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El cristianismo, religión laica. Juan José Tamayo

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El cristianismo, religión laica. Juan José Tamayo

Lunes 24 de noviembre de 2008.
 
 

Fuente: Atrio

Sorprende la oposición, en algunos casos numantina, de ciertos sectores cristianos y de organizaciones políticas conservadoras vinculadas a la Iglesia católica al proceso de secularización, al fenómeno del laicismo y a la laicidad del Estado y de sus instituciones, así como su constante demanda de la presencia de Dios en el espacio público y su irrefrenable tendencia a confesionalizar instituciones como la escuela, los medios de comunicación, la universidad, etc.

Y digo que sorprende porque ellos tendrían que ser los más firmes defensores de la laicidad ya que el cristianismo nace como religión laica y posibilita la secularización de la sociedad. Vamos a intentar demostrarlo a través de la figura de Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo y de los primeros siglos del cristianismo

El laico Jesús de Nazaret

- Jesús no pertenecía a familia sacerdotal alguna, ni al stablishment religioso. No fue funcionario del Templo ni tenía el reconocimiento de intérprete de la Ley. No legitimó la alianza de las autoridades religiosas del judaísmo con las autoridades políticas del Imperio romano invasor. Fue un creyente laico que vivió su fe en el horizonte de la libertad.

- Adoptó una actitud crítica frente a los pilares en que descansaba la religión, siguiendo la tradición de los profetas de Israel y adelantándose en muchos siglos a la crítica moderna de la religión.

Cuestionó en su raíz la configuración sagrada de la realidad: los tiempos sagrados (fiestas y novilunios); los lugares sagrados (el Templo, lugar del culto, de la presencia de Dios y de recaudación de impuesto: espacio de alianza con el poder Imperial; absolutizado por sus correligionarios fundamentalistas); los tiempos sagrados (el sábado, fiesta judía por excelencia: “el sábado está hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”); las acciones sagradas (el culto, que no va acompañado de la práctica de la justicia) y propone como alternativa la misericordia, la compasión como virtud radical, la solidaridad con las personas que sufren; las personas sagradas (crítica a los sacerdotes por su exceso de celo en el culto y su insensibilidad hacia la injusticia, hacia el sufrimiento ajeno), y pone como ejemplo a seguir a un samaritano, considerado hereje, por su ayuda al prójimo malherido; las autoridades religiosas: que se presentaban como representantes y portavoces de Dios y no predicaban con el ejemplo; la propia Ley, Torá, cuando cae en legalismo, atreviéndose a corregirla, a incumplirla y justificando su incumplimiento, y colocando al ser humano y sus necesidades por delante de la ley.

- La libertad y la dignidad de los seres humanos constituye el centro del mensaje, de la vida y de la práctica de Jesús. Una libertad que no se queda en el plano intimista, sino que le lleva a realizar prácticas de liberación orientadas a devolver la libertad y la dignidad a las personas a quienes la religión y la sociedad se las negaban: enfermos, posesos, pobres, publicanos, mujeres, pecadores, prostitutas. Acoge a los paganos en su movimiento, los invita a formar parte de él y les abre las puertas del Reino. Comparte mesa con los excluidos, lo que produce un fuerte escándalo en la sociedad puritana de su tiempo. Osa afirmar que los pecadores, los publicanos y las prostitutas preceden en el Reino de los cielos a los judíos cumplidores de la ley, y pone la defensa de la vida y de la dignidad por delante.

- En uno de los textos más emblemáticos del Nuevo Testamento, critica el poder, todo poder, y propone como alternativa el servicio (Marcos 10,42-43).

- Puso en marcha un movimiento laico. El movimiento de Jesús no es una institución sacerdotal que prolongara el sacerdocio judío, sino una comunidad de iguales, hombres y mujeres, en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo de su tiempo. Incorporó a las mujeres al grupo de seguidores y seguidoras en igualdad de condiciones que los varones, sin discriminación por razones de sexo. Fue dentro de dicho movimiento donde las mujeres recuperaron la dignidad y la ciudadanía que, la religión y la sociedad patriarcales les negaban. Se opuso a las normas y a las prácticas discriminatorias para con las mujeres, como el libelo de repudio, que las dejaba a merced de todos los abusos, y a la lapidación por adulterio, que estaba contemplada en la ley, y dijo a los acusadores, todos varones, que quien estuviera libre de pecado -de adulterio, se entiende-, tirara la primera piedra.

El cristianismo primitivo a favor de la libertad religiosa, pilar del estado laico

- La libertad religiosa, principio fundamental del cristianismo primitivo. El cristianismo primitivo vivió separado del Imperio romano y nunca buscó su reconocimiento como religión oficial, menos aún sus favores. El Imperio, que se mostraba tolerante con la religión judía como nación sometida y con los cultos de otros tantos pueblos dominados, actuaba de manera intolerante con el cristianismo, al que persiguió con especial dureza. Los cristianos eran considerados ateos por no adorar a los dioses de Roma, por rechazar el culto al Emperador y no reconocerlo como Señor. Para ellos sólo Jesucristo era el Señor (O Kyrios). Esa actitud constituía un atentado grave contra el Estado y les valió la acusación de “ateos” (atheoi).

En ese clima la libertad religiosa constituye el principio fundamental del cristianismo primitivo. Escribe Tertuliano: “Es un derecho humano fundamental, un privilegio de la naturaleza, que todos los seres humanos procedan de acuerdo con sus propias convicciones. La religión de una persona ni perturba ni ayuda a otra. No está en la naturaleza de la religión que se imponga por la fuerza”. Del mismo parecer es Lactancio, para quien “no hay nada tan voluntario como la religión; ésta desaparece y se hace nula si el sacrificio es ofrecido contra la propia voluntad”.

En plena crisis arriana san Atanasio defendió la libertad religiosa y se opuso al uso de la violencia contra los herejes: “Lo propio de una religión no es imponer, sino persuadir. El Señor no hizo violencia a nadie. Dejaba libres a todos y les decía: ‘Si alguno quiere seguirme…’”.

La secularización, en la entraña del cristianismo

- La secularización (laicismo) no es enemiga de la concepción cristiana del mundo, sino que se encuentra en su misma entraña y es una exigencia interna e ineludible del cristianismo. Lo expresa con precisión teológica J.-B. Metz en los siguientes términos: la secularización del mundo “ha surgido en su fondo, aunque no en sus distintas expresiones históricas, no como algo que va contra el cristianismo, sino como algo que nace por medio del cristianismo. Es un acontecimiento originalmente cristiano“. Dios acepta el mundo en su hijo Jesús de Nazaret. Su aceptación es sincera y auténtica, pero en clave dialéctica, es decir, en actitud de protesta y teniendo en cuenta las contradicciones que ofrece el mundo.

- El cristianismo es una religión histórica. La historia es un elemento intrínseco de la fe cristiana. Por ende, la historia de la salvación se inscribe en la historia del mundo, en la historia de la liberación integral. El Dios cristiano actúa históricamente en el mundo, sin absorberlo ni violentarlo. De esa manera lo libera respetando su carácter secular. Dios asume el mundo como otro, en cuanto distinto de él, no en cuanto prolongación o emanación divina. La desmitificación del mundo que pone en marcha el cristianismo desemboca en lo que Metz llama “ateísmo cósmico”.

- La desacralización de la política y del poder vuelve a aparecer en el cristianismo primitivo. Los cristianos y las cristianas rezaban por el emperador, pero no se sometían a sus dictámenes, ni le rendían culto. Aceptaban el poder político, aunque con condiciones, y se negaban a reconocer su carácter divino o sagrado. Por eso fueron perseguidos. La religión, que operaba como elemento legitimador de la autoridad política establecida, en el caso del cristianismo se distancia del poder y renuncia a convertirse en fuente de legitimación.

Los cristianos, no se distinguían de los demás seres humanos, salvo por la ejemplaridad de su vida

- Los cristianos y las cristianas de los primeros siglos vivieron, al decir de Bonhoeffer, una “mundanidad santa”: la santidad en el mundo, una santidad en tensión con la mundanidad y viceversa. La Carta a Diogneto, escrito cristiano del siglo III, constituye un buen relato de la experiencia de la santa mundanidad vivida por los cristianos y cristianas de la primera hora:

“V. 1. Los cristianos… no se distinguen de los demás seres humanos ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3…Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. 4. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes”.

- El cristianismo primitivo inspiró la separación entre la Iglesia y el Estado (Imperio), vigente hasta la ulterior alianza entre ambos, la llamada “Alianza entre el Trono y el Altar”, que bien puede calificarse de pacto contrario al fundador del cristianismo y que pone en marcha un proceso sacralizador imparable que va a durar hasta bien entrada la modernidad bajo diversas modalidades.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”. Universidad Carlos III de Madrid y autor de “Desde la heterodoxia. Reflexiones sobre laicismo, política y religión” (El Laberinto, Madrid)

 

 

 

  El cristianismo, religión laica. Juan José Tamayo

 
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