JERÓNIMO

¡Que suerte inmensa haberte encontrado, querido Jerónimo!

¡Que suerte inmensa haber mirado tus ojos!

¡Que suerte inmensa haber sentido el calor de tus manos!

¡Que suerte inmensa haber escuchado tu voz pausada... y tu voz enardecida!

Aún siento la fuerza de tus palabras en la Eucaristía de clausura del Congreso en Brasilia.

¡Que pasión! ¡Que cariño por la Iglesia!

¿Cómo no recordar el tono apasionado cuando hablabas de tus hermanos los obispos?

¿Cómo no sentir la fuerza con que nos hablabas a tus queridos hermanos sacerdotes casados?

En ti, querido Jerónimo, todo era auténtico. Todo ha sido fuerte.

En una de tus cartas a Clelia le decías: " el que ama de verdad, elige a una persona no por lo que es, sino por ser "quien" es. Por eso el amor tiene siempre el sabor de lo más intimo, de lo maravilloso, es un encuentro en las profundidades del ser, en la profundidad de la persona. El amor es un Don, es una Gracia. El amor es el descubrimiento de una vocación común".

¡Que suerte inmensa haberte encontrado, querido Jerónimo!

Todavía me tiembla la voz cuando a alguien le relato mi primer encuentro contigo. ¿Recuerdas? Fue en un parque de Albacete; las ardillas correteaban por los arboles. Tu mano y la de Clelia, entrelazadas. Yo como un niño bebía de tu mirada y quedamente escuchaba tus palabras. Las ardillas correteaban y tu recordabas:

"Todo me lleva a vos, lo espiritual y lo humano; la misa, las oraciones, la lectura, y también lo sensible, la naturaleza, los paisajes, los ejercicios y el descanso."

Gracias, Jerónimo amigo. Siempre que veo corretear a una ardilla, en mi resuenan cantos de libertad, añoranzas de una mañana otoñal en un parque. Tu y Clelia... de la mano... hablando de Dios.

Andrés García