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La crítica freudiana
del hecho religioso representa una impugnación inmisericorde del mismo.
Es como si Freud pretendiera mostrar el negativo de la experiencia
religiosa.. Esto ha tenido una considerable repercusión en la sociedad,
marcando los ámbitos de lo religioso por la sospecha y la desconfianza
de que en estas experiencias se ocultan siempre mecanismos de represión
que acaban alienando al ser humano.
Constreñidos por la brevedad de un artículo, vamos a limitar las
consideraciones freudianas a un aspecto: Al de la culpa y el pecado, que
tienen una gran importancia practica por su influencia en la vida
humana.
La comprensión de la omnipotencia de Dios deriva en buena parte de una
nueva sensibilidad teológica 2 que, a la escucha de las ciencias
humanas, comprende el potencial destructivo que fácilmente anida en las
concepciones totalitarias y omnipotentes, como sería la omnipotencia
infantil, tal como se experimenta en la situación edípica freudiana,
que, según el psicoanálisis, introduce de inmediato el conflicto de la
ambivalencia afectiva, del amor y el odio, frente al padre. Es la
aspiración a serlo todo, de no encontrar ningún tipo de limite al propio
deseo, lo que conduce a establecer una relación con el «padre
imaginario» en clave de lucha a muerte, en una especie de radical «o tú
o yo». Conflicto que genera de inmediato una intensa culpabilidad
inconsciente, dado que ese padre que se presenta como detentador de un
poder ilimitado es, al mismo tiempo, admirado y amado.
En esta dinámica de la omnipotencia infantil freudiana, que acabamos de
apuntar, encontramos las claves de un tipo de religiosidad que, con
frecuencia, se desarrolla dentro de la espiritualidad cristiana. Anclado
en su ambivalencia de amor-odio frente a lo paterno, el sujeto construye
necesariamente un Dios que se le opone y frente al cual no cabe sino una
relación de rebelión o de perpetua sumisión. Es una relación marcada por
ese subterráneo «o tu o yo».
Desde esta ambivalencia, la
agresividad y la culpa impregna toda la espiritualidad. Una agresividad
que se oculta y desplaza a través del sacrificio, como lugar donde anida
el odio al otro y la vuelta del odio sobre sí mismo bajo la forma de
culpa. La mortificación preside la experiencia del tú eres, yo no soy,
quedando la espiritualidad impregnada de una sacralización del dolor que
deja ver una estructuración superyoica. Así la ley y la norma marcan
toda la experiencia cristiana. Una ley sacralizada que ha perdido su
naturaleza mediadora y que desplaza a un segundo termino la celebración
gozosa, el encuentro festivo y la misma comunicación con Dios.
Es lo que pasa en algunos modos de entender la teología de la redención.
Cuando sus resonancias se centran exclusivamente en las dimensiones
expiatorias o propiciatorias, se dejarán oír especialmente en una
especie de contaminación culpabilizante que ha llevado a pervertir, a
veces, de modo importante a toda la espiritualidad cristiana. Porque,
como dice G.L.Müller, no es la muerte física de Jesús como sacrificio y
destrucción la que aporta la salvación. Esta salvación es aportada por
«el amor de Jesús», que se mantiene firme frente a todos los obstáculos,
incluso hasta la muerte, y al que convierte en símbolo real del amor
redentor de Dios.
Reconocida esta dinámica de culpabilización patológica, sabemos que la
movilización de los sentimientos de culpabilidad que acompañan a la
conciencia de pecado puede dar lugar a procesos internos muy morbosos y
a situaciones éticas cuestionables. Porque si bien se pueden
experimentar sentimientos de culpa sin que haya pecado, cual sería el
caso del escrupuloso, también es verdad que se puede vivir una situación
de pecado sin tener conciencia de ello. El problema, pues, es grave.
Ofreceremos seguidamente un análisis más detallado de las relaciones
entre el pecado y la culpabilidad
A la exacerbación del sentimiento de culpa que tuvo lugar en épocas
pasadas, relativamente recientes, ha seguido la divulgación que se lleva
a cabo del concepto de autoestima, que resalta, casi con exclusividad,
las dimensiones amorosas con respecto a sí mismo, que dejan en segundo
plano cualquier autocrítica. El psicoanálisis nos ha indicado la
dificultad que podemos experimentar para hacernos responsables de
nuestros sentimientos de culpabilidad. Así pretende evitar la herida que
supone para nuestro narcisismo.
Sin embargo, aprender a soportar el displacer que supone una sana
autocrítica, es necesario para toda conversión, en el plano que sea, en
especial para nuestra maduración en el plano espiritual, pero también de
suma importancia en aspectos de la vida social, como podemos haber
observado en la reciente campaña electoral en la que los diferentes
candidatos no han hecho ninguna autocrítica sobre sí contemplando
narcisistamente sus logros o sus programas y arrojando todas las culpas
y desastres, también los propios, sobre sus adversarios.
Los que, como aquellos que dice el evangelio, «pensando estar bien con
Dios se siente seguros de sí» (Lc 18,9), tendrían que oír la palabra del
fariseo y el recaudador. El fariseo no podía convertirse desde la
seguridad que experimentaba en si mismo y desde la negación de su
culpabilidad, que le hacía sentirse superior a los otros y, en
particular, al pobre recaudador. Este, sin embargo, reconociendo su
culpa, «bajó a su casa a bien con Dios y aquél no», sentenció Jesús.
Cuando no es reconocida la culpa se suele proyectar sobre los demás con
un mecanismo bien identificado por el psicoanálisis. Los psicólogos y
los sociólogos reconocen la proyección de la culpa como una tendencia
inherente a los individuos y los grupos, que de ese modo intentan
descargar su propia frustración y pecado. Es también el caso de la mujer
sorprendida en adulterio (Jn 8,1-11): allí tenemos la piedra en la
piedra en nuestras manos es fácil encontrarla también en nuestras vidas.
La invitación de Jesús a reconocer nuestro pecado es la única vía para
que esa piedra no caiga sobre ningún inocente y, al mismo tiempo,
nosotros podamos encontrar la posibilidad de la trasformación.
Dado su carácter en buena parte inconsciente, la culpa puede venir a
pervertir la conciencia del creyente. Por ello, saber articular los
sentimientos de culpa con una auténtica exigencia ética y de fe, puede
llevar a un sentido de cambio, tarea que precisa un fino discernimiento.
Pero se hace obligado diferenciar entre una sana culpabilidad que lleva
a la transformación y otra, cuyo objetivo parece ser el autocastigo y la
autodestrucción. Dos personajes evangélicos, Pedro y Judas, pueden
ilustrar esas dinámicas tan diversas.
En efecto, ambos son conscientes de su culpa. Ninguno de los dos la
niega como el fariseo ni la proyecta sobre otro como los agresores de la
adultera. Ambos han roto su alianza con Jesús, el uno por la negación,
por la traición, el otro. Ninguno es un psicópata, es decir, capaces de
permanecer indiferentes ante el daño que causan. Ambos son presa del
remordimiento y quisieran borrar el mal hecho. Pedro llora amargamente y
Judas devuelve sus monedas de plata, confesando explícitamente su
culpabilidad (Mt 27,3-10). Pero el desenlace final resulta
diametralmente opuesto. Pedro parece sentirse lavado con sus lágrimas.
Las de Judas, no lo redimen. Pedro, tras la mirada que le dirige Jesús,
da el paso fundamental intenta restablecer el vinculo de amor roto.
Judas, sin embargo, se queda estancado en el primer momento de la culpa,
el más narcisista de todo el proceso: el de dolerse por su imagen
manchada. No busca la mirada del otro para restablecer el vínculo
amoroso. La mirada sólo queda prendida en su propia imagen deteriorada
por la traición. El final, pues, para uno es la vida y el reencuentro.
Para el otro, el final es la muerte, la soledad y el suicidio como
máxima expresión de la tendencia autodestructiva que tantas veces la
culpa desencadena. Para dinámicas de culpabilidad tan diversas, los
psicoanalistas encontraron denominaciones diversas. Hablaron de una
culpabilidad depresiva y de otra, muy diversa, que llamaron
persecutoria.
Existe, en afecto, una culpa depresiva por el daño realizado, por la
ruptura, la pérdida del amor, de los valores que presiden nuestro
comportamiento. Esa culpa busca la vida, el cambio, la reparación.
Guarda una función integradora, mira y dinamiza el futuro. Pero existe
también una culpabilidad «persecutoria» que tiene su raíz en las
pulsiones de muerte y guarda el único objetivo de la autodestrucción y
el daño. No busca el cambio ni la reconciliación sino tan sólo, como en
caso de Judas, la autodestrucción y la muerte al quedarse atada al
momento pasado de la trasgresión. La dinámica de la omnipotencia y de la
ambivalencia que ésta desencadena es su motivación inconsciente más
decisiva.
Variadas cuestiones se plantean al pensamiento cristiano a la luz del
análisis psíquico del hecho ético y religioso. Nos hemos limitado a
reflexionar someramente sobre los sentimientos de culpabilidad, pero
podríamos ver a esta luz la especial relación, por ejemplo, de la culpa
con la sexualidad, pues es un hecho constatable que para muchos es el
capítulo que más cuenta en su experiencia moral. Pueden vivir
situaciones éticas cuestionables respecto de la atención a los otros, de
la justicia y honestidad profesional, etc., sin experimentar culpa
especial. Pero cualquier transgresión, aunque sea mínima, en el campo de
la sexualidad, despierta en ellos de inmediato la incomodidad de la
culpa y la necesidad de buscar remedio en la confesión, como si Dios
fuera especialmente sensible a las transgresiones sexuales. También
podríamos aplicar el psicoanálisis en la representación que nos hacemos
de Dios, la idea de la salvación, las vinculaciones y las tendencias
agresivas y un largo etcétera. Y casi todas ellas se plantean a partir
del dato de la omnipotencia infantil como motor de lo ilusorio de la
ambivalencia afectiva haciéndonos ver la importancia que tiene la
comprensión del psicoanálisis en el buceo del subconsciente para un más
recto conocimiento del hecho religioso y cristiano, comprensión que
habrían de tener más en cuenta quienes se proclaman pastores de los
demás, para «no convertirse en guías ciegos.
(Footnotes)
1 Doctor en teología, licenciado en Filosofía y Psicología. Profesor de
Psicología general y de la religión en la Facultad teológica de Granada,
Director y psicólogo clínico del Centro de Psicoterapia Ilíberís.
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