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Olga Cuesta
Nuestro sentimiento de Comunidad nació y
creció fuertemente ligado a una Parroquia, Santo Domingo de Guzmán, y a
través de ella a la Iglesia Universal. Era el modo de hacer cercana,
comprensible y sensible aquella idea tan abstracta de “Iglesia
Universal”, que sin esa expresión, quedaba muy lejos. Pero como
cristiana individual y como comunidad hicimos una apuesta muy clara por
la Iglesia. En diferentes ocasiones se nos ofreció la oportunidad de
optar entre vivir nuestro cristianismo al margen de la vida eclesial y
nunca caímos en la tentación de aceptar tales propuestas. Para nosotros
la Iglesia tal y como se entiende tradicionalmente tenía su importancia
y su sentido. La vivíamos como un sueño de Jesús de Nazaret que hay que
construir, como una utopía al mismo tiempo transformadora y necesitada
de transformación.
Durante esos veinte años, ante la Iglesia
mantuvimos una postura muy crítica.
Había cosas que no nos gustaban pero que
tratábamos de cambiar desde dentro. No teníamos prisa. Nunca la
transformación, la renovación fue una de nuestras prioridades porque
éramos conscientes de que una institución con dos mil años de vida no
podía cambiar, y quizá no debía cambiar, de la noche a la mañana porque
eso podía producirse a un coste personal elevadísimo –sobre todo en
mentalidades menos abiertas al cambio-. Así que nos conformábamos.
Pero, a pesar de estas críticas, no entrábamos en
la raíz de nuestra creencia como católicos. No nos preguntábamos por qué
a las parroquias sólo iban los viejos, por qué nadie (ni nosotros
mismos), encontraba sentido a una Eucaristía rutinaria y lejana al
concepto de ágape fraterno, por qué la Iglesia como institución tenía
una imagen tan negativa en nuestra sociedad, por qué en nuestra
parroquia había tan pocos pobres compartiendo con nosotros la vida
cuando hablábamos tanto y tanto de ellos, por qué nuestras comunidades
no eran focos de vida, por qué había que tragar con tanta milagrería,
por qué existían los sacerdotes y los laicos, por qué el celibato de
unos pocos elegidos como forma de vida marcaba las decisiones de la
comunidad, por qué el dinero estaba tan presente en la Iglesia, por qué
la transubstanciación, por qué seguía pesando la virginidad de María,
por qué los sacramentos, por qué “esos” sacramentos, por qué la
jerarquía tenía esa pinta tan rancia y tan antigua, por qué aquellos
símbolos que nadie comprendía y que eran tan lejanos, por qué repetir
oraciones mil veces dichas y nunca reflexionadas, por qué tener a un
Cristo colgado de una cruz, por qué respetar una tradición por el hecho
de ser tradición, por qué resurrección. En definitiva, no se trata ya de
aspectos accesorios, sino de elementos que se han superpuesto de tal
forma a lo fundamental que lo han eclipsado notablemente.
En fin, que vivíamos en una burbuja, calentita y
cómoda... Pero como tal burbuja explotó. Primero murió nuestro párroco,
Jesús Cubillo, con el que tanto discutíamos. Los que vinieron tenían la
idea clara de que “lo que crecía en Santo Domingo era un cáncer y había
que extirparlo” (palabras textuales de uno de ellos).
Luego nos enteramos de la existencia de otro cáncer que
no éramos nosotros. Uno de los sacerdotes abusaba sexualmente de niños
de la Parroquia. Tras la denuncia, la expulsión de la parroquia fue
inevitable, a pesar de que hubo una oposición bastante fuerte.
En fin, ya estamos en la calle. Los directamente
afectados constituíamos un grupo como de cincuenta personas más niños
(que son muchísimos...y muy ruidosos).
Teníamos dos posibilidades:
Disolvernos y vernos sólo en el bar (lo que era una
opción, pero un poco pobre)
Inventar algo nuevo para seguir creciendo juntos.
Y optamos por lo segundo. Primero hicimos unas jornadas de
reflexión para tratar de saber qué queríamos y cómo lo queríamos hacer.
Llegamos a una única conclusión: continuar caminando juntos en torno al
Evangelio. Había una pequeña dificultad. No teníamos lugar dónde
encontrarnos. Y la solución fue muy fácil. Aunque parezca mentira, creo
que muchos de nosotros sí que creemos firmemente en el Evangelio, y en
este caso en el milagro de los panes y los peces. Así que pusimos en
común nuestros panes y peces y, como en una fórmula química de esas que
siempre se cumplen, apareció la resolución a nuestra necesidad: un local
que pudimos comprar y que cubría nuestras expectativas (hasta tiene
calefacción en invierno). También compartimos la mejora del local, los
gastos que supone mantenerlo abierto y habitable, las broncas con los
vecinos. Muy fácil. También es muy fácil describir lo que hacemos:
“Lakasa” (nombre elegido no sabemos muy bien porqué) es
un punto de encuentro para la amistad, lugar de compartir y de celebrar
la vida. Los fines de semana se llena de cumpleaños, aniversarios,
concursos de tortillas, partidos de futbol o baloncesto, o simplemente
por el gusto de vernos y estar juntos.
También es un punto de encuentro con Jesucristo a
través de oraciones, Ágapes, Eucaristías, Comunidades, grupo de
formación cristiana para los más jóvenes...
Es la sede de una asociación que dedica sus energías al
ocio y al tiempo libre de los más jóvenes a través de diversas
actividades como campamentos, cabalgatas...
No hay muchas normas para nuestro funcionamiento. El local
está siempre disponible para cualquier actividad. Se fuma en la calle.
Se limpia lo que se mancha y los gastos entre todos. Muy fácil. Nos
comunicamos a través de Internet.
Pero lo más difícil es analizar el proceso que ahora estamos
viviendo, describir como todo esto nos configura como comunidad/grupo en
torno a Jesús, al Evangelio, y porqué no, dentro de la Iglesia.
Cuando nos echaron de la Parroquia, nos obligaron a romper
también con todas esas barreras conceptuales que nosotros mismos nos
habíamos puesto para salvaguardar nuestra pertenencia a la Iglesia.
Ahora nos podemos hacer todas esas preguntas que antes no nos atrevíamos
a hacer para no perder nuestra “catolicidad”. Y lo que es mejor, nos
podemos dar respuestas.
Ahora nos atrevemos a hacer las celebraciones como
creemos que se deben hacer. En ocasiones somos muchos y no cabemos y en
otras, somos cuatro gatos y se nos pone cara de susto. Algunas veces
somos capaces de poner en común nuestra vida y, de este modo, Dios se
hace presente, y en otras sólo nos quedamos en símbolos huecos/vacíos. A
veces hay sacerdotes, otras no. Algunas veces somos capaces de integrar
y hacer disfrutar a los niños, y en otras les mandamos al jardín, porque
no lo sabemos hacer mejor.
Ahora nos organizamos como Comunidad como nos dicta nuestro
sentido común y nuestras posibilidades, asumiendo la responsabilidad que
nos toca a cada uno. Esto sólo seguirá dando frutos si cada persona pone
lo que le toca poner: su poquito de trabajo, su poquito de ilusión, sus
ganas de compartir, su poquito de experiencia de Dios...
Ahora transmitimos a nuestros hijos una fe en Jesús y en su
mensaje que puede ser comprensible en el mundo que nos ha tocado vivir y
además les decimos: hacedla a vuestra medida, pero no dejéis de buscar a
Dios, y por supuesto, nos equivocamos.
Ahora no nos atrevemos a hablar de los pobres.
Ahora no tenemos a nadie a quien echar la culpa de que esto no sale
bien o de que esto es un rollo. La responsabilidad es exclusivamente
nuestra, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene.
Ahora recorremos un camino a la intemperie sin que nadie nos
proteja, pero creemos firmemente que Dios padre/madre no nos va a dejar
de su mano, aunque nos equivoquemos.
Y el futuro... Como he dicho antes, sólo seguiremos caminando en la
medida que cada persona asuma su pequeña parcela de responsabilidad y
así debe ser. Tengo muy claro que “Lakasa” solo es un medio (nunca un
fin) para que personas se acerquen a personas y a Dios. Seguiremos
caminando en la medida que seamos capaces de hacer posible el milagro de
este encuentro.

ACERCA
DEL NUEVO OBISPADO
El nuevo Obispado de la diócesis de Orihuela-Alicante, ha alcanzado un
coste de 7 millones de euros. Sobre una parcela de cinco mil metros
cuadrados se ha construido un edificio moderno y funcional para el
Obispado en las inmediaciones de la Casa Sacerdotal, del barrio de
Altozano. A escasos metros de la flamante sede episcopal, se ubica la
Casa Veritas, que acoge a enfermos de sida que demandan más personal y
medios. Ayer, la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) se planteaba
si la nueva sede «es un gesto evangélico o no».
«Nos estamos acostumbrando a las estadísticas que hablan del paro o del
hambre... Nos estamos acostumbrando a que se nos hable de ocho millones
de pobres en nuestro país... Nos estamos acostumbrando a las cifras
mundiales del hambre... Nos estamos acostumbrando...»
(Cristianismo y justicia)
Estas líneas surgen como una de las propuestas de actuación que
surgieron en nuestro equipo de la Hoac, al trabajar y profundizar sobre
el texto:
“El actual proceso urbanizador en la provincia de Alicante”
editado por la Delegación de Acción Social y Caritativa de nuestra
Diócesis.
Después de leer y profundizar sobre este tema, nos surgieron varias
dudas que compartimos ahora con la opinión pública, con el único empeño
de aportar una voz más a este debate sobre esta cuestión. Lo hacemos con
motivo de la inauguración del nuevo obispado, porque es un momento en el
que estas preguntas nos resuenan con más crudeza. Y lo hacemos con el
ánimo de que nosotros, como Iglesia, también nos planteemos si lo que
estamos haciendo es un gesto evangélico o no lo es.
Sin cuestionar la necesidad de tener medios para desarrollar la tarea de
la Iglesia, nos preguntamos: ¿Hacía falta gastarse 7 millones de euros,
casi 1200 millones de las antiguas pesetas en una obra de este tipo? ¿No
habría sido más evangélico una obra menos opulenta y más ajustada a una
Iglesia pobre y para los pobres?
No queremos hacer afirmaciones gratuitas, ni desprestigiar esta obra,
sino cuestionar y cuestionarnos, por eso somos interrogativos y no damos
respuestas, sino que planteamos interrogantes que nos ayuden a discernir
y nos ayuden a ser autocríticos con nuestra manera de ser buena noticia
para el mundo.
Este obispado ha tardado relativamente poco en construirse, y al hilo de
la temporalidad de lo que hacemos, nos surgía otra pregunta: ¿Qué ha
pasado con el gesto social del jubileo del año 2000? Ya han pasado 7
años de aquél gesto y todavía no se ha concretado el mismo, que en
principio iba a ser un recurso para personas sin hogar.
¿No será cuestión de prioridades? ¿Acaso el obispado es prioritario y el
gesto social no?
Obras son amores… nos recuerda el proverbio.
Por otro lado, en el dossier de prensa se habla de la Fundación “Doña
Luisa Gómez-Tortosa” y se hace referencia a sus fines. Otra pregunta
vuelve a surgir tras la lectura de estos fines: ¿qué actividades de
apostolado, difusión de la cultura y de promoción social dirigidas a la
mujer está realizando y dónde? Porque esta era, no se olvide, la
intención de la mujer que donó este terreno: realizar en él la obra
Social de la acción católica femenina.
Nosotros somos parte de la Iglesia, concretamente en y desde la HOAC
(Hermandad Obrera de Acción Católica) que está formada por hombres y
mujeres que han decidido vivir la fe y el seguimiento a Jesucristo en
las condiciones de vida y trabajo del mundo obrero, en los sectores más
débiles y empobrecidos, realizando un compromiso evangelizador en su
lugar de trabajo, en sus ambientes, en las organizaciones obreras...,
participando activamente en su Iglesia diocesana, acercando así la
Iglesia al mundo obrero y el mundo obrero a la Iglesia. Hoy consideramos
un poco más ardua esta tarea, porque la gente que está en nuestros
ambientes nos cuestiona: ¿dónde está la pobreza de la Iglesia?
Varios de nosotros trabajamos en sectores de exclusión y precariedad
laboral, donde el derecho a una vivienda es sistemáticamente negado. En
el material que antes citábamos, se proponía como una pista concreta de
actuación que “las Administraciones faciliten el acceso a una vivienda
digna a todos los ciudadanos, pero especialmente a los más
desfavorecidos”. Y de nuevo una pregunta se nos planteaba: ¿qué pasa con
los pisos vacíos que hay en tantas parroquias? ¿Por qué no nos
planteamos que podemos aplicarnos ese criterio como Iglesia a todas las
viviendas vacías que pertenecen a las parroquias o al propio obispado?
¿No sería un verdadero gesto evangélico facilitar el acceso a la
vivienda desde Cáritas a esos colectivos empobrecidos?
Para acabar una última pregunta: ¿a cuantas personas empobrecidas han
invitado a la inauguración? ¿Para cuantas personas enfermas, sin techo,
que viven en precario o en el paro, es este Obispado una buena noticia?
Si este Obispado es una buena noticia, debe de serlo para los que menos
tienen y menos pueden, de manera especial. Será una buena manera de
medir si lo que hacemos responde a los criterios del mismo Jesús de
Nazaret, que nos dijo que se hizo uno de nosotros para llevar buenas
noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los presos, para
devolver la vista a los ciegos y para liberar a los oprimidos.
Queremos acabar recordando y recordándonos que estas líneas no son una
crítica destructiva sino sólo unos interrogantes lanzados a nuestra
Iglesia, y por tanto a nosotros mismos, para seguir creciendo más en el
seguimiento a Cristo y en la pertenencia a una Iglesia pobre y para los
pobres.
Enviado por
Manuel Copé Tobaja
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