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El debate es amplio y encendido. Y las cuestiones sobre las que en él se
viene, de orden muy diverso. Pero tan sólo me interesa reflexionar sobre
un punto, que guarda íntima relación con la teología subyacente al film
y, sobre todo, con la percepción que de ella se está teniendo. Confieso
que me ha impactado más la reacción de determinados sectores,
supuestamente eruditos en teología, que la misma película de Gibson, con
todo lo emocionalmente impactante que pretende ser, y cuya calidad
técnica no discuto.
Que Mel Gibson, católico manifiesta y públicamente ultra-conservador,
manifieste una teología de la cruz absolutamente pre-conciliar no es de
extrañar. Es más, era lo que razonablemente cabía esperar. Que en
ámbitos teológicos cultivados se valore positivamente el film o que
desde el púlpito se le recomiende, eso sí me ha sorprendido sobremanera.
Y, por otra parte, me hace pensar. Me hace teológica y
psicoanalíticamente, pensar.
Si cualquier cristología medianamente rigurosa del siglo XX ha
cuestionando esa “teología de la sangre” que Gibson proclama en su
expresión más tremendista, no se acierta a comprender cómo ahora toda
una serie de clérigos, predicadores y teólogos, a los que se supone
medianamente informados, ven con gusto y dan su beneplácito a la
película. Algo fuera de toda lógica parece estar teniendo lugar. Algo,
sin embargo, que desde una comprensión psicoanalítica de los
sentimientos de culpa (que tan fuera de toda lógica funcionan) podríamos
en parte clarificar. Porque, efectivamente, sabemos bien desde la teoría
y la práctica del psicoanálisis que la culpa tiene un precio (si se
corresponde o no con lo que debiéramos entender por pecado es otra
cuestión...) y ese precio no es otro que el de la muerte.
El peso de la culpa. El enorme, el infinito, peso de la culpa
inconsciente que, de una manera u otra, por motivos diferentes,
conocidos o ignorados, todos arrastramos. Está ahí. Mejor dicho, está
aquí, en lo más íntimo de cada uno, se sea o no consciente de ello.
Siempre hay culpa, porque siempre hay ambivalencia afectiva, amor y odio
entrecruzados, deseo y ley que se enfrentan, sumisión y transgresión
que, en un grado u otro, se alternan. Consciente o inconscientemente, la
culpa siempre está ahí. La culpa siempre está aquí.
Y la culpa tiene un precio. Hay que pagar por ella. Todos estamos, pues,
en deuda. Y cada cual resuelve ese conflicto de la mejor o peor manera
que puede, dependiendo también de las referencias afectivas y cognitivas
que le configuran personal y culturalmente. Pero una tentación será
siempre (una tentación de las más astutas que el inconsciente elaboró),
la de proyectar la culpa sobre otro para que él pague el precio que me
corresponde y cuyo pago me es imposible eludir. Otro paga por mí. Y
satisface mi deuda, me sustituye en el castigo merecido y, además,
¡porque me quiere! Y se deja matar incluso, porque el precio de la culpa
-ya lo sabemos- no puede ser otro sino el de la muerte. ¡Qué más puedo
pedir!, ¡cómo no va a tener éxito cualquier tipo de propuesta que se nos
ofrezca, sea en versiones creyentes o ateas! (porque la culpa ignora
todo credo y es capaz de aferrarse a cualquiera de ellos). Es fácil,
pues, caer en la trampa que Mel Gibson nos ha tendido a todos. Tan fácil
que puede obnubilar mentes teológicamente curtidas y credos
racionalmente muy elaborados.
Parece claro. Si una persona que no hubiera tenido la más mínima noticia
sobre la persona de Jesús asistiera a la proyección de la película,
inevitablemente saldría con una pregunta sin respuesta ¿Por qué mataron
a ese hombre? Indudablemente, las razones que se aportan en el film no
bastarían para comprender el modo con el que las autoridades religiosas
y políticas se aúnan para acordar la muerte en cruz de Jesús. Y es que
Mel Gibson nos ha escamoteado todo el permanente conflicto abierto que
mantuvo Jesús desde el principio con las autoridades religiosas de
Israel y desde el que tan sólo se puede explicar su “necesaria”
eliminación. Basta abrir, por cualquier parte, el texto evangélico para
percatarse de ello. Pero Gibson ha preferido reducirse, en sus “flash
back”, a imágenes de ternura edulcorante como la de Jesús niño que cae y
es recogido por María, o la de un idílico y casi “kitch” sermón del
Monte. Una secuencia como la de Jesús expulsando a los mercaderes del
Templo quizás nos hubiera ayudado a entender algo (sin contar con la
enorme eficacia fílmica que tales imágenes hubieran podido tener). Pero
se habría restado fuerza a la idea motriz del film, que Gibson, por otra
parte, ha expresado con toda claridad: Se trata de un sacrificio
previsto por un plan divino, es el deseo del Todopoderoso y la víctima
lo acepta libremente. Es un terrible sacrificio realizado por el bien de
todos los hombres de todos los tiempos (entrevista a Mel Gibson:
Cinemanía nº 103, p. 68). Es decir, el pecado tiene un precio: muerte.
Muerte empapada en sangre, que tan gustosamente acogen nuestros
inconscientes sentimientos de culpa, obnubilando si es preciso mentes
teológicamente ilustradas.
(1)
Carlos Domínguez Morano, doctor en Teología y licenciado en Filosofía y
en Psicología. Sus contáctos con el psicoanalísis se iniciaron en el
Centro Médico Psicológico L´AMAR de Paris y ecomtinuaron en el Instituto
de Psicoterapia analítica Peña Retama en Madrid. Es profesor de
Psicología general y Psicología de la religión en la Facultada teológica
de Granda. actualmente es Presidente de la Asociación Internacional de
psiquiatras católicos o cristianos
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