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ABUSOS SEXUALES DE CURAS Y MISIONEROS. Pepe Rodríguez, escritor

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ABUSOS SEXUALES DE CURAS Y MISIONEROS. Pepe Rodríguez, escritor

Analiza el autor, con datos irrefutables, los gravísimos problemas de abusos sexuales del clero, motivado en gran parte por la normativa absurda del celibato obligatorio

 

Lunes 15 de enero de 2007.
 
 

La reciente publicación, por parte de la revista norteamericana National Catholic Reporter, del contenido de varios informes realizados por las religiosas María O’Donohue y Maura McDonald, que denuncian la violación de cientos de monjas en 23 países, así como embarazos, abortos y un sin fin de tropelías sexuales, ha puesto de nuevo sobre la mesa la espinosa cuestión de la vida sexual del clero católico.

La novedad, ahora, es que el Vaticano ha declarado conocer la existencia de estos delitos sexuales… aunque, tal como es norma de actuación de las autoridades eclesiásticas, no han hecho nada para poner fin a esa situación ni para castigar a los culpables a pesar de que fueron informados de los delitos hace más de 6 años.

Desde los ámbitos católicos intenta quitarse importancia a estos hechos argumentando que “sólo” suceden en países africanos, por una cuestión estrictamente cultural (más abajo analizaremos esta cuestión), pero, lamentablemente, los abusos sexuales del clero católico son muy importantes en todo el mundo, incluidos los países más desarrollados, entre los que está España.

Tal como ya saben la mayoría de los receptores de este e-mail, yo conozco bien la situación española, ya que realicé en 1995 el primer y único estudio riguroso sobre el comportamiento sexual de su clero. Trabajando con una base de datos extraordinariamente amplia (ver la metodología de la investigación en la sección temática “Sexualidad del clero” de mi site web: http://www.pepe-rodriguez.com) y en la constan pruebas irrefutables del historial sexual de casi 400 sacerdotes actualmente en activo, se documentó la siguiente realidad estadística: Entre los sacerdotes actualmente en activo, un 95% de ellos se masturba, un 60% mantiene relaciones sexuales, un 26% soba a menores, un 20% realiza prácticas de carácter homosexual, un 12% es exclusivamente homosexual, y un 7% comete abusos sexuales graves con menores.

Las preferencias sexuales del clero analizado son las siguientes: el 53% mantiene relaciones sexuales con mujeres adultas, el 21% lo hace con varones adultos, el 14% con menores varones y el 12% con menores mujeres. Se observa, por tanto, que un 74% de ellos se relaciona sexualmente con adultos, mientras que el 26% restante lo hace con menores; y que domina la práctica heterosexual en el 65% de los casos, frente al 35% que tienen orientación homosexual. Entre los sujetos con actividad heterosexual u homosexual habitual, el 36% comenzó a mantener relaciones sexuales antes de los 40 años, mientras que el 64% restante lo hizo durante el período comprendido entre sus 40 y 55 años.

Los gráficos y otros datos estadísticos pueden encontrarse en http://www.pepe-rodriguez.com y, claro, en el trabajo original publicado en el libro La vida sexual del clero. Los datos estadísticos mencionados pueden ser extrapolables a la situación que se está viviendo entre el clero católico de otros países con estructura social similar a la española. Otras investigaciones, como la realizada un año antes, 1995, en la Universidad de Salamanca y publicada por el Ministerio de Asuntos Sociales, afloraron un dato no menos trágico: del total de españoles que han sufrido abusos sexuales siendo menores, un 10 por ciento fue abusado por un sacerdote católico.

Cuándo se publicó mi libro, del que en España se han vendido más de 55.000 ejemplares a pesar de la censura impuesta por muchos medios de comunicación, la cúpula del clero español me acusó de mentir y de buscar el escándalo. Curiosamente, ninguno de entre las decenas de sacerdotes y obispos en activo que se mencionan, con su nombre y apellidos, en mi libro, ha presentado jamás una demanda judicial contra mi; la razón es evidente: lo que se cuenta en él es absolutamente cierto, tal como tuvo el valor de reconocer el portavoz de la Conferencia Episcopal portuguesa (ver su carta en mi site web).

Obviamente, también se me acusó de mentir cuando hace años afirmé que en la India, país que conozco bien, se estaba violando sistemáticamente a decenas de monjas por parte de algunos sacerdotes católicos. Sin tener que irnos tan lejos, en España, entre los mismos sacerdotes se conoce el prototipo que ellos llaman “gañán de monjas” o “semental de monjas”, que son sacerdotes especializados en seducir a monjas.

Hasta teólogos católicos muy críticos con la Iglesia, como Enrique Miret Magdalena, gran persona y buen amigo mío, descalificaron mi libro… aunque ahora tengan que tragarse sus propias palabras ante la realidad que ellos mismos denuncian: según el propio Miret Magdalena (Ver El País de 22-3-2001), recientes estudios sociológicos norteamericanos han desvelado que sólo el 2% de los sacerdotes cumple el celibato; mi estudio, en todo caso, se quedaba muy por debajo de este dato porque, tal como ya advertía en él, prefería acogerme a las cifras más modestas posibles, aunque sabía que la realidad del problema era superior.

Nada nuevo tampoco en el dato que aporta Miret sobre norteamérica, ya en mi libro documentaba que, en 1995, unos 400 sacerdotes católicos habían sido ya condenados en USA por delitos sexuales cometidos contra menores y que al menos una cifra similar estaban a la espera de juicio. Las indemnizaciones que ha tenido que pagar la Iglesia católica han sido de miles de millones de pesetas; tanto, que en algunos países la Iglesia católica ha contratado un seguro de responsabilidad civil para responder ante las previsibles demandas contra el clero por delitos sexuales. La situación de Estados Unidos no es atípica ni única, sólo que allá las víctimas no temen enfrentarse a la Iglesia.

En España hay pánico a la institución y por eso apenas se denuncian los abusos sexuales del clero, y en no pocos juzgados se ha protegido con descaro al sacerdote acusado (algunos expedientes judiciales que lo prueban obran en mi archivo). La Iglesia conoce perfectamente esta situación desde siempre y jamás hace otra cosa que no sea encubrir los hechos. Puedo probar decenas de casos de encubrimiento grave por parte de los obispos, pero como muestra basta uno: en mi site web (http://www.pepe-rodriguez.com) puede obtenerse, escaneados, todos los documentos originales que demuestran cómo el cardenal de Barcelona, monseñor Carles, encubrió una red conformada por varios sacerdotes y diáconos que corrompieron sexualmente a no menos de 60 menores y adolescentes.

El cardenal y parte de sus obispos auxiliares (alguno implicado directamente en el caso) no sólo no denunciaron ante la justicia ordinaria el caso sino que tampoco expulsaron del clero, tal como sería preceptivo, a quienes protagonizaron esos desmanes sexuales. En lugar de actuar con honestidad, presionaron a las familias de las víctimas para que callaran y ocultaran lo sucedido y permitieron incluso que quienes entonces eran diáconos fuesen ordenados sacerdotes, actividad que siguen desarrollando hoy día.

Esta brutal hipocresía del clero no sólo viene justificada por el talante de algunos obispos –todavía es una conseja corriente, que me han confesado algunos curas, el que cuando un sacerdote le plantee sus dificultades para mantener el celibato a su obispo éste le aconseje: “Si tienes que ir con mujeres, procura ir con casadas, que con ellas no se nota”; es decir, no te complican la vida y si quedan embarazadas, ya que los medios anticonceptivos son pecado, será el marido quién lo asuma– sino, mucho más grave, por el propio Derecho Canónico que, tal como se documenta en el artículo correspondiente de mi web, obliga a encubrir todos y cada uno de los delitos sexuales cometidos por el clero.

Resumiendo los cánones que se citan en el articulo de referencia, se concluye que el “castigo penal” que la Iglesia católica le aplica a un clérigo que, por ejemplo, haya corrompido sexualmente a un menor (can. 1395.2) se limita a la práctica de alguna amonestación, obra de religión o penitencia (cann. 1312, 1339), realizadas siempre en privado (can. 1340) para que permanezca en secreto la comisión del delito. En todo caso, nunca puede emprenderse un “procedimiento penal” sin antes haber intentado “disuadir” al delincuente para que cambie de comportamiento (cann. 1341, 1347), es decir, que la Iglesia siempre perdona y “olvida” de oficio el primer delito –en este caso la primera relación sexual con un menor– y, en la práctica, también perdona y encubre todos los siguientes. La burla a las víctimas y a la Administración de Justicia es obvia.

Resulta absolutamente inaceptable que en un Estado de Derecho se admita una patente de corso como el Derecho Canónico que obliga a encubrir delitos a fin de impedir que la justicia ordinaria cumpla con su obligación. La situación denunciada acerca de las violaciones de monjas no es sino la punta de un tremendo iceberg que la Iglesia no sabe ni quiere resolver. En todas las encuestas entre sacerdotes, no menos de un 75 a 80 por ciento está a favor del celibato opcional, postura que también defiendo yo en mi libro La vida sexual del clero, pero el actual Papa, por motivos estrictamente personales, lo ha impedido (aunque también ha declarado en privado que será inevitable que eso ocurra, pero no quiere que sea en su pontificado).

No hay duda de que el próximo Papa permitirá el celibato opcional, no sólo porque es justo y necesario, y mejorará la vida afectiva (que es más importante que la sexual) de los sacerdotes que deseen tener una familia, y acabará con infinitas situaciones de abuso, delito e hipocresía, sino porque, además, es un decreto administrativo relativamente reciente y profundamente antievangélico, sin base neotestamentaria ninguna (ver el artículo correspondiente en mi web). Las razones que explican el que cientos de monjas hayan sido violadas por sacerdotes en 23 países son el resultado de varias causas, al margen de la irracional imposición del celibato obligatorio, que pueden actuar conjuntamente, a saber:

1) En muchos países y/o etnias, la figura del adulto soltero es incomprensible, por ello, si un sacerdote quiere tener predicamento en esas comunidades y ser aceptado, debe tener vida marital. Es de sobra conocido que en África hay muchos obispos que tienen una o varias esposas (que incluso acuden al aeropuerto a despedir al Papa en sus visitas) y lo mismo sucede con muchos sacerdotes. Este hecho se repite en algunas áreas latinoamericanas.

2) La Iglesia tiene problemas graves para enrolar en su barco a nuevos sacerdotes, así que, en muchos países, admite a varones de las clases más bajas que ven en el sacerdocio un modus vivendi, tal como ya sucedió en la Edad Media, la época más brutal en cuánto a la delincuencia sexual del clero. Esos varones, al margen de su cultura étnica de nulo respeto hacia la mujer, al verse investidos del poder y prestigio que concede su cargo eclesial, no encuentran el menor impedimento, por parte de mujeres culturalmente sumisas, para dar rienda suelta a sus instintos sometiendo sexualmente a monjas y feligresas (de las que no se habla en los informes de las religiosas, pero que seguro aportan un número de víctimas muy superior). El patético barniz cultural y teológico que se da en la formación durante el periodo de seminario, no puede poner coto a estos desmanes porque no forma en valores humanos sino en ardor evangelizador, que es algo años luz alejado del mensaje que se lee en los Evangelios.

3) A lo anterior su suma una práctica vergonzosa y nefasta: en España, cuando un sacerdote comienza a tener problemas por ser pública su actividad sexual con menores o con adultos de ambos sexos, primero se le traslada de parroquia para ocultar los hechos, pero, si persiste su actividad sexual, el obispo de su diócesis pone los medios económicos para que el delincuente sexual se marche a instalarse en Latinoamérica o África. A la cúpula de la Iglesia le preocupa más el escándalo que el hecho de que un sacerdote abuse de menores, por eso los envían lejos, saben que las clases más humildes de un país tercermundista no acuden jamás ante un juzgado. Problema resuelto para todos. No hay escándalo y el cura puede satisfacer su perversión sin límites.

4) Este tipo de situaciones persisten, tanto en países del tercer mundo como en los más desarrollados, porque la cúpula eclesial, que siempre y sin ninguna excepción conoce los casos, siempre los encubre. En los casos en que la mujer victimizada, ya sea amante fija del sacerdote, mujer embarazada por una relación ocasional o víctima de violación, acude al obispo de la diócesis en demanda de justicia, éste siempre la culpabiliza a ella y la hace responsable de haber seducido a un santo varón con traje talar; la amenaza del infierno por su pecado horrible es lo menos que deben escuchar esas pobres mujeres. Miles de mujeres en el mundo están o han pasado por esta situación.

A pesar de mi dura crítica a la Iglesia, saben todos los que leen mis libros, entre ellos cientos de sacerdotes católicos que apoyan mi trabajo, que no soy anticlerical. Mi crítica va contra una situación injusta, hipócrita y delictiva que perjudica a todos, siendo las principales víctimas los propios sacerdotes y el gran colectivo de las mujeres, ya sean monjas, mujeres de Iglesia o cualquiera otra. La actitud de la cúpula católica con respecto a la mujer es profundamente lamentable (ver el artículo correspondiente en mi web) y debería cambiar con la máxima rapidez en beneficio de todos, también de la propia Iglesia, dado que la gran mayoría de su personal laboral y de sus creyentes son mujeres. Quiero dejar constancia, también, de que hay cientos de sacerdotes honestos, que dan su vida por los demás y a los que siempre he apoyado y apoyaré, tanto en lo personal como mediante notables aportaciones económicas para sus proyectos en el Tercer Mundo.

No es lícito decir que todo es basura dentro de la Iglesia, porque es injusto y no es verdad. Pero tampoco cabe aceptar la cretinez que monseñor Guerra Campos le espetó a la presidenta de la Asociación de Padres y Amigos de Deficientes Mentales de Cuenca (ASPADEC) cuando fue a solicitarle que pusiese bajo tratamiento psiquiátrico al sacerdote Ignacio Ruiz Leal, acusado de haber abusado sexualmente de tres disminuidos psíquicos de ASPADEC. El prelado ultraconservador le respondió: “¡Señora, lo que usted me cuenta es imposible, los sacerdotes no tenemos sexo!”.

Los sacerdotes no sólo sí tienen sexo, sino que lo usan y hacen mucho daño con él. Desde dentro y desde fuera de la Iglesia hay que luchar para que esta situación se acabe de una vez. Dado que la Red nos permite comunicarnos sin censuras, este mail se ha enviado a unas 2.000 direcciones de 14 países. Si tu estás de acuerdo con su contenido, y te parece razonable, envíale una copia a tus amigos. Es hora de que el debate social ayude a cambiar la grave y enquistada situación de abusos sexuales que se vive dentro de la Iglesia. Gracias por tu colaboración. Pepe Rodríguez http://www.pepe-rodriguez.com

(Escrito enviado por Franz Wieser de Perú)

 

 

 

 ABUSOS SEXUALES DE CURAS Y MISIONEROS. Pepe Rodríguez, escritor

 
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