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CARTA ABIERTA DE UN TEÓLOGO A AZNAR, BUSH Y BLAIR
JUAN JOSÉ TAMAYO
Señores José María Aznar, George Bush y Tony Blair. Como teólogo cristiano me dirijo a ustedes, que se declaran miembros de tres iglesias: Aznar, de la católica; Bush, de la metodista; Blair, de la anglicana. Y voy a hacerlo recordándoles algunas escenas de la historia sagrada, textos del Nuevo Testamento y páginas de la historia de la Iglesia que ustedes estudiaron por los mismos años que yo en las escuelas parroquiales de los años cincuenta y sesenta del siglo XX y están grabados en el imaginario colectivo de los hombres y mujeres de nuestra generación. Así que les resultarán familiares.
El primer libro de la Biblia, el Génesis, cuenta la historia del asesinato de Abel por su hermano Caín. ¿La recuerdan? No diré que Sadam Husein sea Abel, porque tiene todos los rasgos de Caín, pero sí lo es el pueblo irakí, y ustedes son considerados por mucha gente la encarnación de Caín, con el agravante de que en la guerra contra Irak han matado a muchos seres humanos inocentes, que se suman a los muertos de la Guerra del Golfo y a los causados por el embargo económico de 12 años. El Dios en quien ustedes dicen creer les hace hoy la misma pregunta que hiciera a Caín: "¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano" (Génesis 4, 9-11). Y su respuesta no es el arrepentimiento y la detención de la guerra, sino el mantenimiento del espíritu belicista.
Seguro que ustedes, señores Bush, Blair y Aznar, participan en los actos religiosos de sus respectivas iglesias, donde escuchan el Sermón de la Montaña: "Dichosos los que trabajan por la paz, porque a ésos Dios los llama hijos suyos". Pero no lo consideran vinculante y siguen trabajando por y para la guerra. Es posible que compartan cada domingo el pan y el vino de la fraternidad, mientras se disponen a expoliar al pueblo irakí de sus fuentes de riqueza. Quizá escuchen la despedida de los sacerdotes y pastores al final del culto divino: "podéis ir en paz", pero cuando salen del templo hacen oídos sordos y vuelven a mandar soldados al frente de batalla, muchos de los cuales mueren como consecuencia de la espiral de la violencia que ustedes han provocado en Irak.
El señor Bush presume de vivir en un país donde se defiende como en ningún otro la vida, la dignidad y la integridad de la persona, mientras se olvida de las penas de muerte firmadas por él, que constituyen el mayor atentado contra la lo que dice defender. ¡Quizás sea un olvido freudiano! A eso hay que sumar las condiciones infrahumanas en que se encuentran los presos afganos en Guantánamo, sin tener pruebas de culpabilidad contra ellos y sin las más mínimas garantías jurídicas. Un nuevo golpe a esa dignidad se ha dado con la forma de presentar a Sadam Hussein -tras su detención- denunciada por el Vaticano como atentatoria contra un ser humano. Contra la dignidad del ser humano se declarado Bush al pedir para el ex presidente irakí la pena de muerte. El presidente de los Estados Unidos de América es una persona ávida de sangre. Y eso que se considera fiel seguidor de Jesucristo, a quien tiene por el filósofo que más ha influido en su vida.
La página de la historia de la Iglesia que quiero recordarles es la de las cruzadas de la Edad Media. Entonces fue el propio papa quien se puso al frente de aquel movimiento militar para recuperar los santos lugares en manos de los "infieles". Los historiadores coinciden en reconocer que los conquistadores del Santo Sepulcro, al tomar Jerusalén, derramaron sangre inocente a raudales: mujeres, niños, ancianos (J. Lortz). Nicolás Chomiates, testigo ocular de la primera cruzada, confiesa que los caballeros cruzados cristianos sentían el mismo placer por los asesinatos y los saqueos que los paganos.
Ustedes, señores Bush, Blair y Aznar, son los nuevos caballeros cristianos que han declarado la primera cruzada del siglo XXI para liberar a Irak de la civilización musulmana e introducirlo en la civilización occidental, y lo han hecho con actos de barbarie que desmienten el alto grado de desarrollo cultural y económico de que presumen. Su cruzada se dirige a recuperar los santos lugares de Irak, pero no para preservar lo sagrado de ninguna invasión atea, sino para apoderarse de sus riquezas. Son idólatras que adoran al oro del becerro más que al becerro de oro. En la Edad Media el papa les hubiera bendecido y condecorado. Hoy les reprende, al tiempo que declara la guerra una amenaza contra la humanidad. La paz es el único camino para construir una sociedad más justa y solidaria. Pero ustedes desoyeron las voces de la paz y prefirieron seguir con sus planes bélicos hasta lo que llaman victoria, pero que es una derrota y una muestra de la debilidad de la civilización occidental.
Por eso a muchos cristianos que luchamos por la paz nos resulta muy difícil considerarlos miembros de nuestra comunidad y hermanos en la fe. Son ustedes mismos quienes se han autoexcluido al transgredir el mandato divino "no matarás", que se convierte en imperativo categórico para los creyentes de todas las religiones. Me gustaría recodarles el mensaje dirigido por los viejos profetas de Israel a quienes entonces mezclaban la sangre de los inocentes con la sangre de las víctimas de los sacrificios: "Vuestras manos están llenas de sangre, lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, proteged por la viuda" (Is 1, 15-17).
Releyendo estos días de vacaciones La paz perpetua, de Kant, he encontrado un texto que se les puede aplicar a ustedes casi en su literalidad: "Esta facilidad para hacer la guerra, unida a la inclinación que sienten hacia ella los que tienen la fuerza y que parece congénita a la naturaleza humana, es el más poderoso obstáculo para la paz perpetua". Ustedes tienen la fuerza, no la razón.
Y no contento con desoír a los líderes religiosos y las protestas de los ciudadanos, Bush ha apelado a Dios para justificar la guerra. De esta manera creía verse libre de las críticas y estar legitimado para no ceder en sus propósitos destructivos. Actuando así hace realidad el estremecedor testimonio del filósofo judío Martin Buber: "Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada. Las generaciones humanas han echado sobre esta palabra el peso de su vida angustiada y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus patriotismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre. Los seres humanos dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros y dicen ‘lo hacemos en nombre de Dios’. Debemos respetar a los que prohíben esta palabra, porque se revelan contra la injusticia y los excesos que con tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de ‘Dios’".
& Juan José Tamayo es teólogo, secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, presidente de la Asociación Pro Derechos Humanos de España y autor de Adiós a la Cristiandad. La Iglesia católica española en la democracia (Ediciones B, Barcelona, 2003).
LA AMISTAD JOSÉ MARIA MARÍN MIRAS1
cabo de venir de una comida con vosotros. En ella se ha hablado tan superficialmente de la amistad que me he entristecido. Por eso deseo dedicar este rato a decir algo de ella, pues, cuando lo hacemos de palabra, posiblemente no sepamos expresar todo lo que quisiéramos y se puede dar lugar a confusiones. La amistad es una de las cosas más importantes de la vida, cuya nobleza radica en lo que intrínsecamente quiere decir. Si estudiamos los mecanismos psicológicos de la misma, observamos que es el vínculo más universal, en el que participan los tipos humanos más diferentes en edad, condición y cultura; el que, a diferencia del vínculo amoroso o de otros muchos, nos compromete y acompaña a lo largo de la vida. La amistad puede darse en todas las personas. Son amigos los adolescentes, los adultos, los ancianos. Son amigos los hombres y las mujeres. Este vínculo de la amistad puede sortear las diferencias de edad, de cultura, de creencias, de ideales, de religión. Como una bendición del cielo, como el sol y la lluvia, tampoco distingue para repartirse entre buenos y malos o justos e injustos. Es la más libre y más gratuita entre todas las vinculaciones. Pero sorprende lo poco que sobre ella se piensa, se habla o incluso se escribe. No existe ningún tipo de relación humana que, como la amistad, se vea completamente al margen de cualquier forma de reglamentación. El matrimonio, las relaciones, laborales, sociales, económicas, civiles y religiosas, todas están reglamentadas, incluso hasta la penalización legal. La amistad, no. Su reglamentación es la libertad. Por eso, las amistades no se imponen. La amistad, como la fe -que no es lo mismo que religión, pues la religión es una superestructura añadida a una fe concreta-, se elige libremente. No cabe pensar en una jurisdicción que regule las relaciones de amistad, pues es absolutamente libre y gratuita. No tenemos obligación de ser amigos de nadie. Por eso es más meritoria, por su libertad y gratuidad. No es posible ganarse amigos por la fuerza, el halago etc. Se podrán ganar aduladores sumisos o serviles acólitos, pero no amigos de verdad. Pero tampoco hay amistad sin comunicación afectiva, sin expresión, del modo que sea, de la ternura, del cariño, de la identificación con el otro o el interés por sus cosas. En una palabra, no existe amistad, sin intervención del deseo. La amistad es un compromiso ético de alteridad. Sin esa dimensión de la alteridad que se articula en la demanda y en la ofrenda, la recepción y la donación, el apoyo recibido con la disposición de prestarlo también al otro, la amistad queda mutilada en su aspecto esencial. Sabemos que contamos con un amigo, cuando el otro sea capaz de dar, de arriesgar, de perder, si es el caso, algo de sí mismo en nuestro favor. Y sabemos que en la misma manera que estemos dispuestas a ellos, seremos amigos de los demás. Justamente, por ser la relación más libre, la menos obligada, manifiesta mejor que ninguna otra la dimensión ética -y en nuestro caso evangélica- que puede comportar la relación humana. Otro factor esencial de la amistad es la confianza. Confianza con el amigo para solicitar de él ayuda o compañía; confianza para manifestar nuestra intimidad; para tener esa «comunicación afectuosa» recíproca a la que tanto se refiere Laín Entralgo. Confianza incluso para mostrar nuestros disentimientos con el otro, sin temer nunca un juicio de valor peyorativo del amigo por ese disenso. La identificación con los problemas del otro, su comprensión y ayuda, aunque pensemos de otra manera, genera una sintonía particular que posibilita la escucha empática, la confidencia íntima, la expresión del afecto y que, al mismo tiempo, como en toda relación afectiva, da paso al dolor, al sufrimiento por la pérdida física –muerte, ausencia definitiva- o afectiva del amigo. Y uno de los enemigos mayores de esta pérdida afectiva son las actitudes intransigentes, cerradas, pues la intransigencia y la cerrazón son las dos manifestaciones del egoísmo, de encerrarnos en nosotros mismos, de no salir de sí, de creernos superiores, más puros en nuestros ideales, o más espirituales, más religiosos, más creyentes que el otro. Ser amigo es darse hasta comprender y, si ello es imposible, para tolerar. Y de tal forma que, llegado el caso, el vínculo afectivo de la amistad desarrolla la capacidad de entrega, donación, sacrificio y renuncia. Solo así se hace posible no sólo la confianza «con» el amigo, sino también la confianza «en» el amigo, como alguien que es para mi, y para él yo también, un fin y no un mero medio. Con más razón para el cristiano, pues en el amigo, pecador o como sea, está Jesús; más aún, es el mismo Jesús como expresa en el evangelio: A mi me lo hicisteis... A la vista de la devaluación de la amistad, podemos concluir que sólo hablamos auténticamente de este tipo de relación humana cuando el vínculo surge y se mantiene en libertad, cuando el deseo juega su papel de atracción, cercanía, comunicación y expresión mutua de afecto hasta un compromiso mutuo de fidelidad entre los que se relacionan. Así se comprende perfectamente la palabra de Jesús: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el amigo (Jn 15,13) Todo lo dicho lo manifiesta ejemplarmente con sus actitudes para con los demás nuestro amado y entrañable Jesús, sobre todo, por ser uno de los sentimientos más queridos de él, cuya palabra, amistad, repite 25 veces en los evangelios como expresión del amor más nobles y 12 las hace repetir con la misma intención al resto de escritores del NT. Pero como Jesús no habla de «boquilla», sino de corazón, en los momentos más culminantes y solemnes de su vida, como es su cena de despedida, no sólo la recomienda como tesoro inigualable, sino que de ella hace el fundamento de su relación con nosotros. Si leemos el capítulo 15 del evangelio de San Juan veremos como afloran estos sentimientos de amistad en los momentos más tristes de su vida: Este es el mandamiento mío, que os améis los unos a los otros igual que yo os he amado. Nadie tiene amor más grande por los amigos que quien entrega su vida por ellos. Vosotros sois amigos míos... No, no os llamo siervos porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a vosotros os vengo llamando amigos, porque todo lo que oí a mi Padre os lo ha comunicado. No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros...; así, cualquier cosa que le pidáis al Padre en unión conmigo, os la dará. Esto os mando: Que os améis unos a otros. (12-17). Lógicamente, si está hablando de la amistad, el mandato de amarse unos a otros es como amigos. Si leemos atentamente toda la larga despedida de Jesús en esa noche, nos daremos cuenta que reitera una y otra vez sus expresiones de afecto, de amistad. No ve manera de apartarse de aquellos amigos. Y vuelve una y otra vez sobre este tema, porque tenía su corazón puesto en aquellos amigos del alma. Y como en Jesús los hechos siempre confirman sus palabras, como les acaba de decir, él da la vida por todos nosotros, que somos sus amigos, empezando por lo más pobres y despreciados, a los que hace sus principales amigos, pues sin paliativos dice: Yo he sido enviado a evangelizar a los pobres. Pobre es el que no tiene nada, ni bienes, ni salud, ni amistad, ni siquiera gracia de Dios, es decir es un desgraciado, un pecador, etc. Pobres son los que sufren, los enfermos, los pecadores, los publicanos, las prostitutas. A todos los hace sus amigos, hasta tal punto que dice de San Juan que andaba con mala gente. Compartir mesa y mantel es una señal, un signo, un símbolo de la amistad. Invitamos a comer a nuestros amigos. El «convivium», etimológicamente es con-vivir, vivir con...; el con-vite es compartir la vida. Pues bien, Jesús se abroga el poder para sentar en la mesa de la comunión con Dios, con él también, a sus amigos, a los marginados, a los que muestra como el distintivo de su misión: los ciegos, cojos, sordos, leprosos, los muertos de cuerpo y de espíritu. Para Jesús, lo que da autenticidad a su misión no está en sus milagros, sino en éstos, que son los principales destinatarios de su mensaje. Y éste es el único signo que aduce para legitimar su predicación: Id y contarle a Juan lo que estáis viendo: Los ciegos ven, los cojos andan...y los pobres reciben la buena noticia (Mt 11,3-6). Todos los designados coinciden en el denominador común de ser los desheredados de la tierra. Está claro que en el evangelio la proclamación del Reino está próxima al hambre y sed, al llanto, enfermedad, trabajos y cargas agobiantes; a los últimos, los simples, los perdidos y pecadores. Lo cual engloba una situación de desesperanza material y una marginación social o penuria espiritual, en una palabra, los que se denominan los «mal vistos». ¡Inaudita pretensión la de llamar bienaventurados a los que lloran! ¡Y más inaudito que él se haga tan amigo de cada uno de ellos para dar más fuerza a su mensaje!. No sólo da la vida por sus amigos; se hace uno con ellos. Normalmente, cuando se quiere instaurar una asociación de prestigio se acerca uno a gente de prestigio y uno mismo se prestigia como puede. No se hace un marginado y se rodea de marginados; más bien los alejamos de nosotros. Es ésta una extrañísima pretensión de Jesús. En efecto: Los evangelios han conservado las siguientes designaciones sobre Jesús: un comedor y bebedor de vinos amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,19); contado entre los delincuentes (Lc 22,37); perturbado mental que no estaba en sus cabales (Mc 3,21); «seductor» (Mt 27,63); no tenía donde reclinar la cabeza (Mt 8,20), etc. Todo lo cual expresa una existencia desinstalada, más o menos errante y marginal, por estar con estos amigos. ¡Tanto cuidado como tenemos nosotros de no «juntarnos» con gente marginal de esa índole, porque nos desacreditamos, instalados como estamos en nuestras pretenciosas ostentaciones de ser de «buena familia» o de poseer riquezas y bienestar, o de mostrarnos ortodoxos y puros en la fe, alejados de los «equivocados». Jesús tiene la pretensión de ligar a la aceptación de su persona la suerte de los hombres: Quien cree en mí vivirá para siempre. Pero añade otra condición, al ligar la suerte del juicio final, nada menos que la salvación eterna, a la conducta con los marginados con los que se identifica de tal forma que los considera no sólo sus amigos, más aún, como si fueran él mismo: Cuando a uno de estos la hacéis, a mi me lo hacéis. En aquel día muchos exhibirán una suerte de credenciales impresionantes. Pero ni la posición privilegiada, como dice Lucas, ni las obras maravillosas que señala Mateo servirán de nada, ni siquiera las presunciones en la pureza de su fe. El encuentro de los hombres con Dios pasa a través de la identidad de Jesús con los hermanos, con sus amigos encarcelados, hambrientos o desnudos a quienes hayamos socorrido: Sus amigos que hemos hecho nuestros. Lo cual no quiere decir que Jesús no deseara ser amigo de personas pudientes o adineradas. También practicaba con ellos la amistad. En la clase social de los ricos tenía grandes amigos, como la familia de Lázaro, Marta y María; o Juana, su acompañante, la mujer de Cusa, administrador del Procurador; Mateo, el recaudador de impuestos; los mismos apóstoles tenían una posición desahogada pues eran los propietarios de barcas de pesca, lo que en aquel pueblo pobre era un privilegio; la mujer que derrama sobre su cabeza tan costoso perfume no tendría que ser pobre; el fariseo con quien se veía en secreto; Zaqueo, a quien tanto alabó; José, el de Arimatea que le da un sepulcro carísimo y los sudarios; o los mismos ricos con quien aceptaba comer y a los que tendía puentes y les ofrecía la amistad del Reino, o les llamaba a seguirles, como al joven rico. Jesús llama a los ricos también; es su respuesta egoísta lo que los aleja de su amistad. Pero él siempre está abierto a ser su amigo, porque para él, como para Dios, no hay acepción de personas. Vino a salvar a todos. A veces, en las parábolas también los presenta como justos, mientras reprende a los asalariados: El amo de la viña, el dueño de los talentos, el amo del administrador infiel, el padre del hijo pródigo, etc. Los escritos del Qumrâm dejan muy claro que la comunidad de mesa sólo estaba abierta en el pueblo judío a los puros, a los miembros plenos de la comunidad. Y en este ambiente hay que situar el hecho de que el Jesús histórico solía hablar del Reino inminente como de una comunidad de mesa en la amistad. Todos estos detalles hacen ver el escándalo que suponía el gesto de Jesús de comer con sus amigos los pecadores. Por eso, sobre todo, tiene especial importancia la pretensión de sentarlos a su mesa, como el que tiene poder para perdonar los pecados a sus amigos. Los judíos descubrieron desde el principio lo monstruoso de esta pretensión: «Blasfema contra Dios», decían sus enemigos (Mc 2, 6). Y la ostentación de declarar perdonados los pecado en nombre de Dios es manifestada reiteradamente en los evangelios, lo cual supone otra pretensión inaceptable para los judíos. Jesús tiene la pretensión de parecer blasfemo y hereje por tratar con sus amigos, sanarlo y perdonarlos, preferirlos ante aquellas autoridades, y él sabía a donde podía llevarles su pretensión: a la muerte infamante de cruz. Este grado de amistad es muy difícil de comprender, sobre todo si tenemos presente lo que al principio he dicho de lo que es la esencia de a la amistad, de la libertad de elección. ¡Elegir como amigos a lo más perdido, hasta contaminarse por su trato con ellos, en opinión de los que se consideran «santos», aquellos que decían cuando veían a los pecadores golpearse el pecho. Gracias te doy, Señor, porque no me has hecho como aquel pecador, olvidados de lo que repetía el Antiguo Testamento: Misericordia quiero y no justicia, es decir, quiero más la misericordia que la santidad. Tan difícil de comprender es esto que Pablo tiene una página sublime, que debemos leer con muchísima atención: «...pues dice la Escritura: Anularé el saber de los sabios, descartaré le cordura de los cuerdos (Is 29,l4). ¡A ver un sabio, a ver un letrado, a ver un estudioso del mundo este!. ¿No ha demostrado Dios que el saber de este mundo es locura?... Y si no, hermanos, fijaos a quien os llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte; y lo plebeyo del mundo, lo despreciado, se lo escogió Dios: lo que no existe para anular a lo que existe, de modo que ningún mortal pueda enorgullecerse ante Dios» (1 Cor 1,19 ss). Si no fuera así, ¿cómo concebir el nacimiento de Jesús, en su debilidad y desamparo, y su Buena Nueva para evangelizar a los pobres, a los marginados? Porque según San Juan, el Verbo, al encarnarse, no se hizo «soma», palabra griega que significa carne; se hizo «sarx» –esta es la palabra griega que utiliza-, que quiere decir lo más débil de la condición humana. Por esos, su amigos principales fueron, los enfermos -leprosos, tullidos, ciegos, por cuyos pecados se juzgaban que eran castigados-; los pobres -miserables y marginados-; los pecadores -publicanos, bebedores de vino, prostitutas...-; las mujeres, con quienes no se podía tener amistad, marginadas en aquella sociedad patriarcal judía, a las que curaba de enfermedades y demonios... Por el contrario, denosta a muchos privilegiados: a los ricos inmisericordes con las carencias de los demás –los epulones que tan difícil es que entren en el cielo- los fariseos -piadosos guardianes de la ley-: los escribas -sabios de la religión-; los sacerdotes -a los sumos y los de a pie, a los de arriba y a los de abajo-; los senadores -el sanedrín y los que ostentan el poder autocrático, absolutista-. Todos tenían un común denominador: eran poderosos, autosuficientes, narcisistas religiosos, posesores de la verdad, perseguidores, despreciantes y excomulgadores de quien no piensa como ellos. Pero ¡esos no eran sus elegidos, sus amigos!: Y si no, hermanos, fijaos a quienes os llamó Dios... ¡Que profundo es el texto de Pablo!. ¡Cómo debería hacernos pensar!. Es curioso: se deja públicamente besar los pies, tocar por una puta y dice a los que allí estaban que ella le ama más; no se avergüenza de proclamar su amor. Todo lo contrario: la ensalza como su amiga, como más amiga suya que el rico que lo banqueteaba. ¿Qué diríamos si cualquiera de nosotros, tan puros, tan castos, o qué pensaríamos de cualquier obispo, más aún, si el papa, se dejaran lavar los pies por una furcia del barrio de San Matías o del Trastévere e hiciese una proclamación y defensa pública de su amistad?. Suena duro, ¿verdad?. Pero, ¡qué real en relación al relato evangélico!. Pondríamos nuestros «peros» a obrar igual, alegando que nuestro honor, nuestro buen nombre se mancillaría...Con razón dice: Anularé el saber de los sabios, descartaré la cordura de los cuerdos.
Por eso habría que hacer una hermenéutica del evangelio desde el lugar del pobre, desde sus inmensas carencias, desde la gente que lo pasa mal, interpretación que, lógicamente, no puede ser la misma que la que se hace desde nuestras cómodas casas burguesas; desde los palacios eclesiásticos, templos y grandes centros teológicos o colegios, en las que nada falta; desde las casas de te y meriendas de ampulosas obras apostólicas, y desde los que miramos a «esos pobrecitos», quizás sólo con un falso paternalismo. A no ser que contradigamos a Jesús, el mensajero de Dios, que decía que esos marginados y débiles, sus mejores amigos, tienen mucho que decir, para que comprendiéramos lo incomprensible, dándonos la clave para ello: «Bendito seas, Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; si, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien (Jn 11, 25-26). ¡Oh Jesús entrañable!: Con qué alegría, por muy miserable que yo sea, puedo decir, a boca llena, que tengo en ti un amigo que no falla, mi amigo que me comprende, incluso cuando soy un miserable; un amigo que no me rechazará nunca, por muy pecador que sea, por muy desacreditado que esté, aunque yo sea despreciado por esta sociedad que tanto se gloría en sus timbres de nobleza, de poder y de riqueza, de pureza y ortodoxia, sobre todo lo cual pones por encima este don precioso, regalo del cielo, que es la amistad. ¡Gracias Jesús por este ejemplo de amistad que tú nos das! Así quisiera también yo, en cuanto pueda, ser amigo de mis amigos, ser vuestro amigo, queridos amigos del alma.
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1 Muchas de estas ideas están tomadas de las obras de Carlos Domínguez Morano, Los registros del deseoy de José María Castillo, Los pobres y la Teología.
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