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POPE GODOY
popegodoy@telefonica.net
MI FE EN JESÚS Y EL JESÚS DE MI FE
El título puede chocar como demasiado personalista.
Intento explicarme. Estudios documentados sobre el Jesús Histórico o
sobre el Cristo de la Fe los hay a montones. Jamás se me ocurriría
meterme por esos caminos. También hay magníficas Cristologías, algunas
muy modernas con enfoques sugestivos y con gran amplitud de miras. Otro
campo en el que sería una ridícula osadía pretender entrar. De modo que
descarto con toda claridad lo que pueda sonar a estudio o exposición
científica de estos temas.
Por eso he preferido un título más personalizado, aunque tiene el riesgo
de chocar a primera vista. Como todo creyente, reivindico mi derecho a
“hacer teología”. No me refiero a la teología científica de la que
hablaba antes, sino a la teología vital, cercana y diaria. A ese andar
por casa “en zapatillas teológicas”, según la chispeante fórmula que usó
José Mª Díez Alegría hace muchísimos años, en una de sus clases. Unas
zapatillas más o menos usadas y hasta impresentables, si queréis, en
medios oficiales, pero que nos resultan indispensables y cómodas para
movernos durante este largo invierno eclesial en que nos encontramos.
Toda persona creyente, si quiere o se ve obligada a superar la fe del
carbonero, no tiene más remedio que hacerse preguntas, interpelarse y
dejarse interpelar por la realidad en que está inmersa, asumir la
perplejidad y el desconcierto, convivir con la duda y hasta experimentar
el vértigo del agnosticismo o de la increencia. En una palabra, caminar
hacia la adultez cristiana, lo mismo que caminamos con mayor o menor
éxito hacia la adultez humana.
A veces nos encontramos con personas muy críticas en su campo técnico
profesional (medicina, ciencias, informática…), pero que mantienen un
desconcertante espíritu pre-critico respecto a los temas religiosos. Se
produce una especie de esquizofrenia mental entre la capacidad para
analizar, discutir, criticar y hasta rechazar cualquier posible
enunciado científico y el absoluto bloqueo que experimentan ante la
menor duda o crítica en temas religiosos. Me resulta complicado imaginar
cómo puede vivirse en esa dualidad.
Por otra parte, las generaciones jóvenes que no han pasado por la etapa
infantil o mágica en que hemos vivido inmersas otras generaciones
mayores despachan de forma expeditiva multitud de enunciados religiosos
porque a la simple vista les resultan incoherentes o incomprensibles.
Eso del “misterio”, con el que nos embaucaban en otro tiempo, les suena
a cuento chino y a mentalidades pre-técnicas que no resisten el menor
análisis.
De modo que nos debatimos entre dos fuegos (sin ganas de dramatizar, por
supuesto): gente que se escandaliza a la menor sugerencia o sospecha que
ponga en cuestión las creencias o doctrinas religiosas tradicionales y
gente que nos desborda por la izquierda eliminando de una sola tacada el
envase y el contenido, el fondo y la forma, el ropaje cultural y el
mensaje permanente.
Hay otro aspecto que me parece importante. Las revistas teológicas
especializadas abordan todos los temas espinosos y ofrecen nuevos puntos
de vista con bastante claridad y soltura, aunque siempre con cautela y
mirando de reojo a la censura eclesiástica. Aún así, esos avances
teológicos quedan fuera del alcance de la gran mayoría cristiana a la
que se pretende preservar cuidadosamente de todo contagio. Nos
encontramos así con un dualismo eclesial que considero peligroso y
desolador. Un grupo de especialistas, con grandes avances en sus
investigaciones teológicas, y un gran sector que vive rutinario, ausente
o inconformista, pero que tiene escasos medios para superar su
situación.
No es un panorama halagüeño, desde luego. Pero ni remotamente penséis
que estas páginas pretenden compensar las carencias detectadas.
¡Faltaría más! Pretendo algo más modesto aunque no me resulta tan fácil
como pensaba al principio. Sencillamente, pensar en voz alta, intentar
formular mi camino de fe en Jesús y hacia Jesús. Podía apostillar mis
afirmaciones con muchas citas de gente muy importante que me da sopas
con honda. Pero sería otro tipo de artículo. Por eso, he decidido citar
sólo lo indispensable para mostrar, al menos, que no me saco mis
afirmaciones de la manga. Claro que con estas citas no pretendo cargar
mis afirmaciones personales sobre nadie. En fin, no me quiero liar más…
Y entro ya en materia.
PRIMEROS PASOS
Cuando terminó la guerra civil española tenía yo cinco años y medio.
Algunas imágenes se te quedan grabadas con nitidez y otras las
reconstruyes o las rehaces en función de muchos factores no siempre
conscientes. Mi padre fue movilizado por la República en aquella última
leva que se llamó “la quinta del saco”. Mi madre me enviaba todos los
días “a ver al Niño Jesús”. Después me enteré de que efectivamente una
familia mantuvo el sagrario durante toda la guerra y hasta se celebraron
algunas misas. Mi madre me mandaba para pedirle al Niño Jesús que vuelva
pronto mi papá.
El mundo que me transmitió mi madre en aquellas condiciones tan
excepcionales era extremadamente simple. Las personas se dividían en dos
clases: las que eran amigas y las que no eran amigas del Niño Jesús.
Aunque lloviera, yo iba todos los días puntualmente a ver al Niño Jesús.
Me estaba un ratito en aquella habitación especialmente adornada, rezaba
el padrenuestro y volvía a la casa. El camino más cómodo pasaba ante una
especie de cuartelillo con unos cuantos milicianos. Me fascinaba un
camión militar, enorme y exótico a la vez, ya que nunca había visto
circular un vehículo por mi pueblo.
Uno de aquellos milicianos que debía ser casi un muchacho o quizá un
padre de familia que añoraba a su hijo me subió a la cabina del camión.
¡Fascinante! Es increíble lo que un niño puede soñar y disfrutar en unos
pocos segundos. Volví a casa exultante. Pero mi madre se alarmó
angustiada. -¡Ese hombre no es amigo del Niño Jesús!, me repetía una y
otra vez para contrarrestar mi entusiasmo. Y me insistía en ir por otra
calle a ver al Niño Jesús.
A pesar de la prohibición de mi madre más de una vez volví por aquella
calle para encontrarme con el miliciano. La fascinación era más poderosa
que la prohibición. Recuerdo vagamente lo que ahora puedo formular como
un primer paso en mi propia autonomía moral. Mi experiencia me decía que
aquel hombre era bueno, que era cariñoso conmigo y que disfrutaba al
verme disfrutar. Más de una vez en mi vida me ha aflorado este recuerdo
como la primera y difusa expresión de conciencia individual y de
libertad personal en las decisiones.
Durante bastantes años no distinguí entre Jesús y Dios. Jesús lo sabía
todo y lo podía todo. No había más problemas. Pero a medida que avanzaba
en conciencia moral, tengo ahora la impresión de que aquel Jesucristo se
me alejaba. Este hecho estaba conectado con una desazón interior ante lo
complicado e incierto que era eso de “salvarse”. Ya se entiende que me
refiero a la otra vida. Como una sensación de agobio por la cantidad de
cosas que había que hacer. Supongo que aquí se acumulaban las numerosas
normas y órdenes que recibías de tus padres y en la escuela y que forma
difusa y culpabilizadora asociabas con lo que ahora podemos llamar
normas morales.
Nos aprendíamos de memoria el catecismo de Ripalda. Lo agradezco porque
desde luego me hizo desarrollar la capacidad retentiva de forma bastante
aceptable. Claro que muchas cosas no las entendía, y las repetía como un
papagayo, como por ejemplo, aquello de las naturalezas, las voluntades,
las memorias y las personas que había en Cristo.
Las cosas se me complicaron en el primero o segundo año de seminario
diocesano (a los 10 u 11 años!). En una clase de religión, el profesor
me preguntó sobre el número de naturalezas o personas que había en
Cristo. Me equivoqué en la respuesta. Me armó el follón y con mucha
frecuencia volvía a preguntarme de improviso, hasta en los pasillos, a
ver si me cazaba, medio en broma medio en serio. Aquel acoso me provocó
un verdadero bloqueo mental, hasta el punto de no dar pie con bola. Sólo
recuerdo con alivio el final de aquel galimatías: -“¿Cuántas memorias?
-Una y humana, porque en cuanto Dios todo lo tiene presente.”
Durante mi etapa de novicio jesuita, hubo sin duda aspectos negativos en
cantidad. Pero mi experiencia más positiva y gratificante fue la
admiración, el entusiasmo y la voluntad de seguimiento hacia la persona
de Jesucristo. Es la gran herencia que nos inculcó Gómez Crespo, el
maestro de novicios. Se trataba, es verdad, de un Jesucristo ahistórico
en un doble sentido: fuera de la historia en que vivió Jesús y fuera de
la historia en que nosotros vivíamos. Además, la imitación de Cristo se
formulaba como algo externo a ti mismo, como un modelo exterior que
debías imitar. A pesar de estas y otras muchas carencias, puedo afirmar
con sencillez y agradecimiento que aquella imagen incipiente de
Jesucristo me ha servido como punto de referencia a lo largo de mi vida.
Con todas las evoluciones posteriores, sigue siendo a la vez fuente de
alegría y de interpelación, elemento dinamizador y cautelosa sospecha
sobre mis propias convicciones.
EMPIEZAN LAS PREGUNTAS
Durante mis años de teología se celebró el Concilio Vaticano II. Fueron
tiempos de apasionante efervescencia teológica, de apertura mental y de
entusiasmo desbordante. Pero me atengo al tema de este artículo. Me
entero muy pronto de que Jesús no tenía concupiscencia. ¿Y eso qué es?
El diccionario de la Real Academia la define así: “En la moral católica,
apetito desordenado de placeres deshonestos”. Vaya, por aquí iban los
tiros. Pero en teología la definían de otro modo: Una apetencia, deseo o
sentimiento que no está controlado por la razón.
Aquello me dejó perplejo. Acudí al despacho del profesor con mi
desconcierto. O sea, que Jesús no tuvo nunca, por ejemplo, hambre o sed
como necesidades biológicas elementales y primarias. Jesús hacía una
reflexión (¡todo debía estar controlado por la razón!) y se decía: llevo
tantas horas sin comer y debo tener hambre. En ese momento le venía el
hambre. Por la forma en que me miraba el profesor tuve la impresión de
que nunca se había hecho esta pregunta. Pero el proceso mental era
inevitable y hasta imparable. ¡Entonces Jesús era un muñeco! (Dicho sea
con todo respeto, por favor).
Aquí entran la infinidad de preguntas que se hace tanta gente. Si Jesús
era Dios y lo sabía todo, en realidad no llevaba una vida humana como el
común de los mortales. Jugaba con doble baraja. Sabía lo que iba a
pasar, cómo iba a reaccionar cada persona, cada uno de los
acontecimientos desde los más inmediatos hasta los más lejanos… en una
palabra sabía el final de la película. Este perfil de Jesús tiene dos
pegas tremendas. Por una parte, la vida de Jesús fue una inmensa comedia
de cara a la galería: su asombro, su admiración, su extrañeza, su
indignación o sus lágrimas… ¡eran puro teatro! Todo aquello estaba ya
previsto en el guión. Me resisto rotundamente a esa farsa porque la
considero totalmente irrespetuosa para con Dios y para con los seres
humanos.
Pero hay otra pega que tiene también un enorme calado. Una vida tan
prevista y programada se sustrae a esos avatares que son el componente
inseparable de toda existencia humana: la incertidumbre ante el futuro,
el desconcierto o la perplejidad, el error y la metedura de pata, el no
saber muchas veces qué hacer... Quedan eliminadas todas las angustias y
todas las dudas. ¡Menudo chollo! Un muchacho de 14 ó 15 años lo formuló
de manera magistral en uno de los primeros ejercicios espirituales que
di. Nos dijo durante la puesta en común: -Yo a Jesucristo no le veo
ningún mérito. Está tan feliz en el cielo. Viene aquí durante 33 años y
se vuelve después al cielo… ¡Eso lo hace cualquiera! El avispado chaval
expresó con toda naturalidad y agudeza lo que mucha gente piensa y no se
atreve a decir en voz alta, como la niña del cuento: -¡el rey está
desnudo!
Así es. Una larga trayectoria teológica consiguió despojar a Jesús, no
de sus vestiduras, sino de su intrínseca realidad humana. Durante siglos
hemos estado repitiendo un Credo, donde el hombre Jesús queda
literalmente anulado por el Verbo de Dios. La vida de Jesús se reduce a
su nacimiento de María, la virgen, y a su muerte en cruz. El resto de su
vida no interesa. ¿Cómo vivió? ¿Qué hizo y qué dijo? Si los Evangelios
son escuetos en suministrarnos información sobre la vida de Jesús, no
digamos ya el Credo. Queda en el aire la gran pregunta insoslayable:
¿por qué murió crucificado? Su muerte en cruz, ¿fue pura casualidad,
estaba ya prevista o tiene que ver algo con su forma de vivir? El Credo
ya se encarga de decir que fue crucificado “por nuestra causa”… pero nos
deja, como quien dice, con los mismos interrogantes.
POR NUESTROS PECADOS
La muerte de Jesús fue horrenda, injusta y despiadada. De manera
especial resultó desestabilizadora para el colectivo de gente que lo
seguía. Significó un choque mental de dimensiones insuperables. No me
refiero sólo al atropello que supuso la condena de un hombre inocente,
que además era no-violento. Para más inri (¡aquí es donde pega la
palabra!) fue crucificado precisamente en medio de dos malhechores
(¿ejecuciones políticas?). Todo este enunciado ya es descomunal por sí
solo.
Pero el conflicto mental y religioso va mucho más allá. A sus seguidores
y seguidoras se les caen todos los palos del sombrajo y se quedan
rigurosamente a la intemperie. No sólo pierden sus esperanzas mesiánicas
individuales y colectivas; es que además pierden toda su fe en Jesús:
todo lo que él hizo y todo lo que dijo es falso. Su muerte en cruz es la
prueba más descorazonadora de que Dios lo ha abandonado. Lo que él ha
dicho y lo que ha hecho no viene de Dios. En el mejor de los casos,
Jesús no es un impostor pero está claro que se ha equivocado y que Dios
no lo respalda.
Las tinieblas que cubren la tierra entera hasta media tarde, según los
sinópticos, representan la escenificación simbólica de esa desoladora
oscuridad en que se encuentran quienes seguían a Jesús. Pero no sólo
ellos. El propio Jesús clamó dando una gran voz: Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34). Esta es la única “palabra” que
pronunció Jesús en la cruz, según Marcos y Mateo. Aquel hombre, Jesús,
se vio sometido al desconcierto inexorable, a la oscuridad y a la duda
más aterradora: ¿de verdad lo había abandonado Dios? Porque hasta su
experiencia de la paternidad divina queda aquí en entredicho.
Las primeras comunidades cristianas necesitaron suavizar aquella muerte
tan escandalosa y tan hiriente. Necesitaron explicarla, reinterpretarla,
sacralizarla. Y yo estoy de acuerdo. Pero a condición de que se
sacralicen todos los demás atropellos contra cualquier vida humana. El
significado de la muerte de Jesús cobra relieve en la medida en que
representa e incluye la muerte de todas las víctimas en ese estremecedor
rosario de crueldades y de injusticias a lo largo de la historia.
Vuelvo a la sacralización. La formulación más tranquilizadora de aquel
desastre es que “todo estaba ya escrito”. Fórmula que desde nuestra
perspectiva resulta ambigua y hasta escandalosa, porque nos suena a
fatalismo. Como si toda la vida de Jesús y su trágico desenlace
estuvieran ya diseñados y programados… desde toda la eternidad. Para
apostillar esta interpretación se acude a fórmulas tan desafortunadas
como la de San Pablo: No escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó
por todos nosotros (Rom 8,32). Uno tiene la impresión de volver a los
rasgos más duros del Antiguo Testamento, con un Dios implacable,
necesitado de expiación y de castigo.
En un sermón de las siete palabras escuché hace muchos años esta curiosa
interpretación. Jesús no podía sufrir porque gozaba siempre de la visión
beatífica divina, pero en la cruz hizo un milagro: ocultó
misteriosamente su visión beatífica de Dios… ¡para poder sufrir!
Asombrosa y espeluznante esta visión de Jesús y del sufrimiento.
Juan Mateos habla de “lenguaje arcaico” del que quedan bastantes
resabios tanto en los Evangelios como en las Cartas. Atribuyendo a la
acción divina todo lo que le sucede al ser humano, hasta cierto punto
nos sentimos aliviados. Pero esa visión ya no es aceptable para una
mentalidad moderna. Hay que decirlo con claridad: la muerte de Jesús no
estaba prevista. Ni programada. Podemos decir, eso sí, que una posible
muerte violenta era incluso altamente previsible. Hablamos, por tanto,
de dos perspectivas o de dos análisis diferenciados con nitidez.
No se desafía impunemente a los poderes establecidos. Sobre todo cuando
ese desafío se realiza desde la desnudez de la palabra y desde la
solidaridad con los excluidos religiosos y sociales. Jesús fue víctima
de su propia manera de vivir, de su enfrentamiento con la religión
ritualista e inhumana, de su cercanía hacia las personas marginadas… En
una palabra, fue víctima de su propia ingenuidad al proponer una
sociedad alternativa basada en cosas tan sencillas como el servicio
fraternal frente a toda forma de poder y la mesa compartida frente a la
riqueza acumuladora.
Los Evangelios, aunque nos ofrecen relatos teológicos, nos permiten
adivinar hechos históricos. Jesús estuvo completamente solo en la cruz.
Bastantes mujeres que lo seguían y algunos discípulos contemplaban el
sangriento espectáculo “desde lejos” (Mt 27,55; Mc 15,40; Lc 23,49). Por
otra parte, es bastante obvio que los soldados romanos no permitieran a
nadie acercarse a los condenados. En este contexto, la “palabra” de
Jesús cobra un dramatismo estremecedor, mucho más cuando “lanzando un
gran grito, expiró” (Mc 15,37). Es como si Jesús gritara a Dios su
soledad y su desamparo.
Marcos, el evangelista más antiguo, parece hacer un guiño a la sociedad
romana, cuando pone en boca del centurión esta primera confesión de fe:
El centurión que estaba allí presente frente a él, al ver que había
expirado de aquel modo, dijo: -Verdaderamente, este hombre era Hijo de
Dios (Mc 15,39). Mateo incorpora nuevos datos: El centurión y los
soldados que con él custodiaban a Jesús, viendo el terremoto y todo lo
que pasaba, dijeron aterrados: -Verdaderamente éste era Hijo de Dios (Mt
27,54). Lucas refiere más escueto: Viendo lo que había ocurrido, el
centurión alababa a Dios diciendo: -Realmente este hombre era justo (Lc
23,47).
Bajo estas lecturas, matizadas según la teología de cada evangelista,
subyace la fe de las primeras comunidades. La adhesión a Jesús está
motivada desde luego por el modo en que él vivió, pero también por la
forma en que murió.
EL HIJO DE DIOS
Los Evangelios, que en definitiva son catequesis de la fe cristiana,
interpelan a cada creyente. Hacia la mitad de la vida pública de Jesús
los tres sinópticos hacen la misma pregunta: ¿Quién dice la gente que es
el Hijo del hombre?... Y vosotros, ¿quién decís que soy?. La respuesta
de Pedro tiene matices en cada Evangelio. Según Mateo, Tú eres el
Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Marcos, el más antiguo, es más
escueto: Tú eres el Mesías (Mc 8,29). Y lo mismo Lucas: El Mesías de
Dios (Lc 9,20).
¡Claro que yo me he hecho personalmente muchas veces esta pregunta! No
sólo ni principalmente como curiosidad intelectual, sino como
interpelación vital, como planteamiento existencial que embarca la vida
entera y que no deja indiferente. Podemos repetir miméticamente la
respuesta de Pedro, pero aunque coincidamos en la formulación, las
palabras pueden tener sentidos muy distintos desde cada vivencia
personal.
Ya en mis estudios de teología me llamó mucho la atención aquel texto de
Pablo en la carta a los romanos: fue constituido Hijo de Dios en plena
fuerza a partir de su resurrección de la muerte: Jesús, Mesías, Señor
nuestro (Rom 1,4). En una nota a pie de página, una Biblia decía algo
así: la filiación divina arranca desde toda la eternidad, pero a partir
de la resurrección la filiación divina se ha manifestado en plena
fuerza. Curiosa e inteligente manera de conciliar las posibles
contradicciones.
Otro texto que resulta sorprendente es el primer discurso de Pedro:
Entérese bien todo Israel de que Dios ha constituido Señor y Mesías a
ese Jesús a quien vosotros crucificasteis (Hch 2,36). Pienso que los dos
textos dicen lo mismo. Pedro se dirige a un público judío y habla en
términos comprensibles para ellos: Jesús es constituido Señor (¡un
título divino!) y Mesías (enviado). Pablo se dirige a un público de
cultura helenista y prefiere un título más comprensible para ellos: Hijo
de Dios. Aunque al final remacha: Jesús, Mesías, Señor nuestro.
En nuestra cultura religiosa tradicional tenemos una dificultad de
comprensión porque los términos Dios e Hijo de Dios se consideran
sinónimos. Pero no era ése el sentido corriente en las culturas de la
época. Hijo de Dios era el faraón desde el momento en que llegaba al
poder. Hijo de Dios era el emperador romano, revestido del poder divino.
Hijo de Dios era el rey de Israel y, de forma colectiva, todo el pueblo
elegido. Está claro que, en estos contextos, “Hijo de Dios” no tiene el
sentido fuerte que después ha ido adquiriendo en la teología.
Por otra parte, conviene recordar que la expresión Hijo de Dios aparece
38 veces en los Evangelios frente a las 98 veces que usa la fórmula:
Hijo del hombre. Parece bastante seguro, desde el punto de vista
histórico, que Jesús nunca reivindicó para sí el título de Hijo de Dios.
En cambio, se apropia el título de Hijo del hombre. No es casualidad. Se
trata de un planteamiento muy madurado donde el centro del mensaje de
Jesús no es Dios sino el hombre. Mejor dicho, nos introduce en una
dinámica de confluencia entre Hijo del hombre e Hijo de Dios.
EL PROYECTO DE DIOS
Me fascina el prólogo al Evangelio de Juan. Hablé varias veces con Juan
Mateos sobre este prólogo, a partir de su primer comentario. Me abrió
enormes perspectivas la explicación de que el “Logos” griego puede
traducirse perfectamente por “Palabra”, “Proyecto”. Era el propio Juan
Mateos quien se entusiasmaba hablando de estos temas. Y contagiaba su
entusiasmo y su convencimiento. Le pregunté: -¿Y por qué no has
traducido más directamente “Proyecto” en lugar de “Palabra”? A medias
entre la seriedad y la sonrisa, me dijo: -Ya era demasiado.
Efectivamente, aún así tuvo sus complicaciones con la Conferencia
Episcopal Española.
He comprobado que, en el nuevo comentario resumido al mismo Evangelio,
los autores son más explícitos y explican, aunque no sea en la
traducción, todo este trasfondo del que quiero hablar. Cito
textualmente: “La traducción del v. 1 puede, por tanto, hacerse así: Al
principio ya existía el Proyecto, y el Proyecto se dirigía / interpelaba
a Dios, y un ser divino era el Proyecto”.
El evangelista tiene la osadía de formular una teología de la historia,
condensada en unos pocos versículos del prólogo. Destaco lo que me llama
más la atención:
1.-El Proyecto de Dios es la vida.
Una Vida con mayúscula, en su sentido más pleno y totalizador. Desde el
nivel biológico (¡pan para todo el mundo!) hasta las calidades de vida
que podemos ir añadiendo a medida que nuestro desarrollo va ganando en
sensibilidad: la paz, la alegría, la felicidad, la comunicación humana,
el bienestar, la ternura, la armonía con la naturaleza, etc. La vida
personal, la colectiva y la planetaria.
2.-La Vida es la luz de los hombres.
El criterio ético por antonomasia, el punto de referencia para calibrar
las actitudes y las decisiones es justamente aquello que crea vida. Lo
que protege, favorece y fomenta la vida. Por ejemplo, las guerras van
claramente contra el proyecto de Dios porque generan sufrimiento,
destrucción y muerte. Pero también el hambre, la marginación, la
incultura, la exclusión…
3.-La luz y la tiniebla.
El autor constata la existencia de la tiniebla. No se mete en
disquisiciones sobre su origen. Afirma que la vida, como luz, brilla en
la tiniebla y la tiniebla no la ha apagado. Una visión optimista de la
historia, a pesar de todas las frustraciones y de todas las oscuridades.
Y, si nos paramos a reflexionar, reconocemos agradecidos que vivimos de
un capital de generosidad y ternura acumulado durante siglos. Un río que
atraviesa toda la historia humana y que sigue aumentando su caudal con
nuevos aportes. Vale la pena recordar la feliz frase del obispo, Pedro
Casaldáliga: “Somos soldados derrotados de una causa invencible”.
4.-Quienes aceptan el Proyecto se van haciendo hijos de Dios.
Una visión dinámica de la maduración humana y de la filiación divina al
alcance de cualquier bolsillo. No hacen falta muchas elucubraciones para
asumir el proyecto divino. Ni siquiera hace falta conocerlo. Se trata de
ir profundizando la sensibilidad ante la vida, la apuesta por la vida en
todas sus dimensiones, la defensa de la vida. Aquí podemos encontrarnos
¡tanta gente! Por encima de credos religiosos y de credos políticos.
Millones de personas a lo largo de la historia han aceptado este
Proyecto y lo han realizado en mayor o menor medida. No hablamos de una
especulación teórica. Al contrario, la verificación diaria de estas
realizaciones lleva a su formulación teológica como afirmación más
global y esperanzadora.
5.-Hacerse hijos de Dios
Significa imitar a Dios en su capacidad de crear vida, de dar amor y
alegría, de suscitar esperanza y confianza entre las personas… Porque
quienes mantienen la adhesión al Proyecto, esos han nacido de Dios.
EL PROYECTO SE HIZO HOMBRE
“Carne” (sarx) dice el texto del prólogo. Con el doble sentido de
realidad visible, palpable, verificable y de fragilidad/debilidad
humana. No es puro sueño el Proyecto de Dios. Ni es tampoco una realidad
para el mundo futuro. La apuesta por la vida se hace aquí, en esta
tierra, con estas personas que nos rodean o que viven a miles de
kilómetros. Aquel hombre, Jesús, se fue haciendo hijo de Dios a lo largo
de su vida. Su comportamiento se fue pareciendo cada día más a la forma
de comportarse Dios.
Los seguidores de Jesús necesitaron una reflexión enorme para digerir
tantos acontecimientos como habían vivido en tan poco tiempo. Tras la
muerte de Jesús, rebobinaron la película muchas veces para recuperar
detalles, pararon la moviola para entender gestos y palabras que se les
habían escapado, discutieron entre sí a la hora de interpretar hechos y
valorar su alcance. Sencillamente, hicieron lo que hacen tantas personas
que han vivido colectivamente hechos impactantes.
En ese proceso de reflexión colectiva fueron sacando sus conclusiones.
Aquel hombre, Jesús, había superado todas las marcas y había batido
todos los listones. No sólo en longitud y en altura sino también en una
nueva dimensión de profundidad humana: su apuesta en favor de las
víctimas, excluidas y marginadas por la sociedad y por la religión.
Hasta aquí se trata de un proceso que puede ser asumido desde el
agnosticismo o desde la increencia. Más aún, desde un punto de vista
histórico, es muy verosímil que las cosas transcurrieran de este modo.
Porque nadie pone en duda la categoría ética de Jesús de Nazaret y ese
impulso de esperanza movilizadora que introdujo en la historia.
Cualquier persona puede valorar la aportación que realizó el Jesús de la
historia en defensa de lo que ahora llamamos los derechos humanos.
Pero indisociablemente enlazada con este proceso de recuperación y de
relectura sobre la vida de Jesús, los discípulos van madurando una
reflexión teológica. Aquí es donde aparece el salto hasta la fe en toda
su grandeza y en toda su fragilidad. Aquel Jesús con quien habían
convivido era “El hombre que venía de Dios”. Era el Cristo, el Enviado.
Jesús era la encarnación de Dios, la manifestación de Dios, la
revelación de Dios. Realmente era EL HIJO DE DIOS con mayúscula, de una
forma excepcional y definitiva. Como nadie lo había sido nunca ni nunca
más se iba a dar en la historia.
La prueba definitiva de que Dios le daba la razón a Jesús es que lo
había resucitado y lo había sentado a su derecha, forma simbólica de
formular el respaldo y la identificación. No es baladí este tema. Jesús
había muerto, entre otras causas, por blasfemia. Es decir, la imagen que
difundía de Dios y la forma de relacionarse con Él eran blasfemas, según
la religión oficial. Mira por dónde, el propio Dios respalda a Jesús y
dice que llevaba razón: por eso lo resucita y lo constituye Hijo de
Dios, Mesías y Señor nuestro.
Nos resulta casi imposible meternos en la mentalidad de aquel primer
grupo cristiano, de aquel pequeño pueblo judío y de aquella cultura tan
limitada en el tiempo y en el espacio. Por eso no podemos imaginar lo
que ellos hubieran formulado con nuestra mentalidad actual, abierta a
todo el planeta y hasta con ciertas perspectivas cósmicas. No se trata
de comparar unos líderes religiosos con otros ni su mayor o menor
aportación histórica a la cultura y a la religión. Pero es forzoso
admitir que las actuales comunidades creyentes necesitan encuadrar la
imagen de Jesús en un contexto mundial, para hacer realmente posible un
diálogo interreligioso.
En ese diálogo interreligioso, tan necesario y tan urgente, comparto la
opinión de Franz Alt: “Jesús fue tanto por sí mismo que puede prescindir
para siempre de todos los títulos y distinciones que la iglesia le ha
concedido”. Y también comparto lo que formuló el teólogo Manuel Fraijó
en una conferencia: Si los Santos Padres del s. IV y V levantaran la
cabeza, dirían: Pero ¡qué perezosos son estos cristianos! Siguen
repitiendo rutinariamente lo mismo que nosotros dijimos hace quince
siglos.
Nosotros hemos contemplado su gloria. (Jn 1,14) ¡Fascinante! Fascinante
y sobrecogedor este salto de la fe. La sola formulación produce vértigo.
La gloria, el resplandor de la presencia divina, ya no está sobre el
santuario como en el Éxodo (40,34ss), sino que se sitúa sobre un hombre
concreto, frágil y débil, expuesto a todos los avatares de la existencia
y que muere en el desprestigio y en el fracaso total.
Las cosas se nos complican porque ese Hijo de Dios empieza pronto a ser
entendido en términos de filosofía griega. En términos de naturaleza y
de esencia. Y, ya se sabe, las esencias son permanentes y eternas, de
donde pasamos a la preexistencia eterna del Verbo. Los textos bíblicos
no andan por estos derroteros. Ser hijo de alguien significa parecerse
al padre en la forma de comportarse. Es una realidad mucho más dinámica,
menos especulativa y más pragmática. Es un proceso, es un camino donde
cabemos todas y todos, y donde cada cual marcha a su paso, superando sus
propias dificultades y sus desalientos. “Nos vamos haciendo hijos de
Dios”. Para sorpresa y tranquilidad nuestra, esta concepción bíblica
combina mejor con la mentalidad y la filosofía modernas.
SE CAMBIAN LAS TORNAS
A partir de esta experiencia de fe, se produce un cambio copernicano
hasta en la manera misma de hacernos preguntas sobre Jesús. La cuestión
no es ya afirmar que Jesús es Dios. La afirmación es mucho más osada y
más desconcertante. Lo que se deduce del prólogo de Juan es que Dios se
refleja en Jesús. Efectivamente, avanzamos hacia lo desconocido (Dios) a
través de lo conocido (Jesús). El término cercano e inmediato es Jesús,
su forma de vivir y su forma de morir. Su manera de apostar por la
felicidad y por la vida. A partir de su vida tomada en su totalidad
podemos barruntar lo que es Dios. Porque a la divinidad nadie la ha
visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha
sido la explicación (Jn 1,18).
Por supuesto, es necesario dejar muy claro que Jesús no hace teorías, no
especula ni construye edificios filosóficos o teológicos. Jesús vive.
Entra en contacto con la realidad y se deja interpelar por ella. A
partir de los hechos, reacciona a favor de la vida, defiende la vida
allí donde ésta se encuentra más amenazada. Ese es el sentido profundo
de su cercanía a los excluidos y marginados, a las prostitutas y a los
publicanos… No sienten necesidad de médico los sanos sino los que se
encuentran mal (Lc 5,31).
Desde la perspectiva de Jesús, necesita una severa revisión el Dios de
la filosofía griega. No tiene nada que ver con el Dios de Jesús la
imagen de un dios lejano e inaccesible, impasible e inmutable, ajeno y
ausente de los avatares humanos. Resulta difícilmente conciliable con el
Dios de Jesús un dios que todo lo tiene en un puño: el presente, el
pasado y el futuro; para quien no hay sorpresas ni imprevistos, que
tiene todo bajo control….
Jesús cuestiona también importantes aspectos del Dios del Antiguo
Testamento. Es cierto que el AT nos describe un Dios cercano, apasionado
y comprometido con su pueblo. Pero, junto a esta cercanía, posee también
rasgos de exclusivismo y de intransigencia. Es un Dios celoso y
vengativo que se compagina poco con el Dios universal del que nos habla
Jesús, ese Dios vuestro Padre del cielo que hace salir su sol sobre
malos y buenos y manda la lluvia sobre justo e injustos (Mt 5,45).
Jesús nos desmonta incluso la misma forma de entender la trascendencia
divina. Con demasiada frecuencia la hemos entendido como la proyección
hacia arriba de nuestras aspiraciones, nuestras frustraciones y nuestras
carencias: saberlo todo, poderlo todo, controlarlo todo, estar por
encima del bien y del mal… Desde el agnosticismo y la increencia se ha
denunciado con lucidez este ídolo religioso. La tragedia de las
religiones es que deshumanizan a sus adeptos. Por eso generan violencia
y muerte. Para Jesús no van por ahí los tiros: La trascendencia de Dios
se hace presente en la plena humanización del ser humano. El Dios de
Jesús nos trasciende porque es la expresión más profunda de la
humanidad, liberada de las deshumanizaciones que todos llevamos dentro.
Para mí, el dato más relevante y, sin duda, más desconcertante es que,
través de Jesús, se nos manifiesta la imagen de un Dios “débil”. Nunca
se nos dice en los evangelios que Dios es todopoderoso. Se nos repite de
mil maneras que Dios es amoroso y cercano y que su fuerza o, si
preferimos, su “poder” está en el amor. Resulta desconcertante encajar
esa imagen de impotencia y debilidad que va unida al dinamismo de la
gratuidad absoluta. No encontramos palabras para cuadrar todos estos
triángulos. Al final, el misterio de Dios sigue ahí, con todos sus
interrogantes. Sólo que en Jesús tenemos un punto de referencia para no
desorientar la búsqueda.
HISTORIA Y TEOLOGÍA
Ni Copérnico ni Reimarus se atrevieron a publicar las conclusiones de
sus estudios. El libro de Copérnico, canónigo polaco, se publicó en
1543, un año después de su muerte. Aunque el prólogo afirma claramente
que se trata de una hipótesis, el libro quedó prohibido y la doctrina
fue declarada herética. Noventa años después Galileo fue sometido al
juicio de la Inquisición por defender la misma teoría. Una hipótesis
científica necesitó siglos para abrirse camino entre los intelectuales y
mucho más tiempo hasta llegar a su aceptación universal.
Lo de Reimarus se sitúa en el campo de la investigación histórica y
podemos decir que todavía no se ha abierto camino de modo generalizado.
Tampoco se atrevió a publicar sus conclusiones por temor a las
represalias. El libro apareció diez años después de su muerte, en 1778.
Sin entrar en el contenido de sus afirmaciones y en su odio visceral
hacia Jesús y el cristianismo, la palanca que puso en marcha todo el
método histórico-crítico era una afirmación muy sencilla: los relatos
evangélicos no son documentos históricos que reflejen los hechos y
dichos de Jesús. Para echar más leña al fuego lanzó la afirmación de que
se trata de narraciones ficticias y hasta falsificadas.
Las hipótesis científicas necesitan pasar por la criba de la historia
para separar el trigo de la granza. Tenemos que agradecer a la tradición
protestante su postura crítica ante la Biblia. A partir de ahí hemos
llegado a una conclusión trabajosamente conseguida y todavía no
universalmente aceptada: que la Biblia es palabra de Dios, pero también,
de forma indisociable, palabra humana. Es un libro religioso, no es un
libro científico ni un libro histórico. A partir de esta relativización
ha sido posible superar los fanatismos y los integrismos interpretativos
que nos llevaban a callejones sin salida, como el de Galileo. Ojalá que
en el mundo islámico también se vaya abriendo camino una relativización
equivalente del Corán que facilite la superación de los integrismos
religiosos.
Pero el tema tiene sus complicaciones a la hora de comprender lo que es
un relato teológico. Por ejemplo, está claro que el relato de la
creación no es una narración de carácter científico y, mucho menos, de
carácter histórico. Su contenido es netamente teológico y, hasta si
queremos, también catequético. El relato afirma que Dios es creador del
universo en un lenguaje poético, “de pintor primitivista”, como dice el
credo de la misa nicaragüense. Como conclusión, el autor se permite el
lujo de añadir ingredientes de carácter moral como que hasta Dios
respeta el día de sábado: Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró,
porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear (Gn 2,3).
Los desconciertos surgen cuanto intentamos aplicar esta técnica de
análisis a las narraciones del Nuevo Testamento. Permitidme una anécdota
simpática. Una monja bastante puesta al día en estos temas comentó de
pasada a una compañera que el magníficat no lo había dicho María.
Sorpresa y escándalo de su compañera. A los pocos días tienen ocasión de
desayunar con un obispo y, ya en clima de confianza, salió la pregunta
que escocía por dentro. El magníficat ¿lo dijo la virgen? El obispo se
encuentra entre la espada y la pared y con elegancia y agilidad mental
comenta: Bueno, allí no había un periodista que tomara nota de lo que se
decía. Esta anécdota pone de manifiesto ese abismo del que hablé al
principio entre la fe tradicional, la del carbonero, y el análisis
histórico-crítico de la Biblia.
Jesús es un personaje histórico y puede ser estudiado con los criterios
históricos que se aplican a cualquier otro personaje. Se analizan las
fuentes, se miran con lupa su autenticidad y su historicidad, se
contrastan los diversos estratos de redacción, etc. Y se llega a
conclusiones provisionales, desde luego, y con ese margen de
probabilidad/certeza que suministran las ciencias históricas. La gran
ventaja de estos estudios históricos es que escapan al control
ideológico de la institución eclesiástica.
Hay otro dato importante. Jesús de Nazaret no es propiedad de la
Iglesia. Ni siquiera es propiedad pro indiviso de las iglesias
cristianas. Jesús es patrimonio de la humanidad y, como tal, puede ser
estudiado, analizado, admirado, ignorado, seguido o rechazado como
cualquier otro personaje relevante. En cualquier caso, nadie puede negar
su aportación a nuestra historia colectiva, sobre todo en lo que
llamamos civilización occidental. A pesar de posibles desconciertos
iniciales, esas investigaciones históricas ayudan, favorecen y hacen
madurar la fe de las personas creyentes.
EL BOSQUE ENCANTADO
¡Qué desilusión cuando caímos en la cuenta de que los Reyes Magos no
existen! ¡Y qué desamparo! El paso de la fantasía a la realidad es
doloroso y desconcertante, pero necesario para la maduración humana. Sin
embargo, en nuestra educación religiosa seguimos anclados con frecuencia
en una mentalidad mágico-infantil. No podemos ocultar el peligro de que,
al abandonar el elemento mágico/mítico, tiremos también por la borda
todo el capital simbólico y todo el trasfondo de realidad que contienen
esos relatos.
Respecto a los evangelios, sabemos que los autores no hacen teología
especulativa o discursiva, sino teología narrativa. Es decir, a través
de un relato transmiten amplios contenidos de fe dentro de un horizonte
simbólico. Me atrevo a recomendaros que hagáis una prueba, como ejemplo.
Poned en paralelo las dos anunciaciones de Lucas: a Zacarías (1,8-22) y
a María (1,26-38). Comparad los rasgos de cada personaje, el entorno
ambiental, la respuesta de cada uno… ¡Eso es hacer teología de la fina!
Con elegancia, con una sencillez pasmosa, con una profundidad de
contenido y hasta con velada ironía, Lucas deja bien claros los dos
comportamientos. Por una parte, el de un sacerdote, justo delante de
Dios, pero que pide una garantía, y, por otra, la respuesta de una
muchacha aldeana, de la que nada se sabe y que contesta: cúmplase en mí
lo que has dicho. ¡Ojalá que las catequesis actuales tuvieran esa
dimensión tan asequible y tan profunda! Otro gallo nos cantaría a la
hora de transmitir el mensaje de Jesús.
Esta teología narrativa se realiza con mucha frecuencia mediante relatos
de anticipación. Es normal. Los autores conocen el final de la película
y anticipan muchos contenidos a lo largo del acontecimiento narrado y
supuestamente anterior. Esta técnica anticipatoria es familiar en el
Antiguo Testamento y los evangelistas la asumen con toda naturalidad.
Somos nosotros, a más de dos mil años de distancia histórica y cultural,
quienes nos extrañamos de estos “artificios” literarios. Por ejemplo,
anunciaciones hay muchas en el AT. En ellas se adelanta la historia
futura al momento de la concepción. A la madre de Sansón se le dice:
Eres estéril y no has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un
hijo… El niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. Él empezará
a salvar a Israel de los filisteos (Jue 13,3-6).
Soy muy consciente de mi desestabilización interior cuando “caí en la
cuenta” de que esta misma técnica anticipatoria se utiliza en los
evangelios y de forma muy llamativa en los relatos de la infancia. Con
enorme libertad, con gran vigor teológico y con una sencillez
deslumbrante, Mateo y Lucas confeccionan catequesis que resumen
condensadamente lo que va a ser la vida de Jesús. Claro, la primera
tentación que uno tiene es mandarlo todo a paseo. Una sensación de que
te han tomado el pelo. Después reflexionas y empiezas a descubrir los
entresijos de esta técnica: los relatos no son históricos pero son
verdaderos. Y no es un trabalenguas lo que digo.
La virginidad de María, el nacimiento de Jesús en Belén, la estrella y
los magos, la matanza de los inocentes, la huida a Egipto… son hechos
que no están constatados históricamente. En cambio, su significado
teológico es luminoso y anticipativo: María siempre virgen es la madre
siempre fiel, frente a la infidelidad del antiguo Israel que se iba con
otros dioses (baales/maridos). Jesús es el heredero que recoge y realiza
todas las esperanzas de Israel, por eso “nace” en Belén. La estrella de
la fe no se ve en Jerusalén, símbolo del poder político y religioso que
rechaza a Jesús-Mesías; pero es percibida y seguida por los paganos/los
magos. Jesús es el nuevo Moisés y recorre el mismo camino que aquel
personaje: la estancia en Egipto, la matanza de los primogénitos…
Nuestra tarea como creyentes es descubrir y analizar el trasfondo
teológico de estos relatos. A medida que se profundiza en los
contenidos, se va relativizando cada vez más su posible historicidad.
Porque existe un peligro nada desdeñable: si se insiste en la
historicidad como componente fundamental, habrá personas que tendrán
dificultades insalvables para aceptar el mensaje. Y sería muy lamentable
que un elemento secundario se llevara por la borda los elementos
esenciales.
SEÑALES Y PRODIGIOS
También yo me hago esa pregunta: Y de los milagros, ¿qué? La tradición
oficial ha terminado por aceptar la vertiente menos cristiana de los
“milagros”. Se identifican con lo maravilloso y extraordinario de
carácter físico. Y así lo define la Real Academia: “Hecho no explicable
por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de
origen divino”. Según esta concepción, Dios, desde fuera y desde arriba,
actúa sobre las leyes naturales para suspenderlas o cambiarlas cuando lo
cree conveniente. Y, desde luego, está en consonancia con el juridicismo
romano que necesita la verificación para tener certezas sobrenaturales a
la hora de las canonizaciones (sin comentarios).
La tendencia desorbitada es potenciar el maravillosismo milagrero y los
favores concedidos por intercesión de tal o cual santa o santo.
Posiblemente se trata de una necesidad humana bastante generalizada.
Personalmente, me resulta chirriante pensar que Dios “se entretiene” en
sanar una enfermedad “incurable” de la piel, saltándose las leyes
naturales y que, en cambio, deje funcionar con normalidad esas leyes,
aun a costa de miles de muertos en un terremoto…
Jesús lo tenía claro: Dios actúa de otra forma. Actúa desde dentro y
desde abajo. Desde dentro, dinamizando las mejores potencialidades de
nuestro ser para que consigamos la madurez humana, la filiación divina.
Y desde abajo, buscando la liberación/sanación de las personas excluidas
y marginadas. Por eso, “milagro”, “prodigio” (teras) aparece sólo tres
veces en los evangelios, mientras que “signo”, “señal” (semeion) se
utiliza 48 veces. Este vocabulario nos pone en la pista de que las
señales o prodigios realizados por Jesús no pueden utilizarse como
pruebas apologéticas sino como confirmaciones de fe.
Parece bastante aceptado, desde el punto de vista histórico, que Jesús
fue un gran “sanador”. Al contacto con Jesús, las personas recobraban la
confianza y la seguridad en sí mismas. Los sinópticos usan al menos
siete veces la fórmula Tu fe te ha salvado (Mt 9,22…). Esta expresión
puede traducirse igualmente por esta otra: Tu confianza te ha curado. Es
notable la apreciación de F. Alt: “El gran descubrimiento de Jesús fue
éste: los hombres enferman por el miedo, pero se curan por la
confianza”. Nadie cuestionó la realidad de las sanaciones realizadas por
Jesús, aunque se hicieran diferentes lecturas sobre el mismo hecho: la
fuerza de Dios, el diablo o la magia.
Un dato importante es que los sucesos maravillosos narrados en los
evangelios son comunes a la cultura de la época. Cada una de estas
sanaciones iba siendo progresivamente magnificada y amplificada a través
de la transmisión oral. Las noticias corrían de boca en boca con todo el
colorido que le añadía la imaginación popular. Los especialistas
reconocen que es casi imposible identificar los sucesivos estratos
narrativos para llegar al núcleo primero. Pero afirman que tuvo que
existir un punto de partida ciertamente histórico sobre el que se basa
la gran riqueza de narraciones posteriores… No se llega a más.
Respecto a los milagros de carácter físico, me inclino a pesar que Jesús
no realizó actuaciones de este tipo. Los contextos tienen siempre un
marcado contenido simbólico. Remito a estudios que analizan las claves
de lectura y los criterios de interpretación de los textos bíblicos,
porque con demasiada frecuencia leemos los evangelios desde nuestra
cultura y llegamos a conclusiones que nada tienen que ver con el
significado del pasaje.
Tradicionalmente se nos encomiaba el poder de Jesús que se ponía de
manifiesto en los milagros. A través de ese poder quedaba probada su
divinidad de forma incontrovertible. No me identifico con esa prueba ni
con ese Jesús poderoso. Lo que más admiro en Jesús es su experiencia tan
asimilada de Dios como Padre y su sencilla y comprometedora consecuencia
de que vosotros todos sois hermanos (Mt 23,8). Estas no son “zapatillas
teológicas” para andar por casa, sino anchurosa autopista por donde
puede circular placentera y holgadamente todo la familia humana.
TERMINO…
He disfrutado mucho escribiendo estas páginas. He tenido momentos de
intensa alegría y de serena emoción. También he pasado por etapas de
perplejidad y de bloqueo, con ganas de abandonar. Lo he dejado dormir y
he vuelto a la carga. Necesitaba formular lo que llevo por dentro,
aunque es imposible desmenuzarlo todo. A lo largo de mi vida, la imagen
de Jesús se me ha ido haciendo más cercana y más normal, más compañera
de penas y fatigas. Una persona limitada por su entorno social, su
cultura y hasta sus tradiciones religiosas. Enraizado en su mundo,
condicionado y potenciado por él. Ahora lo valoro mucho más que antes,
cuando lo veía deshumanizado y atemporal.
Seguimos atisbando a Jesús por las rendijas de la historia. Con los
datos de que disponemos, podemos decir que Jesús de Nazaret llamó la
atención, sorprendió, interesó, desconcertó, despertó esperanzas,
desestabilizó, ilusionó, irritó, fascinó, exasperó, sembró alegría y
ganas de vivir, entusiasmó… Sacó a flote lo mejor que hay en el ser
humano: la generosidad, el amor, la compasión… y quizá también lo peor
que llevamos dentro: la envidia, el odio, la crueldad… Como expresa
Lucas en uno de sus relatos anticipatorios, éste está puesto para que en
Israel unos caigan y otros se levanten, y como bandera discutida… Así
quedarán al descubierto las ideas de muchos (Lc 2,34-35).
Tanto sus seguidores como sus perseguidores llegaron a la misma
conclusión: con la muerte de Jesús todo había terminado… Los dos grupos
se equivocaron. A lo largo de la historia, incontable número de personas
han tenido en Jesús, el Cristo, su consuelo, su esperanza y su
fortaleza. También han surgido fanáticos seguidores y fanáticos
detractores. Unos y otros han contribuido a deformar la imagen de Jesús.
Las aguas de la historia se van reposando y, en beneficio universal,
podemos ir viendo con más claridad y objetividad aquel rostro
desdibujado. La búsqueda y la curiosidad se abren sin límites.
Termino con unas palabras de alguien con muchísima más enjundia que yo:
Albert Schweitzer, magnífico historiador, teólogo y hasta excelente
intérprete de Bach. En un momento de su vida se sintió insatisfecho del
estudio especulativo sobre Jesús y pensó que el seguimiento era algo
más. Renunció a su cátedra de teología, estudió medicina tropical y en
1913 fundó un hospital que todavía existe en Lambaréné (actual Gabón),
donde estuvo atendiendo enfermos hasta su muerte en 1965. Premio Nobel
de la Paz en 1952.
Schweitzer escribía en 1906: “En la investigación sobre la vida de Jesús
ha tenido lugar un hecho llamativo. Se puso en marcha con el fin de
encontrar al Jesús histórico y creyó que, una vez encontrado, podría
situarlo en nuestro tiempo tal como fue, como Maestro y Salvador. Desató
las ataduras con las que estaba amarrado desde siglos a la doctrina de
la iglesia y se alegró cuando su figura volvió a adquirir vida y
movimiento, y vio que el hombre histórico Jesús se le acercaba. Pero no
se detuvo, sino que pasó de largo por nuestra época y volvió a la
suya... Como un desconocido e innominado se acerca hoy a nosotros, del
mismo modo que un día se presentó junto a la orilla del mar a aquellos
hombres que no sabían quién era. Y dice las mismas palabras:
Tú sígueme”
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