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Querido Pedro:
Tal vez te sorprenda que me dirija a ti de esta manera, desde una
página de compañeros que compartimos muchos puntos de vista e
inquietudes comunes. Ante la situación actual de la Iglesia, recorro
un poco la historia y me acuerdo de ti. Me gusta imaginarte empeñado
en tus faenas con tu carácter y tu valentía. ¿ Te acuerdas cuando
estabas con Tomás, Natanael, los Zebedeo y otros dos discípulos? Tu
les dijiste: «Me voy a pescar». El tiempo lo viviste siempre a tope.
No podías esperar más ni desligarte de tu trabajo. Tus compañeros te
siguieron y en toda la noche no pescasteis nada. Al llegar a la
orilla, cansados, hartos de bregar, Jesús te esperaba y os preguntó
si teníais algo de comer. Sin reconocerle, le contasteis el fracaso
de toda la noche. Pero, en su nombre, echasteis la red. Se realizó
el milagro: apenas podíais tirar de los ciento cincuenta y tres
peces grandes que pescasteis , ninguno pequeño ni inmaduro, y no se
rompió la red..; esa red que siempre necesitaba un remiendo. Seguro
que con vuestra barca y vuestra red no os dejarían pescar ahora.; lo
artesano se valora poco... Son otros tiempos...
Cuando Juan te dijo que aquel que estaba en la orilla era el Señor;
tú, tan impulsivo, te tiraste al agua de cabeza apenas con un trapo
a la cintura , estabais desnudos realizando el duro trabajo, y te
sobraba todo. ¿ Cómo ibas a esperar tú a que la barca llegase hasta
la orilla ? Nadaste más de cien metros hasta llegar. Allí os tenía
preparado un pez a la brasa y pan para comer. Os pidió de lo que
acababais de pescar para prepararlo. Comisteis. ¡Y después te
examinó ...! ¡ Y vaya examen que te hizo...!
Lo pasarías mal cuando Jesús, tan acostumbrado a visitar tu casa que
hasta le quitó un día la fiebre a tu suegra, te preguntó por tres
veces si le amabas más que los otros. Te hizo un examen duro. Te
diste cuenta enseguida de las tres veces que le negaste
cobardemente. El canto del gallo lo tuviste grabado en tu corazón y
en tu rostro todo el resto de tu vida. Pero, aunque se puso algo
pesado, tú reaccionaste muy bien. Al preguntarte por tres veces si
le amabas más que los otros, fuiste valiente al responder y aceptar
ser el Primer Papa de la Historia, con aquellas humildes palabras:”
Tú sabes que te amo”.... Hoy puede que no pasaras el examen. Hoy te
exigirían “otras cosas”, puede que hasta te exigieran una “tesis
doctoral sobre los que hacía Natanael debajo de la higuera”. ¡ Qué
duro es tirarse al agua comprometido con la verdad como tú lo
hiciste...! ¡ Y además desnudo...con la sola fuerza del Espíritu..!
Tú lo experimentaste bien, era el Espíritu el que te guiaba y por
eso fuiste un “papa” humilde, pero valiente. Has sido en todo, sin
quererlo, el número uno.
Pedro, tengo una curiosidad. Mateo, Marcos y Lucas hablan en sus
evangelios de tu suegra: «Entrando Jesús en tu casa y encontrándola
con fiebre, la curó». Quisiera que me explicaras por qué no hablan
de tu esposa. ¿Ella no era noticia ? ¿ Es que lo sencillo y bueno
hay que ocultarlo? Seguro que ella estaría preparándolo todo, sin tu
ayuda, para que tú estuvieras muy atento a las indicaciones del que
te preparaba para una futura misión muy dura. Ella sabía que tenías
madera, pero en bruto. Al experimentar yo lo buena que es mi esposa
y cuánto nos queremos y ayudamos, me imagino a tu mujer muy buena
persona, afable, reflexiva y comprensiva... y ayudándote, en todo
momento, a llevar las cargas que asumías. Sin ella creo que no
hubieras podido, a pesar de la fuerza del Espíritu. Tú comprendiste
aquello de “dejar padre, madre, esposa, hijos”... como te lo pedía
el Maestro. Tú le seguiste con todo lo que eras y tenías, con toda
tu familia, pero al mismo tiempo con toda humildad. Como un servidor
de Cristo debe hacer.
¿ Y tus hijos cómo eran... ? ¿ Siguieron tus mismos ideales ...? ¡Yo
creo que sí...! Pero mi experiencia me dice que respetarías su
libertad y serían ellos los que se marcarían su propio camino. El
respeto a la libertad personal fue siempre una constante del
Maestro. El llamaba, pero dejaba la decisión a la absoluta
responsabilidad del llamado. Tú viste cómo Jesús se puso triste ante
la indiferencia y rechazo del joven rico y qué alegría le provocó la
actitud de María, la mujer pecadora, la que los “justos” arrastraban
y acusaban de adulterio. Querían que Él la condenara y ellos
apedrearla, lavadas sus conciencias. Lo mismo pasa ahora. Escribir
con el dedo en el suelo y afirmar: ”el que esté sin pecado que tire
la primera piedra” fue suficiente para que se retiraran todos los
acusadores, “empezando por los más viejos”. No hacen falta grandes
discursos para descubrir y denunciar a los verdaderos culpables de
las injusticias Pero, para eso hay que ser valientes. Es más cómodo
pactar con el poder y dedicarse a imponer severas leyes banales,
aunque éstas estén dañando aspectos íntimos de la dignidad humana.
A pesar de la distancia en el tiempo, te considero un hombre cabal
para nuestra época. Pablo parece que te pone como modelo cuando le
escribe a Timoteo y a Tito indicándoles las condiciones que han de
reunir los obispos y sacerdotes: « que sean intachables, maridos de
una sola mujer, sobrios, sensatos, no amigos del dinero, guardadores
de la palabra fiel, que sepan gobernar su propia familia...pues si
no saben regir la propia familia ¿ Cómo se ocuparán de la Iglesia de
Dios...?»
A través de la historia, sabes que cambiaron las cosas. Se impuso
eso que se le denominó “patriarcado”. A las mujeres se les hizo
callar, culpándolas de todos los males. Desde la misma Iglesia se ha
llegado a decir que la “mujer era la aliada del diablo” y que no
podía ser sujeto válido para recibir el orden sacerdotal. ¿ No es
eso influencia de las teorías que afirmaban que la mujer no tenía
“alma racional” ? Pedro, para vosotros era distinto. Teníais cosas
más importantes que hacer y proclamar. Durante los tres primeros
siglos la “Comunidad-Iglesia” vivió unida, se discutía y se buscaba,
ante todo, que el Mensaje de Salvación llegase a todas las personas,
exigiendo las mínimas obligaciones legales. Para la Comunidad, las
necesidades de sus miembros eran más determinantes que el hecho de
tener que cumplir obligaciones y leyes. Sabes, Pedro, que el Maestro
actuó siempre haciendo el bien, aliviando necesidades, penas,
sufrimientos. A Él le acusaron de quebrantar leyes rígidas.
Acuérdate de la cara que puso alguno de tus mismos compañeros cuando
Jesús curó en sábado. ¿Te acuerdas cuando cogisteis espigas en
Sábado porque teníais hambre? Según los legalistas no se podía
hacer, era algo grave...Pero Jesús pasaba de esas cosas, había algo
más importante.
Jesús no sólo no os recriminó, sino que proclamó abiertamente que lo
que le interesaba era atender a las personas, liberar del
sufrimiento. Siempre atendía de persona a persona, haciendo el bien
aunque fuera sábado. Curar enfermos, como la mujer encorvada, el
manco, el paralítico de la piscina, acoger pecadores, relacionarse
con personas rechazadas por las normas legales religiosas, irritó
tanto a las autoridades religiosas que le fueron preparando el
camino hacia la muerte. Cuando Él preguntaba “que está permitido en
la religión hacer el bien o hacer el mal, dar vida o matar, cumplir
la norma o atender a la necesidad de la persona ahora mismo” se
ponían rabiosos los “legalistas”. Y Jesús mismo sentía ira al ver
cómo el sólo cumplimiento de la ley endurecía el corazón de los
dirigentes religiosos. La verdad es que dio motivos para que
dijeran: ”es mejor que un hombre muera...” Se jugó la vida por
anteponer la persona humana al cumplimiento de la ley. Pero, Jesús
respiraba mansedumbre. No quería la violencia. Santiago y Juan
recibieron su corrección cuando, al no ser bien recibidos al pasar
por Samaria, querían “bajar fuego del cielo que consumiera a los
samaritanos”. A ti mismo, cuando en el Huerto de los Olivos ya lo
iban a prender, al quererle defender, te dijo:”vuelve tu espada a su
lugar” pues... “quien a espada mata a espada muere”. Era difícil
para ti comprender aquella situación ¿verdad? ¿Cómo no defenderle?
Al seguir los pasos del Maestro, del Resucitado, lo fuisteis pagando
caro. A Esteban lo mataron a pedradas y el que no era echado a los
leones, era crucificado como tú; pero cada vez iban siendo más y más
fuertes los testigos y seguidores, porque se dejaban guiar por el
Espíritu.
Pero, Pedro, déjame que recuerde algunos datos aunque sean muy
duros... porque lo que empezó en “un borriquillo ha terminado, por
ahora, en un Papamóvil” : Llegó el 313, fecha que nunca me cayó
bien. Constantino hizo una mala jugada a la Iglesia, la hizo
oficial. Le dio tal protección que la sometió bajo leyes y normas a
su antojo. Y, ya a partir del año 325, en el primer Concilio
Ecuménico de Nicea, prácticamente dirigido por él, se decretó: ‘El
Concilio prohíbe con toda severidad a los obispos, sacerdotes y
diáconos, en una palabra, a todos los miembros del clero tener
consigo una persona del otro sexo, excepto la madre, la hermana o la
tía, o mujeres que no puedan dar el menor motivo de sospecha’ (Canon
3).
En Oriente, hasta Justiniano (527-565), no se adoptaron
disposiciones legales contra el matrimonio de los sacerdotes. No fue
por el matrimonio en sí, sino para preservar los bienes económicos.
Según una Constitución de 1º de marzo de 528, “no puede ser obispo
nadie que tenga hijos o nietos, puesto que el obispo debe cuidarse
en primera línea de la Iglesia y del culto. Además se ha de impedir
que los donativos o legados hechos a favor de la Iglesia puedan ser
aplicados por el obispo a su propia familia. El 18 de octubre de 530
el emperador hace presentes las disposiciones eclesiásticas según
las cuales los sacerdotes, diáconos y subdiáconos no podrían casarse
una vez recibidas las órdenes. Los hijos de estos matrimonio se
declararían incapaces jurídicamente de recibir de su padre donativos
o participaciones en la herencia.
El año 691, el Sínodo Trullano creó la tradición que todavía pervive
en la Iglesia oriental: la ley del celibato solamente obliga a los
obispos. Los otros clérigos pueden contraer matrimonio antes de las
órdenes. En Occidente, por primera vez, a principios del siglo IV,
el Sínodo de Elvira (canon 33) prescribe no ya el celibato, sino la
continencia total de los clérigos.
Pedro, todavía ahora, la historia prosigue larga, accidentada,
curiosa, y sangrante. Son muchos los casos de personas que viven
angustiadas por no ser capaces o no poder dar un paso firme y
afrontar con valentía el amor hacia una mujer o de una mujer hacia
un hombre. La ley del celibato sigue dañando conciencias. Poner
antinomias entre el amor a una mujer y el amor a Jesús de Nazaret es
signo de inmadurez en el conocimiento del mismo amor de Dios. Para
el Maestro no tienen sentido las prescripciones rituales de pureza
del Antiguo Testamento. Jesús sólo conoce una pureza: la limpieza de
corazón (Mt 5,8); 15,3; 13,11. Sólo el pecado es, pues, impureza: 1
Jn 1,7-9). La sentencia definitiva sobre puro e impuro la pronunció
Jesús en su discurso polémico en Mc 7,1-23; Mt 15,1-20. Y en Mt. 23
pone al desnudo a escribas y fariseos.
La vida célibe de Jesús no iba contra el matrimonio ni contra la
mujer. La actitud célibe de Jesús no os fue propuesta expresamente a
los discípulos como modelo. Tú, Pedro, eras casado (Mc. 1,30), «como
los demás apóstoles y hermanos del Señor» (1Cor 9,5). “Evangelizar
se me impone como una necesidad”, decía Pablo, ¡ ay de mí si no
evangelizare!” (9,16). En 1 Tim 3,2.12; Tit1,6 se exige que el
ministro eclesiástico (obispo, diácono, presbítero) se distinga,
entre otras buenas cualidades, por el hecho de ser «hombre de una
sola mujer».
La organización de la Iglesia en los orígenes y en los tres primeros
siglos, fue una estructura flexible en la que se decidía entre
todos. Se concebía como una gran comunidad formada por pequeñas
comunidades, cada una con su autonomía propia. A partir del siglo IV
comienza el régimen sinodal. En los Sínodos se discutían los
problemas, se elegían los Obispos y, con frecuencia, se deponían si
no eran considerados verdaderos apóstoles. El Obispo de Roma tenía
la misión de la unión de toda la Iglesia e intervenir en los
conflictos que no se podían resolver en los sínodos. San Gregorio,
Obispo de Roma (590-604) escribía a un obispo diciéndole: ” Le ruego
no me vuelva a llamar “papa universal”, porque eso es un título de
vanidad y yo no quiero estar por encima de los demás ni en título,
ni en privilegios, sino que quiero estar al servicio incondicional
de todos mis hermanos obispos”.
Con el objetivo de liberar a la Iglesia de la dependencia de los
señores feudales, la gran mayoría auténticos rufianes, quienes en la
práctica elegían a los obispos, se produce el cambio en el siglo XI.
Gregorio VII se autodefine Vicario de Cristo y en sus 27
proposiciones del “Dictatus Papae” presenta un régimen dictatorial
en todos los poderes y de forma plena (poder legislativo, judicial y
punitivo) y universal (para todos los hombres) se centran en la
Iglesia en un solo hombre, el Papa. Con Inocencio III (1.198-1216)
esta organización llegó a considerar al Papa con la autoridad máxima
del mundo. Aquella actitud de servicio para atender las necesidades
de las personas se convierte en una institución de poder. El Papa
entra en la ruleta de poder elegir y deponer emperadores. Facilitaba
bulas papales que legitimaban a reyes europeos para la conquista y
el saqueo de África y América, para hacer esclavos a millones de
personas, para fundar la Inquisición etc. Son aterradoras las bulas
papales que dieron, entre otros, Nicolás V(1447-1455) Alejandro VI
(1492-1503) León X (1513-1521) Pablo III (1534-1549). En este
período se vivieron en la Iglesia los acontecimientos más
traumáticos y vergonzantes de su Historia.
Pedro, perdona por recordar estos hechos. Pero negar o pretender
ocultar la historia no es honrado ni evangélico. Incluso se utilizó
la “sencilla imagen de tu barca” como símbolo de la dificultad para
salvarse. Todos tenían que subirse en ella aunque fuera dándose
codazos. Con facilidad se echaba fuera a mucha gente. El diálogo y
el consenso fue sustituido por el ordeno y mando. Y esto ha traído
cola. Con la fuerza del Espíritu, las cosas han ido cambiando en la
forma de utilizar los papas el poder, pero sustancialmente la
organización no ha variado mucho. La estructura eclesial sigue hoy
organizada en dos grupos: por un lado el Papa, Obispos y
Presbíteros, y por otro el pueblo, al que se le llama “laicos”.
Estos dos grupos los definió el Papa San Pio X (1903-1914) en su
encíclica Vehementer Noster con estas palabras: “ En la sola
jerarquía (el clero: Papa, Obispos y Presbíteros) residen el derecho
y la autoridad necesarias para promover y dirigir a todos los
miembros hacia el bien común. En cuanto a la multitud (los laicos)
no tienen otro derecho que el de dejarse conducir dócilmente y
seguir a sus pastores”. Como muestras tenemos los cánones: 333,1: un
poder inapelable. 1404: un poder que no tiene que dar explicaciones
de sus decisiones. 1372 Si alguien recurre a un Concilio o al
Colegio Episcopal contra una decisión del papa, tiene que ser
castigado. Canon 135 Los tres poderes (legislativo, judicial y
ejecutivo) no separados. En la Nueva Ley Fundamental del Estado de
la Ciudad del Vaticano, art 1) se ha optado por un modelo
organizativo pensado en función de la eficacia y no en función de la
profecía. Presenta, por tanto, una organización que puede producir
espontáneamente ”fariseos” y mira con recelo a los “profetas”
Hoy se habla de participación, de corresponsabilidad, pero en
realidad se sigue practicando el poder absoluto. La última palabra
la tendrá siempre en cada grupo el párroco, el obispo, el superior
religioso, el Papa. Y en esta pirámide la autoridad plena y
universal, de la que depende todo en la Iglesia está centrada en un
solo hombre: el Papa. Y, lo más grave de todo es que en esta
estructura el Papa actúa y ejerce a través de La Curia Romana. Se
les marcan a los millones de cristianos esparcidos por el mundo, en
cada momento, las creencias, el modo de relacionarse con Dios, con
los demás hombres, con la naturaleza, con el mundo, pero esta
Estructura Eclesial vacila a la hora de comprometerse en la firma de
los Derechos Humanos, entre los que entra, la “igualdad del hombre y
la mujer”. Y con ello la Iglesia está perdiendo el ritmo de la
historia en el momento actual. Se están abriendo cada vez más
distancias entre la Jerarquía y el Pueblo de Dios. Para la mayoría
de los cristianos, adultos en la fe, la autoridad la tiene el
mensaje de Jesús. Ninguna autoridad puede situarse por encima de
este mensaje.
Pedro, tú mismo viste cómo Jesús hablaba y quería a todos, mujeres y
varones, y sobre todo a los que formabais el grupo de sus íntimos,
de los que después, impulsados por el Espíritu formaríais la primera
Comunidad de testigos de la Resurrección, con un deseo grande de
expansión. Teníais necesidad de comunicar la Buena Noticia hasta los
confines de la tierra. Las mujeres fueron las primeras en ver a
Cristo Resucitado y las primeras en animar y ayudar para que todos
descubrieran que Jesús había resucitado, que se habían cumplido las
Escrituras, que Jesús de Nazaret ya era el Cristo y que todos
vosotros erais testigos y que había que comunicarlo a todo el mundo.
Más que nunca, hoy es necesario recordar que Dios creó al hombre a
imagen suya, a imagen de Dios lo creó; y los creó macho y hembra
”(Génesis 1,27). Hace falta irse a los orígenes para reivindicar con
fuerza que la mujer, igual que el varón, es figura y representación
divina por su naturaleza racional. A la mujer corresponde con
idénticos derechos la gloria de la más alta semejanza y por tanto la
misma libertad personal y dignidad humana. A algunos les cuesta
reconocer que el concepto bíblico “hombre” significa al mismo tiempo
y con la misma fuerza “varón” y “hembra”. En toda la Historia de la
Salvación, la mujer se encuentra junto al varón en los momentos de
perdición y en los momentos de salvación. La mujer tiene una
relación especial con la Salvación. La mujer se encuentra, como
signo en el acontecimiento decisivo de la salvación. Y esta
responsabilidad la tiene dada por el mismo Dios al poner en sus
manos esta Salvación. Dios entra en la creación por la mujer, por el
Sí de María. En Eva, en María, en las mujeres, todas las acciones de
la mujer, aún las más insignificantes y ocultas emanan fuerzas de
destrucción o de vida.
El mundo necesita de la mujer para mantener el equilibrio que Dios
le dio. Y este equilibrio se podrá conseguir de nuevo si las mujeres
de hoy asumen su importante papel y se les deja asumirlo. En los
momentos difíciles, cuando parezca que se cierran todos los caminos,
quedará siempre una última vía de cooperación femenina. Una
cooperación tan necesaria, en los momentos actuales, en el mismo
seno de la Iglesia. El papel de la mujer es esencial.
En la actualidad, muchas religiosas y mujeres seglares preparadas
están ejerciendo los ministerios de servicio e incluso igual que los
que puedan corresponder a una diaconía. Se les confía la dirección
de parroquias, la organización de la liturgia sin el sacrificio
eucarístico, cuando falta el sacerdote; llevan la comunión a los
enfermos y la distribuyen a los fieles, asisten como testigos a los
matrimonios, bautizan, predican o explican la Palabra, presiden las
exequias, están al frente de las catequesis de la parroquia, y, a
veces, hasta cumplen las funciones de vicario pastoral. Ante esta
situación ¿por qué no conferir la ordenación ? ¿Por qué contentarse
con la misión canónica, si, de hecho, tales funciones exigen el
carácter sacramental?. Si las mujeres están cumpliendo una función
diaconal que exige de suyo el orden sacramental, debe conferírseles;
de lo contrario, surge una disfunción en la acción pastoral de la
Iglesia. El restablecimiento del diaconado permanente masculino vale
también para las mujeres, pues sería una contradicción introducir
discriminaciones, cuando no hay ninguna razón teológica que las
justifique. Por eso, esperamos que no tardará en restablecerse en la
Iglesia católica el diaconado femenino, como ya se hace en otras
confesiones cristianas. Pedro, Tú sabes bien que desde un principio,
la igualdad entre varón y hembra entra en el plan divino.
Sobre la ordenación sacerdotal de mujeres, la Iglesia no progresará
sólo con doctrinas y argumentos teológicos. Tendrá que ser la misma
vida y la práctica las que se impongan para caminar hacia delante.
Los cambios vienen siempre desde abajo, desde la base, desde la
comunidad, desde la normalidad.
Nueve Papas han dirigido a la Iglesia durante el siglo XX. Al
principio parecía que iba a ser «el siglo de la Iglesia». La
doctrina social de la Iglesia ha sido clara y dura. Sin embargo, eso
no interesaba a los instalados.
Las grandes encíclicas sociales del siglo XX suelen ser citadas, de
una manera especial, sólo cada vez que se cumple algún destacado
aniversario; cuando se va a escribir otra. Karol Wojtyla en su
“Solicitudo rei socialis” ha dicho a las Iglesias locales que
“podría ser obligatorio enajenar los adornos superfluos de los
templos y los objetos preciosos del culto divino para dar pan,
bebida, vestido y casa a quien carece de ellos”. Pero han sido muy
pocos los que tomaron la iniciativa. Esta Iglesia, de doctrina
social avanzada, hasta Pío XII ha vivido un «espléndido aislamiento»
y alejada de los problemas reales de los ciudadanos. Con el Concilio
Vaticano II tuvo lugar uno de los mayores acontecimientos de toda la
historia del cristianismo. La Iglesia se convertía «ella misma en
motivo de credibilidad» como había soñado cien años antes el
Vaticano I. Pero el siglo XX ha concluido con una fuerte crisis de
la institución eclesial. Y se pretende salir de la crisis no
afrontando los problemas con fe, sino meramente a partir de actos de
autoafirmación o huidas hacia el pasado. Pero, la mayoría de la
gente anhela no una explicación del pasado, sino una justificación
del presente y un sentido del futuro. Es entre los cristianos
«adultos en la fe» donde se da la mayor decepción ante la
institución eclesiástica, Tal vez haya que señalar el año 1.968 y,
en concreto, la aparición de la «Humane Vitae» como una verdadera
bomba en la línea de flotación de la credibilidad eclesial,
desencadenante de una crisis de confianza que, luego, se ha querido
atribuir al Vaticano II y a su posterior aplicación. Pero, la verdad
es que, a lo largo del segundo milenio, la institución eclesial se
negó demasiadas veces a escuchar las voces que reclamaban una
reforma radical, una reforma acorde con los tiempos y capaz de
acomodar la exposición del Mensaje genuino para iluminar los
problemas reales de la vida. Parece que la Iglesia no aprende de las
crisis a que la había ido llevando su situación de poder
sistemáticamente.
La Iglesia llega al tercer milenio dividida, en minoría, con
credibilidad mermada y con cierta perplejidad interna. Pero también
están surgiendo brotes muy importantes de vida y de calidad
cristianas, una fe más libre y más respetuosa, con mayor experiencia
espiritual, mayor seguimiento de Jesús y mayor opción por los
pobres...y luchando para ser pobre. Y esta Iglesia tiene que
enfrentarse ahora a un mundo también en crisis y del que puede ser
útil esbozar algunos rasgos:
- Un mundo muy unificado técnica y económicamente y, a la vez, muy
plural en culturas, épocas históricas e ideas. Un mundo sin
fundamentos absolutos para la convivencia. Con el peligro de que, al
faltar el Fundamento Absoluto cada cual quiera concebir la
convivencia a su manera. Un mundo con clara conciencia de libertad y
de su mayoría de edad. Y, por ello, un mundo que valora la
democracia y busca formas de control del poder. Y donde los
esfuerzos por la plena liberación e igualdad de la mujer deben ser
destacados como una de las más claras señales del Espíritu, como ya
señaló Juan XXIII.
-Un mundo plagado por la injusticia y que puede llevar a fuertes
reacciones de los desesperados, que irán desde migraciones masivas
imparables hasta acciones violentas. Un mundo donde todo se
comercializa y donde hasta lo más sagrado es simple material de
mercado; cansado de palabras e incrédulo frente a todos los grandes
sistemas explicativos globales; pero profundamente sensible a la
biografía concreta cuando ésta transpira coherencia y grandeza
humana; Un mundo con «cáncer ecológico” y dominado por la economía
brutal.
-Un mundo profundamente escéptico sobre sus propias posibilidades y
donde el rebrote positivo de movimientos de solidaridad choca muchas
veces con una profunda sensación de impotencia...
Las observaciones anteriores devuelven toda su vigencia a las
palabras con que Juan XXIII abrió el Concilio Vaticano II, y en las
que alertaba contra... «insinuaciones de almas que, a pesar de su
ardiente celo, no están dotadas de suficiente discreción y mesura
que no ven en los tiempos modernos más que la prevaricación y la
ruina. Que van diciendo que nuestra edad ha empeorado respecto a las
edades pasadas, y se comportan como quienes nada tienen que aprender
de la historia, la cual sigue siendo maestra de la vida... Nos
sentimos obligados a disentir de esos profetas de calamidades, que
anuncian acontecimientos siempre infaustos, como si nos acechase el
fin del mundo». Esa «discreción y mesura», esa serenidad falta de
miedo, y esa capacidad para aprender de la historia, las necesita la
Iglesia en los momentos actuales.
Estas consideraciones puedan llevarnos a la aceptación serena de la
pregunta :¿ Qué le pasa hoy a la Iglesia ? ¿ Está Dios pidiendo
algo a su Iglesia? Y en este caso ¿ Qué es lo que le pide? Debe
servirnos de lección lo que ocurrió con Jesús. Somos seguidores de
un Hombre que fue denunciado y llevado a una cruz infame e
infamante, precisamente por las autoridades religiosas, en aquel
momento legítimas , del pueblo de Dios, que se sintieron molestas
por sus interpelaciones proféticas y sus críticas al sistema
religioso. (Mt.23 y Mc.11,15-18). Luchar por los Derechos Humanos
exige el compromiso de transformar las estructuras que los niegan o
no los subscriben. La Iglesia ha de ser pionera en este desafío por
ser consustancial al Mensaje de Jesús. Podemos y debemos pedir para
nuestra Iglesia, unidad pero no uniformidad. Un solo Señor, una sola
fe, una sola Iglesia, un solo ministerio, pero diversas estructuras
de servicios, legislaciones, culturas, tradiciones, administraciones
y costumbres...Que en la Iglesia permanezca siempre válida la forma
inspirada en San Agustín, que Juan XXIII no dejaba de repetir y el
Concilio Vaticano II hizo suya: “ En lo necesario unidad; en lo
dudoso, libertad y en todo, caridad.”
Pedro, quisiera terminar estas reflexiones inspirándome en el
Concilio Vaticano II: Mujeres todas, sois la mitad de la inmensa
familia humana. Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se
cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo
influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora.. .Estáis
presentes en el misterio de la vida que comienza. Una madre
pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá
probablemente. La sociedad os llama por todas partes... Mujeres que
sufrís de muchas maneras, que os mantenéis firmes bajo la cruz a
imagen de María; vosotras que tan a menudo, en el curso de la
historia habéis sufrido la incomprensión de la misma Iglesia, que
habéis tenido que ocultar vuestro amor por la cobardía del amante,
gritad vuestro derecho al amor sincero y transparente. Mujeres,
vosotras habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el
fin, para dar testimonio hasta el martirio... Mujeres, vosotras
sabéis hacer la verdad dulce, tierna, accesible...Mujeres del
universo todo, cristianas o no creyentes, a quiénes os está confiada
la vida en este momento de la historia, a vosotras toca salvar la
paz del mundo ... Mujeres, casadas con sacerdotes, gracias por
vuestro amor, entrega y generosidad. Muchas gracias...
Gracias también a ti, Pedro, porque me has ayudado a escribir esta
carta.
Y por último, ¿ Es verdad que Dios es Padre y Madre como dijo el
papa Luciani en tan sólo sus treinta y tres días de pontificado...?
Desde Algeciras
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