José Luis Alfaro
Todos los años, al iniciar septiembre, moceop tiene una cita, ya
tradicional, en Madrid. Es el Congreso de Teología al que pertenecemos
con otros grupos para gestionar su celebración.
Alrededor de cincuenta personas de MOCEOP nos hemos juntado con las
mil asistentes.
El filósofo José Antonio Marina, abrió el Congreso con una ponencia
sobre ‘el fenómeno del laicismo’, defendió que éste debe ser defendido
por los teólogos cristianos y dijo que la laicidad no significa
irreligiosidad, sino que es una manera de organizar las libertades.
La laicidad, dijo Marina en su intervención, ‘no es una realidad, es
un proyecto para construir un espacio social democrático, justo,
respetuoso con los derechos de todos, que no se cierra a la religión,
que no expulsa a las religiones, sino que las protege situándolas, sin
embargo, dentro del marco ético en el que todos queremos vivir’.
«El tema de la laicidad, que parecía resuelto o al menos olvidado, ha
recobrado interés por una serie de acontecimientos históricos, unos
internacionales y otros nacionales. La fuerza de Estados teocráticos, la
belicosidad política de movimientos integristas, un desconcierto en
democracias que no han sabido recorrer sin daño el camino de la laicidad
y añoran seguridades antiguas, son algunos de los fenómenos
internacionales».
Por su parte Victoria Camps afirmaba que «la ética sólo puede ser
laica, es autónoma y es la expresión de la razón humana y de la
conciencia individual y social».Si para la profesora Camps «la moral es
previa a la religión» -»no puede estar fuera de la razón humana», dijo
citando a Kant-, en opinión de José Antonio Marina «la laicidad no es,
por supuesto, irreligiosidad». «Es una manera, a mi juicio la adecuada,
de concebir y organizar las libertades, en especial las libertades de
opinión, conciencia y creencia. Se trata pues de un modo de interpretar
las relaciones entre poder político y poder religioso, entre verdades
privadas y verdades universales, y entre esfera pública y esfera
privada».
Las situaciones de exclusión y marginación que se viven en Africa y
América Latina han sido también preocupaciones del congreso, tratándose
sobre la presencia liberadora del cristianismo en ambos continentes, a
cargo de la teóloga y religiosa dominica en la República del Congo
Petronille Kayiba, y de la teóloga brasileña Nancy Cardoso.
El sábado, a mediodía, como ya es costumbre, nos juntábamos en un
restaurante cercano unas cincuenta personas para, después de la comida,
informar y proyectar la vida y funcionamiento de Moceop.
Tere Cortés nos informó del encuentro de Valencia, y nos animó a
asistir a la Semana de Teología Andaluza.
Pepe Laguna informó de la buena marcha de la página web moceop.net al
comunicarnos que cada día hay más participación, petición y información
y visitas. Es visitada la página con un promedio de mil entradas
diarias.
Ramón Alario nos informó de la reunión en Bruselas de la Federación
Europea de sacerdotes casados.
José Luis Alfaro nos habló de las dificultades económicas de la
revista, nos invitó a hacer suscripción de apoyo, nos citó para el día
25 de octubre en Albacete para programar el año próximo
En el mensaje final de este congreso, la Asociación Juan XXIII
recalca: ‘el horizonte de nuestro compromiso ha de ser la realidad de la
exclusión y la marginación, que se dan en el Tercer Mundo’.
Los intervinientes en la mesa redonda sobre los Acuerdos
Iglesia-Estado han reiterado, y así se recoge en el mensaje final, la
necesidad de que la laicidad en el Estado español deje de ser ‘buenas
palabras’ para convertirse en un Estado aconfesional y plenamente laico,
a la vez que abogan por modificar los Acuerdos de 1979 y una nueva ley
de Libertad Religiosa y de Conciencia.
En este sentido, el colectivo Redes Cristianas, de las que formamos
parte, ha presentado un manifiesto en el que defiende un Estado laico
que supere el ‘actual confesionalismo encubierto’ y por una ‘Iglesia
inspirada sólo por el Evangelio’ y ‘no sometida a ningún tutelaje del
Estado’.
Os invitamos a difundir este manifiesto y a conseguir firmas de apoyo
tanto individuales como de colectivos. En la sección "Redes Cristianas"
de este mismo número se ofrece el modo de realizarlo.
Y nos despedimos con la ilusión de haber cargado las pilas, de
empezar un nuevo curso con ánimos e ilusiones renovados. Con deseos de
que se haga realidad aquello de que "otro mundo es posible" y "otra
iglesia es posible y necesaria"
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decíamos
hace 29 años
MAS ALLÁ DE LA REIVINDICACIÓN..
Habernos lanzado a la calle con el lema «PRO CELIBATO OPCIONAL»
comporta grandes dosis de «reivindicación». No lo negamos. Es más: somos
conscientes de que en nuestra Iglesia -también- hay mucho terreno por
conquistar en favor de los «derechos humanos». Es excesivo, y pensamos
que injusto e infructuoso, el «sufrimiento» de tanto cura -y de sus
compañeras- lanzado a la mutilación afectiva o mental. Son sangrantes
las injusticias que todo esto origina: discriminación, degradación,
expulsión, «reducción»..., e insultantes para el Evangelio las secuelas
de marginación apoyadas y justificadas por una ley como la del celibato.
Pero somos conscientes de que embarcarnos en todo un movimiento
eclesial por la supresión de esa ley ha de ir mucho más al fondo.
Reivindicar -sin más- un derecho humano puede solucionar muchos
problemas humanos angustiosos. Pero podría ser una expresión más de
CLERICALISMO. Y es aquí donde queremos ser reiterativos: la ley del
celibato y sus secuelas no es una cuestión de curas. NOS AFECTA A TODOS.
Y llegar a esta convicción es un paso decisivo para desterrar de
nuestras relaciones el clericalismo.
CLERICALISMO es poseer, vivir o padecer una panorámica de la Iglesia
como algo parcelado, estamentalizado, seccionado en «cotos»; una visión
que potencia la separación, la atomización de los problemas. Y aceptar
que uno de esos estamentos -los clérigos- se sientan garantes de casi
todo: son los que saben y deciden, los técnicos, los «cercanos a Dios».
Como todos los liderazgos abusivos, también éste se padece al mismo
tiempo que se potencia; nos lo imponen, pero le damos fuerza en la
medida en que no hacemos por enterrarlo.
La primera «consecuencia» de esta forma de
destrozar al Pueblo de Dios, es el surgimiento de unos «personajes
maniqueamente divididos»: hace falta anular parcelas de la vida de los
curas -trabajo, política, afectividad- para que ese poder monopolizador
quede aureolado con un carácter sagrado. Son muchas las dictaduras
camufladas a lo largo de la historia con un «por la gracia de Dios»...
Si hacemos recaer sobre unos hombres la responsabilidad, decisiones y
derechos que son de todos, necesitamos que sean diferentes, para no
sentir mala conciencia. Y los convertimos en personajes.
La segunda consecuencia es la otra cara de la moneda: el pueblo llano
padece una crónica minoría de edad, con todas las secuelas de lo
injustamente impuesto... Son otros los seres especiales capacitados para
hablar y opinar de Dios. El laico normal queda reducido a ser un
ejecutor sumiso... a no ser que prefiera dejar de ser «normal» y así
acceder al poder sacral.
Lógica y consecuentemente, en tercer lugar, la vida de la Iglesia
queda marcada por los esquemas mentales de personas que han aceptado la
carga de ser «casta», de no ser normales. La moral, la teología, la
política, etc., llevan la impronta de personas que «no viven» sino que
«piensan la vida» normal desde parcelas incontaminadas.
Malparada queda con toda esta situación la figura de un Jesús que
quiso ser «laico», que no perteneció al grupo sacerdotal, para así
romper con una religión de separados.
En no mejores condiciones queda el Dios bíblico que contagia
secularidad: que invita a la trascendencia, pero desde la vida; que se
mete en la historia -se encarna- para romper todas las servidumbres del
hombre. Dios deja de ser el Todopresente, adorable «en espíritu y en
verdad», para ser de nuevo confinado en Garizim o en Jerusalén,
perfectamente custodiado por sus «expertos».
Cuando reivindicamos la supresión de una ley que estimamos injusta,
hay que hacerlo -pensamos- atacando sus raíces: tratando de desmontar
todo clericalismo. Si no, nos quedamos en lo anecdótico, aunque aquí lo
anecdótico amargue la vida de tantas personas. Y ese ataque frontal y
decidido debe surgirnos desde y porque somos gente de Iglesia.
No se trata, por tanto, de reivindicar un derecho para un estamento
ya de por sí privilegiado. Sino de luchar por un NUEVO ROSTRO DE IGLESIA
-objetivo central del Concilio Vaticano II-
Queremos rescatar una fe y
una comunidad de creyentes de una de sus grandes mordazas: el
clericalismo.
Así lo entienden tantos creyentes como los que en este número se
expresan: laicos «normales», gente de «a pie». Su aporte crítico ante
toda imposición u opresión ha sido decisivo para la «laicización» de
tanto cura que hoy se encuentra -gracias al Dios de la vida y de la
historia- con una identidad menos definida, pero con una fe más normal
en la vida y en los hombres, lugar del encuentro con el Señor.
MO-CE-OP