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«Este Papa ha utilizado el báculo El teólogo brasileño predica un cristianismo ecológico, combate a la Iglesia oficial, más preocupada por el ritual que por el hombre, y cree que los europeos son menos solidarios que hace años Antonio Cambril. Granada -Abandonó el sacerdocio hace unos años, ¿su fe sigue intacta? -Mi fe sigue intacta porque mucho más grande que el cardenal Ratzinger, o Juan Pablo II, es la Iglesia; no abandono a San Francisco, ni a san Buenaventura, ni a San Agustín, ni a los grandes testimonios de la fe, esos que hacen que sienta la Iglesia como un hogar espiritual. -¿No le asusta la posibilidad de convertirse en un heresiarca? -El discurso de la herejía es el discurso del otro, no el mío; pero los herejes son los que más han ayudado a la fe a crecer y modernizarse. Nacimos de una herejía, en el cristianismo primitivo de los Hechos de los Apóstoles se habla tres veces de la herejía cristiana. -¿Teme a la muerte? -No. La muerte es el otro lado de la vida.No vivimos para morir, sino que morimos para resucitar. -Le acusan de comunista. -Hay que rescatar la grandísima dignidad ética de Marx, porque luchó por los pobres y por los oprimidos. Marx nos enseñó que el pobre es un explotado, alguien a quien se ha convertido en pobre. Como eso es verdad, en último término no viene de Marx, viene del Espíritu Santo. -Ahora vive con una mujer, ¿entiende que debe suprimirse el celibato? -El encuentro con la mujer es el encuentro con algo que viene de Dios; al prohibir esa experiencia, la Iglesia atenta contra el deseo del Señor. Hay que respetar a las personas que optan por vivir el celibato, pero no debe ser fruto de la imposición de una instancia superior. -La mujer ocupa un segundo plano en la Iglesia, ¿ por qué? -Todo sistema autoritario, centralizado, es incapaz de ternura. La Iglesia se inscribe en esa tradición y no aguanta la fuerza intelectual que la mujer tiene, ha de negarla para poder mantenerse. -¿Por qué se desprecia el cuerpo? -La Iglesia es más hija de San Agustín, enemigo del cuerpo y de la carne, que heredera del Evangelio. Es fundamental que vuelva a ser humana, que rescate la sacralidad y la belleza del cuerpo, la altísima dignidad del placer. -Es curioso que usted, un franciscano, sea el fundador de la Ecología de la liberación. -Lo llevamos en la sangre: el universo no es mudo, todo habla, todo es un gran sacramento de Dios. Hay que hacer llegar la democracia más allá de los límites humanos, a todo el universo, para que todos seamos ciudadanos a los que hay que respetar e incluir en la sociedad. Yo sueño con reuniones en las que tú, Antonio, vienes acá con tu perro, tu papagayo y tus animalitos, porque esa también es tu familia, son hermanos y hermanas de verdad, y no solamente retórica. -La globalización económica ha hecho más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. ¿Lo denuncia la Iglesia con la suficiente contundencia? -La Iglesia no denuncia porque es parte del proceso, es cómplice, pertenece al bloque histórico que hace esa globalización. Nosotros, nacimos ya globalizados en el siglo XVI, cuando se produjo el primer gran intento de globalización desde Iberoamérica. Allí, junto a los globalizadores, estaba la Iglesia, y hoy, bajo este Papa, sigue igual, es una Iglesia oficial, imperialista, de misión, preocupada por extenderse a todo el mundo para conquistarlo, no para servirlo ni para descubrir lo que Dios ha hecho. La Iglesia no condena porque sería un poco condenarse a sí misma; hace un discurso moralizante, condena la injusticia, la explotación, pero no pone remedios, no se pone de parte de los pobres, de los sin tierra, de los indígenas. Cuando se defiende eso, las cosas concretas, la Iglesia condena, dice que se está politizando la fe... y crea mecanismos de disculpa para no intervenir. -En Occidente apenas se oyen argumentos alternativos frente a quienes entienden la globalización como un mero proceso de aprovechamiento de los recursos naturales de los países menos desarrollados. ¿De dónde vendrán las respuestas? -En este momento no hay alternativas, estamos en el purgatorio, para algunos en el infierno, de la globalización, pero en la periferia del sistema están apareciendo semillas de contestación, y fuertes, hasta el punto de que el Banco Mundial no ha podido hacer la reunión que pretendía en Barcelona. Está surgiendo un antipoder, empiezan a aparecer voces que pretenden que no se trate a la Tierra como a un banco de negocios ni a los seres humanos sólo como fuerza de trabajo. A partir de esa conciencia planetaria se empieza a organizar en muchos lugares de Brasil y América Latina una forma de producción comunitaria (son muchos los que participan), autogestionaria (va de abajo a arriba), que crea sus propios mercados y monedas internas... son semillas de otras forma de producción, que atiende necesidades y realiza lo que es la economía en su sentido originario: la atención a demandas concretas de las personas. -¿Ve algún aspecto positivo en la globalización? La veo muy positiva, independientemente del proceso económico. Es una etapa de la evolución de la humanidad, de los que habitamos la misma casa común, que es la Tierra. Somos una sola especie y tenemos que hacer posible la convivencia de las diversas culturas. Llegará un momento (en eso sigo a De Chardin) en que entraremos en una etapa nueva llamada noosfera, la esfera de una mente y un corazón colectivo, de una globalización del proyecto humano. Estamos inaugurando esa ilusión. La globalización es un proceso irrefrenable, se va a producir, queramos o no queramos. Pero al mismo tiempo, hay que decir que ha ganado la globalización material y se ha olvidado para qué sirve, que es la base para una globalización ética, espiritual, política, con la que se inaugurará de verdad el nuevo milenio. -Usted, que viaja continuamente, ¿tiene la sensación de que los europeos son menos solidarios que hace años? -Donde hace años notaba solidaridad e interés por el Tercer Mundo, la mujer o la ecología, hoy, dada la gravedad de la situación europea, la gente entiende que cada uno tiene sus problemas y debe arreglarlos como pueda. El tathcherismo fue fundamental para el neoliberalismo, y ahora estamos viendo sus consecuencias: la deconstrucción del Estado, los sindicatos, la Seguridad Social; las privatizaciones; una disminución fantástica de la solidaridad, un individualismo creciente y una globalización más amplia, pero únicamente material, financiera, especulativa. La situación es dramática, no percibimos los lazos que unen a la familia humana. Somos más pobres que ayer y tenemos menos esperanzas. -Ha declarado que el Papa se orienta por Roma y no por Belén, ¿por qué? -El Papa es muy eclesiocéntrico, piensa que Roma es el mundo. No advierte que el llamado más original del cristianismo va por Belén, por la sencillez, por la periferia. Dios nació entre animales, y la Iglesia debe estar donde está Jesús, con los marginados, con los anónimos, con los oprimidos en comunión con los hermanos. -¿El papado de Juan Pablo II ha supuesto un retroceso? -Creo que es un retroceso dramático, porque no se han negado verdades, pero se han matado las esperanzas de muchos cristianos, de los mejores. Este Papa, más que nadie, ha utilizado el báculo, y no para golpear lobos, sino para golpear ovejas. Lamento profundamente que aquí, en Granada, se golpeara de manera injusta a Castillo y Estrada, dos de los teólogos más brillantes de España, que constituían una esperanza. El Papa hace esto para mantener una unidad más cercana a la de un ejército que a la de un pueblo. -¿Está la Iglesia más preocupada por el ritual que por el hombre? -Sí. Bajo este Papa, el rito y la disciplina, han sido más importantes que las personas. Pongo dos ejemplos. En Brasil han prohibido la Misa de los Negros porque, dicen, no se veía el carácter romano. También han prohibido, por las mismas razones, la Misa de la Tierra sin Males, de los indígenas. Permite que se haga teatro, que se monten 'shows', pero no con la forma con que el pueblo gusta alabar al señor. -¿Actúa la Iglesia como un estado? -Esa es la dimensión más escandalosa de la Iglesia: se comporta como los paganos y no como dicta el Evangelio, se entiende a sí misma como un poder, como un estado. Lamento que no hubiera una fuerza política en Italia que acabara con el Estado Vaticano. -Ahora que se habla de la mala salud de Juan Pablo II... -Sí, está reunido el consistorio, los cardenales, todos... -¿Qué Papa necesita la Iglesia? -Alguien sensible a la nueva etapa de la humanidad (que es la etapa planetaria), que entienda su función como espiritual, destinada a mantener en las personas la convicción de que tenemos un fuego interior. Segundo: que trate de unir a todos los que están en búsqueda espiritual y hacer una paz religiosa amplísima, porque todos somos hijos de Dios. Después: que luche en defensa de las vidas que son más negadas, de la vida de la Tierra, de la vida de los pobres, de la vida de los que no pueden comer una vez al día al menos (millones y millones de personas). Y por último: defender el derecho del ser viviente a ser abrazado como ciudadano de la Tierra, ya sea la la hormiga, el árbol o la persona... hacer una democracia sociocósmica. -¿Si el Vaticano no cambia, se producirá un cisma en Suramérica? -Sufrimos mucho, porque los pobres dicen: «Si el Papa tuviera asesores mejores estaría de nuestra parte, que raro que esté junto con los que nos oprimen». Nosotros no tenemos ganas de separación, pero me temo que llegue un día en que Roma, víctima de su dogmática, tenga que condenar a millones de cristianos que están en las comunidades de base. Ese sería el gran cisma, porque si la Iglesia pierde a los pobres, perderá a Jesucristo; y, sin Jesús, no tendrá ningún valor religioso. -Usted propone un pacto ético por la humanidad. ¿lo cree posible? -Es posible, y probablemente vendrá de una crisis tremenda de la humanidad, de la economía de especulación financiera que, a mi juicio, va a explotar, o de una crisis ecológica. Habrá que desarrollar una sensibilidad que nos permita sentir unidos nuestros destinos y garantizar un espacio de comunicación mínimo para fortalecer los lazos de sociabilidad y vivir nuestra humanidad. -¿Sabe dónde habita hoy el Anticristo? -El Anticristo no es una figura, es un tipo de espíritu, es el gran opositor, el ser que se opone a la vida y a su desarrollo, a que todos los seres tengan su dignidad garantizada, a que la dimensión religiosa pueda desarrollarse en libertad. Ese Anticristo está en nosotros, en los religiosos, en el mismo Vaticano... Y, sobre todo, en el proceso de globalización económica.
Semanario Fiesta, Granada, 3 de junio de 2001
A todos los diocesanos de Granada: Antonio Cañizares,
Arzobispo de Granada
– Queridos hermanos y
hermanas en el Señor:
Con profundo dolor he
leído las declaraciones de Leonardo Boff, publicadas en el diario "Ideal"
del lunes, 28 de mayo. En verdad, no conocía, plasmado en un medio de
comunicación social, un ataque mas cruel e injusto a la Iglesia que el
perpetrado en estas declaraciones por el Sr. Boff, ni me había encontrado
hasta ahora con nada tan grave dicho contra la persona del Papa Juan Pablo
II. Tampoco había visto semejante alarde de titulares ni despliegue tal de
técnica periodística puestos para servir de soporte y maqueta a los insultos
que una persona dedicaba al Papa, el cual, por lo demás, preside y
representa a toda la Iglesia católica, que merece todo respeto.
Ciertamente no cabía
en mi razón el que uno que se dice cristiano pudiese hablar y decir las
cosas que dijo Boff. Pero tampoco me imaginaba que nuestro diario local -
otrora de la Editorial Católica - pudiese perder el norte y el buen hacer
periodístico de tal manera que llegase hasta publicar tal entrevista con
frases tan tremendas e insultantes como las dichas por este pobre hombre.
Tal vez se me diga que estamos ante el derecho a la libertad de prensa y de
opinión, que yo admito y defiendo sin reticencia. Pero tal derecho tiene
unos límites, y, sintiéndolo mucho, aquí se ha vulnerado el derecho a la
libertad religiosa, elemento básico de una sociedad en libertad.
Se ha insultado
gravemente a la Iglesia, se ha maltratado al Papa y a la Santa Sede, y se ha
herido a los católicos, a toda la comunidad diocesana, en sus más profundas
convicciones. Sin duda alguna, nadie habría permitido, con toda razón, que
en una entrevista se agrediese del modo como se ha hecho aquí a otra
religión, por ejemplo a la musulmana, o que se atacase a personas o
instituciones tan "sagradas", como por ejemplo la Corona, y menos aún que a
tal agresión se lo diese lugar en un medio informativo. Por eso resulta
incomprensible e inadmisible, no sólo el contenido de la entrevista, sino la
publicación de la misma. ¿Han pensado desde el "Ideal" que se pueda agredir
así impunemente o vulnerar el respeto que se debe a las personas, a las
instituciones y a las convicciones religiosas? ¿Es compatible esto en una
sociedad en libertad y democrática? ¿Han pensado quienes lo dirigen y
elaboran que la mayoría de sus lectores son católicos, se sienten hijos
fieles de la Iglesia y viven gozosamente en comunión y amor con el Papa Juan
Pablo II? ¿Se les puede insultar de esa manera o publicar esos insultos y
agresiones a su propia fe y a lo que más aman que es la Iglesia, por la que
conocen y siguen a Jesucristo? ¿Creen que todavía pueden seguir con la misma
confianza de sus lectores?
Al mismo tiempo, y si
cabe con mayor dolor todavía, lamento el que Leonardo Boff, cuyo juicio dejo
en manos de Dios, que se ha apartado de las enseñanzas de la Iglesia, haya
sido traído a Granada, conociendo su manera de pensar y proceder, por un
religioso y haya tenido su conferencia en un Colegio Mayor regido por
religiosos. Esto, además de ser una insensatez y una provocación, atenta
contra la comunión eclesial y la debilita. Produce escándalo y confusión en
el pueblo fiel, que pide y requiere mayor amor a la Iglesia y fidelidad a
sus enseñanzas.
Asimismo siento
profundamente el que hayan asistido a escucharle, en un nutrido número,
sobre todo hombres y mujeres "de Iglesia" - personas consagradas, jóvenes en
formación para el sacerdocio o la vida religiosa, estudiantes de teología,
laicos "comprometidos"-. Con todo dolor de padre y pastor, pregunto:
¿Creemos que así se edifica la Iglesia, que así se evangeliza, que así se
ayuda a creer en un mundo que no creo y que vivo como si Dios no existiera?
¿Es así como se extenderá el Evangelio de Jesucristo para la renovación de
la humanidad?
A todos los que se
sienten verdaderamente Iglesia hago un apremiante llamamiento a la reflexión
y a la comunión. A todos pido que, purificado cuanto haya de ser purificado,
fortalezcamos esa comunión. Como dice el Papa, "éste es el gran desafío que
tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al
designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo".
Antes que ninguna otra cosa, "hace falta promover una espiritualidad de la
comunión, proponiéndola en todos los lugares donde se forma el hombre y el
cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas
y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las
comunidades". Esta comunión es inseparable de la adhesión cordial y
efectiva, y de la fidelidad plena y de fe al Papa, sucesor de Pedro.
¡En el nombre de
Dios, no juguemos con este aspecto tan fundamental! ¡No nos dejemos llevar
tampoco, para ver qué es lo que tiene que ser la Iglesia, por los criterios
y opiniones de los que no creen, o de los que son enemigos de ella, o no la
aman de verdad! La renovación eclesial no está en esas voces sino en la
comunión y en la fidelidad a la Iglesia, a esta Iglesia concreta, presidida
por Pedro y sus sucesores.
Vivimos, por otra
parte, tiempos de persecución y de prueba. En estos momentos, la persecución
llega incluso a veces por personas que se dicen pertenecer a la Iglesia y
por quienes les apoyan. Hemos de estar preparados y fortalecernos en la fe.
Que nadie flaquee. Que todos pongamos nuestra confianza plenamente en el
Señor, que siempre seguirá siendo la piedra angular, desechada por muchos,
pero que constituye la única base sobre la que podemos edificar. Sobre esta
piedra angular, Jesucristo, se asienta su Iglesia, inseparable de su Señor,
presente en ella hasta el fin de los siglos.
Pido a todos que
renovemos nuestra adhesión filial e inquebrantable y nuestro amor al Santo
Padre, Juan Pablo II, testigo de fe y de esperanza, verdadero regalo de Dios
para la Iglesia y para el mundo, evangelizador incansable, modelo para todos
los cristianos, que nos confirma en la fe y en la caridad.
Que el Señor perdone
a quienes persiguen a la Iglesia y a quienes la denigran tan injustamente.
Que les dé la gracia de la conversión. Ella, como madre, siempre está
dispuesta a acogerlos.
Con mi bendición y
profundo afecto para todos.
Ideal
(Granada), 5 junio 2001
¿Quién teme a Leonardo Boff?
Pedro Gómez García Este buen hombre no
es más que un modesto teólogo brasileño, conocido por sus escritos en la
línea del concilio Vaticano II y de la teología, la ética y la ecología de
la liberación. Hace unos años sufrió la inquisición de la congregación
romana para la Doctrina de la Fe, a pesar de lo cual su fe sigue intacta,
como declara, lo mismo que su testimonio cristiano y su acción comprometida
con los pobres de este mundo. Su palabra es pausada y cálida, puede resultar
dura cuando denuncia las injusticias (es un rasgo propio del lenguaje de los
profetas), pero es tierna, da alientos y esperanza cuando anuncia lo que
significa el evangelio en las situaciones críticas de nuestro planeta,
marcado por la pobreza de las mayorías, el desempleo de tantos, la
degradación de la naturaleza.
Pues bien, el teólogo
Boff ha pasado unos días por la ciudad de Granada, con motivo de la lección
que debía pronunciar, el 25 de mayo, en un curso organizado por el Centro
Mediterráneo, de la Universidad de Granada. La audiencia de público fue
inusual para estos temas y para estos tiempos. Estaban presentes todos los
cristianos «progres» de los alrededores, clérigos, religiosas y seglares,
muchos de ellos nostálgicos de la renovación eclesial que está por llegar.
Al día siguiente, en la abarrotada aula magna de la Facultad de Filosofía y
Letras, se le grabó a Boff una larga entrevista, dentro de la serie «El
intelectual y su memoria», en un acto presidido con muestras de
reconocimiento y amistad por el Rector de la Universidad de Granada. Dos
días más tarde, el diario local granadino, Ideal, publicó una
entrevista, en un estilo periodístico e incisivo que el entrevistador y el
entrevistado acertaron a utilizar como correspondía. Porque, claro está, un
periódico no tiene por qué ser un tratado de teología dogmática.
Estos sucintos
hechos, tan absolutamente normales, han ocasionado una desmedida escandalera
desde las páginas de Fiesta, publicación de las diócesis de Granada y
Guadix-Baza, que llegaba a los kioscos al final de la semana, titulando en
primera página «Indignación en la Iglesia de Granada por las declaraciones
de Leonardo Boff a 'Ideal'». En el interior, un artículo, firmado por
Antonio Cañizares, obispo de Granada, toca a rebato «A todos los diocesanos
de Granada: sobre Leonardo Boff». Tiene todo el derecho a hacer uso de su
libertad de expresión, sobre todo con respecto a los católicos granadinos,
como ordinario del lugar. Pero es igual de evidente que los demás, la
prensa, la universidad, los cristianos de base también somos libres para
opinar. Por nuestra parte, sostenemos en público que este episcopal texto ha
desenfocado las cosas y cree ver graves peligros y enemigos de la fe donde
no los hay. ¡Tranquilícese vuecencia! No tenga miedo. Es la celebración de
Pentecostés y la fuerza del Espíritu Santo se nos da a todos, también a
usted.
El enfoque de
conjunto nos parece equivocado y además incurre en una argumentación
contradictoria. La equivocación radica, primero, en postular que ha habido
un insulto grave a la Iglesia; y segundo, en presentar los actos con
Boff y sus palabras como «un ataque cruel e injusto a la Iglesia» llevado a
cabo desde fuera, por «opiniones de los que no creen, o de los que
son enemigos de ella». En cuanto a la contradicción, se indicará más
adelante. Procedamos a replicar por pasos.
Para empezar, es
sabido desde la antigüedad, y lo recordó el concilio, que la Iglesia somos
todos los cristianos, todo el pueblo de Dios. De donde se sigue que
esa interpretación que confunde Iglesia con Jerarquía eclesiástica,
reduciendo aquélla a ésta, constituye un error teológico, sólo disculpable
en gente iletrada, pero impugnable como contrario a la enseñanza conciliar
de la Iglesia. Sin embargo, ¿no es éste el significado reaccionario que se
recalca en el texto de marras? Allí, de modo confuso, la Iglesia se reduce a
la Jerarquía, y luego, al Papa. Semejante mal entendida «fidelidad al Papa»,
por muchos teologúmenos rancios y latiguillos que se aduzcan, podría no
pasar de ser una forma de papismo exacerbado o acaso simple papanatismo. En
la entrevista de Boff no hay ningún insulto a Juan Pablo II. Hacer una
crítica no es lo mismo que insultar. Por ejemplo, en un contexto
democrático, el criticar las actuaciones del Presidente del gobierno no
significa insultarlo; es una práctica muy normal y corriente. En la
terminología cristiana tradicional, eso se llama corrección fraterna y,
cuando se refiere a actos públicos, está justificado hacerla públicamente.
Así que no se ven por ningún lado las «frases tremendas e insultantes»
dichas por ese «pobre hombre», como es episcopalmente tildado el teólogo
Boff, sino opiniones lealmente expuestas, algunas discutibles, pero que sin
duda suscribirían hoy la mayoría de los católicos bien informados.
A fuer de honestos,
apoyamos al prelado cuando reivindica el derecho a la libertad religiosa.
Apoyamos este derecho con todo vigor «como elemento básico de una sociedad
en libertad», como su excelencia dice. Más aún, lo apoyamos también en el
seno de la Iglesia católica, con el sano propósito de que entre nosotros
haya al menos la misma libertad que hay en la sociedad civil. Este principio
de libertad religiosa fue proclamado por el Vaticano II y rige para la
conciencia de cada católico y para la institución eclesial. Y por ello
reclamamos en la Iglesia y entre las Iglesias la comunión en el pluralismo,
la unidad en la diversidad, sin vasallaje feudal alguno. Este pluralismo es
el que de hecho existe y va siendo hora ya de que sea reconocido y
acogido oficialmente. De lo contrario, el empecinamiento de ciertos jerarcas
acabará convirtiendo a la Iglesia como institución social en una megasecta,
encastillada en sus paranoias, vuelta de espaldas a las necesidades humanas
a las que dan respuesta el evangelio y los mejores momentos de la historia
del cristianismo.
En consecuencia, no
hay ni pizca de insulto, ni vulneración, ni maltrato, ni denigración, ni
agresión al Papa, ni a la Santa Sede, ni a la enseñanza de la Iglesia, ni al
pueblo fiel, ni a los católicos, ni a la comunidad diocesana... como el
señor arzobispo denuncia con celo digno de mejor causa. ¡Si éramos nosotros!
Éramos cientos de católicos de la iglesia diocesana, y de ellos muchos muy
significados en la ciudad durante años y decenios, los que estábamos allí
escuchando al teólogo hermano, encantados de oírlo y reavivando la fe y la
comunión con la Iglesia universal. El mismo texto de su excelencia
reverendísima, aunque lo lamente, atestigua que asistieron a escuchar a Boff
«en un nutrido número, sobre todo hombres y mujeres 'de Iglesia' -personas
consagradas, jóvenes en formación para el sacerdocio o la vida religiosa,
estudiantes de teología, laicos 'comprometidos'-». Pero, ¡si va a resultar
que sólo faltaba el señor obispo, para que todo hubiera sido perfecto!
En cambio, en estos
tiempos descritos por él como calamitosos, de prueba y persecución, cual
dolorido padre y pastor efectúa un «apremiante llamamiento a la reflexión y
a la comunión» a quienes «se sienten verdaderamente Iglesia», previniéndolos
contra los criterios y opiniones de los que no creen, o de los que son
enemigos de ella, o no la aman de verdad. Aquí está la flagrante
contradicción: Nos llama a prevenirnos contra nosotros mismos. Pues nos
sentimos verdaderamente Iglesia, y lo reivindicamos: Somos Iglesia, junto
con religiosos y religiosas, sacerdotes y seminaristas, curas secularizados,
movimientos apostólicos, comunidades de base y laicos católicos de a pie,
que estuvimos escuchando a Leonardo Boff y compartiendo la fe cristiana.
Pero, al mismo tiempo, se nos identifica tendenciosamente como no creyentes,
enemigos y desafectos, que atientan contra la Iglesia de Jesucristo (¡la
nuestra!) y su primado el Santo Padre (¡el nuestro!).
Señor, señor
arzobispo, que su mitra no se convierta en apagavelas de la inteligencia:
Que no es que fuéramos buenos vasallos si hubiera buen señor, sino que todos
somos radicalmente iguales por el bautismo y el Espíritu recibido. Que hasta
los laicos somos ya maduritos en la fe. En esta iglesia y en esta sociedad,
no se remedia ya nada invocando «adhesión filial e inquebrantable», sino
admitiendo y organizando la corresponsabilidad, aceptando el pluralismo como
forma de la unidad, intuyendo y respetando la presencia divina en cada ser
humano, en esta humanidad sufriente y esperanzada de la que somos parte. Por
tanto, señor obispo, tranquilícese, que nadie persigue a «la Iglesia». Que
no ocurra al revés tampoco.
Y que, como su
escrito concluye, el Señor nos perdone y nos dé la gracia de la conversión.
A todos. Nuestro pecado ha sido sólo venial: Hemos acogido al hermano
Leonardo, que venía de América latina, de Brasil, al teólogo cuyos libros
nos han iluminado y alentado a lo largo de tantos años en nuestra militancia
cristiana y social, al defensor de los pobres y excluidos que nos interpela,
al espíritu franciscano qua clama a favor de la naturaleza acosada por la
voracidad insensible de nuestra civilización industrial. Fuimos y lo
escuchamos. Y alentó nuestra esperanza. La pena es que tantos sermones
dominicales no den ánimos de la misma manera. También allí acudirían
creyentes comprometidos y hasta agnósticos, quizá en nutrido número.
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