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¿Y SI EL VATICANO NO
EXISTIERA?
Pedro Miguel Lamet EL CIERVO junio 2009
El
guardia suizo me miró sorprendido: “No, el Papa ya no vive aquí. Nada más
elegido, decidió marcharse al Trastevere. Esto se ha convertido en un
museo”. “¿Y los cardenales, las oficinas de la curia, el Estado Vaticano?”
–pregunté. “¡Uy, eso lo ha disuelto todo!”
Me apresuré a comprar un periódico para salir de mi ignorancia, pues había
estado un mes retirado en un monasterio. Decía: «El nuevo papa Juan Pedro I
sorprende al mundo. En un gesto insólito ha declarado: ‘Comprendo que es muy
duro para mis electores, el cuerpo diplomático, los nuncios y cuantos
ostentaban el poder y la gloria de la vieja Iglesia. Para los dicasterios y
sus trabajadores he dispuesto una salida laboral: una comisión que creará
una gran ONG, que se volcará en remediar en lo posible el hambre en el
mundo. En su beneficio se abrirán los palacios como un gran museo artístico
e histórico. La Santa Iglesia arrastra mucho lastre a través del tiempo. He
despedido a todos mis policías y guardaespaldas. Viajaré por el mundo
predicando la Buena Noticia, nunca con honores de jefe de Estado. En
adelante mi única fuerza será la Palabra del Señor. Invito a todos los
pastores del mundo que se conviertan a Jesús de Nazaret y se unan a mí.
Pedro vuelve a ser Pedro’».
El periódico italiano añadía que la decisión del Pontífice había causado tal
estupor que algunos sectores de la Iglesia amenazaban con un cisma, pues
decían que no podría subsistir sin curias, códigos de derecho canónico,
tribunales y nunciaturas. A los pocos días decidí visitar al osado Papa.
Pregunté por él en el Trastevere. El dueño de una trattoria me dijo: “Vive
en ese piso de la esquina. Pero él no está aquí, ¿sabe usted? La gente, los
periodistas, no le dejaban en paz y se ha largado. Dicen que anda predicando
el Evangelio en un suburbio de Belo Horizonte, en Brasil”.
Regresé a Madrid pensativo. ¿Qué iba a ser de la Iglesia de Dios sin la
burocracia del Vaticano, sin la Doctrina de la Fe, el tribunal de la Rota,
los guardianes de la ortodoxia? ¿A quién pedirían orientación los obispos?
¿Podrían ahora comulgar los divorciados? ¿Serian ordenadas las mujeres? ¿Qué
iba a ser de la Iglesia sin un poderoso jefe que prohibiera puntualmente las
relaciones prematrimoniales, el uso del preservativo y la píldora, sin nadie
dedicado a excomulgar?
En los telediarios escuché voces discrepantes: “Esto es el caos, se ha
cargado veinte siglos de historia. El pastor ha abandonado a sus ovejas. Los
hombres de bien hemos de unirnos contra ese hereje que ha roto los diques
del dogma, la tradición y la moral. Ahora tendremos que decidir por nosotros
mismos”.
A los pocos días un atrevido equipo de informadores, adentrándose en lo más
recóndito del Amazonas, logró dar con Juan Pedro I. “Santidad, ¿ignoráis lo
que habéis provocado con vuestras decisiones?”
El Papa, sentado en una barca predicaba a una tribu indígena. Sonrió y dijo:
“Felices los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Si queréis
poder, honores, cambiar las leyes de los Estados, amenazar con condenas de
excomunión, no acudáis a mí. El Papa sólo os hablará de amor, de perdón,
justicia y misericordia. ¿De qué nos ha servido convertir la Iglesia en un
castillo a la defensiva y la palabra en piedra arrojadiza contra la frente
de los incrédulos? Convenceos: increyentes, abortistas, homosexuales,
miembros de otras religiones o agnósticos sólo encontrarán en mí a un
hermano, pues el que esté libre de pecado que lance la primera condena”.
Muchos se conmovieron con estas palabras, y no pocos fieles apartados,
jóvenes y disidentes regresaron a la comunión eclesial.
A las pocas semanas un comando de sicarios lo ametralló a la salida de un
café de San Salvador. Reunido el cónclave, eligió un nuevo papa, “como Dios
manda”, que reabrió la curia y los dicasterios. Roma volvió a ser Roma.
Pedro dejó de ser Pedro.
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¿PARA QUÉ SIRVE «EL CIERVO»?
Antonio López Baeza
MURCIA ME MANTIENE DESPIERTO
i creyera que la revista El Ciervo – de la que soy lector
ininterrumpido durante 48 años– no sirviera para nada, no me tomaría
la molestia de responder a la cuestión que me plantea su redacción,
Pero resulta que sí, que ya he tenido años para comprobarlo, y me
siento obligado a responder con sinceridad y gratitud.
Me ha servido, en primer lugar, para mantenerme informado y
críticamente despierto ante muchas de las cuestiones más actuales y
candentes de las cinco últimas décadas, tanto del Estado español
como del mundo, en temas de política, religión, cultura, arte.
Me ha servido, muy en línea con lo anterior, para conocer mejor, e
incluso, por primer contacto, a destacados pensadores en los campos
de la filosofía, la teología, y en general del pensamiento
contemporáneo.
Me ha servido para acrisolar mi fe cristiana, en momentos tan
críticos para nuestra madre Iglesia católica, sin perder la fe de
que otra Iglesia es posible, más fiel al evangelio de los pobres y
mejor servidora del Reino de Dios en este mundo.
Me ha servido de compañera de viaje, de muchos viajes (una anécdota
curiosa: al regresar de Francia, en agosto de 1975, me fue requisada
la revista El Ciervo por la policía de la aduana ¡como subversiva!)
Igualmente me ha acompañado en salas de espera y hospitales,
llenando muchas horas vacías o amargas.
Me ha servido de cicerone para conocer libros, películas, discos.
¿Puede servir para más? Bueno, para que todo no resulte tan
positivo, no me ha servido para dar a conocer mis poemas, en su
sección «Pliego de poesía», que no considero mejores ni peores que
la mayoría de los que allí se nos dan.
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