CREENCIA RELIGIOSA
Y DESMITIFICACIÓN:
Lorenzo Vicente Burgoa
(Profesor de la universidad de Murcia).
Hace algunas fechas los medios de comunicación nos sorprendían con el resultado de unos investigadores británicos, que han conseguido reconstruir muy aproximadamente el rostro de Jesús de Nazaret, según los datos tomados de la época. Naturalmente, el resultado no se parece en nada a la imagen que tradicionalmente tenemos de Jesús, más en conformidad con la imagen idealizada de los artistas, tanto medievales, como renacentistas, o de los escultores barrocos españoles, que plasmaron el rostro del Nazareno en obras maestras del arte. Sin embargo, los expertos en estas reconstrucciones han conseguido una calidad y una técnica, que produce resultados difícilmente considerables como muy alejados del original. Recientemente unos expertos reconstruían los rostros de los que sc consideran primeros pobladores del habitat humano más antiguo de Europa, la cueva burgalesa de Atapuerca. Pero tengo a la vista una reconstrucción de hace bastantes años: la de santo Domingo de Guzmán, llevada a cabo por profesores de la universidad de Bolonia, con métodos estéreo-radiográficos; y la verdad que no sale nada malparado el santo castellano.... Esto significa, ni más ni menos, que, desde el punto de vista histórico y científico, los resultados de estas investigaciones poseen una objetividad y una precisión muy ajustadas. Todo esto, sin embargo, no tendría mayor importancia si no fuera por que nos recuerda otra discusión, relativamente moderna, relativa a la diferencia entre el Jesús de la historia y el Jesús de la fe. Incluso yo diría que esta discusión actual sobre el rostro de Jesús (sobre la vera effigies) no es más que una transposición a un terreno más superficial de la discusión anterior, mucho más profunda. En efecto, lo que la técnica de reconstrucciones paleontológicas nos ofrece es más o menos la imagen real e histérica de un hombre, perteneciente a una determinada raza y cultura y que vivió en una determinada época histórica, es la imagen histórica o algo muy aproximado. Lo que la iconografía religiosa y el arte cristiano han recogido es una interpretación y expresión de la fe de los creyentes en un hombre superior, divinizado en esa misma fe. No muy distinta, humanamente hablando-- salvo el sentido de creencia religiosa - de la imagen mítica que las leyendas y los mitos antiguos nos han transmitido acerca de otros héroes o líderes religiosos o profanos. Así pues, el Jesús dc la historia vendría configurado exclusivamente por los datos y documentos que la historia, tras una depurada crítica, puede ofrecemos acerca del hombre histórico, que fue Jesús de Nazaret; su existencia histórica como líder religioso, iniciador, desde el judaísmo, de un movimiento religioso excepcional, conocido generalmente como "Cristianismo"; y que murió crucificado en Judea por el gobernador romano Poncio Pilatos. Esa existencia histérica está avalada incluso por autores extrabíblicos, tanto judíos (como el historiador Flavio Josefo) como helenísticos (Plinio...). Si partimos, como hoy día lo hacen la mayoría de los estudiosos de la Biblia, tanto católicos como protestantes, del hecho que los Evangelios no son libros propiamente históricos; es decir, no son obras científicas, en el sentido en que hoy entendemos la objetividad histórica; y ni siquiera en el sentido antiguo, pues sus autores no han pretendido siquiera hacer historia, sino predicación religiosa, transmitir un mensaje religioso de salvación; aunque lo hayan hecho frecuentemente bajo la forma literaria de narración (pero no exclusivamente, ya que utilizan también otros géneros); si partimos de este principio interpretativo, todavía mediante una afinada crítica racional e histórica podríamos ir separando los datos que resisten un examen crítico histórico, de aquellos que pertenecen más bien al mensaje o expresión de la creencia religiosa. Por ejemplo, ¿quién puede tener por narración histórica todo el capítulo segundo del evangelio de san Mateo? Huele a leyenda por los cuatro costados.... Es naturalmente una labor de especialistas y a través de ella podríamos ir reuniendo los materiales para la reconstrucción histórica dc la figura de Jesús de Nazaret. Muchos lo han intentado y otros lo siguen intentando. Es una labor científica multidisciplinar (lingüística, arqueología, historia antigua, incluso técnicas modernas de detección y datación cronológica de hechos y monumentos o restos antiguos, etc.). Tendremos, pues, una doble visión de la figura y del mensaje de ese personaje singular que fue Jesús de Nazaret: la visión histórica y la visión o interpretación de la fe religiosa. Ahora la pregunta lógica es: ¿A cuál de estas dos visiones debemos atenemos?. Naturalmente, no podemos contestar debidamente en unas líneas a esta grave cuestión. Hablando para los creyentes, damos nuestra opinión brevemente: A las dos. Mas no separadamente, como sería lo fácil y lo cómodo. El problema está en saber relacionarlas, aun admitiendo que pertenecen a dos órdenes de comprensión diferentes, si bien ambos igualmente legítimos. Brevemente, la fe del creyente no se apoya en la crítica histórica; pero si ha de ser una fe razonable, tampoco puede desa~oltarse al margen de la historia. En otras palabras, sería vano y sin el menor fundamento el creer en algo que no tuviera nada que ver con la realidad histérica. Si el dogma cristiano de la Encarnación tiene algún sentido, eso implica que Jesús, el Mensajero de Dios, "se hizo carne y habitó entre nosotros"(Juan, 1, 14). Al fin, el testimonio religioso se apoya en la veracidad histórica y en conocer lo que verdaderamente Jesús hizo y enseñé. Cualquiera puede ver que el problema es todavía más profundo. Consiste en conjugar en la fe religiosa lo que pertenece al sentimiento de creencia y confianza y lo que pertenece a la racionalidad de la misma creencia. La fe comporta ambos elementos estrechamente unidos, pues, toda fe implica un fundamento razonable (es "un obsequio o entrega razonable", dice San Pablo) y a la vez un margen de confianza o sentimiento. Sin la racionalidad, la fe es mero sentimiento, y como tal, inconstante, veleidoso y, en definitiva, arbitrario y en peligro de desviación y de caer en mera superstición fanática. Sin el margen de confianza, la fe queda vacía de contenido, se aniquila fácilmente. Incluso la fe humana requiere de un amplio margen de confianza, ya que la mayor parte de nuestros actos tiene por orientación, no una evidencia absoluta o una certeza, sino que se apoya en mera probabilidad. Si yo circulo en tren o en avión, he de confiar en el que gobierna el vehículo. Si soy yo el conductor, he de confiar en que, salvo indicación en contra, el puente de la autovía que atravieso no se va a derrumbar a mi paso. Pero todo eso es creencia, es confianza, en base a una probabilidad de que así sea. Es, pues, una síntesis de visión y de sentimiento de confianza. Así, pues, hemos de confiar también en que, más allá y por encima de lo que aparece a primera vista, hay un Misterio que nos envuelve, un Designio que nos guía, un "Algo" que está más allá de lo que decimos "real" o histérico. Incluso la verdad científica ha de colocar unos márgenes de confianza en lo que es más probable, mucho mayor de lo que piensan lo no iniciados... Esto quiere decir que la fe implica conocer bien, ante todo, qué es lo que se debe creer y qué es lo que pertenece a una interpretación más o menos imaginaria de la fe. Las interpretaciones de los dogmas de fe no son de fe, son expresiones culturales. Por eso pueden permanecer los dogmas, pero caen o cambian las interpretaciones. Así p.c. después de cómo conocemos los orígenes del hombre, nadie puede interpretar el pecado original en la forma en que se venía haciendo clásicamente. Otro ejemplo. Hace poco veíamos una alucinante película: El Cuerpo, en que se plantea la posibilidad de que un día se encontrasen los restos de Jesús. Absurdo, ciencia-ficción..., dijeron unos. Otros decían: si tal sucediese, la Iglesia Católica se vendría abajo con todo su tinglado de ultratumba... Lo dice el mismo San Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, yana es nuestra fe" (1 Cor. 15.14). Pues bien, aunque eso sucediese, que se cumpliese la hipótesis de la película, lo único que se vendría abajo sería nuestro concepto de la resurrección, no la fe en la promesa de Dios. Pero nuestro concepto de la resurrección depende de interpretaciones culturales y hasta filosóficas: está de por medio nuestro concepto sobre la forma de pertenencia del cuerpo a nuestra identidad personal. No son estos lo únicos ejemplos. Pero es claro que todo ello requeriría una meditación mucho más sosegada. Y en cualquier caso que no debemos confundir la fe teologal, ni con los mitos, que tratan de exponerla a su manera, ni con interpretaciones que nada tienen que ver con los contenidos de la fe. La fe no se opone a la desmitificación. como operación de distinguir entre lo mítico o el estilo literario y el meollo básico o contenido principal. Antes bien, esta operación de desmitificación se necesitará cada vez más según el progreso del conocimiento humano. |
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