LA MUJER EN LA IGLESIA
CARTA A PEDRO, PRIMER PAPA
 

Juan de Dios Regordán Domínguez

 

Querido Pedro:
Tal vez te sorprenda que me dirija a ti de esta manera, desde una página de compañeros que compartimos muchos puntos de vista e inquietudes comunes. Ante la situación actual de la Iglesia, recorro un poco la historia y me acuerdo de ti. Me gusta imaginarte empeñado en tus faenas con tu carácter y tu valentía. ¿ Te acuerdas cuando estabas con Tomás, Natanael, los Zebedeo y otros dos discípulos? Tu les dijiste: «Me voy a pescar». El tiempo lo viviste siempre a tope. No podías esperar más ni desligarte de tu trabajo. Tus compañeros te siguieron y en toda la noche no pescasteis nada. Al llegar a la orilla, cansados, hartos de bregar, Jesús te esperaba y os preguntó si teníais algo de comer. Sin reconocerle, le contasteis el fracaso de toda la noche. Pero, en su nombre, echasteis la red. Se realizó el milagro: apenas podíais tirar de los ciento cincuenta y tres peces grandes que pescasteis , ninguno pequeño ni inmaduro, y no se rompió la red..; esa red que siempre necesitaba un remiendo. Seguro que con vuestra barca y vuestra red no os dejarían pescar ahora.; lo artesano se valora poco... Son otros tiempos...
Cuando Juan te dijo que aquel que estaba en la orilla era el Señor; tú, tan impulsivo, te tiraste al agua de cabeza apenas con un trapo a la cintura , estabais desnudos realizando el duro trabajo, y te sobraba todo. ¿ Cómo ibas a esperar tú a que la barca llegase hasta la orilla ? Nadaste más de cien metros hasta llegar. Allí os tenía preparado un pez a la brasa y pan para comer. Os pidió de lo que acababais de pescar para prepararlo. Comisteis. ¡Y después te examinó ...! ¡ Y vaya examen que te hizo...!
Lo pasarías mal cuando Jesús, tan acostumbrado a visitar tu casa que hasta le quitó un día la fiebre a tu suegra, te preguntó por tres veces si le amabas más que los otros. Te hizo un examen duro. Te diste cuenta enseguida de las tres veces que le negaste cobardemente. El canto del gallo lo tuviste grabado en tu corazón y en tu rostro todo el resto de tu vida. Pero, aunque se puso algo pesado, tú reaccionaste muy bien. Al preguntarte por tres veces si le amabas más que los otros, fuiste valiente al responder y aceptar ser el Primer Papa de la Historia, con aquellas humildes palabras:” Tú sabes que te amo”.... Hoy puede que no pasaras el examen. Hoy te exigirían “otras cosas”, puede que hasta te exigieran una “tesis doctoral sobre los que hacía Natanael debajo de la higuera”. ¡ Qué duro es tirarse al agua comprometido con la verdad como tú lo hiciste...! ¡ Y además desnudo...con la sola fuerza del Espíritu..! Tú lo experimentaste bien, era el Espíritu el que te guiaba y por eso fuiste un “papa” humilde, pero valiente. Has sido en todo, sin quererlo, el número uno.
Pedro, tengo una curiosidad. Mateo, Marcos y Lucas hablan en sus evangelios de tu suegra: «Entrando Jesús en tu casa y encontrándola con fiebre, la curó». Quisiera que me explicaras por qué no hablan de tu esposa. ¿Ella no era noticia ? ¿ Es que lo sencillo y bueno hay que ocultarlo? Seguro que ella estaría preparándolo todo, sin tu ayuda, para que tú estuvieras muy atento a las indicaciones del que te preparaba para una futura misión muy dura. Ella sabía que tenías madera, pero en bruto. Al experimentar yo lo buena que es mi esposa y cuánto nos queremos y ayudamos, me imagino a tu mujer muy buena persona, afable, reflexiva y comprensiva... y ayudándote, en todo momento, a llevar las cargas que asumías. Sin ella creo que no hubieras podido, a pesar de la fuerza del Espíritu. Tú comprendiste aquello de “dejar padre, madre, esposa, hijos”... como te lo pedía el Maestro. Tú le seguiste con todo lo que eras y tenías, con toda tu familia, pero al mismo tiempo con toda humildad. Como un servidor de Cristo debe hacer.
¿ Y tus hijos cómo eran... ? ¿ Siguieron tus mismos ideales ...? ¡Yo creo que sí...! Pero mi experiencia me dice que respetarías su libertad y serían ellos los que se marcarían su propio camino. El respeto a la libertad personal fue siempre una constante del Maestro. El llamaba, pero dejaba la decisión a la absoluta responsabilidad del llamado. Tú viste cómo Jesús se puso triste ante la indiferencia y rechazo del joven rico y qué alegría le provocó la actitud de María, la mujer pecadora, la que los “justos” arrastraban y acusaban de adulterio. Querían que Él la condenara y ellos apedrearla, lavadas sus conciencias. Lo mismo pasa ahora. Escribir con el dedo en el suelo y afirmar: ”el que esté sin pecado que tire la primera piedra” fue suficiente para que se retiraran todos los acusadores, “empezando por los más viejos”. No hacen falta grandes discursos para descubrir y denunciar a los verdaderos culpables de las injusticias Pero, para eso hay que ser valientes. Es más cómodo pactar con el poder y dedicarse a imponer severas leyes banales, aunque éstas estén dañando aspectos íntimos de la dignidad humana.
A pesar de la distancia en el tiempo, te considero un hombre cabal para nuestra época. Pablo parece que te pone como modelo cuando le escribe a Timoteo y a Tito indicándoles las condiciones que han de reunir los obispos y sacerdotes: « que sean intachables, maridos de una sola mujer, sobrios, sensatos, no amigos del dinero, guardadores de la palabra fiel, que sepan gobernar su propia familia...pues si no saben regir la propia familia ¿ Cómo se ocuparán de la Iglesia de Dios...?»
A través de la historia, sabes que cambiaron las cosas. Se impuso eso que se le denominó “patriarcado”. A las mujeres se les hizo callar, culpándolas de todos los males. Desde la misma Iglesia se ha llegado a decir que la “mujer era la aliada del diablo” y que no podía ser sujeto válido para recibir el orden sacerdotal. ¿ No es eso influencia de las teorías que afirmaban que la mujer no tenía “alma racional” ? Pedro, para vosotros era distinto. Teníais cosas más importantes que hacer y proclamar. Durante los tres primeros siglos la “Comunidad-Iglesia” vivió unida, se discutía y se buscaba, ante todo, que el Mensaje de Salvación llegase a todas las personas, exigiendo las mínimas obligaciones legales. Para la Comunidad, las necesidades de sus miembros eran más determinantes que el hecho de tener que cumplir obligaciones y leyes. Sabes, Pedro, que el Maestro actuó siempre haciendo el bien, aliviando necesidades, penas, sufrimientos. A Él le acusaron de quebrantar leyes rígidas. Acuérdate de la cara que puso alguno de tus mismos compañeros cuando Jesús curó en sábado. ¿Te acuerdas cuando cogisteis espigas en Sábado porque teníais hambre? Según los legalistas no se podía hacer, era algo grave...Pero Jesús pasaba de esas cosas, había algo más importante.
Jesús no sólo no os recriminó, sino que proclamó abiertamente que lo que le interesaba era atender a las personas, liberar del sufrimiento. Siempre atendía de persona a persona, haciendo el bien aunque fuera sábado. Curar enfermos, como la mujer encorvada, el manco, el paralítico de la piscina, acoger pecadores, relacionarse con personas rechazadas por las normas legales religiosas, irritó tanto a las autoridades religiosas que le fueron preparando el camino hacia la muerte. Cuando Él preguntaba “que está permitido en la religión hacer el bien o hacer el mal, dar vida o matar, cumplir la norma o atender a la necesidad de la persona ahora mismo” se ponían rabiosos los “legalistas”. Y Jesús mismo sentía ira al ver cómo el sólo cumplimiento de la ley endurecía el corazón de los dirigentes religiosos. La verdad es que dio motivos para que dijeran: ”es mejor que un hombre muera...” Se jugó la vida por anteponer la persona humana al cumplimiento de la ley. Pero, Jesús respiraba mansedumbre. No quería la violencia. Santiago y Juan recibieron su corrección cuando, al no ser bien recibidos al pasar por Samaria, querían “bajar fuego del cielo que consumiera a los samaritanos”. A ti mismo, cuando en el Huerto de los Olivos ya lo iban a prender, al quererle defender, te dijo:”vuelve tu espada a su lugar” pues... “quien a espada mata a espada muere”. Era difícil para ti comprender aquella situación ¿verdad? ¿Cómo no defenderle?
Al seguir los pasos del Maestro, del Resucitado, lo fuisteis pagando caro. A Esteban lo mataron a pedradas y el que no era echado a los leones, era crucificado como tú; pero cada vez iban siendo más y más fuertes los testigos y seguidores, porque se dejaban guiar por el Espíritu.
Pero, Pedro, déjame que recuerde algunos datos aunque sean muy duros... porque lo que empezó en “un borriquillo ha terminado, por ahora, en un Papamóvil” : Llegó el 313, fecha que nunca me cayó bien. Constantino hizo una mala jugada a la Iglesia, la hizo oficial. Le dio tal protección que la sometió bajo leyes y normas a su antojo. Y, ya a partir del año 325, en el primer Concilio Ecuménico de Nicea, prácticamente dirigido por él, se decretó: ‘El Concilio prohíbe con toda severidad a los obispos, sacerdotes y diáconos, en una palabra, a todos los miembros del clero tener consigo una persona del otro sexo, excepto la madre, la hermana o la tía, o mujeres que no puedan dar el menor motivo de sospecha’ (Canon 3).
En Oriente, hasta Justiniano (527-565), no se adoptaron disposiciones legales contra el matrimonio de los sacerdotes. No fue por el matrimonio en sí, sino para preservar los bienes económicos. Según una Constitución de 1º de marzo de 528, “no puede ser obispo nadie que tenga hijos o nietos, puesto que el obispo debe cuidarse en primera línea de la Iglesia y del culto. Además se ha de impedir que los donativos o legados hechos a favor de la Iglesia puedan ser aplicados por el obispo a su propia familia. El 18 de octubre de 530 el emperador hace presentes las disposiciones eclesiásticas según las cuales los sacerdotes, diáconos y subdiáconos no podrían casarse una vez recibidas las órdenes. Los hijos de estos matrimonio se declararían incapaces jurídicamente de recibir de su padre donativos o participaciones en la herencia.
El año 691, el Sínodo Trullano creó la tradición que todavía pervive en la Iglesia oriental: la ley del celibato solamente obliga a los obispos. Los otros clérigos pueden contraer matrimonio antes de las órdenes. En Occidente, por primera vez, a principios del siglo IV, el Sínodo de Elvira (canon 33) prescribe no ya el celibato, sino la continencia total de los clérigos.
Pedro, todavía ahora, la historia prosigue larga, accidentada, curiosa, y sangrante. Son muchos los casos de personas que viven angustiadas por no ser capaces o no poder dar un paso firme y afrontar con valentía el amor hacia una mujer o de una mujer hacia un hombre. La ley del celibato sigue dañando conciencias. Poner antinomias entre el amor a una mujer y el amor a Jesús de Nazaret es signo de inmadurez en el conocimiento del mismo amor de Dios. Para el Maestro no tienen sentido las prescripciones rituales de pureza del Antiguo Testamento. Jesús sólo conoce una pureza: la limpieza de corazón (Mt 5,8); 15,3; 13,11. Sólo el pecado es, pues, impureza: 1 Jn 1,7-9). La sentencia definitiva sobre puro e impuro la pronunció Jesús en su discurso polémico en Mc 7,1-23; Mt 15,1-20. Y en Mt. 23 pone al desnudo a escribas y fariseos.
La vida célibe de Jesús no iba contra el matrimonio ni contra la mujer. La actitud célibe de Jesús no os fue propuesta expresamente a los discípulos como modelo. Tú, Pedro, eras casado (Mc. 1,30), «como los demás apóstoles y hermanos del Señor» (1Cor 9,5). “Evangelizar se me impone como una necesidad”, decía Pablo, ¡ ay de mí si no evangelizare!” (9,16). En 1 Tim 3,2.12; Tit1,6 se exige que el ministro eclesiástico (obispo, diácono, presbítero) se distinga, entre otras buenas cualidades, por el hecho de ser «hombre de una sola mujer».

La organización de la Iglesia en los orígenes y en los tres primeros siglos, fue una estructura flexible en la que se decidía entre todos. Se concebía como una gran comunidad formada por pequeñas comunidades, cada una con su autonomía propia. A partir del siglo IV comienza el régimen sinodal. En los Sínodos se discutían los problemas, se elegían los Obispos y, con frecuencia, se deponían si no eran considerados verdaderos apóstoles. El Obispo de Roma tenía la misión de la unión de toda la Iglesia e intervenir en los conflictos que no se podían resolver en los sínodos. San Gregorio, Obispo de Roma (590-604) escribía a un obispo diciéndole: ” Le ruego no me vuelva a llamar “papa universal”, porque eso es un título de vanidad y yo no quiero estar por encima de los demás ni en título, ni en privilegios, sino que quiero estar al servicio incondicional de todos mis hermanos obispos”.

Con el objetivo de liberar a la Iglesia de la dependencia de los señores feudales, la gran mayoría auténticos rufianes, quienes en la práctica elegían a los obispos, se produce el cambio en el siglo XI. Gregorio VII se autodefine Vicario de Cristo y en sus 27 proposiciones del “Dictatus Papae” presenta un régimen dictatorial en todos los poderes y de forma plena (poder legislativo, judicial y punitivo) y universal (para todos los hombres) se centran en la Iglesia en un solo hombre, el Papa. Con Inocencio III (1.198-1216) esta organización llegó a considerar al Papa con la autoridad máxima del mundo. Aquella actitud de servicio para atender las necesidades de las personas se convierte en una institución de poder. El Papa entra en la ruleta de poder elegir y deponer emperadores. Facilitaba bulas papales que legitimaban a reyes europeos para la conquista y el saqueo de África y América, para hacer esclavos a millones de personas, para fundar la Inquisición etc. Son aterradoras las bulas papales que dieron, entre otros, Nicolás V(1447-1455) Alejandro VI (1492-1503) León X (1513-1521) Pablo III (1534-1549). En este período se vivieron en la Iglesia los acontecimientos más traumáticos y vergonzantes de su Historia.
Pedro, perdona por recordar estos hechos. Pero negar o pretender ocultar la historia no es honrado ni evangélico. Incluso se utilizó la “sencilla imagen de tu barca” como símbolo de la dificultad para salvarse. Todos tenían que subirse en ella aunque fuera dándose codazos. Con facilidad se echaba fuera a mucha gente. El diálogo y el consenso fue sustituido por el ordeno y mando. Y esto ha traído cola. Con la fuerza del Espíritu, las cosas han ido cambiando en la forma de utilizar los papas el poder, pero sustancialmente la organización no ha variado mucho. La estructura eclesial sigue hoy organizada en dos grupos: por un lado el Papa, Obispos y Presbíteros, y por otro el pueblo, al que se le llama “laicos”. Estos dos grupos los definió el Papa San Pio X (1903-1914) en su encíclica Vehementer Noster con estas palabras: “ En la sola jerarquía (el clero: Papa, Obispos y Presbíteros) residen el derecho y la autoridad necesarias para promover y dirigir a todos los miembros hacia el bien común. En cuanto a la multitud (los laicos) no tienen otro derecho que el de dejarse conducir dócilmente y seguir a sus pastores”. Como muestras tenemos los cánones: 333,1: un poder inapelable. 1404: un poder que no tiene que dar explicaciones de sus decisiones. 1372 Si alguien recurre a un Concilio o al Colegio Episcopal contra una decisión del papa, tiene que ser castigado. Canon 135 Los tres poderes (legislativo, judicial y ejecutivo) no separados. En la Nueva Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, art 1) se ha optado por un modelo organizativo pensado en función de la eficacia y no en función de la profecía. Presenta, por tanto, una organización que puede producir espontáneamente ”fariseos” y mira con recelo a los “profetas”

Hoy se habla de participación, de corresponsabilidad, pero en realidad se sigue practicando el poder absoluto. La última palabra la tendrá siempre en cada grupo el párroco, el obispo, el superior religioso, el Papa. Y en esta pirámide la autoridad plena y universal, de la que depende todo en la Iglesia está centrada en un solo hombre: el Papa. Y, lo más grave de todo es que en esta estructura el Papa actúa y ejerce a través de La Curia Romana. Se les marcan a los millones de cristianos esparcidos por el mundo, en cada momento, las creencias, el modo de relacionarse con Dios, con los demás hombres, con la naturaleza, con el mundo, pero esta Estructura Eclesial vacila a la hora de comprometerse en la firma de los Derechos Humanos, entre los que entra, la “igualdad del hombre y la mujer”. Y con ello la Iglesia está perdiendo el ritmo de la historia en el momento actual. Se están abriendo cada vez más distancias entre la Jerarquía y el Pueblo de Dios. Para la mayoría de los cristianos, adultos en la fe, la autoridad la tiene el mensaje de Jesús. Ninguna autoridad puede situarse por encima de este mensaje.
Pedro, tú mismo viste cómo Jesús hablaba y quería a todos, mujeres y varones, y sobre todo a los que formabais el grupo de sus íntimos, de los que después, impulsados por el Espíritu formaríais la primera Comunidad de testigos de la Resurrección, con un deseo grande de expansión. Teníais necesidad de comunicar la Buena Noticia hasta los confines de la tierra. Las mujeres fueron las primeras en ver a Cristo Resucitado y las primeras en animar y ayudar para que todos descubrieran que Jesús había resucitado, que se habían cumplido las Escrituras, que Jesús de Nazaret ya era el Cristo y que todos vosotros erais testigos y que había que comunicarlo a todo el mundo.

Más que nunca, hoy es necesario recordar que Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; y los creó macho y hembra ”(Génesis 1,27). Hace falta irse a los orígenes para reivindicar con fuerza que la mujer, igual que el varón, es figura y representación divina por su naturaleza racional. A la mujer corresponde con idénticos derechos la gloria de la más alta semejanza y por tanto la misma libertad personal y dignidad humana. A algunos les cuesta reconocer que el concepto bíblico “hombre” significa al mismo tiempo y con la misma fuerza “varón” y “hembra”. En toda la Historia de la Salvación, la mujer se encuentra junto al varón en los momentos de perdición y en los momentos de salvación. La mujer tiene una relación especial con la Salvación. La mujer se encuentra, como signo en el acontecimiento decisivo de la salvación. Y esta responsabilidad la tiene dada por el mismo Dios al poner en sus manos esta Salvación. Dios entra en la creación por la mujer, por el Sí de María. En Eva, en María, en las mujeres, todas las acciones de la mujer, aún las más insignificantes y ocultas emanan fuerzas de destrucción o de vida.
El mundo necesita de la mujer para mantener el equilibrio que Dios le dio. Y este equilibrio se podrá conseguir de nuevo si las mujeres de hoy asumen su importante papel y se les deja asumirlo. En los momentos difíciles, cuando parezca que se cierran todos los caminos, quedará siempre una última vía de cooperación femenina. Una cooperación tan necesaria, en los momentos actuales, en el mismo seno de la Iglesia. El papel de la mujer es esencial.

En la actualidad, muchas religiosas y mujeres seglares preparadas están ejerciendo los ministerios de servicio e incluso igual que los que puedan corresponder a una diaconía. Se les confía la dirección de parroquias, la organización de la liturgia sin el sacrificio eucarístico, cuando falta el sacerdote; llevan la comunión a los enfermos y la distribuyen a los fieles, asisten como testigos a los matrimonios, bautizan, predican o explican la Palabra, presiden las exequias, están al frente de las catequesis de la parroquia, y, a veces, hasta cumplen las funciones de vicario pastoral. Ante esta situación ¿por qué no conferir la ordenación ? ¿Por qué contentarse con la misión canónica, si, de hecho, tales funciones exigen el carácter sacramental?. Si las mujeres están cumpliendo una función diaconal que exige de suyo el orden sacramental, debe conferírseles; de lo contrario, surge una disfunción en la acción pastoral de la Iglesia. El restablecimiento del diaconado permanente masculino vale también para las mujeres, pues sería una contradicción introducir discriminaciones, cuando no hay ninguna razón teológica que las justifique. Por eso, esperamos que no tardará en restablecerse en la Iglesia católica el diaconado femenino, como ya se hace en otras confesiones cristianas. Pedro, Tú sabes bien que desde un principio, la igualdad entre varón y hembra entra en el plan divino.

Sobre la ordenación sacerdotal de mujeres, la Iglesia no progresará sólo con doctrinas y argumentos teológicos. Tendrá que ser la misma vida y la práctica las que se impongan para caminar hacia delante. Los cambios vienen siempre desde abajo, desde la base, desde la comunidad, desde la normalidad.

Nueve Papas han dirigido a la Iglesia durante el siglo XX. Al principio parecía que iba a ser «el siglo de la Iglesia». La doctrina social de la Iglesia ha sido clara y dura. Sin embargo, eso no interesaba a los instalados.
Las grandes encíclicas sociales del siglo XX suelen ser citadas, de una manera especial, sólo cada vez que se cumple algún destacado aniversario; cuando se va a escribir otra. Karol Wojtyla en su “Solicitudo rei socialis” ha dicho a las Iglesias locales que “podría ser obligatorio enajenar los adornos superfluos de los templos y los objetos preciosos del culto divino para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ellos”. Pero han sido muy pocos los que tomaron la iniciativa. Esta Iglesia, de doctrina social avanzada, hasta Pío XII ha vivido un «espléndido aislamiento» y alejada de los problemas reales de los ciudadanos. Con el Concilio Vaticano II tuvo lugar uno de los mayores acontecimientos de toda la historia del cristianismo. La Iglesia se convertía «ella misma en motivo de credibilidad» como había soñado cien años antes el Vaticano I. Pero el siglo XX ha concluido con una fuerte crisis de la institución eclesial. Y se pretende salir de la crisis no afrontando los problemas con fe, sino meramente a partir de actos de autoafirmación o huidas hacia el pasado. Pero, la mayoría de la gente anhela no una explicación del pasado, sino una justificación del presente y un sentido del futuro. Es entre los cristianos «adultos en la fe» donde se da la mayor decepción ante la institución eclesiástica, Tal vez haya que señalar el año 1.968 y, en concreto, la aparición de la «Humane Vitae» como una verdadera bomba en la línea de flotación de la credibilidad eclesial, desencadenante de una crisis de confianza que, luego, se ha querido atribuir al Vaticano II y a su posterior aplicación. Pero, la verdad es que, a lo largo del segundo milenio, la institución eclesial se negó demasiadas veces a escuchar las voces que reclamaban una reforma radical, una reforma acorde con los tiempos y capaz de acomodar la exposición del Mensaje genuino para iluminar los problemas reales de la vida. Parece que la Iglesia no aprende de las crisis a que la había ido llevando su situación de poder sistemáticamente.

La Iglesia llega al tercer milenio dividida, en minoría, con credibilidad mermada y con cierta perplejidad interna. Pero también están surgiendo brotes muy importantes de vida y de calidad cristianas, una fe más libre y más respetuosa, con mayor experiencia espiritual, mayor seguimiento de Jesús y mayor opción por los pobres...y luchando para ser pobre. Y esta Iglesia tiene que enfrentarse ahora a un mundo también en crisis y del que puede ser útil esbozar algunos rasgos:
- Un mundo muy unificado técnica y económicamente y, a la vez, muy plural en culturas, épocas históricas e ideas. Un mundo sin fundamentos absolutos para la convivencia. Con el peligro de que, al faltar el Fundamento Absoluto cada cual quiera concebir la convivencia a su manera. Un mundo con clara conciencia de libertad y de su mayoría de edad. Y, por ello, un mundo que valora la democracia y busca formas de control del poder. Y donde los esfuerzos por la plena liberación e igualdad de la mujer deben ser destacados como una de las más claras señales del Espíritu, como ya señaló Juan XXIII.
-Un mundo plagado por la injusticia y que puede llevar a fuertes reacciones de los desesperados, que irán desde migraciones masivas imparables hasta acciones violentas. Un mundo donde todo se comercializa y donde hasta lo más sagrado es simple material de mercado; cansado de palabras e incrédulo frente a todos los grandes sistemas explicativos globales; pero profundamente sensible a la biografía concreta cuando ésta transpira coherencia y grandeza humana; Un mundo con «cáncer ecológico” y dominado por la economía brutal.
-Un mundo profundamente escéptico sobre sus propias posibilidades y donde el rebrote positivo de movimientos de solidaridad choca muchas veces con una profunda sensación de impotencia...
Las observaciones anteriores devuelven toda su vigencia a las palabras con que Juan XXIII abrió el Concilio Vaticano II, y en las que alertaba contra... «insinuaciones de almas que, a pesar de su ardiente celo, no están dotadas de suficiente discreción y mesura que no ven en los tiempos modernos más que la prevaricación y la ruina. Que van diciendo que nuestra edad ha empeorado respecto a las edades pasadas, y se comportan como quienes nada tienen que aprender de la historia, la cual sigue siendo maestra de la vida... Nos sentimos obligados a disentir de esos profetas de calamidades, que anuncian acontecimientos siempre infaustos, como si nos acechase el fin del mundo». Esa «discreción y mesura», esa serenidad falta de miedo, y esa capacidad para aprender de la historia, las necesita la Iglesia en los momentos actuales.
Estas consideraciones puedan llevarnos a la aceptación serena de la pregunta :¿ Qué le pasa hoy a la Iglesia ? ¿ Está  Dios pidiendo algo a su Iglesia? Y en este caso ¿ Qué es lo que le pide? Debe servirnos de lección lo que ocurrió con Jesús. Somos seguidores de un Hombre que fue denunciado y llevado a una cruz infame e infamante, precisamente por las autoridades religiosas, en aquel momento legítimas , del pueblo de Dios, que se sintieron molestas por sus interpelaciones proféticas y sus críticas al sistema religioso. (Mt.23 y Mc.11,15-18). Luchar por los Derechos Humanos exige el compromiso de transformar las estructuras que los niegan o no los subscriben. La Iglesia ha de ser pionera en este desafío por ser consustancial al Mensaje de Jesús. Podemos y debemos pedir para nuestra Iglesia, unidad pero no uniformidad. Un solo Señor, una sola fe, una sola Iglesia, un solo ministerio, pero diversas estructuras de servicios, legislaciones, culturas, tradiciones, administraciones y costumbres...Que en la Iglesia permanezca siempre válida la forma inspirada en San Agustín, que Juan XXIII no dejaba de repetir y el Concilio Vaticano II hizo suya: “ En lo necesario unidad; en lo dudoso, libertad y en todo, caridad.”
Pedro, quisiera terminar estas reflexiones inspirándome en el Concilio Vaticano II: Mujeres todas, sois la mitad de la inmensa familia humana. Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora.. .Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza. Una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente. La sociedad os llama por todas partes... Mujeres que sufrís de muchas maneras, que os mantenéis firmes bajo la cruz a imagen de María; vosotras que tan a menudo, en el curso de la historia habéis sufrido la incomprensión de la misma Iglesia, que habéis tenido que ocultar vuestro amor por la cobardía del amante, gritad vuestro derecho al amor sincero y transparente. Mujeres, vosotras habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar testimonio hasta el martirio... Mujeres, vosotras sabéis hacer la verdad dulce, tierna, accesible...Mujeres del universo todo, cristianas o no creyentes, a quiénes os está confiada la vida en este momento de la historia, a vosotras toca salvar la paz del mundo ... Mujeres, casadas con sacerdotes, gracias por vuestro amor, entrega y generosidad. Muchas gracias...
Gracias también a ti, Pedro, porque me has ayudado a escribir esta carta.
Y por último, ¿ Es verdad que Dios es Padre y Madre como dijo el papa Luciani en tan sólo sus treinta y tres días de pontificado...?


Desde Algeciras