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«!ALLAH AKBARI» dijo en voz alta Karim cuando terminó de colocarse el último trozo de cinta aislante alrededor de la cintura, fijando en su vientre el explosivo. No albergaba dudas de que Alá era grande y misericordioso y que Él, en su grandeza, había decidido que Karim diera su vida en la yihad. Antes de salir, miró la habitación en la que había velado y orado durante toda la noche, en la que se había lavado y purificado y en la que se había convertido en bomba humana en el amanecer del que sería su último día. Su recuerdo postrero fue para su hijo Hamid, para los ojos de su hijo de apenas once meses, al que vio por última vez un par de horas antes de que una bomba lo masacrara en el campo de refugiados de Sabra, muchos años atrás. ¡Había tanta vida en aquellos ojos! «!ALLAH AKBARI» volvió a decirse cuando atravesaba la puerta del restaurante, confundiéndose entre la algarabía de familias que aprovechaban el día de fiesta para comer fuera de casa. Nadie reparó en él. Sus rasgos eran tan poco árabes que podía pasar por otro turista más que visitaba la ciudad santa. Había memorizado durante semanas cada detalle de aquel local y se dirigió hacia la pequeña mesa central, pues desde ella el efecto de la explosión sería más devastador. «!ALLAH AKBARI»se repitió y, tras rezar la última plegaria, comenzó a levantar su mano derecha hacia el corazón, hacia el bolsillo superior de su camisa donde palpitaba el detonador. Cerró lo ojos mientras el brazo avanzaba lentamente y la palma de la mano rezumaba su último sudor. De pronto, sintió que el dedo ejecutor se había detenido a un palmo de su mortal destino. Abrió los párpados y, apenas a medio metro de él, los ojos de su llorado hijo Hamid miraban directamente a los suyos y un par de manos infantiles se asían a su índice ya desplegado. Un pequeño israelí de mirada gemela a la de su Hamid se había estirado desde los brazos de su madre para alcanzar la mano de Karim y lo miraba como si supiera... «!ALLAH AKBARI» recitó de nuevo Karim cuando abandonaba ya el restaurante con lágrimas en los ojos, comprendiendo que Alá, y quizás también Jehovah, eran efectivamente mucho más grandes y mucho más misericordiosos de lo que él nunca había llegado a imaginar.Juan Rincón
M e dijeron, antes del viaje al Sahara, que me sorprendería la luminosidad del desierto, el horizonte tan abierto, o el calor y el frío por la noche. Nada de eso llegó a sorprenderme tanto como la hospitalidad de los refugiados saharauis; sin duda he vuelto del Sahara con mucho más de lo que me llevé.Fuimos el 17 de Diciembre, hasta Tindouf en avión y nos desplazamos en camión hasta nuestras familias, en los campos de refugiados. El proyecto fue creado por la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui y estaba subvencionado por la Junta de Comunidades y la Diputación de Albacete, y consistió en la convivencia de 100 jovenes albaceteños, durante una semana con las familias de los diferentes campos de refugiados saharauis, instalados en tierras argelinas, en un espacio absolutamente hostil, lejos de su tierra que tuvieron que abandonar por la invasión del ejercito marroquí. Es conveniente recordar que el Sahara fue una colonia española y que España se lavó las manos, abandonándola sin el necesario proceso de descolonizacion. La «Marcha verde» marcó el inicio de un penoso calvario. Cuando los saharauis ya se veían libres, Marruecos los conquistó por la fuerza hace 27 años. Desde esa fecha han ido llegando a este deseado mar de arena unos 200.000 marroquíes para poder participar en el anunciado (y aún no celebrado) referéndum para la autodeterminación de la zona, promesa esencial del Plan de Paz que en 1991 acabó con la guerra de 16 años entre el Frente Polisario y Marruecos. En el momento actual se encuentran en tregua, pactada en su día, para hacer posible el referéndum sobre el Sahara que sistemáticamente ha sido boicoteado por Hassan II. Es escandalosa la actitud de la ONU y de gran parte de los políticos occidentales que, favoreciendo descaradamente los manejos marroquíes, han hecho inviable el citado referéndum y, por tanto, que los saharauis ejerciten su derecho a opinar sobre qué hacer con su tierra. Todo esto me lo contaba Mohamed, un amigo de la familia donde yo dormía que venía para contarnos su realidad y ayudarnos a hablar con la familia. Mohamed es militar, y resumiendo todo esto, me decía que ningún gobierno da nada por el Sahara, y que ellos sólo quieren volver a su tierra, de la que fueron expulsados a la fuerza hace más de 20 años, insitía en que esa era su causa justa, y que si el referendum no se celebra o no les es favorable, defenderán su «causa justa». Allí la vida es difícil, pero los saharauis han logrado sobrevivir y habilitar sus campamentos dotándolos de modestos talleres, huertos, precarios hospitales y escuelas, en la que todos los niños están matriculados. Los asentamientos tienen idéntica estructura: están divididos en cuatro distritos o wilayas, llamados como las cuatro principales ciudades del Sáhara, El-Ayoun, Smara, Dakla y Aoserd. Estos wilayas se organizan a su vez en seis o siete pueblos o dairas, compuestos por cuatro barrios cada uno. Los trabajadores no cobran, siendo siempre voluntario; el 85 % se dedica al pastoreo; no hay ferrocarriles, cada médico atiende a 3.125 pacientes, y sólo dos de cada 1.000 saharauis tiene teléfono. Sin duda la mujer tiene el papel más importante dentro, y en muchas ocasiones fuera, de la familia saharaui. Ellas se encargan de la familia, y de las actividades culturales, sociales, y en cada vez másen la política de los campos de refugiados. Mi experiencia en este viaje ha sido inolvidable. Nunca podré olvidar el recibimiento, con abrazos y besos de la familia, y la despedida con cariño, lágrimas, y la incertidumbre de volverlos a ver. No podré olvidar la cara de Salek cuando le dije que yo mandaría su carta a su familia española, ni la de Issa que no se separaba de nuestras manos. No olvidaré el sabor de los primeros tres tés que tomamos; «el primero amargo como la vida, el segundo dulce como el amor, y el tercero suave como la muerte». Nunca olvidaré a Aziza, que nos hizo comprender que teníamos otra madre en el Sahara para siempre, y el esfuerzo que le costaría llamarnos para ver si habíamos llegado bien a nuestras casas. Y no olvidaré a Mohamed, que nos acompañaba a cada sitio, nos vigilaba para que no nos pasase nada y se esforzaba por explicarnos cada cosa, y por hacernos entender que no debíamos tener pena por ellos sino comprensión y apoyo. Sahara libre YA. Juan Alfaro Palacios
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