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¡QUÉ DICHOSA ME SIENTO! Monólogo apasionado de "María, la de Jesús" Domingo Pérez Bermejo
Unos amigos me dejaron este libro que contiene, presuntamente, algunos recuerdos de María, la madre de Jesús de Nazaret. Me acuerdo que sonreí cuando me explicaron su contenido pero acepté el libro agradecida (no se debe despreciar nada que un amigo de verdad te ofrece) y les prometí que lo leería y que luego hablaríamos de él. Ya hace varios años de este hermoso regalo y lo he leído muchas veces. Y he llegado a la conclusión de que no me importa si son o no son estas palabras testimonios directos de María, a mí me han ayudado a comprender su vida y la vida de Jesús de Nazaret e, incluso, me han ayudado a comprender mi vida. Por eso me gustaría que escucharais este apasionante relato de una madre que vivió una historia increíble, de una mujer que creyó en una causa y se entregó a ella con todo su corazón. ![]() Me llamo Lucrecia y tuve la suerte de vivir durante dos años con María, la madre de Jesús, el Cristo. Nos hicimos muy amigas y hablamos mucho durante esos dos años. Era una mujer encantadora, sencilla, serena y paciente, muy paciente con mis ansias de saberlo todo de su vida con Jesús. Cuando se quitaba el velo para que la peinara se le veía una hermosa mata de pelo blanco que contrastaba con su piel oscura y arrugada por el trabajo y el sufrimiento. "Y por la risa también, Lucrecia", me decía. Porque verdaderamente tenía una risa fácil. Siempre vestía de forma sencilla y no utilizaba ninguna joya, ningún adorno. Al atardecer, cuando habíamos terminado las tareas de la casa, nos sentábamos las mujeres de la casa con María y ella, sonriente y complaciente, nos contaba algunos recuerdos de su vida. De María he recibido en mi corazón la hermosa noticia de la resurrección de Jesús. Con sus recuerdos hizo presente en mi vida a Jesús y su pasión por el Reino de Dios. Coincide en muchas cosas con los testimonios que oí a Pedro y a Juan, a Santiago y Andrés y a todos los de su grupo. Pero ningún testimonio me emocionó tanto como los recuerdos directos de su madre, de la mujer que lo había llevado en su seno, que lo había parido con dolor, que lo había alimentado, que le enseñó a ser un buen hombre, que le acompañó hasta la cruz, que lo enterró y que lo vio resucitado. Será porque yo soy también mujer y madre. He aprendido en secreto a leer y escribir con el único propósito de que estos recuerdos que me contó María no se pierdan y ayuden a otras mujeres y otros hombres a creer en Jesús de Nazaret, a unirse a su causa y luchar porque el Reino de Dios crezca como árbol frondoso entre nosotros. He intentado reflejar lo más fielmente posible los recuerdos de María pero, como ella me decía tantas veces cuando la agobiaba a preguntas: – ¿Por qué te interesan tanto los detalles? Yo me acuerdo sobre todo de lo que sentí en esos momentos. Los sitios, los días y las circunstancias se me confunden todos. Pero que sepas que lo más importante es que mi hijo está vivo, Lucrecia, está vivo.
I. ¡Qué dichosa me siento! No sé cómo ha aguantado este corazón mío tantas emociones. Supongo que es cosa de Dios. ¡Siempre es cosa de Dios! Después de haber visto a mi hijo torturado en la cruz y muerto como, como… un perro, yo también quería morir. ¡Cuántas veces se lo pedí a Dios! Y cuando creía que esa experiencia era la más fuerte, la más… (¿cómo decís ahora los jóvenes?) alucinante, la más flipante lo veo vivo y sonriente delante de mí otra vez. Me dio un abrazo tierno y yo no pude decir otra cosa que "Jesús, Dios ha cumplido su palabra, Dios ha cumplido su palabra, hijo de mis entrañas". Y me llenó de besos. Siempre me acuerdo cuando me decía: "Mamá, no es que seas graciosa, no es que estés llena de gracia, es que eres la atopeagraciada. ¿Entiendes? ¡Que no hay más!" Y, después de haber vivido lo que he vivido, sí que me siento atopeagraciada. Por eso me siento tan dichosa. ¡Qué loco estaba mi Jesús, por Dios! Y es verdad, estaba loco por Dios. Pero yo no lo tuve claro siempre. Bueno, más bien no lo tuve claro casi nunca. O sea, no lo he tenido claro hasta ahora. ¡Cómo lo iba a tener claro una mujer pobre de una pobre aldea! Bastante tenía con cuidar a mi familia, con trabajar en la casa y en el campo de sol a sol, que terminaba rota, llorando de desesperación a veces. Me acuerdo cuando me di cuenta de que estaba embarazada… Lloré con tanto desconsuelo. Me sentí tan perdida. Me fui al campo y me escondí en el olivo más tupido que encontré. Me senté apoyada en su tronco y le pedí explicaciones a Dios, repitiendo hasta hacerme daño en la garganta: ¿Por qué, por qué, por qué, por qué? Durante mucho tiempo volví a ese mismo olivo para intentar averiguar qué quería Dios de mí, pobre, mujer analfabeta, a punto de casarme. Ahora sé que Dios no se fija en lo que nos fijamos las personas normalmente, porque bucea en lo hondo del corazón y sabe muy bien lo que nos pide. Os aseguro que, conforme iba creciendo la criatura en mi interior, me sentía más tranquila, mucho más tranquila. Seguía sin encontrar la respuesta, sin saber por qué ni para qué me había elegido Dios, pero cada vez me importaba menos. El niño que crecía en mi interior (porque yo sabía desde el principio que era un niño) me daba tanta paz. El caso es que siempre terminaba diciéndole a Dios: "No lo entiendo, pero que se haga tu voluntad". Al principio me ahogaban las lágrimas y no era capaz ni de levantar la cabeza, apoyada en el tronco. Al final, se lo decía casi danzando alrededor de "mi olivo". Hágase tu voluntad Mi Dios, ¿qué has visto en mí, campesina? ¿Acaso los callos que llenan mis manos de segar el trigo? ¿Acaso mi cara de niña morena? ¿En qué te has fijado? Mi Dios, ¿qué has visto, si yo soy tan pobre? ¿Acaso mi casa pequeña y humilde de adobes y paja? ¿Acaso mi mesa sin caldo y sin pan? ¿Tan pobre y me quieres? ¡AY DIOS, NO LO ENTIENDO! MAS SI TÚ LO QUIERES, HÁGASE TU VOLUNTAD, HÁGASE TU VOLUNTAD, HÁGASE. Mi Dios, ¿Qué has visto, si estoy desposada con José, celoso de la Ley sagrada y pobre también? ¿Acaso me pides que te ame a Ti sólo? ¿Qué es lo que me pides? Mi Dios, ¿qué has visto, si yo soy mujer? No sé de escrituras, no sé ni leer por ser yo mujer. Yo sé que tú amas, mi Dios, a los pobres. ¿Es eso bastante? ¡AY DIOS, NO LO ENTIENDO!.... Mi Dios, ¿qué has visto en mi corazón? ¿Acaso en él cabe todo tu universo con el mismo sol? ¿Acaso es tan fuerte y tan limpio que cabe tu Hijo, mi Dios? ¡AY DIOS, NO LO ENTIENDO!....
II. Es curioso, pero me acuerdo mucho de mi abuela últimamente. Con ella pasaba muchas horas al día cuando era una niña. Mi madre apenas tenía tiempo para nosotros. ¡Bastante tenía con sacar la casa pa’lante! Con mi abuela, sin embargo, hablaba de todo, me contaba historias, me enseñaba juegos, adivinanzas, me hablaba de Dios. Me llamaba mucho la atención verla sonreír abiertamente y disfrutar mientras me contaba la historia de nuestro pueblo y cómo Dios siempre ha estado presente en ella para salvarnos. Alguna vez le pregunté: ¿Por qué sonríes cada vez que me hablas de Dios? ¿Es que no le tienes miedo? Pero María, ¿por qué he de tenerle miedo? Dios es bueno y justo, Dios quiere a su pueblo y nunca lo deja. ¿Es que tú le tienes miedo, María? Yo no, abuelita. Pero el rabino dice que Dios nos va a hacer cosas terribles si no cumplimos sus leyes. Yo no le veo la cara porque estoy detrás de la celosía, en el lugar de las mujeres, pero por su voz seguro que tiene una cara de mucho cabreo. Seguro que él sí le tiene miedo a Dios. No hija mía, el rabino dice esas cosas para que los duros de corazón escuchen a Dios, aunque he de reconocer que algunas veces se pasa. Tú, María, piensa en Dios como alguien con manos cariñosas que te abrazan, como alguien que cuida de ti, que está siempre atento a lo que le dices, que siempre, siempre está a tu lado. Claro, como tú o como mamá, ¿verdad? ¡Por Dios, María, cómo se te ocurre comparar a Dios con una mujer! No digas esto nunca delante de los hombres de la aldea, ni siquiera de tu padre porque inmediatamente te llevarán al rabino creyendo que estás endemoniada. ¡Que niña ésta, tú crees que comparar a Dios con una mujer! Y se iba moviendo la cabeza, pero riéndose. La verdad es que mi abuela hacía que me sintiera una persona muy especial delante de Dios, de forma que nunca sentí miedo a su presencia. Muchos los días, al levantarme, buscaba por los rincones de la casa. Y mi madre me preguntaba: ¿Qué haces, María? Estoy buscando a Dios, a ver si ha venido esta mañana a visitarnos. No tiene Dios otra cosa mejor que venir a una casucha como ésta. Pues la abuela dice que es aquí donde más fácilmente se puede encontrar a Dios. Di que sí, hija mía, tú no dejes de buscar a Dios, no dejes de buscarlo. Intervenía mi abuela y mi madre nos dejaba a las dos, no tenía tiempo de discutir esas cosas con nosotras. Años más tarde, me sentaba con Jesús y tenía estas mismas conversaciones con él. Y jugábamos a buscar a Dios. El hacía de Dios y yo tenía que buscarlo debajo de las esteras o detrás de las tinajas. Cuando lo encontraba cambiábamos los papeles. ¡Qué ratos pasábamos buscando a Dios! Así ha sido toda mi vida: buscar a Dios con Jesús. ¿Lo váis cogiendo?
Como busca la cierva COMO BUSCA LA CIERVA CORRIENTES DE AGUA, ASÍ MI ALMA TE BUSCA A TI, DIOS MÍO. TIENE SED DE DIOS, DEL DIOS VIVO. TIENE SED DE TI, SEÑOR. Desde que amanece, te llamo sin descanso, mi alma está intranquila si no estás junto a mí. Te busco en las montañas, escruto en el abismo, escucho en el silencio: siento ansias de ti. Tú eres mi refugio, la roca que me salva, tu palma me sostiene, tu amor vela por mí. Perdonas mi pecado con tu misericordia, te muestras compasivo si me alejo de ti.
III.
Estuve con mi prima todo el día, limpiando la casucha que se había hecho pegada a la de sus padres. Su boda se celebraría ese sábado. Tenía tantas ganas, estaba tan enamorada que cada dos por tres nos parábamos, nos quedábamos embobadas y nos poníamos a fantasear con un futuro lleno de felicidad, lleno de amor, lleno de hijos. Así que esa noche llegué tarde a cenar. Estaban todos esperando, mi madre dando vueltas a la sopa de lentejas y mi padre con cara de pocos amigos. Pero lo arreglé todo con dos besos y un largo abrazo. Servimos los cuencos con la sopa y unos pedazos de pan de cebada y entonces mi padre pronunció la bendición: Te damos gracias, Dios de nuestros padres y Dios nuestro por esta sopa y este pan, por la familia reunida y, sobre todo esta noche, por la prima Isabel de Ain Karem. Me quedé de piedra cuando me enteré que la prima Isabel, que tenía casi 50 años, se había quedado embarazada. Esa noche la bendición de mi padre fue larguísima. Nunca lo había visto tan radiante, tan agradecido a Dios por haber bendecido de esa manera a Isabel, la prima que más quería, sin duda. No paró de hablar durante toda la cena, apenas comía sopa. Hablaba y hablaba de la prima Isabel, de sus años infantiles juntos, de tantos años de dolor y de interminable espera de un hijo, pensando que Dios no la quería, que estaba manchada con algún pecado terrible por el que recibía ese castigo. Todos sabíamos que la prima Isabel era estéril. Por eso me salió del alma la pregunta: ¿Cómo puede una mujer estéril quedar embarazada? Porque Dios es muy grande, hija mía. Porque Dios es capaz de hacer brotar agua en el desierto, de hacer crecer el trigo en el secano, de convertir nuestra pobreza en abundancia, de cambiar la muerte en vida y la tristeza en alegría. Y hablando de alegría, me voy a comprar media arroba de vino para celebrarlo. Esa noche nos acostamos bien tarde brindando por el Dios de los pobres, de las estériles, de la vida. Sólo conseguimos acostar a mi padre cuando el vino se terminó. Y es que, cuando tienes la experiencia de un Dios así de inmenso no quieres que se termine nunca ese momento. De esa noche me acordé también en la celebración de una boda en Caná de Galilea. Eso fue bastante después y os lo contaré en otro momento.
¡Que ría ya la estéril! ¡QUE RÍA YA LA ESTÉRIL! ¡QUE CANTE DE ALEGRÍA! QUE DIOS TE HA ESCUCHADO LLENÁNDOTE DE VIDA. 1. ¿Qué árbol no da fruto si está junto al Señor? ¿Qué campo no florece si Dios ya lo regó? 2. Del polvo saca harina y agua de la roca. El yermo, en estanque transforma el Señor. 3. Aunque el trigo se agoste y la vid no dé fruto. Aunque no haya ovejas y esté el redil vacío. 4. Festejaré al Señor gozando con mi Dios. Me da pies de gacela, me lleva a las alturas.
IV. Parece ser que, según las cuentas de Dios, era ese el momento de quedar yo embarazada, pero no era el momento según las cuentas de los hombres. Así que todo el mundo vio estupendamente que me fuera a casa de la prima Isabel a echarle una mano porque le faltaba muy poco para dar a luz. Mi madre me miraba triste, sin embargo mi abuela me miraba y sonreía. ¿Cómo podía mi abuela sonreír en esas circunstancias? La verdad es que hizo que me sintiera mucho mejor. La confianza absoluta en Dios y sus planes fue lo que ella me transmitió y esa confianza ha hecho resistir a esta pobre mujer. No obstante, el miedo y la angustia me acompañaron durante todo el camino hasta Ain Karem, cerca de Jerusalén. Y el silencio también, durante todo el camino, a pesar de ir acompañada de mis hermanos. Me acordé del consejo de mi madre: "Piensa en algo alegre cuando estés triste" y me puse a pensar en la prima Isabel, lo dichosa que debía sentirse por haber concebido la vida por fin en sus entrañas, la alegría que rodearía su casa con amigos y vecinos yendo y viniendo gozosos por la buena noticia. De mujer deshauciada y maldita, mi prima se había convertido en llena de gracia y bendita por Dios. Era lo que mi abuela decía: Dios es justo y bueno, Dios nos ama y siempre, día tras día, año tras año, generación tras generación nos muestra su ternura y su misericordia. Cuando pensaba que Dios había sido tan bueno con mi prima me daba mucha alegría porque la veía a ella como un símbolo para todas las mujeres, para todos los pobres de Israel, como un símbolo para mí, ella era mujer como yo, pobre y humilde como yo, en ella se había fijado Dios llenándola de vida, como a mi. ¡Cuánta vida hemos recibido los pobres de parte de Dios! Ahora sé, después de haber escuchado a mi hijo Jesús, que ese es un signo del tiempo nuevo, el tiempo del Reino de Dios, la gran obsesión que movió a mi hijo durante su vida. Un reino donde los poderosos y los ricos no tienen cabida, sólo los humildes y los hambrientos. ¡Qué fuerte, verdad! Estaba tan absorta, encima del burro que me llevaba a casa de mi prima que no pude reprimir un grito de alegría: ¡Sí! Dios ha cumplido su promesa. La comitiva se paró extrañada, mis hermanos me miraron no sé si con admiración, con lástima o con sorpresa. Se volvió a reanudar la marcha y a la noche habíamos llegado a casa de Isabel. ¡Cuánto sentí entonces y siento ahora no saber de letras para poder escribir un hermoso himno con todos estos pensamientos! Seguro que habrá otros que lo harán por mí.
Magniticat PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR, SE ALEGRA MI ESPÍRITU EN DIOS MI SALVADOR (bis) Porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación... PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR, SE ALEGRA MI ESPÍRITU EN DIOS MI SALVADOR (bis) Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia para siempre, para siempre, para siempre... PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR, SE ALEGRA MI ESPÍRITU EN DIOS MI SALVADOR (bis)
V. José me recibió en su casa, hubo boda y caí reventada de alegría al séptimo día de celebración, como manda la tradición. No sé cómo se las arregló José pero os aseguro que no faltó vino en todos estos días. Creo que estuvo toda la vida haciendo chapuzas y remiendos, muebles y arreglos gratis a unos cuantos. Posiblemente fue a cuenta de ese vino. Imaginaros la hermosa barriga que tenía ya entonces… Os aseguro que no he sentido un amor y un agradecimiento tan grande por un hombre como lo he sentido por José. También por esto me siento, como le gustaba decir a Jesús, atopeagraciada. Y tuvimos nuestro viaje de novios, ¡menudo viaje de novios! Nos fuimos a Belén porque el Imperio así lo ordenaba, quería tenernos a todos muy bien controlados. Que conste que yo entonces no pensaba así, ¡cómo me iba a oponer yo a mis gobernantes aunque fueran injustos! Pero después de andar un tiempo con el grupo de Jesús, me he vuelto contestona y me indigno como se indignaban los profetas en mi pueblo en otros tiempos, como se indignaron Juan el Bautista o mi hijo Jesús. Creo que su pasión me ha invadido. La pasión por el Reino, un Reino donde los pobres tienen el lugar privilegiado. Todavía, os lo aseguro, me sigo quedando sorprendida, muy sorprendida cuando caigo en la cuenta de que Dios no es imparcial y opta clarísimamente por nosotros, los pobres, los hambrientos, los humildes, los que no mandamos nada. Más sorprendida todavía me quedo cuando pienso que Dios nos llama a subvertir la ley y el poder injustos y arremete contra los acumuladores de riqueza y poder, contra los piadosos que creen que pueden obtener la salvación cumpliendo una serie de leyes que ellos mismos han hecho a su medida y se olvidan del amor y la justicia. Que sepáis que tomarse en serio a Jesús, que optar por su causa es jugarse la vida. Y yo, después de haberlo visto resucitado, estoy dispuesta a seguírmela jugando. Siento como si mi convicción y mi esperanza fueran invencibles. Es muy curioso, pero recuerdo que este mismo sentimiento y esta misma fuerza es la que sentía, cada vez más clara, conforme se acercaba la hora del parto. La angustia, el miedo, las dudas se desvanecían conforme se acercaba el momento, convirtiéndose en la firme convicción de que el niño que iba a nacer tendría vida, alegría, amor, futuro, un gran futuro. Estaba dispuesta a cambiar este mundo yo sola poniendo esperanza en vez de miedo, alegría en vez de tristeza, amor en vez de odio, vida en vez de muerte para ofrecer a Jesús el mejor de los mundos. Durante el viaje y la estancia en Belén estaba rodeada de hombres y mujeres pobres, hambrientos, desesperados o llenos de odio, desesperanzados o simplemente indiferentes y sumisos. Yo iba alegre y animando a todos. José creía que había perdido la cabeza pero yo le repetía que iba a llegar la alegría más grande de nuestra vida que lo cambiaría todo. Nunca podría decir mejor eso de que estaba en estado de buena esperanza. ¡Qué importaba dónde o cómo naciera mi hijo! ¡Qué importaba si estaba rodeada de odio, de miedo, de tristeza! ¡Cuando naciera mi hijo íbamos a poder con todo! Los tres, mano a mano. Después te das cuenta de que hacen falta muchos más que tres, que es mucho más difícil, mucho más lento, mucho más doloroso, pero os aseguro que ese cambio ya ha comenzado, el Reino de Dios está creciendo entre nosotros. No dejéis sitio a la desesperanza y haced, como yo lo hice, el camino hasta Belén.
Es de noche en Belén Si tú nacieras ahora, Jesús, de José y María, qué miedo a mí me daría esta noche sin aurora. MI MADRE ME CUIDARÁ EN EL PORTAL DE BELÉN. ALLÍ VOLVERÉ A NACER Y LA VIDA GANARÁ. (bis) Y si nacieras, ¿qué harías? si el odio en Belén devora. Y en toda casa se llora la muerte, la muerte fría. MI MADRE SERÁ MI GUÍA EN EL PORTAL DE BELÉN. ALLÍ VOLVERÉ A NACER Y VENCERÁ LA ALEGRÍA. (bis) Jesús, que abrasa el dolor, que estallan bombas de rabia, que se quedó ya sin savia el gran árbol del perdón. MI MADRE DARÁ CALOR EN EL PORTAL DE BELÉN. ALLÍ VOLVERÉ A NACER Y TRIUNFARÁ EL AMOR. (bis) Jesús, que tanta injusticia no tiene ya solución. Terrible es la incomprensión que toda palabra vicia. MI MADRE, AMANDO, LUCHÓ EN EL PORTAL DE BELÉN. ALLÍ VOLVERÉ A NACER. Y, ALLÍ, TE ESPERO YO. (bis) VI. ¡Qué indefenso estaba! ¡Qué frágil que era! ¡Qué ternura tan grande! Me quedaba largo rato velando su sueño hasta que el agotamiento del día podía conmigo también. Lo pienso ahora y no paro de preguntarme cómo Dios, todo un Dios se hizo hombre con todas sus consecuencias. Os lo puedo asegurar, con todas sus consecuencias. El Dios que todo lo puede nació de una joven israelita pobre, de un pobre pueblo y de una manera pobre. Creció pobre, trabajador… Y murió pobre y maldito. Dios se tomó muy en serio nuestra humanidad haciéndose niño delicadamente indefenso y frágil. El Dios que todo lo puede no podía nada en ese momento, necesitaba de mis cuidados, necesitaba la cálida leche de mis pechos, las sencillas ropas que lo abrigaran, mis caricias y mis besos. No era nada sin mí, no hubiese sido absolutamente nada. Su padre y yo le ayudamos a crecer, a ser buena persona, a conocer nuestra historia y la presencia salvadora de Dios en ella. En casa aprendió un oficio, aprendió a ser generoso, a querer a los demás, a preocuparse de los más necesitados, a confiar siempre en Dios. Dios podría haber elegido una casa noble para nacer, una casa con autoridad religiosa y moral. Una familia importante, aunque algunos dicen que nosotros somos de la casa de David, vete a saber. La realidad es que Jesús nació pobremente, vivió pobremente y murió más pobremente todavía. La salvación apareció entre los pobres y humildes. ¡Es como para volverse loco o dar saltos de alegría, que es lo que yo hago cada vez que pienso en ello! Es que, fijaros bien: Dios no hablaba latín, la lengua del imperio, la lengua de Roma, de millones de personas, sino arameo, la lengua de Nazaret, la legua de un puñado de desgraciados (pero con mucho orgullo, ¡eh!); Dios no era sumo sacerdote ni senador romano, sino manitas arreglalotodo como su padre, que sabía leer lo justo, aunque conocía las escrituras muy bien. Dios estuvo treinta años haciendo una vida absolutamente normal, sin brillo ni trascendencia. Eso sí, lo teníamos cerca, muy cerca para gozarlo porque era alegre, cariñoso y con un gran sentido del humor. Dios tuvo la santa paciencia de dejar que el corazón de Jesús madurara a ritmo humano y que además fuéramos José y yo instrumentos para ayudarle. ¿Qué os parece? ¿Qué os parece la gran historia de la Salvación contada desde la perspectiva de la madre que le dio de mamar y lo cuidó? Que sepáis que he pensado mucho en ello porque esta forma de actuar de Dios dice mucho de cómo es. Y después de todo lo vivido puedo afirmar que Dios, el que nos anunció Jesús, es humano, humanísimo, comprometido con nuestra historia, con nuestras luchas, con nuestros anhelos y esperanzas. Sí, sí, la de los pobres, hambrientos y humildes, porque a los ricos los despide vacíos y a los poderosos los arranca de su trono. En fin, se me va el santo al cielo. Pero que sepáis que es porque me siento gozosa, bienaventurada. Me acuerdo que una noche nos acostamos pronto después de cenar, yo estaba cansada (como siempre al final de la jornada), pero José, de tan cansado que estaba, no podía ni conciliar el sueño. Jesús todavía andaba inquieto por la estera y yo comenzaba a dormirme. José me dio con el codo y me dijo: No te duermas, María, cántale una nana de esas que sabes tan bonitas al crío para que se duerma, porque si no no podré dormirme yo. Les canté una nana al niño Jesús y al niño José (porque al padre le gustaban tanto como al hijo) y la inquietud de padre e hijo dio paso a un dulce sueño.
Nana a mi niño querido MI NIÑO SE DUERME PORQUE HA ANOCHECIDO. SE DUERME TRANQUILO PORQUE ES MUY QUERIDO. No temas, Jesús, que amanecerá y, siempre, a tu lado, tu madre estará. Ya calla, mi niño, y empieza a dormir, que ya tendrás tiempo, después, de sufrir. Ya duerme, mi cielo, que has de crecer y entre tus hermanos harás mucho bien. Agárrame el dedo, que no he de faltar cuando sufras mucho en la madrugá. Tu sueño profundo yo he de velar. Y al alba, tus ojos, resucitarán.
VII. Cuando llegué a casa de Isabel y salió a recibirme con los brazos abiertos sentí cómo la criatura que llevaba en mi vientre saltó de gozo. De la misma manera sentí cómo saltaba su corazón treinta años después al oír hablar de Juan el Bautista (el hijo de la prima Isabel) que andaba por el Jordán y todos los que lo habían visto decían que era un gran profeta enviado por Dios. Jesús no paró hasta que no fue al Jordán a ser bautizado por Juan. Cuando volvió lo note distinto, muy distinto, había cambiado, yo lo conocía muy bien. Lo que vivió allí en los pocos días que estuvo cambió profundamente su existencia. Yo estaba inquieta y asustada. ¿Qué le habrían metido en la cabeza? El me cogía con sus manazas y me miraba con sus ojos negros profundos: No te preocupes mamá, creo que es Dios quien se ha metido en mi corazón y si es Dios no puede ser malo. Y yo ¿que iba a hacer?, pues irme a mi olivo a ver si Dios me decía algo. Nada, desesperadamente nada. Menos mal que ya estaba acostumbrada a las "conversaciones" de Dios y sabía que me llegaba una época intensa de estar atenta, de observar, de intentar descubrir qué preparaba Dios a esta familia nuestra. Y lo que toda madre teme, sucedió. Una noche, después de cenar Jesús nos lo dijo: Mañana me voy, mamá. Ya lo he hablado con papá y está de acuerdo. Ya he vivido muchos años con vosotros, ya tengo edad para formar mi hogar, ya puedo apañármelas yo sólo. Ha llegado la hora de comenzar mi propio camino. Pero antes tengo que aclararme. Quiero saber si esta desazón que tengo por dentro es Dios que me grita o son pájaros de paso. Juan me dijo en el Jordán que mi palabra sería fuerte y poderosa, que tenía que dejar de hacer chapuzas y trabajar por el Reino de Dios, que mi única obsesión tenía que ser el Reino de Dios y su justicia. No puedo quitarme esas palabras de la cabeza. Además, ahora que Juan ha sido asesinado por el bastardo de Herodes, no puedo quedarme más, no puedo quedarme más… Mamá, sé que se te encoge el corazón al oírme pero creo que esto es cosa de Dios y tú me has enseñado que si es cosa de Dios tiene que ser bueno, aunque sea duro. No te preocupes por mi, confía en Dios como si fuera tu padre o tu madre. Porque así me lo imagino yo, aunque el rabino diga que eso es una blasfemia. Ya os podéis imaginar la noche que pasé en vela y con qué ojeras en la cara y dolor en mis entrañas lo despedí al día siguiente. Sé que estuvo otra vez en el Jordán y por el desierto buscando la voz de Dios, me llegaron noticias de que andaba por el lago de Galilea y se juntaba con un grupo de pescadores que estaban considerados unos revoltosos y pendencieros. Intentaba comprender por qué hacía todo esto Jesús y he de reconocer que no lo comprendía. Una veces me decían que se juntaba con publicanos y mujeres de mala reputación, otras veces me llegaban noticias de que había hecho un gran milagro y había dado de comer a una muchedumbre, que no paraba de hablar del Reino de Dios y de poner en evidencia a los ricos, a los sacerdotes y a los cumplidores saduceos. No solamente no comprendía nada, además crecía mi angustia y mi preocupación por Jesús. Llegué a pensar que Jesús estaba volviéndose loco, mis parientes y vecinos me lo decían. Estaba tan convencida que me fui con José y algunos parientes a traérmelo otra vez a Nazaret, aunque fuera a la fuerza. Haz caso a tus parientes y a tu padre, Jesús, vuelve con nosotros y descansa. Verás como después de un tiempo estás más calmado y lo ves todo de otra forma. Madre, siempre te llevaré en mi corazón, pero esta es mi familia ahora, estos y todos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Si estoy poseído por algo es por Dios, pos su causa, por el Reino que nos anunciaron los profetas y Juan hace poco y que crece entre nosotros. No hay quien lo pare, que lo sepas. No hagas caso a estos, mamá. Párate y observa, escucha tu corazón y espera y verás tan claro como yo el Reino de Dios que ya está entre nosotros. Yo no comprendía nada pero tenía claro que Jesús no estaba loco, no estaba delante de un poseído, ni de alguien fuera de sí. Y aunque me costaba mucho trabajo reconocerlo y aceptarlo sabía que esto era cosa de Dios, por eso decidí volverme a casa y callar más y hablar menos cuando vinieran a contarme cosas de Jesús. Todo lo que me decían de él y todo lo que yo le escuché personalmente lo guardaba en mi corazón porque pensaba que ya lo entendería alguna vez. Cuando lo vi clavado en la cruz, después de haber visto con mis propios ojos algunos signos hechos por Jesús que expresaban claramente que lo suyo era cosa de Dios, a pesar de eso, sentí no habérmelo llevado ese día a casa, creí entonces que todo su esfuerzo, todas sus palabras, todas sus intenciones no habían servido para nada. Era otro iluso metido a profeta que terminaba su historia desastrosamente. Y aunque era el momento en el que menos comprendía nada, allí me quedé, allí aguanté hasta recoger sus despojos. Verlo y sentirlo resucitado hizo que mi corazón encogido por el dolor y la amargura se esponjara y todo lo que en él había guardado recobrara sentido, todo su sentido. ¡Cuánto me ha costado! ¡Pero, que dichosa me siento ahora!
Lo guarda en su corazón MARÍA LO GUARDA EN SU CORAZÓN. SE PARA Y OBSERVA, SE CALLA Y ESPERA Y SIGUE A JESÚS (bis) Lo ve abandonando un día Nazaret, y entre pescadores hablando de Dios. Y sin comprender. Lo ve alimentando a muchas personas con pan y esperanza, bienaventuranzas. Y sin comprender. Lo ve con leprosos, curando al lisiado, incumpliendo el sábado por hacer el bien. Y sin comprender. Lo ve proclamando la buena noticia a todos los hombres y al pobre, primero. Y sin comprender. Lo ve derribando a los mercaderes que ocupan el templo vendiendo los cielos. Y sin comprender. Lo ve humillado, clavado en la cruz, escarnio de todos, sintiéndose solo. Y sin comprender. Y cuando el sepulcro encuentran vacío, gritan las mujeres: ¡Ha resucitado! Comprende María, comprende esta vez.
VIII.
Hay una boda y los siete días de celebración que la siguieron que no creo que se me olviden en la vida. Resulta que José y yo fuimos invitados en una ocasión, en Caná de Galilea, a la boda del hijo de un amigo íntimo nuestro, precisamente uno de los amigos que se preocupó de que no faltara de nada en nuestra boda. Que alegría más grande me llevé al ver aparecer a Jesús con sus amigos galileos. Resulta que uno de ellos era amigo del novio. Los novios iban radiantes, la ceremonia fue entrañable y emocionante y la celebración era de un jolgorio impresionante. ¡Cuánto me gustan las bodas! Nuestros amigos no paraban de entrar y salir mientras los demás nos divertíamos. Lo mismo estábamos baliando, que comiendo, que brindando. Jesús y sus amigos eran un grupo de lo más ruidoso que os podéis imaginar. Yo no podía más y me fui a descansar. Yo no estaba para esos trotes ya aunque sólo era el final del segundo día. ¡Todavía quedaban cinco días por delante! Busqué a la madre del novio y la encontré en la cocina. La sorpresa fue que estaba allí con su marido: él muy serio, ella llorando. ¿Qué os pasa amigos míos? ¿Cómo estáis así en unos días de tanta alegría? ¿Qué mal os aflige? No nos queda vino María -me dijeron- apenas nos queda vino para terminar mañana el día. ¡Ha venido tanta gente y todos tienen tanta sed! Hemos pedido a todos nuestros amigos y nos hemos gastado las últimas monedas que teníamos y hemos conseguido este poco vino. Mira que le dijimos a nuestro hijo que esperara, que ahorráramos algo. Pero tenía muchas ganas de casarse y nos dijo que si no había celebración para siete días que con tres también bastaba. Pero ¡qué vergüenza, María! ¡Cómo le decimos a la gente mañana que se ha terminado la boda! Yo no sabía qué decir, se me encogió el corazón por su tristeza y su angustia y me acordé de mi boda, que duró siete días porque ellos, junto con otros, se empeñaron hasta las cejas para que no nos faltara vino, pues sin vino no hay fiesta, aunque haya comida. José y yo poco podíamos hacer porque siempre íbamos al día. ¡Qué rabia! ¡Qué coraje! ¡Qué indignación me producía esta situación! ¿Por qué siempre tenía que ser así? ¿Por qué los pobres no pueden tener siete días de boda? ¿Es que la alegría no puede ser completa para nosotros?… Y como de lo más profundo, me salió del corazón un lamento, una oración, un grito: La fiesta de los pobres será de siete días. Busqué a Jesús, le conté lo que pasaba y le pedí que hiciera algo. Francamente no sabía qué podía hacer mi hijo Jesús, pero se lo pedí. Estaba convencida de que algo podía hacer. Jesús, si tu destino es hacer algo grande, este es un buen momento para que empieces. Qué mejor motivo que el amor de dos personas, que la felicidad de todos sus amigos y de sus padres. Ellos hicieron que yo pasara siete días de los más felices de mi vida en la boda con tu padre cuando creía que ni siquiera habría boda. ¿No crees que todo este amor y este agradecimiento es suficiente razón para que manifiestes ahora lo que has venido a manifestar? Madre, ¡por el amor de Dios! ¿Qué me estás pidiendo?¿Qué quieres que haga? Es verdad que me hierve el Reino por dentro, que cada día es más fuerte la necesidad que tengo de gritar que el Reino de Dios ya está entre nosotros. Tu sabes que es esto es cosa de Dios… Pero si tiene que llegar mi hora, creo que ésta no ha llegado todavía. Si digo que lo tenía todo claro en ese momento mentiría. Bueno, creo que mi corazón sí lo tenía claro. Así que no lo pensé dos veces y le dije a mis amigos y a unos cuantos que estaban allí: Haced lo que Jesús os diga, haced lo que Jesús os diga. Bueno, la historia ya la conocéis: Cogieron las tinajas que se utilizan para las purificaciones rituales y que tenemos en todas las casas, las llenaron de agua como dijo Jesús y sirvieron el vino más delicioso que he probado en mi vida. No sé pero creo que este episodio tiene que ver con lo que tantas veces oí a Jesús después cuando hablaba de que él había venido a superar la ley y los profetas, que el Reino de Dios exigía nuevas leyes, que todos los mandamientos se resumían en uno: el amor a Dios y a los demás. Jesús nos repartió el vino del amor, el vino de la nueva era sacándolo de las vasijas de la antigua ley. No soy ninguna sabia doctora pero os aseguro que sí doy fe de que la fiesta duró siete días. La fiesta de los pobres duró siete hermosos días. ¡Bendito sea Dios!
Rap de Caná
Fueron invitados a una fiesta en Caná y la fiesta duraría siete días, siete días. Era gente humilde, pero había que celebrar el amor de esos novios siete días, siete días.
Grande era la alegría, mucho el vino también, los pobres hacen fiesta siete días, siete días. El baile no cesaba, la música. el bullicio, la alegría duraría siete días, siete días. Jesús también bailaba, Jesús también reía, María acompañaba a los novios siete días, siete días. Pero al segundo día el vino se acabó no duraría la fiesta siete días, siete días.
NO TIENEN VINO, JESÚS, NO TIENEN VINO...
María se dio cuenta de que no había vino y sin vino la fiesta acabaría, acabaría. Había tanta gente que el vino se acabó, no duraría la fiesta siete días, siete días.
Los padres de la novia, qué podían hacer, los pobres y humildes lo sabían, lo sabían. Podían hacer fiesta, también podían bailar. No duraría la fiesta siete días, siete días. Jesús mira a su madre: "¿Y yo qué puedo hacer? Mi hora no ha llegado todavía, todavía". "Tu hora se adelanta por el amor, ahora. La fiesta de los pobres será de siete días, siete días".
NO TIENEN VINO, JESÚS, NO TIENEN VINO...
Jesús cogió tinajas de purificación y las llenó de agua hasta arriba, hasta arriba. Era agua de la Ley, agua de cumplimiento. La fiesta de los pobres ¿será de siete días, siete días?
María lo miraba, apenas comprendía, pero decía a los otros: "Haced lo que Él os diga, lo que Él os diga" Ella sabía que Dios no lo permitiría. La fiesta duraría siete días, siete días.
El agua de la Ley en vino se cambió, los pobres seguirían en la fiesta siete días, siete días. Brindaron por los novios, brindaron por su amor. El vino de la fiesta les duró los siete días.
EL VINO NO SE ACABÓ. "HACED LO QUE ÉL OS DIGA" "HACED LO QUE ÉL OS DIGA". Y LA FIESTA SIGUIÓ (bis) Y LA FIESTA SIGUIÓ (3)... ¡¡Siete días!!
IX. Seguía a Jesús cada vez que podía, lo escuchaba en cuanto tenía ocasión. Mi corazón ardía de alegría y esperanza cuando lo veía dirigirse a la gente de mi pueblo; porque yo estaba convencida, cada vez más, de que estaba ante el gran profeta que nuestro pueblo había estado esperando desde siempre, el que nos haría libres y dichosos para siempre. Cuando lo oía describir a Dios con entrañas de padre y madre, con entrañas de misericordia, cuando nos enseñó la hermosa oración del Padre nuestro, cuando proclamó bienaventurados a los pobres, a los que buscan la paz, a los justos, a los perseguidos por ser pobres o estar del lado de ellos, a los hambrientos… me acordaba de mi abuela y de tantos pobres en Israel que ya lo habían anunciado. Sentía un gozo tan grande en mi corazón en esos momentos que sólo a mi interior venía insistente una plegaria: ¡Gracias, Dios mío. Has cumplido tu palabra, has cumplido tu palabra! De igual manera se me encogía el corazón cuando me enteraba de sus enfrentamientos con los jefes religiosos de Jerusalén, con los cumplidores de la ley, con el mismo gobernador del Imperio y nuestros propios gobernadores. Ahora sé, porque he podido acercarme y hablar más de las Escrituras, que si algo rebela a un profeta y lo hace gritar es que el poder religioso y el político se junten para mantener al pueblo humillado y sumiso, en nombre de Dios, ¡qué barbaridad!, en nombre de Dios y del Cesar. La indignación profética de Jesús, la indignación por las ansias de Reino lo llevó a enfrentarse a los poderosos políticos y religiosos de su tiempo, a los bienpensantes cumplidores de la ley y a los caudillos violentos que querían quitar rey para poner a otro… Por lo menos eso es lo que dicen los más entendidos del grupo de Jesús. Yo entonces sólo sentía mucho miedo por el futuro de Jesús porque lo veía decir a la gente claramente que había que oponerse a las leyes injustas fueran religiosas o civiles, lo veía arremeter contra una religiosidad llena de leyes y preceptos y vacía de amor. Llamaba a los religiosos de su tiempo ¡sepulcros blanqueados! Esa Pascua, esa última y azarosa Pascua tomé la decisión de irme con él a Jerusalén. No sé por qué sentía la necesidad imperiosa de estar junto a él. No quería perderlo y estaba dispuesta a defenderlo hasta con los dientes si a alguien se le ocurría ponerle la mano encima. Me quedé atónita cuando lo vi fuera de sí volcando los puestos de los comerciantes a las puertas del templo; me sentí sobrecogida en la cena cuando nos lavó los pies e hizo esa bendición tan especial del pan y el vino que tan real y presente me lo hacen ahora cuando lo recuerdo con la comunidad; me sentí angustiada cuando lo vi abandonar la casa con los hombres hacia las afueras para rezar, para esconderse, para qué sé yo; me sentí enferma e impotente cuando nos enteramos de que le habían detenido; se me cuajaron las lágrimas y se me heló el corazón cuando lo vi aparecer lleno de latigazos y humillado en el patio del gobernador romano; se me caía el alma a pedazos cuando lo cargaron con la cruz como si fuera uno de los malhechores peores de Israel. A Jesús, a mi Jesús que durante toda su vida no había hecho otra cosa que el bien a todo el mundo. Sin embargo (me estremezco terriblemente sólo de pensarlo), no hay dolor tan agudo, tan paralizante, tan sin sentido, tan inhumano como contemplar al hijo que has parido clavado en la cruz, no atado, no, clavado por pies y manos, soportando una de las torturas más bestias que puede inflingirse a una persona. Oí cómo le quebraban los huesos, olí su sangre, escuché sus gritos de desesperación sintiéndose absolutamente abandonado. Contemplé cómo le quitaban la vida poco a poco, poco a poco en una representación donde había fanáticos sacerdotes satisfechos y retándolo a que pidiera la ayuda de Dios, donde había soldados que infringían el castigo con frialdad cumpliendo las órdenes dadas, donde gente sencilla del pueblo contemplaba todo como un espectáculo macabro pero con cierta complacencia sádica. Donde también habían muchas personas escandalizadas y con el corazón destrozado, presas del miedo y la impotencia. Algunos soldados más considerados quisieron apartarme de la cruz, también algunos del grupo de Jesús, sobre todo las mujeres del grupo. Pero no, yo me quedé allí, aguanté lo inaguantable (mayor era el dolor de mi hijo), allí me empapé de su sangre, de sus lágrimas y contemplé su tortura implacable y la de los dos desgraciados que le acompañaban, avanzando poco a poco hacia la muerte. Tanto era mi dolor que, hasta entonces, no me había fijado en los otros dos hombres que sufrían la tortura de la cruz junto a él. Pues ni ellos, ni mi hijo ni nadie se merece un sufrimiento así ni nadie tiene derecho a infringir un sufrimiento así a ningún semejante. No, no hay ideología, ni dogma, ni principio, ni patria, ni ley que justifique el dolor tan grande de una persona y menos si ese dolor se produce con ensañamiento. Las cruces… las cruces tendrían que estar malditas y proscritas de nuestra sociedad. ¡Sí! Malditas sean todas las cruces que clavan al hombre en la miseria, en el hambre, en el odio, la enfermedad. Malditas sean todas las cruces que matan poco a poco a la mayoría mientras algunos viven en la opulencia y en el poder. Malditas sean todas estas cruces, tantas veces justificadas en nombre de Dios. Ninguna cruz debería existir. Ya existió la de mi hijo, ya sufrió él por todos. Derribemos las demás cruces a golpes de justicia y esperanza. ¿Entendéis ahora cuál es la fuerza que me mantuvo abrazada a la cruz hasta que recogí los despojos de mi hijo? Un pedazo muy grande de mi corazón murió con mi hijo, pero un trozo, muy pequeño, se resistía a morir por terca esperanza, por la terca esperanza, contra toda esperanza, de que Dios, a pesar de todo, cumpliría su promesa, como me decía mi abuela y repetía Jesús siempre y tantas veces.
María, la de Jesús MARÍA LA DE JESÚS, MARÍA JUSTA MARÍA, SIEMPRE CERCA DE LA CRUZ. MARÍA, LA DE JESÚS, MARÍA, JUSTA MARÍA, SIEMPRE CERCA ESTÁS TÚ. ¿Qué te pasa niño mío, niño, el de la barriga hinchada? El hambre me está matando poco a poco, poco a poco. El hambre, injusto hambre, poco a poco, poco a poco. ¿Qué te pasa madrecita, madre, la de la garganta rota? La guerra lleva a mis hijos poco a poco, poco a poco. La guerra, injusta guerra, poco a poco, poco a poco. ¿Qué te pasa a ti, vecino, hombre, el que anda tan cabizbajo? El paro que me consume poco a poco, poco a poco. El paro, injusto paro, poco a poco, poco a poco. ¿Qué te pasa, inmigrante, hermana, la que viene de otras tierras? La pobreza me golpea, poco a poco, poco a poco. La pobreza tan injusta, poco a poco, poco a poco.
X. Mi corazón y el de los hombres y mujeres del grupo de Jesús, quedaron a oscuras después de la muerte de Jesús, una oscuridad que duró tres días. Sentimientos distintos y encontrados hizo que nos fuésemos reuniendo en casa de un amigo de Jesús y de su grupo. El miedo a las autoridades, la vergüenza de no haber sabido defender y librar a Jesús de su tortura, el absoluto abatimiento como el que yo sentía…hicieron que nos encerráramos en la casa con las puertas y las ventanas bien cerradas. ¡Qué noche de desvelos, de nostalgia, de tristeza, de sentimiento de fracaso, de reproches a Dios, de maldecir a los dirigentes políticos y religiosos de nuestro pueblo! ¡Que noche tan larga de tres días! ¿Dónde había quedado, Dios, la impresionante tormenta de ilusión que habían provocado las palabras y las acciones de Jesús? ¿Dónde se había escondido toda esa muchedumbre que lo aclamaba como el Mesías y que después no salió en su defensa? ¿Dónde quedaron las bienaventuranzas que nos hicieron sentirnos dichosos y tan queridos por Ti, Dios mío? ¿Por qué los pobres casi nunca podemos gozar de la fiesta hasta el final? Silencio. Absoluto silencio. Doloroso silencio. Aplastante silencio de Dios cuando nuestro corazón hambreaba una señal, aunque fuese ínfima, que nos hiciera creer que toda esta barbarie no sería el absurdo final de una absurda historia. ¡Dios mío! ¿Acaso no eres el Dios de la Vida? ¿Acaso quien ha creado el mundo y todo lo que contiene no es capaz de devolvernos la alegría? ¿Es que la mano fuerte y poderosa que libró a su pueblo del desierto no es capaz de hacer florecer entre nosotros otra vez la esperanza? ¿Es que el Dios que escucha a su pueblo en el exilio y del exilio lo libra no es capaz de escuchar las plegarias de esta madre sin tierra y sin paz? ¡Muéstranos otra vez tus entrañas de misericordia! ¡Dios mío, que venga la resurrección, que venga tu resurrección! Cuando ya no me quedaba lágrima que derramar ni plegaria que hacer, me levanté de un salto y abrí las ventanas, todas las ventanas de la estancia, sobresaltando a todos los de la casa y armando un revuelo tremendo. Estaba amaneciendo y aún ese sol tenue me hacía daño en los ojos. Supongo que sería el contraste con la oscuridad de los días anteriores, pero ese amanecer me pareció el más brillante que he visto jamás. Ni antes ni después recuerdo haber visto un amaneces tan… tan sorprendente. ¿Qué haces, María? ¿Qué te pasa, querida María? ¡Que estoy harta de oscuridad! ¡Que no aguanto más aquí encerrada! ¡Que no me creo que Jesús este muerto! ¡Que me voy a su sepulcro ahora mismo! Hizo falta un buen rato para convencerme de que me quedara, que no era buena idea que fuéramos al sepulcro ninguno de nosotros, que los hombres ya buscarían a alguien para que arreglara y diera digna sepultura al cuerpo de Jesús. María Magdalena no aguantó más. A mí nunca me han dado miedo los hombres, sé muy bien cómo manejarlos. Por lo tanto, yo me voy al sepulcro y no pienso dejar que ninguna mujer desconocida toque el cuerpo del maestro. Lo voy a hacer yo aunque se me parta el corazón. Tú, María, te quedas, que ya lo llevaste hasta el sepulcro. ¿Quiere alguna acompañarme? Y allá que, abriendo la puerta con decisión, se fueron María la de Magdala y unas cuantas mujeres más a honrar a los muertos, a mi hijo querido matado en la cruz. ¿Por qué, conforme se alejaban, notaba mi corazón palpitando con fuerza, todo mi corazón, no sólo el pedacito que me había quedado vivo tras la muerte de Jesús? Y María espera Qué oscuro está el cielo y mi corazón, qué triste es la vida si Jesús ha muerto. Ya todo ha quedado enterrado en el huerto. ¡Dios mío, que venga la resurrección! Y MARÍA ESPERA A LOS QUE SIGUIERON A JESÚS. Y ESPERA QUE LA VIDA SURJA DE LA CRUZ TERRIBLE QUE A JESÚS MATÓ. ¡DIOS MÍO, QUE VENGA LA RESURRECCIÓN! ¡DIOS MÍO, QUE VENGA LA RESURRECCIÓN! Mataron al hombre que infundió ilusión a todos los pobres que había en el puerto. Ahora se esconden porque Él ha muerto. ¡Dios mío, que venga la resurrección! El poder injusto y la sinrazón truncó la alegría y nuestra esperanza, rompió en mil pedazos bienaventuranzas. ¡Dios mío, que venga la resurrección! Qué oscuro está el cielo y esta habitación, abrid ya las puertas y acercaos al huerto, que yo no me creo que Jesús ha muerto. ¡Dios mío, que venga la resurrección!
XI. Después de la gozosa experiencia de ver a Jesús resucitado mucha gente se interesó por mi. Todos querían que les contara cosas de Jesús, de sus años en Nazaret, de su predicación, de su muerte y resurrección. En una de esas tardes de recuerdo, cuando nos sentamos a bendecir el pan y el vino como lo hizo Jesús, Juan fue interrumpido por su hermano porque no quería que me contara una cosa. Yo insistí en que la contara y Juan la contó no sin cierto pesar. Un día, andando por Galilea, una mujer le gritó a Jesús: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Juan se ruborizó cuando lo dijo y yo también. No entendía por qué no quería contar que una mujer se había acordado de mí y me había echado un piropo. Pero Juan siguió contando que Jesús se volvió rápidamente a la mujer y le dijo lleno de emoción: "Mejor di, mujer, dichoso quien escucha la palabra de Dios y la pone en práctica". Se hizo un silencio grande, nadie se atrevía a comentar lo ocurrido. Me acuerdo, entonces, que sonreí abiertamente y les dije: Os aseguro que nada de lo que me digáis hará que tenga la más mínima duda sobre el amor que Jesús me tenía. Era exagerado conmigo. No es de extrañar porque su corazón era exageradamente amoroso. Tenía que apartarlo a veces de mi lado porque me agobiaba a besos. Incluso a José, pero a él lo besaba cuando lo cogía desprevenido, porque le daba mucha vergüenza que Jesús le diera un beso porque sí. Así es que lo que dijo esa mujer es verdad. Soy, como me decía Jesús, la atopeagraciada. Me siento absolutamente dichosa. ¿Pero sabéis por qué me siento más dichosa? ¿Os cuento el secreto? Pues me siento dichosa, sobre todo, por lo que le contestó Jesús a esa buena mujer. Sí, no me miréis extrañados. ¡Claro que siento un gozo inmenso de ser la madre del Salvador! Pero si me siento dichosa de verdad es porque, aún sin comprender, me he fiado de Dios (¡Dios me libre de ser presuntuosa!), me he fiado de Dios desde el principio, le he entregado mi corazón (todo mi corazón y toda mi vida) sin hacer cálculos, sin pensar si ganaba o perdía. Soy una mujer de vuestra raza, una mujer pobre, de Nazaret, que he tenido la dicha, a pesar de ser mujer, de acercarme a las escrituras en este extraño grupo que formamos nosotras y nosotros y comprender cómo Dios ha cumplido su palabra siempre, de generación en generación; he tenido la suerte de ser testigo, en primera fila, de palpar la salvación de Dios actuando en nuestro pueblo, en nuestra historia; de darme cuenta cómo Dios se compromete con los más pobres y desgraciados. Es verdad que he sufrido mucho, pero también es verdad que mi gozo ha superado con creces ese sufrimiento. Os aseguro que estoy llena de fe en Dios, de fe en su hijo Jesús, en mi hijo Jesús, la Palabra más grande, más sorprendente y más definitiva que jamás haya dicho Dios a su pueblo. Por eso me siento, sobre todo, dichosa. Por eso mismo pienso que la respuesta de Jesús es la que me hace dichosa y llena de gracia y por eso, pienso, que es tan importante para nosotros. Porque si Jesús es la Palabra de Dios más grande, nosotros tenemos que escucharle, ahora a través de nuestros recuerdos, y dejar que la pasión que él tenía nos invada: la pasión por el Reino de Dios, la pasión por la nueva era. Es tiempo, como él decía, de vino nuevo en odres nuevos. ¿No os acordáis? Es el tiempo de las bienaventuranzas, de la buena noticia a los pobres, del pan que se reparte a todos los que le siguen, es el tiempo de la resurrección a pesar de la cruz. ¿No recordáis nuestra extrañeza y emoción cuando Jesús nos descubrió el verdadero rostro de Dios al decirnos que nos dirigiéramos a él llamándole "papá"? Pues la misma emoción siento yo al pensar que Jesús nos ha descubierto nuestro verdadero rostro, lo que estos hombres y mujeres podemos llegar a ser: hombres y mujeres nuevos, constructores del reino y, finalmente resucitados con él. Ya sé, ya sé que queda mucho por hacer, que hay mucha miseria, que hay mucho dolor, que hay estructuras injustas, leyes injustas, instituciones injustas con los pobres de esta tierra; siguen habiendo demasiadas cruces para los pobres puestas por los ricos y poderosos de este mundo. ¿Sabéis ya por qué soy y me siento dichosa? Porque creo en Jesús y en su causa, nuestra causa ahora.
Romance Guadalupano Señora de Guadalupe, Patrona de estas Américas: por todos los indiecitos que viven muriendo, ruega. ¡Y ruega gritando, Madre! La sangre que se subleva es la sangre de tu Hijo, derramada en esta tierra a cañazos de injusticia en la cruz de la miseria. (bis) ¡Ya basta de procesiones mientras se caen las piernas! Mientras nos falten pinochas ¡Te sobran todas las velas! Ponte la mano en la cara, carne de india morena: ¡la tienes llena de esputos, de mocos y de vergüenza! ¡La justicia y el amor!: ni la paz ni la violencia. Señora de Guadalupe: por aquellas rosas nuevas, por esas armas quemadas, por los muertos a la espera, por tantos vivos muriendo, ¡Salva a tu América! (3)
XII. Creer en Jesús ha cambiado tan profundamente mi vida, me ha hecho tan profundamente diferente. ¡Me siento tan dichosa! (Creo que eso lo he dicho ya muchas veces. ¿No?). Me sorprende ver a Dios fijándose en esta pobre mujer. Y más me sorprende si pienso en los ojos de Jesús mirándome. Me sorprende ver a Dios frágil en mis manos, con olor a cálida leche materna. Me sorprende ver a Dios madurando su Palabra al ritmo lento de los humanos. Me sorprende ver a Dios haciendo avanzar la historia hasta su Reino desde la más absoluta y sencilla pequeñez. Me sorprende el dolor profundo de la Cruz y la alegría indescriptible de la Resurrección. Me sorprende escuchar a Dios proclamándonos bienaventurados y llenos de su gracia. Me sorprende ser la madre de Dios. Me sorprende todos los días que me levanto. Y no me lo termino de explicar. Por eso me sorprende tanto. Así de desnudo está mi corazón delante de Dios, desde que me acuerdo. Así de desnudo y así de lleno. Por eso, porque está lleno de Dios, le hago caso al corazón, siempre le hago caso al corazón. Mientras pensaba todo esto (no dejo de pensarlo todos los días), llegaron a la casa dos apuestos nazarenos (conozco a mis paisanos a la legua) que me preguntaron: ¿Eres María, la de Joaquín y Ana? No. Yo soy María, la de Jesús. Bueno…¡claro que sí! Mis padres eran Joaquín y Ana, ¡que Dios los tenga en su gloria!. ¿Quiénes sois vosotros? Somos tus sobrinos. Nos ha mandado padre a decirte que regreses con nosotros a Nazaret, que pases tus últimos días con tu familia, que te queremos mucho! Les di un apretado y emocionado abrazo. Estuvieron todo el día contándome chismes e historias de nuestra querida Nazaret. Hasta que no repasamos la vida de todas y cada una de sus familias no paramos. ¡Hacía ya algunos años que faltaba de allí! Se quedaron a dormir en nuestra casa. Me acuerdo que ese noche dormí poco. Al día siguiente, después de tomar un bocado, les preparé un pan, un buen trozo de queso y un pellejo de vino para que el camino de regreso no fuera penoso. Mis queridos sobrinos, habéis traído a mi corazón otra vez a tanta gente que me quiere y que quiero…Vuestra visita me ha llenado de nostalgia. Pero no os voy a acompañar a Nazaret. Me dijo Jesús una vez que su familia era la que escuchaba la palabra de Dios y la ponía en práctica. Ahora sé que es verdad. Por eso he decidido seguir caminando por las sendas que nos marcó mi hijo. Lo seguiré haciendo con esta comunidad de hombres y mujeres. Dile a tu padre que lo quiero con toda mi alma, pero que me quedo con este grupo que, aunque oigáis cosas raras de él, sólo padecen de pasión por el Reino de Dios. Mis padres son Joaquín y Ana, vuestros abuelos, vuestro padre es mi hermano, pero yo sólo soy María, la de Jesús. Por eso, cuando recordéis y pronunciéis mi nombre hacedlo recordando a la mujer que hizo un increíble camino de fe siguiendo a su hijo. Cuando me recordéis, no me concedáis privilegios ninguno (aunque surjan de vuestro amor), en todo caso recordadme como Flor Temprana del Tiempo Nuevo. Decir tu nombre, María Decir tu nombre, María, es decir que la pobreza compra los ojos de Dios. Decir tu nombre, María, es decir que la promesa sabe a leche de mujer. DECIR TU NOMBRE MARÍA (3) Decir tu nombre, María, es decir que nuestra carne viste el silencio del verbo. Decir tu nombre, María, es decir que el Reino viene caminando con la historia. DECIR TU NOMBRE, MARÍA (3) Decir tu nombre, María, es decir junto a la cruz y en las llamas del Espíritu. Decir tu nombre, María, es decir que todo nombre puede estar lleno de gracia. DECIR TU NOMBRE, MARÍA (3) Decir tu nombre, María, es decir que toda muerte puede ser también su pascua. Decir tu nombre, María, es decirte toda suya, Causa de Nuestra Alegría. DECIR TU NOMBRE, MARÍA (7)
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