ISLAM. CULTURA, RELIGIÓN Y POLÍTICA

las verdades de Ágora

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan José Tamayo

ISLAM. CULTURA, RELIGIÓN Y POLÍTICA,

Trotta, Madrid, 2009,

360 páginas.

 

 

El Islam es la segunda religión del mundo, que cuenta con más de 1200 millones de seguidores y seguidoras. Está viviendo un momento de gran vitalidad y posee un gran protagonismo a nivel político y religioso en la esfera internacional Es una importante fuerza religiosa, política y cultural, al tiempo que una fuente inagotable de espiritualidad. El futuro de la humanidad no puede construirse contra el Islam, ni al margen del Islam, sino en colaboración con él. Desde esta convicción está escrito este libro.

Sobre el Islam hay una ignorancia casi enciclopédica en nuestro entorno cultural. Darlo a conocer con objetividad, equilibrio y sentido crítico, sin deformaciones ni estereotipos es el principal objetivo de la presente obra. Tamayo reconstruye la figura de Muhammad, a la luz de las nuevas investigaciones, como reformador religioso, líder político y estratega militar, destacando su experiencia mística, su coherencia vital y su compromiso con los excluidos, especialmente los huérfanos y las mujeres. Hace un recorrido por los principales hitos de la historia del Islam, subrayando su significativa presencia en España como elemento fundamental de nuestra identidad en el pasado y en el presente, y por sus diferentes tendencias (sunnitas, chiítas, sufíes, euro Islam, feminismo islámico, fundamentalismo, etc.), que desmienten la idea tan extendida de ser una religión uniforme.

En el centro del análisis están el Corán y la Sunna, no leídos al modo fundamentalista, ni considerados como fetiches a los que rendir culto, sino estudiados a la luz de los métodos histórico-críticos, la Sharía, estudiada a partir de la crítica de los sectores reformistas de dentro y de fuera del Islam; los cinco pilares (profesión de fe, oración, limosna, ayuno y peregrinación a Meca), interpretados no ritualistamente, sino desde la opción por los pobres.

Objeto de estudio específico desde una perspectiva feminista, cada vez más asumida en el mundo musulmán son dos cuestiones polémicas: los derechos humanos y las mujeres en el Islam. El Islam es ciertamente una de las religiones más criticada en este terreno, y a veces, con razón. Los hechos son tozudos al respecto: transgresiones de los derechos humanos, ausencia de libertad de conciencia y religiosa, discriminación de las mujeres, mutilaciones, penas de muerte, lapidaciones, etc. Pero, junto a esta realidad, Tamayo recupera la rica herencia del Islam en materia de derechos humanos, libertad religiosa e igualdad de género dentro en el Corán, que desmiente la tan extendida idea de su incompatibilidad «connatural» con la democracia y los derechos humanos.

Cuatro son las tesis que defiende Tamayo en torno a las mujeres en el Islam: a) en la Arabia pre-islámica las mujeres eran consideradas inferiores al varón; b) con la llegada del Islam son reconocidas como sujetos jurídicos con igual dignidad que los varones, si bien en el Corán todavía quedan reminiscencias de la época pre-islámica; c) al expandirse el Islam e implantarse fuera de la Península Arábiga, se incorporan costumbres y tradiciones que discriminan a las mujeres y se introducen en la Shari’a (Ley Islámica), sin ser islámicas; d) actualmente existe en una importante y cada vez más extendida corriente feminista dentro del Islam que lucha por recuperar la tradición igualitaria de los orígenes y por liberar a la mujeres de las tradiciones patriarcales que no pertenecen al núcleo fundacional del Islam.

El diálogo interreligioso y la liberación son dos de las claves hermenéuticas del libro, que se completa con una exposición de los principales diálogos entre cristianismo e Islam a lo largo de la historia y con la propuesta de una teología islamo-cristiana de la liberación contrahegemónica, en perspectiva ética y utópica.

El libro muestra y demuestra que el Islam no puede identificarse con el fundamentalismo, y menos aún con el terrorismo. Todo lo contrario: ambos fenómenos son graves patologías de dicha religión denunciadas por los propios musulmanes. Al mismo tiempo es una llamada a evitar la confrontación entre Islam y occidente, ya que históricamente el Islam ha mantenido lazos estrechos con occidente y ha contribuido a conformar la cultura occidental, y a pasar del «del anatema al diálogo». Eso sí, sin caer en actitudes ingenuas ni desconocer las lógicas dificultades, tras largos siglos de enfrentamientos y choques.

 

El teólogo Juan José Tamayo acaba de publicar un libro sobre el Islam en el que intenta desmentir no pocos de los prejuicios fijados en el imaginario social y religioso de Occidente desde la época de las Cruzadas, y ofrece una nueva imagen de esta religión más acorde con los orígenes, en el horizonte de los derechos humanos, en perspectiva feminista y en sintonía con los movimientos sociales y las tendencias religiosas alternativas que luchan por otro mundo, otra religión y otro Islam posibles. El futuro de la humanidad no puede construirse contra el Islam, ni al margen del Islam, sino con colaboración con él.

 

  Las verdades de Ágora

 Juan Yzúel

Ágora es la última película de Alejandro Amenábar. Sobre el telón de fondo de la vida de Hipatia, filósofa neoplatónica que vivió en Alejandría entre 355 y 415 y murió a manos de una turba de cristianos, el director presenta el eterno duelo entre la razón y el fanatismo religioso, siendo los cristianos los que peor parados salen en esta película. No es de extrañar, por tanto, que en muchos medios católicos se haga una fuerte crítica de la cinta, bien por razones históricas, bien por la ideología subyacente del director-guionista.

  Poco se sabe de Hipatia, lo justo para poder afirmar que fue la primera matemática de la historia y que reunió a discípulos cristianos y paganos en la búsqueda de la verdad científica. Con estos brochazos amplios, más los datos de otras fuentes históricas que muestran la extraordinaria violencia en la que vivió Alejandría por aquellos décadas y que llevó al asesinato, entre otros, de dos obispos, Amenábar monta una historia que no deja a nadie indiferente.

  La película me resulta incómoda como cristiano. Pero no por sus errores históricos, por la licencia creativa que Amenábar utiliza o por su carga ideológica, sino por las verdades que contiene. Quienes amamos a la Iglesia y estamos comprometidos en que se parezca más a la comunidad que Jesús fundó, haremos bien en tomar nota de esas verdades que escuecen.

  La primera de todas es que la película es de rabiosa actualidad, pues la intolerancia y violencia religiosas que denuncia siguen dándose en el presente. Es posible que esos extremistas, que en la película salen con una estética un tanto talibán, no se den hoy, en su versión más cruda, dentro de la Iglesia, pero no podemos mirar para otro lado como si no tuviéramos trapos sucios que lavar. Hay un extremismo más sutil que los católicos seguimos practicando cuando se excluye al hermano que piensa distinto, cuando no se toleran ciertas opciones morales, cuando se cierra el diálogo con la ciencia y la cultura modernas…

  La segunda verdad afecta a la desmitificación de la historia de la Iglesia de los primeros siglos y, en especial, del siglo IV en adelante. ¿Alguien, en su sano juicio, puede pensar que la religión cristiana pasó de ser perseguida a ser la oficial del imperio romano sin violencia? Que se lo digan a todos los que sufrieron las persecuciones contra las herejías a partir del siglo V, a lo largo de la Edad Media y en las guerras de religión del Renacimiento a esta parte.

  La tercera, y que la película presenta con claridad, versa sobre el papel de la mujer en la comunidad cristiana. Jesús fue una persona inclusiva que colocó a la mujer en pie de igualdad dentro de la comunidad primitiva, como corresponde a una familia donde el modelo patriarcal queda abolido porque «sólo hay un Padre y todos vosotros sois hermanos y hermanas» (Mt 23,1-12). Pero los primeros siglos del cristianismo dieron al traste con este modelo al importar formas negativas de ver a la mujer basadas en filosofías dualistas.

  Finalmente, la película presenta una estructura jerárquica de la Iglesia paralela a la autoridad imperial, enfrentada en ocasiones a ésta, colaborando con ella en otras. La declaración de religión oficial trajo consigo un enorme incremento del poder en los obispos y en el papado, la clericalización del ministerio cristiano y la mimetización de ciertas estructuras imperiales por parte de la Iglesia.

  La dogmatización de la fe, que comenzó a ser definida hasta la última tilde, generó a la larga una triste historia de persecuciones de herejes, el oscurantismo de la Inquisición y las guerras de religión que asolaron el mundo y cuyas consecuencias todavía arrastramos. Dicen muchas teólogas, y no sin razón, que toda esta violencia tiene también mucho que ver con la falta de lo «femenino» en los órganos de decisión de la comunidad cristiana.

  Al término de la película, en el culmen de la violencia más brutal, hay una chispa de amor que nos da esperanza. La misma esperanza que tenemos tantos cristianos que creemos, desde el Concilio Vaticano II, que la Iglesia debe volver a las fuentes, al Evangelio, a la sencillez de un Jesús que es buena noticia para todos, sobre todo para los «extras» de esta gran película que es el mundo y que mueren por exigencia del guión sin merecer luego aparecer en los créditos.