ENERO DE 1967

En enero, estando Jerónimo en Carapé, recibió Jerónimo una visita insólita, por cuanto no era nada fácil atravesar la sierra hasta su casa por un camino de difícil acceso.

Dicha tarde de enero se presentaron sorpresivamente tres arzobispos: el Nuncio, Plaza (Arzobispo de La Plata) y Primatesta (Arzobispo de Córdoba) después de una breve conversación y antes de partir, el Nuncio le dijo que tenía que hablarle de algo personal: A Supongo que no tendrás inconveniente site lo digo delante de tus dos mejores amigos@ . Entonces le advirtió de lo llamativo de su relación conmigo. Jerónimo escuchó muy sereno y manifestó su extrañeza por la preocupación del Nuncio a quien manifestó que se trataba de una limpia relación asumida en conciencia. Jerónimo me diría más tarde: A En mi ingenuidad no advertí que el Nuncio necesitaba dos testigos para darle forma jurídica a la > admonición canónica@ . Sin que nosotros tomásemos conciencia refleja de ello, había comenzado la persecución.

 

EN LA CURIA DE AVELLANEDA

Vicario, el padre Monni, personaje siniestro y traidor, que Jerónimo aceptó por recomendación de Monseñor Plaza, el cual no colaboraba sino que trabajaba en la oscuridad para controlar a Jerónimo y finalmente para secundar los planes de dicho Arzobispo. Mientras Jerónimo se volcaba a su lucha, estos personajes sembraban cizaña, hacían correr rumores, desacreditaban al A obispo de Avellaneda@ y preparaban el ataque final en combinación con el Nuncio Mozzoni. Sin duda Monni tenía también motivos muy personales, pues no ocultó el extraño afecto que sentía por Jerónimo y los celos que en él despertó mi presencia en la Curia. Pero Monni no era más que un simple servidor subalterno. Los verdaderos promotores de Jerónimo y sus consecuentes destructores fueron Plaza y Mozzoni. Ellos promovieron su nombramiento de obispo en la convicción de que secundaría dócilmente sus planes y directivas, pero no fue así. No fue el obispo sumiso que querían ellos, sino que desplegó alas y voló por su cuenta; apoyó los movimientos renovadores del clero y la corriente tercermundista, creó los equipos de Pastoral Obrera y de Curas Obreros; contrariando el consejo del Nuncio se alió a Cámara en la reunión del CELAM; criticó abiertamente al gobierno del general Onganía que se proclamaba A católico y cursillista@ ; predicó la Encíclica Populorum Progressio saltando los límites de su diócesis viajando por el país, y le dio su verdadero relieve reivindicatorio y su auténtica dimensión socio-política, de modo tal que el ambiente sindical y el ambiente político, que estaban congelados, comenzaron a moverse, lo cual provocó una gran irritación a Onganía y una grave preocupación al Nuncio Mozzoni que tenía sus compromisos con él; en definitiva, tomó un rumbo nuevo, progresista, independiente, humanista, no clerical y, para colmo, se opuso a secundar a Plaza en el asunto del Banco Popular de La Plata, del que aparecía el Arzobispo como Presidente. El broche de todo esto fue desconocer la orden del Nuncio y tenerme a mí a su lado, caminando juntos de una conferencia a la otra, en la que yo grababa sus palabras y le preparaba los textos que él iba a usar, dando abiertamente la imagen de una mujer a su lado como colaboradora y que se trataba de A aquella misma mujer@ que había enfrentado al Nuncio, desafiándolo y provocando su furia.

En verdad, Jerónimo había hecho todo mal para ellos: no secundó los manejos inmorales de Plaza; se soltó de las ataduras del Nuncio y se cruzó al bando de los que no se atan al poder y a la Institución, sino a Cristo y al Evangelio para ser verdaderamente libres; desenmascaró el maridaje del gobierno A de facto@ de Onganía con la Iglesia preconciliar, a tal punto que el mismo Presidente lo acusaría personalmente de ser A el principal enemigo de la revolución@ (de su revolución); promovió la experiencia de los curas obreros y abrió nuevos rumbos a la Pastoral y proyectó una nueva imagen de obispo y sacerdote. Quiso ser fiel hasta el fin a su conciencia, conmigo a su lado. Esto último fue lo que se esgrimió para removerlo de su diócesis, siendo así que era sólo un motivo ocasional, pues los motivos de índole política de política civil y clerical fueron los motivos verdaderos y de fondo, aunque se los calló ante la opinión pública.

ENTREVISTA CON EL NUNCIO

Cuatro días después de enviada esta carta, fue citado Jerónimo por el Nuncio. Lo acompañé hasta cerca de la Nunciatura, como aquella vez en Castel Gandolfo, y quedé esperándolo en un bar. Jerónimo llegó a mí con la serenidad que lo caracteriza, y mirándome fijo me dijo:

-Clelia, firmé la renuncia.

Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Le pregunté:

-Pero, ) quién te la pedía? ) Quién firmaba la carta que vino de Roma?

-Cicognani, me dijo, pero condicioné la aceptación de la renuncia a una entrevista personal con el Papa

) Y cómo le creíste al Nuncio? Ya firmaste la renuncia, sólo importa lo que está escrito.

Dios mío, pensé. Esta es una nueva trampa. A un obispo sólo puede pedirle su renuncia el Papa. ) Quiénes eran estos señores? A medida que me contaba su entrevista, mayor era mi preocupación.

Para ser más fiel a este episodio nefasto transcribo el relato hecho por Jerónimo

en el A Libro de Cartas de Clelia y Jerónimo Podestá@ editado en 1973.

Me solicitó en nombre del Papa la ren uncía a mi cargo de Avellaneda. Me sorprendió por la forma intempestiva y por el empeño inusitado en que la entregara en ese mismo momento. Dije que necesitaba reflexionar y consultar, pero continuó apremiándome para que lo hiciera de inmediato a fin de que la renuncia partiese con el correo diplomático que salía esa misma tarde para Roma, argumentando que era voluntad personal del Papa.

Entonces respondí que no tenía apego a mi cargo y ningún inconveniente en poner mi renuncia en sus manos en ese mismo momento, pero que un sentido elemental de responsabilidad me impelía a exigir que esa renuncia no fuese considerada o no fuese resuelta sin que yo tuviera una previa entrevista con el Papa. Acto seguido tomé el papel, que firmé, y donde decía sencillamente que ponta mi cargo en sus manos (en las del Papa, por cierto) y se lo entregué al Nuncio, quien entonces cambió totalmente de actitud:

se puso eufórico y saltando de alegría me abrazó y me besó, recomendándome que me quedara quieto, que él se encargaría de asegurar mi entrevista con el Papa para después de enero, pues en ese momento se encontraba enfermo y me aseguró no habría novedades hasta después de marzo@ .

-) Qué precio habrá recibido el Nuncio por tu cabeza? --le pregunté-- ( Me pareció tan extraña y clara su euforia!

 

 

CARTA AL CARDENAL PIRONIO

Es en el año 1971 cuando envié a Monseñor Pironio estas líneas después de nuestro encuentro en Roma.

A Estimado Pironio: Esta mañana fue tan imprevisto el encuentro y tan rápido que no pude decirte nada, tan sólo que llamaras a Jerónimo y aún no lo has hecho.

Me alegró ver que te acercaste a saludarme sin ningún problema y eso me hizo reaccionar de igual manera, parecíamos dos amigos que hace tiempo no se ven y se alegran al encontrarse. Quisiera que fueran siempre así los encuentros entre cristianos, aún cuando tengamos diferentes dimensiones, diferentes formas de ver, diferentes caminos.

Al verte esta mañana se me presentó enseguida la Iglesia triunfante en el mundo porque no es fiel a la Verdad. Pensé en Jerónimo, tantos años vejado y silenciado, en Marturet excomulgado públicamente, en Amiratti y en tantos sacerdotes y laicos que hoy, por ser fieles al Evangelio, sufren persecución, no sólo del poder militar sino también de la propia Iglesia.

Es verdad que los últimos documentos sobre la Justicia en el mundo son muy buenos, pero son sólo documentos. El mundo, los hombres, cada vez exigen más vida que palabras.

No puede la Iglesia hablar de Justicia y condenar la injusticia en el mundo si ella no es justa. No puede condenarla violencia si ella es violenta. No puede hablar de liberación si ella misma en vez de ser escuela donde se forman hombres libres, se convierte, como dice San Pablo, en pedagogo que engendra tiranos. No puede hablar de respeto a la persona, si ella no sabe respetar a los hombres con el misterio de Dios que obra en ellos. No puede denunciar la opresión si ella oprime conciencias. No puede denunciar gobiernos de fuerza si ella no gobierna como aconseja Cristo en el Evangelio. A Quien quisiere entre vosotros ser el primero será el siervo de todos@

Esta visión es la que me hace sufrir como cristiana frente a esta Iglesia. Sufrir por no haber recibido nunca de ti un gesto de arrepentimiento que me ayude a creer, un gesto de valentía que podría haber borrado todo.

Hubiéramos querido volver a partir juntos el pan.

Hasta cuando quieras.

Clelia.

EL FINAL

Después de cinco años en los que la Iglesia había ignorado completamente a Jerónimo, con el objeto de que quedara institucionalmente A enterrado@ , desaparecido e ignorado, se hizo presente Monseñor Adolfo Tortolo, Presidente de la Conferencia Episcopal, para anunciar que la Santa Sede le retiraba la facultad de Pontificar. En la reunión plenaria de los obispos planteó A el caso Podestá@ ante los colegas, pero a él ni se lo citó. Todo se hizo a sus espaldas, de modo que Jerónimo en su carta a los obispos reprochó un proceder tan poco evangélico.

La primera citación fue el siete de marzo de ese año 1972. Volvió a citarlo para comunicarle un oficio de la Sagrada Congregación de los Obispos el veinticuatro de octubre, bajo la amenaza de ser A suspendido a divinis@ , es decir, privado de ejercer actos litúrgicos, A se le exige una separación clara y definitiva de la conocida persona y una retractación pública de su escandaloso comportamiento@ . Se le concedió un mes de plazo para cumplir con estas exigencias de la Curia Romana, cumplido el cual, es decir, el veinticuatro de noviembre, Jerónimo escribió rechazando los términos y formulando acusaciones por los procedimientos eclesiásticos.

Fue muy llamativo que en la segunda citacián de Tortolo que era entonces Obispo Castrense, o sea, obispo de los militares, lo censuró que hubiese viajado a Trelew conmigo: los Servicios de Información militar se lo habían advertido. A comienzos de este año 73 contestó Jerónimo la intimidación de la Secretaría de Estado, que le exigía una ruptura definitiva con A esa señora@ , extractaré algunos párrafos de la respuesta de Jerónimo a Monseñor Tortolo del 23 de enero:

A Ante todo disculparás que no te trate de > Excelencia reverendísima’, que es mundano y principesco, pero poco evangélico, ni te llame hermano, ni querido amigo, porque serían expresiones formales pero no auténticas. También me disculparás que use un idioma fuerte. Nunca prometí al Papa romper mi relación con Clelia... No se trata de un capricho, ni mucho menos de una flaqueza humana como suponen ustedes. No renunciaré a mi amistad con Clelia porque la considero una gracia y no un pecado, como ya tuve que decir públicamente para enfrentar intrigas palaciegas y difamatorias que tuvieron origen en la malignidad clerical. Mi encuentro con ella me hizo más libre, me ayudó decisivamente a madurar en la Fe, me permitió ver al desnudo la falsedad del mundo, el fariseísmo del sistema socia! y la alienación profunda de la mentalidad clerical. También me dio ocasión de experimentar las actitudes poco evangélicas de intriga y poder con que se maneja la Iglesia, y que son un > @ ntisigno@ de la liberación del hombre. Ella me ha ayudado a estar comprometido con el hombre y su liberación y constituye un acicate para no claudicar ni en la Fe ni en la lucha por la justicia. Si no fuera así ya hubiera renunciado espontáneamente a este encuentro...

En cambio vos sí que diste escándalo como persona y como Presidente del Episcopado cuando te entrevistaron padres de las víctimas de la masacre de Trelew y les dijiste terminantemente que la Iglesia no se metía en ese asunto, pero como consuelo les repartiste medallitas y rezaste tres Ave Marías.

También habría mucho que decir acerca del sentido de fa suspensión > a divinis’. Ustedes saben mejor que nadie que el sacerdocio y el carisma profético no me los puede quitar nadie. Evangelizar con la palabra y el testimonio y compartir el Pan Eucarístico con los hermanos en la Fe no me puede ser impedido. Les guste o les disguste a ustedes, lo que han decidido no tiene más que un pobre valor jurídico... Que Dios te guarde, te ilumine y te convierta. Jerónimo.@

 

 

 

 

Asís, 12 de agosto de 1967

A S.S. el Papa Pablo VI Roma

Beatísimo Padre:

Porque prometí hacerlo y porque la verdad me obliga a ello le escribo estas líneas rogándole que no se escandalice de mi lenguaje, porque quiero usar el SI, SI; NO, NO, que Cristo nos pidió en el Evangelio.

Regreso a mi diócesis, no diré con el dolor más grande C porque cuando uno se abraza bien fuerte a la Cruz, esta ya no pesaC pero sí con la decepción más grande de mi vida.

Tenía la gran esperanza de lograr un encuentro profundo en Dios, mi entrevista con usted, pero fue más bien un desencuentro, porque los juicios de los hombres pesaron más que la sinceridad de mi corazón.

Acudí al Papa y le abrí mi alma con absoluta sinceridad y franqueza, con la confianza de un hijo. Fui recibido con bondad en las formas, pero ya había sido juzgado y en virtud de ese juicio ya estaba también presuntivamente descalificado. Mi palabra ya no tenía valor pleno de testimonio y principalmente se esperaba de ella una confesión y un A mea culpa.@

Pero como mi palabra no podía ser ni confesión ni reconocimiento de culpa, entonces no interesó que yo quisiera hablar como Pastor de los problemas de mi Iglesia de Avellaneda, ni corno miembro del Colegio Apostólico de los problemas de la Iglesia Universal.

Hasta tal punto mi causa era una A cosa juzgada@ que aun el testimonio de un gran amigo común fue interpretado en mi contra. Entonces, ) por qué o para qué me dejó hablar usted tan largamente de todo lo mío personal, sin darme los motivos, argumentos o acusaciones que lo hacían dudar de mi palabra? En nuestra entrevista referí a S.S. C y lo hice expresamente para que no se repitiera cl casoC cómo en una ocasión anterior se me habían hecho en el Vaticano otro tipo de recriminaciones por boca de un señor Cardenal que me trató como a un niño menor de edad, sin permitirme hablar y sin darme siquiera lugar para que negara o explicara las acusaciones.

En esta ocasión no se me trató como a un niño, pero sí como a im sospechoso. No se trataba de establecer la existencia de una amistad que mis amigos más íntimos C incluidos sacerdotes y algún obispoC conocen en profundidad y que no sólo he reconocido con sinceridad, sino que además mostré oportunamente ante quien podía representar los intereses de la Iglesia. Lo que realmente importaba era establecer el valor y el sentido de esa amistad con una mujer. Pero Ud. no me habló simplemente de obrar con prudencia, de cuidar las formas externas o de evitar el peligro de la maledicencia. El Papa me pidió por amor a Cristo que arrancara de mi corazón un sentimiento. Y ) qué derecho tiene el Papa de pedir en nombre de Cristo semejante cosa, sin estar seguro de que se trata de un sentimiento malo o de una amistad pecaminosa? A menos que se piense que toda amistad entre un sacerdote y una mujer tiene que ser necesariamente mala, no se puede exigir semejante cosa. En caso contrario tendría que haberse aclarado esa realidad profunda a través de un diálogo sincero.

Pero el Papa, que en su primera Encíclica habló al mundo de la necesidad del diálogo, no dialogó conmigo y me juzgó sobre algo que sólo Dios puede juzgar, pues me acusó de tener el corazón dividido y faltó con un hermano a la caridad y la justicia en materia tan delicada, porque no podía pedirme que examinara a fondo mi conciencia, y menos aun exhortarme a celebrar los Sagrados Misterios con el corazón sin mancha, sín hacer una suposición personal sobre mi estado de conciencia.

Para determinar el valor de una relación personal, lo primero es el testimonio de los propios interesados. Yo tenía derecho a que el Papa C antes que ninguna otra cosaC escuchara mi testimonio y le diera el mayor valor, y que diera también primerísima importancia al testimonio de mis amigos íntimos. Lo que más me ha dolido es que el testimonio de uno de ellos fuera desvirtuado en forma inexplicable y volcado en mi contra.

Fuera de esto no queda sino reconocer cl árbol por sus frutos. Ud. minimizó e interpreté negativamente los frutos interiores de esta amistad, o sea, mi mayor libertad, madurez y fortaleza; dio, en cambio, la mayor relevancia a las consecuencias exteriores, a saber, el así llamado escándalo.

Finalmente quiero decir al Papa que los procedimientos usados en este caso C como en otros asuntos eclesiásticosC son sucios y contrarios al Evangelio. Particularmente el alto funcionario a quien Ud. me derivó a continuación de nuestra entrevista, se comportó conmigo en forma increíblemente baja y taimada.

Ruego al Santo Padre quiera comprender que estoy defendiendo mi dignidad de hombre, porque ella no me puede ser quitada por nadie, ni siquiera por Dios, que me la dio. y le ruego también que se regocije por mi altivez. Ya que al defender mi dignidad de hombre defiendo también la dignidad de mi investidura.

Dios guarde al Papa.

+ Jerónimo Podestá

Obispo de Avellaneda

AVELLANEDA 20 DE AGOSTO DE 1967

A Su Santidad el Papa Pablo VI

Ciudad del Vaticano

Beatísimo Padre:

A mi regreso a esta, mi querida sede de Avellaneda, en la que acabamos de realizar las fiestas parronales de N0 S0 de la Asunción, quiero hacer llegar a V. Santidad, conforme lo prometí en la entrevista privada que tuvo la bondad de concederme, la expresión de mis sentimientos y deseos más íntimos. Quiero dar a V. Santidad la seguridad más completa de estar escribiendo en la presencia de Dios y con la intención más sincera de dar un testimonio verdadero.

Mi vida está consagrada a Dios desde niño y muy particularmente desde que me entregué a la Iglesia para servirle como ministro del Señor. A pesar dc mi naturaleza humana, mi voluntad profunda de darlo todo, hasta la última gota de mi sangre, para servir a Dios y al prójimo en seno de la Santa Iglesia ha permanecido constante e invariable.

Siempre he querido ser, y hoy más que nunca, un hijo fiel de la Iglesia. Por encima de todo estoy dispuesto a servirla hasta mi último suspiro. Mi corazón no está dividido, pues pertenece por entero a Dios. Acepto desde ya todo lo que Dios quiera pedirme o mandarme; por Él estoy dispuesto a todos los sacrificios y a todas las renuncias que sean necesarias para el bien de la Iglesia.

Mi vida no tiene otro sentido ni otro objetivo que el de ser fiel al verdadero Espíritu del Señor. En ese mismo Espíritu, Su Satitidad podrá pedirme todo, con la absoluta seguridad de que seré el más fiel, leal y devoto de sus hijos.

Quiero también asegurar a V.S. que en todo momento he procedido con sencillez y rectitud de intención. No creo que mi conducta haya provocado verdadero escándalo, aunque alguno de mis íntimos me haya difamado. El Señor, que ha permitido esta prueba tan dolorosa y este sufrimiento tan grande para mi alma, habrá querido purifícarme totalmente.

Pido a V.S. quiera aceptar este testimonio sincero de mis disposiciones y esperar unos días mós para que yo vuelva a escribirle, pues deseo lograr una total claridad en mis ideas y una profunda tranquilidad en mi espíritu, para abrir totalmente mi corazón a quien representa en la tierra al Padre que está en los cielos.

+ Jerónimo Podestá

 

 

Roma, 15 de noviembre de 1967

Beatísimo Padre:

En el mes de agosto del presente año fui recibido por primera vez, en audiencia privada, por Su Santidad. Fui escuchado con benevolencia e interés cuando di testimonio de que mi camino era de Dios y de que mi conducta se inspiraba en un auténtico encuentro, que era un acontecimiento de gracia y no de pecado, pero lamentablemente la entrevista terminó con un gran dolor, el más grande que he tenido en mi vida.

Yo sé de los A encuentros en Dios@ y por eso esperaba ansiosamente el encuentro profundo con el hermano y Padre, pero todo había sido preparado para que yo no pudiera ser bien interpretado ni totalmente comprendido.

No sé qué acusaciones se habrán hecho, ni quien me acusaba, porque nunca se me dijo. El testimonio en mi favor, de un gran amigo, fue mal interpretado y volcado en mi contra.

Aunque mi palabra fue firme y serena, mi propio testimonio no era válido; mi sola palabra no hacía fe. El contexto que se me había preparado me colocaba en situación de acusado, de quien sólo se esperaba una confesión. Mi actitud, en cambio no era la de quien se defiende, sino la de quien da sencillamente testimonio de su vida.

El Santo Padre quedó a la espera de una carta mía y yo fui derivado a un alto funcionario, que me trató cínicamente y manoseó mi dignidad de hombre y de Obispo.

Porque no podía escribirle sin mostrarle este dolor y porque me aconsejaron que escribiera más A políticamente@ , preferí no hacerlo y quedar a la espera de lo que Dios dispusiera. El día 10 del corriente mes de noviembre fui citado por el Nuncio en Buenos Aires, quien sin mediar explicación me solicitó, en nombre de Su Santidad, la renuncia a mi cargo, diciéndome que se trataba de la voluntad expresa y personal del Papa. No vacilé un instante; solo reflexioné un breve momento, y decidí lisa y llanamente entregar mi renuncia y quedar totalmente en manos de Dios. Pero verbalmente manifesté al Nuncio que mi renuncia no podía ser un acto ciego y pasivo, sino lúucido y responsable , y que por lo tanto, mi renuncia quería significar mi total desapego al cargo y a cualquier ambición humana, y mi absoluta disponibilidad frente a Dios, pero que al mismo tiempo no la consideraba válida, sino condicionada a un encuentro con el Santo Padre.

Por eso quiero llegar directamente al Padre para manifestarle con afecto filial:

11 No estoy totalmente convencido de que el pedido de renuncia provenga dc Su Santidad: si así no fuera mi renuncia no tendría valor.

21 De ser realmente voluntad del Papa, no tengo inconveniente en ponerme totalmente en manos de Dios.

31 No tengo motivos personales para renunciar, porque estoy muy en paz con mi conciencia.

41 Por lo tanto, tengo derecho a ser escuchado por el Santo Padre, antes de que se torne ninguna decisión al respecto, porque mi rcnuncia está moralmente condicionada a esto.

51 Mi cargo es un cargo pastoral y no puedo renunciar a él sino de urna manera responsable. Por eso quiero hacer presente que: a) las consecuencias de mi separación de Avellaneda serán muy graves y causarán un impacto negativo para la Iglesia, ante el pueblo y el clero; b) tengo la convicción de que mi comportamiento no ha producido ningún escándalo sino ante los fariseos, y que mi persona molesta por otros motivos.

Con esta manifestación he querido realizar un acto de la mayor responsabilidad como Obispo, en el ejercicio profundo y sincero de mi libertad. Con esta carta he querido también adjuntar la que le envía la señora Clelia Luro porque estoy convencido de que es un alma de Dios y de que su testimonio trasuntará mejor que el mío la presencia de Dios. Que Dios guarde al Papa.

+ Jerónimo José Podestá

Obispo de Avellaneda.

 

 

Avellaneda, 1 de diciembre de 1967

A Su Santidad Pablo VI

Ciudad del Vaticano

Beatísimo Padre:

Comienzo suplicándole quiera recibir mis palabras como un testimonio de la verdad. Lo escribo, no con dolor personal, sino con el dolor de Cristo en mi.

Con docilidad, y para dar testimonio de ni total libertad interior, elevé en fecha 10 de noviembre mi renuncia al Obispado de Avellaneda y la entregué al Nuncio Apostólico, manifestándose verbalmente que exigía, como condición. previa a su. Tratamiento, el ser recibido y escuchado por el Papa.

Para dejar a salvo este principio viajé a Roma y, gracias a la acogida de monseñor Benelli, pude reiterar a Su Santidad este formal pedido, en mi carta de fecha 15 de noviembre.

Con la libertad de los hijos de Dios, quise que me acompañara la persona que junto conmigo había, sido objeto de una infame calumnia, porque era mi deber dejar a salvo su dignidad de mujer. No creo que quien tenga el ojo limpio pueda haberse escandalizado por este gesto varonil. ) Acaso no habrían hecho lo mismo un San jerónimo, un Francisco de Asís o un Francisco de Sales? Lo cierto es que tengo derecho a que no se me juzgue torcidamente por ello.

Reitero una vez más a Su Santidad que mi conciencia está en paz. Reitero también que estoy dispuesto a evitar todo lo que sea motivo de verdadero escándalo. ( Cuánto hubiera querido -y aún quiero- poder dialogar con el Papa acerca de esto y llevar tranquilidad a su corazón

Pero también, Pero también como el último de los hermanos obispos, con la fe inconmovible de haber sido puesto por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios que está en Avellaneda, bien consciente de mi dignidad de Obispo sucesor de los Apóstoles, pido que no me juzgue ni me condene sin haberme oído y sin recibir mi descargo. Hasta ahora no he querido dar explicación ni efectuar descargo ante nadie que no sea el Papa, aunque fácilmente hubiera podido desbaratar las acusaciones falseadas que me dejaron entrever funcionarios de la curia romana, a quienes ni siquiera quise contestar.

Quiero dejar sentado el principio de que ningún testimonio puede tener mayor valor que la palabra de un Obispo, o al menos que ninguna acusación puede prevalecer sin que la autoridad suprema escuche su formal descargo. Los sacrosantos principios que el Concilio ha sancionado recientemente me dan ese derecho.

Quiero dejar sentado también el principio de que nadie puede ser tratado con procedimientos que no son evangélicos, y menos un Obispo, por parte de la curia romana.

He manifestado abiertamente la verdad y no la oculté. Tengo, pues, derecho a la verdad. He recibido una carta del Eminentísimo Señor Cardenal Secretario de Estado, sin sello, en la que en nombre del Papa se hacen afirmaciones que no responden a la verdad y que se basan en suposiciones poco caritativas, que Su Santidad desconoce y que no he tenido la oportunidad de explicarle.

En breve seremos juzgados por Dios. Su Santidad también será citado ante el tribunal de Dios. En Su presencia reitero la afirmación de que he sido objeto de una confabulación y sometido a procedimientos lesivos a mi dignidad. Su Santidad debe escucharme antes de una decisión definitiva.

De todos modos, Su Santidad sabe que mi renuncia es indeclinable y que me someteré sin rebeldía a su decisión. Dios guarde al Papa

+ Jerónimo José Podestá

Obispo de Avellarieda

CARTA AL PAPA DE LOS SACERDOTES DE AVELLANE DA

 

Pero el Nuncio estaba decidido a terminar rápidamente la. partida. inmediatarnente me hizo llegar una nota. en la que mee comunicaba que se me había concedido el título de Obispo de Orrea de Aninico y que Monseñor Eduardo Pironio se haría cargo de la diócesis de Avellaneda.

Cuando el Nuncio se enteró de que yo había reiterado el recurso jerárquico por cable, apuró aun más la cosa. La noticia de mi renuncia trascendió a la prensa aun antes de su publicación oficial. Se presionó a monseñor Pironio para que sin demora se hiciera cargo de Avellaneda, antes de la fiesta del 8 de diciembre, de modo que apenas si pude reunir a mis sacerdotes para despedirme de ellos, pero me fue imposible ni siquiera celebrar una misa en la Catedral para despedírme de la feligresía de Avellaneda. Más aún, en forma engañosa el nuevo equipo vino a instalarse en el obispado, y me vi obligado a dejar la. casa, abandonando todas mis pertenencias, que no había tenido siquiera tiempo de empaquetar.

Ni siquiera habían llegado los documentos oficiales de Roma, pero el Nuncio alegó ante monseñor Pironio que tenía poderes especíales. Ciertamente me faltó rebeldía para oponerme a que se me desalojara como un intruso y se apremiara a mis colaboradores en forma vejatoria. Nunca podré entender como monseñor Pironio se prestó a esto, a pesar de que se alegaba que había sido designado precisamente porque era amigo mio; así tuve que decírselo en una entrevista y en. una carta posterior. Ni siquiera el temor de que se produjeran grandes manifestaciones en mi favor o de que hubiera una ocupación, de la curia por grupos de laicos, puede explicar que se me tratara de esa manera. En carta del 6 de marzo explico a Pablo VI todas estas cosas.

El texto de mi despedida a los sacerdotes ya ha sido publicado, de modo que sólo doy ahora el texto de la carta que mis sacerdotes enviaron al Papa en esa ocasión y que todos - excepto tres- firmaron espontáneamente. Para no abundar, omito los otros testimonios que dieron en mi favor el canciller de la curía y otros grupos de laicos.

 

Santísimo Padre:

Los sacerdotes de la diócesis de Avellaneda, reunidos para despedir a nuestro Obispo, Monseñor Jerónimo Podestá, deseamos aclarar el sentido del telegrama enviado a Su Santidad el 19 de diciembre del año en curso.

Ante la decisión de S.S., aceptamos la renuncia de nuestro obispo con el mismo espirítu con que él la aceptó y nos invitó a aceptarla, queriendo asi dar cumplimiento a sus palabras de despedida: * Me quiero ir de mi diócesis con el testimonio absoluto de adhesión y sumisión a la Iglesia y a su Supremo Pastor.

Queremos, sin embargo, testimoniar a Su Santidad el afecto profundo, la estima sincera y la confianza total que sentimos por nuestro Obispo y al mismo tiempo hacerle presente que siempre hemos visto concretada en él la iniagen de Obispo que proyecta el Concilío Vaticano II y la exhortación apostólica de S.S. al episcopado latinoamericano, del 24 de noviembre de 1965.

. Por lo cual nos permitinios poner a su consideración lo siguiente:

1. Como sacerdotes hemos encontrado en él un verdadero hermano, "siempre dispuesto a servir a la Iglesia con amor y solicitud para con todos", siempre pronto para oirnos y comunicarse confidencialmente con nosotros, tratándonos siempre como hijos y amigos.

2. Como Pastor de la Iglesia de Dios en Avellaneda y como miembro del Colegio Episcopal, cuyo ministerio ha venido extendiendo a toda la República Argentina, encontramos en él al Pastor que: a)* es testigo de Cristo ante todos los hombres... consagrándose con toda su alma a los que de cualquier forma se hubieran desviado del camino";

b)expone la doctrina cristiana de manera acomodada a las necesidades de los tiempos, es decir, a las necesidades y problemas que angustian y agobian a los hombres...mostrando la solicitud de la Iglesia para con todos, fieles o no, con peculiar cuidado de los Pobres a quienes el Señor envió para darles la Buena Nueva";

c)mostró ampliamente, en el cumplimiento de su cargo, "que el Obispo goza de perfecta libertad e independencia respecto de cualquier poder civil";

d)nos da muy especial testimonio de que, * según el designio de Dios, las mismas cosas terrenas y las instituciones humanas se ordenan también a la salud eterna de los hombres", exponiendo también "los modos cómo hayan de resolverse los gravísimos problemas acerca de la posésión, incremento y justa distribución de los bienes materiales, y, sobre la guerra y la paz y la fraterna convivencia entre los hombres";

e)* favoreció nuevos métodos de acción pastoral, valiéndose de instrumentos adecuados, señaladamente la investigación social. Quiso que cada uno de los fieles fuera llevado en el Espíritu a cultivar su vocación personal de conformidad con el Evangelio, a una caridad sincera y activa, y a la libertad con que Cristo nos liberó+ ;

f)finalmente, * en conferencias y reuniones de todo género" fue portavoz de la enseñanza de, la Encíclica Populorum Progressio en todo el país.

3. Queremos especialmente hacer presente a S.S. que nunca, ni por ningún motivo, dio escándalo verdadero, ni mal ejemplo para nosotros ni para el pueblo de Dios. Muy al contrario, siempre fue un testimonio vivo de entrega a Dios y a sus hermanos los hombres.

4. Como sacerdotes aceptamos y damos nuestra total adhesión a Monseñor Eduardo Pironio, nombrado administrador de la diócesis. Queremos de este modo responder al pedido del mismo Monseñor Podestá.

Confiando en la asistencia del Espiritu Santo, que hace rejuvenecer a la Iglesia y la renueva constantemente, esperamos la elección del nuevo Pastor que permita a la Iglesia de Avellaneda continuar el camino de renovación iniciado por Monseñor Jerónimo Podestá, que tantas esperanzas despertó en todo el pueblo, especialmente en la populosa e industrial zona de Avellaneda.

Siempre fieles a la Iglesia y a Su Santidad, los sacerdotes de Avellaneda presentan sus respetuosos saludos y reiteran filial obediencia. En Avellaneda, a cuatro de diciertibre de 1.967

 

 

 

Buenos Aires, 6 de marzo de 1968

Beatísimo Padre:

Debo una respuesta a S.S. por su carta de fecha 13 de diciembre, llegada a mis manos el día 30 de ese mismo mes. Mucho he meditado acerca de ella y se ha afianzado en mí la convicción de que mi principal obligación es decir la verdad sin claudicación ni disimulo. Me siento Obispo, puesto por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios, en ejercicio de mi misión profética y sacerdotal y, por lo tanto, con el derecho y el deber de tomar esa actitud.

No pretendo reivindicación personal. Mi camino está trazado por Dios y este doloroso episodio me ha hecho vivir la experiencia de las grandes verdades de la Escritura.

No tema por mi persona: el hombre de Iglesia ha sido destrozado, pero el hombre de Dios se ha fortalecido.

Pero el dolor por la Iglesia y la fidelidad a la verdad me obligan a decir lo que me sería más cómodo callar. Para ello debo reconstruir algunos hechos.

En enero de 1967 fui visitado en mi casa de campo por el Nuncio, acompañado por dos arzobispos; uno de ellos ignoraba totalmente -según él mismo me lo manifestó- el motivo do la visita. Se me manifesté entonces la preocupación por una amistad que yo nunca había ocultado y que era perfectamente conocida por mis colaboradores. Expliqué entonces el motivo por el cual había pasado unos días de enfermedad en su casa, en compañía de sus hijas, y luego unos días de descanso en casa del Obispo Auxiliar de Salta, donde ella y otra persona de servicio me atendieron, y que esos hechos eran perfectamente conocidos también por mi vicario y mi secretario. Se me respondió entonces que me quedara tranquilo, que A no se informaría a la Santa Sede". Repliqué que esa aclaración me parecia tonta, pero que en todo caso prefería que el Papa estuviese informado de todo.

Evidentemente mi vicario, que gozaba de la íntima confianza de mí metropolita, el Arzobispo de La Plata, era quien había lanzado denuncias sucias y traicioneras, faltando a la verdad y a la confianza que había depositado en él. Por eso le oculté mi propósito de viajar a Brasil en esos días con Clelia Luro y otro amigo, pues Dom Helder nos había invitado a los tres a Recife, pero mi secretario canciller, Padre Varela, estaba al tanto de todo y además me tomé la precaución de informar de los detalles de este viaje a dos amigos obispos; a pesar de estas previsiones, el viaje a Recife sería la principal pieza de la acusación.

Durante esos primeros meses del año pasado (1967), el Arzobispo de La Plata me buscó con frecuencia para que, usando de mi influencia política, lo ayudara a resolver un conocido affaire bancario, pero el asunto estaba tan mal visto por el Gobierno, que no tenía arreglo. Ya anteriormente, durante la presidencia del Dr. Arturio Illia, yo había intervenido en el asunto y se me propuso entonces una solución que consulté con el señor Nuncio, quien me pidió que no interviniera.

Comentando mi intervención en este asunto, mi vicario le dijo a un laico vinculado a la curia de Avellaneda que yo A había traicionado a Monseñor Plaza y que este podía destruirme en cualquier momento". Además, se jactó de haber violado mi habitación y de haber obtenido -revisando mis papeles personales- unos recibos de hotel que podían comprometerme, y que no eran otra cosa que los recibos del hotel de Recife.

Despedí entonces al vicario -que se dedicaba a difamarme y me quedé solo en la curia con el secretario canciller, P. Oscar Varela, y como mi tarea aumentaba por las numerosas invitaciones para exponer la doctrina de la Populorum Progressío, Clelia comenzó a actuar como secretaria personal.

A fines de julio de ese mismo año 1967, en forma fidedigna me llegó el rumor de que la nunciatura tenía a estudio mi traslado. Temi una intriga y visité al Nuncio. Hablamos de la conferencia pública sobre la Encíclica, que él había objetado por sus implicancias politicas. Le comuniqué que había separado del cargo a mi vicario y reconoció que ese hombre me hacía mal, pero no me dijo una palabra acerca de mi persona. Nunca había confiado en él; en la Argentina es voz común que su habilidad politica prevalece sobre los criterios evangélicos. Como yo había pensado viajar, decidí entonces mi ída a Roma para poner en claro mi situación.

En agosto fui recibido en audiencia privada por S.S. El tema que quería tratar era mi actividad social y pastoral, pero en la víspera fui advertido de que ya habían prevenido a S.S. sobre mi amistad con Clelia y le habían propuesto mi traslado. Estaba muy tranquilo en conciencia y quise ser profundamente sincero, convencido de que mi testimonio aclararía las dudas Me di cuenta de que esto era lo único que interesaba y de que se había dado una interpretación sucia a mi conducta. ) Qué denuncias habían llegado? ) En qué se fundaba esa interpretación peyorativa? No lo supe ni entonces ni después. La única razón que me dio S.S. era el pedido del sacerdote amigo, con quien había estado la víspera.

Su Santidad debe medir el tremendo desconcierto que me produjo esta afirmación, pues yo tenía la seguridad de que él había intervenido en mi favor. Cuando luego fui a hablar con Monseñor Cassaroli, el desconcierto se trocó en náuseas. Me di cuenta de que escuchaba sin interés mis planteos pastorales y que estuvo al acecho para tenderme una trampa.

Perdone Su Santidad, pero quiero hablar como dice el Evangelio: SI, SI; NO, NO. ) Nadie se anima a decirle la verdad al Papa? Ya es corriente que se diga que la Iglesia-institución vela el rostro de Cristo. El barro humano está también en el Vaticano y allí duele más. Las personas sinceras sienten profundo dolor por las intrigas, ambiciones y cálculos mundanos -cuando no maquiavélicos- con que se manejan asuntos eclesiásticos. Pero no había esperado esa experiencia en carne propia. A pesar de mi rango de Obispo, sucesor de los Apóstoles, no fui tratado con sinceridad y amor, sino sometido a un procedimiento apenas justificable como procedimiento policial.

En nuestra conversación había expresado a S.S. la dolorosa experiencia de total falta de sinceridad con que en otras ocasiones me habían tratado altos funcionarios del Vaticano. Una vez más el representante del Papa me mintió descaradamente: me aseguró que la nunciatura no había tenido ninguna intervención (evidentemente se quería ocultar el móvil político) y que no había otra acusación que la de mi amigo sacerdote.

Por primera vez me retiré de Roma con profundo desagrado. Siendo estudiante, en 1947, había sentido muy crudamente el contraste entre el fasto de la "corte" pontificia y la miseria do los refugiados que vivían en grutas en la ciudad de Roma, pero entonces todavía le encontraba sentido a la Iglesia Poder. Hoy estoy convencido de que esa imagen de la Iglesia es un antisigno cristiano.

Regresé con una tremenda frustración, pero convencido de que mi testimonio había aclarado la situación. Mi amigo tardó tres meses en regresar, pero por carta me aseguró que dejaría bien aclarado todo ante quien correspondiese.

No tenía para mí sentido alguno romper una amistad que me fortalecía personal y espiritualmente, y en conciencia decidí obrar con libertad . A pesar de todo, ahora me alegro de haber procedido así. Sacerdotes, laicos y seminaristas que vieron a Clelia trabajar junto a mí, con otros colaboradores, no lo tornaron como motivo de escándalo, sino al contrario, quedaron impresionados por su espíritu. Quienes la trataron de cerca se han escandalizado por la malicia con que se nos juzgó y por los procedimientos con que fui tratado.

Su Santidad juzgó este proceder como insensibilidad mía en la conducta externa. Su pedido de renuncia no me perturbó. Con serenidad absoluta entregué mi renuncia sin condiciones, pero, convencido de que entre nosotros la palabra basta, manifesté al Nuncio que la misma no podía ser aceptada hasta tanto no pudiese dar una explicación personal al Papa. Creo que ese gesto merecía una consideración especial a mi persona.

El Nuncio me manifestó que tendría que esperar hasta enero para ver a S.S. y que después se vería, pero que hasta marzo no habría novedad. Sin embargo decidí viajar a Roma de inmediato. Consejeros experimentados en los procedimientos de la nunciatura me dijeron que había actuado con sencillez de paloma, pero sin la prudencia de la serpiente, para usar una expresión del evangelio. Mi viaje no pretendía forzar una entrevista con el Papa convaleciente, ni luchar por el rechazo de mi renuncia. Sin la confianza del Papa, yo no deseaba continuar con mi diócesis. Solo pretendía defender mi dignidad y dejar sentados mis derechos, también quería advertir la perturbación que iba a producirse para que se evitaran los procedimientos indignos que luego se usaron, pues yo estaba dispuesto a decir públicamente toda la verdad.

Todo esto lo expliqué a monseñor Benelli, en cuyas manos dejé mí carta de fecha 15 de noviembre. Fui también recibido por el Cardenal Cicognani, Secretario de Estado, quien por primera vez sacó a relucir el argumento de unos recibos de hotel que había presentado A un arzobispo@ . Le contesté que ese argumento era ridículo y que la colaboración que Clelia me prestaba era manifiesta, porque nunca había querido ocultarla, y que mi conducta podía considerarse libre pero no escandalosa.

Quedé a la espera de la respuesta de Su Santidad para explicarle -como lo hago ahora- que quienes presentaron pruebas tan deleznables no tienen ninguna autoridad moral. El arzobispo -cuyo nombre se me quiso ocultar pero que yo identifiqué sin la menor duda- ha causado escándalos verdaderos y graves, que son del dominio público, porque han sido divulgados por la prensa y comentados en todo el país. Además es un falso hermano, porque fui expresamente a verlo para que me dijera lo que tenía en mi contra, y nada me dijo. ( Quiera Dios que ese señor no siga perjudicando a la Iglesia.

Al día siguiente de mí regreso comenzó la Asamblea del episcopado. Comuniqué confidencialmente mi renuncia a los obispos más amigos, quienes quedaron muy desconcertados. Jamás habían oído ni sospechado nada que fuera desdoroso para mí. Algunos me sugirieron que debía comunicar la noticia a la Asamblea, pero me faltó decisión y preferí callar mientras no tuviese respuesta de Su Santidad.

Hacia el final de la Asamblea, el Nuncio me entregó la carta firmada por el Cardenal Cicognani, cuyo contenido -muy distinto del que yo esperaba- me pareció bajo y desconsiderado. La noticia de mi renuncia corría ya de boca en boca. Protesté ante el Nuncio, quien tomó el asunto con la mayor displicencia. Esa misma noche, a mis espaldas, aprovechando una ausencia mía, comunicó la noticia a la Asamblea, como quien contrapone un hecho consumado al recurso que interpuse con mi carta del 1 de diciembre. Solo más tarde comprendí que había sido engañado; todo el procedimiento se condujo con "habilidad política" para colocarme siempre ante hechos consumados. Solo me quedó el recurso de protestar públicamente -por los atropellos y difamaciones a que fui sometido. Así los representantes de la Iglesia defendían el "honor" de la institución, sin importarles para nada la vejación de nuestras personas. Además, lo que importaba sobre todas las cosas era acallar y desviar la reacción de la gente y de la opinión pública en mi favor, que se calmó porque yo pedí acatamiento, pero que siempre vio detrás de todo una fea maniobra política.

Me duele que S.S. no haya valorado mi testimonio, ni tampoco el testimonio espontáneo de mis sacerdotes, de los militantes más allegados y de mi propio secretario canciller, para quienes no existió el pernicioso escándalo que se alegaba. Más aun me duelen los procedimientos antievangélicos que se usaron para llevar adelante este proceso y la forma vejatoria con que se concretó mi entrega de la diócesis, de la que me vi obligado a salir un prófugo. Jamás hubiera pensado que en nombre de la Iglesia se usaran tales métodos y que el a representante de S.S. pisoteara con increíble prepotencia los más elementales derechos de la persona humana.

Hay un hecho final, posterior a mi salida de Avellaneda que colma toda medida. Para impedir que yo diera por televisión un mensaje de Navidad que ya tenía comprometido, el Nuncio amedrentó a mis hermanos y creó un estado de. angustia en mi familia, con la falsa amenaza de que si no me reducía a silencio y me daba quieto, seria reducido al estado laico. El decaimiento de mi madre me obligó a refugiarme con ella en una casa de campo donde me encontré prácticamente incomunicado y, moralmente secuestrado por mi propia familia. Cuando me di cuenta de esto y pedí una explicación al Nuncio, volvió a mentirme con cinismo diciendo que la amenaza de reducirme al estado laico era invento de mi hermano y que se alegraba de ello porque había producido buenos resultados.

No he pretendido presentar pruebas para una defensa personal. Solo he querido dar testimonio de la verdad, que espero ayude a S.S. a ver más claro lo que pasa en la Argentina, donde otros obispos y sacerdotes han sido maltratados antes que yo y donde, volverán a producirse hechos lamentables si los asuntos de la Iglesia no se conducen en forma más acorde con el Evangelio. El Papa necesita que lo representen hombres de Dios, que prefieran la sinceridad y sencillez del Evangelio a la astucia y la habilidad "política".

En cuanto a mi persona, debo decirle que mi dignidad de hombre me inhibe de todo trato personal con el señor Nuncio a quien se teme pero a quien muy pocos respetan en su interior.

Mi salud física y espiritual ha sido y es excelente. No ambiciono ningún cargo eclesiástico; solo ambiciono seguir siendo fiel a Cristo y actuar con libertad y desprendimiento. No temo ser objeto de maledicencia ni ser signo de contradicción. Con la gracia de Dios, confío que mi vida no será motivo de verdadero escándalo, sino un aporte para la edificación de a nueva Iglesia y que al final de mi carrera habré guardado la Fe. Mientras tanto cuidaré celosamente la paz de mi conciencia.- Dios guarde al Papa. Jerónimo José Podestá. Obispo titular de Orrea de Aninico.

(Esta carta jamás tuvo respuesta)