| |
LA ESPIRITUALIDAD QUE
VIVIMOS
|
Ramón
Alario |
COMO SE HA PREPARADO
ESTE TEMA
En la última reunión de Albacete (25-26 de octubre. 2008) se me
encomendó la tarea de redactar el cuadernillo central de este
número de Tiempo de Hablar-Tiempo de Actuar: Nos pareció
importante «formular y ayudar a clarificar los cauces por los
que estamos viviendo y construyendo una espiritualidad laica e
interreligiosa… y abrir cauces a la mística y la contemplación»…
He contado con la colaboración de una serie de amigos y amigas:
menos de los que habría deseado. Sus testimonios no aparecen
trascritos por completo; pero están incorporados en sus
aportaciones básicas al contenido y, en ocasiones, literalmente.
¡Gracias por compartir con nosotros su experiencia!
Este es el resultado.
Confío que os ayude: a mí me ha sido muy útil redactarlo.
|
Para leer…
-J. A. García Monge. Unificación personal y experiencia
cristiana. 2001. Sal Terrae.
- XXIV Congreso de Teología. 2004. Espiritualidad para un mundo
nuevo.
- J. M. Vigil. Teología del pluralismo religioso. 2005. El
Almendro.
-Éxodo. N.88. Abril 2007. Otra espiritualidad es posible.
- J. M. Castillo. Espiritualidad para insatisfechos. 2007.
Trotta.
|
I.- MIRADA A NUESTRO PASADO
oda construcción debe tener unos cimientos. Cada persona se estructura
sobre unas bases anteriores mínimamente válidas y suficientemente
sólidas. Toda sociedad surge y se afianza a partir de lo sucedido con
anterioridad… Siempre necesitamos incorporar lo anterior a nuestro
presente. Negar el pasado, con sus errores y aciertos, no sólo es la
mejor receta para repetirlo: es también la actitud menos inteligente de
abordar el presente y el futuro; es, además, un intento inútil por
principio y una apuesta irrealizable.
Y es que los seres humanos, además de tener una historia, somos
historia. Nuestra vida en cada momento es ininteligible sin lo que hemos
ido viviendo hasta entonces: somos una construcción progresiva en la que
cada paso es fruto de todo lo anterior. Sólo cuando el pasado se integra
en nuestro presente, de forma dinámica y crítica, nos da estabilidad y
nos permite avanzar positivamente hacia el futuro. Bien es verdad que
tampoco debemos mitificar el pasado, pues esto nos impediría descubrir
la novedad del presente.
Hoy parece que este principio general va inundando cada vez más todos
los campos. Pero es «para cada uno un reto personal de gran
trascendencia. «Necesitamos situar nuestra fe en la historia.
Necesitamos emprender un éxodo: de la religión sin historia a la fe en
la historia. Del Dios fuera de la historia, del Jesús sin historia y de
la Biblia sin contexto histórico al Dios de Jesús, que está más allá del
mismo Jesús y de la misma Biblia» (M. López Vigil). Entre otros muchos
valores, esta «aproximación histórica» a Jesús puede ser la gran
aportación que nos hace Pagola…
Esto es válido siempre. También cuando vamos a reflexionar sobre nuestra
espiritualidad. Es preciso que cada cual hagamos una valoración crítica,
desde la aceptación de todo lo que vivimos en el pasado, para
discriminar lo válido de lo inútil; pero, sobre todo, para descubrir la
línea dominante sobre la que avanzar. Sólo desde esa memoria crítica
sobre nuestra espiritualidad podremos ir avanzando y profundizando.
A) UN PROCESO DE FORMACIÓN
BASTANTE ESPECIAL
Probablemente sea ésta una de las apreciaciones más generales cuando
miramos a nuestro pasado. En un porcentaje muy elevado, somos
tributarios de nuestra posguerra. Vivimos, con mayor o menor conciencia,
los años de la escasez y del hambre, del aislamiento y la ruralidad, de
la represión y el miedo… Todo nuestro mundo giraba en torno a la
omnipresencia de la religión y de la autoridad más estricta. El cura, la
guardia civil y el alcalde eran los ejes de aquella época. Aquella
amalgama político-religiosa que hemos denominado nacionalcatolicismo,
fue el caldo de cultivo de nuestra vida total: también de nuestra
espiritualidad..
Desde nuestra más tierna infancia, con mucha frecuencia en ambientes
cerrados (seminarios, conventos, internados, colegios religiosos…)
fuimos incorporando unas pautas de comportamiento que se nos presentaban
como incuestionables: y como tales las asumimos. Todo contraste, toda
crítica, toda alternativa estaba fuera de ese universo religioso y
social: no hacía falta prohibirla, porque ni siquiera tenía lugar como
posibilidad.
La vida religiosa, la espiritualidad, estaba identificada con unas
prácticas piadosas, que solamente hacían referencia a una interna
relación con Dios: misa, rosario, visitas al Santísimo, pláticas,
retiros, meditación, lectura espiritual, dirección espiritual, confesión
semanal, ejercicios espirituales, novenas, triduos, primeros viernes,
mes de mayo, jaculatorias… Parece como si los mismos directores de esta
educación creyeran que también aquí funcionaba el ex opere operato; es
decir, a todas estas prácticas piadosas se les atribuía una fuerza casi
mágica, pues si se cumplían convenientemente, parecía asegurado su
efecto: mediante estas prácticas nos convertíamos en seres espirituales…
Al mismo tiempo, esta forma de entender la espiritualidad tenía escasas
referencias hacia la vida normal, hacia las preocupaciones o tareas no
religiosas, de fuera de la iglesia. Aquella espiritualidad se apoyaba en
unas verdades que se imponían, y en un cumplimiento que había que
acatar; como mucho, el trabajo, la familia, el amor, la amistad eran
algo que había que ofrecer a Dios, que debíamos referir a la vida
espiritual, la verdadera. Las cosas materiales, corporales, eran un
obstáculo a salvar en ese camino que exigía despreciar o ignorar todo lo
bueno que la naturaleza y la corporalidad encierran.
Esta espiritualidad, por supuesto, era considerada por encima de la vida
normal; y constituía el eje que hacía que algunas personas fueran de
otro nivel, de otra categoría; estuvieran escogidas para un estado de
vida superior, que fueran personas sagradas. Era necesario mantener esa
condición espiritual, mediante el cumplimiento de las prácticas
piadosas; aunque lo primero era mantenerse en un estado de gracia de
Dios, absolutamente reñido con todo pecado, especialmente con los
pecados de la carne -principal escollo contra la espiritualidad-, los
pecados contra el sexto mandamiento.
B) EVOLUCIÓN POSTERIOR:
CRISIS Y CRECIMIENTO
Sin embargo, hasta construcciones ideológicas tan macizas como la
descrita más arriba, acaban por sucumbir ante el desgaste diario de la
vida real. Y es que ese mundo espiritual en que se nos había
acostumbrado a vivir, podía tener su futuro más o menos asegurado –o
camuflado- entre las tapias de un convento o en los claustros de los
monasterios. Pero la vida ha ido y va por otros derroteros y a otras
velocidades. Un poco antes o después, la crisis de esa vida espiritual
un tanto en las nubes tenía que resquebrajarse.
Hablar de vida real es referirnos a las aspiraciones, trabajos,
preocupaciones, ocupaciones, goces y sufrimientos de la mayoría de los
mortales: no porque la de los «religiosos» no sea real, sino porque es
una excepción cuantitativamente hablando. En la Edad Media a ésta última
se la llamaba vida en religión, en eternidad, intemporal; mientras que
la otra recibía el calificativo de secular, en el siglo, en el tiempo.
Vivir en el siglo, secularmente, nos ha hecho avanzar y cuestionarnos
una vida pretendidamente atemporal.
En este cuestionamiento hemos sido ayudados por el colectivo laico,
orillado, disminuido canónicamente. El laicado reivindicaba su lugar. En
la medida que se diluyeron fronteras y separaciones, laicos y clérigos
hemos ido cuestionando todo ese entramado monacal y pietista en que
fuimos educados. El valor del laicado como creyentes y su reivindicación
de la mayoría de edad han facilitado a todo creyente buscar unos caminos
diferentes para la espiritualidad. Vivir en un mundo abierto a la
crítica, nos impulsó a rechazar una estructura clerical donde casi nada
se cuestiona; o, si se cuestiona, no se expresa en orden a mantener una
falsa unidad-comunión. Y es que no resulta equilibrado ni correcto
mantener actitudes críticas ante lo civil y cerradas ante lo religioso.
Todo ese proceso de crisis y construcción ha sido posible y positivo
gracias a la reflexión personal; pero, sobre todo, a la revisión y al
análisis comunitario. Si la fe comporta necesariamente un nivel grupal,
no podemos restringirlo a una suma de creyentes que coinciden en un
templo, a un colectivo que se reúne en un espacio concreto sin poner en
común lo que está viviendo. Para nosotros, esta puesta en común y esta
revisión en grupos reducidos ha sido un factor vital.
También nos ayudó ser coetáneos de un proceso conciliar de dimensiones
universales: el Vaticano II, con su retorno a las fuentes, su teología
del Pueblo de Dios, su apertura al mundo, sus esperanzas de otra iglesia
para otro mundo, pusieron otras bases eclesiales difícilmente adaptables
a la formación cerrada recibida: exigían un gran cambio.
Un mínimo sentido de la historia también ha colaborado a que
desmitificáramos y cuestionáramos lo recibido. Es difícil no sentir
vergüenza ante una espiritualidad que ha ignorado, cobijado y hasta
impulsado tantas maldades, que tanto sufrimiento ha generado… Un nuevo
espíritu penitencial y una nueva sensibilidad ante la historia nos han
ido convirtiendo en cierta medida en «discípulos de la sospecha». Una
espiritualidad que no parta de los seres humanos, de sus sufrimientos y
alegrías, no puede ser sana y, desde luego, puede hacernos cómplices de
muchos sufrimientos.
Esta crisis ha sido dura y dolorosa: pero nos ha ayudado a sentirnos más
libres.
«Hay dos cosas que, cuando pienso en este tema, me vienen inmediatamente
a la cabeza; y cada una en su dimensión puede tener su importancia. Una
es, que te sientes cogido afectivamente y mediatizado por muchas
vivencias; estás obligado a defender las ideas en las que has estado
inmerso durante un tiempo; todo esto te impide crecer adecuadamente, te
limita pensar más que en la dirección que te han marcado. Defiendes
constantemente ideas y tópicos que no acabas de asumir como tuyos. Hay
mucha gente que conocemos, que no ha crecido, no ha evolucionado, sigue
anquilosada en ideas radicales y trasnochadas, son, incluso,
fundamentalistas. El querer defender algo como único y verdadero a
ultranza, limita mucho la perspectiva.
La otra cosa, que también condiciona, es la búsqueda o mantenimiento de
seguridades; se está muy a gusto amparado en la institución, que te da
seguridad de alma; cobijado y protegido por el grupo e incluso
despreocupado a nivel económico. Lo contrario es lanzarse a la aventura
sin saber cómo vas a salir. El ser humano va creando realidades que
pueden ser regresivas, manteniéndose en lo que ha aprendido y quiere
preservar, o progresivas, yendo hacia lo nuevo, hacia lo que él cree que
debería existir. Teniendo en cuenta que crear es romper y exige
valentía. Eso sí, con mucho amor, pero con muy pocas seguridades.
Poco a poco se va abriendo el cielo a tu alrededor, siempre que llueve
escampa, bien porque tú contribuyes en esa apertura, bien sobre todo
porque la fuerza del amor de los que tienes cerca apoya tu pequeña
contribución. Ahí está la presencia de Dios». (Pedro Crespo)
Este proceso ha contribuido a que descubramos otros modos de relación y
de presencia en el mundo. Un colectivo representativo de este proceso
han sido los curas obreros. «Han comprobado en sus carnes que puede
vivirse de otro modo la relación Iglesia-mundo obrero y popular: como
ámbitos complementarios y no con enfrentamiento o alejada separación.
Además, estos curas han sido -y lo siguen siendo los que aún quedan- un
signo utópico ante ese mundo, en el sentido de que la vida de Jesús y su
Buena Noticia contienen un inmenso potencial humanizador y
revolucionario por su exigencia perenne de justicia y de igualdad,
imperativos imprescindibles para vivir la fraternidad y para que la
presencia amorosa de Dios en la historia humana sea creíble» (E.
Tabares).
C) ¿RELIGIONES EN CRISIS?
Responder afirmativamente a esta pregunta no es sino constatar un hecho
llamativo en nuestro mundo. Lo estamos viviendo en propia carne; y lo
viven multitud de creyentes. Son cada vez más los «insatisfechos» de su
religión, los «autoexiliados» de las prácticas religiosas, los creyentes
al margen de las instituciones. Es razonable pensar que todos estos
buscadores de nuevas formas de espiritualidad y de religiosidad se han
puesto en marcha, «se han marchado no por falta de espíritu, de
espiritualidad, sino precisamente por lo contrario: por insatisfacción
insoportable con el espíritu que respiraban dentro» (J. M. Vigil).
Y es que las religiones, al contraponer espíritu y vida, Dios y
disfrute, razón y fe, mayoría de edad y obediencia sumisa, discrepancia
y comunión… están generando una cierta imposibilidad a la coherencia
interior de quienes viven un mundo de mayoría de edad, de avances
científicos, de pluralidad étnica y cultural, de convivencia
interreligiosa. Así colaboran al surgimiento de un nuevo
anticlericalismo. «Mientras las religiones no se aclaren sobre estas
cuestiones… vivirán en la constante contradicción de ser representantes
de Dios y, al mismo tiempo, agresoras de la obra fundamental de Dios,
que es la vida…» (J. M. Castillo). «Las religiones están en crisis, pero
la espiritualidad parece gozar de buena salud… Es creciente el número de
autores que se pronuncian a favor de esta posibilidad: estamos en un
nuevo tiempo axial, en el que van a quedar superadas las religiones de
la época agraria, y aparecerá tal vez una religiosidad más allá de las
religiones que hemos conocido hasta ahora, tal vez, una espiritualidad
sin religión» (J. M. Vigil).
También aquí es muy útil para sobrevivir acentuar nuestra sensibilidad
histórica: vivimos una etapa de crisis-depuración-construcción de una
espiritualidad nueva, diferente, pero inmersos en un proceso universal,
que afecta a creyentes de otras muchas confesiones y a personas que
buscan fuera de creencias específicamente religiosas. Parece que esto ha
ocurrido ya en otros momentos de la historia, en que las religiones han
sido sometidas a crisis y a reforma por el choque de sus estructuras,
surgidas con anterioridad, con otras sociedades emergentes. Los
especialistas lo denominan «tiempos axiales»…
Los problemas que observamos en las religiones y sus dificultades por
afrontar positiva y creativamente situaciones nuevas que se presentan y
para las que sólo disponen de respuestas antiguas, no son sino
exponentes de este choque. Su poca capacidad oficial de ofertar
respuestas coherentes y adaptadas a los nuevos tiempos, dificulta una
experiencia religiosa a muchas personas creyentes: en una sociedad que
aspira a vivir democráticamente, que cambia, laica y plural, las
religiones no pueden seguir aferradas a la uniformidad, a la resistencia
al cambio, al poder sagrado y al poder piramidal. Así dificultan la
experiencia religiosa y traicionan el mensaje original que les dio
origen.
Como vemos, un reto realmente apasionante.
«La mayoría de los seres humanos se agarran a la religión como el que
está a punto de ahogarse se agarra a la cuerda que se le tiende. Se
aferra a ella con todas sus fuerzas. La cuerda debe aguantar. Ella es la
verdad. Si la cuerda llega a romperse, se abre un abismo. Por eso es
esta religión y ninguna otra la que importa… Todo aquello en que se
pueda encontrar vida y seguridad depende de la cuerda y tiene que ser
verdad.
Pero, a veces, con la ayuda de esta cuerda, los hombres ponen pie en
tierra. Entonces, ya tranquilos, abandonan la cuerda, porque ya tienen
tierra firme bajo sus pies. Y lo hacen sin ser del todo conscientes de
que es la tierra la que les proporciona seguridad. En eso, precisamente,
consiste la religión verdadera: la mano de Dios que nos sustenta y no la
cuerda a la que nos agarramos.
La cuerda, la religión, no es más que una herramienta, un medio. La
religión verdadera es sólo una confianza ante la que no encontramos
palabras para definirla. El ateísmo quita la cuerda y le dice al hombre:
¿Cuándo dejarás de jugar a ser náufrago? La tierra está bajo tus pies,
firme y segura, pero tú sigues aferrado a tu trauma. Hubo un tiempo en
que creías que ibas a caer al fondo y ahogarte. Eso pasó hace ya
muchísimo tiempo. Entonces eras un niño muy desgraciado y necesitabas
seguridad. A esa exigencia de seguridad tuya es a la que ha respondido
la religión por ti…Buda lo expresó de una forma muy bella: mi religión,
mi enseñanza no es más que una barca con la que se atraviesa el río.
Llegados a la orilla, a nadie se le va a ocurrir tomar la barca y
colocársela sobre la cabeza para llevársela, sino que se deja allí y se
camina libremente» (Drewermann. Dios inmediato, Madrid, Editorial
Trotta, 1997).
II. PARA MEJOR ENTENDERNOS
ALGUNAS ACLARACIONES
n campos como éste, tan plurales hoy y tan mediatizados por la historia,
parece conveniente formular ciertas precisiones que nos permitan
entendernos mejor: En primer lugar, cada uno consigo mismo; también en
el interior de nuestros grupos; y, consecuentemente, con personas de
otras confesiones o de otras creencias e ideologías. Sería, por tanto,
de desear que estas coordenadas nos permitieran entendernos mejor; o,
por lo menos, preparar un terreno propicio al entendimiento en un futuro
no muy lejano. Lógicamente, lo que apuntamos no pretende ponernos de
acuerdo a todos; pero sí colaborar a que empleemos un lenguaje con
coincidencias básicas para poder comunicarnos y entendernos.
A) UNA ESPIRITUALIDAD QUE NO NOS PARECE PROPIA DEL SER HUMANO.
Es curioso, de entrada, cómo define el diccionario de la Real Academia
la palabra espiritual: naturaleza y condición de espiritual
(perteneciente o relativo al espíritu); calidad de las cosas
espiritualizadas o reducidas a la condición de eclesiásticas; obra o
cosa espiritual; conjunto de ideas referentes a la vida espiritual.
Subyace, en el fondo, ese dualismo tan presente en toda la literatura
espiritual cristiana a lo largo de los siglos: lo espiritual como algo
propio del espíritu, monopolizado por e identificado con lo
eclesiástico; la vida espiritual concebida como algo diferente y añadido
al resto de la vida… Consecuentemente, lo corpóreo, lo laico, la vida de
cualquier ser humano, sólo merecen el calificativo de espirituales en la
medida en que se relacionan o imitan ese otro mundo superior, el
religioso, el eclesiástico. Con este presupuesto es difícil entendernos
con quienes se muevan en otro modelo ideológico.
Esta fragmentación del ser humano en cuerpo y espíritu, como si de dos
elementos superpuestos se tratara, está en el fondo de esa ascética y
espiritualidad que tantas y tantos hemos vivido/padecido durante tantos
años; y, al mismo tiempo, esa separación aporta los cimientos a la
mentalidad sexual imperante en la moral católica oficial.
Cada vez más nos parece que el ser humano es un todo plenamente trabado
y cohesionado, amalgamado de corporeidad y espiritualidad; plenamente
encarnado en el tiempo y el espacio; ubicado en la materialidad aunque
no encerrado ni sometido a ella, con capacidad de superarla y elevarse
por encima.
Por eso, nuestra espiritualidad nunca puede ser concebida como una lucha
contra lo corpóreo. Bien claro dice Jesús en el Evangelio que lo malo no
está en el exterior, en lo visible, en lo corporal; nace de lo más
profundo de cada persona; las grandes pasiones no anidan en los estratos
corpóreos del ser humano; sus inclinaciones más perversas nacen de otros
estratos más interiores, «espirituales». No existe una vida que merezca
la pena ser llamada «espiritual» si no está plenamente enraizada en la
materialidad e inmediatez de la vida normal y corriente, con sus
necesidades y limitaciones corpóreas; pero también con sus
potencialidades corporales sin número. Nunca «espiritualizar» debería
ser entendido como vivir en las nubes… Si el ser humano no es espiritual
desde su corporeidad, estamos fundamentando la esfera sagrada de su vida
en un terreno aparte, separado, en algo fuera del propio ser humano:
pero el lugar sagrado por excelencia para el Jesús del Evangelio es el
propio ser humano, con sus pasiones y sus virtudes, con sus necesidades
físicas, sus enfermedades, sus dolencias y sus aspiraciones más
profundas. «Religión no es ir a Dios renunciando al mundo, sino
encontrarle en él» (A. M. Schlütter).
...el ser humano es un todo plenamente trabado y cohesionado, amalgamado
de corporeidad y espiritualidad...
B) TODO SER HUMANO ES PORTADOR DE UNA DIMENSIÓN ESPIRITUAL
El ser humano puede vivir por encima de algunas de sus limitaciones
corporales y sobrevivir porque es capaz de romper con la inmediatez y
vivir las situaciones desde una perspectiva más amplia que aquella que
le dan en cada momento sus sentidos. Es esta capacidad de trascender lo
que ve, lo que oye, lo que siente, lo que le da miedo o lo que le atrae
en cada momento, lo que hace posible que analice las ventajas e
inconvenientes de cada situación; su capacidad de reflexión le permite
no estar encerrado en la inmediatez. Y su entrenamiento para incorporar
a su conciencia las vivencias de cada instante, contrastarlas con su
proyecto vital, es lo que hace posible reorientar, replantear o
confirmar su trayectoria. Es la posibilidad de caminar con una luz vital
que ayuda a elegir y construir el camino de cada cual en coherencia con
lo que se piensa y se desea…
«Doy por supuesto que toda esta espiritualidad no sirve de nada si en el
día a día uno no intenta dar respuesta a las situaciones que vamos
viviendo a nivel de familia, amigos, comunicación virtual con mucha
gente, situaciones sociales que se plantean y con las que intento
colaborar (asistencia a manifestaciones justas, apoyo a campañas por
Internet firmando muchas reivindicaciones, etc.) Es decir, la
espiritualidad intento que de algún modo, conecte con el día a día. Que
no quede en una teoría. Aunque no digo que siempre lo consiga o que no
tenga fallos. Pero se intenta». (J. Cejudo)
Espiritualidad es, en definitiva, ser capaces de mirar la vida y de
vivirla desde una perspectiva que supera lo inmediato, lo más cercano,
lo que se impone en la monotonía diaria, sin más. Es vivir con espíritu.
«Espiritualidad remite al Espíritu, que es pura libertad, puro riesgo»
(R. Panikkar).
En una tonalidad literaria, así lo concreta Suso de Toro refiriéndose al
lenguaje: «Compartimos con otros mamíferos el soñar durante el dormir
pero el lenguaje, que es lo humano, nos permite también ensoñar durante
la vigilia. Somos lenguaje, esa flecha poderosa que nos permite viajar
fuera del espacio y tiempo, con el lenguaje nos desplazamos hacia atrás
y hacia delante, formulamos lo vivido e imaginamos futuros posibles. El
lenguaje nos permite que la memoria y la imaginación duren más allá del
momento y nos permite la conciencia. Con el lenguaje, la conciencia,
ensanchamos y reventamos el aquí y el presente, trascendemos el espacio
y el tiempo. El trascender, la capacidad de ultrapasar los límites de la
percepción sensorial inmediata, es lo específico humano. Somos
trascendedores, máquinas de trascender. Máquinas de hacer planes, de
imaginar, buscar significado, sentido».
Estar abiertos a otras realidades, trascender; poseer una perspectiva
que te ayuda a situar cada uno de los acontecimientos concretos en que
te vas viviendo, dentro de una mirada amplia que orienta tu vivir. Hace
ya bastantes años, en esta línea, se definía el término «espiritual»:
«Es el ente caracterizado por su abertura sobre el ser y, a la vez, por
su estado abierto respecto a lo que él mismo es y a lo que no es.
Mediante estas dos aberturas de tal ente sobre el ser universal y sobre
sí mismo, quedan caracterizados los dos rasgos fundamentales del
espíritu: -trascendencia y reflexión (autoposesión de su ser consigo) y
– libertad» (Diccionario Teológico. Rahner-Vorgrimler).
Hoy, por tanto, debemos irnos acostumbrando progresivamente a respetar
esa dimensión espiritual de todo ser humano: esa cualidad que nos
permite trascender y ser libres, en medio de la materialidad y de la
corporalidad –y, necesariamente, desde ellas- y vivirlas como una vida
humana con sentido, con pasión, con veneración de la realidad y de la
Realidad: con espíritu» (J. M. Vigil). Y, consecuentemente, en esta
dimensión profunda, nadie tenemos la patente ni el derecho de
homologación. «El espíritu no consiste, como con frecuencia creen
quienes lo conciben de un modo excesivamente cómodo y viven de lo que ya
está hecho, simplemente en ocuparse de cosas elevadas o inmateriales,
sino que consiste en una relación con el mundo adquirida mediante la
amplitud. Es una interpretación universal que no proviene de la luz
intelectual sino de la vital, del choque contra la dura realidad de
nuestros límites.
Aquél que asume tal posibilidad, es libre en un sentido profundo. Se ha
liberado de la mera apariencia, que nos ata a algunas profundas
debilidades, a algunas esperanzas vacías. Al despertarse, la libertad
deja al descubierto lo aparente como aparente, y al aceptar el peligro
logra su propia seguridad, logra para el hombre una vida con raíces
propias, con su propio fundamento. Porque al luchar por la libertad, al
luchar consigo mismo, se apropia de sí mismo, de lo más profundo que
tiene dentro de sí o que es capaz de alcanzar. Es ésa la chispa que le
descubre una nueva vida» (Jan Patocka. Equilibrio y amplitud vitales).
C) CADA VEZ DEBERÍAMOS SER UN POCO MÁS CAUTOS EN ESTE CAMPO
Y es que, con excesiva frecuencia, parecemos sentirnos poseedores no ya
de la verdad, sino hasta de esa misma dimensión humana trascendental,
tan plural y variada como el propio ser humano, y legítima desde su
misma pluralidad. La religión única no ha sido una buena consejera
tampoco en este campo. Por eso deberíamos ir interiorizando ciertos
principios o actitudes básicas…Pueden servirnos, tal vez, las que
siguen…
- La espiritualidad no se identifica con esa serie de virtudes
(austeridad, ascetismo, desprendimiento, esperanza…) con las que con
frecuencia la confundimos: aunque se puede manifestar en ellas. Estas
virtudes pueden ser de gran utilidad en un mundo como el que vivimos;
pero nunca podemos reducir la espiritualidad a ninguna de ellas.
- La espiritualidad no es patrimonio de un estado de vida ni de una
religión. Es una característica de todo ser humano digno de tal nombre.
La igualdad fundamental de todo persona así lo exige; y el respeto a las
diferentes formas en que cada cual afronta sus retos más profundos, debe
romper con nuestras inclinaciones narcisistas y clasistas. «En realidad
una vida sin religión o religiosidad, sin sentido de trascendencia, no
es plenamente humana pues lo específicamente humano, el lenguaje, nace
para solucionar un problema propio de nuestra especie, la conciencia
insoportable del yo y su límite, la muerte» (Suso de Toro).
- Lo espiritual no se contrapone a lo corporal –al menos en el ser
humano-: en él, necesariamente, ha de ser vivido desde la corporeidad.
El dualismo subyacente a ese prejuicio está radicalmente reñido con el
espíritu de la creación y destruye el mensaje de la encarnación. Toda la
creación es buena («Y vio Dios que era bueno todo lo que había creado»);
y Dios la asumió en plenitud («Y el Verbo se hizo carne»).
- Por tanto, el espiritualismo es un intento envenenado de vivir la
espiritualidad. Esta apuesta deja a un lado la centralidad del mensaje
de Jesús: el otro, los otros, los más necesitados, son el lugar
teológico privilegiado donde se nos manifiesta Dios y donde tenemos que
dar la respuesta decisiva a la fe: «Venid, benditos de mi Padre,
porque... cada vez que hicisteis esto con uno de los más pequeños,
conmigo lo hicisteis». La propia interioridad, la conciencia de cada
cual, sin la prueba de la alteridad y la materialidad, puede ser un
mundo creado al margen de la vida real: una huida. Esto, aparte de que
el intento de prescindir del cuerpo pasa factura antes o después.
- La espiritualidad no puede estar reñida ni puede ser vivida como algo
enfrentado a la vida que tenemos, a su disfrute y al gozo. No tenemos
más que una vida: y ésta es necesariamente corporal y espiritual. «Jesús
trajo un mensaje de esperanza; sanó, perdonó y alivió el sufrimiento;
transmitió ganas de vivir y de luchar; anunció una salvación aquí y
ahora, para la vida, la del Reino de Dios. Nadie acusaría a Jesús de
obstaculizar la felicidad humana. El problema es que no ha ocurrido lo
mismo con la religión cristiana» (Estrada). Y todas y todos, de alguna
manera, somos cómplices de esta traición: «No vivimos ni transparentamos
en nuestras vidas esa experiencia de Dios que tenía que caracterizarnos
como una forma de estar en el mundo» (Victorino Pérez).
III. POR DÓNDE VAMOS CAMINANDO
A) QUÉ ESTILO DE ESPIRITUALIDAD ESTAMOS VIVIENDO O BUSCANDO
nte todo, una espiritualidad globalizadora, que nos aporte una visión y
una vivencia panorámica de los acontecimientos de la vida. «Para mí la
espiritualidad es una dimensión de la vida no sectorial sino
globalizadora. No consiste una práctica religiosa añadida a la vida,
sino la experiencia de vivir la vida habitada por Alguien. Hay momentos
que esa vivencia se hace más expresa, más consciente, y otros en que
está implícita. Pero siempre está al menos de fondo y a veces aflora.
Espiritualidad hace referencia a espíritu, pero no como algo abstracto o
lejano. Pero sí a algo difuso en el mejor sentido de la palabra:
difundido, difuminado, diluido, que lo llena todo discretamente, sin
quitar espacio a lo material, pero inundándolo todo. Como aquella
metáfora del frasco lleno de bolas, pero al que siempre le cabe el
líquido que ocupa los espacios con los que ya no contabas». (Deme).
+ Una espiritualidad de búsqueda. No existen caminos de validez
universal. Bien es verdad que los grandes maestros espirituales nos han
trazado unas pautas; pero vivir la espiritualidad exige que cada cual
encontremos cómo dar respuesta a lo que vivimos, cómo situar lo que nos
sucede, desde esa interioridad única e irrepetible que somos.
+ Una espiritualidad laica, no monacal; e interreligiosa, no sometida a
los dictados de una religión sino abierta a lo que todas pueden aportar.
Los modelos del pasado –ya lo veíamos- han identificado con excesiva
frecuencia espiritualidad con huida del mundo; y en su miopía excluyente
del pluralismo religioso, han pretendido caminos espirituales
monopolizados por el mensaje cristiano.
+ Una espiritualidad que debe comenzar por limpiar, depurar nuestras
ideas, imágenes y vivencias de Dios. Dios no puede estar al margen de ni
reñido con la vida y con la naturaleza. «He ido descubriendo a un Dios
encarnado en lo que te rodea, un Dios creador que te deja participar,
que te exige participar, en la creación constante de algo mejor. En el
creyente, pienso, la limitación humana te debe llevar a imitar a Dios,
lo perfecto, pero sin endiosarte. Cuando analizo la función profética
que nos presenta la Biblia, siempre deduzco que, los profetas-místicos,
son los que más crean realidades distintas y profundas, porque están
atentos a lo que viven, a lo que les rodea y comprometidos con ello. Es
un reto». (P. Crespo)
Y es que las ideas que tenemos sobre Dios nunca son inocentes: un Dios
como supremo poder que gobierna el mundo, la vida colectiva de todos y
la vida individual de cada persona, deja escaso margen a la creatividad
de sus criaturas y termina siendo una forma sutil de justificar todo
desde un providencialismo que nos saca a los seres humanos de la
responsabilidad ante la historia…
«Este providencialismo y pragmatismo resignado han sido la base de los
Estados premodernos, consolidado Estados no laicos… Esta cosmovisión
genera resignación, conformismo, impotencia, alimenta la parálisis
social y explica la asombrosa facilidad con que tantísima gente es leal
a los caudillos-dioses de la clase política, a quienes entrega su
voluntad, confiando en que sean ellos quienes organicen el destino
nacional y les concedan favores. Esta visión de la política es
religiosa… Para construir ciudadanía dentro de Estados nacionales que
sean auténticamente laicos, hay que cambiar la idea de Dios. (M. López
Vigil)
+ Una espiritualidad que se centre en la vivencia de todo lo sagrado que
hay en la creación y en el ser humano. Lo sagrado, no como un terreno
oculto, controlado por especialistas, separado de la vida diaria y
común: sino como ese lugar profundo en que cada ser humano busca sentido
a lo que vive, donde se libran las grandes batallas de cada vida. Donde
somos capaces de sentirnos interpelados por el misterio. Desde esa
perspectiva, todo es sagrado…»El universo perdió su carácter sagrado»,
es verdad: pero debe recobrarlo desde otra perspectiva. Urge rescatar un
nuevo carácter sagrado de la Tierra. Dios no creó el universo como algo
acabado. Estamos emplazados ante la promesa de un futuro por llegar: más
que pendientes de una realidad primera perdida. «El ser más amenazado de
la creación –por la lógica que explota y deteriora la naturaleza- son
los pobres. Estamos bajo un paradigma que nos esclaviza, el del maltrato
de la Tierra, el del consumismo, el de la negación de la alteridad y del
valor intrínseco de cada ser. Somos la propia Tierra que en su evolución
llegó al estadio de sentimientos, de comprensión, de voluntad, de
responsabilidad y de veneración» (Boff).
+ Una espiritualidad del retorno a las fuentes, los orígenes, como el
mejor lugar en que redescubrir las experiencias religiosas y místicas de
sus fundadores. ¡Qué curioso! Los grandes maestros de espiritualidad que
se nos habían propuesto, eran casi todos de los últimos siglos. Cuántas
veces hemos identificado tradición con repetir los modelos y
explicaciones que no tenían más allá de cien o doscientos años… No es
que haya que mitificar el pasado más lejano; pero sí poner cada cosa en
su sitio. Y los cimientos de nuestra fe, los acontecimientos y mensajes
fundantes nunca pueden ser ignorados ni oscurecidos por experiencias
sesgadas y mediatizadas por tiempos históricos parciales.
+ Una espiritualidad cimentada en la experiencia personal, sin
mediaciones sagradas, autónoma. «La Iglesia se nos muestra cada día más
preocupada por reclamar poder y autoridad en la sociedad, que por
suscitar que los cristianos del siglo XXI sean personas con una
experiencia espiritual, comprometidas con proyecto vital de Jesús de
Nazaret: el Reino de Dios que está entre nosotros; más aún, que está
dentro de nosotros, aunque la mayoría de los cristianos no sientan tal».
Si bien se mira, la religión no es otra cosa que un «una experiencia de
vida, a través de la que se forma parte de la aventura cósmica»
(Victorino Pérez).
+ Una espiritualidad apoyada en la igualdad básica y en la experiencia
comunitaria. Consecuentemente, feminista y fundamentada en las
relaciones personales. No confinada en la interioridad de cada
conciencia –en una especie de autismo religioso-; sino enriquecida por
el contraste y el compartir entre iguales, entre buscadores de
trascendencia y aportadores de lo que cada cual tiene de específico, de
diferente. En fin, una actitud irreductible frente al jerarcocentrismo
patriarcal, apostando radicalmente por una Iglesia que sea realmente
comunidad y discipulado de iguales, hombres y mujeres; radicalmente
ecuménica e interreligiosa, e incluso más allá de las estrecheces de las
religiones, que muchas veces velan en vez de desvelar el Misterio
(Victorino Pérez).
B) QUÉ ELEMENTOS INTEGRAN NUESTRA ANDADURA ESPIRITUAL
+ La aceptación del MISTERIO como el horizonte en que nos movemos.
Vivencia del misterio de la Vida. Dios vivido como misterio que
cuestiona e interpela. «El mysterium mágnum no sólo existe e sí mismo,
sino que a la vez y de modo principal está anclado en el alma humana»:
hay que aprender el arte de ver (A. M. Schlütter). Algo en abierta
contradicción con creencias, normas y dogmas que dejan tan poco espacio
a lo imprevisto y sorpresivo. «Creo en Dios presente, pero no evidente,
en la vida cotidiana y en la historia. Creo en Dios en medio de la
oscuridad de los absurdos de la vida. Creo en Dios que nos ofrece
sentido y plenitud en nuestra pequeña vida contingente. Creo en Dios que
nos ha hecho libres para responderle o no. Creo en Dios que nos hizo
sensibles para presentirle más allá de los sentidos» (Tabares).
«La espiritualidad para mí es la vivencia del Misterio incomprensible,
inabarcable, que siempre asoma y siempre escapa, que está y no se ve,
pero se percibe vivo y actuante. El misterio de la vida, de la muerte,
del mundo, del cosmos, del mal, del amor, de la humanidad, de la
esperanza, del llanto, del dolor, de la ilusión… Esa dimensión que
trasciende lo aparente pero es más real que la propia realidad aparente»
(Deme). «Personalmente, me encuentro cada día más abrumado ante la
perplejidad del misterio... Inmerso, fascinado, desconcertado, perdido,
emocionado y exultante, aunque tranquilo. El misterio inabarcable del
universo y de cada átomo. Pero, sobre todo, el misterio lacerante del
sufrimiento, la atroz crueldad entre seres humanos, la fascinación de la
vida; las aspiraciones de cada persona... Compruebo que aumentan mis
preguntas y disminuyen mis respuestas (Pope).
+ Esta experiencia espiritual debe estar basada en la ESCUCHA de Dios y
la escucha del misterio del Mundo y de los Humanos. Es el cada día, con
sus inquietudes y problemas, con el trabajo, la familia, los compañeros,
el dolor y la enfermedad, el gozo y el disfrute, la política y las
reivindicaciones, el Norte y el Sur… lo que necesitamos vivir desde el
espíritu, más allá de la inmediatez, la monotonía o el desánimo… Una
experiencia mística que busca la armonía no sólo con los hombres y
mujeres, sino con toda a Creación, escuchando el «grito de la tierra y
el grito de los pobres» (L.Boff), que van parejos. «Toda esta
espiritualidad no sirve de nada si en el día a día uno no intenta dar
respuesta a las situaciones que vamos viviendo a nivel de familia,
amigos, comunicación virtual con mucha gente, situaciones sociales que
se plantean y con las que intento colaborar (asistencia a
manifestaciones justas, apoyo a campañas por Internet firmando muchas
reivindicaciones…) Es decir, la espiritualidad intento que de algún
modo, conecte con el día a día. Que no quede en una teoría. Aunque no
digo que siempre lo consiga o que no tenga fallos. Pero se intenta» (J.
Cejudo).
+ La PAZ INTERIOR, la coherencia entre lo que piensas y sientes con lo
que intentas vivir. Esa conformidad interior contigo mismo, primera
condición para mantener unas buenas relaciones con los demás… «Pensar es
sopesar, tantear el anhelo, la aspiración que cada cosa tiene para ir a
su sitio, en donde pueda reposar… El ideal del pensar no es llegar a la
inteligibilidad, sino el llegar a la consciencia de la armonía» (R.
Panikkar).
Bien es verdad que, en nuestro mundo y con la conciencia que tenemos del
momento presente y de la historia pasada, es difícil sentirse en paz con
la humanidad, con la naturaleza… Formamos parte de esa especie que
degrada el medio ambiente y condena a una vida indigna del ser humano a
una parte importante de nuestros semejantes. Nos acompaña
inevitablemente una imposible inocencia, que tenemos que aprender a
situar cada día. Hoy –es evidente- lo decisivo no es la fidelidad a
ninguna institución por sagrada que se pretenda, sino la sensibilidad
ante el sufrimiento humano y la preocupación por las víctimas. «Mientras
la pregunta religiosa fundamental sigue siendo ésta: ¿hay vida después
de la muerte?, un tercio de la humanidad, sometido hoy un
empobrecimiento deshumanizante, se pregunta: ¿habrá vida antes de la
muerte?» (M. LópezVigil).
«Se pueden decir más cosas. Que amo la vida; que disfruto de ella con
terca y serena intensidad; que, a pesar de las desgarradoras tragedias y
de las exasperantes injusticias que nos rodean, nos agobian y nos
pringan, disfruto de una suficiente y reconciliada felicidad personal.
Me reconozco un privilegiado a lo largo de las distintas etapas por las
que ha ido pasando mi vida» (Pope).
+ La VIDA como DON y TAREA. Según decíamos, espiritualidad es esa
perspectiva –sentido- desde la que intentamos saborear, analizar y
reorientar lo que vamos viviendo. Y nos gusta sentir que la vida nos ha
sido dada, como don gratuito, y que se trata de algo que vamos
construyendo con nuestras decisiones y nuestras apuestas. Para ello,
necesitamos contemplar con paz y sin prisas lo que nos toca vivir; y, al
mismo tiempo, apostar por las transformaciones de que nos sentimos
capaces o las que descubrimos que están en marcha. Es, en definitiva, la
forma como queremos ir respondiendo a la vida. «¿Cómo se expresa? En la
lucha y en la contemplación. En la lucha de cada día, en la que se
esconde, y no siempre lo busco, pero sé que está detrás de todo. Y en la
contemplación de la vida, en las personas, en el mundo, en la Palabra,
en el silencio, en la comunidad, en la soledad, en el humor y en el
amor» (Deme).
«Nunca le he tenido miedo a la muerte. Pero, como tanta gente, le tengo
miedo al sufrimiento inútil y sin esperanza que degrada a la persona y
crea dolorosa impotencia en quienes te rodean. Por eso, como opción
estrictamente personal, soy partidario de la eutanasia sin más
adjetivos. Y ojalá que otras personas no tengan que tomar esa decisión
en lugar mío» (Pope).
+ Ser conscientes de la gratuidad de la vida nos exige ser generosos en
el COMPARTIR: es, en definitiva, una forma de expresar agradecimiento al
Dios de la Vida.
«A solas y con otros para hablar con Jesús o con Dios sobre esas cosas
que me parecen más trascendentes o, a veces, fuera del alcance de mi
comprensión: la infelicidad y el sufrimiento de la gente; la enfermedad
y la muerte de los jóvenes; el Mal, presente en el mundo y en la Iglesia
oficial; el abuso del poder; el escaso valor de la vida en muchos
países; la fe en Jesús y su mensaje; el valor de la solidaridad; la
impunidad de los neocon políticos y religiosos… Y sobre otras cosas del
cada día de nuestra convivencia: la importancia de ser corresponsables y
comprometidos; el valor del calor humano; la compasión; el respeto a las
ideas diferentes; los desprotegidos, si son mayores que viven solos por
obligación o niños sin cariño; el respeto a lo que es de todos y a la
naturaleza» (José Luis Sainz).
«Experimentar eso como un don, como una suerte, me hace vivir
agradecido. Y de vez en cuando tengo que alimentarlo, dejándole
respirar, haciéndolo más consciente, cultivando la relación afectiva de
sentirse querido y capaz de querer, de quererle a Él y de querer en
general, porque Él es la fuente del amor, quien me hace capaz de amar a
pesar de mis miserias, egoísmos, debilidades, contradicciones…» (Deme).
+ Evidentemente, la perspectiva clave en nuestra búsqueda debería ser el
ESPÍRITU DE JESÚS, sus valores. La opción fundamental por Jesús, su
seguimiento nos introduce en otra dimensión, en una opción
transformadora al mirar la realidad.
«La espiritualidad que me anima es concreta: es la del espíritu de Jesús
de Nazaret (el que a él le animaba). Algunas referencias del evangelio y
de los testimonios de los primeros testigos y de algunos testigos
actuales me ayudan a descubrirlo en detalles. En cambio, me estorban
algunas mediaciones institucionales, religiosas, dogmáticas, rituales…
¡Cuánto cuesta hacer la gimnasia mental y espiritual de trascenderlas!
Pero bueno, a pesar de todo, siempre sopla» (Deme). «Ahondar en una
experiencia espiritual que nos lleve a vivir el espíritu de las
Bienaventuranzas. Una experiencia en la que la realidad de los pobres,
los pacíficos y los que buscan la justicia no sea una cuestión
ideológica, sino algo vital para la comunidad y para cada uno»
(Victorino Pérez).
«El hilo conductor de mi vida ha sido y sigue siendo la persona de
Jesús. Primero, fue Jesucristo; pero, a medida que Jesús de Nazaret ha
ido bajando peldaños de su divinidad, se me ha ido haciendo más cercano,
más atractivo y más universal. Lo que de verdad me disloca es su forma
de entender y de vivir el Reinado de Dios como fraternidad universal; su
actuación insobornable en defensa de las víctimas contra los más
intrincados mecanismos de marginación; su libertad ante cualquier norma
que aplaste o condicione el crecimiento del ser humano. En Jesús
barrunto que Dios se viene «encarnando» en cada ser humano desde el
principio hasta el fin de los tiempos. Cada vez percibo más a Jesús como
patrimonio de toda la humanidad, más allá de los límites de cualquier
religión» (Pope).
Ese espíritu de Jesús nos invita a vivir la espiritualidad no como algo
aparte del ser humano y de la vida; ni limitado al templo o a ciertos
tiempos; no es patrimonio de los sacerdotes ni está condicionado a
ellos; la espiritualidad se encuentra en cada ser humano; ha de ser
vivida desde la convicción de la bondad de Dios y expresada desde la
misericordia; y tiene unas formulaciones que hemos dado en llamar las
Bienaventuranzas.
+ Esta apuesta por el Reinado de Dios, por las Bienaventuranzas puede
llenar de SENTIDO a la vida. Frente a la cultura de la inmanencia, nos
aporta esperanza y de sentido de la utopía. Nos puede dar alas para
volar e impulso para vivir (E. Tabares). «La esperanza no es de futuro,
sino de lo invisible presente» (R. Panikkar).
«El Espíritu para mí es la vida que me anima, el aire que respiro, el
viento que me empuja, el fuego que me quema, la fuerza que me dinamiza.
Es algo exterior a mí, porque no soy yo; pero es algo dentro de mí, que
no soy yo pero me hace serlo. Yo noto que el esfuerzo de vivir la vida
no es mero voluntarismo mío; hay algo o alguien que me anima, que me
seduce, que me lleva. Procuro no resistirme y dejarme llevar por él» (Deme).
Creo en Dios, Misterio inaccesible y presencia amorosa a la vez. Creo en
Dios no impasible, que sufre con el dolor de los sufrientes. Creo en
Dios no neutral, que se une con ternura a los humildes y empobrecidos.
(E. Tabares) «Finalmente, me gusta la feliz formulación de Díez Alegría
en su «credo»: «Sabemos que Dios no tiene manos, pero nosotros estamos
en manos de Dios». Espero con gozosa confianza que todos los seres
humanos nos iremos encontrando en esas manos de Dios; en esa experiencia
totalizadora de que «Alguien» nos ama de forma incondicional y absoluta;
en la superación definitiva de nuestras mezquindades y de nuestros
egoísmos porque a los «buenos» y a los «malos» se nos ha abierto LA VIDA
en su luminosa gratuidad» (Pope).
+ En este difícil recorrido, necesitamos espacios y tiempos de ORACIÓN
personal y comunitaria, de interiorización, en que expresar y reforzar
estas opciones. Aunque, en realidad, no es fácil dar con ellos… En la
mayoría de los casos estos momentos son estrictamente personales o con
los pequeños grupos-comunidades de oración en los que nos movemos; nos
cuesta mucho más encontrar este cauce en parroquias. Sencillas
eucaristías domésticas, celebraciones más preparadas en encuentros y
asambleas, reuniones de reflexión, charlas desde la cercanía sobre todo
aquello que nos parece más trascendente o escapa a nuestra comprensión,
momentos reservados para la propia meditación… son eficaces medios en
esta búsqueda. «Se trata de vivir la vida humana de una forma global a
partir de sus raíces más íntimas» (A.M. Schlütter). Se subraya también
la gran importancia que supone la lectura escogida de aquellos autores
que abren perspectivas a esta nueva espiritualidad.
«No suelo ir a Misa. Pero si por alguna razón acudo a ella, sólo
comparto la Comunión si «siento» que es Eucaristía. Rezo, canto y
celebro con un pequeño grupo y con una pequeña comunidad de cristianos.
Son sencillos lugares, pero privilegiados para alimentar mi
espiritualidad. Ni qué decir tiene que los espacios y tiempos que
comparto con compañeros/as del MOCEOP, son una especie de balneario
espiritual. También me gusta conversar con personas agnósticas o no
creyentes sobre esos asuntos de mayor o menor trascendencia. Es
enriquecedor cuando no hay ánimo de imponer. Conozco a algún obispo con
el que se puede dialogar de ese modo. «Hay de todo en la Viña del
Señor». (José Luis Sainz).
«También en la Comunidad vivimos la Eucaristía unas tres o cuatro veces
al año de un modo muy distinto al que podríamos encontrar en cualquier
Iglesia. Cuando la celebramos entre todos, participamos todos en un
clima de igualdad y sin protagonismo ninguno de ningún cura. En nuestro
caso, los dos curas casados que estamos somos uno más. Y , aunque es
cierto que la gente suele delegar en uno de nosotros para que animemos
la Eucaristía, nosotros siempre procuramos que todos se sientan
completamente iguales a la hora de opinar, participar, tomar distintas
iniciativas etc.. Estamos en plan de igualdad» (J. Cejudo).
RAMÓN ALARIO
|
|