EL PECADO TIENE UN PRECIO:
MUERTE.


A propósito de la película “La pasión de Cristo” de Mel Gibson.
Carlos Domínguez Morano(1)
Teólogo y psicoterapeuta

 


El debate es amplio y encendido. Y las cuestiones sobre las que en él se viene, de orden muy diverso. Pero tan sólo me interesa reflexionar sobre un punto, que guarda íntima relación con la teología subyacente al film y, sobre todo, con la percepción que de ella se está teniendo. Confieso que me ha impactado más la reacción de determinados sectores, supuestamente eruditos en teología, que la misma película de Gibson, con todo lo emocionalmente impactante que pretende ser, y cuya calidad técnica no discuto.

Que Mel Gibson, católico manifiesta y públicamente ultra-conservador, manifieste una teología de la cruz absolutamente pre-conciliar no es de extrañar. Es más, era lo que razonablemente cabía esperar. Que en ámbitos teológicos cultivados se valore positivamente el film o que desde el púlpito se le recomiende, eso sí me ha sorprendido sobremanera. Y, por otra parte, me hace pensar. Me hace teológica y psicoanalíticamente, pensar.

Si cualquier cristología medianamente rigurosa del siglo XX ha cuestionando esa “teología de la sangre” que Gibson proclama en su expresión más tremendista, no se acierta a comprender cómo ahora toda una serie de clérigos, predicadores y teólogos, a los que se supone medianamente informados, ven con gusto y dan su beneplácito a la película. Algo fuera de toda lógica parece estar teniendo lugar. Algo, sin embargo, que desde una comprensión psicoanalítica de los sentimientos de culpa (que tan fuera de toda lógica funcionan) podríamos en parte clarificar. Porque, efectivamente, sabemos bien desde la teoría y la práctica del psicoanálisis que la culpa tiene un precio (si se corresponde o no con lo que debiéramos entender por pecado es otra cuestión...) y ese precio no es otro que el de la muerte.

El peso de la culpa. El enorme, el infinito, peso de la culpa inconsciente que, de una manera u otra, por motivos diferentes, conocidos o ignorados, todos arrastramos. Está ahí. Mejor dicho, está aquí, en lo más íntimo de cada uno, se sea o no consciente de ello. Siempre hay culpa, porque siempre hay ambivalencia afectiva, amor y odio entrecruzados, deseo y ley que se enfrentan, sumisión y transgresión que, en un grado u otro, se alternan. Consciente o inconscientemente, la culpa siempre está ahí. La culpa siempre está aquí.

Y la culpa tiene un precio. Hay que pagar por ella. Todos estamos, pues, en deuda. Y cada cual resuelve ese conflicto de la mejor o peor manera que puede, dependiendo también de las referencias afectivas y cognitivas que le configuran personal y culturalmente. Pero una tentación será siempre (una tentación de las más astutas que el inconsciente elaboró), la de proyectar la culpa sobre otro para que él pague el precio que me corresponde y cuyo pago me es imposible eludir. Otro paga por mí. Y satisface mi deuda, me sustituye en el castigo merecido y, además, ¡porque me quiere! Y se deja matar incluso, porque el precio de la culpa -ya lo sabemos- no puede ser otro sino el de la muerte. ¡Qué más puedo pedir!, ¡cómo no va a tener éxito cualquier tipo de propuesta que se nos ofrezca, sea en versiones creyentes o ateas! (porque la culpa ignora todo credo y es capaz de aferrarse a cualquiera de ellos). Es fácil, pues, caer en la trampa que Mel Gibson nos ha tendido a todos. Tan fácil que puede obnubilar mentes teológicamente curtidas y credos racionalmente muy elaborados.

Parece claro. Si una persona que no hubiera tenido la más mínima noticia sobre la persona de Jesús asistiera a la proyección de la película, inevitablemente saldría con una pregunta sin respuesta ¿Por qué mataron a ese hombre? Indudablemente, las razones que se aportan en el film no bastarían para comprender el modo con el que las autoridades religiosas y políticas se aúnan para acordar la muerte en cruz de Jesús. Y es que Mel Gibson nos ha escamoteado todo el permanente conflicto abierto que mantuvo Jesús desde el principio con las autoridades religiosas de Israel y desde el que tan sólo se puede explicar su “necesaria” eliminación. Basta abrir, por cualquier parte, el texto evangélico para percatarse de ello. Pero Gibson ha preferido reducirse, en sus “flash back”, a imágenes de ternura edulcorante como la de Jesús niño que cae y es recogido por María, o la de un idílico y casi “kitch” sermón del Monte. Una secuencia como la de Jesús expulsando a los mercaderes del Templo quizás nos hubiera ayudado a entender algo (sin contar con la enorme eficacia fílmica que tales imágenes hubieran podido tener). Pero se habría restado fuerza a la idea motriz del film, que Gibson, por otra parte, ha expresado con toda claridad: Se trata de un sacrificio previsto por un plan divino, es el deseo del Todopoderoso y la víctima lo acepta libremente. Es un terrible sacrificio realizado por el bien de todos los hombres de todos los tiempos (entrevista a Mel Gibson: Cinemanía nº 103, p. 68). Es decir, el pecado tiene un precio: muerte. Muerte empapada en sangre, que tan gustosamente acogen nuestros inconscientes sentimientos de culpa, obnubilando si es preciso mentes teológicamente ilustradas.

(1)
Carlos Domínguez Morano, doctor en Teología y licenciado en Filosofía y en Psicología. Sus contáctos con el psicoanalísis se iniciaron en el Centro Médico Psicológico L´AMAR de Paris y ecomtinuaron en el Instituto de Psicoterapia analítica Peña Retama en Madrid. Es profesor de Psicología general y Psicología de la religión en la Facultada teológica de Granda. actualmente es Presidente de la Asociación Internacional de psiquiatras católicos o cristianos