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acerca de la evolución de
la iglesia-institución
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situarnos en libertad
EDOUARD MAIRLOT
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INTRODUCCIÓN
Estamos entre aquellos y aquellas que hemos hecho un
descubrimiento personal de Jesús de Nazareth. Este encuentro inspira
nuestra vida y la ilumina. ¿Tenemos la suerte de encontrarnos a
gusto en una comunidad de creyentes, sea de un tipo u otro? En este
caso, podemos vivir la experiencia de como compartir con los otros
lo que nos preocupa puede ayudarnos y ser esencial. Solos,
abandonados a nosotros mismos, nuestra fe no podría desarrollarse...
Pero, precisamente como consecuencia de esta vivencia personal y
comunitaria, nos encontramos a menudo profundamente incómodos frente
a la Iglesia-Institución. Es ella la que debería ayudarnos,
alimentarnos, y no es esto lo que sucede. Se ha desarrollado una
cierta contradicción, un importante desfase, entre lo que vivimos y
lo que ella persiste en proponernos.
Frente a ella, cada uno reacciona como puede -y nunca sin una
cierta carga de sufrimiento-. Algunos rezan para que nuestros
obispos comprendan por fin un poco más de lo que ocurre. Y, en el
otro extremo, otros han llegado a la evidencia de una contradicción
que se ha convertido en insoportable, han roto con ella y no quieren
saber nada más de la Iglesia-Institución.
Este texto querría contribuir a una mejor comprensión del
problema, ayudándonos a analizar lo que pasa realmente. Lo esencial,
desde nuestro punto de vista, es poder clarificar progresivamente
nuestras posiciones, percibir donde se encuentran nuestras
ambigüedades. Podríamos, de esta forma, vivir nuestra fe con más
libertad y paz personal, siguiendo precisamente la invitación que
Jesús nos hace.
¿QUÉ
PORVENIR TIENE EL CRISTIANISMO?
La reflexión sobre esta pregunta nos lleva a pensar que, frente a
la crisis del momento presente, no hay más de cuatro hipótesis
posibles:
Primera
hipótesis:
Después de todo, ¿podríamos vislumbrar la hipótesis de la
desaparición del Cristianismo pasadas algunas generaciones?
Habría, de alguna forma, cumplido ya su misión de guiar e iluminar a
los seres humanos. Podemos sentirnos ofuscados ante semejante
hipótesis: significaría que, pasado un cierto tiempo, no quedaría
nada de aquello sobre lo que nosotros y las generaciones que nos
preceden hemos construido nuestra experiencia de vida. Pero ahora
mismo, según las encuestas sociológicas, el Cristianismo ha dejado
de interesar a la mayor parte de los jóvenes de nuestros países.
Esto le crea un problema.
Segunda
hipótesis
Sigamos fríamente con nuestra lógica. Es más probable, sin duda,
que el hombre no podrá ignorar un cierto sentimiento religioso. Pero
con la mundialización y la mezcla de civilizaciones que conlleva,
las grandes religiones terminarán perdiendo su pretensión de ser la
única vía. Las religiones se relativizan; el cristianismo se
disuelve. Lo que ha podido aportar a la humanidad se convierte en
bien común y se le escapa. Así los «valores cristianos» de respeto
de la persona, cuidado de los que sufren, dignidad de los pobres,
pueden entenderse también como valores inherentes al budismo, mucho
más discreto que nosotros, por ejemplo, sobre la idea de Dios. Cada
uno podrá añadir lo que le parezca bien; por ejemplo un poco de
espíritu Zen para vivir de forma más relajada el stress cotidiano
del trabajo y de la ciudad. Se llega así a una religión a la
carta. Jesús encuentra en ella su plaza entre «los grandes
maestros espirituales de la humanidad» 1.
Tercera hipótesis
La tercera hipótesis supone considerar que la situación es
similar a otras que la Iglesia ha conocido con anterioridad. ¿Por
qué plantearse cambiar? Ya se intentó con el Concilio Vaticano II;
pero este ha provocado, más bien, crisis y abandono por parte de
muchos cristianos. Es preciso, al contrario, restaurar,
restablecer, que la Iglesia permanezca fiel a sí misma sin ceder
nada de lo que considera como esencial. Nuestra seguridad personal
reposa sobre las verdades de siempre. Seamos fuertes y no entremos
en el relativismo. No faltan, en particular en España, grupos a
menudo poderosos y bien organizados para sostener esta hipótesis.
Sin embargo, no podemos dejar de constatar que, aislándose así de
las turbulencias del mundo, rechazando la interpelación de estos
cambios, poco a poco, según podemos comprobar a partir de la
historia, se produce la evolución a una secta. La Iglesia se
cierra con un número de fieles que irá decreciendo más o menos
rápido.
Pero nosotros, sin duda, no nos encontramos
entre aquellos que se sienten identificados en alguna de estas tres
hipótesis. Nuestra experiencia de discípulos de Jesús es vida para
nosotros. No pensamos que algún día no quede nadie para vivirla, ni
que vaya a diluirse en un gran todo, perdiendo sus características
propias. Pero también nos resulta impensable mantenernos
incondicionales de una Iglesia que se hace sectaria. Hay demasiadas
diferencias y contradicciones entre ella y nuestra experiencia
vital. En resumen, no nos reconocemos en ninguna de las tres
hipótesis citadas.
Aspiramos a otra cosa, a otra Iglesia, otra manera
de vivir la fe. Si tenemos la suerte de participar en auténticas
celebraciones comunitarias, nos resultará casi imposible soportar la
liturgia oficial. Para expresar nuestra fe muchos pasajes del Credo
se han convertido en extraños, nos presentan problemas. Querríamos
expresar de otra forma lo que sentimos como esencial. Esto no se
encuentra ya en los dogmas. Las palabras que utilizan: naturaleza,
transubstanciación, asunción... forman ya parte de otra cultura y
han dejado de iluminarnos. Con respecto a las prohibiciones mediante
las cuales la Iglesia intenta dirigir nuestra vida moral:
contracepción, prohibición de volver a casarse después de un
divorcio..., ellas han dejado finalmente de imponerse a nuestra
propia conciencia. Es ella la que decide y no un poder exterior,
aunque este pretenda ser dirigido por Dios.
Después de todo, esta crisis de la Iglesia-Institución
forma parte de un contexto mucho más global: es el conjunto del
mundo en el que vivimos el que cambia cada vez más deprisa.
Nuestro país ha conocido la crisis de la Transición que nos ha
proyectado en otro universo. ¿Podría la Iglesia escapar a este
cambio? Desde entonces, la globalización nos hace tomar conciencia
de que numerosos cambios se preparan superando el ámbito de nuestro
país e incluso de Europa, y que no podremos evitarlos. Vivimos un
cambio de civilización, el final de una era. El porvenir será
diferente de lo que hemos vivido... Ni el cristianismo, ni las otras
grandes religiones, van a escapar a la crisis.
Sin embargo, hemos esperado durante bastante tiempo que la
Iglesia tendría la capacidad de renovarse desde dentro, de realizar
una autocrítica radical. Pero, cogiendo el pretexto de considerarse
como «guardiana del legado de la fe», constatamos que ella es
incapaz, por ejemplo, de reconocer una igualdad real entre hombre y
mujer, encerrada en un machismo y autoritarismo de otros tiempos...
ni tampoco de renunciar a una de sus propias reglas, establecida en
el siglo XI, que imponía el celibato a sus sacerdotes. ¿Cómo podría
aceptar otros cambios mucho más radicales?
Cuarta
hipótesis
Así llegamos a formular una cuarta hipótesis sobre el porvenir
de la Iglesia. Asociando dos hechos fundamentales. El primero
sería que algo nuevo está naciendo. Fundado sobre el
Evangelio, la palabra inaugural del cristianismo, sobre un retorno a
las fuentes. No sabemos como podrá evolucionar este impulso. ¿Será
en la vieja Europa, o más bien en el tercer mundo? Después de todo,
las comunidades de base que se han desarrollado en el tercer mundo,
así como la comprensión del evangelio que desarrolla la teología de
la liberación, puede ser que nos estén dando una indicación, una
pista, acerca del porvenir de la Iglesia. Quizás estemos percibiendo
allí, algunos grandes rasgos de la Iglesia del futuro. Por otro
lado, una Iglesia se muere en el inmovilismo, sin comprender
nada. Una Iglesia, sin embargo, en la que hemos sido educados y que
ha dado tantos frutos a lo largo de su historia. De hecho, estamos
asistiendo al final de un cristianismo de «cristiandad».
Este pertenecía a un mundo que se encuentra en vías de desaparición.
Finalmente no vislumbramos otra hipótesis posible: algo
nuevo nace, se interroga, crece; al mismo tiempo que otra
cosa que ha dejado de realizar su función está muriendo. Y
esta muerte puede desestabilizar, de alguna manera, nuestros
fundamentos: duele. De hecho, salimos y nos ponemos en marcha «sin
saber adonde vamos», como hizo Abraham, fieles a la llamada de Dios
y a nosotros mismos. Esto puede estremecernos...
Esta es la razón de la importancia de buscar la manera de
comprender mejor lo que ocurre y percibir los mecanismos internos.
Intentemos fundar esta cuarta hipótesis que se corresponde mejor a
lo que estamos viviendo. Para ello, es preciso que releamos la
historia de estos últimos siglos. Necesitamos comprender el papel
que ha jugado la aparición del que finalmente se ha constituido como
el hombre moderno.
El desafío es importante: Si se comprueba finalmente que no se
puede disociar la muerte de una institución de otra época y el
nacimiento de otra cosa, ¿cuál será finalmente en la actualidad
nuestra relación con la Iglesia-Institución? ¿Deberíamos intentar
hacerla desaparecer? ¿Tendríamos que instalarnos en la disidencia,
en la ruptura? Quizás estemos llamados simplemente a vivir lo que
creemos cierto, construyendo nuestro propio camino, en toda
libertad. Puesto que para un recién nacido, lo esencial es vivir. El
podrá entonces crecer poco a poco desarrollando lo que lleva en sí y
que se encuentra todavía inexpresado, invisible...
DOS
PIRÁMIDES DE PODER Y EL NACIMIENTO DEL HOMBRE MODERNO.
En la sociedad occidental de antaño, el poder se ejercía
de manera piramidal. El Papa, representante de Dios en la
Tierra, compartía su poder con el Alto Clero que lo delegaba al Bajo
Clero. A los fieles, los «laicos», no les quedaba sino aceptar lo
que venía de encima de ellos, que era impuesto por los clérigos. En
el plano civil, el mismo poder piramidal era ejercido, en principio
por el Rey, luego por la nobleza. La Iglesia pretendía el derecho de
reconocer un derecho divino a los reyes. Legitimando así su
autoridad. En contrapartida, se reforzaba gracias al apoyo del
«brazo secular»... Y los dos acertaban a entenderse de la mejor
manera para el reparto de riquezas, tierras y «beneficios».
Así, en una y otra parte, tanto en el plano civil como
en el religioso, el pueblo, mucho más numeroso, estaba sometido
completamente a la autoridad de una minoría que poseía, se pensaba,
el propio poder de Dios. La sociedad estaba constituida, pues, por
tres grupos: el clero, la nobleza... y la masa de fieles llamada
también tercer estado en el plano político. Esta estructura social
era seguramente la más adaptada a la «sociedad agraria» de antaño,
y sin duda, la única posible en esta época.
No nos detenemos a precisar como el cristianismo, en el
siglo IV, se convirtió en religión de estado y las consecuencias que
conllevó este acceso al poder. Ni tampoco a precisar lo que fue el
Renacimiento, el desarrollo del humanismo luchando contra otra
corriente de reforma, por otra parte tan necesaria: el
protestantismo.
Tendríamos que recordar los primeros descubrimientos
científicos. Uno de ellos va, por cierto, a perturbar toda la visión
del Universo y del lugar de Dios en el mismo: la Tierra, que es
redonda, gira alrededor del Sol (Galileo fue condenado en 1633). El
mundo material se hace más comprensible gracias a leyes simples,
como las leyes de Kepler que rigen el movimiento de los planetas y
pronto la ley de la gravitación descubierta por Isaac Newton en
1687. El hombre es capaz de comprender el mundo; descubre el método
científico. Enseguida se da cuenta que este hace posible numerosas
mejoras técnicas que harán la vida menos dura y más productiva.
Y entramos así en la época moderna puesto que, al
mismo tiempo, la reflexión se extiende libremente a otros campos de
conocimiento.
Nacen así los primeros filósofos realmente autónomos respecto a
la teología. Recordemos el famoso «cogito ergo sum» de Descartes en
1637. Surgieron también los primeros economistas, sociólogos,
demógrafos... Resumiendo, ¡los primeros pensadores realmente
modernos!
De forma progresiva, estos pensadores se han atrevido a
llevar su reflexión a la esencia de la política y de la religión.
Dándose cuenta poco a poco que en estas disciplinas, como en las
otras, todo puede ser objeto de análisis y críticas. La
consecuencia será la normalización de la búsqueda de mejoras, de
cambios. Y rápidamente estos últimos se harán primero
evidentes, luego indispensables. Y se buscarán los medios que
permitirán ponerlos en práctica. Esté será, con más o menos claridad
el camino de aquellos -y aquellas; pues las mujeres lo hicieron
también- que construyeron el «Siglo de las Luces». Numerosos
españoles entre los que hay que contar un rey, Carlos
III, participaron en este amplio movimiento europeo: son nuestros
Ilustrados. En Francia, algunos comenzaron a redactar sobre todo
esto y escribieron La Enciclopedia: la biblia del momento. En
Europa, las personas capaces de reflexionar se integraron en este
movimiento.
Incluso el pueblo, hasta este momento sometido a la doble
autoridad del clero y de la nobleza, gracias a diversos progresos
materiales que le permiten sobrevivir y le dan un mínimo de tiempo
para comenzar a tener acceso a la lectura y a la escritura, comienza
también, sobre todo en algunos países de Europa como en Francia e
Inglaterra, a observar, a reflexionar, a analizar, a concebir
mejoras. Se va a dar cuenta, en particular, que no hay un verdadero
motivo que prohíba todo cambio social. ¿Podrá, un día, convertirse
en actor de su propio destino?
En medio de toda esta efervescencia, son las reglas
inamovibles mediante las cuales Dios dirigía la buena marcha del
Universo, de la sociedad, de cada individuo las que son, no siempre
de manera explícita, puestas en duda. El hombre, en efecto, se ha
dedicado a observar, a analizar, a reflexionar, en resumen a
pensar por sí mismo. Será finalmente cuestionada toda una
concepción del Absoluto divino y de su Omnipotencia, que ya no
convence. Pero, más concretamente, es todo el conjunto de la
sociedad el que se ve sacudido. Es, en efecto, el doble poder que la
dirigía, el de la Iglesia y de la Monarquía, esta doble pirámide
jerarquizada que constituía el esqueleto de la «sociedad
agraria» el que es radicalmente puesto en duda en sus propios
fundamentos.
Así nació «la modernidad», más precisamente, el hombre
moderno: este hombre nuevo que ha llegado a pensar por sí
mismo... y a actuar en consecuencia. No tardará a desarrollarse
el conflicto entre él y los dos poderes dominantes. 2
EL DERRUMBE
DE UNA DE LAS DOS PIRÁMIDES Y LA LLEGADA DE LA DEMOCRACIA
El cambio de la sociedad comenzará a fraguarse en el plano
político. Nos encontramos en París, al final de la primavera de
1789. Los representantes de los tres Cuerpos Constituyentes de la
sociedad de siempre: clero, nobleza y tercer estado, están reunidos
en los Estados Generales de los que se espera una solución a la
bancarrota del Estado Real. Pero los problemas de la época son
infinitamente más amplios y complejos. La preparación de esta
asamblea ha provocado y acelerado la toma de conciencia de un
indispensable cambio radical. 3
Todo se juega cuando el Tercer Estado se retira, el 17 de
junio, y se declara Asamblea Nacional Constituyente. Un mes
después de la revuelta del 14 de julio, la Asamblea redacta y
proclama la «Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano». Es el nacimiento de otra sociedad, puesto que cada
uno será libre e igual a los demás. Es la sentencia de muerte del
Antiguo Régimen. Esta declaración pone fin al poder de la nobleza
que, junto con el clero, en número de 350.000 personas 4,
representaba el 1,5% de una sociedad de unos 27 o 28 millones de
personas.
La Asamblea, desde sus comienzos, ataca también a otro
poder: el de la Iglesia. Nacionaliza sus bienes desde el 2 de
noviembre de este mismo año. La confrontación será pronto frontal.
Se pueden criticar los numerosos excesos de esta
Revolución Francesa, su idealismo, sus insuficiencias, sus
incoherencias. La democracia que acaba de nacer conocerá numerosos
avatares: progresos, pero también retrocesos. Su evolución no tiene
nada de una línea recta y ascendente. No magnifiquemos la revolución
de 1789 y los acontecimientos que la siguen. En Francia, va a
originar «el terror» y luego la aventura de Napoleón que terminará,
en Francia y España, por una calamitosa «Restauración» de la
monarquía. Desde el comienzo, la burguesía se apropia de la
Revolución, que es utilizada para un mayor beneficio del capitalismo
en plena expansión.
Hará falta bastante tiempo para que la democracia se generalice
poco a poco. Por otro lado, numerosos países la ignoran en nuestros
días. En España, ¡cuánto tiempo pasado entre el sueño de la
Constitución de Cádiz de 1812, los diversos sobresaltos de la
historia del siglo XIX y la democracia puesta en práctica en la
transición de 1977! De hecho, toda democracia, puesto que está
fundada sobre la libertad de cada individuo, siempre lleva consigo
luchas - con sus progresos y sus retrocesos-. Además, como todo lo
humano, no puede dejar de continuar su desarrollo. Si observamos
nuestro mundo en trance de «globalización» 5,
¡cuántos cambios, cuántos progresos, cuántas revoluciones son ahora
más necesarias que nunca, sea frente al cambio climático o a la
«locura del dinero fácil» que está estremeciendo los fundamentos
financieros de la economía y que los más pobres van a pagar...! Por
ejemplo la toma de conciencia del cambio climático comienza a
despertar en nosotros el sentimiento de la urgencia de este y otros
movimientos.
LA IGLESIA FRENTE AL HOMBRE MODERNO
En 1791, el papa Pío VI escribe: «no se puede imaginar
mayor estupidez que la de considerar a todos los hombres como
iguales y libres». (Encíclica: Quod Aliquantum). El discurso está
hecho. El poder eclesiástico continuará a lo largo del siglo XIX a
oponerse con todas sus fuerzas al cambio social que está teniendo
lugar. No dejará de promover la vuelta al Antiguo Régimen. No dejará
de condenar enérgicamente toda forma de democracia. Como
consecuencia, el anticlericalismo que comienza a desarrollarse a lo
largo del «siglo de las Luces», continuará fortaleciéndose. De esta
forma, en 1905, se llega en Francia Republicana, después de
más de un siglo de luchas, a la separación total entre la Iglesia
y el Estado, en vigor hasta hoy en día.
Oponiéndose así a la democracia, conquista esencial del
hombre moderno, la Iglesia rechazó también tolerar cambios en el
seno de esta cristiandad que sigue queriendo «dirigir». Si la
pirámide del poder político se ha derrumbado en Francia, a raíz de
la Revolución y que la democracia no dejó de extenderse a toda
Europa y al mundo; la otra, la correspondiente al poder religioso,
pretende continuar intacta.
Aún en 1903, un papa, que fue canonizado después,
San Pío X, escribe: «En la sola jerarquía (es decir el clero: Papas,
obispos y presbíteros) residen el derecho y la autoridad necesarias
para promover y dirigir a todos los miembros hacia el bien común. En
cuanto a la multitud (los laicos) no tienen otro derecho que el de
dejarse conducir dócilmente y seguir a sus pastores». (Encíclica
Vehementer Nos)
Será necesario esperar hasta el Vaticano II (1959-65)
para que el mundo moderno, la democracia en la sociedad civil... (Gaudium
et Spes) sean por fin reconocidos oficialmente.
Recapitulemos las conquistas del Tercer Estado francés
desde 1789. Es en la sociedad, la comunidad de todos los humanos,
donde reside el origen del poder político. La pirámide que la
dominaba y la aplastaba no forma parte de la «naturaleza» de las
cosas; incluso si ella ha podido corresponder a un determinado
momento de la humanidad. Cada individuo es ahora reconocido como
capaz de pensar por sí mismo y decidir libremente. ¿Por qué
no podría vivirse también todo esto en el terreno de lo religioso?
Numerosos Ilustrados, en su tiempo, pensaban así. Para ellos,
además, las pirámide del poder eclesiástico estaba muy poco de
acuerdo con el ideal evangélico 6.
Es lo que comprendió por fin el Concilio cuando proclamó,
en su Constitución Lumen Gentium de 1965, que la Iglesia está
constituida en principio y ante todo por el «Pueblo de Dios».
Esta proclamación señalaba el fin del poder piramidal, del papel de
intermediario indispensable ejercido por el clero con respecto a lo
«Sagrado»; nombre dado entonces a lo Divino en tanto que externo y
por encima de la humanidad. Una autoridad se mantiene
indispensable... pero esta se hará servicio, nos decía Jesús. Al
mismo tiempo, la igualdad de cada una y cada uno en el seno de la
comunidad era reconocida por fin. Cada uno(a) está animado(a) por el
Espíritu que le habla en lo más íntimo, en la libertad de su
conciencia. Dirigiéndose a cada uno(a) este mismo Espíritu guía el «Pueblo
de Dios».
De esta forma la Iglesia-Institución afirmaba por fin, en
un texto oficial, que ella reconocía la irrupción en su propia
historia del «hombre moderno» y parecía decidirse a extraer
las consecuencias. ¿Su reconocimiento conllevaría cambios
sustanciales en la imagen que se daba de ella misma, su manera de
concebir y de ejercer el poder -como los ministerios- en su seno?
¿Iba, con 170 años de desfase respecto a 1789, a entrar por fin en
la era moderna? Sería preciso ahora ponerse a concretar, a traducir
en los hechos, esta «revolución» en la manera de percibirse. Tendría
que terminar, por fin, con una cierta manera de concebir poder y
autoridad del clero y en particular de sus jefes.
Pero las esperanzas se verán rápidamente decepcionadas. Si
el Concilio se termina el 8 de diciembre de 1965, en julio de
1968, el Papa Pablo VI, que retiró de la reflexión del Concilio
dos temas que se había reservado, publica acerca de uno de ellos 7
su encíclica sobre la contracepción: Humanae Vitae. Para los
laicos, y sobre todo para numerosas mujeres, era el comienzo de una
ruptura que no dejará de acentuarse.
El clero, por su parte, se dará rápidamente cuenta que la
voluntad de cambio apenas se manifiesta más allá de la reforma
litúrgica y que el ejercicio del poder por Roma no cambia
verdaderamente. Esto contribuirá en gran medida al desánimo y a la
multiplicación de abandonos por parte de gran número de sacerdotes.
Se podría pensar, por ejemplo, que el primer Sínodo de Obispos
en septiembre de 1971, que debía tratar justamente del
ministerio del sacerdote, marcaría el comienzo de un ejercicio más
colegial del poder y, por qué no, el final del celibato obligatorio.
No hubo nada de eso. Y cuando, en octubre de 1979, Juan Pablo
II fue elegido como Papa, el movimiento de reformas se detuvo
definitivamente. Además, nunca en toda la historia de la Iglesia, el
control ejercido por el Vaticano sobre las nominaciones de obispos,
las posiciones y la enseñanza de los teólogos(as) fue tan estricto 8.
Antiguamente, aunque se hubiera querido, no era posible un control
parecido, en ausencia de los modernos medios de comunicación.
¿Dónde nos encontramos hoy? Constatemos que, en su última
encíclica de diciembre de 2007 sobre la Esperanza (Spe Salvi)
el papa actual consigue la proeza de «no citar el concilio Vaticano
II ni una sola vez». ¿No es este, sin embargo, uno de los
acontecimientos mas esperanzadores de la historia moderna del
cristianismo?, escribe Juan J. Tamayo 9.
Él comprueba como el Papa «condena de manera iconoclasta algunas de
las realizaciones históricas más emblemáticas de la modernidad. Se
trata concretamente de tres de entre ellas: la fe en el progreso...,
la Revolución Francesa y el marxismo»10.
De hecho, como sintetiza Tamayo: «dinamita los puentes de
comunicación establecidos por el Vaticano II entre la esperanza
cristiana y la transformación del mundo». De esta forma Benedicto
XVI aparece como algo más que un simple conservador ligado a
su pasado personal: no acepta, en el nombre de sus principios
agustinianos, estas características esenciales, estos valores nuevos
que constituyen en la actualidad el hombre moderno...11.
¿Quiere volver al siglo XVII: antes del nacimiento de este? ¿Piensa
verdaderamente, después del fracaso de tantos otros, en restaurar
la cristiandad? Para seguirle, ¿debemos renegar de aquello en lo
que nos hemos convertido: hombres modernos precisamente?
La Iglesia, aquí en España, ha conservado una importancia
numérica que perdió en los países del norte de Europa. Se conocen
perfectamente las posiciones arcaicas de la Conferencia Episcopal
Española, que sabemos sostenidas, incluso inspiradas por el
Vaticano. Conocemos perfectamente el mensaje que difunde
continuamente su radio propia. Los diversos grupos de cristianos
conservadores, relevantes entre otras razones por sus propios
institutos y universidades, sostienen sin fisuras estas mismas
posiciones. En resumen, lanzan por todos los lugares donde pueden: «
Conservemos, restauraremos, restablezcamos». Pero esta es
precisamente la descripción de la tercera hipótesis.
¿Y LA
CUARTA HIPÓTESIS?
Maurice Bellet, que ha lanzado la idea de esta cuarta hipótesis 12,
la presentaba en estos términos: «Hay en efecto algo que termina,
inexorablemente... Algo muere: y nosotros no sabemos hasta donde
esta muerte nos alcanza... De lo que hablamos es algo así como el
final de un mundo... Algo se anuncia, y no sabemos lo que será»...
«Si el Evangelio es, aquí y ahora, la palabra justamente inaugural
que abre el espacio de vida... de todo el resto nos arreglaremos.
Todos estos problemas de Iglesia que atormentan a los cristianos,
son realmente problemas: intentaremos solucionarlos, pero podemos
vivir sin que sean resueltos».
Este texto se ha esforzado en mostrar que las dos
vertientes de esta hipótesis: muerte y nacimiento, todo a la vez,
son indisociables. Es la consecuencia inevitable del conflicto entre
modernidad y cristiandad, esta cobertura institucional de la que se
dotó la Iglesia a partir del siglo IV y que se muestra incompatible
con la perspectiva de la modernidad.
Dos pirámides de poder fueron puestas en duda por el hombre
moderno. La historia ha mostrado que la pirámide del poder político
tenía que desaparecer para hacer sitio a la democracia y que el
único porvenir es el desarrollo y expansión de esta. ¿Podría ser de
otra manera respecto a la pirámide de poder religioso que estructuró
la cristiandad durante tantos siglos? Esta minoría de clérigos que
se impone al inmenso rebaño de laicos, como antiguamente hacía la
nobleza, no es compatible con esta otra Iglesia, «pueblo de
Dios», que definía Lumen Gentium.
Podríamos discutir indefinidamente sobre si otro Papa
tendría la fuerza de cambiar radicalmente las cosas... Este futuro
se nos escapa. Pero no podemos dejar de constatar este doble
movimiento: una Iglesia que se aleja de nosotros, se repliega en el
pasado, se hace sectaria y se ha convertido en extranjera; y la Vida
que nos empuja a profundizar, a desplegar nuestro encuentro con
Jesús de Nazareth en nuestras comunidades y en la lucha por otro
mundo, más humano, como es el Reino al que él nos invita. «¡Otra
Iglesia es posible!» »¡Somos Iglesia!» «¡Vamos hacia adelante!»
«Vosotros, mis hermanos, estáis llamados a la libertad».
«Permaneced, pues, firmes y no volváis a caer bajo la esclavitud de
la ley», escribía San Pablo a los Gálatas (5, 13 y 5.1)
¡Seamos libres! ¡Vivamos! Descubramos este vino nuevo del Evangelio
y atrevámonos a confeccionarle pacientemente «otros nuevos odres».
Estamos encargados de configurar el rostro que nuestra Iglesia
tendrá mañana.
¡Seamos libres! ¡Vivamos! dejemos a «los muertos enterrar
a los muertos», decía Jesús.
¡Seamos libres! ¡Atrevámonos a vivir!
(Footnotes)
1
Según la expresión de Mariano
CORBI en su libro «Religión sin religión». Ed. PPC 1996. Este libro
presenta un buen ejemplo de esta segunda hipótesis.
2
Hay que señalar aquí un libro
esencial sobre estos temas: Le Christ philosophe de Fr. Lenoir (Ed.
Plon 2007) que estudia precisamente la evolución de la Iglesia desde
su acceso al poder, en el siglo IV, hasta la época moderna. El autor
desarrolla la idea que es el cristianismo el que ha hecho posible la
llegada de la modernidad. Esta asume, por otra parte, valores
evangélicos esenciales. Pero la Iglesia no ha sabido acoger esta
evolución que ha debido hacerse, primero sin ella, después contra
ella.
3
En estos momentos, incluso en
apartadas zonas rurales, se encuentran gentes del pueblo que saben
escribir. Es la consecuencia inmediata de los primeros progresos
técnicos. Pondrán por escrito las consecuencias prácticas para ellos
de las nuevas ideas que circulan. Serán los «Cuadernos de demandas»
presentadas a los Estados Generales. Estos contribuyeron ampliamente
a la difusión de las nuevas ideas.
4
Cifra dada por E. SIEYES, sacerdote y
miembro de los Estados Generales, en su famoso libro «¿Qué es el
Tercer Estado?» publicado en enero de 1789. Se plantea las
cuestiones: ¿Qué es el Tercer Estado? Responde: Todo.
¿Qué era hasta ahora? Nada.
¿Qué pide el Tercer Estado? Convertirse en algo.
5
Manera aséptica de referirse al poder
cada vez mayor del capitalismo puro y duro y de sus multinacionales.
6
Lo analiza muy bien Fr. Lenoir. Ver
referencia en nota 2.
7 El otro tema reservado
era la posibilidad del matrimonio de sacerdotes.
8 Citemos la evaluación
hecha por P.Richard: «se ha cerrado la boca a más de 140 teólogos y
teólogas de la Liberación»
9 Juan José Tamayo,
director de la Cátedra de Teología y de Ciencias de las Religiones
de la Universidad Carlos III de Madrid en El Periódico «Religión,
razón y esperanza» (diciembre de 2007)
10 ¿Cuales son finalmente,
para el Papa, los lugares privilegiados para aprender la esperanza?
Se trata de «la acción iluminada por Dios, la oración y el
sufrimiento» ¿Es verdaderamente posible contentarnos con ellos?
11 Ver Leonardo Boff: «Un
doctor en la sede de Pedro» (mayo 2007). Ver también Joseph A.
KOMONCHAK, enseñante de la Catholic University of America (Washintong
D.C.): « La Iglesia en crisis. Visión teológica de Benedicto XVI».
Ver en Commonweal, vol. CXXXII, no 11, 3 de junio de 2005
(traducción del inglés).
12
Ver «La Cuarta Hipótesis. Acerca del
porvenir del cristianismo» Ed. Desclée de Brouwer 2001, p 17-18. El
comienzo de este texto se inspira en lo esencial de este libro. Los
años transcurridos desde su publicación proporcionan aún más interés
a su perspectiva.
TRADUCIDO POR
JUAN FRANCISCO
GUTIERREZ JUGO
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