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Cuando las situaciones comienzan a
hablar Pope Godoy
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MARISA, LA TENACIDAD A TODA PRUEBA |
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M ás de una vez se me ha ocurrido sacar aquí a mi hermana Marisa. Pero siempre me ha dado un cierto pudor y lo he dejado. Hasta que hace unos días me dije: ¡qué puñeta! ¡Mi hermana da la talla para una semblanza como las que venimos haciendo! Y me he embarcado en la tarea, aunque saque a relucir detalles familiares.
Quiero dejar muy claro lo que es extraordinario de verdad: el hecho de que haya centenares de miles y hasta millones de personas que entregan su vida, en todo o en parte, para mejorar la vida de los demás. De miles maneras y de múltiples formas. Mientras se mantenga y aumente este gigantesco capital de generosidad y de entrega, el mundo tiene futuro. Entre estas personas está Marisa, nuestra hermana, la mayor de tres hermanas y cuatro hermanos. En el convento se cambió el nombre por Sor Teresa. Y aquí la tenemos dividida entre Marisa y Teresa. Pero en la familia siempre será Marisa. Cuando apenas tenía seis años, estalló la guerra civil. Le tocó vivir experiencias muy difíciles con cuatro hermanos y mi padre movilizado durante los últimos meses de la guerra. Fueron naciendo los demás hermanos y, desde pequeña, le tocó asumir responsabilidades muy superiores a su edad. Lo que nos salvó de la quema, en aquellos años oscuros de posguerra, fue el inmenso cariño que siempre nos rodeó en una familia de pequeños agricultores en nuestro pequeño pueblo agrícola: Canena (Jaén). Dice Marisa. "El 9 del 4 del 53 ingresé en las Hermanas Mercedarias de la Caridad". Para entonces, yo era ya jesuita y quedé como quien dice desgajado de la familia. Las Mercedarias eran algo así como de semiclausura. A pesar de ir yo con mi sotanón de jesuita, no me dejaron verla en Granada donde hacía el noviciado. Las instituciones religiosas han tenido tradicionalmente una especie de inquina o recelo hacia las familias. Creo que venía de aquel famoso "Padre Rodríguez" ("Ejercicio de perfección y virtudes cristianas") que fue durante generaciones nuestro alimento espiritual en el noviciado. Podía contar muchas anécdotas chungas, que ahora nos hacen reír, pero que entonces fueron muy dolorosas para las familias. Pero no me resisto a contar ésta. Cuando destinaron a Marisa al Perú, aunque ya tenía 30 años, no pudo ir sola a despedirse de la familia. La superiora vino con ella para estar sólo tres días en la casa. La Madre Dolores era una mujer mayor, más bien triste. La veíamos seria, molesta con nuestras carcajadas y con los piropos que echaban a Marisa sus amigas de siempre. Lo más desconcertante es que las monjas no podían hacerse fotos con la familia. La trifurca fue fenomenal. Nos parecía intolerable que nuestros padres no pudieran quedarse con una foto de su hija como recuerdo. Acosábamos en tromba a Madre Dolores. Le decíamos que la familia no estaba obligada a cumplir las reglas de las monjas. Por fin, cedió abrumada, se fue a su habitación y nos dejó en paz... Conservamos aquellas fotos con especial cariño, aunque no está Rosario que ya era adoratriz. Marisa lo tiene claro: "Yo me fui al Perú el uno del uno del 61". Eran siete monjas que marcharon en barco desde Barcelona a fundar una casa en Moyobamba, la capital del departamento de San Martín en Perú. ¡Hace casi 60 años! El obispo, monseñor Elorza, había construido un colegio en Moyobamba y pidió a las Mercedarias que lo gestionaran. El contrato con el gobierno establecía un tanto alzado por año y las monjas se comprometían a tener 60 horas de clase semanales y a llevar toda la gestión y papeleo oficial. Además del colegio, una enfermera también mercedaria, atendía un dispensario donde facilitaban medicinas y ponían inyecciones. Una vez a la semana acudía un médico al dispensario. El médico insistía en que se explicara bien a los enfermos el modo y las dosis de cada medicina. Un día aparece un señora: "¡Cómo pues, madresita, con las pastillitas del doctorsito! ¡¡Harto duermo pues!!" Efectivamente, se había tomado dos pastillas diarias cuando debía tomarse... ¡media! Se le explicó despacio la dosis, pero no parecía entender. Tras varios intentos, a la buena mujer se le iluminó el rostro y dijo: "¡Ya, madresita! ¡¡La mito, pues!!" ("mitar", ¡que verbo tan bonito! Pero no está en el D.R.A.E.). La adaptación no fue nada fácil, desde luego. Las monjas llevaban sus esquemas mentales españoles y su horario conventual. Monseñor Elorza, pasionista, con enorme suavidad y paciencia les decía: "Hay que estar con el pueblo". Él se sentaba en la calle, sencillo, paciente y cercano, hablando con la gente. Las monjas tenían que cambiar la hora de su reloj mental. El mismo Elorza había enseñado a la gente a fabricar losetas con aquella tierra rojiza para "pavimentar" el suelo de sus viviendas. Un día la superiora acudió a monseñor. Se había encontrado con una señora que tenía tres hijos de tres hombres distintos y ahora vivía con un cuarto hombre. "¡Hay que casarlos, monseñor!" Pero monseñor replicaba muy tranquilo y muy suave: "¡No! Es mejor que no se casen". Asombro y desconcierto de la superiora. En uno de los viajes de Marisa a Lima, monseñor le dio una carta que debía entregar en propia mano al nuncio. Sin duda era algo importante porque le insistió en que debía ser en propia mano. Marisa fue a la nunciatura y se quedó escandalizada y hasta asqueada de aquel suelo de mármol tan reluciente y tres monjas al servicio del nuncio... quien, encima, apenas sabía hablar en español. Marisa se preguntaba ¿Y éste es el responsable de la Iglesia en Perú? Como contraste, Marisa cuenta con regocijo la reacción de monseñor cuando ellas limpiaron una vez a fondo el suelo de su residencia "episcopal": "Por lo visto..., ¡aquí había ladrillos!". Marisa es "una todo terreno". Nos asombra, todavía a su edad, esa capacidad de trabajo, esa tenacidad y esa resistencia. Vamos, que agota a cualquiera. Quizás por eso, le tocó abrir camino en otras muchas fundaciones de la Congregación. Después de 6 años en Moyobamba, la mandaron con otro grupo a fundar en Rioja, después a Tiabaya, después a Tabalosos... En estos sitios no había teléfono. Marisa nunca fue buena para la escribanía, como decía Rufino, otro hermano. De modo que nos pasábamos a veces más de tres meses sin tener noticias suyas. Era una preocupación atroz, sobre todo para mi madre. Y ya, para más inri, al principio volvían a España... ¡cada diez años! Claro, cuando en 1970 volvió por primera vez, me escribió a la vuelta: "He encontrado a nuestros padres viejitos pues"... Me afloran multitud de emociones que no consigo controlar. También la mandaron a Lima, al noviciado y una casa de ejercicios. Pero allí no se sintió a gusto porque "era un contraste desde la pobreza y la misión tan viva como teníamos antes". Efectivamente, las monjas llevaban la atención pastoral en las parroquias y en los pueblos vecinos. Ante la escasez de curas, ellas hacían entierros, bautizos, atendían a los enfermos... Por supuesto, las catequesis. También realizaban celebraciones, donde la gente participaba mucho y hablaba con "¡Diosito lindo!". Claro, cuando venía el cura a decir su misa ritual, la gente le decía: "la misa de las madresitas nos gusta más que la de Vd.". Al llegar a este punto, no tengo más remedio que lamentar con mucha tristeza la escandalosa malversación de capital humano y la irritante miopía jerárquica con ese empecinamiento en impedir a las mujeres la participación plena en los ministerios eclesiales. Y la otra cara de la moneda. Ese cambio profundo estructural que tanto esperamos y deseamos se irá haciendo realidad a medida que las personas creyentes, y muy especialmente las mujeres, lleguemos al convencimiento práctico de que los derechos no se conceden sino que se ejercen con serenidad y convencimiento. Sigo con Marisa. Las anécdotas son interminables. Unas graciosas, otras tristes y también trágicas. Todas ellas rezuman humanidad y ternura. Desde Tabalosos nos escribía: "Esto es gracioso. Si llueve, no tenemos pan. Y si no llueve, no tenemos agua". El pan lo traían desde otra ciudad por carriles de tierra, intransitables cuando llovía. Pero sólo tenían el agua de lluvia, en bidones que almacenaba cada familia y que ellas hervían para beber. Si tardaba en llover, se acababan los bidones. En el terremoto de 1968, las monjas compartieron tragedia y tiendas de campaña con toda la gente en la plaza de Rioja. Entre el trajín de actividades, enseñaban a coser a máquina, que era la mayor fascinación y aspiración de las mujeres. También les enseñaban a mejorar sus comidas. No conocían la tortilla de patatas y Marisa les enseñó un día. El éxito fue total y las mujeres se hacían lenguas de "la comidita que les había enseñado la madresita". A los pueblos iban a caballo, en canoa y, más adelante, en un todo terreno. Yendo en canoa por el río Mayo, pregunta Marisa: -Por qué se mueve tanto la canoa? El "guía" (¡de doce años!) replica: -¿Sabe nadar, madresita? –No. -¡Ah, ya pues! ¡Con razón que tiene miedo! Una última anécdota. Marisa va a examinarse para el carné de conducir. Da la coincidencia de que es el día de su cumpleaños. El funcionario examina los papeles, se levanta y se acerca a Marisa: -"¿Cómo pues, madresita, le voy a hacer pasar un mal rato en su cumpleaños? Está Vd. aprobada." ¡Menuda felicitación! Porque el carné le fue muy útil en adelante. Después de casi 33 años en Perú, Marisa tenía una salud muy delicada. La mandaron a Lima. Nosotros le decíamos que, en adelante, iba a ser más una carga que una ayuda. Allí se resistían a que volviera, pero se vino en 1993. Un año sabático en Madrid que le vino de perlas. Entre otras cosas porque le descubrieron parásitos hasta en el carné de identidad. En el centro de medicina tropical lograron extirparlos por completo. Pero Marisa no venía a jubilarse. Tenaz como ella es, consiguió abrir brecha y piso en un barrio obrero de Córdoba. Muy metida en la parroquia, en la catequesis a los niños y a las madres. En el 2000, se abrió una casa diocesana de acogida y allí está Marisa desde entonces. La casa tiene capacidad para 40 personas y con frecuencia está a tope. Por si fuera poca esta actividad, Marisa mantiene el compromiso desde 1996 con una asociación que atiende a mujeres en necesidades extremas de toda clase: La Asociación "Resurgir". Mira por dónde Rosario, la adoratriz, coherente con su opción personal, colabora también en la asociación. Las dos hermanas se complementan mucho. Marisa, como presidenta, tiene que lidiar cada año con instituciones públicas y privadas para conseguir subvenciones. En un local alquilado, se reúnen por las tardes unas 16 mujeres, con la colaboración de siete a diez voluntarias. Allí reciben cursos de formación y de autoestima. También llevan su taller de costura (manteles, sábanas, colchas...) que les sirve de aprendizaje y por el que reciben una "paga" semanal de 20€ que valoran muchísimo. Todas las semanas reciben también comida en especie proporcionada por el banco de alimentos. Hace poco estuve en el taller. Al llegar, cada una tomaba su café con alguna pastita y empezaba su tarea. Un ambiente distendido y comunicativo. Pude hablar con algunas voluntarias... ¡Que categoría de personas! Vi un video de su propia fiesta de los Reyes. ¡Había hasta 56 niños! Me dijeron las mujeres que se habían traído de su barrio todos los niños que no iban a tener Reyes... Allí hubo para todos. "Nos dan muchos juguetes. Están viejos, pero nosotras los arreglamos" En fin, Marisa, ¡hermanica! Sabes que te queremos mucho. Tenemos nuestras trifurcas y nuestros conflictos. Como las tijeritas en el aeropuerto de Lanzarote, o los paquetitos en los viajes, o cuando consigues enarbolar a Rosario (¡y a los demás!)... todas esas anécdotas que son después motivo de regocijo en nuestras reuniones familiares. Mientras podamos, seguiremos teniendo juntos nuestras vacaciones, nuestro turismo rural y nuestras partidas de cartas. Y esa apuesta incondicional sobre cada ser humano como la tuvo Jesús de Nazaret.
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