PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL:
dimensión espiritual

 

 
  NOS ES IMPRESCINDIBLE LA MÍSTICA PARA VIVIR NUESTRA FE AQUÍ Y AHORA

 

 

 

 

 

 

 

PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL:
dimensión espiritual 

José A. Chumillas

 

LA PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL

n apretada síntesis, la Psicología Transpersonal incluye las ideas esenciales de una «cuarta vía» en el discurrir de la Psicología.
1. En primer lugar, el término «transpersonal» se desglosa en el prefijo «trans» que indica «más allá» y el sustantivo «persona» o ego condicionado; con lo cual el vocablo recompuesto nos señala lo que está más allá de la persona. El psiquiatra Assagioli, que fue uno de los primeros en utilizar esta denominación, lo propuso en sustitución de «espiritual», que tiene la misma significación, para eludir las connotaciones negativas que conlleva, en nuestra cultura, lo espiritual. En este sentido, transpersonal indica el nivel que se alcanza por medio del desarrollo espiritual, y consiste en trascender la identificación con el cuerpo y la mente, para alcanzar un nivel de conciencia más elevado
2. Hay que señalar, de paso, que la Psicología transpersonal no excluye las tres escuelas precedentes, sino que presenta un modelo integrador que, teniendo en cuenta las aportaciones anteriores, incorpora la dimensión espiritual y conceptualiza al ser humano como «una unidad cuerpo-mente-energía-espíritu». De esta forma asume el principio filosófico de Heidegger de que todo ser humano encarna por naturaleza un proyecto trascendente y que este proyecto puede adquirir un aspecto existencial, religioso o espiritual.
3. Se propone como objeto de estudio los estados modificados de conciencia. Es decir, trata de aquellos estados o episodios, diferentes de la conciencia ordinaria, en los que la mente cambia su modo de funcionamiento habitual de vigilia y, aunque sean momentos fugaces, tienen un extraordinario potencial transformador. Para quienes experimentan tales vivencias la vida adquiere un sentido más pleno, luminoso y esperanzador.
4. Considera Las posibilidades evolutivas de la conciencia humana. La constatación de la realidad de los estados no ordinarios de conciencia hizo evidente que la conciencia humana no constituye un fenómeno estático sino un proceso dinámico en permanente transformación. En esta consideración se postula que la conciencia ordinaria de vigilia no es sino un nivel a partir del cual la persona puede expe-rimentar otros niveles superiores que le descubren horizontes inéditos de la realidad.
5. Hace objeto de su estudio «El anhelo de sentido y trascendencia». Como dijo una vez el poeta mexicano y premio Nóbel de Literatura (1990) Octavio Paz «el hombre tiene nostalgia de infinito». Esta nostalgia, aunque velada, ordinariamente, por las urgencias naturales impuestas por la existencia cotidiana, pero sobre todo por el desenfreno materialista de la vida moderna, siempre permanece como un anhelo inconsciente que suele manifestar como religioso, búsqueda de sentido, pretensión inconsciente de trascendencia, amor altruista, apertura a lo sublime de la naturaleza, del arte...etc.
6. Incorpora, como un elemento constitutivo, «La dimensión espiritual del ser humano»
7. Un enfoque diferente de la patología. Lo que diferencia, radicalmente, a la psicoterapia transpersonal de las tradicionales, sean de corte conductista, psicoanalítico o humanista, es el modelo de la psique humana que reconoce la importancia de las dimensiones espirituales o cósmicas y el potencial evolutivo de la conciencia. En este nuevo paradigma, ciertas perturba-ciones mentales calificadas por la psiquiatría oficial como trastornos psicóticos, trastornos del estado de ánimo, etc. pueden entenderse, de manera más apropiada, como crisis espirituales, dotados de un potencial de crecimiento y transformación de la personalidad.
8. Una última característica la podemos ver como un puente tendido hacia las profundas intuiciones de las psicologías orientales. Las grandes escuelas de la psicología occidental, salvo raras excepciones, había desdeñado a las filosofías orientales por considerarlas acientíficas. Con el advenimiento de la psicología transpersonal se inicia una apertura hacia las enseñanzas milenarias que han enriquecido la visión occidental sobre la estructura y funcionamiento de la mente. Las grandes tradiciones místicas orientales como el Hinduismo, el Budismo, el Taoísmo, el Zen o la tradición Sufí, han aportado al acerbo psicológico conceptos tales como «niveles de conciencia», «disolución de la identi-dad», «maya o ilusión», «unidad cósmica», «trascendencia», etc.
Quiero recordar la estremecedora historia de amor y búsqueda espiritual narrada en «Gracia y coraje» de Treya Killam y Ken Wilber.
«Gracia» y «Coraje», sugeridoras expresiones del bagaje que necesitamos para el viaje hacia lo transpersonal:
+La Gracia está siempre en nosotros: «la Gracia está en él todo el tiempo. La Gracia es el Ser. No es algo que haya que adquirir. Lo único que hace falta es reconocer su existencia».
+Pero necesitamos investirnos de coraje, que es «impetuosa decisión y esfuerzo de ánimo y valor», para iniciar el camino hacia el encuentro de nuestra mismidad luminosa.
«Es una conmovedora historia de amor y una viva fuente de inspiración para quienes se encuentran recorriendo un camino espiritual o se hallan en la busca de sí mismos; un testimonio de cómo la trascendencia se hace real y se encarna día a día en unas personas de este mundo, de este tiempo, llenando de sentido sus vida; y una llamada a la esperanza ante el desafio de la vida y de la muerte».
«Esta es la historia hasta hoy: tras miles de millones de años de evolución ha surgido en el planeta Tierra una criatura consciente de sí misma, una criatura capaz de reflexionar sobre su propia existencia, una criatura que puede pensar, razonar y sacar sus propias conclusiones acerca del Universo en el que se encuentra. Y esa criatura somos nosotros». (Peter Russell. El Agujero blanco en el tiempo. Claves para el despertar de la conciencia global)

LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

i hasta ahora nos hemos podido manejar, en las dimensiones física y psíquica, dentro de la evidencia, es decir, con la certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar, en el tema de la espiritualidad, en cambio, nos adentramos en un ámbito diferente, sin asidero en datos materiales, empíricos científicamente experimentables y, por lo tanto, objeto de la especulación metafísica. Para no enredarnos en una discusión filosófica, improcedente de un texto como el presente que pretende ser práctico, seguiré fiel a la perspectiva de la Psicología Transpersonal. Víktor Frank autor de referencia en lo que voy diciendo, afirma sin ambages que «la espiritualidad es la verdadera dimensión del ser huma-no». Etimológicamente, el término proviene del griego «nóos» que, en el diccionario griego — español de José M. Pabón, tiene el significado de inteligencia, espíritu, que son nuestras señas de identidad idiosincrásica y que implica un salto evolutivo sin parangón desde la materia, desde la naturaleza animal hasta constituir algo tan extraordinario como un ser multidimensional, dotado de autoconciencia, responsabilidad, libertad. Es preciso enfatizar que la espiritualidad es el fenómeno humano por excelencia, porque estamos en un mundo materialista que nos aboca, sin remedio, a la infelicidad, la frustración, al vacío existencial, a la autodestrucción personal y hasta provocar la completa devastación de «Gaia», término que utilizaban los griegos para nombrar la Tierra (James Lovelock, Gaia, una nueva visión de la vida sobre la Tierra), y que sólo el despertar espiritual nos hará recuperar el verdadero camino para completar nuestra evolución hacia el Ser integral.
Para la Logoterapia, modalidad psicoterapéutica creada por Viktor Frank, el verbo adecuado para hablar de espiritualidad es el verbo ser, y no el tener, entendiendo por espiritualidad la dimensión en la cual ocurren los protofenómenos (de «protos» , anterior a y «fenómeno», lo que se percibe por los sentidos), es decir, son manifestaciones propias del espíritu y no responden a fenómeno anterior y pertenecen al plano existencial: libertad, responsabilidad, consciencia, creación artística, religiosidad, sentimiento ético, comprensión del valor, el amor, etc. Esta condición exclusiva del ser humano nos permite:
a) El autodistanciamiento o la posibilidad de distanciarse de sí mismo, convertirse en observador de los propios pensamientos, sentimientos o conductas; separarse mental-mente de una situación, unas circunstancias o determinadas de los condicionamientos.
b) La autotrascendencia:. Es la aptitud de elevarse por encima de sí mismo hacia algo superior más allá a aquello que está más allá de los límites naturales; acceder al mundo numinoso de lo divino; pero también el poder superar el cerco asfixiante del ego-centrismo para entregarse generosamente, por amor o por altruismo a una persona o a una causa noble. «Sumergiéndonos en el trabajo o en el amor, nos estamos transcendiendo y, por tanto, nos estamos realizando a nosotros mismos», dirá el autor en su libro «El hombre doliente».
En resumen, para Víktor Frank la dimensión Noética o Espiritual es la característica primaria y fundamental del ser humano que permea o penetra y da vida a todo el organismo e, insiste, no tiene un significado religioso.
Hasta aquí hemos estado considerando la dimensión espiritual, constitutivo integral del ser humano, emancipada de la religión, aunque no en contraposición con ella. Se trata simplemente de una dimensión desligada de lo que solemos llamar religiosidad y que fundamenta una espiritualidad religiosa con características muy definidas. Religiosidad, o cualidad de religioso, que el diccionario define como «práctica y esmero en cumplir las obligaciones religiosas», tiene una referencia directa con la fe, la relación con Dios, la adhesión a una iglesia que propone su credo, conjunto de las verdades reveladas que los fieles deben aceptar, unas normas morales a las que los creyentes han de ajustar sus conductas y unas celebraciones rituales que aseguran la cohesión del grupo y alimentan sus creencias.
La dimensión espiritual, emancipada de lo religioso, es, además, más anchurosa en cuanto que tiene que ver con las experiencias que trascienden los fenómenos sensoriales, verdaderamente lo más específicamente humano, lo que nos diferencia definitivamente de los demás seres vivos; es la búsqueda del sentido de la vida, el sentido último, pero también tiene que ver con la respuesta solidaria con los demás mortales y con la naturaleza, con los valores morales superiores que apelan a esta esencia espiritual humana. Reconocer esa energía espiritual, ese impulso sutil e inmanente en nosotros, no es crearse dependencias de un Dios exterior, no es reclamar la protección de las iglesias....sino tomar conciencia de que lo espiritual siempre estuvo presente en nuestra vida y de que nuestra mente lo disfrazó de una u otra forma dependiente de lo que necesitáremos en cada momento
Precisamente para evitar la confusión con el hecho religioso, Assagioli prefiere emplear el término «transpersonal» en substitución de espiritual y lo justifica diciendo:
«Científicamente es un termino más apropiado: es mucho más preciso. Por una parte es neutro e indica aquello que está más allá o por encima de la personalidad ordinaria. Por otro, evita la confusión que resulta de mezclar todo aquello que genéricamente se engloba bajo el término espiritual...’’
El autor utiliza esta expresión en su más amplia connotación que incluye no sólo las experiencias místicas, sino todos los contenidos del superconsciente, que pueden incluir o no la experiencia del Sí Mismo.
La dimensión espiritual, soslayada por las escuelas psicológicas precedentes, es recuperada por la Psicología Transpersonal, una realidad apenas vislumbrada todavía por la neurociencia o, en todo caso, considerada como una mera manifestación del complejo funcionamiento del cerebro. El término trans-personal se refiere específicamente a la conciencia y a las experiencia de una extensión de la identidad que va más allá de la individualidad y de la personalidad. Hay que precisar que esta disciplina no excluye el estudio de la persona y los aspectos patológicos, pero debemos enfatizar que se centra más en el proceso de sanación, la transformación personal y el despertar espiritual. En este sentido dirá Abraham Maslow, uno de los psicólogos funda-dores de esta nueva perspectiva, que esta corriente no contradice las valiosas aportaciones de las otras doctrinas que le precedieron, sino que las complementa y amplía su objeto de estudio a los fenómenos llamados transpersonales, espirituales, religiosos...
José A. Chumillas
 

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NOS ES IMPRESCINDIBLE LA MÍSTICA PARA VIVIR NUESTRA FE AQUÍ Y AHORA

  Victorino Pérez

La Iglesia se nos muestra cada día más preocupada por reclamar poder y autoridad en la sociedad, que por suscitar que los cristianos del siglo XXI sean personas con una experiencia espiritual, comprometidas con proyecto vital de Jesús de Nazaret: el Reino de Dios que está entre nosotros; más aún, que está dentro de nosotros, aunque la mayoría de los cristianos no sientan tal. La Iglesia se revela incapaz de realizar esta misión, aunque presuma de ser “madre y maestra”, mistagoga de la experiencia religiosa para los humanos de ayer y de hoy. Esta Iglesia manifiesta una serie de llagas; entre ellas, junto a un jerarco-centrismo patriarcal opuesto al pueblo de Dios y un romano-centrismo opuesto al evangélico ecumenismo, desta-can el olvido de la centralidad de los pobres -no es la Iglesia de los pobres, sino de los ricos, a pesar de lo que anuncia- y la helenización del cristianismo frente a la apertura intercultural-interreligiosa. Sin la centralidad de los pobres el proyecto de Jesús no tiene sentido... y sin la apertura intercultural e interreligiosa, la Iglesia se va secando en su europeocentrismo decadente.
Pero, a pesar de que los mandos de la Iglesia están más preocupados en conseguir poder e influencia que en transmitir una experiencia religiosa profunda
-o que es lo mismo una experiencia profunda de la vida- la religión no es otra cosa que “una experiencia de vida, a través de la que se forma parte de la aventura cósmica” (Raimon Panikkar). Y por ello “el cristiano del siglo XXI o será místico o no será”, con una conocida expresión de R. Panikkar que hizo famosa K. Rahner.
Y en esto encuentro un fallo importante no sólo de las autoridades de la Iglesia, sino de los grupos que quieren vivir un compromiso más fiel al proyecto evangélico. Unos y otros siguen padeciendo do lo que tanto se nos echa en cara, no sin razón: que no vivimos ni transparen-tamos en nuestras vidas esa experiencia de Dios que tenía que caracterizarnos como una forma de estar en el mundo. Una forma gozosa y radical. Se critica a las masas de cristianos sociológicos que llenan las misas de las parroquias; pero... ¿en qué sentido somos diferen-tes? Si es sólo en el compromiso social o político –con ser importante- para eso no se precisa de la fe religiosa, de la experiencia espiritual; caemos en un reduccionismo ético de la experiencia cristiana. La Teología de la Liberación lo comprendió muy bien; por eso es una teología que valora sobremanera la espiritualidad y en los últimos tiempos se abrió a otras culturas y religiones para que no se secara su propio pozo.
Por eso, creo que la alternativa cristiana ante la crisis de sistemas y utopías que padecemos tiene que venir fundamentalmente de la mano de tres aspectos:
1.-Ahondar en una experiencia espiritual que nos lleve a vivir el espíritu de las Bienaventuranzas. Una experiencia en la que la realidad de los pobres, los pacíficos y los que buscan la justicia no sea una cuestión ideológica, sino algo vital para la comunidad y para cada uno.
2.- Esta experiencia espiritual debe estar basada en la escucha de Dios y la escucha del misterio del Mundo y de los Humanos. Una experiencia que lleva a la armonía no sólo con los hombres y mujeres, sino con toda a Creación, escuchando el “grito de la tierra y el grito de los pobres” (L.Boff), que van parejos. Una experiencia en la que la vuelta a la oración es fundamental.
3.- En fin, una actitud irreductible frente al jerarcocentrismo patriarca, apostando radicalmente por una Iglesia que sea realmente comunidad y discipulado de iguales, hombres y mujeres; radicalmente ecuménica e interreligiosa, e incluso más allá de las estrecheces de las religiones, que muchas veces velan e vez de desvelar el Misterio.
En este camino, espiritualidad y mística resultan indispensables. Tuvieron en décadas pasadas mala prensa entre la gente progresista, que quería huir de un espiritualismo alienante. Pero hemos ido descubriendo que la espiritualidad y la mística, lejos de ser alienantes, son una verdadera revolución de la mirada, incluso más allá del mismo fenómeno religioso; por eso tienen en los últimos tiempos cada vez más aceptación. La trampa que se hizo muchas veces en la Iglesia y en el seno de las religiones, fue la de decir que esto de la mística es cosa de unos pocos, de “almas sublimes” con extrañas experiencias, de monjes alejados del fragor de la vida diaria... Pero esto no es así, como han experimentado y manifestado los grandes místicos cristianos y de todas las grandes religiones.
R. Panikkar ha escrito sabiamente en uno de sus últimos libros que debemos “volver a reintegrar la mística en el mismo ser del hombre.... espíritu místico, tanto como animal racional y ser corporal” (De la mística. Experiencia plena de la vida). Porque la mística no es una “especialización”, sino la visión integral del ser humano, la “experiencia integral de la vida”. De manera semejante insiste otro de los grandes maestros actuales de espiritualidad, Willigis Jäger, en sus obras (La ola es el mar: espiritualidad mística;  Adonde nos lleva nuestro anhelo: la mística del siglo XX; Sabiduría de Occidente y Oriente: visiones de una espiritualidad integral...): “En el siglo XX se mataron mutuamente cien millones de personas y ninguna moral sirvió... O nos hacemos místicos, o no sobreviviremos como especie”.
Necesitamos hablar de espiritualidad y de mística no como huida de la realidad cotidiana, sino como un sumergirse en la profundidad de la Realidad, en el Misterio del Cosmos, en el Misterio de Dios, que aflora en nuestra Conciencia. Necesitamos urgentemen-te, en fin, una peregrinación mística; lo único que puede y debe curarnos de la gravísima epidemia actual de la superficialidad que nos hace vivir divididos en insatisfechos, en una neurosis colectiva.