MUJERES Y RELIGIONES
PROPUESTAS
DE
EMANCIPACIÓN


Un texto de la teóloga Chini Rueda,

a raíz de una intervención en un foro de

COMUNIDADES CRISTIANAS POPULARES,

celebrado en Albacete

 

 

 

MUJERES Y RELIGIONES

TRADICIÓN ANDROCÉNTRICA CRISTIANA



INTRODUCCIÓN


Me propongo ofrecer una rápida visión de la tradición cristiana, especialmente en las referencias doctrinales más explícitas sobre las mujeres para desvelar su carácter androcéntrico y patriarcal (qué imágenes, prohibiciones, conceptos y mecanismos de control existen en dicha tradición sobre las mujeres). Y me propongo, también, incentivar la aplicación de la actitud de la sospecha y el análisis feminista para buscar, sin miedos, alternativas emancipadoras de discurso y de prácticas.
La tradición cristiana no se puede resumir en una hora y pico porque se extiende, claro está, por más de veinte siglos de historia.
No sé si recordáis en una película de Spielberg que contaba el tráfico de esclavos de Europa a Norteamérica y denunciaba el racismo con bastante acierto, cuando los esclavos negros abren una Biblia en inglés, un idioma que desconocen, y a partir de las ilustraciones «leen» la historia de Jesús en los evangelios. Es una lectura que a mí me llamó mucho la atención porque los esclavos se identifican con Jesús y entienden que existe en la historia una clave de salvación para ellos. Esto debería ser la tradición cristiana para todos, y para las mujeres hoy. Hoy, además, cuando la fuerza convincente de la tradición cristiana parece, en nuestros países occidentales de primer mundo, haberse agotado.Las iglesias y corrientes cristianas organizaron en gran medida la visión occidental de la identidad humana, de nuestra función en el mundo, y sus prácticas y simbolismo impregnaron profundamente nuestra vida cotidiana desde el final del mundo romano y helenístico y en adelante, pero, gradualmente por esas razones diversas y complicadas, fueron perdiendo el control sobre la sensibilidad y la existencia cotidiana. En mayor o menor grado, el núcleo religioso del individuo y de la comunidad degeneró en convención social.

Es decir, nos planteamos hacer una lectura de la tradición que tenga una especie de detector de elementos androcéntricos pero no lo hacemos para desecharla del todo sino para procurar descubrir que esta tradición nos dice algo (como les dijo algo a los esclavos del siglo XVIII), a las mujeres y a los hombres de hoy, nos ayuda a buscar qué queremos ser y conecta con nuestra sensibilidad, con nuestras necesidades de sentido, emancipación y esperanza, con nuestra existencia cotidiana, aunque haya muchas fuentes de la teología y elaboraciones doctrinales de esta tradición que no nos sirvan tal y como están.


ANDROCENTRISMO FILTRADO EN LA TEMPRANA TRADICIÓN


Jesús fue un hombre sencillo y carismático que pasó unos años de su vida deambulando por ciudades y pueblos de la Palestina del siglo primero, hablando de Dios de una forma radicalmente diferente de cómo lo hacían los líderes judíos, desbordando un talante comprensivo y tierno, que se hacía solidario con los pobres y excluidos (excluidos por el propio sistema religioso, entre quienes las mujeres eran candidatas directas), sanaba a las personas que entraban en contacto con él, festejaba con los que recogían impuestos (odiados por el pueblo) y las prostitutas, denunciaba las injusticias que se hacían en nombre de Dios. Todo esto, como sabemos, le llevó a la cruz y, sabemos también que la historia de Jesús no termina con la muerte sino con la resurrección y la promesa de esperanza para quienes, como él, viven ese cariño de Dios de tal forma que lo transmiten. Jesús organizó mínimamente un grupo, el de quienes participaban de su movimiento.
Jesús era hijo de una cultura androcéntrica y patriarcal y, como tal, no podríamos decir que fuera un feminista, sino que como todos consideraba normal que las mujeres ocuparan segundos planos, fueran las encargadas del servicio doméstico y la crianza de los hijos y fueran invisibles en la esfera pública y, mucho más, en los ámbitos políticos y sociales de poder. Pero cuentan los evangelios que Jesús, precisamente por fidelidad a sí mismo, a su manera de ver la vida, a los seres humanos y a Dios, y por su capacidad para aprender y albergar novedad, rompió con muchas de las convenciones sociales y religiosas que oprimían, apresaban, excluían, postergaban y doblegaban a las mujeres. Jesús entró en relación con algunas mujeres de una forma muy igualitaria y estoy segura de que para ellas fue un motor de emancipación.
Había mujeres en el grupo del movimiento de Jesús, cosa insólita. Y también ellas eran invitadas a ser discípulas, a entrar en ese modo revolucionario de vida que llevaba Jesús, que, para ellas, mucho más que para los hombres, suponía una forma contracultural, suponía romper las estructuras patriarcales y vivir de forma emancipada. Pero desde el principio esto fue un problema ya en el grupo de discípulos, entre los varones. Recordamos escenas como: «Concédeselo que viene gritando detrás de nosotros» (Mt 15.23b); «Se sorprendían de que hablara con una mujer» (Jn 4.27); «Ya en casa, le volvían a preguntar sobre esto [la cuestión sobre el adulterio, en que Jesús pone en igualdad a las mujeres, las hace también sujetos de denuncia, cuando sólo los hombres podían repudiar a las mujeres]» (Mc 10.10). Y no me resisto a imaginar la mezcla de envidias, desconfianza y recelo que les supuso a los discípulos varones, el hecho de que el Resucitado hubiera empezado por «aparecerse» a las mujeres, «sus palabras les parecían como desatinos y no les creían» (Lc 24.11; cf Mc 16,8.11 [en que las mismas mujeres se callan por miedo y después tampoco creen a María Magdalena]).
Los evangelios apócrifos, que no se encuentran entre los reconocidos como canónicos, muestran el conflicto que para Pedro supone el liderazgo de María Magdalena en la comunidad.
Pero las mujeres habían sido discípulas primeras de Jesús y muchas mujeres continuaron teniendo roles importantes, dirigentes, incluso, en las primeras comunidades cristianas. Pablo tuvo que trabajar con ellas, menciona a varias como colaboradoras (Prisca, María, Trifena, Trifosa, Preside, la madre de Rufo, Flegonta, Julia, la hermana de Nereo [Rom16,3-16], Ninfas [Col 4.15], Claudia [Tim 4.21]), a muchas, seguro, ni las nombra y otras, aunque sólo nos consta el caso de como Junia, se convirtieron en hombres para la tradición porque su nombre sufrió un extraño cambio de género, aunque fue recuperado.
En la carta a los Corintios Pablo desarrolla la metáfora del cuerpo, la iglesia es como un cuerpo, donde cada uno goza de un carisma y tiene un papel único e irremplazable (1 Cor 12,12-13: «Pues como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos los miembros del cuerpo siendo muchos forman un cuerpo, así sucede en Cristo; pues todos nosotros hemos sido bautizados por el mismo Espíritu para formar un cuerpo, lo mismo judíos que griegos, esclavos que libres»). Se deduce que todos los miembros se valoran de igual forma y está en la línea de Gálatas 3.28 cuando dice que no existe diferencia entre griegos y judíos, libres y esclavos, varones y mujeres, porque todos son uno en Cristo y que ese ser uno significa que todos estamos vinculados y tratamos de buscar el bien de todos. Pero lo de mencionar a las mujeres ya se olvida en Corintios y en Romanos (12,7-8) se acentúa el tema de las funciones o ministerios eclesiales. Y el problema se agrava con la distinción jerárquica entre cabeza y cuerpo. Jesús es, según esta metáfora paulina, la cabeza y la Iglesia el cuerpo. Con esta distinción llega también la jerarquía entre sexos, el varón, cabeza y mujer, cuerpo. La mujer vinculada a la naturaleza, y el espíritu, la racionalidad, la iniciativa, el poder son masculinos.
« Sin embargo, quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios (...) El hombre no debe cubrirse la cabeza pues es imagen y reflejo de Dios; pero la mujer es reflejo del hombre. En efecto, no procede el hombre de la mujer sino la mujer del hombre. Ni fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre.» (1 Cor 11, 3.7-9).

Esta visión antifeminista proviene del mito de Eva, la mujer que de acuerdo a la interpretación misógina de Génesis 2-3, fue culpable del pecado, fue la tentadora.
Otra de las argumentaciones teológicas que Pablo extiende al ámbito social y eclesial, con consecuencias nefastas para las mujeres, es la del matrimonio teológico (entre Dios y el pueblo, la iglesia):

«Así como la iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo» (Ef 5.24)

Así pues, la Iglesia primitiva hizo un rápido proceso de patriarcalización; la animadversión a las mujeres queda constatada en las primeras comunidades. La jerarquía androcéntrica se impuso sobre el discipulado de iguales que Jesús había inaugurado. Y la prohibición a que las mujeres enseñen y abandonen su rol social de sumisión forma parte de textos considerados canónicos en el Nuevo Testamento.
«La mujer oiga la instrucción en silencio con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio. Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán sino la mujer, que seducida, incurrió en la trasgresión. Con todo, se salvará por su maternidad mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad.» (1Tim 2,11-15)

Hay, por supuesto, mucho rescatable en las cartas paulinas. Especialmente cuando Pablo habla de su experiencia de Dios, de forma menos racional, sin pretender construir un sistema cerrado ni excluyente. Por ejemplo, cuando dice que no tenemos un espíritu de siervos para recaer en el temor, sino una experiencia de Dios que nos permite llamarle Abba (Rom 8,14-15) y sabernos herederos (y herederas) de Cristo. En la tensión entre las ordenanzas eclesiásticas y los conceptos reguladores y la libertad e inmediatez de la acción de Dios está esta experiencia. Y estará a lo largo de toda la historia, aunque el Espíritu «sopla» cuando quiere y como puede.
La iglesia primitiva fue, en medio de todo, un escenario para la profecía, que nace de esta experiencia del Espíritu. Pero el enfrentamiento con, entre otras, las corrientes gnósticas y el montanismo (en que las mujeres gozaban, por cierto, de un status más privilegiado) y frente a la pretensión de nuevas revelaciones, se atribuyó a los obispos la pretensión de la plena posesión espiritual. Mientras que la verdad de la doctrina se aseguraba mediante la formación del concepto de sucesión apostólica así como de mediante la fijación del canon y de la Regula Fidei (una redacción más amplia y detallada de la confesión de fe bautismal). A partir de ahora (mediados del siglo III) la única tradición auténtica es la tradición apostólica que «transmite íntegramente a los sucesores de los apóstoles la palabra de Dios a ellos confiada por Cristo y por el Espíritu Santo». Es decir, que las mujeres son excluídas de la auténtica y autorizada tradición de la fe.
Las doctrinas de los llamados «padres» de la Iglesia, primeros intérpretes de la Escritura reconocidos, muestran claras tendencias misóginas, abundando en el mito de la primera transgresora y tentadora que representa al género femenino.


ANDROCENTRISMO DE CUÑO TEOLÓGICO EN LA EDAD MEDIA


A estas alturas de la película, el modo de pensar la tradición, que originalmente es una forma de ver el mundo liberadora para mujeres y hombres, ya ha sido transversalmente configurada como androcéntrica y patriarcal. Se han asumido los «mitos» sobre la inferioridad, subalternidad y sometimiento de las mujeres a los hombres hasta tal punto que parecen constituir parte de la «verdadera» tradición.
Agustín de Hipona, en el siglo V, inicia el desarrollo de la teología del pecado original, tomando como base el malinterpretado relato del Génesis y una teologización paulina del pecado de Adán y Eva en la carta a los Romanos (Rom 5,12). Según Agustín, el ser humano quedó corrompido desde el inicio por el pecado de Adán y Eva y la transmisión de dicha corrupción se realiza en el acto sexual de forma que todo ser humano cuando nace «hereda» esta degeneración pecaminosa. La relación con efectos destructores entre pecado y placer sexual queda establecida en la teología occidental a partir de Agustín con consecuencias más negativas todavía para las mujeres que son consideradas las tentadoras y, por tanto, causantes de la concupiscencia y el deseo carnal -términos de Agustín- que conduce al pecado.
En la Iglesia medieval, se oficializa la prohibición del matrimonio para los clérigos y esta normativa aleja de un modo oficial a las mujeres de los círculos de poder eclesiales, en ella culminan múltiples concepciones que consideraban a las mujeres contaminantes y no dignas del espacio sagrado sacramental; con el agravante de que la jerarquía, única autora de producción teológica oficial, pierde contacto y relación con las mujeres; laicos y laicas quedan marginados en una Iglesia clericalizada y sólidamente estructurada de forma jerárquico-monárquica.
Tomás de Aquino, a pesar de reconocer que la mujer fue creada a imagen de Dios y por ello con igual dignidad que el hombre, llega a afirmar que el hombre es «principio y fin de la mujer» mientras ella es «algo defectuoso y ocasional», un «varón frustrado» y un «receptáculo pasivo».
Durante la Edad Media los movimientos místicos de mujeres o aquellos en que las mujeres tenían un papel activo fueron considerados heréticos y condenados. Ya a partir del siglo XV era extendida la creencia en la existencia de brujas: mujeres malas, sensuales, con poderes diabólicos. La Iglesia puso en marcha un aparato de persecución y destrucción contra quienes eran acusadas de brujería; miles de mujeres murieron por orden de teólogos, juristas e inquisidores. La iglesia ha tardado mucho en tomar en serio las experiencias espirituales de las mujeres.
Todavía hoy sigue estando vigente la prohibición a las mujeres a acceder a la ordenación sacerdotal, sin poder aducir ninguna razón teológica. Juan Pablo II ha querido zanjar como doctrina definitiva toda posibilidad al sacerdocio de las mujeres.


ANDROCENTRISMO TEOLÓGICO «MODERNO»


La Reforma protestante surge en medio y condicionada por los extremos excesos eclesiales del poder de la iglesia y sus mecanismos de control (no olvidemos, que la iglesia conservaba su poder económico, social y político por medio de una concepción teísta que acongojaba a las gentes sencillas –la inmensa mayoría- con amenazas de castigos eternos). El movimiento de la Reforma trata de responder a los abusos eclesiales a partir del acento en la vuelta a la Escritura, a la fe y a la experiencia de Dios y no tanto en la dependencia de las normativas establecidas por el aparato eclesial. Las mujeres tienen mayor rol social en las iglesias reformistas (valor del matrimonio y la vida sexual, por ejemplo), aunque la Reforma no supuso ninguna alternativa estructural que desafiara las jerarquía androcéntrica y patriarcal.
La teología católica, frente al énfasis reformista de la fe personal, se atiene principalmente al conocimiento racional y a «la verdad» garantizada por el magisterio (concilio de Trento).
El giro antropológico de la Edad Moderna convierte al hombre (no a las mujeres) en punto de partida. Progresivamente se va a desmoronar la concepción totalitaria teísta. Las antiguas «pruebas de la existencia de Dios» (especialmente basadas en tesis tomistas) son sometidas a crítica. En el terreno filosófico se va llegando a la conclusión de que no se puede demostrar a Dios.
Con el pensamiento positivista, favorecido por la revolución industrial y el pensamiento científico-técnico llega la afirmación categórica de la autonomía de todos los campos de la realidad (ciencia, política, economías, cultura, etc) para los que la hipótesis Dios no es necesaria. Se encuentra aquí la raíz de las diversas formas de ateísmo, Dios versus autonomía del ser humano, Dios considerado como rival. Las tesis religiosas son proyecciones de las ilusiones humanas (Feuerbach) y la religión, según la crítica marxista, tiene una función adormecedora («opio del pueblo»).
[Entre paréntesis diremos que todo esta revolución del pensamiento sobre el sentido de la historia, de la existencia humana en el mundo y, por tanto sobre Dios, se hace «por el pueblo pero sin el pueblo» y sobre todo sin las mujeres. Las mujeres no son todavía reconocidas como sujetos de pensamiento, de producción teórica transformadora. Claro que siempre las hubo, pero invisibilizadas.]
A todo esto, la iglesia católica-romana se «protege» de las «amenazas» de la modernidad, se cierra en sí misma, en su poder absolutista cuya cabeza es el Papa (con atribuciones de infalibilidad) y condena las revoluciones científica, industrial y político-económica.
En esta época en que la Iglesia se repliega sobre sí misma a la defensiva es importante, para nuestra rápida visión, la función que se le otorga a la figura de María. María a lo largo de la historia de la teología dejó de ser la mujer sencilla y terrena de Nazaret para representar un símbolo asexuado (recordemos el talante antisexual que se ha ido consolidando en la tradición cristiana) que encarna la verdadera doctrina y funciona como guardiana del poder eclesial patriarcal. Desde los primeros «padres» de la iglesia, María ha sido tipificada como la antagonista de Eva. La desobediencia de Eva, origen del mal, tiene su contrapunto en la obediencia de María. El pecado de Eva es contrarrestado por María pura, virgen. En 1854, Pio IX, desde un conservadurismo antirrevolucionario y sin apoyo bíblico alguno, eleva a dogma la concepción inmaculada de María (su preservación del pecado original). Y Pio XII, en la misma línea, adoptando una actitud de triunfalismo romano, proclama también como dogma la asunción corporal de María (1950). Tras estos dogmas mariológicos hay una utilización, una vez más, de la figura de María al servicio de los intereses de la institución eclesial y revela una tendencia idealizadora de María (que por funcionar como modelo para las mujeres, se extiende también a ellas). La idea de una María que ha merecido tales privilegios, ser inmaculada y asunta al cielo, está, sutilmente pidiendo a las mujeres que sean dóciles, sumisas, entregadas, «madres dolorosas», puras y obedientes.

NO SÓLO UNA HISTORIA DE DESPRECIO Y CULPABILIDAD. CLAVES DE SALVACIÓN


Hemos esperado hasta finales del siglo XIX y más, el XX, para conocer al movimiento de las mujeres, que hasta un Papa (Juan XXIII en Pacem in Terris) consideró un «signo de los tiempos». Las mujeres comienzan siendo sujetos en la vida pública y a producir teología, ambas cosas desde perspectivas feministas.

La teología feminista surge en los años 70 y arranca de las experiencias de opresión de las mujeres, las cuales están ausentes en las afirmaciones teológicas y en las que, además, con mucha frecuencia, se legitiman los intereses patriarcales y el predominio masculino.
La hermenéutica feminista se plantea utilizar diferentes metodologías en la exégesis e interpretación bíblica para recuperar la historia oculta de las mujeres, para denunciar la ideología androcéntrica y misógina en textos bíblicos y doctrinales y para releer la Biblia y la teología con un objetivo liberador para las mujeres y otras víctimas del patriarcado. Del mismo modo, en todos los tratados teológicos, las teólogas feministas tratan de replantear la metodología, los contenidos y la praxis que se deriva de los mismos que contribuyan a hacer de la tradición cristiana una tradición liberadora también para las mujeres y en la que las mujeres sean quienes se digan a si mismas. A mi juicio, la teología feminista tiene como retos: desactivar el mecanismo de interiorización de la exclusión que convierte a las mujeres en agentes de su propia opresión; elaborar una teología feminista y liberadora, que las aliente a vivir una identidad libre y autoconstruída; y promover una reforma estructural social y eclesial que no legitime ningún tipo de dependencia desigual, cautiverio o dominación.
La historia de la teología ha sido durante siglos una historia de desprecio y culpabilidad para las mujeres. Porque ha reforzado el proceso de interiorización de las condiciones de inferioridad y cautiverio en las mujeres y ha sobrecargado a las mujeres con culpabilidad, uno de los instrumentos más poderosos para doblegar al ser humano, que, de hecho, ha ejercido una tremenda función de control sobre la vida y las conciencias de las mujeres. Se trata, pues, si volvemos a la imagen del principio de la película de Spielberg, de encontrar en esta tradición una clave de salvación para las mujeres. La teología feminista se ha preguntado por el modo de salvación que puedan encontrar las mujeres en la tradición del Salvador masculino. En la que se ha centrado el interés en el sacrificio de la cruz, el sufrimiento público de un hombre, que muere por obediencia a Dios. Y a las mujeres se les ha dado un puesto al pie de la cruz y se ha utilizado este símbolo de la cruz para fomentar la imagen femenina de la «madre dolorosa» y para continuar con el sometimiento de las mujeres y los pobres. Pero si en esta tradición, que origina Jesús de Nazaret, vemos que la salvación (o las salvaciones) no se reducen sólo a lo vivido por Jesús, como si se su sufrimiento generara automáticamente salvación, sino a «la instauración de unas relaciones de justicia, de respeto, de ternura entre los seres humanos», (y eso es lo que las mujeres encontramos en los relatos evangélicos de Jesús); si el Reino (formulación que no gusta a las teólogas feministas por lo que tiene de metáfora jerárquica y patriarcal) es ese conjunto de valores de Dios que también puede ser vividos por los seres humanos, entonces, sí podemos ver claves de salvación en esta tradición para cada una, para todos. Una tradición que ya no tiene una única centralidad en la persona de Jesús, sino que más bien comienza en la mañana de la resurrección, en que María fue invitada por Jesús a vivir sin él, con confianza en ella misma y en que la relación vivida en el movimiento de Jesús, las experiencias de gozo y belleza, le darían fuerzas suficientes para hacer su propio camino de salvación, sin depender ya de ningún salvador, pero en interdependencia con la comunidad, en interacción con todas las experiencias que van a constituir, en toda su fragilidad, su existir de mujer judía que tiene que reemprender su vida y que tiene algo que decir. La salvación es lo que nos ayuda a vivir en un momento determinado, sin descartar que haya una salvación más amplia y más total.
«En lenguaje cristiano un proceso de salvación es un proceso de resurrección, de recuperación de la vida, de esperanza, de justicia a lo largo de la historia. Aunque estas experiencias sean frágiles y pasajeras.»

«Es precisamente esta salvación, conquistada día a día, a través de los diferentes encuentros lo que parece estar en la base de lo que nosotras, las mujeres, descubrimos en el evangelio de Jesús y... descubrimos que también nosotras somos un lugar particular de salvación. Y deberíamos reteologizar estos acontecimientos frágiles de salvación para hacer frente a los sistemas de salvación establecidos dogmáticamente, tan distantes de nuestra vida cotidiana».

Esta es, también, la experiencia del Espíritu que decíamos al principio. ¿Recuerdan que en tiempos de crisis la iglesia institucional cierra filas, ahoga movimientos proféticos, normatiza con su racionalidad piramidal y recurre al poder de la otra vida? Pues bien, la teología de salvaciones que se plantea desde la perspectiva feminista alienta la multiplicidad y la novedad del Espíritu a partir de las experiencias vitales concretas, de la relacionalidad y la interdependencia, inclusivas y dinámicas, de unos con otros y unas con otras, aquí y ahora. Esta es la clave de Jesús en la que hay una dimensión ética relacional que promueve una teología de la salvación distinta: amaos unos a otros, amar al prójimo como a una misma.
Se hace necesario reconstruir otra teología sobre el mal y sobre el bien. El mal existe y el origen del mismo no puede justificarse con ninguna mitología y, desde luego, es inaceptable que recaiga sobre las mujeres, el cuerpo de las mujeres. Los males, muchos de ellos, sí tienen causas históricas, muchas arraigadas en los sistemas jerárquicos y patriarcales. El problema de la violencia de género en nuestro país es un ejemplo trágico.
Se hace necesario desterrar el exceso de culpabilidad, particularmente en las mujeres, y dejar que sean ellas quienes busquen sus modelos de referencia y decidan sus valores y opciones. Que sean ellas quienes vean qué es buena noticia para ellas. Recuerdo un curso sobre teología y derecho a decidir en que hablando del aborto, una mujer decía que abortar había sido para ella una buena noticia. Imaginen lo que pensarán los guardianes de la moral católica. También recuerdo en Filipinas, el discurso de uno de los sacerdotes que era el portavoz de la diócesis, decir que la moralidad de la iglesia señala el uso de anticonceptivos como materia de confesión ¡¡¡!!!. Y nada lejos están las declaraciones de los obispos españoles en su Directorio de Pastoral Familiar en que también se auto-consideran guardianes del orden y la moral.

Todo esto, claro, en medio de la fragilidad y la falibilidad humanas en que se pone de manifiesto la necesidad de la interdependencia y la mutualidad..

«Concretamente, la perspectiva de la relacionalidad nos sitúa más allá del modelo de la humanidad entendida como cuerpo masculino, donde cada uno y cada una tiene sus funciones, sujeto al mantenimiento de una jerarquía. Según esta perspectiva, sería posible superar la simbología masculina del Cuerpo de Cristo, introduciendo una imagen de Cristo que viene de los hombres, de las mujeres y de la naturaleza no humana. Cristo estaría en Jesús de Nazaret pero también más allá de él.»

Después de todo, era verdad que hay en el cristianismo una fuerza atractiva y dadora de sentido que habla directamente a la piel y al corazón de las mujeres. Aunque haya miles de mujeres cristianas que se han acostumbrado de tal modo a la subordinación y el desprecio que no encuentran necesario replantearse nada. Y sabiendo, a la vez, que no somos las primeras, que siempre hubo mujeres capaces de burlar la norma, esquivar el golpe, transgredir las prohibiciones absurdas, negociar en terrenos difíciles, decirse a sí mismas, pensar y decidir aunque les costara caro, e irradiar en torno un poco de luz.


PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN
Y EL DEBATE


¿En qué sentido crees que el androcentrismo de la tradición cristiana influye todavía en la vida de las mujeres hoy? (prejuicios, conceptos, estructuras) ¿y en la tuya? (experiencias personales en la iglesia, en temas de relaciones de género o de autoridad...)
¿Qué aspectos de la teología tradicional someterías tú a revisión?
¿Qué claves alternativas de discurso y prácticas crees que puede abrir la teología feminista?
¿Qué consecuencias personales y sociales crees que tiene esta reconstrucción?

 


Teología de lo cotidiano(1)




El libro del Éxodo dice que Dios escucha el clamor del pueblo y que conoce bien su sufrimiento. Dios escucha nuestro mundo. ¿Y la teología qué voces oye? ¿quién detenta el discurso teológico?
La teología oficial parece seguir situada por encima del bien y del mal, sin embargo, el campo de acción de la teología es la vida cotidiana. La teología ha de usar un lenguaje cotidiano (tan alejado del que usa la iglesia), que debería ser lo más directo y concreto posible pero, sobre todo, la teología ha de escuchar las historias de la gente, la teología debería enamorarse de las historias de la gente para descubrir en ellas el coraje, el dolor, los anhelos de libertad... Eso cuenta Icíar Bollaín que hizo cuando escribió “Te doy mis ojos” y yo diría que eso es hacer teología. Por supuesto también debe escuchar a la filosofía, a la ciencia, al arte, a la poesía precisamente porque también cuentan experiencias de la gente.

Por otra parte, quede claro que no estamos limitando los temas de la teología a reflexiones pseudoespirituales o a incursiones estrictas en temas de teología académica. ¿Qué es y qué no es una discusión teológica? Todo lo que forma parte de los dolores y los anhelos, los logros y los amores de la gente todo eso es teológico. La vida cotidiana es objeto de la teología, con todas sus entretelas y complicaciones.
La tendencia de arrinconar la religión, a ámbitos privados ha sido denunciada por Metz como una estratagema para adulterar el contenido peligroso de la memoria cristiana. La teología de la liberación ya denunció que todo discurso teológico es político y nos incumbe como seguidores de Jesús y la feminista, por su parte dejó claro que las prácticas cotidianas también son políticas.
El problema surge en la separación entre las historias de la vida cotidiana y el discurso, los y las protagonistas de las historias y el estudio y análisis que hacen los “especialistas”. En teología, dice una teóloga americana comunidad entera quien asuma el quehacer teológico, tienen que ser las preguntas de la gente de a pie, sus rasgaduras, su necesidad de una vida mejor, las que configuren la reflexión y la acción (ambas deberían ser inseparables en la articulación teológica). La tarea de los teólogos y teólogas será, como dice el teólogo filipino C. Abesamis, ser una especie de “técnicos” en el proceso de la reflexión, estar en la comunidad como el resto de los miembros, participar de sus luchas y reflexiones y hacer entendibles estas articulaciones teológicas que han nacido en medio de la comunidad. Su preparación académica puede servir para hacer saber a la comunidad que sus preguntas, sus sentimientos, sus creencias sobre Dios no están separados de su lucha cotidiana y para que las voces de la comunidad no se pierdan y puedan entrar en diálogo con la teología oficial, con la tradición oficial.
Por ello, la tradición no es la repetición estéril y aburrida de lo pasado, sino una historia viva de prácticas sociales. La tradición sirve para cambiar las cosas. El concepto de tradición ha de ampliarse para incluir no sólo la autoridad eclesial autorizada. Además, lo que se nos transmite ha de ser estudiado en su situación histórica y en relación con los efectos históricos que ha tenido. Una de las implicaciones más inquietantes de ello para la teología feminista es la casi total distorsión de la tradición en relación con las mujeres. ¿Qué ocurre cuando la tradición no puede ser una fuente de reflexión teológica por sus contenidos misóginos que el cristianismo ha concebido, transmitido, reforzado e institucionalizado en referencia a las mujeres?2


Desde este texto, en que Pablo silencia que las primeros testimonios de la resurrección fueron de mujeres, hasta hoy, la tradición ha dejado a las mujeres fuera del círculo de la oficialidad. ¿cómo vamos, las mujeres, a sentirnos a gusto dentro de “la tradición”?
La teología, para nosotras, empieza con esta necesidad de una aproximación diferente, que incluye la realidad de las mujeres y de todas las personas excluidas y silenciadas y prioriza la autonomía de la razón y las búsquedas del ser humano por encima de una obediencia sumisa a “la tradición”.
Dicho de otra manera, no se trata de preservar la tradición sino de enriquecerla, de llenarla de contenidos que digan algo hoy, que toquen nuestras vidas, sensibilicen nuestras conciencias, y cambien nuestras estructuras.

DESMITOLOGIZAR EL MAGISTERIO3

Las enseñanzas oficiales de la iglesia han sido tan constantemente erróneas en una ristra de temas tales como: esclavitud, usura, cruzadas, tortura, inquisición, ciencia, democracia, interpretación bíblica, sacramentos, ética sexual, libertad religiosa... que parece de desmesurada benevolencia e ingenuidad considerarlas como verdaderas a priori. Sin embargo, la comunidad les presta atención y las escucha. Pero ha de ser en el espíritu de apertura e inclusión, en la creatividad y diversidad del espíritu en que han de ser consideradas.
Para un magisterio efectivo han de darse dos condiciones de posibilidad, una, diríamos, de abajo arriba: asambleas eclesiales, redes de comunicación que recojan el sentir de los creyentes, es decir, la participación en igualdad de los miembros de la comunidad y de arriba abajo: en el caso de que las nseñanzas o llamadas partan de la jerarquía, que la comunidad la reciba y las considere oportunas y valiosas.

Fidelidad y disenso


El valor de la individualidad como conquista de autonomía y libertad no tiene por qué estar en contraste con el valor de la comunidad. Es más, la individualidad es la que construye la comunidad.
El disenso nace de la individualidad, del yo profundo. Nunca la preservación de la tradición puede ser más importante que la fidelidad a lo que una misma es y quiere ser. La preservación del yo profundo está por encima de la preservación de la tradición. La fidelidad al yo no conduce al egoísmo a no ser que el yo sea ya egoísta.
La fidelidad más última pertenece al propio ser, la vocación verdadera pertenece al yo más profundo, que es donde se haya lo que estamos llamados a ser, ser nosotras mismas, nosotras al 100%. Esta es nuestras mayor responsabilidad. Y esto, claro, sucede dentro de la comunidad. Pero ni la iglesia entera es digna de destruir la conciencia de uno de sus miembros.

No podemos permitirnos olvidar que Cristo nos dijo que el reino de Dios está dentro de nosotros.
Estamos obligados a la libertad. La vida espiritual va más allá de cualquier control institucional. La divinidad habita en nuestro yo profundo, en el núcleo infinito del ser, ahí es donde somos llamados a ser fieles, ahí es donde entramos en conexión profunda con otros.
La fidelidad al ser profundo es la fidelidad al misterio de la resurrección, es decir, la preservación del ser. La vida vence con más vida.

 

Notas:

1 Mujeristas: a Name of our Own!, Ada Mª Asisi-Díaz (encontrado en internet).
2 A similar concern about the ability of hermeneutical philosophy to deal with radical distortion in tradition occurs in the debate between Gadamer and Jurgen Habermas. Two interesting summaries of this debate are David Hoy, The Critical Circle: Literature, History, and Philosophical Hermeneutics (Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1982), 117-28, and Paul Ricoeur, «Hermeneutics and the Critique of Ideology,» in Hermeneutics and the Human Sciences: Essays on Language, Action, and Interpretation, ed. and trans. John B. Thompson (New York: Cambridge University Press, 1981), 63-100.

3 Las notas que siguen fueron tomadas durante la intervención de Anthony Padovano en un curso intensivo de teología: “Theology of Choice” que tuvo lugar en Washington D.C., en diciembre de 2002, y han sido traducidas por mí y redactadas con algunos añadidos personales.



«Y dios me hizo mujer
de pelo largo,
ojos
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo,
nacieron así las ideas
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo»

(Gioconda Belli: «El ojo de la mujer»)