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"VOSOTROS SOIS LA SAL" LA VIDA DE JERÓNIMO ES, VERDADERAMENTE, UN GRANO DE SAL. UN GRANO DE SAL METIDO EN LO MÁS PROFUNDO DE LA HERIDA DE LA IGLESIA. DE ESTA QUERIDA Y AMADA IGLESIA, A LA QUE ÉL APASIONADAMENTE DEFENDÍA, CRITICABA Y AMABA.
MI VIDA Y MI VOCACIÓN Explicar mi encuentro con Clelia exige indicar previamente algunas características de mi vida y de mi vocación, para que así resalte su sentido de encuentro interpersonal en el amor y en la vocación. Mi vida estuvo siempre signada por una actitud de acatamiento y sumisión, de búsqueda de lo bueno, verdadero y justo, producto del temperamento heredado y de la educación recibida: la bondad de mi padre y la rectitud de mi madre, que con su acendrado catolicismo me transmitió los valores de una autenticidad que no se contentaba con la simple práctica religiosa. Ella tomaba en serio el Evangelio y se empeñaba en practicarlo en el marco de un reverente y filial acatamiento al Papa y a la Iglesia. ) Quién hubiera podido decir entonces que yo sería más tarde un inconformista y un rebelde? Sin embargo ya entonces, en el medio burgués, complaciente y paternalista al que pertenecíamos, mi madre se destacaba por su sentido crítico y por su actitud independiente, quizás herencia temperamental de mi abuelo Wilmart. Mi niñez y juventud transcurrieron feliz y apaciblemente, guiadas por dos metas: evitar el pecado y triunfar, pero haciendo el bien a los demás. Por eso, terminado el bachillerato, decidí seguir la carrera de médico como mi padre. En el secundario y en los años de la Facultad, cumplí una activa militancia católica. Entonces tomé una clara y refleja conciencia del desfasaje existente entre la vida real y el ideal cristiano. Comenzó a chocarme y a dolerme la contradicción que corroe la vida personal y social de los católicos: se los denomina cristianos, pero lo son sólo superficialmente... Incluso en los sacerdotes no descubría la imagen de Cristo sino los funcionarios de la religión, aunque llevaran una vida sacrificada -como mis profesores del colegio- o fueran hombres que parecían cumplir con las obligaciones de su profesión -como los curas de la parroquia. En aquellos años leí con avidez los clásicos de la
cultura; recuerdo particularmente las Confesiones de San Agustín, libro en
el que bebí el sentido místico de la vida y la ardiente búsqueda de la
Verdad. Fue así que entre el segundo y tercer año de medicina sentí que no podía encarar la vida sino con una profunda autenticidad, y me planteé una disyuntiva insoslayable: o arrojo por la borda mi Fe, o la tomo profundamente en serio; y fue así que me pregunté si no debía abrazar el sacerdocio, pues se me presentaba como la manera lógica de vivir la Fe hasta sus últimas consecuencias. VOCACIÓN SACERDOTAL Abracé pues la vocación sacerdotal, a pesar de la pobre imagen que tenía de los sacerdotes. Abandoné la Facultad y con un tremendo vértigo, pero con inquebrantable decisión, ingresé al Seminario de La Plata. La pobre imagen que recibí del ambiente del Seminario, acicateó aún más mi decisión de encamar el ideal de amor, sacrificio y entrega. La sensualidad no me había planteado dificultades agudas, y el fervor con que abracé la vocación me permitió conservar la castidad hasta el sacerdocio y tener el convencimiento de que podría guardarla toda la vida. En efecto, esto era lo fundamental para ser sacerdote católico: no caer en las redes del sexo. Además, había que ser fieles a los "ejercicios de piedad" porque con ellos se aseguraba la castidad. Al hacer la promesa de virginidad perpetua en el subdiaconado y en mi consagración sacerdotal, el fantasma de quedar algún día "atrapado por la mujer" (contra la que nos prevenían todos los predicadores de ejercicios espirituales, como máximo escollo de una vida sacerdotal, porque evidentemente pensaban que todos los otros escollos que no hacían a la sexualidad eran soslayables o disimulables) había quedado definitivamente excluido, estaba seguro de ello. ) MUJERES? Este íntimo convencimiento fue el fundamento gracias al cual inicié mi sacerdocio con una actitud positiva frente a la mujer, sin miedos ni inhibiciones, siempre me chocaron las actitudes de miedo y de huida que frecuentemente se preconizaban como salvaguarda de la castidad..., resabios de un filón maniqueo que recorre toda la historia de la Iglesia. Tres tipos de experiencias enriquecedoras se sucedieron en mis doce primeros años de sacerdocio. Primero, la enseñanza de la teología y la formación de los seminaristas. En un segundo momento tomé también la dirección del Movimiento Familiar Cristiano en la Arquidiócesis, agregando a mis cátedras del Seminario, las de Teología Dogmática y Moral en la Universidad Católica Argentina. Traté de desterrar todo resabio maniqueo y de sondear las riquezas del amor humano. En nuestro medio católico fui el primero en enseñar -algunos años antes del Concilio Vaticano II-, contrariamente a la doctrina tradicional de la Iglesia, que la procreación no es el fin primario del matrimonio. La procreación es el objetivo de la naturaleza, pero en el plano de la persona humana el fin primario es la realización del Amor y la plenificación humana en la pareja. Me dolía comprobar la ignorancia de las riquezas de la sexualidad y las dificultades en la realización del ideal de la pareja según el plan de Dios, en gran parte debidas a deficiencias de la formación católica. La comprensión teórica de las maravillosas riquezas del amor humano no cuestionó en lo más mínimo mi opción celibataria abroquelada dentro del sistema clerical, seguramente por causa del implícito orgullo de creer que tal opción me colocaba un poco por encima del nivel del hombre común. CON LOS MARGINADOS Una tercera etapa me llevó al terreno de la evangelización popular en los barrios marginales: fueron los desposeídos los que me evangelizaron a mí y me prepararon para la tarea pastoral en el obispado de Avellaneda. Como obispo recayeron sobre mí, además de los problemas pastorales, también los problemas personales de los sacerdotes y, entre ellos, los derivados de su inmadurez afectiva y de la represión sexual, tanto en los afectados por tendencias homosexuales como en los que no podían vivir sin mujer. ( Cuánto hubiera querido resolver esos problemas! Pero ya no cabían sino paliativos... Al menos a quienes tuvieron la sencillez y la confianza de abrirme su drama, les facilité los trámites, cuando ellos así lo deseaban, para que pudieran conseguir la dispensa de Roma y contrajeran matrimonio canónico. Los otros casos eran insolubles. (Aclaro- que en este texto no pretendo ignorar a los sacerdotes que generosamente cumplen, con el celibato, ni juzgo a los que penosamente se esfuerzan por vivirlo con la plenitud posible.) Cuando un sacerdote no se rodea de un muro infranqueable, machista y agresivo para con la mujer, es inevitable que se vea rodeado de mujeres, alternando normalmente con ellas corno cualquier profesional. Así fue mi vida, y debo reconocer que el trato espontáneo con ellas la enriqueció; sin este trato, el varón no puede normalmente adquirir la madurez humana. Tuve diversas amistades femeninas, algunas de ellas profundas, honestas y sinceras; recibí también el asedio de A admiradoras@ y seguro de mí mismo acepté ser consejero y paño de lágrimas de mujeres frustradas, lo cual -por culpa de mi ingenuidad e inexperiencia me causó algunas situaciones molestas e incluso problemas difíciles de afrontar y resolver. Y APARECIÓ CLELIA Y aquí apareciste vos, Clelia. Fue en abril de 1966, un viernes anterior a la asamblea de los obispos. Me llamaste por teléfono a la curia y te di cita para una semana después; pero ante tu deseo de que fuera antes, resolvimos encontramos al día siguiente, sábado, en la casa de mi madre en Buenos Aires. Relato el encuentro tal como lo consigné en una especie de diario personal que escribí poco después demi salida de Avellaneda, para fijar los episodios y vivenciar de nuestro proceso. "Clelia llegó puntualmente a las doce, como de costumbre, yo me demoré. Mi madre le advirtió que seguramente llegaría mucho más tarde. Yo había calculado una media hora de entrevista antes del almuerzo, pero llegué a las trece horas. "Intuyo 'algo' en esa mujer decidida, que manifiesta una tremenda libertad interior y exterior sin trabas ni inhibiciones y que, a pesar de su fuerza de espíritu, no manifiesta el menor asomo de agresividad. "Me interesa su conversación, pero sobre todo su persona: irradia amor por la Iglesia y los sacerdotes, pero su actitud es crítica y exigente con ellos, severa en sus juicios, con la libertad de una Fe verdaderamente personal cuyo paradigma es únicamente Cristo, y con una visión que no es de 'cristiandad' sino una 'visión evangélica. "No advierto nada que me moleste o perturbe; en su libertad y fuerza no hay desenfado; irradia una límpida transparencia que contrasta radicalmente con el común de las relaciones humanas donde aparece el cálculo y la preocupación de quedar bien; también difiere del común de las relaciones clericales, tan impregnadas de ocultamiento y fariseísmo. Me habla con libertad de espíritu y limpio afecto humano en el que no advierto afectación ni sensualidad, y la escucho con agrado como si fuésemos viejos y buenos amigos. Me gusta su idioma: con sabor a autenticidad. Siento que habla en verdad cuando afirma tener profunda experiencia de Dios en la oración. Percibo su 'carisma' y me agrada, tanto más cuanto que yo no siempre tengo el valor de expresarme con tal libertad y fuerza. "Clelia me interesa en la salud de un sacerdote del Norte, adicto a la bebida, y me comprometo a hacer todo lo necesario por él. Asimismo me pide opinión acerca de una carta que piensa enviar al nuncio papal. La carta es de una tremenda audacia; a pesar de lo extraño y atrevido del caso, la carta me gusta y le digo que la envíe retocando algunas expresiones para, que no crean que pretende asumir el papel de 'maestra' en la Iglesia., Me recuerda---a las cartas de Santa Catalina de Siena al Papa..." (Entonces no se nos ocurrió pensar. que con esa carta el nuncio la tendría bien fichada a Clelia, y que le daría pie para la persecución que luego desataría contra nosotros.) VERDADERO ENCUENTRO Aquella entrevista había sido un verdadero "encuentro" entre dos personas. Los dos lo supimos -sin confesárnoslo-: se había iniciado una amistad definitiva, fundada en la profunda afinidad de las almas, la profunda simpatía, la honda concordancia de ideales; es decir, un común sentido de "misión": yo quería cambiar la Iglesia y vos también. Además vos, Clelia, me traías el aporte de valiosas y fundamentales cualidades que yo no tenía. Sin embargo -no sé si por educación recibida o por propia experiencia- -decidí muy racionalmente poner a dura prueba nuestra amistad, y vos lo sentiste y lo sufriste. Me venías a ver a la curia y te hacía atender por mi vicario... ( Cuántas veces te dejé plantada y luego diferí nuestra entrevista para una fecha indefinida! Pero entretanto nuestra colaboración seguía adelante. Me trajiste ejemplares de la revista Imagen del Pais y me presentaste a su director, con el que luego habríamos de realizar muchas cosas juntos. Un sábado te había dicho que vinieras a la curia después del almuerzo para trabajar conmigo. No había nadie en casa y yo estaba rendido de cansancio. Me tiré vestido en la cama, me serví un poco de coñac y me quedé dormido. Un obrero que hacía unas reparaciones te abrió la puerta y llegaste al vestíbulo que daba sobre mi cuarto, con la puerta abierta, estaba en total desorden y te ofreciste para ordenar. Con vergüenza por el desorden y por el vasito alcohol te contesté: "Usted no me ayudará a arreglar mi casa, sino a arreglar la Iglesia". Desde el comienzo acepté tu ayuda, no en actitud de servicio sino de colaboración... Aquel día por la tarde, al celebrar la misa juntos, te di la comunión con el Pan y el Vino, como expresión de que te consideraba estrechamente asociada a tarea sacerdotal. Tu colaboración fue inapreciable como A oficial de enlace@ gracias a tu don especial para las relacione públicas. Pero tu colaboración no fue sólo en la actividad y en el aporte de ideas e intuiciones. Me ayudaste sobre todo en lo más íntimo y personal para que pudiera superar muchas inhibiciones e indecisiones propias de mi temperamento. Fuiste para mí un modelo vivo de libertad y sinceridad; me abriste de par en par tu alma, y me la mostraste sin tapujos. Me pareció maravilloso, ese "volcar" el alma y, por primera vez en mi vida, pude, yo también, abrir la mía. Al confesor se le dicen los pecados o se le consultan problemas, pero no se le muestra el alma hasta el fondo. Por eso me hiciste tanto bien, pues pude desembarazarme de ataduras y temores que me perturbaban: me enseñaste a encarar de frente y con coraje todas las situaciones. Por primera vez en mi vida de adulto no me sentí solo y pude experimentar la riqueza maravillosa de una amistad profunda. Mi rango de obispo, al colocarme en una cima, había ahondado terriblemente mi soledad y mis incertidumbres. Con los otros obispos no había verdadera comunicación. Había llevado como vicario y estrecho colaborador a mi mejor amigo sacerdote, pero no fuimos capaces de mostramos nuestros íntimos conflictos; de hecho, lamentable y sorpresivamente, decidió dejar el ministerio un tiempo antes. Con vos, Clelia, fue completamente distinto y entonces se hizo una gran luz: comprendí que el alma femenina está hecha para complemento y sostén del alma masculina. La amistad más profunda sólo se da entre un hombre y una mujer cuando hay un verdadero encuentro interpersonal. La amistad entre dos hombres o entre dos mujeres no puede alcanzar nunca la profundidad y las resonancias de este tipo de amistad que, evidentemente, no puede darse sin amor profundo; o, mejor dicho: que es amor y amistad en el más alto nivel. (Según la propia Iglesia, es el "signo" privilegiado "Sacramenturn"- del Amor de Cristo con su Pueblo.) Sin duda, cuando se produce este A encuentro@ , el amor tiende naturalmente a abarcar todo el ser de la persona incluyendo, obviamente, también la plenitud física, a menos que se la cercene por represión o se la idealice por sublimación. Por este motivo he hablado ex profeso de almas , pues no cabía en mi mente ni en la tuya la idea de formar pareja y quebrar mi celibato; de ningún modo hubiéramos podido vivir nuestro encuentro en la forma distorsionada de Abelardo y Eloísa. Nuestro concepto se acercaba más bien al de las grandes parejas místicas, pero bajo una forma más libre y más moderna. De este año de 1966 quiero recordar dos hechos sencillos pero inolvidables: se celebraba en Tucumán el sesquicentenario de la Independencia y yo me alojaba en casa de la familia Colombres, a media cuadra de la Catedral. El primer día, terminada la ceremonia de la mañana, regresé a lo de Colombres con las vestiduras episcopales; y detrás mío llegaste vos con cinco de tus seis hijas. Cuando me las ibas a presentar por sus nombres, una tras otra saltaron a mi cuello y me besaron tan amorosa y espontáneamente como sí yo fuese su padre muy querido, y eso que era la primera vez que me veían. Te confieso que me sentí verdaderamente su padre: fue una sensación tan profunda que quedó siempre viva en mi alma y nunca podrá ser borrada. Sentí que me hacías el don de tus hijas. ( Qué maravilla! Después viajamos a Salta, donde nos recibió monsEñor Lira -el Padre Pedro, como vos lo llamabas-, con toda espontaneidad nos alojó en su casa. También por primera vez experimenté la cordial fraternidad de un hermano obispo: en su alma grande y libre no bían suspicacias ni las pequeñeces y prejuicios tan corrientes en el ambiente clerical. De allí fuimos más al norte hasta el pueblito en que era párroco el Padre Francisco, a quien encontramos borracho, tumbado en el catre a la hora de la siesta. No quería recibirme, pero finalmente lo convenciste y pudimos acordar que vendría a Avellaneda para iniciar su tratamiento. CON DOM HELDER CAMARA El segundo hecho fue nuestro encuentro con Dom Helder Cámara en Mar del Plata con motivo de una reunión del CELAM. Vos asistías comisionada por la revista Imagen del País para lograr un reportaje a Dom Helder, y me pediste que yo te lo presentara. Me propuse actuar con discreción para acordar primero con Cámara la entrevista y para no mostrar muy al descubierto nuestra estrecha amistad delante de los colegas, pues no faltaría quien deslizase algún comentarío. Recuerdo que vos estabas esperando a la salida del salón de reuniones. Yo me hice el desentendido y seguí de largo, pero Cámara -que venía detrás mío- se dirigió sonriente hacía vos, te tomó afectuosamente las dos manos y se puso a conversar con vos. Cuando regresé minutos más tarde, ya eran viejos amigos: A nos conocíamos en las entrañas de Dios@ fue tu comentario; y fuiste vos la que me presentaste a él. Fueron días inolvidables aquéllos pasados en Mar del Plata. Una tarde nos reunimos los tres en el departamento de una amiga tuya, ) lo recuerdas? Al final Cámara me dijo -como si fuera un visionario-:, "Clelia será su fuerza"... Luego llegó Ezequiel y fuimos cuatro amigos que desayunábamos y almorzábamos juntos en el hotel, delante de todos. Convinimos con Cámara en escribir juntos en la revista y así, poco después, comenzaron a aparecer nuestras notas en Imagen del País. En esos breves días ( aprendí tanto en el contacto con Cámara!: de sus opiniones, de sus ideas, de sus enfoques... que no lo puedo explicar. Lo que sí debo decir es que se acabaron mis reticencias y ya no tuve ninguna inhibición de estar asiduamente con vos delante de los demás obispos. Pero la estrecha amistad que quedó sellada en aquellos días no pasó desapercibida para el nuncio: era evidente que nos seguía, nos espiaba y se mostraba muy molesto por nuestro encuentro. No ocultó su disgusto cuando vio que te habías introducido en la sala en que celebraban los obispos, para asistir a Dom Helder en su misa. En cuanto a mí, argumentando directivas de la Secretaría de Estado Vaticana, me había comisionado para "neutralizar a Cámara en las reuniones". Más tarde me habría de echar en cara "el haber presentado esa mujer a Cámara". PERSECUCIONES E INTRIGAS Todo continuó con aparente normalidad hasta fin de año. En enero del 67 pasé un mes de vacaciones en la estancia "Carapé" de mis padres, y allí recibí un día una visita insólita, sobre todo porque mi casa se encontraba en plena sierra, lejos de los centros poblados y era de difícil acceso. Una tarde llegaron tres arzobispos: Plaza de La Plata, Primatesta de Córdoba, y el nuncio. Después de una breve conversación y antes de partir, supe que el nuncio venía a advertirme sobre lo llamativo de mi relación con vos. No me molestó ni me perturbó para nada; con toda sencillez pude decirles que no se preocuparan pues se trataba de una amistad límpida, que mi conciencia estaba completamente en paz. El nuncio comenzó diciéndome: "No tendrás inconveniente en que te hable delante de tus mejores amigos..." En mi sencillez no advertí entonces que el nuncio necesitaba dos testigos para darle forma jurídica de "admonición canónica@ a su "advertencia". Al regresar de mis vacaciones pasé por Córdoba y visité a Primatesta. Como prueba de sinceridad le comuniqué que en febrero viajaría a Recife con Clelia y Ezequiel, por dos o tres días, para encontrarnos con Cámara. Ni se me ocurrió entonces que estaba dando pistas para que me hicieran seguir y vigilar por, los "servicios de información". En realidad eso no me importaba, pues ya me había advertido el jefe de Policía, de la provincia de Buenos Aires, el doctor López Aguirre --con quien nos habíamos hecho amigos-, que se me vigilaba estrechamente. En el hotel pedimos dos habitaciones: una para Clelia, y otra para mí y Ezequiel. Al partir pedí que hicieran una sola cuenta y no di importancia al hecho de que la factura estuviera conjuntamente a nombre mío y de Clelia. Más tarde, en Roma, habría de enterarme de que mi vicario -que había viajado para allí con monseñor Plaza- habia presentado dicha factura., como prueba de mi "pecaminoso" proceder. Sin duda mi vicario había estado revisando mis papeles personales y la había sustraído. JUNTOS EN LA DIFUSIÓN
DE LA POPULORUM PROGRESSIO Todo el año 67 fue de intensa tarea y muy estrecha colaboración entre nosotros. A Alicia, la secretaria de la curia, te sumaste vos como secretaria privada. El ambiente de la curia se transformó en una verdadera familia, en una comunidad de personas, en la que se integraban además los sacerdotes que venían a verme y que yo normalmente invitaba a almorzar cuando llegaban hacia el mediodía. Ese año desarrollé una intensa campaña de difusión de la encíclica Populorum Progressio ("El desarrollo de los pueblos"), que incluyó conferencias en pueblos y ciudades del interior. Vos coordinaste todo, me acompañaste en los viajes y con el grabador recogiste mis palabras que luego pasarían al papel para formar mi primer libro publicado después de mi salida de Avellaneda, con él título de A La violencia del amor@ , de cuya impresión vos también te ocupaste. A esto se agregaba también la colaboración en la revista A Imagen del País@ , adonde concurríamos al anochecer. Frecuentemente la tarea se prolongaba y nos quedábamos a dormir en lo de Ezequiel, en cuya casa solían realizarse reuniones de análisis político. Cuando me quedaba a dormir en Buenos Aires, por la mañana te llevaba en automóvil hasta la curia. Como siempre sucede, hubo miradas limpias que juzgaron con naturalidad y hubo también miradas sucias que se encargaron de crear un clima de espionaje y de chismes solapados. Pero nosotros vivíamos nuestra relación de amistad de la manera más natural del mundo, sin la menor preocupación. Desde el comienzo nuestras almas se habían "encontrado@ y los dos éramos plenamente conscientes de que nos ligaba un amor verdadero y profundo que nos impulsaba a seguir adelante. . Por ese entonces leímos y releímos el libro de Arturo Paoli, A Incontro difficile@ , y también lo comentamos con el propio autor. Paoli sostenía la riqueza especial de una íntima amistad entre el hombre y la mujer, y la propiciaba incluso para el sacerdote, pero en este último caso excluía el plano camaI, al modo de las parejas místicas. Nosotros no dudamos nunca de que el nuestro era uno de esos A encuentros difíciles@ pero que al mismo tiempo enriquecen la dimensión humana. VIAJE A ROMA En agosto de 1967 debí viajar a Roma... Mis prédicas sobre la encíclica Populorum Progressio levantaban gran efervescencia entre los sectores obreros y peronistas, totalmente silenciados por la veda política impuesta por la "Revolución argentina". En esos días recibí una carta del nuncio, donde me expresaba una cortante crítica sobre los editoriales de la revista Imagen -aunque no censuraba ninguno de mis artículos, que sin duda eran inobjetables-, y en base a tan somero análisis desaprobaba mí participación en el acto que la revista había lanzado para una gran celebración de la encíclica en el estadio del Lu Park donde yo sería el único orador, precisamente para que el tema de la encíclica fuese excluyente de toda otra connotación. Sin embargo el nuncio concluía que con eso yo respaldaba un movimiento político evidente aunque todavía confuso. Lo que intentábamos en la revista era crear conciencia de la necesidad de dar forma al "Movimiento Nacional". ( Evidentemente el gobierno había presionado al nuncio! Como siempre habíamos tratado los problemas con el nuncio en conversaciones personales, entendí que se trataba de una admonición por escrito para agregar a mi dossier. Entonces decidí presentarme espontáneamente a la Nunciatura, donde sin entrar en discusiones inútiles le dije al nuncio Mozzoni que sus suposiciones no estaban bien fundadas y que no había motivo para suspender el acto promocionado por la revista Imagen; pero que si el cariz político que pudiera tomar así lo aconsejaba, tendríamos la ocasión cancelarlo, más tarde. CON PABLO VI: CONDENADO SIN JUICIO Como en realidad no había habido diálogo, decidí viajar a Roma para tratar el tema en el más alto nivel. Fui recibido por el Papa Pablo VI en Castelgandolfo. Me presentó a monseñor Casaroli, diciéndome que con posterioridad a nuestra entrevista tratara con él los aspectos políticos que yo quería presentar, En la víspera había tenido la información fidedigna de que en la Secretaría de Estado del Vaticano se tenía a estudio mi traslado fuera de la Argentina. Entonces decidí plantear de entrada el tema de nuestra amistad para enfrentar directamente las acusaciones que habían hecho llegar hasta Roma. Le expliqué al Papa el sentido y el alcance de nuestra relación, para concluir que el nuestro era un encuentro de A gracia@ y no de pecado. Encontré al Papa muy torturado con el asunto. A pesar de que me molestaba muchisimo verlo a él tan atormentado, pude hablarle sin inhibiciones, con libertad y sinceridad. Pero no hubo un diálogo abierto y franco como yo deseaba; el Papa terminó expresando su incertidumbre acerca de mi veracidad y remató la entrevista diciéndome que, contra mis afirmaciones, estaba lo solicitado por un gran amigo mío que le había pedido que me salvara. Finalmente Pablo VI me pidió absolutamente "que arrancara ese afecto de mi corazón". Todo esto me cayó muy mal, porque estaba y estoy convencido de que no tenía derecho a exigirme tal cosa; podía pedirme prudencia, cuidado en,las formas externas, un mayor distanciamiento o cosa parecida, pero no "arrancar un afecto" que, por otra parte, era para mí como para vos algo puesto por Dios en nuestros corazones. Arturo Paoli, que era quien había hablado con el Papa, me aseguró que él le había pedido que me salvase de la intriga. Discutiendo con él la tesis de si se podía, como afirmaba Paoli, renunciar a uno de esos encuentros, un comun amigo le replicó: "un verdadero encuentro es irrenunciable". Así lo sentíamos nosotros también. Conozco sacerdotes que lo han hecho, pero no se trataba de un encuentro profundo, y en otros casos resultó en desmedro de esas personalidades que quedaron, al final como heridas o disminuidas. Para peor, los otros funcionarios vaticanos que me atendieron, entre ellos monseñor Casaroli, me causaron pésima impresión: no se interesaron para nada en mis planteos pastorales o socio-políticos; no vi el menor asomo de querer rescatar mi persona ni mi actuación como obispo. Yo era simplemente un sospechoso contra el cual había "pruebas contundentes" que no se exhibían. No hubo diálogo, no hubo franqueza, no hubo una actitud fratema y evangélica. Sentí náuseas y me convencí de que habían recibido toda clase denuncias sórdidas. Entonces te comenté: A Yo cre, que la Iglesia era un ámbito fraterno, pero no lo es@ PROYECTOS DE ACCIÓN SOCIAL De regreso a la Argentina, y sin haber podido discuir en Roma mis proyectos de acción social, continué, con las conferencias sobre la Populorum Progresio. En el interior, todas ellas se desarrollaron muy felizmente; en cambio, en la zona del Gran Buenos Aires los sectores peronistas de la CGT provocaban cada vez mayor efervescencia. Temiendo no poder contlar esos desbordes, preparamos la cancelación del acto en el Luna Park, cuanto más que el SIDE (Servicio de Informaciones del Estado) comenzó a enviar agen provocadores. PERSECUCIÓN POLÍTICA En esos días tuve una entrevista con el presidente general Onganía, la que tuvo un momento muy tenso: fue cuando él, encarándome en forma directa, me acusó, bastante nervioso, de ser "el principal enemigo de la 'Revolución argentina. ) RENUNCIA O CESE? Pocos días después volvió a citarme el señor nuncio quien sin más preámbulos me solicitó la renuncia a diócesis de Avellaneda en nombre de la Santa Sede. Contesté que personalmente no tenía ninguna dificultad en presentarla, pero que no veía motivo para ello y que, por otra parte, la presentación de la renuncia tenía que ser un acto responsable, en el que debía considerarse el impacto que produciría en el Pueblo de Dios y en el ambiente social. No podré olvidar nunca aquella desagradable entrevista en la que el nuncio Mozzoni me presionó de todas las formas posibles para que la renuncia fuera presentada allí mismo. No se adujeron razones ni motivos; sólo insistía en pedido de la Santa Sede y en la necesidad de no perder el correo diplomático que saldría al día siguiente ... Muy desagradado por la actitud del nuncio, firmé un simple formulario, sin ningún aditamento, diciéndole que quería demostrar que no tenía ningún apego al cargo, pero que, como no tenía ni una sola línea del Papa, condicionaba la convalidación de la renuncia a la circunstancia de tener una previa entrevista personal con Pablo VI. Pero lo más chocante fue la reacción de Mozzoni, quien saltó sobre mí cuando le entregué el papel: me abrazó, me besó, presa de una euforia incontenible, diciéndome que me quedara quietito, que todo se arreglaría, y que esperara, porque el Papa estaba enfermo, y que podría entrevistarlo en el mes de marzo porque hasta entonces no habría novedades... Entonces me di cuenta, por el alborozo de Mozzoni, de que para él era un gran triunfo y que yo había caído como un chorlito en una trampa; "no actuaste con sagacidad", me dijo un alto funcionario de la Iglesia. Recordé entonces aquellos recursos que solían hacerse en otros tiempos "del Papa mal informado, al Papa mejor informado"... Ni siquiera me constaba que la solicitud de renuncia hubiera partido directamente del Papa. JUNTOS A ROMA Desoyendo el consejo de Mozzoni, partimos al día siguiente rumbo a Roma, con vos, Clelia, pues'consideré que tanto yo como la Iglesia te debíamos esa satisfacción. Pude entrevistarme con los cardenales Samoré y Cicognani, pero fue imposible ver a Pablo VI. Saqué en limpio que se hablan presentado denuncias, que se había presentado la prueba irrefutable de una factura del hotel de Recife...; en suma, que la conjura se había anudado y que yo, desde el momento de presentar la renuncia, tenía el caso perdido. La única persona con quien pudimos dialogar fue con monseñor Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado. Su conclusión fue que mi proceder no era socialmente aceptable". A Clelia también le'concedió una larga entrevista -como ella lo menciona en su escrito- donde le manifestó que no era posible que una mujer influenciara a un obispo y le aconsejó: "Si usted lo quiere bien, debe permanecer oculta para que no se la vea". Sin duda la única manera de parar la conjura contra mí era separar radicalmente a Clelia de la curia y de la asistencia que prestaba a mis trabajos, y luego eescribir una carta de total sumisión y acatamiento de las disposiciones de Roma, manifestando que mi ruptura con Clelia se había producido en forma total y definitiva. Pero yo en conciencia no podía proceder así; me parecía una felonia, una falta de dignidad, una vejación irreparable e injustificada para con Clelia.... Por otra parte, la trama de la confabulación estaba ya muy anudada y, en el mejor de los casos, sólo lograría un traslado a un cargo sin diócesis , fuera de mi país. Mi permanencia en Avellaneda era ya imposible pues la renuncia escrita estaba en poder del Vaticano y no se volverían atrás. No es del caso relatar aquí las cosas desagradables a que me sometieron para lograr que abandonara inmediatamente Avellaneda, de donde fui prácticamete desalojado mediante procedimientos engañosos. El nuncio, además de prohibir a los demás obispos intervenir en este asunto, me creó una insostenible, situación familiar valiéndose de medios incalificables. La gran satisfacción, en medio de tantos manejos sucios fue la reacción tan positiva de mis sacerdotes, que escribieron a Roma y al Papa para dar testimonio de mi conducta y diciendo que de ningún modo habían visto motivos de escándalo en ella. Me he extendido un poco en estos aspectos que hacen al ámbito en que se fue conformando nuestra pareja porque, frente a la versión sucia de que mi renuncia tenía como motivo puro y simple el haberme A enredado con una mujer@ tengo la obligación de decir que la presencia de Clelia fue un motivo ocasio nal y que la causa fundamental fueron los móviles políticos. Ciertamente, mi amistad con Clelia fue distorsionada para sensibilizar y preocupar al Papa, al cual se le había dicho que desde el gobierno se amenazaba con lanzar a la opinión pública un grave escándalo. Por los motivos ampliamente apuntados, no volví a habitar en casa de mi familia, sino que pasé el verano en la de unos amigos donde preparamos con Clelia el material de nuestro primer libro. Mi condición era la de obispo desocupado, sin cargo alguno: obispo de Orrea de Aninico (una diócesis ya desaparecida). PAREJA SACERDOTAL Allí tuvimos, con Clelia, la ocasión de reflexionar mucho sobre la Iglesia a la luz de Cristo y de su Evangelio. No diré que fue un proceso de crisis, sino de revisión de mi visión de Fe. Fue un proceso de maduración en el que se me develaron con nueva luz muchos interrogantes que, hasta ese momento no habían tenido otra respuesta que el acatamiento a la autoridad doctrinal del magisterio de Roma; o sea, la aceptación -sin luz personal- de la visión oficial de la Iglesia. Pero ya el Concilio había sentado algunos puntos de partida desde los cuales se abrían perspectivas nuevas y verdaderos cambios, que debían operarse y que, lamentablemente, todavía están en gestación: comprensión cabal de que la Iglesia es todo el Pueblo de Dios, que la Fe de la Iglesia es por lo tanto la Fe del Pueblo de Dios; comprensión de que Dios se "revela" en el hombre y en la historia, y que por lo tanto cada giro de la historia y el crecimiento de la conciencia humana nos presentan nuevas perspectivas de Fe. Nueva valoración de la conciencia personal, a la que debe dársele primacía absoluta en la toma de decisiones por encima de las leyes e instituciones eclesiásticas; o sea, primacía del "carisma" sobre la A institución jurídica@ . A medida que se agrandaba la visión de Cristo, se relativizaba o "desmitificaba" la visión de Iglesia que el papado y Roma habían logrado imponer en un largo proceso histórico, durante el cual la Iglesia se abroqueló como A institución@ y sentí que es imperiosamente necesario que los hombres de Fe, a partir Concilio Vaticano II y en este giro de la historia, traten de escuchar en profundidad lo que el Espíritu quiere decir a la Iglesia-Pueblo de Dios. Asimismo leímos y releímos las admirables páginas que Teilhard. de Chardin dejó escritas, sin publicar sobre el amor y la relación hombre-mujer; páginas en las que avizora el futuro de la pareja humana no como la relación del uno frente al otro, sino como la de dos que, juntos, miran "hacia arriba y hacia adelante". Nos vimos reflejados en esta descripción de una pareja en vocación, o como vos decidiste llamarla "la pareja sacerdotal". Por la índole de este testimonio no corresponde reseñar cómo seguimos luchando juntos a partir de 1968, pero sí debemos señalar la generosidad y el esfuerzo con que enfrentamos tantos vacíos, tantas incomprensiones y tantos obstáculos que el A sistema@ y la A institución eclesiástica@ nos pusieron para sepultarnos en el ostracismo y en la muerte civil. ( Cuántas veces hube de recordar aquel vaticinio de Dom Helder: "Clelia será su fuerza"...! Debo señalar asimismo que, fuera del marco institucional, siempre encontramos acogida cordial de parte de los cristianos sencillos y del hombre común no atado a prejuicios, y que, además, mucha gente nos ha considerado y nos considera como un signo de autenticidad, de coraje humano y de libertad. Muchos sacerdotes esperaron que yo me convirtiera en un líder de la lucha contra el celibato. Esa no ha sido propiamente nuestra lucha. Nuestra lucha ha tenido siempre como paradigma a Cristo, que vino a decirnos el cabal sentido del hombre en su dimensión personal y social. Nuestro testimonio tenía por objetivo mostrar un camino en la realización del "hombre nuevo" y mostrar un nuevo valor que debe florecer en el mundo: la pareja unida en vocación. Puede parecer extraño que esto lo testimonie una pareja sacerdotal. Sin embargo, es lógico que así sea. Para nosotros la Iglesia, la comunidad cristiana, debe ser la conciencia madura y el modelo de lo que deben ser el mundo y la sociedad. El cristiano, y en primer lugar el sacerdote , debe ser la conciencia madura y el modelo cabal del hombre, que en plenitud es el hombre total: varón-mujer. Nunca tuvimos la intención de luchar contra una ley institucional, canónica, cuanto más que para nosotros el celibato es una decisión de espera, una actitud de disponibilidad ante lo que Dios pueda llegar a pedir. Creemos que el sacerdote no debe casarse sino ante el A acontecimiento de gracia@ de un verdadero, profundo y maduro encuentro en vocación de consagración. No decidimos convivir bajo el mismo techo sino en 1972; es decir, cuatro años después de mi salida de Avellaneda. Fue cuando la Iglesia institucional me dio la sanción por la cual se me prohibía el ejercicio público del ministerio episcopal, lo cual sucedió el mismo día en que acudimos a declarar ante la Cámara Federal del Crimen como testigos de la defensa por la muerte del doctor Oberdán Sallustro. Aquí también es necesario poner de manifiesto cuánto hemos tenido que chocar para dar nuestro testimonio de pareja en el ámbito de una sociedad machista que, en muchas ocasiones, reclama la presencia del varón solo y excluye o se molesta con la presencia de la mujer. Nosotros decidimos enfrentar esta situación presentándonos siempre juntos... Aún hace poco -por supuesto, hacia el final del "Proceso"- un mezquino y agresivo comentarista de radio lanzó una injustificada diatriba contra "ese obispo que se muestra en todas partes con su concubina". Uno de los hombres de Iglesia que, sin ser un gran amigo, siempre me trató amistosa y cordialmente desde la época del Concilio, es el cardenal de Santiago de Chile: Monseñor Silva Henríquez. Siempre que pude, a mi paso por Santiago, pasé a visitarlo. Traté con él temas referentes a nuestros dos países, y siempre con gran cordialidad. Después de algunas entrevistas, le pareció que no podía dejar de interesarse por mi situación eclesiástica y lo hizo con sencillez y delicadeza. Entonces yo le dije: "Señor cardenal, yo ya soy un hombre grande y usted no va a creer que me ata un vínculo sensual o superficialmente afectivo. Yo quiero contestarle a usted con una expresión bíblica que refleja cabalmente nuestra relación con Clelia: A Lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe@ . He tocado varios temas que requerirían una exposición más completa y a fondo, y que pienso desarrollar en otro libro. Aquí también debo insinuar otro de esos temas que exigen un análisis más hondo, que no puedo dejar de mencionar. NUESTRO AMOR: No quiero soslayar el aspecto físico de nuestra unión; de ninguna manera pretendo reducirla aspecto espiritual, sino testimoniar que hemos gozado de una plenitud insospechada. Creo haber dicho ya que nuestro encuentro ppodía expresarse diciendo que nuestras almas se tocaron. Cuando decidimos llevar nuestra unión a su plenitud, incluyendo todas las realidades físicas, ya sabíamos que era un "misterio grande". No teníamos el asomo de temor, y jamás sentimos el menor asomo de culpa o de pecado. Nuestra vida íntima fue siempre desde el principio, una verdadera maravilla: de plenitud y de una riqueza inefables. Hemos vivido nuestra intimidad como un misterio de pureza, de amor, de fusión, de complementación, de entrega, de exaltación física y espiritual al mismo tiempo. El amor espiritualiza la materia y la materia vehiculiza e instrumentaliza al espíritu. ( Cómo quisiéramos poder explicar esta máravilla! Para los que entienden el lenguaje de la teología no tendría nada mejor que decir que en la unión íntima se realiza para nosotros el "sacramento" del amor: el cuerpornovido e instrumentado por el espíritu, y éste encarnado en las realidades físicas y expresándose a través de todas las fibras, vibraciones y sentidos corporales... ( Qué maravilla! Lo físico, lo afectivo y lo místico amalgamados en la realidad de una plenitud total. Digo también A unión mística@ porque en nuestra entrega física sentíamos -y así lo queríamos expresamente- que revivía el misterio de la entrega de Cristo a su Iglesia. No hemos podido nunca separar esta sensación de plenitud en la entrega mutua, de la sensación de estar comprometidos como pareja en la entrega a nuestros hermanos, los hombres, para la salvación del mundo. Hemos sentido, lógicamente, el cansancio o el desgaste de lo físico en ciertas épocas o momentos, pero jamás hemos perdido el sentido hondo de la entrega. El cuerpo no ha sido jamás el enemigo, sino siempre el mejor y más servicial compañero: el gran medio de expresión y encuentro. Finalmente debo también decir que, en la tarea de construirnos y madurarnos mutuamente, hemos manejado abundantemente el cincel y el buril. Clelia, sobre todo, debió pulir y grabar con eficacia muchas cosas en mí. Para darme forma tuvo que manejar el cincel, y a veces también el martillo... Hemos discutido bastante al intercambiar nuestros puntos de vista, y a veces el intercambio de ideas se hizo tenso y hasta áspero, tanto más cuanto que nuestros temperamentos son complementarios, pero no similares. Pero, así y todo, siempre hemos sabido que lo nuestro es indestructible e irreversible... Juntos y unidos hemos desafiado y afrontado todo. Hemos sobrellevado juntos y unidos la difamación y la persecución, la muerte civil y el exilio, la más dura pobreza material y la separación de nuestras hijas (las seis maravillas que Clelia me regaló); y hemos sufrido porque sobre ellas también se cebó la persecución, el abandono del exilio, el coletazo de nuestra pobreza y la sombra de nuestra infamia que también la sociedad volcó sobre ellas. Y ahora seguimos viviendo nuestra pareja, con la sola inquietud de testimoniar, de dar lo más posible de nuestra riqueza, pero con la absoluta seguridad de que no hemos sido defraudados en nuestra opción, opción que muchos considerarán ardua y difícil, pero que para nosotros fue -y sigue siendo- siempre gozosa. Y así estamos hoy en permanente actitud de disponibilidad, y seguros de que estamos anunciando vivencialmente un valor con el que el mundo debe enriquecerse. Jerónimo. Yo, CLELIA. MI VIDA, UNA REBELDÍA Toda mi vida fue una continua rebeldía y dolor al sentir ese abismo que había entre lo que me enseñaba el Evangelio, lo que intuía en la persona de Cristo y la iglesia institución. Siempre, desde que recuerdo, para mí una cosa era Cristo y su mensaje de justicia y Amor; y otra, muy dolorosamente distinta, la institución. Por lo mismo, desde pequeña mi vida fue enfocada siempre como una vida de consagración: consagración a todo cuanto me rodeaba, y consagración de mis días y años a luchar para que esa Iglesia representara realmente la imagen de Cristo. Para que ese rostro de Cristo que desde chica marcó mi vida, se reflejara en ella al menos y no fuera esa caricatura en la que no podía reconocerlo. Tan sólo muy pocos hombres de Iglesia me dejaban, y hasta hoy me dejan, vislumbrarlo... ) VOCACIÓN? Enfocando así la razón de mi vida fue que llegué a mi adolescencia pensando que sería religiosa. En aquel entonces los caminos eran así: o me casaba y quedaba en el "mundo" para vivir para mi marido y mis hijos; o, si mi entrega era mayor, el camino lógico era entrar en un convento. Cuando terminé mi colegio, tuve la sensación clara de que debía quedarme en el "mundo" con esta vocación. Así comenzaron mis primeros años de casada. Viví en un ingenio azucarero diez años en Salta, y allí el sufrimiento de la gente que me rodeaba..., los que venían de lejos en camiones o vagones a la cosecha, los indígenas en sus "huetes " (las chozas que los indígenas construían al llegar a la cosecha y que luego al finalizarla las quemaban), ese trabajo de sol a sol, trabajo que se tarjaba como: macho, hembra y mataco... y tantas cosas que allí viví dieron un vuelco a mi vida, y mi consagración a los hombres fue aún mayor. Al mismo tiempo me hacía más exigente con los sacerdotes y religiosas que me rodeaban. El padre de mis hijas no era un mal hombre pero evidentemente no éramos, no fuimos nunca el uno para el otro. A pesar de ello hoy volvería a recorrer el mismo camino, porque fue ese camino y no otro el que me dio a mis hijas -a las que nunca renunciaría-, y el que me dio la madurez que fui alcanzando a través del dolor para llegar así preparada a este camino de Dios... o diría también: a este camino de Verdad. Viví un matrimonio que no fue nunca para mí un sacramento, pues no era el encuentro A interpersonal@ lo que unía nuestros seres; lo viví como una obediencia a una ley, y como una ofrenda de mi vida a los demás. De él nacieron mis hijas, mis seis hijas que -junto a Jerónimo- son lo más grande, que Dios me dio. Viví en Salta... de allí a Tucumán donde aprendí a aceptar toda la lucha vivida. Así vacía de todo, después de enfrentar la persecución de mi "familia" y "amigos" por mi separación, llegué de Tucumán a Buenos Aires, al noveno piso de la calle Cangallo. ( Cuántas veces me asomaba a la ventana y miraba afuera a esa montaña de cemento sin saber qué querría Dios de mí...! Seis años que viví exclusivamente dedicada a mantener a mis hijas, pero eso sí: sentía, con una certeza inexplicable y clara, como si estuviera a la espera de algo; quizás ese mismo "algo" que todavía no alcanzaba a explicar. Sabía que estaba al comienzo del camino. ENCUENTRO A JERÓNIMO Francisco era un sacerdote mayor, que vivía cerca del ingenio y que bebía mucho. Su estado era realmente lamentable y penoso, y tratamos con su obispo de ayudarlo; debíamos encontrar un obispo que lo recibiera en su diócesis en Buenos Aires, para hacerle una cura de alcohol... Fue así, Jerónimo, como llegué a ti. Te llamé y me dijiste que estabas ocupado, pero mi urgencia te obligó a recibirme. Llegué a casa de tu madre; ( qué alegría me dio conocerte y escucharte! ( En ti si que podía vislumbrar el rostro de Cristo! Te leí una carta que le había escrito al nuncio..., tú me escuchabas, me dejabas hablar; y yo me sentía tan bien, tan a gusto contigo... como si te hubiera conocido desde siempre... Luego hablamos de Francisco, te preocupaste por él, te ofreciste a traerlo. Si tuviera que decirte cuál fue mi primera impresión al conocerte, te diría que fue la de un hombre de una gran fuerza de conducción, tu corazón estaba lleno de Paz. Sentí mucha nobleza en ti... Nos sentíamos muy bien uno frente al otro..., pero tú me estudiabas y yo no alcanzaba a comprender por qué. Podría decirte que ese día nuestras fuerzas se encontraron; y, sin decirnos nada, supimos que lucharíamos juntos. SECRETARIA DE UN OBISPO Comencé a ir a la curia de Avellaneda y a colaborar contigo. La curia, que de por sí no era ya sólo una oficina fría sino un conjunto de personas que trabajaban junto a ti -salvo algunos negros personajes-, comenzó a ser una comunidad. Compartíamos el día abocados a la ardua tarea que desempeñabas tú ya antes de conocerme. Al llegar yo, fui algo así como tu compañera de lucha...; contigo iba a cuanta conferencia o audición de T.V. o actos a los que debias concurrir, con mi grabador acuestas para que no se perdieran tus palabras (que luego, durante horas y días desgrababa). Ese año 66 viajé a Mar del Plata a la reunión del CELAM pretextando hacer un reportaje a Dom Helder Cámara, pero la razón verdadera era que en el fondo de mi espíritu una fuerza me empujaba a conocer a Helder... Allí viajé, ) recuerdas? Te ofreciste a presentármelo, y cuando lo hiciste ya era tarde porque con Helder ya nos conocíamos desde las entrañas de Dios (expresión exacta de lo que me pasó con él)... Cuando tú llegaste, ya habíamos sido presentados por algo que va más allá de explicación alguna... Pero lo cierto es que, para adelante en nuestro camino, él fue nuestra fuerza: él conoció nuestros espíritus, desde allí el camino se hacía más llevadero. El, conjuntamente con nuestro gran amigo Pedro, alivianaron nuestra carga. COMPROMISO DE ACCIÓN SOCIAL Así pasamos ese año 67... Tus prédicas en un país de gobierno de facto -en el cual toda expresión política estaba amordazada- te convertían en la voz de los argentinos sin voz... Tu situación de obispo al frente de una diócesis permitía -después tantos años silenciada- que tu voz se escuchara en el país. Los sectores políticos que no podían expresarse, te invitaban y te llamaban de una punta a otra de la República..., ) recuerdas?, de Trelew al Norte. Tu idioma era cada vez más claro, comprometido y auténtico. La Populorum Progressio terminó rompiendo vallas a tu entrega. Aún puedo cerrar mis ojos y ver escrito en la pared de la curia algo que escribieron en la oscuridad de la noche: "Pablo VI y monseñor Podestá marxistas". No teníamos tiempo, ni tus colaboradores ni menos nosotros dos, de estar pendientes de las pequeñeces, celos, maledicencias de aquéllos que no tienen el corazón limpio. Lo cierto fue que tu carisma y tus claras palabras fueron moviendo las fuerzas negras y ocultas que ya comenzaban a tramar cómo hacer para silenciarte. .. ) Nosotros? Nosotros no teníamos tiempo para parar... A través de la revista A Imagen del País@ se fue gestando un acto de homenaje a la Encíclica: homenaje que hasta Perón esperaba en Madrid y que tanto preocupó al nuncio. .. El general Onganía pide al nuncio que te haga callar, y este personaje nefasto -que era el prototipo de aquellos que me escandalizaban desde niña- junto a tu vicario y al arzobispo de La Plata, monseñor Plaza, no encontraron mejor pretexto frente a Pablo VI que hablar del escándalo que yo provocaba a tu lado... De nada sirvieron cartas enviadas por sacerdotes y laicos a Roma negando tal escándalo. ROMA NO oyó, no oyó estas voces; sólo oyó al nuncio y sus intrigantes. Tuvimos que viajar a Roma. Quisimos aquietar a Pablo VI, que no te escuchó pues ya te había juzgado sin conocerte. EN ROMA CON MONS. BENELLI En medio de todo este ajetreo, ) recuerdas?, pedí una audiencia con monseñor Benelli -el secretario de Estado del Vaticano-, pero le puse como condición que la audiencia fuera con el hombre y el sacerdote, no con el funcionario... Habíamos viajado a Roma. Sorpresivamente Benelli me concedió la audiencia. Esta parecía una película de Bergman: el hombre y el sacerdote querían entender, pero el funcionario cada tanto aparecía, en su rostro y en sus ojos, amenazando... frente a lo cual yo hacía ademán de retirarme. El hombre y el sacerdote escuchaban, pero el funcionario amenazaba. Cuando le manifesté que no pensábamos en formar pareja -y, menos que menos, ser amantes a escondidas- sino que lucharíamos juntos dentro de la Iglesia, me miró y me dijo: "Van a sufrir mucho". A lo que le respondí: "Si lo dice el hombre o el sacerdote, con dolor se lo agradezco; pero si me lo dice el funcionario como amenaza, le contesto que no tememos porque para nosotros eso es ser cristianos". En la hora y media que duró la audiencia, en la que estábamos los dos solos, me habló también de la postura de la mujer en la Iglesia, postura que debía ser de silencio y obediencia. Me puso como ejemplo la obediencia de Santa Teresa y el silencio de la virgen María. Le respondí que Santa Teresa, para el nuncio Sega, era una mujer "contumaz y desobediente que debía callar en la Iglesia", pero que felizmente Santa Teresa sólo obedeció a los que llegaban a ver su espíritu; y digo "felizmente" porque, de no haber sido así, la Iglesia no habría podido hacerla Doctora y no hubiera pasado de ser una monjita desconocida... En cuanto a la virgen María.., ) quién de todos nosotros hoy podemos ni siquiera vislumbrar el trabajo que le dieron los apóstoles? ( Cuántas veces habrá tenido que darles fuerza y quitarles los miedos después de la muerte de Cristo! Debo reconocer, así y todo, que monseñor Benelli fue respetuoso y supo escucharme como si estuviera estudiándome; pero tuvo fundamentalmente respeto a mi persona. Es claro que yo no fui para recibir un reto sino para mostrarle valores... Siempre la presencia cercana de Helder y de Pedro, y la Paz de nuestra conciencia, fueron nuestra fuerza. Te pidieron la renuncia a la diócesis de Avellaneda. Pasaste a ser, de obispo de Avellaneda desde donde diste tu voz clara al mundo, a un obispo sin cargo, obispo de una diócesis imaginaria del África (Orrea de Aninico), NOSOTROS DOS Mientras tanto, nosotros. ) Qué pasaba nuevamente con nosotros? Seguíamos fuertes, ya conscientes de que nuestro camino sería duro, pero estábamos decididos a recorrerlo... Desgrabaciones de conferencias del último año de Avellaneda con las que publicaste tu primer libro, A La violencia del amor@ , como un testimonio de tu último año como obispo de la diócesis. Seguiste igual la lucha, y yo a tu lado.... Horas de trabajo intenso, reportajes, viajes... Nueva publicación de tu segundo libro: A La revolución del hombre nuevo@ ... ( Cómo nos gustó su título: del "hombre nuevo"! Mientras tanto, yo en mi casa con mis hijas y tú en la tuya... pero nuestro camino siempre uno. Tu sacerdocio y mi vocación nos mantenían siempre consagrados a los demás. Comenzamos entonces; a hablar de la "pareja sacerdotal": el hombre y la mujer encontrados en compromiso de vida. En aquel entonces nos sentíamos muy solos... ( hoy somos tantos! PUBLICACIONES Y ya cansados de guardar silencio frente a las insidias del Sistema, de ser manoseados apareciendo en algunos medios de prensa como dando reportajes que nunca dimos, ya un poco asqueados de algunas acciones de quienes en nombre del Sistema o de la Iglesia urdían a tus espaldas, nos resolvimos a sacar el tercer libro --esta vez juntos-- con todas las cartas escritas en nuestros años de lucha; libro con el que pensábamos que quedarían más en claro las etapas de nuestra vida... Y así sacarnos A Las cartas de Clelia y Jerónimo Podestá@ . Una faja abrazaba el libro con la siguiente inscripción: "Historia de un obispo rebelde y su compañera de lucha". ) Recuerdas, Jerónimo, con qué dolor y amor a la verdad fueron escritas cada una de esas tartas? Ya estábamos en 1973. En la contratapa decíamos: "Nos han preguntado y nos hemos preguntado la razón de ser de esta publicación, y nuestra respuesta es sencilla, dos son las razones: 1) Entregar nuevamente este desgranar de horas, días y noches, meses y años de luchas, vivencias y maduración a través del diálogo continuo, ya que el 'Sistema' -se llame Iglesia u 'orden establecido, tantas veces, en una u otra forma, nos arrojó a la opinión pública. Son seis años que han fortalecido nuestros pasos en este camino, en este éxodo que emprendimos no solos sino con todos aquéllos que en diversas formas luchan por la liberación y ansían un mundo justo que traerá la paz. 2) Como una respuesta más válida a la orden de una renuncia y separación que se nos exige A en nombre de Dios@ y con el convencimiento de que este testimonio de nuestro diálogo y de nuestro caminar será la más clara afirmación de que nuestro encuentro es irrenunciable. Vino luego Perón: esperanza... ( y alegría por el fin de la dictadura! Muere Perón: hondo sufrimiento por la patria... Nuestro libro, simultáneamente, es retirado de las librerías. Triple A... Amenaza de muerte:72 horas para abandonar el país... Toman nuestro teléfono... Salir rápido de la casa, ... junto a nosotros, y corriendo nuestra suerte, todas mis hijas... Ya entonces nuestra pareja se había unido definitivamente: nuestro camino era ya claro y uno. Olvido, Jerónimo, recordar aquel episodio sórdido y triste que fue la noticia pública de tu suspensión "a divinis" (que, traducido en sencillo quería decir que te apartaban públicamente del pueblo desde el púlpito, desde tus misas, desde tus prédicas; y desde donde, en nombre de Dios, la institución te permitía dar tu mensaje de justicia). Tú, que la defendiste públicamente cuando ninguno de tus pares lo hacía; tú, que supiste decirles a los que tenían secuestrado al doctor Sallustro que sería una muerte más sin sentido, y a través de la T.V. tú, (que al mismo tiempo desde tu cátedra pudiste decir:. "Ruego a Dios que ponga su mano sobre todos para que no llegue el momento de la 'Argentina trágica` (1970)...) fuiste silenciado por la institución el día que entrabas a declarar en la Cámara Federal del Crimen... ) Lo recuerdas? ( Es tan larga y rica tu historia..., nuestra historia( Sólo quiero decirte algunas cosas más: fuiste y sos para mis hijas un padre..., pero nunca vivimos lo nuestro como algo exclusivamente nuestro; lo nuestro, nuestra entrega mutua, nunca dejó de ser al mismo tiempo una entrega a los demás. No eran Jerónimo y Clelia que se amaban, sino Jerónimo-Clelia que, al amarse encendían nuevamente el fuego en la Tierra..., como dice Teilhard de Chardin. Salté en el tiempo y el espacio, vuelvo a él ... : exilio, separación de mis hijas que aterradas no querían que me quedara acá... Dolor intenso en el avión porque, sin saber por qué, debíamos salir así como malhechores... Pero fuimos directo a Roma: siempre con ese amor y ese dolor profundo por la Iglesia. Viajamos y fuiste al Vaticano para denunciar desde allí lo que estaba sucediendo en nuestra querida patria..., era el año 1974. Pero tanto entonces como después, ( qué débiles fueron los gestos de Roma y qué ausentes los de la institución eclesiástica argentina! Así pasamos cuatro años en Perú, nuestra segunda patria. Allí llevamos a nuestras dos hijas menores que nos acompañaron... ( Cómo debieron ellas, mis seis hijas, sufrir esta persecución! ) Y tú? ( Qué larga muerte civil! ( Qué tranquila quedó la institución con tu ausencia ... 1978. Regresamos al país mordiendo el silencio, y en medio de terrores como los que vivían todos. Cuatro años de retiro absoluto... Recién pudiste físicamente resucitar y tener presencia pública en el país con tu gesto de donar el cáliz de tu primera misa como un rechazo al colonialismo y como una adhesión a los pueblos de Latinoamérica que se ponían de pie (en plena guerra de las Malvinas). Jerónimo: Hemos querido escribir cada uno por separado nuestro testimonio... Recién hoy leo tu parte. Quiero decirte que yo sentía que no había hablado tanto de nuestro amor A interpersonal" cuanto de nuestra misión y nuestro camino... La razón fundamental de ello era el temor que sentía de empequeñecer lo nuestro al no saberlo expresar en palabras. Pero tú has sabido expresar maravillosamente lo que vivimos... y hago mías tus palabras. Jerónimo: sólo creo en este amor y en esta lucha, la que hemos llevado adelante a lo largo de todos estos años... nosotros, pero también todos aquéllos que, al levantar el cáliz en la celebración de Cristo, sepamos mezclar nuestra sangre con la sangre de todos nuestros hermanos que quieren y buscan un mundo nuevo: un mundo de justicia, un mundo de paz... Y así caminaré a tu lado para que tu voz siempre se oiga... Para que, como dice tu lema, "Que todos sean Uno". Uno en la justicia, uno en la verdad... Esta es la razón de ser de nuestra pareja y de nuestro amor... Tú lo sabes... Yo sé que lo sabes... Clelia
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