Soy de la generación que conocí a un Dios lejano, controlado por los expertos, que manipulaba conciencias, atemorizaba al personal y nos dividía en buenos y malos. Ese Dios que olía a incienso, a confesionario, a reclinatorio, a oscurantismo, a indulgencias, a velo y devocionario, a lejanía, a ojo controlador, a sacrificios para conseguir la santidad y a convertir el cuerpo y al sexo opuesto en enemigo mortal.
Más tarde tuve la suerte de descubrir al Dios de Jesús, sencillo, sin oropeles ni distancias, que llamaba a unos a dejarlo todo y a seguirle, en la vida religiosa y a otros a seguirle en la vida familiar, pero que invitaba a todos a la igualdad, a la fraternidad y a la felicidad. Este Dios que nos unía, se volvía cercano, rompía distancias, púlpitos y oropeles democratizaba la vida y nos puso en marcha (...)