cuestiones intra y extra eclesiales, el
compromiso de por vida o la fidelidad?
La Iglesia debería estar más atenta y despierta a los
símbolos más elocuentes e interpelantes que de hecho el
ministerio ordenado lleva inscritos en su propia
esencia. Parcializar el ministerio en el celibato como
realidad evangélica que mejor expresa la dimensión
divina, me parece algo superado y a la que la sociedad
ha dejado de ser sensible. El celibato ni quita ni pone
al sacerdocio nada superior que la propia
sacramentalidad, en sí misma, le otorga.
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