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Carta blanca a los obispos para que puedan echar a cualquier cura. José Manuel Vidal

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Carta blanca a los obispos para que puedan echar a cualquier cura. José Manuel Vidal

El celibato obligatorio de los curas hace aguas por todas partes y en todas partes. Tanto en la teoría como en la práctica. Véase los dos obispos de la República centroafricana o el padre Alberto Cutié. Por citar sólo dos casos famosos y recientes.

 

Sábado 6 de junio de 2009.
 
 

La respuesta del Vaticano no se hizo esperar. Roma da una vuelta de tuerca más en la defensa del celibato obligatorio. Y concede poderes máximos a la Congregación del Clero y a los ordinarios para que puedan utilizar la reducción al estado laical como una "pena".

Es decir, por encima y sin someterse al Derecho Canónico. Carta blanca para echar a los que no se sometan a la disciplina eclesiástica. Y eso que en la propia Curia romana hay diferentes sensibilidades ante el tema. El propio ministro del clero del Papa, cardenal Claudio Hummes, presentó las nuevas normas vaticanas como un signo de apertura. Venía a decir el purpurado brasileño que, a partir de ahora, sería más fácil conseguir la secularización a los curas que convivan con una mujer y que tengan hijos. Hay que recordar que Hummes, recién elegido prefecto de la Congregación del Clero en 2006, reconocía que "el celibato no es un dogma, sino sólo una norma disciplinar".

Pero el Papa no parece estar de acuerdo con la presentación que de la nueva normativa hizo Hummes. Y, al día siguiente, salió a la palestra el número dos de la Congregación del Clero, Mauro Piacenza, en Radio Vaticana. Con una versión de la nueva normativa absolutamente contraria a la de su jefe inmediato. Y es que según Piacenza, a partir de ahora, los castigos para los curas que violen la promesa de la castidad o la doctrina serán mucho más severas. Es decir, cualquier situación de grave indisciplina por parte de los curas puede ocasionar la reducción al estado laical que, se convierte, con las nuevas normas, en un auténtica "pena" con "la consiguiente dispensa de todos los derechos y obligaciones que conlleva la ordenación sacerdotal".

Nuevas normas que quedan al albur de la interpretación de la Congregación (sin estar sometidas al Derecho Canónico) y, sobre todo, de los ordinarios del lugar. Puerta abierta a eventuales arbitrariedades episcopales. Y no sólo en el ámbito sexual, sino incluso doctrinal. Cualquier cura podrá ser acusado de "grave indisciplina" y, automáticamente, el obispo lo podrá echar, es decir lo podrá reducir al estado laical. Sin defensa y sin juicio.

Y, además, la normativa no se ha hecho pública, al menos por ahora. ¿A qué viene tanto secretismo? ¿Encajan estas nuevas normas con el Derecho Canónico y con las garantías procesales que cualquier cristiano, tamibén los curas, deben gozar en la Iglesia? ¡Cómo estarán las cosas para que, a estas alturas, haya que acordarse del Derecho Canónico!

Por mucho que se empeñen algunos en Roma, el tema del celibato nunca ha estado cerrado. Y nunca lo estará. Aunque sólo sea porque un carisma impuesto es menos carisma. ¿Por qué tanta resistencia al celibato opcional? ¿Sólo por cuestiones económicas y de logística, disfrazadas de doctrinarismo y tradición? Se abrirán al celibato opcional cuando no tengan más remedio por falta de vocaciones. Y, mientras tanto, a aguantar, a pecar fuera de la propia diócesis y a dejar abandonados a los fieles que no pueden asistir a la eucaristía por falta de presbíteros. Alguien tendrá que pedirles cuentas

 

 

 

 Carta blanca a los obispos para que puedan echar a cualquier cura. José Manuel Vidal

 
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