PSICOANÁLISIS Y CULPA EN EL CRISTIANISMO


Carlos Domínguez Morano1

 

La crítica freudiana del hecho religioso representa una impugnación inmisericorde del mismo. Es como si Freud pretendiera mostrar el negativo de la experiencia religiosa.. Esto ha tenido una considerable repercusión en la sociedad, marcando los ámbitos de lo religioso por la sospecha y la desconfianza de que en estas experiencias se ocultan siempre mecanismos de represión que acaban alienando al ser humano.
Constreñidos por la brevedad de un artículo, vamos a limitar las consideraciones freudianas a un aspecto: Al de la culpa y el pecado, que tienen una gran importancia practica por su influencia en la vida humana.
La comprensión de la omnipotencia de Dios deriva en buena parte de una nueva sensibilidad teológica 2 que, a la escucha de las ciencias humanas, comprende el potencial destructivo que fácilmente anida en las concepciones totalitarias y omnipotentes, como sería la omnipotencia infantil, tal como se experimenta en la situación edípica freudiana, que, según el psicoanálisis, introduce de inmediato el conflicto de la ambivalencia afectiva, del amor y el odio, frente al padre. Es la aspiración a serlo todo, de no encontrar ningún tipo de limite al propio deseo, lo que conduce a establecer una relación con el «padre imaginario» en clave de lucha a muerte, en una especie de radical «o tú o yo». Conflicto que genera de inmediato una intensa culpabilidad inconsciente, dado que ese padre que se presenta como detentador de un poder ilimitado es, al mismo tiempo, admirado y amado.
En esta dinámica de la omnipotencia infantil freudiana, que acabamos de apuntar, encontramos las claves de un tipo de religiosidad que, con frecuencia, se desarrolla dentro de la espiritualidad cristiana. Anclado en su ambivalencia de amor-odio frente a lo paterno, el sujeto construye necesariamente un Dios que se le opone y frente al cual no cabe sino una relación de rebelión o de perpetua sumisión. Es una relación marcada por ese subterráneo «o tu o yo».
Desde esta ambivalencia, la
agresividad y la culpa impregna toda la espiritualidad. Una agresividad que se oculta y desplaza a través del sacrificio, como lugar donde anida el odio al otro y la vuelta del odio sobre sí mismo bajo la forma de culpa. La mortificación preside la experiencia del tú eres, yo no soy, quedando la espiritualidad impregnada de una sacralización del dolor que deja ver una estructuración superyoica. Así la ley y la norma marcan toda la experiencia cristiana. Una ley sacralizada que ha perdido su naturaleza mediadora y que desplaza a un segundo termino la celebración gozosa, el encuentro festivo y la misma comunicación con Dios.
Es lo que pasa en algunos modos de entender la teología de la redención. Cuando sus resonancias se centran exclusivamente en las dimensiones expiatorias o propiciatorias, se dejarán oír especialmente en una especie de contaminación culpabilizante que ha llevado a pervertir, a veces, de modo importante a toda la espiritualidad cristiana. Porque, como dice G.L.Müller, no es la muerte física de Jesús como sacrificio y destrucción la que aporta la salvación. Esta salvación es aportada por «el amor de Jesús», que se mantiene firme frente a todos los obstáculos, incluso hasta la muerte, y al que convierte en símbolo real del amor redentor de Dios.
Reconocida esta dinámica de culpabilización patológica, sabemos que la movilización de los sentimientos de culpabilidad que acompañan a la conciencia de pecado puede dar lugar a procesos internos muy morbosos y a situaciones éticas cuestionables. Porque si bien se pueden experimentar sentimientos de culpa sin que haya pecado, cual sería el caso del escrupuloso, también es verdad que se puede vivir una situación de pecado sin tener conciencia de ello. El problema, pues, es grave. Ofreceremos seguidamente un análisis más detallado de las relaciones entre el pecado y la culpabilidad
A la exacerbación del sentimiento de culpa que tuvo lugar en épocas pasadas, relativamente recientes, ha seguido la divulgación que se lleva a cabo del concepto de autoestima, que resalta, casi con exclusividad, las dimensiones amorosas con respecto a sí mismo, que dejan en segundo plano cualquier autocrítica. El psicoanálisis nos ha indicado la dificultad que podemos experimentar para hacernos responsables de nuestros sentimientos de culpabilidad. Así pretende evitar la herida que supone para nuestro narcisismo.
Sin embargo, aprender a soportar el displacer que supone una sana autocrítica, es necesario para toda conversión, en el plano que sea, en especial para nuestra maduración en el plano espiritual, pero también de suma importancia en aspectos de la vida social, como podemos haber observado en la reciente campaña electoral en la que los diferentes candidatos no han hecho ninguna autocrítica sobre sí contemplando narcisistamente sus logros o sus programas y arrojando todas las culpas y desastres, también los propios, sobre sus adversarios.
Los que, como aquellos que dice el evangelio, «pensando estar bien con Dios se siente seguros de sí» (Lc 18,9), tendrían que oír la palabra del fariseo y el recaudador. El fariseo no podía convertirse desde la seguridad que experimentaba en si mismo y desde la negación de su culpabilidad, que le hacía sentirse superior a los otros y, en particular, al pobre recaudador. Este, sin embargo, reconociendo su culpa, «bajó a su casa a bien con Dios y aquél no», sentenció Jesús.
Cuando no es reconocida la culpa se suele proyectar sobre los demás con un mecanismo bien identificado por el psicoanálisis. Los psicólogos y los sociólogos reconocen la proyección de la culpa como una tendencia inherente a los individuos y los grupos, que de ese modo intentan descargar su propia frustración y pecado. Es también el caso de la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8,1-11): allí tenemos la piedra en la piedra en nuestras manos es fácil encontrarla también en nuestras vidas. La invitación de Jesús a reconocer nuestro pecado es la única vía para que esa piedra no caiga sobre ningún inocente y, al mismo tiempo, nosotros podamos encontrar la posibilidad de la trasformación.
Dado su carácter en buena parte inconsciente, la culpa puede venir a pervertir la conciencia del creyente. Por ello, saber articular los sentimientos de culpa con una auténtica exigencia ética y de fe, puede llevar a un sentido de cambio, tarea que precisa un fino discernimiento. Pero se hace obligado diferenciar entre una sana culpabilidad que lleva a la transformación y otra, cuyo objetivo parece ser el autocastigo y la autodestrucción. Dos personajes evangélicos, Pedro y Judas, pueden ilustrar esas dinámicas tan diversas.
En efecto, ambos son conscientes de su culpa. Ninguno de los dos la niega como el fariseo ni la proyecta sobre otro como los agresores de la adultera. Ambos han roto su alianza con Jesús, el uno por la negación, por la traición, el otro. Ninguno es un psicópata, es decir, capaces de permanecer indiferentes ante el daño que causan. Ambos son presa del remordimiento y quisieran borrar el mal hecho. Pedro llora amargamente y Judas devuelve sus monedas de plata, confesando explícitamente su culpabilidad (Mt 27,3-10). Pero el desenlace final resulta diametralmente opuesto. Pedro parece sentirse lavado con sus lágrimas. Las de Judas, no lo redimen. Pedro, tras la mirada que le dirige Jesús, da el paso fundamental intenta restablecer el vinculo de amor roto. Judas, sin embargo, se queda estancado en el primer momento de la culpa, el más narcisista de todo el proceso: el de dolerse por su imagen manchada. No busca la mirada del otro para restablecer el vínculo amoroso. La mirada sólo queda prendida en su propia imagen deteriorada por la traición. El final, pues, para uno es la vida y el reencuentro. Para el otro, el final es la muerte, la soledad y el suicidio como máxima expresión de la tendencia autodestructiva que tantas veces la culpa desencadena. Para dinámicas de culpabilidad tan diversas, los psicoanalistas encontraron denominaciones diversas. Hablaron de una culpabilidad depresiva y de otra, muy diversa, que llamaron persecutoria.
Existe, en afecto, una culpa depresiva por el daño realizado, por la ruptura, la pérdida del amor, de los valores que presiden nuestro comportamiento. Esa culpa busca la vida, el cambio, la reparación. Guarda una función integradora, mira y dinamiza el futuro. Pero existe también una culpabilidad «persecutoria» que tiene su raíz en las pulsiones de muerte y guarda el único objetivo de la autodestrucción y el daño. No busca el cambio ni la reconciliación sino tan sólo, como en caso de Judas, la autodestrucción y la muerte al quedarse atada al momento pasado de la trasgresión. La dinámica de la omnipotencia y de la ambivalencia que ésta desencadena es su motivación inconsciente más decisiva.
Variadas cuestiones se plantean al pensamiento cristiano a la luz del análisis psíquico del hecho ético y religioso. Nos hemos limitado a reflexionar someramente sobre los sentimientos de culpabilidad, pero podríamos ver a esta luz la especial relación, por ejemplo, de la culpa con la sexualidad, pues es un hecho constatable que para muchos es el capítulo que más cuenta en su experiencia moral. Pueden vivir situaciones éticas cuestionables respecto de la atención a los otros, de la justicia y honestidad profesional, etc., sin experimentar culpa especial. Pero cualquier transgresión, aunque sea mínima, en el campo de la sexualidad, despierta en ellos de inmediato la incomodidad de la culpa y la necesidad de buscar remedio en la confesión, como si Dios fuera especialmente sensible a las transgresiones sexuales. También podríamos aplicar el psicoanálisis en la representación que nos hacemos de Dios, la idea de la salvación, las vinculaciones y las tendencias agresivas y un largo etcétera. Y casi todas ellas se plantean a partir del dato de la omnipotencia infantil como motor de lo ilusorio de la ambivalencia afectiva haciéndonos ver la importancia que tiene la comprensión del psicoanálisis en el buceo del subconsciente para un más recto conocimiento del hecho religioso y cristiano, comprensión que habrían de tener más en cuenta quienes se proclaman pastores de los demás, para «no convertirse en guías ciegos.



(Footnotes)
1 Doctor en teología, licenciado en Filosofía y Psicología. Profesor de Psicología general y de la religión en la Facultad teológica de Granada, Director y psicólogo clínico del Centro de Psicoterapia Ilíberís
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