NO ACEPTO LA LEY DEL CELIBATO

Pedro José Moreno

No me refiero aquí al
carisma del celibato
que algunos reciben
para el bien de todo el
pueblo de Dios, sino al celibato que la Jerarquía de la iglesia romana ha impuesto por medio de una ley como condición necesaria para acceder al sacerdocio. De la palabra de Dios contenida, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento sacaré las citas precisas para demostrar que la ley del celibato es una ley injusta que no se puede justificar desde la Bíblia que, más bien, se pronuncia en sentido contrario.

La primera referencia de la Bíblia sobre el hombre y la mujer la encontramos en el momento mismo de su creación: «Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; hombre y mujer los creó» (Gen. 1, 27). En este texto queda claro que Dios los hace hombre y mujer. Hombre y mujer se complementan y así quedan constituidos en imagen de Dios. De manera que el hombre es imagen de Dios, no en sentido personal, sin la mujer, porque es un ser incompleto, ni tampoco en sentido genérico, la humanidad, sino el hombre completo, el hombre-mujer. En Gen. 2, 18 Dios se expresa de esta manera: «No es bueno que el hombre esté solo», es decir, sin mujer, según indica el contexto. Si esto no es bueno, se supone que lo bueno es lo contrario, o sea: lo bueno, lo natural es que el hombre viva con su mujer.

En el Antiguo Testamento no hay nada que se refiera a los sacerdotes con respecto a la mujer. Sabemos que estaban casados sin que se indicase nada en contra. Lo único que a este respecto se refiere lo encontramos en el Levítico, 21,7 donde se dice: el sacerdote «no tomará por mujer a una prostituta, una violada o una repudiada por su marido, porque esta consagrado a Dios». Si que se toma en muchas ocasiones el amor humano como signo del amor de Dios. Y, a la hora de expresar las relaciones de cariño y de acogida para con el pueblo, Dios recurre a los gestos humanos propios de enamorados o esposos (Ezequiel, 16). Porque a Dios, que es amor, no se le puede comprender si no es a través de los signos de amor que se dan entre los hombres, constituyéndose la realción entre el hombre y la mujer en signo del amor de Dios. Bástenos para t erminar esta referencia al Antiguo Testamento hacer mención al Cantar de los cantares, poema que canta el amor humano entre un hombre y su esposa y que se ha tomado como el gran poema místico que nos revela y nos explica el amor entre Dios y el alma y, más ampliamente, entre Dios y la humanidad.

Así pues, en el Antiguo Testamento quedaba muy claro este pensamiento de que el hombre, según Dios nos revela, debe ser hombre-mujer.

El Nuevo Testamento, más cercano a nosotros y, si cabe, más determinante se abre con el relato del nacimiento de Jesús de María que «estaba casada con José. Así habla el ángel a José: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa» (Nt. 1, 20) Y José se llevó a María a su casa para convivir. Y Jesús no tuvo a menos nacer y estar presente en el amor de aquellos esposos viviendo como su hijo.

El mismo Jesús, aunque no se casó ni consta que tuviera contacto con mujer alguna, nunca exigió ni insinuó nada que tenga que ver con el celibato y escogió entre sus apóstoles a varios que eran casados. Y, a la hora de confiar a Pedro la supremacía sobre los demás y nombrarle pastor universal de la iglesia, no le pide que deje a su mujer, únicamente le pregunta: «¿Me amas más que estos?»

En las cartas de los apóstoles se sigue considerando el amor y la relación hombre-mujer, esposo-esposa, como algo santo, como un signo del amor de Dios. San Pablo lo llama «gran misterio» y lo refiere a Cristo y a la iglesia (Ef. 5, 22-23).

San Pablo dice en Crt, 7 que «a cerca de las vírgenes no tengo precepto del Señor». Y, aunque él no se casó, defiende su derecho a llevar consigo una mujer como esposa: «¿No tenemos derecho a llevar en nuestros viajes a una hermana, como esposa, igual que hacen los demás apóstoles, y los hermanos del Señor y Cefas?» (I Crt. 9, 5).En I Crt. 11, 11, dice: «Ni la mujer sin varón, ni el varón sin mujer». Y más tarde en su catra a Timoteo, hablando de las condiciones que debe reunir el obispo, dice: «Es preciso que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer... «(Tim.3, 2). Y refiriéndose a los presbíteros dice lo mismo en Tito, 1,6.

El canon apostólico 5 (del siglo IV) decretaba que «no estaba permitido al sacerdote se separarse de su esposa bajo pretexto de piedad».

Después de esto la postura de la iglesia respecto al celibato es bastante ambigua. Unos concilios lo exigen mientras que otros lo declaran innecesario, hasta que en el II concilio de Letrán (año 1139) se establece para toda la iglesia como obligatoria la ley del celibato.

El Concilio Vaticano II dice a este respecto que: «la continencia perfecta no es exigida por la naturaleza del sacerdocio, lo que demuestra la práctica de la iglesia primitiva y la tradición de las iglesias de oriente, donde hay sacerdotes de gran mérito que viven en estado conyugal. (Vat.II. «Presbyterorum ordinis, 16, i).

CONCLUSION.- La ley del celibato es una ley puesta por los hombres y «toda ley puesta por los hombres tiene razón de-ley cuando se deriva de la ley natural, por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley, sino corrupción de la ley» (Evangelium. vitae, n. 72). La ley del celibato contradice de manera absolutamente clara la ley natural, por tanto es una ley a todas luces reprobable, porque «Leyes de este tipo, no solamente no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas» (Evangelium vitae, n. 73).

El derecho a casarse y fundar una familia es uno de los derechos fundamentales del hombre como reconoce la declaración internacional de los derechos humanos:»Los hombres y mujeres, a partir de su edad nubil, tienen derecho sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión a casarse y fundar una familia (Artic. 16). Y «los profetas señalarán con el dedo acusador a quienes desprecian la vida y violan los derechos de las personas».(Amés

La situación de soledad, abandono, a veces incluso de miseria, que padecen muchos sacerdotes por culpa del celibato es algo tremendamente injusto e inhumano que hiere la sensibilidad de cualquier persona que tenga sentimientos.

Yo, con San Pablo, quiero defender mi derecho a tener conmigo a una mujer como esposa y rechazo la ley del celibato porque es una ley inhumana e injusta que Dios no quiere aunque la jerarquía de la iglesia trate en vano de justificar y defender.

en resumen: Como ves, mi decisión no ha sido tomada a la ligera, sino que obedece a un planteamiento basado en razones muy serias que no te pido que compartas, pero sí que respetes porque me las dicta mi conciencia a la cual quiero ser absolutamente fiel; de lo contrario me traicionaría a mí mismo y a Dios que me habla a través de ella. Por eso, como decía Lord Byron, «aunque me quede solo, no cambiaría mis libres pensamientos por un trono».

 

UN CUENTO:

"NO QUEREMOS INMIGRANTES"

Albert Einstein dijo en una ocasión: "Es más fácil desintegrar un átomo que deshacer un prejuicio". Cuando los prejuicios se instalan en el imaginario social, difícilmente se pueden erradicar. Eso es lo que está sucediendo por desgracia en nuestro país con respecto a los inmigrantes: mucha gente los hace culpables de casi todo lo malo que pasa aquí. Son personas que casi siempre comienzan sus argumentos diciendo: "Yo no soy racista, pero es que..." Y comienzan a lanzar un rosario de "peros" que sólo son estereotipos y frases hechas que repiten sin contrastar con la realidad y sin el sentido común más elemental.

En este ambiente enrarecido puede venirnos bien un cuento que oí narrar hace unos días. Y no olvidemos que es un cuento, una parábola de la vida y no un análisis económico lleno de rigor. Se trata de una narración simbólica para extraer una reflexión positiva.

"Era la noche de Navidad y en todas las casas se disponían las familias para celebrar la Nochebuena. De pronto, en el silencio de la noche, se oyó un fuerte ruido en la calle. Algunas personas se asomaron con miedo a sus ventanas y vieron a un grupo de hombres encapuchados que habían tirado varios adoquines contra el escaparate de un bazar y pintaban con una brocha en la pared: "¡Fuera extranjeros!".... "España para los españoles"... El bazar era propiedad de un inmigrante marroquí, que se había instalado en el barrio siete años atrás y vivía en un piso cercano con su mujer y tres hijos que estudiaban en el colegio allí mismo.

La gente, muy asustada, corrió las cortinas o cerró sus ventanas. Al poco rato, siguieron con sus preparativos de la cena de Navidad. Nadie se atrevió a llamar a la policía. Los asaltantes se marcharon tan tranquilos y con grandes risotadas.

Al poco rato, dentro de la tienda se oyeron algunas voces: ‘~ Vámonos a nuestra tierra.*?. "Pero ¿te has vuelto loco? ¿Cómo nos vamos a ir?"... tiEs que no te das cuenta que aquí no nos quieren?... Ea, vámonos ahora mismo"i

Y el bazar empezó a bullir como si fuese un hormiguero. El café se marchó enseguida para Colombia y Brasil de donde habían venido hace muchísimos años. El té cogió un vuelo charter para la India, Camerún y Ruanda. Los collares de diamantes sacaron vuelo para Sudáfrica, Sierra Leona y el Congo. Los anillos y otras prendas de oro se fueron muy irritados también a Sudáfrica. Las telas de algodón prepararon su pasaporte para Egipto y las de seda para China. Toda la ropa vaquera se largó a EE.UU.

La carne, muy enojada, hizo sus maletas para Argentina y las bananas para Guatemala, Colombia y Nicaragua. El maíz y las patatas se repartieron por todos los países de Latinoamérica, donde habían nacido sus tatarabuelos. El cobre se fue a Chile y el níquel a Nigeria... Y así, poco a poco, cada cosa se marchó a su país de origen. El bazar se iba quedando casi vacio.

La gente del barrio volvió a asomarse a sus ventanas al sentir tanto movimiento en la calle de extranjeros que se largaban tan enfadados. Se reían de ellos y se encogían de hombros diciendo: "¡Bueno, que se vayan! Aquí tenemos de sobra y nuestras fábricas producen de todo"...

En ese mismo momento, el fuego de sus cocinas se apagó: la comida se estropeó y sus hornos dejaron crudo el pavo, pues el gas se marchó volando a Argelia. Así que tuvieron que pedir urgentemente en todos los hogares una tele-pizza, pero les contestaron que el servicio había quebrado: ¡todas las pizzas se habían ido a Italia sin avisar!.

Dispuestas a no quedarse sin la cena navideña, muchas familias cogieron sus coches para ir a algún restaurante que quedase abierto, pero... no había gasolina en sus depósitos ni en las estaciones de servicio!... El petróleo se fue a Venezuela y al Golfo Pérsico. Además, los coches habían quedado hechos una birria: el caucho de las ruedas también se había ido a su país y las carrocerías parecían de chicle, pues el aluminio, el hierro, el plástico, etc. ya no estaban tampoco.

¡Vaya Navidad!... Casi desesperados, con mucha hambre y aburridos, unos conectaron el ordenador para pasar el tiempo con un video-juego; otros marcaron mensajes en sus teléfonos móviles. Pero tampoco pudieron hacerlo: nadie sabía que tales mecanismos funcionan con un mineral llamado coltán, que fue el primero en irse al Congo, de donde lo habían traído recientemente. Además, estos utensilios tan modernos ya habían reservado billete para Japón, Taiwan y Tailandia.

"!Bueno, no pasa nada! Encendamos la chimenea de leña y cantemos "Noche de Paz"... se dijeron unos a otros para animarse. Mas ni siquiera eso pudieron cantar: el villancico había regresado a Austria a vivir en la casa de su compositor. Entonces, aquella gente de aquel barrio miró con lágrimas de arrepentimiento la pintada en la pared del bazar:

"¡Fuera extranjeros!"... y pensaron que no debieron haber permitido a aquellos brutos hacer tal barbaridad".

Esteban Tabares.

Sevilla