|
JERÓNIMO, BUEN AMIGO Hablar de Jerónimo es fácil y grato, porque era transparente hasta el alma y porque se hacía querer. Decir que Jerónimo ha sido un gran hombre para su país, para la Iglesia, para el pueblo en unos tiempos y circunstancias difíciles no es caer en el tópico de la alabanza póstuma. Lo están reconociendo los medios de comunicación, personas importantes y públicas y las gentes sencillas que conocían su trayectoria vital: Jerónimo, gran creyente, obispo de Avellaneda sin báculo de poder ni mitra de casta, renovador eclesial, creador de conciencia social y nacional, etc.. etc... Los que hemos convivido con él y con Clelia más de cerca y hemos compartido momentos experienciales damos fe de que Jerónimo ha sido el testigo de la urgencia de un mundo distinto, con otros valores, con otras perspectivas; testimonio que dio con sudor y lágrimas, en medio de la difamación, las conjuras vaticanas, la persecución política, la muerte civil, el exilio y la más dura pobreza material. Pero nosotros queremos rememorar, sobre todo, al Jerónimo íntimo, doméstico, familiar, el del día a día. ) Cómo era Jerónimo en la intimidad, en la cercanía? Jerónimo era un buen amigo. Tenía un convivir fácil, sencillo, sincero y fluido. Te sentías a gusto a su lado con su forma de ser, su hablar pausado, su charla, su humor. Era un gran conversador; tenía acumulada una gran cultura y poseía una memoria pormenorizada. Clelia decía que era A el libro gordo de Petete@ . Se leía los periódicos de cabo a rabo, hasta las noticias necrológicas, según Clelia. A los dos o tres días de estar en un país o ciudad se ponía al corriente de la vida social y ciudadana. Y era un conversador agradable, porque escuchaba mucho y dejaba hablar a los interlocutores de sus intereses: trabajo, familia, preocupaciones...Estaba muy atento a los detalles humanos. Jerónimo, como buen amigo, era generoso y agradecido. No tenía nada propio. Todo lo compartía. Era desprendido. Nunca tuvo apego ni al poder ni al dinero, que le hubiera sido fácil. Se le notaba que era incapaz de aprovecharse de su puesto y posición en beneficio propio o de prestarse a ningún manejo sucio, aunque se invocase el bien de la Iglesia. Al final, la familia le dejó sin nada y la Iglesia lo dejó a la intemperie. En su vida diaria, en su proceder espontáneo, ayudar, colaborar era lo más natural. Y no molestar. Tenía un gran respeto. En una de sus estancias en nuestra casa, una noche tuvimos que llevarle a la fuerza al hospital por un problema de salud. Quería esperar a la mañana por no molestar. Y en el mismo hospital quería bajarse de la camilla para ayudar al enfermero, porque se había atascado la camilla al entrar en el ascensor. Era también un hombre vitalista. Disfrutaba de todo con fruición, saboreaba las cosas, los momentos. Cualquier comida que le pusieras, todo le gustaba, todo lo aprovechaba, hasta el caldillo de los espárragos en lata. @ Pero mira qué cosa tan exquisita nos ha preparado Tere@ , decía de unas lentejas mondas y lirondas. Observaba detenidamente el paisaje, la arquitectura, los animales... y de todo extraía su valor. Y lo retenía en su vivencia. Varias veces nos contaba sus escapadas por los Picos de Europa, cuando estaba estudiando en Comillas. Revivía su experiencia, después de cuarenta años, contando detalles de las gentes de esa tierra, de su orografía, su folklore, cultura, gastronomía. Recordamos también con fuerza su ternura, su afectividad, su dulzura. Físicamente era un hombre alto, de constitución fuerte, pero suave, delicado, amoroso. Quería mucho a Clelia y a sus hijas. Fue un auténtico padre para ellas y ellas así lo vivían. Con los cercanos era entrañable. Toda su humanidad física se transformaba en cariño: A les echamos de menos, los sentimos, los extrañamos@ , eran sus expresiones. Y hablando de su físico, sus manos. ) Qué tenían las manos de Jerónimo? Eran muy grandes, pero muy tiernas; eran fuertes, pero muy suaves. Nosotros tenemos la certeza de que sus manos, además de cordiales, eran portadoras de energía sanadora. Transmitían curación. Tere la experimentó en una pequeña flebitis en una pierna a través de una imposición de sus manos. Jerónimo daba mucho la mano, las imponía, hacía la cruz con ellas en la frente. Clelia y él siempre iban cogidos de la mano. Jerónimo tenía buenas manos. En el coloquio familiar Jerónimo hablaba mucho de la Iglesia; la Iglesia era su gran amor y su gran dolor; dos sentimientos muy fuertes. Quería a la Iglesia, comunidad de hermanos, pueblo de Dios; le dolía la Iglesia institución, jerarquizada, clericalizada, le dolían sus hermanos obispos, sus pecados. Le dolía la Iglesia, pero no podía dejar de quererla. Tenía las cosas muy claras sobre la Iglesia, su futuro, sus necesidades. El actor José Sacristán, amigo de Clelia y Jerónimo, les proponía en una de sus tertulias que dejaran la Iglesia, porque a ellos no les servía, les había hecho daño y no la iban a cambiar. Jerónimo ( igual que Clelia) le dijo que todavía soñaba con una Iglesia más igualitaria y fraterna. En este aspecto, cuando le recordábamos el daño que había recibido del Papa, la curia vaticana, el episcopado argentino, aun reconociendo el mal trato y la injusticia sufrida, en ocasiones quería disculpar y decía: A déjenles, quizás no podían hacer otra cosa@ . Y lo decía sin rencor, sin atisbos de venganza, lo que demostraba, por otra parte, su grandeza de espíritu pacificador. Porque Jerónimo también era un hombre de paz, pacífico y pacificador. Su quietud de espíritu creaba a su alrededor bonanza, relax. Pero esto no quiere decir que fuera un estoico y un flojo. Jerónimo era muy firme en sus decisiones y en sus convicciones. Era fuerte contra la maldad y aun en medio de su dulzura, paz, perdón, comprensión, era insobornable y recio luchador de la justicia y la verdad. Trabajador y viajero infatigable hasta el final siempre estaba disponible y preparado para escribir, charlar o acudir al país, congreso o reunión que se le pedía. Se sentía enviado. Hizo de su diócesis fantasma de Orrea de Anínico, que le asignaron después de suspendido, la diócesis de la diáspora, donde cabían todas las personas de buena voluntad y todas las causas nobles injustamente tratadas u olvidadas. Eso sí, siempre que el tiempo se lo permitía, no perdonaba la siesta, A gran invento de los gallegos@ , decía. Un recuerdo más: la valoración, respeto y delicadeza que mostraba hacia la mujer. Su encuentro con Clelia le hizo descubrir en profundidad el amor, la riqueza de lo femenino y el valor de su aporte. El insistía mucho en que la mujer tenía que estar en primera fila. A Clelia y a Tere nos decía que teníamos que gritar fuerte para que se nos oiga y, a la vez, acallar al macho. Lo dicho aquí de Jerónimo es solo una parte muy pequeña de su riqueza vivencial. Además hay sentimientos, momentos, que es difícil explicarlos. Para nosotros compartir algunos retazos de su vida fue muy gratificante y, a la vez, estimulante. Y creemos que su gran humanidad, su lucha, sus valores, sus sueños merecen, no sólo un recuerdo, sino una memoria permanente. Hay que mantener vivo a Jerónimo; hay que hacerle viajar por el mundo, por la Iglesia, por internet, hasta las estrellas. Su mensaje y sueño, compartido con Helder Cámara, de una Iglesia nueva nacida del Concilio Jerusalém II, se debe realizar ya. Él, que no quiso ser líder ni liderar ninguna iglesia paralela, como se le pidió por gentes y grupos, puede, desde su nueva dimensión, estimular y potenciar la nueva pascua eclesial, que buena falta hace. Para esta nueva Iglesia, para una nueva humanidad, nosotros pedimos la intercesión del buen amigo Jerónimo con una rosa roja, al estilo Clelia. Clelia, en los momentos más difíciles, convino con Dios en la oración que cada decisión que tomara se le confirmara que era acertada, ofreciéndole alguien cercano una rosa roja. Y recibió varias, de sus hijas, de sus amigos, al decidir la separación de su marido, la convivencia con Jerónimo, la custodia de sus hijas... Jerónimo, con la rosa roja que te ofrecemos te queremos decir que para nosotros tu vida fue un acierto: acertaste en la misión eclesial, acertaste en la elección social, acertaste en la unión con Clelia, acertaste en la función de la diáspora. En realidad, son varias rosas rojas. Jerónimo, esta o estas rosas rojas te las entregamos aquí en la terraza de nuestro pequeño jardín casero, donde sigues estando, donde te vemos, como otras veces, escribiendo una carta abierta al Papa, o preparando una entrevista para televisión o radio, o charlando entre nosotros o mirando simplemente el horizonte que se divisa, que casualmente tú sabes que es el oriente. No te vayas. Quédate. Estamos preparando otra taza de mate. Clelia te acompaña. Y no te olvides de una cosa: Clelia espera tu rosa roja. Nosotros también esperamos tu rosa roja personal. Tere y Andrés Getafe
|