Importancia

del MOCEOP

para la Iglesia

Mi contacto con el MOCEOP, aparte de conocer y compartir espacios de compromiso, con varios curas que forman parte activa de él, se debe a la presencia en la JEC de unos cuantos jóvenes hijos e hijas de matrimonios del MOCEOP. Esta relación me ha permitido ver cómo desde la fe y la vocación se educa con libertad y renovada convicción en hogares donde Jesús y su Iglesia son redescubiertos más allá de rutinas y normas. Por tanto, del MOCEOP sé por sus miembros adultos, por los curas que después de casarse han optado por una militancia eclesial y ministerial de apertura y cambio, pero también por quienes de algún modo son el testimonio de esas opciones: sus hijos.

Además de esta aproximación vivencial, tuve ocasión de asistir a una de las reuniones, en la que, otros sacerdotes de Albacete y yo fuimos presentados como A unos compañeros célibes@ . Esta referencia a la común fraternidad presbiteral con diferencia de estado de vida, célibes y casados, es una aportación, contrastada por años de trabajo dentro de la Iglesia española, que me permite ahondar en la riqueza de formas que la normativa católica latina tristemente ignora e imposibilita.

No creo que sea necesario recordarle a nadie el carácter meramente disciplinar C no esencial y, por lo tanto, más que modificableC de la norma del celibato (Presbiterorum Ordinis 16), tampoco creo que después de la trayectoria teológica del MOCEOP (en sus congresos y en los trabajos de esta revista) nadie dude de la base neotestamentaria e histórica, del presbiterado no célibe. Lo que tal vez sí tengamos que decir, y repetirlo en diferentes lugares, es que la propuesta de recuperar la libertad de estado para los presbíteros, lejos de reducirse a una mera cuestión A celibataria@ afecta a una remodelación del ministerio, más acorde con su sentido comunitario y secular, que no monacal. La eliminación del celibato obligatorio, puede ser el elemento que estimule una vivencia más flexible e inserta en la realidad de la vida cotidiana. Cuando se habla de crisis vocacionales, se silencia la crisis del modelo presbiteral presente. La posibilidad de vivir el servicio de animadores de las comunidades como casados y como célibes, abriría y apoyaría otras reformas necesarias en el ejercicio de dicho ministerio: una colegialidad más real y menos A orgánica@ , menos limitada a los consejos presbíterales y arciprestales; diferentes maneras de configurar el papel del presbítero según la realidad (presbíteros a tiempo completo, con un trabajo no eclesial, la dedicación de algunos presbíteros a formas eclesiales no territoriales como son las comunidades...) y un etcétera que no se olvida del sacerdocio de la mujer.

Pero, además de esta aportación a la profundización y actualización del servicio presbiteral, me consta, por haberme encontrado a compañeros A casados@ en muchas iniciativas eclesiales y sociales de carácter solidario y crítico, que el MOCEOP, además de la transformación del ministerio presbiteral, también ha trabajado y revierte a la Iglesia, una tarea de apertura de la fe y de la comunidad a la sociedad y sus problemas principales, a la cultura y sus corrientes más variadas, a la política y su necesaria impregnación de valores solidarios y compasivos. De modo que al vivir y reclamar otro modo de vivir el ministerio, se han reforzado las exigencias de una fe más atenta a la movilidad del Espíritu; una Iglesia ministerial toda ella, frente a la absorción de protagonismo por parte de un solo servicio (aquello que tanto criticaba Pablo cuando hablaba del cuerpo y los miembros, sin saber, tal vez, que se trataba del clericalismo) un compromiso más permeable, que no se limita a lo eclesial sino que pasa por todas las estructuras y facetas de la vida social.

Todos sabemos que la Iglesia siempre está y estará necesitada de reformas varias, si no fuera así es que ya no sería una comunidad histórica y formada por personas, sino el mismísimo Reino de Dios en su plenitud. También somos conscientes, y a veces nos desanima, que por su historia y dinamismo institucional, la Iglesia es muy lenta y reacia a los cambios y las novedades. Pero, como decía Légaut cuando hablaba de la necesaria transformación de la Iglesia para ser verdaderamente fiel a su misión y a su llamada, no lo va a poder evitar, se lo va a imponer la realidad de los hechos. ( Ojalá y antes se escuche esa parte del Espíritu que hoy habla por la discrepancia!

Fco. Javier Avilés Jiménez

Consiliario de JEC