Ágora es la última película de Alejandro Amenábar.
Sobre el telón de fondo de la vida de Hipatia, filósofa neoplatónica que
vivió en Alejandría entre 355 y 415 y murió a manos de una turba de
cristianos, el director presenta el eterno duelo entre la razón y el
fanatismo religioso, siendo los cristianos los que peor parados salen en
esta película. No es de extrañar, por tanto, que en muchos medios
católicos se haga una fuerte crítica de la cinta, bien por razones
históricas, bien por la ideología subyacente del director-guionista.
Poco se sabe de Hipatia, lo justo para poder
afirmar que fue la primera matemática de la historia y que reunió a
discípulos cristianos y paganos en la búsqueda de la verdad científica.
Con estos brochazos amplios, más los datos de otras fuentes históricas
que muestran la extraordinaria violencia en la que vivió Alejandría por
aquellos décadas y que llevó al asesinato, entre otros, de dos obispos,
Amenábar monta una historia que no deja a nadie indiferente.
La película me resulta incómoda como
cristiano. Pero no por sus errores históricos, por la licencia creativa
que Amenábar utiliza o por su carga ideológica, sino por las verdades
que contiene. Quienes amamos a la Iglesia y estamos comprometidos en que
se parezca más a la comunidad que Jesús fundó, haremos bien en tomar
nota de esas verdades que escuecen.
La primera de todas es que la película
es de rabiosa actualidad, pues la intolerancia y violencia religiosas
que denuncia siguen dándose en el presente. Es posible que esos
extremistas, que en la película salen con una estética un tanto
talibán, no se den hoy, en su versión más cruda, dentro de la
Iglesia, pero no podemos mirar para otro lado como si no tuviéramos
trapos sucios que lavar. Hay un extremismo más sutil que los católicos
seguimos practicando cuando se excluye al hermano que piensa distinto,
cuando no se toleran ciertas opciones morales, cuando se cierra el
diálogo con la ciencia y la cultura modernas…
La segunda verdad afecta a la
desmitificación de la historia de la Iglesia de los primeros siglos y,
en especial, del siglo IV en adelante. ¿Alguien, en su sano juicio,
puede pensar que la religión cristiana pasó de ser perseguida a ser la
oficial del imperio romano sin violencia? Que se lo digan a todos los
que sufrieron las persecuciones contra las herejías a partir del siglo
V, a lo largo de la Edad Media y en las guerras de religión del
Renacimiento a esta parte.
La tercera, y que la película presenta
con claridad, versa sobre el papel de la mujer en la comunidad
cristiana. Jesús fue una persona inclusiva que colocó a la mujer en pie
de igualdad dentro de la comunidad primitiva, como corresponde a una
familia donde el modelo patriarcal queda abolido porque «sólo hay un
Padre y todos vosotros sois hermanos y hermanas» (Mt 23,1-12). Pero los
primeros siglos del cristianismo dieron al traste con este modelo al
importar formas negativas de ver a la mujer basadas en filosofías
dualistas.
Finalmente, la película presenta una
estructura jerárquica de la Iglesia paralela a la autoridad imperial,
enfrentada en ocasiones a ésta, colaborando con ella en otras. La
declaración de religión oficial trajo consigo un enorme incremento del
poder en los obispos y en el papado, la clericalización del ministerio
cristiano y la mimetización de ciertas estructuras imperiales por parte
de la Iglesia.
La dogmatización de la fe, que comenzó a ser
definida hasta la última tilde, generó a la larga una triste historia de
persecuciones de herejes, el oscurantismo de la Inquisición y las
guerras de religión que asolaron el mundo y cuyas consecuencias todavía
arrastramos. Dicen muchas teólogas, y no sin razón, que toda esta
violencia tiene también mucho que ver con la falta de lo «femenino» en
los órganos de decisión de la comunidad cristiana.
Al término de la película, en el culmen de la
violencia más brutal, hay una chispa de amor que nos da esperanza. La
misma esperanza que tenemos tantos cristianos que creemos, desde el
Concilio Vaticano II, que la Iglesia debe volver a las fuentes, al
Evangelio, a la sencillez de un Jesús que es buena noticia para todos,
sobre todo para los «extras» de esta gran película que es el mundo y que
mueren por exigencia del guión sin merecer luego aparecer en los
créditos.