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EN LA INSTIUCION ECLESIASTICA se habla ya de la difícil
sucesión de Juan Pablo II, esa positiva y desbordante personalidad. Círculos
vaticanos toman posiciones para el próximo Cónclave, como refleja la
abundante literatura sobre el futuro pontífice y la reforma del papado, que
se calificó como necesaria por los tres papas que lo precedieron.
La conveniencia de la reforma la exponía el arzobispo de
Viena, Kónig, tras la muerte de Juan Pablo I, que falleció bajo el enorme
peso de unas funciones imposibles de asumir por un sólo hombre: «Es
necesario reducir la sobrecarga física y psíquica a la que está sometido el
papa y que delegue ciertas funciones pontificias «Necesidad que se
confirma en el papa actual que, aunque se haya presentado fuerte y titánico,
su fortaleza mítica ha sucumbido brutalmente a la inclemencia de la edad y
de la enfermedad. Ningún hombre normal puede regir a 1.000 millones de
personas con estructuras de hace un siglo, cuando los fieles sólo eran 275
millones y aquellos 1.050 obispos han pasado a más de 4.000, lo que hace
imposible su solicitud pastoral con cada uno de ellos. ¿Cómo asumir una
función tan compleja que concierne a la pastoral, al ecumenismo y diálogo
interreligioso, a la política intravaticana, la financiera y diplomática,
con más de 160 nuncios en las relaciones con otros Estados, y a la dirección
ética mundial, todo eso en medio de la vorágine del nuevo estilo de viajes
pontificios?
La enorme soledad papal la mostró el cardenal Lercaro
señalando el aislamiento al que la Curia romana había condenado al Papa Juan
a causa de sus programas reformadores sobre ella, cuyo remedio buscó en la
fraternidad que tanto cultivó con los obispos y en la convocatoria del
Vaticano II para reformarla. Poreso el Concilio promovió la colegialidad
episcopal con los pontífices. El cerco de los poderes curiales ya lo había
denunciado Montini, en su etapa de la Secretaría de Estado. cuando decía al
P. Lombardi: «Que el Papa abandone el Vaticano y les deje a todos allí
con sus salarios. Que se vaya a vivir a San Juan de Letrán con sus
seminaristas, con su pueblo e inaugure un nuevo gobierno de la Iglesia como
el del pobre Pedro» Por eso, convertido en Pablo VI, proyectó crear
otras estructuras de responsabilidad central con representantes elegidos por
los obispos, que participarían en la elección del papa, proyecto fallido por
la oposición de la Curia.
La tensión entre el Papa y la burocracia central se
constata por observadores vaticanos, como Jan Grootaers: Cuando él está
debilitado de salud. se acelera la maquinaria burocrática más conservadora,
con oscuras maniobras que contradicen a las palabras de Wojtyla, el 28-1-84:
«La Iglesia se compromete a sercomo una casa de cristal con el fin de que
todos puedan ver lo que pasa en su interior». El mismo arzobispo de
Viena lo denunciaba: El aparato burocrático se desarrolla con el objetivo
de asumir tareas
que son propias de los obispos, sin que haya
solución a este problema
La Carta a los obispos de la Iglesia Católica. difundida
por la Congregación de la Fe en 1992, se abroga el derecho de injerencia
sobre la potestad de los obispos, que, por cierto, no reciben el mandato de
la Cuna, sino directamente de los apóstoles, en plenitud para el gobierno de
sus iglesias. Paradójicamente, quien ahora firma esa carta centralista, el
cardenal Ratzinger, propuso, tras el Vaticano II, la descentralización
continental del poder, a imitación del modelo de los patriarcas autónomos
apostólicos, que implica una reducción del primado de jurisdicción y la
restitución jurídica a las Iglesias continentales algunas -Africa, Asia- tan
alejadas yextrañas a Roma en costumbres y culturas. Ahora sin embargo,
acapara el poder para los Dicasterios en perjuicio del derecho divino de los
obispos.
Para comprobarlo basta fijarse en la maquinaria para
seleccionar obispos y aprobar los nombramientos de profesores de teología,
escamoteándolos a la potestad de elección por sus legítimos pastores, que se
ven obligados a cederla en beneficio de la Curia. Como dice Hëring nadie
puede pensar que en ellos intervenga directamente el Papa «¿Cómo es
posible que pueda velar sobre las cinco mil nominaciones de obispos y sobre
las confirmaciones de los profesores de teología, más numerosas todavía?
Para proceder a tanto control hace falta un gigantesco aparato burocrático,
un ejército de informadores y hilómetros de archivos. Y esto no se
corresponde con el concepto de la colegialida. El principio
eclesiológíco «quien preside a todos debe ser elegido —o al menos
aceptado— por todos» ha sido atropellado por la imposición de la Curia
en los conflictivos nombramientos episcopales centroeuros y de América
Latina, fuertemente protestados. La adaptación de funciones papales a la
complejidad de la Iglesia ha sido relegada, aunque los mejores teólogos
están de acuerdo en la necesaria reelaboración de una teología del primado,
apropiada a la eclesiología de comunión, que deseó el Vaticano II, a
la función esencial del papado de velar por la integridad de la fe y decir
la última palabra en las controversias entre comunidades eclesiales. Cómo
esos teólogos dicen, algunas prerrogativas diplomáticas y políticas del
Papado-Estado, copiadas de los a antiguos Estados absolutistas, son cada vez
más incoherentes, al constatarse que, cuanto aparezca más independiente de
los atributos políticos, financieros y de poder temporal como soberano de un
Estado, más influencia tendrá en la sociedad y más próximo se encontrará al
modelo del ministerio evangélico de Pedro, el Pescador de Galilea, tan
contrario al imperialismo católico que Bonifacio VIII impuso en la Iglesia,
sin el que el Vaticano I no se hubiera pronunciado por la forma de gobierno
que promulgó.
Y los cristianos sentiríamos el alivio de no tener que
justificar riquezas del Vaticano, tan distantes de la abrumadora pobreza de
muchos fieles y sacerdotes, ni los «affers» bancarios que lo han salpicado,
así como alianzas político-jurídicas de tratados internacionales de Estado a
Estado, llamados concordatos, con gobiernos que pisotean los derechos
humanos. ¿Nos imaginamos a Jesús o a apóstoles negociando estos tratados o
en estos trapicheos? ‘
Simon Weil ha dicho muy bíen que «Roma comete un abuso
de poder cuando pretende obligar al amor y a la inteligencia a tener su
lenguaje por norma». La autoridad en la Iglesia está obligada a no
pagar el Espíritu en los demás, en lugar de sentirse dispensada de su
búsqueda solidaria por creer que dispone de El mecánicamente, con la
arrogante imposición de la Curia a quienes disienten. Así promueve el grito
actual, sin duda equivocado: «Jesús si Iglesia no», que es remedo de otro
grito de Juan Rucherath, «Más Cristo y menos Iglesia», que,
desatendido tuvo tan tristes consecuencias.
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¿DEBEN RENUNCIAR LOS PAPAS?
JUAN GARCÍA PÉREZ S.J.
Profesor de la Pontificia Universidad Comillas
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Esta cuestión, tal como se plantea desde tiempos de Pablo VI, está
expuesta a no pocas sospechas. Como si unos tuvieran prisa por empujar y
otros empeño en resistir. El clima nunca es lo suficientemente apacible
como para acercarse a una reflexión serena. Si el Papa acaba de ser
elegido, el asunto no es de actualidad. Si el Papa está sumamente
debilitado o muy enfermo, hablar de dimisión parece herir
inmisericordemente el estado de una persona, que suscita compasión y,
además, es merecedora de todo respeto.
Confluyen en esta cuestión tres dimensiones: la
legal, la histórica y el juicio de prudencia sobre esa decisión.
En el ámbito legal la posibilidad de renuncia está
recogida en el Código de Derecho Canónico (párrafo 332,2). Se dice allí
expresamente: «Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se
requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste
formalmente, pero no que sea aceptada por nadie». En la Iglesia
católica el Papa es la autoridad suprema (no es correcto hablar de
autoridad «absoluta») y por tanto no existe un órgano superior ante
quien presentar la «dimisión». Basta, como dice el Código, que la
renuncia sea libre y se manifieste formalmente. Juan Pablo II en su
Constitución apostólica Universi dominici gregis de 1996, que es la
última disposición legislativa sobre la forma de elegir Papas, vuelve a
mencionar expresamente la posible renuncia de los Papas: «Establezco que
las disposiciones concernientes a todo lo que precede a la elección del
Romano Pontífice y al desarrollo de la misma deben ser observadas
íntegramente aun cuando la vacante de la Sede Apostólica pudiera
producirse por renuncia del Sumo Pontífice...»). Legalmente, por tanto,
la renuncia es posible.
Se habla de renuncia «libre». Cierto es que podrían
darse algunos casos extremos (piénsese en un Alzheimer o en una
situación de coma irreversible). La Sede de Roma, no estaría entonces
«formalmente» vacante pero el Papa se encontraría totalmente
incapacitado para ejercer su responsabilidad. No son éstas hipótesis
imposibles aunque no nos consta que se hayan dado de hecho. Un profesor
de Teología, Antonio Navas, en un artículo (Razón y Fe) afirmaba que «se
echa de menos en el Código de Derecho Canónico alguna «previsión» para
esos casos mencionados».
En el plano histórico la dimisión más conocida aunque
no la única es la de Celestino V en 1294. Pietro da Morrone llevó una
vida eremítica. Tan así es que por su riguroso ascetismo lo comparaban
con los padres del desierto. Se reunió en torno a él un grupo de
eremitas, llamados «celestinos», que después se incorporaron a los
benedictinos. Fue elegido cuando tenía más de 80 años y aceptó para
cerrar un largo período de dos años de sede vacante. Fue hombre de
grandes virtudes. Sería canonizado muy pocos años después de su muerte.
Pero este Papa, al poco tiempo de haber sido elegido, anunció su
renuncia. Para él la responsabilidad del gobierno de la Iglesia
implicaba una desviación de su lucha ascética. Cierto es también que
tenía poca confianza en los cardenales, cayó bajo la influencia de
Carlos II, Rey de Nápoles y se sintió incapacitado para el ejercicio de
su misión. Después de pedir consejo a un especialista en derecho,
presentó su renuncia. No se le permitió volver a su eremitorio sino que
quedó, bajo vigilancia, en un castillo. Dante en la Divina Comedia lo
coloca a las puertas del infierno.
Hay sin embargo otras dimisiones menos «edificantes»,
como las de Silvestre III (s.XI) o Benedicto IX. En el tenebroso s.XI,
en el reinado del Emperador alemán Enrique III, el Papa Benedicto IX,
del partido de los Tusculani, fue depuesto. El sucesor, Silvestre III,
del partido de los Crescenzi, no llegó a durar dos meses ya que también
él fue depuesto por los partidarios de su predecesor, Benedicto IX, el
cual volvió a asumir la tiara pontificia. Por las presiones de
diversas personas, aceptó renunciar pero a cambio de una fuerte
indemnización económica que le compensara los gastos que en su momento
hizo para conseguir ser elegido. Si se repasan los libros de Historia de
la Iglesia se encontrarán varias renuncias de Papas, aunque no todas,
afortunadamente, llegan a los extremos incalificables de Benedicto IX.
Juicio de prudencia: ¿conveniente o inconveniente?
Los Papas que la Iglesia ha tenido durante el siglo XX, desde San Pío X
hasta Juan Pablo II, han sido ejemplares en su conducta personal, por
distintas que hayan sido sus mentalidades y estilos de gobernar la
Iglesia. Uno está ya canonizado (S.Pío X), otro beatificado (Juan XXIII)
y dos (Pío XII y Pablo VI) tienen introducido el proceso de
canonización. Esta dedicación de los Papas a su misión de confirmar en
la fe a sus hermanos debe ser valorada en toda su grandeza.
Pero los Papas no están por encima de las
limitaciones de todo ser humano. Para todos los obispos se dio la
disposición de presentar su renuncia cuando llegan a los 75 años. Los
cardenales, cuando alcanzan los 80 años, pierden la voz activa en la
elección del Papa. Es cierto que los Papas no están sujetos a esas
normas. Y que toda posible norma que dictase un Papa sobre la renuncia
podría en cualquier momento ser revocada por alguno de sus sucesores.
Bien es verdad que hay hechos «significativos» que crean precedentes y
la renuncia, indudablemente, sería uno de ellos. Aunque el ejemplo, por
llamativo que pueda resultar, tiene poca trascendencia, Pablo VI en un
determinado momento renunció al uso de la «tiara» pontificia o a la
silla gestatoria. Nos cuesta imaginar que en un futuro próximo algún
Papa vuelva a utilizarlas.
Los Papas no están sometidos a la ley que obliga a
los obispos a presentar su renuncia. Con todo, las razones que
aconsejaron dictar esas normas, ¿son tan inaplicables a los Papas? El
peso de la tradición o un fuerte sentido de responsabilidad ¿deben
seguir exigiendo inexorablemente a los Papas que permanezcan con el peso
de la responsabilidad del ministerio de Pedro hasta la muerte?
Se encuentra aquí el entorno de colaboradores más
cercano a los Papas ante no pequeñas dificultades. Son testigos cercanos
del doloroso agotamiento de los Papas. Pedirle a esos colaboradores que,
además, sean precisamente ellos quienes aconsejen abiertamente una
renuncia conlleva un fuerte peso añadido. No nos será difícil imaginarlo
si nos hemos visto en situaciones familiares parecidas. Pero si el
título primero de los Papas es el de «Obispo de Roma» habría que
preguntarse, con amor a la Iglesia y respeto a las personas, si no habrá
llegado el momento en que también los Papas puedan acogerse
pacíficamente a la norma vigente para todos los demás obispos. No
minusvaloramos la tradición ni ignoramos tampoco lo que pueden ser los
tramos finales de los pontificados largos. A nosotros nos resultaría
inmensamente respetable la figura de un anciano que ha gastado toda su
vida activa al servicio de la Iglesia y, llegado a un punto, renuncia a
su cargo para que esa pesada responsabilidad, por los procedimientos ya
establecidos para la sucesión pontificia, pase a otras manos más
jóvenes. Decir esto no es pensar en categorías empresariales de
presidente-ejecutivo de una gran multinacional. En la propia Iglesia
esta norma se aplica en todos los niveles, con excepción de los Papas.
El amor a la Iglesia y el aprecio por las personas se puede expresar de
muchas maneras. Una de ellas es la lealtad, aunque no siempre sea
comprendida y apreciada por todos y, menos a corto plazo.
EL DETERIORO DEL PAPA AVIVA EL DEBATE SOBRE SU
RENUNCIA
El Norte de Castilla, 3 de abril de 2002
Un experto afirma que ha entregado su carta de
dimisión para que se utilice en caso de necesidad.
IÑIGO DOMÍNGUEZ / corresponsal
ROMA.
Juan Pablo II ha pasado el reto de la apretada agenda
de actos de Semana Santa, la más exigente del año litúrgico, como un
auténtico test sobre su estado físico. El entorno eclesiástico y los
medios de comunicación aguardaban las ceremonias para comprobar si
estaba peor o mejor de lo que parecía. Pasada la Pascua y visto el
deterioro físico del pontífice, el debate ha vuelto a reabrirse.
Ayer chocaron dos opiniones contrarias que sacan a la
luz, ni más ni menos, que las dudas sobre la lucidez de Wojtyla. El
influyente semanario norteamericano ‘Newsweek’ ha asegurado, citando
altas fuentes vaticanas, que el Papa «firma lo que le dan», sin conocer
realmente el contenido de los documentos. La respuesta de la Santa Sede
llegó de la mano del cardenal Ratzinger en una entrevista a una revista
alemana: «El Papa hace preguntas muy precisas y sobre todo su memoria
permanece intacta. A mi edad se olvidan los nombres, pero él los
recuerda todos».
De esta manera el tema tabú por excelencia, la
capacidad mental del Papa, ya es un asunto que se discute públicamente.
El Vaticano jamás ha admitido oficialmente que Juan Pablo II padezca la
enfermedad de Parkinson, pese a que los síntomas y las opiniones de
algunos especialistas hacen pensar lo contrario.
El coro de análisis y opiniones en torno a la Santa
Sede es creciente, y ayer se unía a él otro prestigioso ‘vaticanista’,
el periodista Marco Politi, que desde las páginas de ‘La Repubblica’ ya
habla de una carta de dimisión escrita por el Papa para ser utilizada en
caso extremo. «En los pasillos vaticanos -escribía ayer este experto en
la Santa Sede- está madurando la convicción de que el pontífice parece
estar preparado para presentar su dimisión si acaso el Parkinson le
impide totalmente el uso coherente de la palabra».
EL CARDENAL RATZINGER APOYA QUE EL PRÓXIMO PAPA SEA
AFRICANO
AGENCIA EFE
BERLÍN / ROMA
2 de abril de 2002 .
El cardenal alemán Joseph Ratzinger, prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, considera posible y deseable que
el próximo Papa sea un africano lo que, según dice, sería «una bella
señal para todo el cristianismo». En una entrevista que publicó ayer el
diario alemán Die Welt.

Ratzinger justifica su idea en que «el mundo
occidental, pese a todos los discursos antirracistas, sigue teniendo
muchos prejuicios contra el Tercer Mundo», a los que se podría responder
con un Papa africano. «En África tenemos grandes personalidades que
podemos admirar y que están a la altura de un ministerio semejante. En
esa medida creo que, en principio, es posible que el próximo Papa sea un
africano», asegura el cardenal.
Por otra parte, el papa Juan Pablo II no será operado
de la artrosis que padece en su rodilla derecha, según un comunicado
oficial con el que el Vaticano trató de zanjar ayer las hipótesis sobre
una inminente intervención quirúrgica. De forma rotunda, el portavoz de
la Santa Sede, Joaquín Navarro Valls, negó una eventual operación del
Pontífice, con la que se había especulado en los últimos días, y ni
siquiera admitió que tal posibilidad hubiera sido valorada por sus
médicos habituales. «El Papa no debe ser operado y no se ha tomado nunca
en consideración la eventualidad de una intervención quirúrgica»,
aseguró Navarro en una declaración difundida por el Vaticano.
Desde hace dos meses, Juan Pablo II sufre una
dolorosa artrosis en la rodilla derecha, que le ha obligado a modificar
sus actividades habituales y a participar con un gesto de sufrimiento en
los actos rituales de la reciente Semana Santa.

Se busca un Papa
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El día que se reúna el próximo cónclave, bien por
la muerte de Juan Pablo II o por su dimisión al pontificado, el
Sacro Colegio Cardenalicio deberá resolver como primer interrogante
si la iglesia católica continuará en su cabeza visible con «la línea
Wojtyla» o retornará a la línea italiana. Tampoco se descarta la
posibilidad de un latinoamericano para suceder a este Papa que
muestra cotidianamente su mal estado de salud agravado por la
enfermedad de Parkinson y dos intervenciones quirúrgicas, una de
ellas después de un atentado con bala que casi le cuesta la vida.
Ante la realidad de estar muy cerca de la
elección de un nuevo pontífice, dos italianos encabezan las listas
de los «vaticanistas» que ya han empezado a mover nombres para la
sucesión. El primero que figura es el cardenal-arzobispo de Milán,
monseñor Carlo María Martiní, quien está en la «Pole Position». Es
un gran teólogo que nunca ha hecho ver su poder desde el Duomo
Arzobispal Milanés. Sin embargo, hay quienes discrepan de sus
posibilidades tildándolo de prepotente y dictatorial.
En los últimos meses subió puntos en la lista de
candidatos el cardenal-arzobispo de Génova, monseñor Dionisio
Tettamanzi, gran figura de versión democrática. Teólogo inteligente
y muy experto en cuestiones sociales, «siempre en un plano de
equilibrio y jamás con posiciones extremas». Bastante empeñado en la
defensa del derecho al trabajo con la guía del Papa actual.
Siempre el Papa polaco demostró su amor
definitivo por México y por la Virgen de Guadalupe que nombró
Patrona de América. Ha estado cuatro veces de visita y piensa que
México es «la Gran Reserva Católica del mundo». Por esto, comienza a
tomar fuerza el nombre del cardenal-arzobispo de México D. F.,
monseñor Norberto Rivera Carreras, definido como un teólogo y joven
conservador de centro para el llamado continuismo respetuoso de la
obra del Papa actual. También figura el nombre del cardenal
brasileño Lucas Moreira Neves, moderado representante de una iglesia
grande, de quien respetan la bondad, la humildad y el manejo que le
ha dado a la Sagrada Congregación de Obispos, de la cual es
presidente.
En cuanto a los dos cardenales colombianos se
destaca la figura de Darío Castrillón Hoyos, quien ha causado mucha
impresión por sus maneras de hacer, su modo de ser y su extensa
palabra inteligente. Está siempre cerca del pontífice y es su
permanente comunicación con todos los sacerdotes del mundo. Respecto
del cardenal Alfonso López Trujillo, presidente de la Pontificia
Comisión para la Familia, los pronósticos no le son favorables,
aunque se define como «un cardenal muy inteligente y de gran
habilidad política»; y conservador sobresaliente.
En teoría se habla de esta posibilidad de un papa
africano, pero prácticamente no parece aún llegado el momento. No
hay un número mayoritario en el Sacro Colegio que avale esta
elección, aunque hay nombres importantes como el cardenal Bernardin
Gantín, quien ofició como presidente de la Congregación de Obispos y
ha sido muy estimado y respetado por los últimos papas desde Pablo
VI, quien lo llevó a Roma de su Benín natal. Pero aún faltan años o
siglos para que la Iglesia corone a un Papa negro.
Los cardenales italianos, en este momento, «son
los más cautos, ya que viven vecinos al Papa, y quedaría muy mal que
los vecinos del pontífice hablen en su presencia de la etapa post-Wojtyla»,
dijo uno de los vaticanistas más importantes del mundo, Arcangelo
Paglialunga, decano de la Sala Stampa de la Santa Sede.
Quizá entre ellos ya hay conversaciones
electorales, pero no se siente la palabra de la «Squadra Italiana»
respecto del próximo obispo de Roma. Recordemos, además, que los
italianos tienen una sentencia que reza: «Aquel que entra al
cónclave como Papa, generalmente sale cardenal». Pero es muy
probable que después de más de veinte años de un «Papa extranjero»,
los italianos vuelvan al solio vaticano.
Lo dijo el cardenal-arzobispo de París, monseñor
Jean Marie Lustiger: «Es tan corajudo Juan Pablo II, que sería capaz
de renunciar al papado si los males lo apremian». Hay pues muchas
expectativas y mucha tela que cortar antes que volvamos a oír desde
el balcón central de San Pedro: «...Nuntio vobis gaudium magnun...
Habemus Papam».
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