Bienaventurados los pobres, los que sufrís, los que tenéis hambre y sed porque seréis saciados de amor, de justicia, de paz. Os lo promete Dios.

 

Domingo Pérez Bermejo

0. Un cartel para la introducción

El cartel de un acto en favor de la paz organizado por la Universidad de Murcia me ha causado una honda impresión: sobre un fondo negro aparece un montón de puntos luminosos que semejan (muy de lejos, claro que sí) un cielo cuajado de estrellas como el de Casasola; y cada punto tiene su nombre como el de esos hermosos planetarios que nos presenta Jesús Chinarro las noches en que contemplamos, y nos intenta explicar, un universo profundamente en calma e inabarcable. En medio se sitúa una singular paloma de la paz garabateada por Alberti para la universidad en una de sus visitas, pidiendo la paz y la palabra. Es una bonita composición que de golpe se te torna sombría cuando ves lo que representa en realidad: las estrellas representan los países y las regiones del mundo donde reina la violencia y la barbarie, convirtiéndose, de pronto, en estallidos de la constelación de la guerra, de los conflictos violentos que asolan esta Humanidad nuestra; y la seráfica paloma ya no está en el universo calmo, sino en medio del cielo de Bagdad, amenazada por los misiles y bombas (¡inteligentes!) que siembran muerte y sangre, sangre y muerte. ¡Pobre paloma de la paz que ya no pide, grita desesperada que calle el estruendo de la guerra y vengan la paz y la palabra!

Y como sabemos que si olvidamos la historia estamos condenados a repetirla, se nos pide que no olvidemos, que no olvidemos tanto horror, porque esa memoria ha de ser una de las claves para hacer aflorar Otro Mundo mejor. Por eso comienzo este artículo haciendo expresión y conciencia de todos ellos: Afganistán, Angola, Timor Oriental, Somalia, Azerbaiyán, Bangladesh, Senegal, Chipre, Sri Lanka, Pakistán, Cachemira, Indonesia, Chechenia, Congo, Cuba, India, Turquía, Colombia, Serbia, México, Etiopía, Corea, Sudán, Georgia, Palestina, Kurdistán, Bielorrusia, Filipinas, Nepal, Sierra Leona, Ruanda, Sáhara Occidental, Iraq... Una lista que se incrementa cada día de forma trágica.

En el ambiente, en los medios de comunicación el mismo lenguaje se va incendiando más y más por momentos: fascismo, imperialismo salvaje, política del terror y la represión, ruptura de la legalidad internacional, aniquilación de la ONU, cuarta guerra mundial...

Los análisis sobre la situación, sobre la guerra concreta de Iraq, no pueden ser más espeluznantes al dibujarnos con claridad inusual el juego egoísta e indecente de los intereses de las grandes corporaciones para las que el mundo está compuesto por tablas de beneficios que suben y bajan, que controlan o que no controlan.

Contemplamos cómo la avidez insaciable de los poderosos de este mundo se está cargando irreparablemente el planeta. No firman el protocolo de Kioto, ni la prohibición de minas antipersona porque es contrario a sus intereses, y punto.

Utilizan, reinterpretan y manipulan la legalidad internacional, convirtiéndose en paladines de ella cuando, al mismo tiempo, no aceptan el Tribunal Penal Internacional porque nadie es digno de juzgar sus atrocidades. Ellos se han dado cuenta (por revelación divina) que pueden ser juez y parte "con todas las garantías".

¿Os dais cuenta? Nos descuidamos y nos ponemos a hablar de EE.UU., corrijo, nos ponemos a hablar del gobierno de EE.UU., una de las expresiones de mayor inmoralidad de la historia. Y no es que los gobiernos de Rusia o China lo hagan mejor, ni el de Cuba, que no se me olvide (¡ay, mi querida Cuba!). Y no es que los que apoyan a los poderosos lo hagan mejor... o sean menos inmorales (que se lo pregunten al padre que acaba de perder a su hijo en la guerra y le oiremos decir: "Malditas sean todas las guerras y los canallas que las provocan")..

Pero volvamos al cartel, porque en medio de esa macabra constelación de estallidos contra la paz aparece la paloma de Alberti pidiendo la paz y la palabra. Ya me imagino a Cheney carcajeándose delante del cartel al enterarse de que 200, 300, 1.000 personas nos hemos reunidos a leer poesías y cantar canciones a favor de la paz. Nuestro querido Aznar no se reirá (no le dio Dios esa cualidad) pero hará una interpretación "inteligente" (como las bombas) del cartel: todos esos puntos serán liberados del horror, el Imperio lo hará y él lo acompañará, nada de quedarse en el rincón de la historia. Faltaría más.

Nuestro discurso sereno se puede tornar agrio y sarcástico por momentos. Y si seguimos, es posible que violento e insultante. El sentimiento de impotencia ante tanta prepotencia ilegal e injusta es muy grande y nos produce una violencia interior muy dolorosa.

Por eso es mejor cortar aquí el discurso radicalmente y echar mano de algunas de las hermosas palabras que estos días recorren todo el mundo gracias al correo electrónico, palabras que no nos evitan sentir el viscoso fango del presente, pero nos hacen fijarnos en la hora oscura del amanecer en la que apenas apunta el día, como nos recuerda Casaldáliga, reconociendo (y eso sí es tener aguda vista) que "los signos de los tiempos actuales son más bien luminosos".

O ese otro párrafo cargado de la misma terca esperanza que nos ha regalado Paulo Coelho: "Gracias por permitirnos a todos, un ejército de anónimos que se manifiestan por las calles intentando parar un proceso ya en marcha, conocer la sensación de impotencia, aprender a lidiar con ella y transformarla..."

Y ahí sigue el cartel, con sus estrellas-estallidos, universo-bombardeo nocturno, paloma fraterna-paloma angustiada. Casi sin darme cuenta he realizado una interpretación apasionada de un cartel. Y es que, de tanto repetirlo, me estoy creyendo eso de que hay que hacer caso al corazón para interpretar la existencia, para vivir, para gozar, para comprometerse, para seguir caminando con esperanza, con terca esperanza.

 

1. El camino de la perfección: Dichosos los que viven con pasión la vida, porque ellos se parecen mucho, mucho a Dios.

En nuestro mundo occidental, sustentado por las categorías de la filosofía griega, el término pasión es contradictorio. Si nos fijamos en la quinta acepción del DRAE, encontramos: "Perturbación o afecto desordenado del ánimo". "La pasión lo cegó", frase que podemos oír con cierta normalidad, contrapone pasión con racionalidad. Es, evidentemente, una utilización negativa que implícitamente acepta aquello de que sin racionalidad la vida sería un caos y, por tanto, dejar actuar al sentimiento sin racionalidad sería una barbaridad (y si no, veamos los desastres que ocasiona la pasión en la juventud, o la pasión de despechados "machos" abandonados por la "hembra"). Los sentimientos no pueden ofrecer el más mínimo orden social porque en sí son caóticos. El "corazón", necesariamente, ha de tener el contrapeso de la "cabeza," ("vivir apasionadamente" es sinónimo de pérdida de objetividad ante la vida). El DRAE otra vez: "Con interés o parcialidad". Es la dicotomía griega de cuerpo y alma, de materia y espíritu, por la que el corazón (cuerpo) sale perdiendo frente a la cabeza (alma); la materia sería algo informe sin la ayuda del espíritu. Así se produce una disección filosófica de la persona en el que se distingue claramente la parte noble, bella y limpia (el espíritu) y la parte vulgar, fea y sucia (el cuerpo). ¡Qué polvos más tóxicos han traído estos lodos!

Frente a esta percepción de la persona, está otra muy distinta: la de la persona bíblica que no entiende de dualidades, en la que conviven cuerpo y espíritu utilizado esta descripción como categorías de pulsiones diferentes de la persona, pero que son absolutamente inseparables (cualquier parte de la persona se refiere a la totalidad). La persona es buena o mala por lo que hace y cómo lo hace, en su totalidad. Y ahí está batallando con su inclinación al bien y al mal, en una existencia apasionada.

Y es que, plantearse el camino de la perfección desde la filosofía griega significa un ideal a alcanzar progresivamente, una ascesis reservada a un puñado de privilegiados que tantas veces se nos ha presentado como ideal inalcanzable para el común de los mortales, siendo no pocas veces fuente constante de frustración. Desde esta concepción de la existencia dualista la santidad es muy poco atrayente: ha significado siempre renunciar a los placeres de la vida, ascesis, esfuerzo constante. Es la castración de una parte (el cuerpo) a la que no se le ve sentido. Y eso ha llevado a huir del mundo, a despreciar lo terreno, amando sólo lo celestial. El santo es un espíritu desencarnado, un triste santo.

Sin embargo, plantearse el camino de la perfección desde el sentido bíblico de la persona, del cual participaba Jesús, es algo bien distinto. Cuando Jesús nos decía: "Vosotros sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5,48) se está refiriendo a la totalidad de la persona. No se trata de renunciar a una parte de nuestra persona, sino de hacer las cosas con todo el corazón, no a medias tintas. No se trata de huir de este mundo, sino de comprometerse con toda el alma en la realización del plan de Dios. Eso mismo es lo que decía más adelante al referirse al mandamiento mayor de la Ley: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" (Mt 22,37). Corazón, alma y mente son sinónimos, se refieren a la persona en su totalidad. Comprometerse con Dios y con su Reino excluye, en todo caso, cálculo, análisis previo, medir nuestras fuerzas. La perfección ya no es algo inalcanzable, sino andar por el "camino estrecho" con todo lo que somos: sentimientos, pensamientos, acciones, intuiciones, fracasos y logros, penas y alegrías... con la totalidad de nuestro ser.

"Sed perfectos" no es en absoluto un precepto legal, es una invitación a vivir la relación con Dios con la misma profundidad que la vivió Jesús, con la misma pasión que la vivió Jesús. Parafraseando a Gandhi, podemos decir que, para Jesús, la perfección no es la meta sino el camino.

2. La pasión de Jesús: hacer la voluntad del Padre. La pasión de Jesús: la cruz. Jesús o la pasión por la Vida.

¿Son tres "pasiones" diferentes o la misma? ¿Estamos haciendo juegos malabares con las palabras o llegando al meollo de la cuestión? Ya sabéis que una pregunta retórica (y éstas lo son) lleva en sí misma la respuesta. Son un recurso que se emplea para centrar la atención y reforzar aquella tesis que se quiere exponer.

Pero también es verdad que estas preguntas reflejan mi asombro al ver, de una forma nueva, esta "confluencia de pasiones". Supongo que hay momentos en la vida propicios para la síntesis, es como sentarse al borde del camino (con la simple intención de descansar un poco, como tantas otras veces) y encontrarle sentido a tantos hechos, pensamientos, situaciones, compromisos... que uno creía inconexos. Eso fue lo que me pasó el otro día en un rato de oración que compartí con el Comité Oscar Romero de Murcia. Trataré de explicarme.

Vamos a partir de la definición del DRAE: pasión. (Del lat. passĭo, -ōnis, y este calco del gr. π άθoς). f. Acción de padecer. || 2. por antonom. pasión de Jesucristo. ORTOGR. Escr. con may. inicial. || 3. Lo contrario a la acción. || 4. Estado pasivo en el sujeto. || 5. Perturbación o afecto desordenado del ánimo. || 6. Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona. || 7. Apetito o afición vehemente a algo. || 8. Sermón sobre los tormentos y muerte de Jesucristo, que se predica el Jueves y Viernes Santo. || 9. Parte de cada uno de los cuatro Evangelios, que describe la Pasión de Cristo. || ~ de ánimo. f. Tristeza, depresión, abatimiento, desconsuelo. □ V. Domingo de Pasión, flor de la Pasión, tiempo de ~.

Es claro que la pasión por hacer la voluntad de Dios, su Padre (Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona) marcó la vida de Jesús. Los evangelistas muestran a Jesús (Mateo en particular) como quien va cumpliendo en su vida a rajatabla el designio de Dios.

"Poseído por una secreta fuerza interior, Jesús no vivió más que para hacer la voluntad de su Padre; no fue otro su secreto. Nadie, en toda la historia de la humanidad, ha mostrado una fidelidad mayor, una sensibilidad más aguda, una pasión más honda por hacer la voluntad de Dios que Jesús de Nazaret".

(Secretariado Nacional de Catequesis, Evangelio y catequesis de las Bienaventuranzas, pág. 144)

Por lo tanto el término pasión aquí no tiene nada que ver ni con la tercera ni con la cuarta acepción del DRAE (Lo contrario a la acción; estado pasivo en el sujeto), acepciones, por otra parte, tan vividas en nuestra espiritualidad durante siglos, alimentadas por una concepción alienante de la religión, utilizada como excusa por los poderosos de este mundo (con los que nuestra Iglesia se ha identificado tantas veces) para someter al pueblo. Y la cruz ha sido tantas veces el vergonzoso estandarte de esta vergonzosa utilización. "Maldita sea la cruz/ que no pueda ser la Cruz" dice Casaldáliga, y canto yo.

Sí que tiene que ver con la primera todo lo referente a la cruz (Acción de padecer). Acción consciente, profunda, responsable y querida por el apasionado de la voluntad de Dios. Claro, claro que la pasión de ánimo es tristeza, depresión, abatimiento, desconsuelo ("Dios mío, ¿por qué me has abandonado?); sería inhumano no pasar por esos estados cuando te están torturando, pero aún en ese terrible momento vence su pasión por Dios, por la Vida ("Hágase tu voluntad").

Por eso decimos que Jesús tuvo pasión por la Vida (Apetito o afición vehemente a algo). O dicho de otra forma: pasión por el Reino. Toda su vida fue una acción consciente, profunda y viva por el Reino: su predicación, sus acciones, su silencio, sus lágrimas, sus reacciones, sus relaciones, su cruz.

Son, por otra parte, las dos grandes peticiones de Jesús: "Hágase tu voluntad", "Venga a nosotros tu Reino". Ellas dos resumen el contenido de toda su predicación. Nos enseñó a rezar, a dirigirnos a Dios con estas pocas palabras y nos recomendó que lo hiciéramos insistentemente.

Volvemos al DRAE otra vez, pero muy brevemente, para buscar otra palabra: apasionadamente. adv. m. Con pasión o deseo vehemente. || 2. Con interés o parcialidad.

Hete aquí que vivir apasionadamente la voluntad de Dios, el Reino, la Cruz es vivir con interés o parcialidad. Y es que Jesús nos presentó a un Dios que nos invita a vivir la vida con interés y parcialidad. Con el interés de hacer su voluntad, con la parcialidad de su Causa: la construcción del Reino.

En fin, después de esta erudición lingüística, podemos concluir, en forma de algunas preguntas, lo siguiente:

¿Cómo se puede aceptar el evangelio en nuestra vida sin una preferencia personal, comunitaria, eclesial muy viva por el Dios de Jesucristo, sin una afición vehemente por el Reino, sin padecer para alcanzar la Vida? O dicho en negativo: ¿cómo se puede acoger la Buena Noticia si nos empeñamos en ser comedidos en nuestro interés manteniendo la cabeza fría e intentamos ser imparciales? ¿Qué miedo podemos tener a perder la cabeza si es en Dios donde ponemos el corazón? ¿Acaso no nos damos cuenta de que la pasión de Jesús no tiene nada que ver con el integrismo que brota de las ideas y es excusa para que unas personas, incluso, maten a otras? ¿Es que no hemos caído en la cuenta hasta ahora de que la pasión de Jesús tiene que ver con el amor que se entrega hasta dar la vida por los demás para que brote la Vida?

¿Vais siguiendo el discurso? Pues ahora es cuando estamos en disposición de entender las bienaventuranzas y su relación con la paz que deseamos para este mundo.

3. Siempre es el tiempo de las Bienaventuranzas, ahora también.

Para la exposición de las Bienaventuranzas voy a seguir, fundamentalmente, el magnífico trabajo que elaboró el Secretariado Nacional de Catequesis como "material para el catecumenado y catequesis de adultos y jóvenes" con la colaboración de Blanca Astiz, Begoña de Isusi, Ricardo Lázaro y Teresa Ruiz Ceberio y que se titula "Evangelio y catequesis de las bienaventuranzas", en adelante ECB. Lo considero uno de los comentarios sobre las bienaventuranzas, a nivel divulgativo, mejor realizados. Lo publicó EDICE en dos tomos: Rojo para monitores y verde para catecúmenos. Nosotros utilizaremos el rojo en este resumen. Es un estudio magnífico comentando las bienaventuranzas en Lucas y Mateo. Las siguientes notas, por tanto, ser Se publicó en 1981 y, me da la sensación, que ahora no lo editarían dada la urticaria integrista que le ha brotado a la Conferencia Episcopal.

En fin, vayamos a lo nuestro. Es aceptado comúnmente entre los estudiosos de la Biblia que el núcleo fundamental de las bienaventuranzas es el siguiente:

"Dichosos los pobres porque tienen a Dios por Rey,

dichosos los que sufren porque serán consolados,

dichosos los que tienen hambre y sed porque serán saciados".

No sólo son el núcleo fundamental de las bienaventuranzas, sino lo esencial del evangelio pronunciado por Jesús. Un mensaje dirigido a todos los pobres de la tierra, para todos los tiempos. Un evangelio que tenemos la obligación de devolvérselo porque ellos son los verdaderos destinatarios.

Los evangelistas captaron rápidamente que este mensaje y este estilo de vida de Jesús deberían constituir el programa de vida cristiana de sus comunidades y cada evangelista, adaptándose y dando respuesta a la realidad de su comunidad, así presentó las bienaventuranzas. Lucas muestra a su comunidad cuál es la verdadera riqueza para el cristiano; es el evangelista de la pobreza evangélica. Mateo precisa los verdaderos criterios que permiten la entrada en el Reino; es el evangelista de la justicia evangélica.

Aunque después volveremos sobre esos dos temas centrales, las bienaventuranzas, en su núcleo común comparten el siguiente mensaje (ECB, 34-42):

a) Las bienaventuranzas son un mensaje de felicidad: "Las bienaventuranzas, tal como las pronunció Jesús no exigen ninguna disposición interior en los pobres para llamarlos dichosos, ya que son el anuncio de la acción gratuita de Dios en su favor. Para nosotros los cristianos son también promesa de dicha antes que exigencia, buena noticia antes que imperativo ético".

b) Son un mensaje de felicidad actual: Jesús anuncia la nueva era del Reino que se inaugura con su persona, porque Dios está empeñado en reinar impartiendo justicia entre los pobres, los que sufren y los hambrientos. ¿Cómo es posible seguir proclamando ante el mundo este mensaje? Es posible que tengamos que seguir escuchando a Gandhi y a tantos otros decirnos eso de que "me parece que el cristianismo está todavía por realizar". O desde dentro, profetas de todos los tiempos que nos preguntas: ¿qué habéis hecho del evangelio de Jesucristo, de la causa de los pobres? Y entonces tendremos que reconocer que la historia sería bien distinta si durante estos veinte siglos los cristianos hubiésemos participado de la misma pasión de Jesús (en todos los sentidos que hemos visto más arriba). Pero también reconocemos que son muchas las personas creyentes y no creyentes en Jesús que están empeñadas apasionadamente en su Causa.

c) Las bienaventuranzas se fundamentan en Jesús: Jesús es el primer bienaventurado. "Las bienaventuranzas son la filosofía de la vida de Jesús, su estilo de vivir. Toda su existencia no es más que un vivir las actitudes de las bienaventuranzas: desde su nacimiento pobre hasta su muerte en cruz. Por eso las bienaventuranzas no se entienden bien sin un estudio apasionado de la persona de Jesús, sin una asidua meditación de los evangelios". Por eso, añadimos, no se pueden entender las bienaventuranzas si esa meditación no es, al mismo tiempo, un seguimiento de Jesús. Recordad que no hace falta haber alcanzado la plenitud (según la filosofía griega) sino seguirle con todo el corazón.

d) Las bienaventuranzas nos descubren el corazón de Dios y su preferencia por los pobres. "Las bienaventuranzas son el lugar privilegiado donde Dios se define como es: no hemos sabido ver en ellas el lugar teológico privilegiado por excelencia... Digámoslo claramente: hasta que no descubramos, por las bienaventuranzas, que Dios, que ama a todos los hombres, prefiere a los pobres, tiene debilidad por ellos y dirige a ellos lo mejor de su amor, no hemos descubierto el verdadero rostro de Dios". O dicho de otra manera, el lugar privilegiado para encontrar a Dios son los pobres.

e) Las bienaventuranzas anuncian una nueva era: la del reinado de Dios. Jesús inaugura el reinado de Dios que ejerce su justicia en favor de los pobres, de los oprimidos y de los que sufren, un Dios claramente parcial, con unas implicaciones sociales y religiosas que no sólo entonces quitaron de en medio a este Mensajero incómodo, sino que en estos momentos siguen levantando oleadas de persecución y condena dentro de la Iglesia, con una jerarquía y unos movimientos integristas profundamente incómodos que se esfuerzan vehementemente por hacer compatible a Dios con el dinero y el poder, que no admiten que la Buena Noticia es para los pobre de la tierra una dicha y para los ricos y poderosos una mala noticia, muy mala. Entre otras cosas porque las bienaventuranzas se nos presentan no como algo potestativo propio de los que aspiran a la perfección, sino como "exigencia ineludible del seguimiento de Jesús, propia de todo cristiano".

"Es claro que una interpretación de las bienaventuranzas, centrada en la idea del reino, nos hace superar una mera concepción "intimista" de las mismas, como si no tuvieran repercusiones sociales, o una concepción "paternalista" o "asistencialista", centrada sólo en una beneficencia que haga perdurar indefinidamente la marginación de los pobres, o una concepción "estático-providencialista" que consagre el orden presente sin pretender crear un orden nuevo".

f) Las bienaventuranzas son el programa de la comunidad cristiana. Está claro que nuestra tarea, antes y ahora, ha de ser "luchar contra la pobreza y compartir los bienes (...) Por una parte está el compromiso con los pobres, con los desheredados, con los que sufren, participando en su liberación, en su promoción, en la lucha por la justicia". Es el mensaje de Lucas. Con lo cual la comunidad siempre ha de estar volcada hacia fuera. Pero, por otra parte, hacia dentro de la comunidad hemos de "educarnos en la humildad, en la no-violencia, en el hambre y sed de justicia, en la auténtica misericordia de corazón, en la rectitud de corazón con vistas a una religiosidad profunda, en la acción pacificadora, en saber asumir la persecución desde la fe". Es el mensaje de Mateo.

g) Las bienaventuranzas forman un todo. Ninguna bienaventuranza se puede vivir desligada de las otras. Si vivimos las bienaventuranzas desde la opción por el Reino, la pobreza de espíritu nos llevará a la escandalosa pobreza real, la misericordia a la solidaridad con el mundo de los pobres, la no-violencia a la lucha por la justicia. Forman un todo coherente, "una lógica interna: es un estilo coherente de vivir que brota de la aceptación del amor de Dios, que quiere salvar al hombre en su misericordia. Cuando esto es auténtico, desencadena todo lo demás".

h) Las bienaventuranzas son una sabiduría paradójica, distinta a la de este mundo. "Proponen un estilo de vida recio: se necesita mucha fortaleza de espíritu para seguirlo. Se nos invita a ser personajes incómodos, críticos, insobornables, transparentes y, al mismo tiempo, llenos de bondad, mansedumbre y autenticidad. Nos piden ser sencillos y prudentes como palomas; sabios y astutos como serpientes. Destilan una espiritualidad exigente porque lleva a la cruz. "Lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido". Esto es, perder la cabeza poniendo el corazón en Dios que es el primer empeñado en hacer realidad el Reino.

Para ser seguidores de Jesucristo hemos de acoger este mensaje en su totalidad, con el estilo apasionado de Jesús, porque al reconocer en estas palabras al Hombre Nuevo de la Nueva Era, hará surgir en nosotros una conciencia profética que nos llevará a condenar toda estructura incompatible con estos valores, nos irá llevando a ver la realidad desde el punto de vista de Dios: los pobres, único punto de vista desde donde la realidad no se ve deformada. Ardua tarea, hermosa tarea, apasionante tarea.

4. Lucas: las bienaventuranzas de la pobreza evangélica.

Jesús nació pobre, vivió pobre y murió pobre. Su nacimiento lo convierte en el heredero de los pobres. Vive pobre porque sabe que no se puede anunciar a los pobres la Buena Noticia desde la riqueza, por eso se encarna en ella. Desde esta opción fundamental realiza Jesús toda su misión. Desde ella toma sentido toda su predicación y todos sus gestos. La opción por los pobres y la opción por vivir pobre, tan íntimamente unidos en Jesús son las notas fundamentales para entender la pobreza evangélica. Muere pobre, sin nada, como un malhechor, en la terrible cruz. Y es que la pobreza evangélica lleva a la persecución.

"La pobreza evangélica no concibe la miseria de los pobres como una fatalidad, sino como la consecuencia del pecado (...) Si Jesús ha venido a anunciar el Evangelio a los pobres (Lc 4,18) y si muere como consecuencia de esa misión, es que detrás de la miseria humana, totalmente contraria al plan de Dios, poderosas fuerzas se ocultan para seguir manteniéndola a lo largo de las generaciones". (ECB, 91)

La riqueza.

Para entender mejor la pobreza evangélica es necesario repasar toda la catequesis que Lucas nos da, en contraposición, sobre la riqueza.

En primer lugar, el evangelio se dirige a todos, pero no de la misma manera. El rico, por el hecho de serlo no está condenado de antemano, pero tiene ante sí dos caminos y le toca decidir.

No se condena el poseer. Hay bondad en las cosas materiales, están creadas para servicio del hombre de forma profundamente generosa por Dios, no tenemos un Dios raquítico. "El problema no es la cantidad, sino la distribución". El problema no es poseer, sino el acaparar.

"Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios" (II Cor 3,23), lo que quiere decir que Dios quiere que todas las personas poseamos lo necesario para vivir dignamente: ropa para vestir, pan para cada día, techo donde refugiarnos. Pero este plan se rompe cuando el hombre comienza a acaparar, porque el que acapara posee sin necesidad. El rico, en el evangelio de Lucas, es el que tiene más de lo que necesita para vivir ( y eso creo que va con muchos de nosotros). Por eso, lo que debe ser catequizado en nosotros es el instinto de posesión, de acaparar.

Por otra parte, al contraponer ricos a pobres, la Escritura pone sobre el tapete el escándalo de la miseria: "hay pobres porque hay ricos. La riqueza existe a costa de la pobreza". Amós, Miqueas, Habacuc, Jeremías, Santiago condenan sin paliativos esta riqueza opresora y escandalosa, considerando todas las riquezas injustas por haber sido adquiridas gracias a la explotación, opresión y expolio del pobre. Se condena a la riqueza porque ha sido adquirida injustamente y es causa de miseria.

"La pobreza evangélica, al hacer suya la opción por los pobres, asume la denuncia profética contra la riqueza opresora. No hay pobreza evangélica si no se lucha por la justicia, aunque esta lucha lleve a la persecución". (ECB, 96)

Jesús es más radical que los profetas al condenar toda riqueza como injusta aunque haya sido adquirida justamente. Acaparar es un atentado contra Dios. Y la riqueza es radicalmente injusta porque para Jesús Dios es el único propietario de las cosas y nosotros no somos sino meros administradores que hemos de utilizarlas según el plan del propietario. Acaparar sin necesidad es usurpar las cosas de Dios, nos hace perder el sentido de los verdaderos valores.

" La riqueza nos materializa, nos va haciendo poco a poco insensibles a los verdaderos valores. La voz interior del corazón humano que desea ardientemente la justicia queda sofocada. El ardiente deseo de ser libre queda apagado. El hombre, caminante sediento de esperanza queda instalado en el desierto. Una sociedad dominada por el espíritu de posesión, es una sociedad sin justicia, sin libertad y sin esperanza (...) La Riqueza nos condena a tener y nos impide ser". (ECB, 98)

La Riqueza nos incapacita para ver en el hombre al hermano, endurece nuestro corazón y lo torna insensible a las necesidades de los hombres. La riqueza dinamita el ansia de Fraternidad Universal en late en nuestro interior. "El Dios de la fraternidad se opone al Dios del egoísmo"

En definitiva, nos hace perder el sentido de Dios. Porque la disyuntiva que nos presenta continuamente es o servir a Dios o servir a la Riqueza (Lc 16, 13), enfrentarnos a la pregunta crucial de "dónde ponemos nuestra preocupación fundamental... en dónde se basa nuestra seguridad existencial". La Riqueza hace trizas nuestra confianza filial en el Padre, base fundamental de la pasión de Jesús. Porque sin una relación con Dios tan apasionada como la de Jesús, ¿cómo entregar todo nuestro ser, toda el alma, todo el corazón a vivir el amor de Dios, fuente de la que brotan todos los demás valores?

La pobreza evangélica

De entrada no es algo potestativo de los que aspiran a la perfección, sino esencial a la vida cristiana. Por otra parte, no se puede vivir al margen de la escandalosa situación de la pobreza real. "La pobreza evangélica es amor a Dios en el pobre". No se puede vivir si no tenemos corazón de pobre que se distingue por nuestra relación filial con Dios y de fraternidad universal. Tampoco es menosprecio de la posesión, de la posesión de lo necesario, que hemos de hacerlo rendir prestándolo con generosidad. Y, por supuesto, la pobreza evangélica no es en absoluto una virtud consolatoria. Las bienaventuranzas no canonizan la miseria. "Las bienaventuranzas son promesa y compromiso, consuelo y lucha, anuncio y denuncia, confianza en Dios y persecución".

Esta es la definición de pobreza evangélica que nos ofrece ECB, págs. 100-101:

"Más que una virtud aislada es, como hemos visto, un estilo de vida:

Es un estilo de vida radical, en el sentido que está en la raíz de un abanico de virtudes, criterios y actitudes.

Es un estilo de vida que brota del amor: a Dios y al prójimo, en indisociable vinculación.

Es un estilo de vida que concreta el amor al prójimo en una opción por los pobres.

Esta opción, para ser auténtica, ha de llevar:

- a la solidaridad con los pobres: elegir vivir pobremente renunciando a la posesión innecesaria;

- a la denuncia profética de la riqueza opresora;

- al compromiso, asumiendo con los pobres la lucha contra la miseria.

Esta opción por los pobres brota de una motivación religiosa:

- de hacer nuestra la preferencia de Dios por los pobres;

- de vivir nuestra relación con El y con los hermanos con un corazón de pobre;

- de reconocer a Dios como el único propietario verdadero de las riquezas, que sólo pueden ser usadas, como administradores, en la consecución del reino de la fraternidad".

 

5. Mateo: las bienaventuranzas de la justicia evangélica

Si Lucas estaba empeñado en que sus comunidades adoptasen un estilo de vida basado en la pobreza evangélica, Mateo se esfuerza por hacer comprender a los cristianos de sus comunidades que han de vivir el evangelio en todos los aspectos de su vida, con la misma radicalidad (coincidencia con Lucas) que lo vivió Jesús.

Todo el evangelio de Mateo es una llamada intensa (increíblemente actual para todas nuestras comunidades) a que no abandonemos el vigor evangélico primero, a que no abandonemos el amor fraterno, a que escuchemos la voz de Dios en Jesús y silenciemos aquellas que nos apartan de este estilo de vida. Y lo hace presentando a un Jesús que vive radicalmente la ley: el viene a revitalizarla, a cumplirla no en lo externo sino en su corazón. Frente a la justicia legal de los fariseos de todos los tiempos, Mateo nos propone la justicia evangélica de Jesús.

De igual forma se expresa Pablo VI:

"Existe toda una muchedumbre, hoy en día muy numerosa, de bautizados que, en gran medida, no han renegado formalmente de su bautismo, pero están totalmente al margen del mismo y no lo viven. Es una gran incongruencia que nos duele en lo más profundo de nuestro corazón" (E.N., 56)

Antes, otros muchos hablaron del cristianismo desvirtuado, como el lúcido Pascal que habla, no ya de los bautizados al margen del evangelio, sino de los cristianos practicantes al margen del evangelio:

"Hoy en día apenas se hace distinción entre estos dos mundos tan contrarios (el mundo y la Iglesia). Vive el cristiano en los dos al mismo tiempo: frecuenta los sacramentos de la Iglesia al mismo tiempo que vive según los criterios del mundo" (ECB, 134)

Ni Pablo VI, ni Pascal, ni Mateo están pidiendo una iglesia pura. Los tres conocen muy bien la condición humana y su capacidad para equivocarse una y otra vez. Su alegato es pidiendo vivir el evangelio con tensión, con pasión. Es un traqueteo al corazón de nuestras iglesias cristianas para que despertemos y abandonemos el engendro de evangelio que hemos montado con el devenir de los siglos. Es, en definitiva, una seria llamada a la conversión, punto de confluencia del mensaje de Lucas y Mateo.

"Convertirse es abrirse a Dios con corazón de niño, tener el oído atento a lo que El nos pida y cumplir su voluntad con la radicalidad que su gracia nos permita. Es convertirse a Dios, o sea, centrarse en El, hacer de su voluntad nuestro alimento, de sus deseos nuestro compromiso, de sus caminos nuestra ruta. Es convertirse a los pobres, sacramento de Dios, hacer nuestra su causa, identificarnos con ellos, hambrear con ellos la justicia, desear con ellos la igualdad. Convertirse es seguir a Jesús, hacer nuestro su espíritu, vivir sus valores, adoptar su estilo de vida: la pobreza y justicia evangélicas" (ECB, 135)

Este estilo de vida, de una forma gozosa, es expresado en la carta magna de la felicidad de las bienaventuranzas. En la versión de Mateo, este estilo de vida está basado en la radical fidelidad a uno mismo. Ser justo y recto es vivir la vida según la propia conciencia, vivirla según el corazón, de donde brota todo nuestro hacer y nuestra fuerza, dirigida siempre en la misma dirección. Es la justicia evangélica de la que, a continuación, exponemos sus notas fundamentales.

a) La pasión de Jesús: hacer la voluntad de Dios. Para Mateo, justicia y voluntad de Dios es la misma cosa. Jesús es el justo por antonomasia, el que en todo ha cumplido la voluntad de Dios, como decíamos más arriba. Tanto es así que las únicas tentaciones de Jesús que presenta el evangelista en el desierto (Mt 4,4) y en el huerto (Mt, 26,39.42) se refieren al intento de desviarle de este camino. Es su gran fuerza interior, es su gran secreto: hacer en todo la voluntad de su Padre.

b) La justicia evangélica es más radical que la justicia legalista. Jesús nos dice claramente que la voluntad de Dios no se puede identificar, sin más, con la letra de la Ley. Sólo cuando lo mandado por la ley se acepta de corazón, se llega al cumplimiento íntegro de la Ley, que sobrepasa la letra de la Ley en la que hay espacios no definidos. Todo lo que hacemos debe obedecer a hacer la voluntad de Dios, no a obedecer la Ley.

Lo cual significa que nuestra relación con Dios ha de ser constante, directa, liberadora y gozosa y que es necesario desarrollar nuestro "oído" para escuchar siempre lo que Dios nos pide, en cada circunstancia de la vida. Es la obediencia radical a Dios que nos llama suave pero constantemente, "cuando no hay ruido" para que tomemos una opción: por los pobres, para que cambiemos de existencia, para que nos liberemos interiormente de lo que digan los demás y adoptemos el estilo de vida de las bienaventuranzas...

Al final, hemos de dejar que resuenen en nosotros estas palabras de Jesús: "Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos" (Mt 5,20). Da la sensación de que la moral que practicamos se acerca más a la moral legalista que a la justicia evangélica. Es posible que tenga que ver esto con lo que dice José María Castillo en una entrevista a propósito del escándalo de Gescartera: "Lo que estamos viendo estos días es esperpéntico. Resulta que algunos gestores de la Iglesia hablan de amor fraterno, caridad y de grandes temas religiosos y luego acaban dedicando cantidades muy importantes de dinero a la especulación financiera, a lo que en términos tradicionales del lenguaje eclesiástico era la usura. La Iglesia, que durante siglos condenó la usura, se ha vuelto usurera y busca el interés del dinero. Se le ha quedado corto el capitalismo".

c) La justicia evangélica es más radical que la ética humana. El cristianismo es profundamente humanista, acepta las leyes y las adquisiciones de las ciencias humanas. Pero no es desde un modelo de hombre que intenta llevar a cabo, desde donde fundamenta su vida, sino desde la obediencia a Dios. Es una justicia basada en la obediencia. Categoría, por otra parte, que repele nuestra inteligencia, fundamentada en categorías filosóficas griegas, conformadoras del humanismo. Categorías que no reconocen autoridad ninguna respecto a la que ejercer la obediencia. El hombre se relaciona a sí mismo consigo mismo. Jesús, aceptando el humanismo, lo atraviesa y va más allá. Las exigencias de Jesús son, muchas veces, desafiantes para la naturaleza humana, pidiéndonos que asumamos el camino del Siervo.

d) La justicia evangélica y el deseo de perfección. En este contexto adquiere todo su sentido lo dicho al comienzo de este artículo.

"La justicia evangélica es ese estilo de vida propio solamente de los apasionados por Dios. Esta exigencia no tiene cabida en la justicia legalista ni sentido en la ética humanista. La justicia evangélica es una ética de relación personal con Dios (que es algo más profundo que la relación con la Ley o la relación consigo mismo)" (ECB, 148)

e) La justicia evangélica exige autenticidad en la motivación. Para la justicia evangélica no sólo es importante lo que se hace sino desde dónde se hace, porque un mismo comportamiento puede obedecer a diferentes motivaciones. Es fidelidad a nuestra conciencia lo que se nos pide.

"Si al examinar nuestra relación con la Ley, nos pedía no quedarnos en la letra de la misma, sino llegar hasta la intención de Dios, radical, que está tras ella, al enfrentarnos, ahora, con nuestra conducta nos pide que nos fijemos no sólo en el comportamiento sino en la intención que lo sustenta" (ECB, 150)

f) La justicia evangélica no es posible sin espíritu de pobreza. Enlazando con las enseñanzas de Lucas, no es posible vivir la radicalidad de la voluntad de Dios si no nos hemos liberado del ávido instinto de posesión. Es más, la justicia evangélica es, como en la pobreza evangélica, la búsqueda del Reino. Y la búsqueda del Reino nos plantea la opción por los pobres.

"Para Jesús la norma suprema es la voluntad de Dios y vemos, ahora, que la voluntad de Dios es el bien total del hombre. La voluntad de Dios es establecer su Reino entre los hombres, es restituir a la humanidad su identidad perdida, es introducir al hombre alienado, en la hondura de su ser" (ECB, 151)

g) La justicia evangélica supone un estilo de vida radical. Se trata de vivir en profundidad la vida, desde su raíz, sin medias tintas, sin mediocridad. Un estilo de vida paradójico que nos propone perder la vida para encontrarla en plenitud. Un estilo de vida que no nos promete triunfos, comodidades, riquezas. Sólo nos promete felicidad.

Este estilo de vida supone la radicalidad de la conversión: una conversión total porque Dios nos pide una entrega sin reservas; una conversión absoluta porque no podemos convertirnos a Dios y al dinero.

Supone la radicalidad del amor, esencia misma de la justicia evangélica, concretada por Jesús de una forma nueva y sorprendente: uniendo inseparablemente amor a Dios y al hombre; reduciendo toda la ley a esta doble exigencia del amor; extendiendo el término prójimo a todo hombre; estableciendo la preferencia por los pobres.

Este estilo de vida lleva aparejada la persecución. Esta radicalidad provoca conflictos en nuestro entorno y nos lleva a experimentar la soledad y la incomprensión. Y es que la radicalidad de la opción por el Reino nos lleva a relativizar todo para vivir de verdad lo único importante, tan importante como el tesoro escondido en el campo que compramos vendiendo todo lo demás (Mt 10,37-39).

h) La justicia evangélica es gracia antes que exigencia, es evangelio antes que programa de vida. Jesús no nos propone algo demasiado exigente, aparentemente irrealizable. Jesús trae un mensaje liberador. Por eso, antes de pedirnos que nos convirtamos nos anuncia gozosamente la llegada del Reino. Esto es, antes de exigirnos pobreza y justicia evangélicas nos anuncia gozosamente que el Reino de Dios ya está entre nosotros.

Con el anuncio del Reino se nos pide que vivamos el estilo de vida propio de este Reinado de Dios y, al mismo tiempo, se nos da una nueva fuerza interior para que lo vivamos. Podemos decir que Dios exige mucho porque antes da mucho.

Las bienaventuranzas son, en definitiva, gracia y compromiso, evangelio y programa de vida. Desterremos, pues, las interpretaciones parciales de este mensaje que consideran el Sermón del monte como una pura y simple ley que, unas veces, busca el perfeccionismo, otras, el convencernos de que la salvación es obra sólo de la gracia de Dios y no del esfuerzo humano, y otras, el ser como el último llamamiento porque el fin del mundo es inminente.

7. Una espiritualidad para la paz: la espiritualidad de la liberación

Es en la espiritualidad de la liberación donde veo plasmado todo este mensaje de una forma integral, imaginativa, seria. Creo que es la espiritualidad de la liberación la que nos hace falta (¡Dios me libre de ser presuntuoso o excluyente!) para sacudir nuestro interior y conseguir la impresionante conversión que nos llevará a mirar la realidad con los ojos de Dios (ojos de pobre), desde el sitio privilegiado de Dios (desde los pobres).

Para reflexionar un poco sobre este tema nos puede servir un libro clásico en esta materia de Pedro Casaldáliga y José María Vigil: "Espiritualidad de la liberación", Sal Térrea, 1992 ( en adelante EL).

 

a) "Pobres con espíritu"

El espíritu de una persona es lo más hondo de su propio ser: sus "motivaciones" últimas, su ideal, su utopía, su pasión, la mística por la que vive y lucha y con la cual contagia a los demás (...) Podemos entender la espiritualidad de una persona o de una determinada realidad como su carácter o forma de ser espiritual, como el hecho de estar adornada de ese carácter, como el hecho de vivir o de acontecer con espíritu, sea el que sea. (EL, 24-25).

Por lo tanto, toda persona está dotada de espíritu y espiritualidad que se manifiestan más fuertemente cuanto más conscientemente se vive. Espíritu y espiritualidad forma el hondón, la urdimbre de nuestra existencia. Sin ellos la vida pasa por el hombre como el agua en la acequia que apenas empapa. Con ellos, la vida se va entretejiendo y haciéndonos personas. Cuanto más conscientemente vivimos, más talla humana conseguimos. Y en todos, de una forma cierta y misteriosa, está presente la Salvación.

Es en esta urdimbre (anterior y absolutamente necesaria a toda revelación) donde se "engancha" la buena noticia de Jesús, donde la salvación toma un contorno propio, una significación especial, porque se hace vida, carne, historia, sangre, muerte y resurrección. En ellas, nuestro ideal, nuestra utopía, nuestra pasión coincide con la de Jesús, con su pasión por el Reino. Nuestra mística está conformada en las bienaventuranzas.

Utilizando una expresión de Ellacuría, necesitamos ser "pobres con espíritu" como lo fue Jesús. Estamos llamados a ser pobres como nos enseña Mateo, a optar por los pobres como nos enseña Lucas porque sólo siendo pobre acogeremos la Buena Noticia, porque sólo desde los pobres seremos capaces de comprender verdaderamente la realidad y de entender el Plan de Dios.

De nada sirve, por otra parte, ser pobre, padecer la pobreza si no se es "pobre con espíritu", pues un pobre sin espíritu se identifica con el ideal de su propio opresor, del sistema injusto que provoca su pobreza. El "pobre con espíritu" participará también en su propia liberación, nosotros seremos sus compañeros de camino, no sus superprotectores.

A nosotros, a los del hemisferio norte, nos hace falta, mucha falta ser "pobres con espíritu", porque es tan difícil participar de la pasión de Dios, de la Pasión de Jesús cuando no hemos tenido la experiencia de la pobreza. Muy al contrario, nuestra vida, nuestra sociedad es un continuo ejercicio de derroche, de acumulación innecesaria, de ostentación. Cualquier atisbo de pobreza es escondido, apartado, alejado de nuestro entorno, si no criminalizado. Nuestra paz es la paz de la riqueza, nuestra justicia es la justicia de la riqueza. Por eso son tan difíciles de entender las bienaventuranzas, el estilo de vida que nos proponen, el paradójico camino a la felicidad que nos señalan.

b) "Con los pies en la tierra"

Nos decía un profundo cura salmantino en unos ejercicios, en mis tiempos de seminario: "Hay que ser cristianos de intemperie". Una afirmación que me ha acompañado toda mi vida y que cada vez encierra más riqueza. Ahora estoy seguro, por ejemplo, de que esta expresión es lo mismo que decir: "El cristiano es una persona a la intemperie", "No se puede ser cristiano si no se está a la intemperie". La Buena Noticia de Jesucristo no nos trae la seguridad de un hogar, sino un camino apenas roturado que hay que hacer con el mismo caminar; no nos trae la claridad de unas leyes, sino una búsqueda continua; no se trata de normas y preceptos que nos proporcionan, con su cumplimiento, la salvación, sino poner todo el corazón, toda el alma, todo el ser en la Causa de Jesús. La liberación no se obtiene cumpliendo, sino caminando.

El caminante está en continua relación con la realidad que le rodea, con las personas con las que camina. Comparte con otras personas su existencia, contrasta opiniones, ofrece lo que tiene, se enriquece de lo que recibe, realiza su propia síntesis que enfrenta a las síntesis de los demás, toma decisiones, colabora con los demás y, así, una y otra vez, va caminando y haciendo el camino. Nunca sólo, siempre con otras personas.

Esa misma realidad caminante, "con los pies en la tierra", hace que la realidad sea su referente fundamental siempre. No puede haber acción, proyecto, reflexión, planteamiento que no parta de la realidad, con la intención de volver a la realidad y de transformarla.

En nuestra realidad, "la catequesis de la experiencia" nos llevaba por este camino: partiendo de nuestra realidad, de un análisis honesto y sincero, la palabra de Dios y la reflexión de la tradición de la Iglesia nos ayudaba a iluminarla, a darle sentido para, finalmente, comprometernos en esa y con esa misma realidad. No se podía entender el anuncio de la Buena Noticia si no era desde la propia realidad personal, de grupo y social que se vivía. Sin embargo, esta catequesis se ha ido diluyendo, dando paso a una "catequesis dogmática" que tiene como punto de referencia fundamental el Catecismo de la Iglesia Católica, considerado la síntesis válida y actual, la que refleja las verdades eternas. Una síntesis que, ni mucho menos, se deja interpelar por otras síntesis que admite a su lado, pero sin que la contaminen. Ahora no se trata ya de reflexionar sobre nuestra existencia, sino de aprender las verdades fundamentales del cristiano. No se trata de dejarse iluminar por la Palabra de Dios, sino de utilizar ésta para justificar lo anterior. El compromiso con la realidad, ahora es un listado de preceptos y normas que hemos de llevar a cabo.

Sin embargo, tener como referente primero y último la realidad que nos rodea es fundamental para adquirir un talante crítico, un compromiso con la verdad. Las bienaventuranzas no nos conforman como personas ingenuas, sino como personas con un espíritu crítico total, que pone en jaque todo nuestro orden social, personal, estructural, también nuestra vivencia de fe personal, comunitaria, parroquial, eclesial. No hay ningún tema (aunque lo diga el papa) que dejemos fuera de nuestro análisis, de nuestra reflexión, de nuestra oración. Este mirada crítica total a la realidad nos hará capaces de realizar planteamientos radicales (que llegan a la raíz de los problemas). No se trata pues, de un método cualquiera. Es absolutamente imprescindible partir del análisis de la realidad para acoger, anunciar o vivir la Buena Noticia que nos traen las bienaventuranzas. Hoy, más que nunca hasta ahora, hemos de globalizar las bienaventuranzas porque sabemos ya que no es indiferente lo que aquí decidamos, hagamos, vivamos, comamos o consumamos para el futuro del Sur y de nuestro propio planeta.

"Con los pies en la tierra" es una hermosa expresión que nos sugiere estar en la realidad sin prejuicios, tener sensibilidad evangélica a flor de piel, estar desprendido de todo lo inútil o superfluo, sentir sin intermediarios el camino común de tantos millones de personas que ansían otro mundo mejor y que creen, con terca esperanza, que es posible. Estar "con los pies en la tierra" es pisar con pasión la realidad para trabajar por la Gran Causa de Jesús. Verdaderamente no es posible acoger la Buena Noticia de las bienaventuranzas sin estar "con los pies en la tierra".

Por todo ello es por lo que el contacto con la realidad de los pobres es necesario para todos aquellos que no nacieron o no viven en esa realidad. Es el contacto con los pobres el que, de hecho, nos hace real la realidad.

Los pobres son el único sacramento absolutamente universal y necesario para la salvación. (EL, 57)

c) "La terca esperanza"

La pobreza y la justicia evangélicas desarrolladas por Lucas y Mateo en las bienaventuranzas no es posible vivirlas si no somos personas con esperanza. No hay nada más revolucionario, más desestabilizador que un pueblo con esperanza. Estoy convencido de que este injusto y terrible sistema capitalista concentra sus mejores esfuerzos, sus mejores y más poderosos medios en cercenar nuestra esperanza. Una persona sin esperanza es una persona profundamente manipulable, sumisa y conformista. Nuestra esperanza, nuestra terca esperanza está en la resurrección de Jesús.

Con la misma rabiosa convicción con que los revolucionarios creen en la vida y en el futuro de la historia, creemos los revolucionarios cristianos en la resurrección de Cristo, en nuestra propia resurrección y en nuestra plenificación escatológica como Pueblo de Dios. Con toda la dinámica oscuridad de la fe, ciertamente, pero también con toda la exigente certeza de la esperanza. La fe pascual es la síntesis personal y comunitaria, histórica y transhistórica, de la máxima dialéctica Vida-Muerte. (EL, 266)

Es la esperanza de los pobres con espíritu que están con los pies en la tierra. Otra esperanza es una esperanza alienante, muy querida por los poderosos de esta tierra y alimentada por poderosos e influyentes organizaciones cristianas de dentro y de fuera de nuestra iglesia. Nuestra esperanza parte de la pasión por el Reino que nos conduce a la felicidad plena a través de la Cruz, que nos hace entregarnos con todo el corazón a Dios y a los hermanos en indisoluble unión. Es un envite difícil, por eso hace falta personas con terca esperanza.

Y es que, en realidad, nuestra esperanza es "contra toda esperanza". La esperanza cristiana no es un optimismo festivo. La esperanza cristiana es, a un mismo tiempo, promesa, quehacer y espera (...) "Esta es nuestra alternativa: muertos o resucitados". Y, previa y diariamente, vivos y luchando por la Vida y aferrados al tiempo y a la Historia, y plantando y construyendo... En el riesgo, para el futuro, frente a la muerte (...) "Dar razón de nuestra esperanza" ha de traducirse en actitudes, prácticas y actos diarios, personales y comunitarios, en la familia y en el trabajo, en la oración y en la política, en la lucha y en la fiesta. (EL, 267)

En fidelidad diaria, en fidelidad a los pobres, en fidelidad a nosotros mismos, en fidelidad a la Causa, en fidelidad a la voluntad de Dios. En el camino, siempre en el camino.

d) Ninguna religión es superior a otra

Nuestra pasión por el Reino nos hará descubrir, con toda seguridad, la presencia cierta de la Salvación en las otras religiones. Eso lleva consigo replanteamientos muy serios de nuestra espiritualidad, nuestro trabajo pastoral, nuestro día a día. De una forma mucho más clara y sencilla hoy afirmamos que Dios no es exclusiva de nadie, que quiere que todos alcancemos la salvación, que está presente en todas las razas, toda la historia, todas las culturas.

Las bienaventuranzas, esta Buena Noticia de Dios hecha carne y palabra en Jesús, muerto y resucitado, son un mensaje profundamente ecuménico, dirigido a todos los hombres y mujeres de esta tierra, especialmente para los pobres, es el horizonte de felicidad para toda la humanidad. ¿Qué horizonte tienen las demás religiones sino el de la felicidad, lo formulen como lo formulen?

Las bienaventuranzas son, al mismo tiempo, un compromiso y una misión totalmente ecuménicos.

Esta misión consiste en "vivir y luchar por la Causa de Jesús, por el Reino, y esa es, evidentemente, una misión máximamente ecuménica. Porque el Reino es paz, justicia, fraternidad, libertad, vida, amor... entre todos los hombres y mujeres, y comunión de ellos y ellas con su Dios (...) Esta misión fundamental del cristiano no es sino la misión de todo ser humano. Es la "gran misión", el sentido de la vida humana en esta tierra. El cristiano no tiene una misión distinta. Tiene la misma misión. Lo único que la diferencia es que él tiene una luz nueva para comprenderla mejor y una nueva fuerza para realizarla: la luz y la fuerza de Jesucristo. (EL, 236)

El diálogo profundo con las otras religiones, de igual a igual, se nos presenta hoy como uno de los signos de los tiempos más claros y urgentes. Somos muchos los que estamos convencidos de que el futuro de la Humanidad será posible sólo por el camino del mestizaje y del macroecumenismo.

No agotan estos cuatro aspectos, en absoluto, esta espiritualidad, simplemente me ha parecido que son aspectos urgentes y que tienen mucho de complementario con lo dicho anteriormente. Supongo que, en cada momento, hay aspectos más relevantes y yo he considerado estos. En el libro de referencia podéis encontrar una amplia bibliografía sobre el tema para profundizar, como dice mi amigo Julio, "a tope".

8. El decenio de la Cultura de la Paz

Es curioso, pero la ONU declaró en 1999 el decenio 2001-2010 como el decenio de la cultura de la Paz, una paz tan profundamente amenazada por un sistema tan seguro y orgulloso de sí mismo, el sistema de los ricos y poderosos, que nos ofrece todo lo contrario: la cultura de la devastación, de la violencia, del consumo desaforado, de la acumulación sin medida, de la imposición, de la guerra. Todas los conflictos armados que existen en la actualidad, absolutamente todos (y volvemos a la introducción de este artículo) están provocados por intereses económicos. Y, ¡qué curioso!, los grandes beneficiados son las multinacionales apoyadas por poderosos ejércitos jamás imaginados que las hacen negociar con injusta impunidad. Es el terrible y devastador imperialismo que ejercen los poderosos. Nosotros estamos en el tercio privilegiado y gozamos de las bienaventuranzas de los poderosos. Un tercio privilegiado en la que somos muchos los que tenemos la convicción de que no es posible sostener este estilo de vida por más tiempo, a costa de dos tercios de la Humanidad y de la pervivencia del propio Planeta. Esta locura es necesario pararla y, para ello, hemos de abandonar nuestro puesto de espectadores y jugar la partida (si se nos permite la comparanza). Eso es lo que nos está pidiendo la ONU vehementemente al llamarnos a una cultura de la paz (http://www.unesco.org/cpp/sp/index.html, ver aquí la Declaración y el Programa de Acción sobre una Cultura de Paz).

Jesús, también con la ONU, con las bienaventuranzas del Reino nos lanza un órdago. Ahora queda saber si nosotros nos jugamos el resto.

9. Hay que ser atrevido

Todo esto venía a propósito de la guerra y de la urgencia de trabajar el tema de la educación para la paz. Cuando comencé a buscar información me quedé profundamente abrumado por la cantidad de web, de documentación, de reflexiones, de escuelas permanentes que hay en torno a la paz. Es un bullir impresionante porque ¡es un tema tan radical para el futuro de la Humanidad!, pensé al ver el campo inmenso que se abría ante mí. Después pensé que yo no era capaz de aportar nada en este campo, hay impresionantes especialistas en él. Encontré una salida: realizar una selección de textos magníficos sobre la educación para la paz. Y después... (¡hay que ser atrevido!) pensé en hacer mi propia reflexión.

Las bienaventuranzas son el trozo de los evangelios que elegí para mi ordenación, que elegimos Anto y yo al casarnos, que se proclamó en el bautizo y comunión de nuestras hijas. Supongo que se trata de una presencia apasionada en nuestra vida. Este era el momento de realizar una buena pensada en torno a ellas como iluminación de este momento triste y oscuro de nuestra historia.

Creía que podía decir algo y lo he dicho, que podía compartir mis dudas, más que mi certeza. Y, sin duda, podía compartir mi pasión, sorprendente y gozosamente cada vez más grande, por el Reino. Sienta muy bien este ejercicio. Un ejercicio muy humilde y sencillo realizado a partir, fundamentalmente, de dos libros leídos últimamente y de todo el poso de vida que ya tengo y que me reconozco. Os animo a realizar a cada una y a cada uno este ejercicio y a compartirlo. Estos dos libros os aseguro que os pueden dar mucho juego. Con estos dos libros tenéis tema para todo un año.

Sobre todo, no dejéis de ser caminantes. Decía Gandhi que la paz no es el objetivo, es el camino. Un abrazoesperanza.