Fue una historia de amor tan osada
para la época que superó la audacia
de los autores de entonces. Aún hoy sacudiría a propios y extraños. De hecho, pasaron muchos años hasta que finalmente la situación se colocó con fuerza en una famosa película: El pájaro canta hasta morir. Porque Jerónimo Podestá, al confesar su amor por su secretaria, Clelia Luro, actualizó —¡y cómo!— la polémica eterna sobre el celibato sacerdotal. Se entiende: cuando confirmó su decisión de vivir en pareja con Clelia, allá por 1967, Podestá era el obispo de Avellaneda. Por eso debió dejar el obispado.

Ayer, a los 79 años, al apagarse su vida debido a un infarto, acompañado por su amada Clelia, confirmó el título del filme. El también cantó hasta morir.

Pero su vida fue mucho más que un escándalo. Porque no fue sólo la confesión de un amor prohibido. En todo caso, su espectacular revelación fue el hecho más impactante de una vida entregada con firmeza y valentía a sus convicciones: la defensa de la dignidad de los pobres y la lucha por el celibato sacerdotal opcional, como que llegó a presidir una Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados.

Por lo pronto, Jerónimo fue desde siempre un sacerdote intelectual y humanamente sobresaliente. Lo reconocían anoche a Clarín empinados sacerdotes que lo conocieron. Nacido en Ramos Mejía un 8 de agosto de 1920, egresó 26 años después del seminario de La Plata. Licenciado en derecho canónico y teología, también estudio en la Universidad Gregoriana de Roma y llegó a ser un teólogo destacado. «Jerónimo era más que un experto en teología, fue un creador de teología, de una bondad enorme», lo describió una fuente eclesiástica.


Amistades


Camarada del cardenal Raúl Primatesta y de monseñor Jorge Mejía, actual director de la biblioteca vaticana, Podestá cultivó una entrañable amistad con los cardenales Eduardo Pironio y Antonio Quarracino, afecto recíproco que prosiguió aun después de que aquél renunció al obispado de Avellaneda. Paralelamente, comenzó a eregirse en una voz decidida y potente para denunciar las injusticias sociales y apoyar el compromiso de los sacerdotes con las reivindicaciones populares, en tiempos de creciente agitación política.

Tanto fue así que se afirma que el entonces gobierno militar, encabezado por el general Juan Carlos Onganía, aceleró el desplazamiento de Podestá del obispado y su camino al exilio eclesiástico. Otros, en cambio, creen que la Casa Rosada sólo se limitió a esperar, restregándose las manos, la caía del «obispo rojo». Eran tiempos en los que Podestá vaticinaba, con singular clarividencia, que «se venían tiempos muy duros para la dignidad humana», en alusión a la represión de Estado que se desató en el país varios años después, tras el golpe de 1976.

Pero el desagrado que su figura producía en los sectores militares y de la derecha política no acabarían con su salida del obispado. En 1974, Podestá, luego de ser amenazado por la Triple A, debió dejar el país, junto con Clelia y las seis hijas del primer matrimonio de ella. En 1978, regresó al país, pero sólo por unos meses, ya que no era persona grata para las autoridades militares. París, Roma, México y Perú, se contaron entre sus lugares de exilio. Finalmente, pudo volver a radicarse definitivamente en el país en 1983, con el retorno de la democracia.

Paralelamente, Podestá siempre siguió reivindicando su condición sacerdotal, que,

de hecho, nunca se pierde. Así, declaró en 1996: «Sin la menor duda, yo tengo la formación tradicionalísima de la Iglesia, que dice: tu eres sacerdote para siempre. Lo primordial es esa elección interior: ¡Yo quiero ser sacerdote!. ¿Y por qué? Porque quiero enseñar el bien, la enseñanza de Jesucristo». Y, pese a que fue suspendido «ad divinis» en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, Podestá no se daba por vencido: «Celebró misa en el patio de mi casa», solía decir.

Pero admitía que debía «suplir una laguna» eclesiástica como el celibato sacerdotal. Por eso, cuando su caso salió a la luz, viajó a Roma para exponer su caso ante el papa Paulo VI. Pero no lo logró: quería ir a la audiencia con Clelia. A poco de regresar al país desilusionado —»En el Vaticano, en vez de hacerme retroceder en mi actitud, me empujaron», dijo—, el entonces nuncio, Humberto Mozzoni, le pidió la renuncia. Lo que hizo luego de pensarlo unos días.

Empero, su suspensión no implicó que perdiera su condición de obispo.

Nunca fue excomulgado ni «reducido al estado laical», con lo que hubiera perdido las exigencias del sacerdocio. Pero, sobre todo, no perdió el reconocimiento como luchador.

 

El Obispo Jerónimo Podestá

y los Curas Obreros de Argentina

FERNANDO PORTILLO

Antes será bueno trazar una semblanza
de la diócesis de Avellaneda (aledaña
a la Capital Federal en el Gran
Buenos Aires) y de la década del "60", en que ocurrieron los hechos y acontecimientos aquí descriptos, dentro del cuadro nacional.

La tónica eclesial argentina, en términos generales y casi sin excepciones, era altamente conservadora aferrada a prácticas arcaicas, ataviadas de "tradicionales", que por supuesto respondían a la mentalidad de Obispos y Presbíteros así formados. Las organizaciones más comprometidas con la acción pastoral eran la Acción Católica y la Juventud Obrera Católica.

La A.C.A. fundada en l931 estaba organizada según el modelo de la A. C. Italiana; muy pujante en los años 40 y 50, dio una buena cantidad de militantes y dirigentes que se incorporaron luego a la acción política; en lo pastoral muy encerrada en el ámbito eclesiástico fue decayendo en las décadas siguientes y hoy vegeta cada vez más lánguida.

La J.O.C. nació en 1941, no reconocida como Acción Católica oficial, pero con una gran fuerza mística, acompañada por asesores entusiastas que, a partir de 1951 realizaron anualmente la Semana de Pastoral Jocista, con participación de numerosos curas, incluso no asesores de la J.O.C, que encontraron allí un ámbito donde dialogar sobre la problemática obrera y también la presbiteral. Mons. Enrique Angelleli (asesinado luego por la dictadura militar en 1976, simulando un accidente carretero)fue uno de los grandes asesores que tuvo el movimiento obrero y luego un valiente Pastor que denunció incansablemente las atrocidades del régimen cuando la mayoría de los Obispos guardaba cómplice silencio. Por eso su martirio.

La J.O.C. desapareció definitivamente a fines de los 60, por causas similares a las de la A.C., pero no sin haber dado antes una pléyade de militantes y dirigentes sindicales en el plano nacional e internacional. No pocos sufrieron también la persecución y cárcel de la dictadura militar a causa de su militancia, y recuerdo especialmente a José Palacio, antiguo Presidente nacional del Movimiento y extraordinario dirigente sindical, que fue secuestrado mientras esperaba el transporte que lo llevara a la Ford (donde trabajaba y cuyos directivos, en complicidad con los militares, lo habían denunciado como subversivo), y nunca más reapareció, como tántos otros desaparecidos. También de las filas de la J.O.C. surgieron dos Obispos uno que murió tiempo atrás relativamente joven y otro, que fue Presidente Nacional antes de ingresar al Seminario y es actualmente Obispo muy conservador en una populosa diócesis del conurbano bonaerense,cerca de la Capital Federal. Ninguno de los dos se ha distinguido por su acción pastoral entre la clase obrera, ni junto a los pobres.

En este contexto, Avellaneda es una ciudad de alrededor de medio millón de habitantes, zona de barracas de cueros y lanas, establecimientos frigoríficos, industrias y fábricas de diversos rubros, zona urbana comercial y residencial y barrios periféricos pobres y también villas de emergencia (chabolas), con una actividad intensa y variada.

El obispado fue creado en 1961 y su primer Obispo Mons. Emilio Di Pasquo, que fue el fundador y primer Asesor General de la J.O.C. antes de ser consagrado Obispo, y de quien yo era amigo por haber trabajado juntos en la J.O.C. ya que fui Asesor General de la Diócesis de San Juan.

Mi Arzobispo de San Juan conocía mi deseo de ser cura obrero desde que estaba en 1º de Teología, aprobaba plenamente mi deseo y aceptaba (aunque éramos pocos clérigos en San Juan)que buscara un lugar más adecuado para establecer la misión obrera en ambiente fabril.

Apenas nombraron a Di Pasquo en Avellaneda lo llamé para hacerle la propuesta, puesto que él ya conocía también mi propósito. En Noviembre me autorizó por escrito, porque mi pretensión era que fuera misión oficial de la Iglesia, como cualquier otro ministerio pastoral.

Di Pasquo falleció el 9 de Abril de 1962, cuando yo aún no había comenzado. Me presenté al Vicario Capitular de la diócesis, Hugo Orsi que me recordó, porque años atrás había participado en una charla sobre los curas obreros a la que fui invitado en el Seminario de La Plata. Aceptó que comenzara hasta que fuera nombrado el nuevo Obispo y resolviera en definitiva, brindándome un extraordinario apoyo en todo sentido, incluso para encontrar alojamiento y mi primer trabajo allí. Enseguida se me unió un Diácono que estaba esperando para recibir el Presbiterado.

Por esa época llegaron a Buenos Aires tres miembros de la Misión de Francia, uno de ellos era Paco Huidobro, un asturiano, cuya familia se exilió en Francia durante el Franquismo siendo él adolescente aún. Lo había conocido en Marsella donde era estibador en el puerto en 1957. Aunque los otros querían encarar otra tarea pastoral, Paco me buscó y consiguió que le aceptaran sus compañeros incorporarse a nuestro equipo.

Allí apareció providencialmente Jerónimo Podestá, nombrado y consagrado Obispo de Avellaneda en Diciembre de 1962, haciéndose cargo de la diócesis en Abril o Mayo de 1963. También nos habíamos conocido a través de la J.O.C. hacía varios años. Aprobó lo que estábamos haciendo y de acuerdo a nuestra propuesta nos constituyó oficialmente como Equipo de la Misión Obrera, donde poco después se unieron otros dos o tres compañeros. Aunque vivíamos separados y trabajábamos en distintos lugares, nos reuníamos todas las semanas para celebrar juntos, hacer revisión de vida y comer mientras intercambiábamos experiencias.

Salvo excepciones, Jerónimo nos acompañaba y compartía nuestra reunión semanal con una gran simplicidad fraternal y con mucho respeto por nuestras opciones y decisiones, sin dejar de dar su opinión. Eran reuniones muy agradables y reconfortantes, aunque algunas veces surgieran conflictos o enfoques divergentes con el Obispo, como ocurrió en el caso de una huelga en la fábrica de unos patrones "muy católicos", donde Paco era el Delegado gremial y Jerónimo no estaba de acuerdo, pero el Equipo decidió que la decisión final correspondía a Paco que era quien trabajaba allí y conocía a fondo el problema y la situación de los compañeros de trabajo. El equipo recibió el apoyo de otro montón de curas que trabajaban en Villas de Emergencia y que fueron a la puerta de la Fábrica en apoyo de la gente. Fuera de esa situación transitoria, la relación fue siempre muy cordial y sincera con Jerónimo; cualquiera de nosotros llegaba al Obispado cuando disponía de un tiempo o tenía algún tema que quería charlar o consultar con Jerónimo, mientras tomábamos unos buenos mates y compartíamos un rato de intimidad y amistad. Tal vez esto último del mate y la intimidad de nuestra amistad era lo más importante de nuestra relación con él, aunque no recibiéramos ninguna otra cosa, ni lo pretendiéramos, para no agobiar su tarea que era bastante ardua, tanto en el interior de la Diócesis, como en la relación con sus "hermanos en el episcopado" y no pocas veces con las autoridades a quienes no les gustaba que se "entrometiera" en los conflictos para apoyar a la gente, o anduviera visitando barrios o fábricas o comiendo con los obreros en el puerto o en la puerta de las fábricas. Eso lo hizo muy popular y querido entre la gente y también sirvió de apoyo a muchos que llegaron a Avellaneda buscando comprensión. Este fue el primer Equipo constituido oficialmente como Misión Obrera en la Argentina. Simultáneamente, ya habían surgido algunos compañeros que también habían comenzado individualmente a trabajar como operarios: tal es el caso, por ejemplo, de Luis Sánchez, obrero gráfico, y ahora jubilado y Párroco en Avellaneda; y de Eliseo Morales, que fue mucho tiempo pintor de albañilería y actualmente tiene un hogar de jóvenes con una imprenta, con cuyos ingresos mantienen modestamente una hermosa obra entre los "chicos de la calle", también en una zona de Avellaneda. Por allí también anduvo en tiempos de Jerónimo, Andrés Lanson, de los Presbíteros del Prado y tuve la oportunidad de recibir en mi casa a Mons. Alfredo Ancel, que retribuyó así la visita que yo le había hecho en su taller en Lyon en 1957, donde pasé un día entero con él.

Lamentablemente el Equipo se deshizo a fines de 1967, después que Jerónimo, asediado por presiones y maniobras de toda índole se vio obligado a dejar la Diócesis.

Faltos de apoyo los curas obreros se disgregaron, Paco quedó solo y luego se radicó en un barrio pobre donde ya venía trabajando pastoralmente. Allí, en Villa Corina, organizó una Parroquia, construyendo el templo (después de jubilarse como obrero de una barraca de lanas y cueros), y donde continúa hasta el presente haciendo su labor pastoral.

¿Cómo se explica esta sintonía de Jerónimo con la clase obrera y la pastoral popular? Por su familia era de extracción burguesa acomodada. Era lo que se suele llamar un intelectual. Estudiante de Medicina, entró grande al Seminario, fue enviado a doctorarse en la Gregoriana de Roma y, una vez ordenado, quedó en el Seminario como Profesor y luego como superior, alternando con funciones y cargos en la Curia del Arzobispado de La Plata, donde terminó como Vicario General, antes de ser nombrado Obispo de Avellaneda. Desde esta perspectiva la pregunta no tiene respuesta. Pero ocurrió que en el Seminario tuvo un Profesor de Teología muy prestigioso y querido, que antes de ser Obispo, fue fundador y Asesor de la J.O.C. del Arzobispado de La Plata y "teólogo" de la Pastoral Jocista en la Argentina, Enrique Rau. Bajo su inspiración un buen grupo de sus alumnos se enganchó en la Pastoral Obrera y, entre ellos, Jerónimo, quien, como Asesor jocista fue entrando paulatinemente en el fuego del compromiso con la clase obrera.

Esto se complementó en él con su amor por la gente, su interés por todos aquéllos que necesitaran ayuda o consejo, su sensibilidad para reaccionar contra la injusticia en cualquiera de sus formas y contra todo lo que atentara contra la dignidad de la persona. Eso lo llevó a constituirse en defensor de los derechos humanos durante la dictadura, acompañando todos los movimientos en ese sentido, lo cual en definitiva le valió el exilio, junto con Clelia, hasta el fin de la sangrienta y criminal dictadura, que asoló nuestro país desde el 24 de Marzo de 1976 hasta el 10 de Diciembre de 1983.

Como Dios dispone sabiamente las cosas, este exilio sirvió a Jerónimo y Clelia para entrar en contacto con el Movimiento Internacional de Presbíteros casados, en un definitivo compromiso.

En conclusión, lo que distinguió fundamentalmente a Jerónimo a lo largo de su vida y en todo lo que hizo, fue su profunda afectividad enraizada en una sólida espiritualidad, que dio consistencia y fecundidad a su estructura humana. Sentía, comprendía, amaba y sabía transmitirlo a su alrededor, en una cálida amistad, inteligente y respetuosa.

Este es mi recuerdo de Jerónimo y su relación con los curas obreros.

Mi testimonio no es imparcial porque lo quiero y sólo puedo recordarlo con profundo afecto.