Recuperando experiencias

Pope Godoy

Las personas tendemos a recuperar y profundizar nuestras experiencias gratificantes. No tienen que ser siempre positivas. A veces tenemos experiencias muy dolorosas, incluso dramáticas, pero nos han dejado un poso de serenidad interior que suaviza la brutalidad del choque emotivo. Pienso que la veta contemplativa, por así decirlo, está en la asimilación y profundización de esas experiencias gratificantes.

Tengo la suerte de vivir en una ciudad pequeña de 40.000 habitantes. Lo percibo y lo vivo como un privilegio. Al salir de mi casa, me encuentro literalmente en el campo. Me gusta –nos gusta, a mi "compa" y a mí- andar a buen paso un mínimo de una hora diaria. Estás en el campo y el campo te invade. Se te mete por la retina, por el olfato, por el rostro, por todos los poros del cuerpo. Te integras en el paisaje formando parte de él. Llega un momento en que tienes la impresión de que todo el paisaje está dentro de ti. Dentro y fuera. Juntos mi compa y yo, intercalamos grandes espacios de silencio. Se impone por sí mismo, sin esfuerzo y sin avaricia. Con libertad para romperlo y para seguir en él.

Te das cuenta del apacible abismo que significa el silencio. Es al mismo tiempo soledad y compañía, presencia y ausencia. De forma muy acusada es serenidad y paz. Te identificas con él. Se compagina con el sonido de los pájaros, con la inmensidad del paisaje, con el proceso de la vida que vas viendo evolucionar al paso de las estaciones, con los perros que acaricias al pasar y que ya son buenos amigos, con la gente que te encuentras (en el campo se saluda todo el mundo, ¿os habéis dado cuenta de eso?).

No siempre he vivido en este contorno. En Granada, por ejemplo, allá por los años setenta vivía en un barrio muy popular. Mi experiencia era distinta. Mira por donde, acabo de leer un artículo sobre Bonhoeffer y me ha revivido con enorme viveza una experiencia de aquella época. Era yo jesuita trabajando como cura obrero y leí de paso, en la solapa del libro, aquella frase de Bonhoeffer: "Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios". Fue un trallazo emotivo descomunal. Abrí unos ojos interiores como puños. Me di cuenta de que aquello era lo que yo estaba viviendo. ¡Reflejaba y formulaba mi propia experiencia! Lo que pasa es que yo la vivía desde el desconcierto y desde cierta culpabilización inquietante. Las experiencias no gratificantes también pesan sobre nosotros. Frente a situaciones nuevas, frente a movimientos interiores que se salían del molde establecido, la respuesta oficial era siempre la misma: que hacías poca oración. Facilísimo, claro. La culpa es siempre tuya.

Bonhoeffer me liberó. Aquella tarde volvía en el autobús a mi barrio. Apretujado por el gentío y apenas sujeto a la barra, yo iba transfigurado, ensimismado, distinto. El bullicio de la gente (los autobuses de barrio no son –o no eran-como los del centro), las risas y los comentarios quedaban en la epidermis de mi espíritu. Yo estaba literalmente en otra dimensión. Me iba repitiendo pausada y gozosamente: ante Dios y con Dios vivo sin Dios. Como quien paladea un caramelo, como quien saborea una fruta.

Las experiencias se me agolpan a borbotones y es difícil darles salida con la lentitud del teclado. Me voy a remitir a otra que también fue en Granada, durante mis años de teología en la facultad. Me gustaba repetir la frase de un salmo: "Delante de ti, Señor, está todo mi deseo" Sal 37,10). No recuerdo en qué contexto me encontré con un comentario de San Agustín a este salmo. Sensacional. Por supuesto, soy incapaz de recuperar la cita. Pero su latín lapidario te hace recordarlo con nitidez. Agustín me descubrió la dimensión contemplativa del deseo: si mantienes el deseo, siempre estás en oración. Que no calle tu corazón aunque calle tu lengua. De nuevo un impacto y una sintonía. Esa extraña, compleja y reconfortante armonía entre silencio y deseo, entre dinamismo y quietud, entre desconcierto y serenidad, entre frustración y entusiasmo.

Me voy a referir a una tercera experiencia personal, porque espero enjarretar mi propia y precaria síntesis experiencial, sin que quede muy deslavazada. Dostoyewsky me enseñó la pasión por la libertad. Hice la tesina de filosofía sobre este autor. La Leyenda del Gran Inquisidor es quizá el texto literario más apasionante que he leído en mi vida. El Gran Inquisidor dirige a Jesús una diatriba apasionada y conmovedora, rebosante de fuerza dialéctica, de confrontación teológica, de rabia y de resentimiento. Desde Rusia, Dostoyewsky sitúa la escena en los calabozos de la Inquisición, precisamente en Sevilla, "donde ad maiorem gloram Dei se quemaba a los herejes".Como supremo reproche por la vuelta de Jesús, el gran inquisidor le espeta esta frase que he repensado, repetido, madurado y proclamado en numerosas ocasiones: "Con libre corazón ha de decidir el hombre lo que es bueno y lo es malo teniendo por única guía tu imagen ante él".

Una nueva identificación. En este caso, esas palabras las he percibido muchas veces casi como un reto, como un desafío. Todo el mundo pasa por momentos difíciles y tiene que adoptar decisiones complejas y dolorosas. Los dilemas son más desgarradores, cuando la decisión personal implica o conlleva sufrimiento para otras personas, a veces indefensas. En esos momentos de angustia o de perplejidad, me ha aflorado desde los entresijos de la conciencia esa imagen de Jesús, escuchando en silencio la diatriba del Gran Inquisidor. Porque al final, Jesús no dice nada, no discute, no condena. Tampoco desprecia. Se acerca a él "y le besa en sus exangües nonagenarios labios". ¡Magnífica y sobrecogedora la ficción literaria! Difícilmente se encuentra una imagen más bella del respeto a la otra persona y de la coherencia con la propia libertad. Desde ahí he intentado con libre corazón decidir lo que me parecía más coherente con mi propia conciencia.

Estoy haciendo una historia lineal y somera. De sobra sé, con Antonio Muñoz Molina, que la memoria es un cronista mendaz, que selecciona, discrimina y resalta lo que le interesa en función de complicados y hasta enigmáticos intereses. También asumo como hecho incuestionable que mi historia personal no es lineal en su coherencia. Se mueve entre el zigzagueo y la contradicción. Pero, ya a mis años, puedo detectar componentes muy claros que me han servido como hilo conductor, por muy enrevesado y confuso que haya aparecido en muchos momentos.

Siento pasión por la libertad. Por la autonomía personal. No sé si me la contagió Dostoyewski o la llevaba yo dentro. Supongo que es lo segundo. Entonces se produce una sintonía. Alguien formula lo que llevas dentro y eso te cautiva. Lo que tú piensas o vives no es una locura o un disparate. Hay más gente que lo vivencia. Recuerdo un superior religioso, buena persona pero incapaz para el cargo, que me decía bastante irritado: -Es que Ud. es muy independiente. Independiente porque tomaba mis decisiones y las realizaba. La obediencia significaba que las decisiones las tomaban ellos y tú las realizabas. Lo que él me censuraba como falta muy grave yo lo percibía con secreto orgullo como un gran valor, como la apuesta por la autonomía humana.

Desde esta perspectiva, me reconozco una cierta reticencia interior hacia "la voluntad de Dios". La percibía como algo externo que se te impone, que coarta tu libertad, que te lleva por donde tú no sabes. Después me fui dando cuenta con alegría liberadora que eso no es así. Que la voluntad de Dios brota de los subtratos más profundos de tu ser, que significa la plena maduración de tu persona, que no existe conflicto de competencias entre Dios y tú. Muy al contrario, sintonía absoluta. De forma audaz y hasta un poco escandalosa, pongo en boca de Dios las palabras del Bautista: A él (el ser humano) le toca crecer y a mí (Dios) disminuir. (Jn 3,30). ¡Por eso me fascinó Bonhoeffer!

Todo esto viene a propósito de la experiencia contemplativa. Un poco largo ¿no? Pero es que necesitaba aclararme para desmenuzar la experiencia que ahora vivo. Empiezo por decir que yo no pido nada a Dios. Bueno, el Padrenuestro sí, ya se entiende. Pero peticiones personales, ninguna. Me da vergüenza. Comprendo que en actos comunitarios es necesario expresar peticiones en voz alta. Las entiendo como una forma de socializar y de interiorizar los deseos y las aspiraciones colectivas de la comunidad cristiana. Pero queda el campo inabarcable de la intimidad personal. ¿Qué es la oración? ¿O qué puede ser?

¡Qué difícil es formular la propia experiencia! Inevitablemente la racionalizas, la fragmentas, la encuadras y sólo consigues que se te escape entre los dedos. Pero vamos a intentarlo con una pregunta osada: ¿Qué es Dios para mí? Respondo con toda sencillez: la experiencia de gratuidad. Por expresarlo en términos normales, me encuentro a gusto con Dios. Sin exigencias y sin reproches. Sin temores, desde luego. Desde la adultez de dos "personas" que se quieren, la experiencia de gratuidad es una de las sensaciones más totalizadoras de mi existencia.

Ahora empiezo a barruntar lo que quería decir Rahner con aquella repetida frase de que el cristiano del s. XXI o será místico o no será nada. Bueno, no sé si la interpreto en su mismo sentido. Quiero decir que en nuestro proceso de adultez humana y cristiana, vamos depurando nuestra experiencia sobre Dios. No es nada raro. Toda la Biblia es un bellísimo ejemplo de este proceso. Vamos superando el dios-papá que lo sabe todo y lo puede todo. Como niños, nos sentíamos seguros y confiados en sus brazos. Vamos superando el dios-comodín que nos sacaba de apuros y con el que establecíamos una especie de mercadeo vergonzante para conseguir favores (¿Recordáis las novenas? Pídase el favor que se desea conseguir…). Vamos superando el dios-pitonisa que tiene todas las respuestas a las grandes preguntas sobre el sentido de la existencia y sobre el problema del mal. Pues no. Estamos sin respuestas y "sin noticias de Dios", por volver a Bonhoeffer.

¿Qué nos queda? ¿Qué me queda? Para mí ha sido hermoso abrirme a la experiencia de la "debilidad" de Dios. Su aparente "inutilidad" para caminar por la vida. Dios no es necesario. En medicina, en filosofía, en informática (¡yo no!), en física…nos manejamos perfectamente sin Él. Por supuesto, mantenemos aspiraciones profundas, deseos de felicidad y de plenitud. Entre ellas, pienso que la aspiración más radical del ser humano es la comunicación. Una comunicación que sólo puede producirse desde la igualdad y desde la gratuidad. Para mí resulta contradictorio y desconcertante, porque en esta sociedad mercantilizada parece apreciarse poco la gratuidad. Y sin embargo es la experiencia primigenia y habitual del ser humano: antes de ser consciente o de poder responder, ya fue amado gratuitamente. Y es la experiencia más buscada: el amor.

No sé si consigo mantener el hilo conductor. Intento explicitar mi experiencia de gratuidad. Mi "oración" (si es que puede llamarse así) es una conciencia de presencia. Presencia entrañable y silenciosa, cercana e inaprehendible, distendida, gozosa y ociosa. Desinteresada y enriquecedora. En la duermevela de la madrugada (ventajas de la jubilación) recupero bastantes veces esta experiencia. Estás a gusto, relajado, abandonado. Supongo que el bienestar físico también contribuye. Estás ante Él y con Él. Sin palabras y sin silencios (¡que no calle tu corazón aunque calle tu lengua!).

¿Digo más? Puede parecer, y quizá lo sea, una falta de pudor. Pero echo mucho de menos la comunicación de experiencias, aquello que da sentido radical a nuestras vidas y que va más allá y más hondo que las formulaciones teóricas. Pues adelante. Sigo en mi duermevela. Pongo la mano sobre mi compa. Un flujo de ternura y cariño empieza a entrar por cada dedo de mi mano, lo percibo con claridad, lo saboreo, dejo que me recorra todo el cuerpo, despacio, que se pasee y que me inunde. Que vuelva hacia el cuerpo de ella y se cree un circuito lo más abierto posible… otra forma de dimensión contemplativa y, desde luego, también de oración. Porque ahí es donde he comprendido aquello de San Agustín: Intimior me intimo. Dios es la realidad más íntima que mi propia intimidad.

Soy un disfrutón, lo reconozco. Mis compañeros me le decían hace mucho tiempo, con cierta mezcla de reproche y envidia. Disfruto con los placeres sencillos, con las comidas simples, con un rato de charla, con una mirada desde la ventana, con eso que tenemos cada día al alcance de la mano y que muchas veces dejamos escapar estúpidamente. Supongo que soy deudor a mis raíces campesinas y a la capacidad contemplativa que capté en mi padre desde niño, mientras él trabajaba en el campo, cuando recitaba poesías de Gabriel y Galán detrás de la yunta, cuando desgranaba una espiga de trigo en la mano o, simplemente, cuando se quedaba en silencio…

¡Ojo! Soy muy sensible a la teología de la sospecha. Claro que me hago la pregunta: ¿Y si todo esto fuera una gran fantasía puramente subjetiva? ¿Qué instrumentos de verificación tengo para pasar desde la experiencia subjetiva a la realidad? Pues no los tengo. Así de inerme y de precaria es mi experiencia de fe. Yo "sé" que estoy ante Él y con Él. Nunca se me ocurriría pretender demostrarlo y ya me es difícil "mostrarlo" de alguna manera. Vivir en esta fragilidad no es para mí motivo de inquietud o de angustia. Es la normalidad. La tranquila oscuridad de la fe combinada con una extraña seguridad.

Un paso más. La fórmula etsi Deus non daretur sería la feliz plasmación de un "ateísmo suspensivo". Pero esa fórmula suspensiva –aunque Dios no existiera- podemos transformarla en pregunta directa: ¿Y si realmente Dios no existe? Es posible que un creyente no pueda responder a esta pregunta con un mínimo de verosimilitud, porque todas las entretelas de su percepción están "coloreadas" por la fe. Pero hay que intentar coger al toro por los cuernos. Puesto a analizar mi percepción personal, la veo así. Existe la posibilidad de que, tras la muerte, no haya nada, el vacío total. De acuerdo. No le tengo miedo a desaparecer. La vida es hermosa, he disfrutado de ella suficientemente (muy por encima de la inmensa mayoría de la humanidad presente y pasada) y estoy agradecido a la vida. No tengo derecho a pedirle más.

Y hasta podría añadir con cierta sorna respetuosa: vale, aunque Dios no exista… ¡que me quiten lo bailao! La fe me ha hecho y me hace muy feliz. Precisamente como contrapeso a esta eventualidad de la no-existencia de Dios es como se percibe más hondamente la fe como una gracia, como un don, como un regalo. De nuevo la gratuidad. Nos construye por dentro, nos hace ver la realidad con ojos distintos. La gratuidad se convierte así en promesa y esperanza.

Una última sospecha mucho más desestabilizadora. Toda esta disertación resulta muy adecuada para personas satisfechas y autocomplacientes, instaladas en el primer mundo, con todas las modestas y confortables comodidades de que dispongo. Lo tenemos todo… hasta la lotería de la fe. ¡Claro que es inquietante esta sospecha! Porque cuando hablamos de Dios nos referimos naturalmente al Dios de Jesús, al Dios de las víctimas, al Dios que se sitúa al lado de los hambrientos, de los excluidos, de los inmigrantes, de las mujeres maltratadas… Tengo muy claro, al menos en teoría, que ahí está el único lugar teológico del encuentro con Dios. Me lo repito con frecuencia para escapar del narcisismo religioso, para abrirme a la diaria "revelación" de Dios en cada persona con la que te encuentras y para radicalizar tu apuesta vital por la construcción de la sociedad alternativa de la que Jesús nos habló. Vivo cerca de mucha gente que trabaja más que yo por esa sociedad nueva, aunque no tenga motivaciones cristianas. Lo agradezco muchísimo y es para mí motivo de alegría y de estímulo.

Uno intenta combinar ese desgarro permanente ante el sufrimiento humano, ante la injusticia estructural de nuestra organización social, ante los millones de hambrientos que azotan nuestra tranquilidad, ante el atropello de los poderosos, ante… con esa esperanza comprometida que Jesús de Nazaret consiguió inyectar en la historia humana. La utopía de Jesús tiene muchas formulaciones con realidades muy plurales. Quizá una de las más aglutinantes y más dinamizadoras en estos momentos sea la de que OTRO MUNDO ES POSIBLE.