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Callar no conduce a nada (Nº 0)

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Callar no conduce a nada (Nº 0)

Sábado 30 de junio de 2001.
 
 

Tiempo de hablar -Tiempo de Actuar (Febrero 1979)

CALLAR NO CONDUCE A NADA

Febrero 79

Hay cosas que, espontáneamente, uno se resiste a decir. Yo diría que, si fuera posible, hasta evitaríamos pensarlos. «¡Es mejor no hablar!» Así solemos decir cuando entre amigos la cosa ha llegado a ese punto en que no es fácil el acuerdo.

«De esto, ¡ni una palabra más!», se oye en la familia cuando la cues­tión política enfrenta a las generaciones, o los que votan por uno u otro bando.

¿Será bueno charlar de lo que está pasando con el ministerio obligato­riamente célibe en la Iglesia?

No pensar, ya es imposible. Al menos, preferiría uno callar. Pero ya no podemos. El fardo se ha hecho demasiado pesado. Y entre amigos, y en familia, una de dos: o nos queremos con lo que somos y sentimos, o se nos muere la amistad y se nos queda vacía -la relación de¡ hogar.

Hay que romper silencios. Es preciso denunciar -evitando todo juicio a las personas- dos tipos de silencio.

Un silencio mayor Cuando un sacerdote, después de años de «lucha» interior e íntima, llena

de reflexión y de dudas, se decide con su compañera a publicar esa deci­

sión de vida en común, ¡os mayores Obispos) suelen callar.

Callan. O se expresan así:

«Si lo has pensado bien, ¿qué te voy a decir yo?» «Cuenta con mi amistad, mi oración. Me gustaría estar cerca de los que

vivís situaciones duras.»

«Sí. Es difícil que la Iglesia cambie en esto.»O no saben qué decir, qué contestar ante el espesor de muchas dudas y dolores; o te dan una palmada cariñosa, como quien te acompaña en el sentimiento...

Ciertamente reconfortan gestos de repeto personal, de afecto y de amis­tad. Pero el peso de una ruptura se queda clavado en las mismas y más solas espaldas.

Los Mayores de la Iglesia no tienen más mano que echar, no tienen más voz que levantar... (?).

Silencio respetuoso que, al llegar a instancias cada vez más altas, se sintetiza así: «S.S. Juan Pablo II no piensa firmar ningún permiso de secu­larización hasta tanto él repiense el problema, porque la realidad ha re­basado totalmente la intencionalidad de Pablo VI al firmar -las primeras secularizaciones (cosas escandalosas), quedando reducido el sacerdocio hoy a sacerdocio ad tempus: lo cual estaba fuera de la mente de dicho

Papa» (explicación dada hace unos días por su Obispo a un cura que tiene paralizado su expediente).

¿Puede el Papa actuar y decidir solo? ¿Puede tanto respeto de Obispos dejarle solo con su perplejidad?

Soledad de -los Mayores -y silencio consecuente- que llega a con­vertir en asunto personal, del Papa el problema de muchas comunidades cristianas y de muchos sacerdotes. Problema que se decide desde una «in­tencionalidad» de un Papa, desgajada de ‘la «intencionalidad» del Pueblo de Dios, que siente, sufre, goza, se solidariza en la vida de cada día, que es lugar de construcción del Reino de Dios.

Muchos silencios menores Y mientras, Juan, Pedro, Antonio..., seguimos callando. ¿A quién se lo podemos decir -pensamos- sin convertirnos en centro de miradas, o co­mentarios bajo cuerda? Callando el crecimiento de un afecto que trastoca todo, y ala vez, respeta y a su manera renueva la vocación de servicio eclesial.

Y no somos dos o tres casos aislados. Tampoco escandalosos. ¿Cómo escandalizarnos de que queremos crecer en compañía y así anunciarlo a la comunidad? A veces, viviendo el escándalo que supone vernos obligados a ocultar lo que se quiere gritar en los caminos. Asustados, porque en la patria -de la luz y la verdad, se impone (o se acepta) la clandestinidad.

Y en cuanto al número, ¿qué decir? En estos casos, no vale dar cifras a ojo. Solemos creernos lo que sospechamos, tememos o deseamos. Y ade­más, ¿por qué dar esas cifras, si bastaría -preguntar de una forma clara y ordenada, sobre un asunto que afecta tan radicalmente a la Iglesia?

Este silencio de los menores, no quiere decir silencio menor o menos importante, en la situación que hoy vive la Iglesia.

Perspectiva de futuro· Romper el silencio. Todos somos responsables de esta falta •de luz en la Iglesia, o por miedo, o por falta de respeto a las situaciones y personas, o por no escuchar toda la carga de presencia del Es­píritu que pueden reflejar.

· Adoptar posturas activas. La Iglesia vive con temor y temblor las llamadas del Espíritu. Pero las sigue. Cambiar nunca será posible si renunciamos a opciones por el Reino.

· Unidos. Está claro que el punto decisivo en esta batalla que nos ganan, está en separarnos, hacer de esto un asunto personal, de falta de espiritualidad o generosidad. Es un problema colectivo y como tal debe ser tratado.

· Contando con todo el Pueblo de Dios. No para utilizarle en provecho de una reivindicación nuestra, sino para hacerle consciente de que es un tema que le afecta en toda su configuración, de que es él el primer -perjudicado de una situación como ‘la que denunciamos.

Juan M. de Miguel Madrid

 

 

 

 Callar no conduce a nada (Nº 0)

 

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