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Me marcharé tan
pobre como vine,
llevándome tan sólo lo que traje,
mi guitarra, mis cantos y diarios
como único equipaje,
y una cruz de latón atada al cuello
apuntando el motivo de mi viaje:
anunciar el evangelio con mi vida
y vivirlo a la intemperie, sin
ambages.
Me marcharé, por fin, una mañana,
hacia otra misión desconocida
habiéndome dejado
un trozo de mi vida
en el surco labrado
que han de segar un día
las hoces y machetes
de otros operarios enviados
a las mieses maduras y crecidas.
Pero llevo conmigo en la mochila
los rostros de los niños y las niñas,
las luces del crepúsculo africano,
las danzas de mi gente,
los trinos de los pájaros,
las noches en la ermita desde donde
el rostro del Señor he contemplado,
el amor de este pueblo
a quien tanto he amado,
y, lo más importante:
el haber encontrado
al niño que dormía
en mi alma esperando
poder comunicarme
que quiere ser amado.
Me marcho igual de pobre
pero en amores rico.
Y sólo pido a Dios
salud para el camino
y un muelle en algún puerto
donde amarrar mi barca
y hacer nuevos amigos.
Lo demás no me importa,
que nunca me faltaron
ni el pan de cada día,
ni un vaso de vino.
Dios nos los da de sobras
si buscamos su Reino
con ahínco.
Juan Yzuel |