TESTIMONIO DE MANOLO COPÉ

Callosa de Segura 1 de febrero de 2004
Querid@ amig@
He decidido dejar el ministerio sacerdotal, este es el mensaje de esta carta, pero dicho así, me suena tan, tan frío, que necesito expresar
un poco más, para expresarme un poco mejor.
Han pasado dos años y medio desde que fui ordenado sacerdote y tan sólo siete meses desde que tomé la decisión de dejar el ministerio.
Decisión que fue madurando lenta y dolorosamente; su única causa: mi interioridad afectiva, que desde hacía tiempo había comenzado
la cuenta atrás: me estaba rompiendo progresiva y aceleradamente. Mi acompañante, estaba al tanto de mis dudas y dificultades a este respecto.
A él le transmití las dificultades que tenía de vivir mi ministerio estando enamorado de una mujer, Carmen, que me fascinó siempre, pero que relegaba a un segundo término en mi vida por la opción que había tomado de ser sacerdote. Fue pasando el tiempo y llegamos al trato de no vernos, de no dirigirnos la palabra, de madurar las cosas desde la lejanía y la distancia, para afrontar el futuro con certezas y no con la incertidumbre que conllevaba vivir enamorados pero no poder expresarlo.
Confieso que el hecho de comunicar esta decisión, ya tomada, me cuesta y me duele, no porque no lo tenga claro, sino porque sé que estas situaciones no son fáciles ni agradables.
Pero es que no me cabe ninguna duda, ningún resquicio o posibilidad de dar marcha atrás en esta decisión.
No puedo decir que me ordenara engañado o sin saber donde me metía… de hecho el celibato fue aceptado por mí con un corazón alegre y con la convicción de que mi afectividad, tan débil, se vería reconducida en la entrega sincera al ministerio. Me comprometí a vivirlo con plena conciencia y libertad. Era consciente de mis limitaciones afectivas, pero también tenía mucha ilusión por responder a la llamada tan fuerte que sentía y siento de Dios y esa es probablemente la gran paradoja, porque tal vez ahora más que nunca, en este momento preciso de mi vida, es cuando me siento, en muchos aspectos, más cura que nunca. Paradójicamente, y aquí se halla el nudo del  drama, que sufro desgarradoramente, me siento cura hasta el fondo del alma, pero palpo con irresistible claridad que no puedo continuar en este modo de vida sacerdotal.
Y me gustaría no tener que dejar el ministerio, me gustaría que fuera posible compatibilizar  una vida en pareja con el ministerio, pero sé que hoy por hoy, parte de la Iglesia no va a entrar en este debate y por tanto no hay otra alternativa, o dejarlo o seguir viviendo una doble vida a la que ni yo estoy dispuesto ni la mujer que amo, Carmen, tampoco. Creo que es opinión común y aceptada que el celibato del clero es una norma que se impuso en un momento concreto y si se impuso esa norma podría ser quitada, pero la impasibilidad de quienes toman las decisiones en la Iglesia sigue siendo la misma. Así que no quiero hacerme falsas ilusiones pensando que esta tendencia podría cambiar en un plazo corto.
He optado, por dejar el ministerio, no porque no me guste ser cura, o esté cansado o incluso «rebotado», sino que me he sentido llamado y he descubierto esta nueva opción: compartir mi vida con Carmen y ella conmigo.
También constato, con preocupación, que haya sacerdotes a los que no se les plantea ningún problema de conciencia ante las situaciones irregulares. El tiempo que estuve en Perú fui testigo de varios casos en este sentido, dobles vidas, conciencias laxas, situaciones tremendamente irregulares que, o escandalizaban, o no suscitaban la más mínima preocupación por parte de la comunidad, que tan sólo requería al sacerdote para las distintas celebraciones y no le importaba mucho su situación irregular, mientras cumpliera con los mínimos. Pero no sólo se da esto al otro lado del océano o en África, sino muy cerca de nosotros. Creo que una posible vía de solución sería plantear seriamente la posibilidad de desvincular de una vez sacerdocio y celibato. Pero no quiero echar balones fuera, sino todo lo contrario, quiero asumir como algo propio y personal esta decisión.
Y podría echar esos balones fuera, con excusas  facilonas, como que la Iglesia no cuida lo suficiente la dimensión afectivo-sexual de los candidatos a órdenes para que un hombre se pueda preparar a asumir tal decisión. O que la formación es deficiente, demasiado racional y poco existencial. Pero aunque fuera el caso, la responsabilidad de esta decisión es única y exclusivamente mía.
Mentiría si dijera que no he estado a gusto este tiempo como servidor de esta comunidad de Callosa de Segura. No sólo he estado a  gusto sino que he disfrutado, en primer lugar de la cercanía y la fraternidad de Trino, amigo, compañero y ejemplo de persona austera,  entregada, con la cabeza muy bien amueblada… en él he tenido siempre un referente muy importante, no solo a nivel de ministerio sino a  nivel vital. También Rafael, el otro vicario, es un hombre bueno, con todo el calado de ese adjetivo, entregado y con una fe recia.
Él me ha enseñado también, desde su ser religioso, su capacidad de trabajo callado y constante. Y me ha hecho caer en la cuenta de lo que es la co-presbiteralidad.
Pero además del trato con los compañeros sacerdotes de Callosa, Trino y Rafa, quiero destacar la buena relación con los compañeros del arciprestazgo, desde el cargo de secretario, que como cura más joven tenía. La mayoría son mayores, con otra visión pastoral, con otras perspectivas, pero la fraternidad ha sido el eje fundamental desde el que hemos apoyado nuestras relaciones y creo que se ha conseguido. Además en Callosa he disfrutado en diversas ocasiones sirviendo como cura a esta comunidad, sobre todo desde las parcelas a las que les he dedicado más tiempo: los jóvenes y los empobrecidos.
El cambio de la catequesis de confirmación a Grupos parroquiales de jóvenes y las consiguientes fricciones por el cambio. La labor de acompañamiento de los animadores y de dos grupos que personalmente he acompañado durante este tiempo. Las eucaristías dominicales,  las excursiones, convivencias, los campamentos urbanos, han sido ocasión de verme y reconocerme como sacerdote y amigo para con los jóvenes.
Por otro lado la fuerte presencia de la Acción Católica en esta parroquia también ha marcado bastante este tiempo vivido. Se ha creado un grupo de JOC, se están iniciando un par de grupos del Movimiento de Jóvenes de Acción Católica, yo me estoy iniciando en un grupo HOAC, mi presencia puntual con el grupo de ACGA, la Frater, el Junior… presencias de Iglesia maduras y que me han hecho crecer en el sentido de militancia.
El año pasado también estuve celebrando y como voluntario en Fontacalent, hasta que hubo un momento de inflexión,  por una opinión personal vertida en una de las asambleas de la Pastoral penitenciaria. A partir de ese momento el delegado no volvió a llamarme para reincorporarme a los módulos. Pero a pesar de esta situación, un tanto dolorosa para mí, me sirvió de mucho el trabajo con los presos  más jóvenes. Fue momento y ocasión de descubrir al Jesús preso y maltratado. También he estado acudiendo a la Red de comercio justo,  junto con las delegaciones de misiones y Cáritas que han apostado por este tipo de comercio. La tienda de Callosa es hoy una realidad concreta, un espacio solidario, por el que han pasado y pasan muchos jóvenes de Callosa. Mi trabajo de camarero los sábados lo  he mantenido ininterrumpidamente durante odo este tiempo, este es un tema del que hablamos en alguna ocasión, pero sin el diálogo fluido que nos hubiera gustado a los que estábamos participando de esta experiencia de vivir el ministerio. No añado  más de este tema, porque la carta que hicimos en su momento, es expresión de lo que para mí significa y ha significado esta opción.
También ha sido para mí una experiencia preciosa y gratificante la relación con las religiosas carmelitas que, básicamente, llevan adelante el colegio. Ha habido algunos momentos de tensión, tal vez ocasionados por una falta de voluntad de conseguir un diálogo sereno y fluido. Mi relación de hermanamiento con la hermana Manoli, (valga la redundancia), directora del colegio, ha sido una experiencia muy agradable y profunda de enriquecimiento mutuo. Al menos así lo he vivido yo, y desde luego me ha ayudado a comprender un poco más su labor dentro de la Iglesia, desde su óptica y perspectiva. Todas las semanas, aparte de la celebración de la Eucaristía, solía ir al colegio una tarde, para tratar varios temas con los chavales. Para mí ha sido también una experiencia muy positiva, disfrutaba con los chicos y chicas.

urante el primer año de manera más asidua visité a los enfermos y me sentía tremendamente feliz llevando una palabra de ánimo y aliento a las personas mayores. Los momentos de las  unciones han sido ocasión de acompañar en el dolor a muchas familias. También lo fueron la muerte de tres jóvenes del pueblo y la de un niño. Experiencias que han ido curtiendo mi espiritualidad, mi forma de hacer oración, mi propia vida y que me han hecho sentirme solidario del dolor desgarrador de varias familias. Además las “mediaciones” en varias familias que pasaban por momentos de crisis, me han hecho experimentar, junto con el sacramento de la penitencia, mi ministerio como un ministerio de reconciliación. “Sanador herido” en expresión de Nouwen. Tuve misericordia porque yo mismo experimenté la misericordia de Dios primero.
También he tenido una cercanía con la población gitana, y con los inmigrantes, en donde me costaba menos descubrir al Dios de los empobrecidos, al Dios de los sin nada. Con los discapacitados del pueblo ha habido un trato cordial, cercano, amigo…otro regalo más del Señor.
Durante el curso pasado trabajé junto a Lucio en la delegación de pastoral, ayudando a preparar la asamblea Diocesana, recabando y cotejando las encuestas que los diversos grupos de toda la Diócesis hacían llegar al obispado. Este trabajo también me ha ayudado a  conocer un poco más la realidad diocesana, y por tanto a quererla y valorarla también. Mi “periplo musical” ha respondido, por una parte,  a compartir el regalo que Dios me ha dado y por otra a ser solidario también mediante la música. Ha sido y es ocasión de diálogo y de tener espacios comunes con personas que no frecuentan nuestras “viejas” iglesias. Un nuevo aerópago, en el que compartir desde la  cultura y la música el don del Evangelio (buenanoticia) para los receptores de la ayuda que ha recabado este disco. Mi estancia en Perú no me ha dejado indiferente ante las realidades de pobreza y marginación en las que tuve que trabajar. Por eso, siempre hemos trabajado, a nivel personal y comunitario nuestra labor desde aquí, con los países en vías de desarrollo. En mi casa han vivido: varios inmigrantes, un drogadicto, ahora mismo en Fontcalent, una mujer de vida distraída, una madre con sus cuatro hijos que pasaban por dificultades. Creo que ha sido la casa de todos… Todo esto lo transmito de manera muy parcial, dejándome muchas realidades y personas en el tintero, pero lo hago, no para ponerme medallas, sino para mostrar que realmente me he sentido realizado en casi todas las facetas de mi vida: espiritual, comunitaria, ministerial… Mi dimensión afectiva es la que no cubría de ninguna de las maneras. No considero que sea una decisión precipitada y sé que conllevará polémica e incluso incomprensión, entre otras cosas, porque en ningún momento he dejado entrever algún “bajón” en mi personalidad o no he pasado por una crisis, en el sentido peyorativo de la palabra. Porque sí me encuentro en  crisis en cuanto a cambio radical de estatus en la vida de una persona y también momento de grandes oportunidades, invitación a una fe más profunda y llamada a la conversión.«Dios nos ha llamado a una vida de paz» (I Cor.7,15) pero mi vida no estaba en paz, ni yo conmigo mismo ni con la mujer que amo. A ella la volvía loca, intentando justificarme siempre, para no tener que renunciar a su amor. Reitero que no le voy a echar la culpa a la Iglesia, a mi Iglesia, porque ella no tiene la culpa de nada. A ella le debo TODO lo que soy, lo que tengo, lo que espero, lo que sueño. Me duele mi Iglesia, claro que sí, pero más me duele, porque me duele mi vida. No utilizaré argumentos pretenciosos, como, por ejemplo, la acusación de espiritualismo desencarnado, o que la continencia comporte desconfianza o desprecio hacia la sexualidad.
No creo que se pueda generalizar con casos particulares, pero creo que son demasiados ya los casos como para ser considerados hechos aislados.
Por esto, yo pienso, que esta norma de la Obligatoriedad se opone a la vocación sacerdotal; porque trunca muchas vocaciones auténticas. ¡Líbreme Dios de dogmatizar en estos planteamientos! Sólo hablo en voz alta de lo que pienso y opino de este tema en el que me siento implicado tan vitalmente en estos momentos No creo que haya incompatibilidad alguna entre los sacramentos del orden y del matrimonio. Al revés, lo veo como una ventaja, porque me pondría más fácilmente en las circunstancias de los demás, compartiría la misma realidad que el resto de las personas: situaciones y problemáticas familiares, laborales, temas de sexualidad propios de pareja, hijos... No quiero tampoco olvidarme del testimonio ofrecido por la inmensa mayoría de los sacerdotes, que viven el propio celibato con libertad interior, con ricas motivaciones evangélicas, con fecundidad espiritual, en un horizonte de alegre fidelidad a la propia vocación y misión. No cuestiono la existencia del sacerdote célibe, sino que defiendo el que existan las dos maneras de ejercer el ministerio del sacerdocio: célibe y casado. También tengo compañeros jóvenes, curas en activo que comparten este problema y están de acuerdo con estos planteamientos, aunque ellos no quieran dar el paso de dejar el ministerio. Mucho más la cantidad de sacerdotes, jóvenes y no tan jóvenes, que han ido dejando el ministerio en los últimos años por el mismo tema del celibato. Un problema que veo es el del silencio en torno a este tema. Aunque muchos cristianos están a favor del celibato de los sacerdotes como algo opcional, no lo dicen, ni se plantea en la Iglesia, ni lo hablan en las reuniones de cristianos y menos todavía en la de curas. Creo que gente con puestos de responsabilidad en la Iglesia: formadores, vicarios, obispos, y curas mayores se dan cuenta de que este problema del celibato existe y ha existido siempre a través de la Historia. Es pues éste un problema que se niega, que no se reconoce que existe. Sin embargo, existe. Me pregunto si el solo  cambio de celibato obligatorio a celibato opcional cambiaría a la Iglesia y sinceramente creo que no. En este sentido, esta nueva concepción del celibato como algo opcional habría que incluirla y encuadrarla en una concepción más amplia de cambio y renovación dentro de la Iglesia Y con todo lo expuesto, quiero decir que no abdico ni claudico de  mi Iglesia, al contrario, quiero participar en ella, luchar por su renovación y estar comprometido en su misión de construir el Reino. Pero será ahora junto a Carmen  y con ella. Una fe en  Jesucristo que signifique para los dos amar las bienaventuranzas, aceptar la pascua el vivir en esta tierra sembrada de conflictos y paradojas, tener una esperanza más fuerte que la muerte, arder en ganas de cambios sociales, políticos y religiosos. Sólo la fe que nos haga a los dos más humanos, personas más amables, más libres, más justas, más pacientes, menos poderosas, menos intolerantes... En Julio de este año pasado hablé personalmente con Carmen para resolver esta situación. Tanto en esa comunicación como en la oración posterior de aquellos días, me convencí de que, a pesar del dolor que sabía que iba a causar, debía ser fiel a mi corazón y no podía continuar posponiendo una necesidad profunda que sentía con tanta fuerza y que condicionaba tanto mi vida presbiteral.