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Autoritarismo en
la Iglesia |
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En Albuñol (Granada) se ha vuelto a dar otro caso de autoritarismo
eclesiástico, protagonizado por el ya famoso Arzobispo de Granada. A
golpe de báculo y contra la opinión de todo el pueblo, destituye al cura
Gabriel Castillo que había sido muy bien aceptado por sus feligreses,
especialmente, a raíz del gesto evangélico de abrir las puertas de su
propia casa para acoger a un nutrido grupo de inmigrantes senegaleses
que estaban sin vivienda.
No es nada normal que los feligreses hoy hagan concentraciones, acciones
de protesta en la misma iglesia, recogida de firmas masivas ( más de
2.000), soliciten una entrevista al Defensor del Pueblo andaluz
trasladándose hasta Sevilla para apoyar a un cura que el arzobispo ha
decidido enviar a otra parroquia. No es nada normal que los feligreses
apoyen tanto a un cura. No.
Pero ¿cómo reacciona el polémico arzobispo? Contesta con un “no os
recibo” y decide dejar al pueblo sin cura, sin misas, sin bodas y sin
bautizos porque toda su respuesta pastoral ha sido la de levantar el
báculo episcopal para dejar muy claro quién manda en la Iglesia.
Pero este caso no es el único. Ya hemos visto estos meses pasados cual
ha sido la postura de Rouco, Cardenal de Madrid con los curas de
Entrevías. A pesar de las más de 30.000 firmas ya entregadas en el
arzobispado a favor de los curas y de la continuidad de la Parroquia, él
ha decidido “manu militari” cerrar la Parroquia de los marginados.
A pesar de la inmensa oleada de apoyo y de solidaridad con la Parroquia
llegada desde todas las partes del Mundo. Él ha decidido que hay que
dejar claro quién es la autoridad en la Iglesia. Y en la entrevista
mantenida por los responsables de la Parroquia con él, no ha dialogado.
Ha impuesto sus puntos de vista. El obispo contra todos, da igual. El
baculazo.
¿Y qué ha pasado con el documento aprobado en el CELAM por los obispos
latinoamericanos donde se hacía un claro reconocimiento a favor de las
comunidades eclesiales de base y la opción por los pobres? Pues que el
Presidente saliente del CELAM, Monseñor Errázuriz, ha decidido él
solito, cambiar frases muy importantes del documento antes de
entregárselo al Papa. De modo que ahora, en el documento entregado a
Benedicto XVI, queda completamente tergiversada la opinión de la
Asamblea de los obispos latinoamericanos.
¿Quién es él para cambiarlo? Es normal que él, como Presidente, pueda
quitar una coma o poner un punto en una redacción del documento. Lo que
no debe hacer nunca, por muy Presidente que sea, es cambiar el
significado y el contenido de lo que fue aprobado por la Asamblea
plenaria en su última y definitiva 4ª redacción simplemente porque a él
no le guste.
Otro claro ejemplo de autoritarismo en la Iglesia.
Ya sabemos que la normativa actual de la Iglesia considera al obispo
como alguien que puede actuar con plenos poderes, sin tener en cuenta
para nada la opinión de la comunidad cristiana. ¿Pero esta normativa es
buena pastoralmente? ¿Siempre ha sido así en la historia de la Iglesia?
Hay que dejar claro que esto no ha sido así en los primeros siglos del
cristianismo, como muy bien nos ha recordado José María Castillo en su
artículo “El cura de Albuñol y sus fieles”
“En los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia no funcionaba así.
Cuando Judas se suicidó, Pedro reunió a la comunidad para nombrar un
sustituto y fue la comunidad quien decidió el procedimiento para
designar a Matías (Hech 1, 15-26). Cuando en la comunidad de Jerusalén
hubo problemas, se reunieron todos y entre todos eligieron a siete
colaboradores para atender a los de origen griego (Hech 6, 1-6). Algo
después, Pablo y Bernabé designaban en las comunidades, por votación a
mano alzada (tal es el sentido del verbo griego jeirotonéo), a los
presbíteros (Hech 14, 23; también 2 Cor 8, 19; Didaché 15, 1; Ignacio de
Antioquía, Pol. 7, 2).
Esta práctica se mantuvo en los siglos siguientes. A mediados del s. III,
Cipriano, obispo de Cartago, escribía a los presbíteros de su diócesis:
“Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna
resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi
pueblo” (Epist. 14, 4). Es más, esta misma práctica se observaba para el
nombramiento de obispos y papas. San León Magno (s. V) lo dijo con
precisión: “El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser
elegido por todos” (Epist. X, 6). De forma más tajante, el papa
Celestino I estableció la norma (Epist. IV, 5) que en el s. XI vuelve a
recoger el Decreto de Graciano: “No se imponga ningún obispo a quienes
no lo aceptan; se debe requerir el consentimiento del clero y del
pueblo” (c. 13, D. LXI).
Más aún, cuando en la persecución de Decio ( 250), los obispos de León,
Astorga y Mérida no dieron el debido ejemplo de fe, las comunidades de
esas diócesis se reunieron y los destituyeron. La situación llegó a ser
tan grave que san Cipriano convocó un concilio en Cartago. Los 37
obispos allí reunidos redactaron un documento que conocemos por la carta
67 de Cipriano. En este documento se dicen tres cosas: 1) el pueblo
tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus obispos; 2) el pueblo
tiene también poder para quitar a los ministros de la Iglesia cuando son
indignos; 3) ni el recurso al obispo de Roma debe cambiar la decisión
comunitaria cuando tal recurso no se basa en la verdad (Epist. 67, 3, 4
y 5).”
(Los subrayados son nuestros.)
Creemos que en los tiempos que vivimos, con unos sistemas democráticos
bien arraigados, bueno sería que la Iglesia fuera abandonando estas
formas de autoritarismo, tan desfasadas, tan trasnochadas y fuera
volviendo a formas de gobierno mucho más democráticas y consensuadas con
las comunidades de creyentes como ocurría en los primeros siglos del
cristianismo.
Porque de persistir este estilo tan poco evangélico, lo único que están
consiguiendo nuestros obispos, es el rechazo y la desbandada, cada vez
mayor, de un número nada despreciable de creyentes de las iglesias.
Desde aquí nuestro apoyo al Cura de Albuñol y los vecinos de ese pueblo
por su solidaridad ejemplar. Nuestro apoyo a los curas de Entrevías y a
cuanta gente les está apoyando.Denunciamos la forma de proceder de los
arzobispos de Granada y Madrid y del Cardenal Errázuriz con el documento
de Aparecida y por tantos gestos de autoritarismo eclesiástico como
todavía quedan.
Una sana autocrítica en la jerarquía de la Iglesia se va haciendo muy
necesaria.
EQUIPO DE PRENSA
DE MOCEOP
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