![]() |
||
| AL PUEBLO CRISTIANO GUATEMALTECO
El Programa de Derechos Humanos del Obispado de San Marcos se une a las voces que en todo el país se levantan reprobando la resolución de una Corte de Constitucionalidad imparcial y politizada, al aprobar la inscripción del General Efraín Ríos Montt como candidato presidencial. Esto significa: Un duro golpe al Estado de Derecho, tal como señala la Corte Suprema de Justicia y el Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala. Nos preocupa que si el más alto tribunal constitucional tergiversa el orden jurídico, ¿qué se puede esperar de los tribunales inferiores? Una profanación a la memoria de las víctimas de la represión que el mismo general Ríos Montt desató. Un fortalecimiento de la impunidad, puesto que deja sin justicia los delitos de lesa humanidad y la corrupción existente en las instituciones del Estado. Un desprecio de los Acuerdos de Paz, que son base para una Guatemala democrática, pluriétnica, multicultural y multilingüe, justa y desarrollada. Un incremento de la violencia, porque la candidatura de Ríos Montt puede acentuar la polarización de la sociedad guatemalteca. Un fortalecimiento de los cuerpos militares de poder paralelo que operan en la clandestinidad y dirigen el crimen organizado. Una vergüenza y descrédito para Guatemala ante la comunidad internacional, porque un reconocido genocida (promotor de masacres y tierra arrasada) se presenta como candidato presidencial. En los l6 meses que estuvo en el poder (marzo del 1982 a agosto del 1983) se cometieron 442 masacres en donde perdieron la vida alrededor de 15,000 personas. Una profanación de los sentimientos religiosos del pueblo, sea católico o evangélico, porque utiliza la religión, desde una perspectiva fundamentalista, para intereses políticos partidistas, provocando más división y confrontación entre los guatemaltecos. Esta situación confirma el temor manifestado por los Obispos de Guatemala el pasado mes de mayo: "Percibimos el temor de que no exista un verdadero respeto a la Constitución en la transparencia de la propuesta de los candidatos a los cargos públicos". Por todo esto, hacemos un llamado a la unidad de todos los sectores del pueblo guatemalteco, campesinos, indígenas, mujeres, profesionales, comunidades cristianas..., al fortalecimiento de las organizaciones populares que buscan la paz con justicia y a un legítimo uso del derecho constitucional de resistencia pacífica. Los guatemaltecos que amamos a nuestro país no podemos permitir que un militar que dirigió numerosas masacres se imponga sobre el destino de la patria. La fe cristiana nos exige tomar conciencia de nuestra responsabilidad ciudadana en la actividad política, en busca de una sociedad más justa, con oportunidades para todos particularmente para los que siempre han estado marginados, una sociedad libre de impunidad, participativa y verdaderamente democrática. Nuestra misión es ser luz, sal y levadura, como nos dice Jesús, en esta sociedad guatemalteca que sufre una descomposición ética y social y que está exigiendo una transformación. San Marcos, 15 de julio de 2003 Programa de Derechos Humanos Obispado de San Marcos CARTA ABIERTA A ALGUNOS PASTORES DE LA IGLESIA JESÚS HERRERO ESTEFANÍA VALDIVIA (CHILE). Estimados pastores: Me dirijo a ustedes que se hacen llamar «padres» tal vez como un hijo descarriado. No me considero hijo pródigo porque creo que nunca me alejé de la casa del único y verdadero Padre. Mi nombre es Jesús Herrero y fui ordenado sacerdote en Valdivia por Don Alejandro Jiménez en 1992. Pertenecí a las Comunidades Adsis y mi último destino pastoral fue como asesor de la Pastoral Universitaria de Temuco. En Mayo del año pasado, luego de un largo tiempo de crisis, tomé la decisión de abandonar el ministerio y la vida en comunidad y, poco tiempo después, me trasladé a Valdivia e inicié los trámites para obtener la dispensa y regularizar así mi situación con la Iglesia. La dispensa llegó de Roma en Marzo de este año y, coincidiendo con ella, el Dios de la Vida nos bendijo con otra buena noticia: Elena, mi compañera, estaba esperando guagua como para confirmar la bondad y la fecundidad de un amor adulto que hemos cuidado en estos difíciles meses Estos son los datos telegráficos de una historia que, como comprenderán, es mucho más compleja de lo señalado hasta ahora. Como creo que gozan del privilegio del tiempo y de la virtud de la paciencia, les seguiré contando para profundizar en los motivos que me mueven a escribirles. Nací el 8 de Enero de 1963 en la ciudad de Bilbao (España) en el seno de una familia de tradición católica y profundas convicciones y experiencia religiosa. Estudié en un colegio de los Hermanos Maristas y tuve una infancia normal viviendo con mis padres y con mis abuelos maternos. En 1979 celebré el sacramento de la Confirmación y un año después, luego de búsquedas personales de fe, conocí las comunidades Adsis junto a las que inicié un proceso vocacional. Habiendo finalizado los estudios de secundaria, me propusieron estudiar Teología en la Universidad de Deusto (España). Mi intención era dedicarme a la acción social por lo que prefería otro tipo de estudios pero me convencieron unas circunstancias propicias como era el hecho de que, en aquel momento los estudios de teología estaban conectados con la facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación por lo que los dos primeros años tenían asignaturas comunes y, en la práctica, era en el tercer año cuando uno debía elegir definitivamente la carrera que quería continuar. Así mismo la Teología podía servirme de formación para la labor pastoral que desarrollaba en diversas parroquias de la ciudad especialmente en el área de la pastoral de juventud. En 1986 finalicé el ciclo institucional recibiéndome como Bachiller en Teología Dogmática con un «bene probatus». Ese mismo año y, debido a un enamoramiento y a problemas internos de las comunidades Adsis, abandoné temporalmente el proceso vocacional reintegrándome posteriormente luego de un discernimiento en el que concluimos que mis dificultades no eran vocacionales o de fe sino de vivencia afectiva no integrada. Con la intención de encontrar pareja dentro de la comunidad y vivir así mi vocación Adsis desde la mediación matrimonial me reincorporé con ilusión y con el ímpetu de los «conversos». Los superiores del Movimiento Adsis vieron en ello una entrega y dedicación apostólicas que interpretaban como una llamada del Señor a consagrarme desde el ministerio presbiteral en el servicio de la Iglesia, de los jóvenes y de los pobres. Me propusieron desde 1987 a 1990 en varias ocasiones esta posibilidad a lo que yo me negué debido al convencimiento interno de que mi camino de servicio era otro. Durante esos años la presencia entre los jóvenes y los pobres y el servicio en diversas iniciativas sociales y pastorales llenaban todo mi tiempo y mi corazón. En 1990 el Movimiento Adsis decide fundar comunidades en Valdivia y Temuco y había que enviar al menos a siete hermanos. Entre los propuestos estaba yo. En la propia celebración de envío a Chile, celebré también la promesa de celibato. El 30 de Junio de ese mismo año llegamos a Valdivia siendo recibidos cordialmente por el obispo de entonces Monseñor Alejandro Jiménez. Desde el comienzo la relación con don Alejandro fue de colaboración y sintonía. Fui conociendo los distintos agentes pastorales, al clero y a las comunidades, así como las grandes necesidades de la región y de la propia diócesis. Mi principal dedicación en ese primer momento fueron las clases de religión en el Liceo Comercial de la ciudad así como colaboraciones formativas en el Seminario de San José y en el Centro de Teología a Distancia. En 1991 coincidiendo con la primera visita de nuestro Moderador General, me propusieron junto con el obispo, la conveniencia y necesidad de que me abriera a la posibilidad de la Ordenación Sacerdotal. En ese momento había 16 sacerdotes para toda la diócesis, yo tenía los estudios de Teología y la promesa de celibato y un gran entusiasmo, así que no tardé mucho en reconsiderar mis negativas de años anteriores y dije que aceptaba ordenarme. La propia comunidad Adsis se convirtió en «ámbito de seminario» en esos meses hasta la Ordenación de diácono el 5 de Enero de 1992. La fecha para la ordenación presbiteral se fijó para el 10 de Mayo de ese mismo año. El proceso fue, pues, bastante rápido ya que entre la propuesta y la Ordenación transcurrió apenas un año. A los pocos meses de la Ordenación Sacerdotal, en torno al mes de Septiembre, comencé a sentir un desgaste físico y psicológico notable debido al trabajo desplegado como vicario parroquial, director del Centro de Teología a Distancia, clases de religión, voluntariado social, encomiendas al interno de las comunidades, etc.. Al tiempo rebrotó la necesidad afectiva de compensar tanto desgaste y me enamoré de una hermana de comunidad. Me puse en manos de los hermanos para el discernimiento oportuno e inmediatamente viajé para España para marcar la distancia necesaria. Fueron meses de dificultad y soledad en los que en mi corazón luchaba entre dos fidelidades. Creo que la suma de la apertura al Espíritu, el apoyo de los hermanos, la Gracia de Dios y la serenidad lograda en la distancia, hicieron posible retomar el camino emprendido un año antes y proseguir, no sin dudas y dolor, la tarea ministerial, esta vez, en Salamanca (España). Allí permanecí desde Febrero de 1993 hasta Octubre de 2000 como vicario parroquial de Santa Marta de Tormes y como delegado de la comunidad Adsis de Salamanca. La parroquia era extensa y a ella me dediqué especialmente desde las áreas social, de enfermos y de juventud, con ahínco y entusiasmo. En esos años nuevamente atravesé por crisis afectivas y enamoramientos porque creo que buscaba, no tanto satisfacer necesidades instintivas, cuanto poder vivir una realidad de pareja con proyección cristiana. En Junio de 2000 me propusieron un nuevo cambio de comunidad. Se presentaba la oportunidad de regresar a Chile, esta vez, a la ciudad de Temuco. Mi padre había fallecido víctima de un prolongado cáncer, el 28 de Junio de 1999. Así que ahora, junto con mi madre, viajamos el 12 de Noviembre de 2000 y me integré a la comunidad y a la diócesis de Temuco. Mis principales responsabilidades fueron las de Asesor diocesano de la Pastoral Universitaria y la de profesor en la Universidad Católica de Temuco. La comunidad era pequeña y sin embargo la tarea pastoral desplegada era grande. Durante más de un año me entregué de nuevo al servicio pastoral con horarios y responsabilidades exigentes. En Octubre de 2001 tomé conciencia de que estaba cultivando una amistad especial con Elena (hermana Adsis de la comunidad de Valdivia) desde que prácticamente llegué a Chile. La distancia geográfica había permitido vivir esa amistad con normalidad sin poner en peligro la fidelidad fundamental de ambos. Sin embargo me sentía referido a ella constantemente y brotó, con una fuerza insospechada y nueva, un enamoramiento sereno y profundo. Paralelamente, mi personalidad ansiosa y la necesidad de compensar psicológicamente el desgaste y el cansancio del trabajo, me llevaron a encerrarme en mi mismo, a alimentarme deficientemente, a dormir poco y a fumar y a ingerir grandes cantidades de alcohol. Ante este panorama comuniqué con algunos hermanos que la situación se me estaba escapando de las manos. Convinimos un acompañamiento espiritual y una intensificación de la experiencia orante, así como un corte total de la relación con Elena. Durante varios meses seguí estrictamente ese plan pero sin los resultados deseados. No solo no remitía el sentimiento, sino que la voluntad lo profundizaba, nunca la margen de la fe, del seguimiento a Jesús y de la vocación Adsis, convicciones profundas de los dos y de las cuales nunca hemos renegado. En Abril de 2002 hablé personalmente con Elena con la intención de tomar alguna decisión que resolviera esta situación. Tanto esa comunicación como la oración posterior de aquellos días me convencieron de que, a pesar del dolor que sabía que iba a causar, esta vez debía ser fiel a mi corazón y no podía continuar posponiendo una necesidad profunda que, por causas históricas y de un cierto voluntarismo, siempre había reprimido. El 9 de Mayo de 2002 abandonamos las comunidades Adsis y dos días después transmití a los obispos de Valdivia y de Temuco mi intención de alejarme por un tiempo del ministerio presbiteral. La reacción de los hermanos de las comunidades fue la de manifestar un profundo desacuerdo y rechazo con el consiguiente alejamiento afectivo y efectivo. Tuve, no solo que abandonar la casa, sino que me invitaron a irme de la ciudad y por consiguiente a aceptar la renuncia al trabajo de profesor en la Universidad Católica de Temuco que me había solicitado el obispo de Temuco. Toda esto, además del dolor personal que supone tras veinte años de pertenencia al Movimiento Adsis, me obligó a trasladarme a Valdivia con mi madre, ciudad donde resido hasta la fecha. Monseñor Sergio Contreras me escuchó acogedoramente y me pidió que reconsiderara mi decisión. En carta fechada en Mayo y dirigida a el, renuncié voluntariamente al ejercicio del ministerio. Con una actitud de obediencia y consciente de la gravedad del caso, traté de retractarme pero, en esos mismos días, me sentí plenamente confirmado internamente en la decisión tomada de abandonar las comunidades y el ministerio y de solicitar la dispensa de celibato para, de esa manera, poder vivir honradamente las dos fidelidades que en este momento siento como reclamos fundamentales en mi vida; el amor de pareja y el amor a Cristo. Cuando inicie lo trámites de la dispensa tuve que escribir una carta introductoria dirigida al obispo de Roma. Les transcribo ahora alguno de los párrafos de dicha carta para que puedan seguir discerniendo las motivaciones de mi corazón: «Amo con todo mi corazón al Señor. El configuró mi vida para siempre en su Cruz y en su Resurrección. Amo la causa del Reino. Amo a la Iglesia y a la Vocación Adsis. Amo a los jóvenes y a los pobres. No reniego de ninguna de esas experiencias tan fundamentales en mi vida pero, en estos momentos, a pesar de haber luchado internamente, de los acompañamientos espirituales que agradezco, de la cercanía y exigencia de tantos hermanos y de haberme puesto en las manos del Señor, mi conciencia me confirma en que mi camino personal de seguimiento a Jesús necesita la mediación matrimonial para que mi vida sea realmente transparencia del Evangelio. Creo que Dios me ha pedido y me lo pide todo, pero también vivo la certeza y la experiencia de que nunca me va a pedir más de lo que mi debilidad humana puede soportar. Se del dolor de esta decisión para muchos, comenzando por mi mismo, pero creo que sería un dolor mayor si una vez más, pospusiera y reprimiera esta llamada humana y también cristiana de vivir mi pertenencia a la Iglesia y mi compromiso con Cristo como casado. Para ello solicito la dispensa del celibato sacerdotal y la pérdida del estado clerical acogiéndome a la misericordia de Dios y a la comprensión de su persona. Le pido humildemente su oración por mi que me será de gran ayuda en estos momentos de dificultad, y su bendición como hermano mayor en la fe de todos nosotros». Como les indiqué al comienzo la dispensa fue aceptada rápidamente no sé bien por qué razones pero el caso es que en apenas seis meses llegaron los papeles y oficialmente me reintegraba a la comunión plena con la Iglesia. Durante esos meses de espera nos hicieron sentir que estábamos afuera. Elena hacía clases de religión en una Escuela Pública y sorpresivamente le llamaron del departamento de educación para solicitarle el certificado de idoneidad porque, según ellos, se les había «extraviado». Cuando acudió al obispado el vicario de pastoral le dijo que ¡cómo se le ocurría querer hacer clases de religión en la situación en la que nos encontrábamos!... Lo que se le olvidó a este vicario es pensar que sin esas clases y, estando yo cesante por mi expulsión de la Universidad Católica, nos dejaban sin trabajo y sin plata... Paralelamente tanto los superiores de las comunidades Adsis como el obispo de Temuco, nos continuaron conminando a abandonar la región y a señalar la conveniencia de que mejor nos fuésemos a España por un tiempo largo. La verdad es que esas «costumbres clericales» con esos «tratamientos intraeclesiales» no funcionan en la vida real. Porque díganme ustedes con qué plata hubiésemos podido viajar a España o a dónde o a qué trabajo podíamos acudir. ¡Nos cortaron las curdas vocales y nos pedían que cantásemos!... El caso es que estoy teniendo muchas dificultades en encontrar trabajo. Estuve cesante hasta Marzo de este año donde, por fin, conseguí para este primer semestre unas horas de Ética hasta Agosto en un pequeño colegio particular de la ciudad. Junto a la precariedad que conlleva este trabajo lo cierto es que la experiencia me está resultando muy costosa al tener que convivir y transar con planteamientos que, a mi juicio, no son acordes con la moral cristiana como por ejemplo el afán de lucro, la competitividad como criterio absoluto, el clasismo, la exclusión del débil por ser diferente, etc.. pero, ¡es el único trabajo que he podido obtener en este momento!... Yo pensaba ingenuamente que, una vez me llegara la dispensa, podría acceder a clases de religión o de teología o, al menos, que alguna de las Diócesis a las que serví me informaran sobre la posibilidad de otros trabajos al tener regularizada mi situación jurídica con la Iglesia. Nada de eso ha sucedido porque, al parecer, la propia dispensa me prohíbe para siempre la docencia. La dispensa romana está escrita en latín y entre tanta pulcritud y exactitud gramaticales creo que, como dice el poeta, «se olvidaron poner el acento en el hombre»... La dispensa más parece una condena que hay que cumplir que un discernimiento que reconoce la validez de un cambio de estado dentro de una misma fidelidad y vocación. Y es que no entiendo si no por qué el director del Instituto teológico de la Universidad Católica de Temuco me dice que le gustaría contar conmigo porque necesita un profesor y el obispo de esa diócesis diga que bajo ningún motivo ya que, aunque pueden haber excepciones, en este caso no es conveniente que yo haga clases en la universidad. Y no entiendo tampoco por qué un obispo emérito que me conoce desde hace muchos años haya gestionado mi incorporación a un proyecto social que el director del Departamento de Acción Social se entreviste conmigo y me exprese su alegría de contar conmigo y el obispo de esa diócesis me vete de nuevo porque esta vez, aunque la dispensa no lo prohíbe, la «prudencia pastoral» no lo aconseja. Según este colega suyo si yo trabajase en la iglesia eso sería un mal ejemplo para sus sacerdotes ya que podría debilitar los compromisos sagrados al ver la facilidad con la que a un ex-cura le dan trabajo. Ante todo esto lo que yo me pregunto entonces es ¿de qué me sirve poder comer el pan de la eucaristía si no puedo comer «el pan nuestro de cada día»?... No logro conformarme con pensar que «yo elegí dejar el ministerio y me tengo que atener a las consecuencias» porque esas consecuencias no pueden anular los veintitrés años (diez de ellos de presbítero) que dediqué por entero a la Iglesia y que configuraron mi vida para siempre... Y si así fuera ¿qué estaría pasando con los valores fundamentales de la misericordia y del perdón que nacen del Evangelio y de los que la Iglesia es depositaria y transmisora?... Cuando medito con los antiguos profetas «de Egipto llamé a mi hijo», o cuando me resuenan en la memoria de la fe palabras como «misericordia quiero y no sacrificios», « quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra», «yo vine a buscar y a salvar lo que estaba perdido», «no necesitan médico los sanos sino los que están enfermos», «al que mucho amó, mucho se le perdonó», y un largo etcétera... no puedo por menos dudar de si configuré mi vida con un utópico Evangelio que solo sirve para ser predicado pero no para ser vivido. Les recomiendo humildemente que recen con el capítulo 53 del profeta Isaías mi situación y luego me señalen sinceramente qué deberían hacer conmigo. Créanme que trato de comprender el Derecho Canónico y de ponerme en el lugar de ustedes como pastores pero no logro compatibilizar todo eso con un clamoroso «sensus fideli» que tiene entrañas de madre y que es el icono viviente de la Iglesia de Jesús de Nazaret. Como ejemplo recuerdo que al poco de comunicar a personas cercanas mi decisión de abandonar el sacerdocio, algunos hermanos de comunidad me dijeron que iba a ser un escándalo sobre todo para los más sencillos, que los curas entenderían mejor porque tenían muchos casos parecidos y ya estaban acostumbrados pero que los pobres no... Resulta que las cosas fueron sucediendo precisamente al revés. Un auxiliar de la Universidad Católica de Temuco me llamó aparte un día para decirme que, aunque lamentaba no tenerme ya como sacerdote, me tenía como cristiano y amigo y quería estar a mi lado porque se imaginaba lo que estaría sufriendo en ese momento... y me dijo más, me dijo que había hablado con su esposa y que ella estaba de acuerdo: desde ese día podía ir a almorzar a su casa todos los días porque ahora estaba solo y no tendría dónde ir... Este ejemplo se ha repetido en estos meses en Valdivia de diversas maneras y con diferentes rostros y acentos, todos ellos de la «gente sencilla»...del pueblo. Y es que ellos saben, por ejemplo, que nunca me acosté con secretarias parroquiales ni catequistas ni ninguna otra mujer mientras estuve sirviéndoles como presbítero. Y saben que nunca me llevé ni un peso por mi trabajo aunque la Palabra diga que «no hay que poner bozal al buey que ara».Ni mucho menos robé ni me aproveché de nadie, ni que me emborraché para compensar cansancios o frustraciones. Saben que no les traicioné porque les amo tanto que sería incapaz de todo eso... Y por supuesto saben también que no abusé de menores, ni soy pedófilo, ni apoyé dictaduras, ni favorecí a los ricos y poderosos de turno, ni llevé una vida aburguesada, etc.. Creo, monseñores, que ellos saben que mi corazón es idóneo para continuar colaborando en la construcción y acogida del Reino de Dios y en la edificación de la Iglesia. Por todo lo dicho hasta ahora creo que también puede saber que durante años acompañé a muchos jóvenes, que formé comunidades, que cuidé de los heridos, que tuve misericordia porque yo mismo experimenté la misericordia de Dios primero, que amé a los jóvenes y a los pobres con todo mi corazón y que pedí perdón cuando abandoné el ministerio, que solicité la dispensa porque soy Iglesia y que me la concedieron... y entonces ¿qué más tengo que hacer para que me perdonen realmente?... Llegó el invierno y el futuro laboral se presenta con más sombras que luces. Como pueden imaginar la perspectiva familiar aumenta mi preocupación y mi desasosiego. ¿En qué podría trabajar con cuarenta años, con tan solo un título de teología y con una especie de «veto canónico»?...o ¿Con qué plata y en cuánto tiempo más podría estudiar y profesionalizarme en otra cosa?... Estas son alguna de las preguntas que me rondan y me inquietan en estos días y que me mueven a escribirles esta carta. Disculpen el tono de desahogo que ha tomado esta carta pero creo poder confiar en que ustedes sepa acoger e interpretar mis palabras adecuadamente. Para finalizar permítanme que, desde ese sabor a libertad evangélica que gozamos los cristianos, les indique tres sentimientos y una condena. La primera vivencia que nace de esta historia es la de la decepción. Sí, ustedes me han decepcionado al menos tanto como yo a ustedes. Luego de tantos años «formateado» eclesialmente me entristece ese viejo»ojo por ojo» subyacente en su mentalidad que se sobrepone en los hechos a la misericordia que predican con las palabras. Otro sentimiento es el de la indignación. Se que muchas veces cuando comparamos somos injustos porque se olvidan contextos y se generaliza demasiado pero no puedo evitar acordarme de casos recientes y pasados en los que la jerarquía de algunas Iglesias han amparado y protegido a miembros indignos de sus presbiterios financiando traslados, ofreciendo otros trabajos o simplemente negando públicamente cualquier falta en ellos. Sacerdotes con hijos, otros acusados por la justicia de abusos a menores o de colaboración en torturas bajo las dictaduras militares de nuestros países, muchos otros alcoholizados, etc.. que son protegidos con tal que no abandonen el ministerio. Me indigna que tenga más peso en muchos discernimientos el cuidado de la «imagen» y del «qué dirán» que la transparencia de la verdad. Siempre verdad y siempre justicia y siempre misericordia, pero siempre con todos y en cualquier caso. Pero ante todo la experiencia de estos meses sigue siendo la esperanza. Porque amo a Jesucristo sufriente en el hombre oprimido y viviente en el comprometido y porque se que tendremos apreturas pero el amor es más fuerte. Y por último denuncio su miedo. Bajo la capa de la «prudencia pastoral» se esconde una «condena clerical» que pretende preservar un rebaño de elegidos a salvo de las dudas, es decir, de la libertad. No creo que tengo necesidad de citar el evangelio de Juan para que lo entiendan... Sin otro particular se despide atentamente Jesús Herrero Estefanía el amor es más fuerte
|