EN LA SAGRADA ESCRITURA SE PREFIEREN

OBISPOS Y DIÁCONOS CASADOS

JOSÉ MARÍA MARÍN MIRAS

En las cartas pastorales (Tim 3.2--5; Tit 1.6). San Pablo. al afirmar la idoneidad que han de tener los obispos expone las condiciones para ello. En la de Tito, lo mismo se dice de los diáconos. En ambas cartas las recomendaciones son tan semejantes que podría hacerse una concordancia de ellas. Condiciones que no son aconsejadas sino exigidas, pues la frase con que empieza la enumeración, El obispo tiene que ser. es imperativa, es decir, a modo de precepto. Por eso, hay teólogos que afirman que el Nuevo Testamento prefiere que los ministros cristianos sean casados. (M. Rodríguez. El celibato)

En el texto se exigen tres clases de virtudes.

1º.-Las propias del bien de los cónyuges: Han de ser fieles a su compromiso matrimonial, a su amor, que son los fundamentos del matrimonio. La frase, fiel a su mujer, significa un hombre que sólo tiene relación sexual con su legítima esposa, como en castellano también se dice de un casado fiel que no es hombre más que de una sola mujer.

2º.- las que se precisan para el bien de la familia: Tiene que amar y educar bien a sus hijos. para que no sean de mala fama e indisciplinados, sino creyentes; ha de gobernar bien su propia casa en sus distintos aspectos, en un buen clima familiar de sumisión y respeto, haciéndose obedecer de sus hijos con dignidad con dignidad; y proveer al bienestar y economía del hogar. Uno que no sabe gobernar su casa. ¿como va a cuidar de una asamblea de Dios?.

3º.- Las que procuran la edificación de la comunidad: No tiene desperdicio el catálogo de virtudes evangélicas que enumera. Ser intachable, juicioso, pacífico y, por tanto, no amigo de reyertas sino comprensivo ante las miserias ajenas; sobrio, es decir, no dado al vino y a la glotonería; desinteresado, no amigo de sacar dinero, para que no agobie a los fieles con sus peticiones; hospitalario; y hábil para enseñar, que sepa dar ejemplo en la fe y comprender... que sea capaz de rebatir a los adversarios.

Por tanto, en la Sagrada Escritura, éstas, no otras, son las virtudes que se exigen al obispo y ministros, por derecho divino. Para nada se les exige el celibato. Más bien muestra preferencia por que sean casados, pues expresamente pide la fidelidad en el matrimonio, exigiéndole las virtudes propias de este estado.

Pero es que, además, hay una ausencia total de consejos a obispos célibes. Del mismo modo que describe las virtudes del obispo casado, debería enumerar las del soltero, pues las cualidades que competen a este estado son diferentes a las matrimoniales. Y es extraño que no aparezcan por ningún sitio recomendaciones a obispos célibes.



En el mismo contexto de la carta a Tito en que se requiere el estado matrimonial, cuando dice que el obispo sea capaz de rebatir a los adversarios. alude a ciertos preceptos de los hombres. Estos preceptos, según muchos, son las reglas ascéticas que se condenan en la primera carta a Timoteo: El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos abandonarán la fe, por dar oídos a inspiraciones erróneas y enseñanzas de demonios: Esos prohíben el matrimonio (4,1-3). ¿A que viene hablar de los errores contra el matrimonio en una lista de virtudes exigidas al obispo?. Parece estar confirmando la preferencia del obispo y los diáconos casados sobre los célibes, pues no acepta que sea buena la renuncia por ascetismo al matrimonio Los obispos podrían ser sospechosos de estos errores que rebate, si fueran obligados a permanecer célibes.

Por ello ensalza la bondad del matrimonio en contra de los que lo prohiben por ser sucio y malo, como los gnósticos, herejía que se estaba extendiendo entre los cristianos: Así, en Timoteo, dice que todo lo creado por Dios es bueno, no hay que desechar nada, basta tomarlo con agradecimiento, pues la palabra de Dios lo consagra. Y en la de Tito añade, pues todo es limpio. Está claro que, a lo menos, desea remover cualquier obstáculo al matrimonio.

Es lógico que sea así: Sabemos que las iglesias apostólicas y las del primer y segundo siglos eran domésticas, es decir, las conversiones eran de familias enteras, los bautismos y eucaristía, las prácticas litúrgicas tenían lugar en las casas, pues no había templos. Nada de extraño es que se exigiera al obispo que su casa fuese modelo para las otras comunidades y que el hogar fuese el espacio de su formación como ministro, cosa que por experiencia no podría aprender si no estuviera casado, si fuera soltero.

Esto refuerza la afirmación taxativa de Pablo cuando dice que el celibato no constituye precepto: No ha dispuesto el Señor nada que yo sepa (1 Cor 7,25) Y que en esta cuestión no quiere imponerles ningún lazo o atadura: Os digo estas cosas para vuestro bien personal. no para echaros un lazo (v.35). Lazo es aquí obligación o precepto. Su bien personal es el matrimonio.

No cabe duda que obispos y demás ministros tenían el derecho apostólico de casarse, documentado en la biblia, que, por cierto, se conserva hasta hoy en la Iglesia oriental. Por eso, no se comprende cómo puede negarlo Roma a quienes tienen verdadera vocación ministerial, pero ellos reconocen no tener el carisma del celibato. La misma Iglesia cree que el Espíritu llama cuando quiere, en el matrimonio, antes y después. ¿Cómo las altas instancias eclesiásticas no permiten un diálogo, sobre tan grave problema, sincero y humilde, sin la arrogancia de estar en posesión de la verdad, con obispos y sacerdotes, teóogos y fieles, sobre todo con las comunidades que no tienen quien les parta el pan eucarístico?. ¿Se habrá perdido la confianza en el Espiritu Santo, precisando la ayuda de la prohibición de tratar el tema?. El lector se preguntará qué clase de razones habrán llevado a obstaculizar esta llamada imponiendo tan dura ley, apartándose de la práxis de los apóstoles casados y de las normas de la sagrada Escritura, aunque haya costado tanto dolor a través de los siglos. Pero esto ha de ser tema de otra reflexión.