MANIFIESTO DEL PSOE SOBRE LA LAICIDAD
LECTURA CRÍTICA DEL MANIFIESTO
LAICISMO Y LAICIDAD
LAICIDAD Y LAICISMO
CONDENADOS A ENTENDERSE
 

 

MANIFIESTO DEL PSOE SOBRE LA LAICIDAD

… Nuestra Norma básica (La constitución Española) sienta las bases para el desarrollo de otro tipo de diversidad: el que deriva del libre y plural ejercicio del derecho de libertad de conciencia de todos sus ciudadanos. En un momento como el actual, en el que el fenómeno migratorio está convirtiendo a la sociedad española en una sociedad multicultural, es preciso recordar y reafirmar el valor de un principio constitucional, el de Laicidad, cuya vigencia es esencial para que nos hallemos en grado de revalidar los ya veintiocho años de convivencia en libertad que han conducido a España a un estatus de progreso y estabilidad sin precedentes. Y ello porque la Laicidad se configura como un marco idóneo y una garantía de la libertad de conciencia donde tienen cabida todas las personas con independencia de sus ideas, creencias o convicciones y de su condición personal o social, siendo por ello requisito para la libertad y la igualdad.
Los fundamentalismos monoteístas o religiosos siembran fronteras entre los ciudadanos. La laicidad es el espacio de Integración.
Sin laicidad no habrían nuevos derechos de ciudadanía, serían delitos civiles algunas libertades como la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio entre personas del mismo sexo,… y dejarían de ser delitos el maltrato a la mujer, la ablación o la
discriminación por razón de sexo. Sin laicidad sería difícil evitar la proliferación de conductas nada acordes con la formación de conciencias libres y críticas y con el cultivo de las virtudes cívicas.
Desde la laicidad se garantiza la convivencia de culturas, ideas y religiones sin subordinaciones ni preeminencia de creencias, sin imposiciones, sin mediatizar la voluntad ciudadana, sin subordinar la acción política de las Instituciones del Estado Social y Democrático de Derecho a ningún credo o jerarquía religiosa. La Laicidad es garantía para desarrollar los derechos de ciudadanía ya que el Estado Democrático y la Ley, así como la soberanía, no obedecen a ningún orden preestablecido de rango superior, pues la única voluntad y soberanía es la de la ciudadanía.
Creemos que el respeto a todas las opciones que suscita la vida personal y social, el respeto de la discrepancia y de la diferencia y la apreciación de la riqueza de la diversidad de concepciones y valoraciones son pilares esenciales del entendimiento democrático. Sin embargo, el cultivo del derecho de libertad de conciencia y la autonomía moral, ideológica o religiosa de los individuos, debe conciliarse con la potenciación del mínimo común ético constitucionalmente consagrado integrado por el conjunto de valores que constituyen las señas de identidad del Estado Social y Democrático de Derecho: igualdad, libertad, justicia, pluralismo, dignidad de la persona y derechos fundamentales.
En una sociedad cada vez más plural en la que se hallan en circulación pluralidad de códigos éticos, fruto, entre otros factores, de la generalización de los movimientos migratorios, uno de los desafíos más importantes que se plantean a los poderes públicos tras veintiocho años de vigencia constitucional, es contribuir a la formación de “conciencias libres, activas y comprometidas” con el “mínimo común ético constitucional”, esto es, con el patrimonio común de valores constitucionalmente consagrado…

 

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LECTURA CRÍTICA DEL MANIFIESTO

Fernando Sebastián
Arzobispo de Pamplona

El manifiesto hecho público por la dirección del Partido Socialista organiza su argumentación en torno al concepto de laicidad, aunque parece que se confunde con laicismo. Para los católicos, laicidad del Estado y de las instituciones políticas significa neutralidad ante las diferentes preferencias religiosas de los ciudadanos. El Estado reconoce el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos y favorece su ejercicio, sin hacer suya ninguna religión en concreto ni discriminar a ningún grupo por razones religiosas.
Este concepto de laicidad ha sido expresamente aceptado por el magisterio reciente de la Iglesia y forma parte de la visión de la democracia hoy dominante en los ambientes católicos. En cambio, cuando hablamos de laicismo entendemos aquella actitud por la que el Estado no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo que forma parte del bien común de los ciudadanos, que debe ser protegido por los poderes públicos, sino que la considera más bien como una actividad peligrosa para la convivencia, que debe por tanto ser ignorada, marginada y aun políticamente reprimida.
Los autores del Manifiesto quieren resolver el problema que la pluralidad cultural de los ciudadanos puede suponer para la convivencia. Un fin bueno e importante. El error está en que, en vez de entender el ejercicio de la autoridad como un servicio al bien común de los ciudadanos, incluido el ejercicio de la libertad religiosa, se da por supuesto que las religiones no pueden proporcionar convicciones morales comunes capaces de fundamentar la convivencia en la pluralidad, sino que son fuente de intolerancia y de dificultades para la pacífica convivencia. Por lo cual, es preciso recluirlas a la vida privada y sustituirlas en el orden de lo social y de lo público por un conjunto de valores denominados “señas de identidad del Estado Social y de Derecho Democrático”, sin referencia religiosa alguna, impuestos desde el poder político, a los que se concede el valor de última referencia moral en la vida pública.
En esta manera de razonar se oculta una visión empobrecida y desfigurada de la religión. El Manifiesto dice: “Los fundamentalismos monoteístas y religiosos siembran fronteras entre los ciudadanos”. ¿Se quiere decir con ello que los monoteísmos y las religiones en general son siempre fundamentalistas? Porque si fuera de otro modo, no valdría el argumento. Al menos en lo que se refiere a la religión cristiana y católica, esta manera de ver las cosas no responde a la realidad y resulta objetivamente ofensiva. Fe cristiana y fundamentalismo son dos cosas distintas. Más todavía: cualquier religión, vivida auténticamente, no es fundamentalista. Porque Dios no es fundamentalista. El fundamentalismo implica intolerancia, se vista de monoteísmo o de laicismo. Los católicos entendemos las cosas de otra manera.
La proyección social y política de la fe y de la caridad es capaz de sustentar un orden democrático de convivencia en una sociedad libre y plural, con tal de que las religiones, asumidas libremente por los ciudadanos, adopten entre sí una posición respetuosa y tolerante, y sean capaces de ampliar estas mismas actitudes hacia los sectores laicos no religiosos.
Es posible que los autores del Manifiesto piensen de otra manera y tengan la convicción de que las ideas religiosas son incapaces de fundamentar un comportamiento social aceptable. Tal manera de pensar se manifiesta cuando dicen, por ejemplo, que sin la laicidad no hubieran podido ser consideradas como delitos algunas prácticas rechazables, como la ablación o la violencia familiar. Así se explica también que el texto entienda el concepto de laicidad como un verdadero laicismo, que no se conforma con la neutralidad religiosa del Estado, sino que lleva a desplazar las ideas religiosas y sustituirlas por otros valores sin referencia religiosa alguna. Estos valores, entendidos de manera absoluta, sin referencia a un orden moral objetivo, pueden ser interpretados como convenga en cada caso, hasta reconocer como verdaderos derechos algunas prácticas incompatibles con principios morales fundados en la recta razón y recogidos en la Constitución, tal es el caso de la legitimación del aborto, la producción y destrucción de embriones humanos con fines interesados, el reconocimiento de los pactos de convivencia entre personas del mismo sexo como verdadero matrimonio, etc. Tales cosas no son fruto de la laicidad sino de la supresión de criterios verdaderamente morales en el ordenamiento de la vida pública y en el ejercicio de la autoridad. El futuro no está en un laicismo obligatorio, sino en el diálogo honesto y sincero de las religiones entre sí y con los sectores laicos.
El protagonismo reconocido en el Manifiesto a los valores laicos de ciudadanía y convivencia, no solamente desplaza la influencia ética de las religiones, sino que se impone incluso sobre el sentido más obvio del texto constitucional. Varias expresiones del Manifiesto hacen pensar que sus autores argumentan más desde una ideología laicista, previa al texto constitucional, que a partir del texto objetivo de la Constitución de 1978. De otro modo no se explica la innecesaria equiparación de la Constitución de 1931 con la de 1978 como muestra de la “más alta plasmación” de la vida democrática del pueblo español. Da la impresión de que se quiere presentar la Constitución de 1931 como complemento y referencia interpretativa de la Constitución actualmente vigente. ¿Es que el ejercicio de la soberanía de la nación española que sustenta el texto constitucional de 1978 no fue suficiente? ¿No fue, al menos, tan pleno y eficaz como el de 1931? En el Manifiesto se presenta la laicidad como un principio esencial de la Constitución actual, pero este término no aparece en el texto constitucional, aunque sí esté presente esta idea con expresiones equivalentes. Se pretende definir las relaciones de las instituciones políticas con las religiones y con la Iglesia católica sin hacer la menor referencia al art. 16 de la Constitución vigente. Y se quiere también describir la naturaleza y la función social de la educación sin tener en cuenta ni aludir siquiera al art. 27.
El ritmo y la estructura del texto hace pensar que está elaborado para justificar la existencia y la imposición de la nueva asignatura educación para ciudadanía. Se dice que los poderes políticos tienen que contribuir a formar las conciencias de acuerdo con el “mínimo común ético constitucional”. Reconocer al poder político como legítimo formador de las conciencias de los ciudadanos puede ser una afirmación peligrosa. El recurso a ese mínimo ético constitucional implica algo que no se dice, que es la facultad de interpretar el sentido de esos principios éticos que se reconoce al poder político. Sin respetar los principios morales de los ciudadanos, ni siquiera el sentido evidente del texto constitucional. En cambio, una visión verdaderamente democrática obliga al poder político a respetar las convicciones religiosas y morales de los ciudadanos sin que tengamos que someter nuestra conciencia a los criterios de los gobernantes.

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LAICISMO Y LAICIDAD


Antonio Duato


Laicismo y laicidad son conceptos que se prestan mucho a la polémica.
“Laicidad” tiene un carácter positivo, de respeto a la conciencia de los individuos y de no implicación de las creencias religiosas en la estructuración del marco político ni de las instancias políticas en las creencias de los individuos y de las comunidades religiosas. El mismo Sebastián reconoce que la Iglesia desde el Vaticano II acepta la laicidad, es decir, la autonomía de la política para establecer sus leyes.
El documento del PSOE habla sólo de laicidad, nunca de laicismo, y dice que en España todavía hay falta de laicidad, es decir, excesiva ingerencia -o excesivo temor a las presiones- de las instancias religiosas. Y este documento lo lee el Arzobispo de Pamplona como muestra de verdadero “laicismo”, es decir, como agresión sectaria contra todo lo religioso.
¿Tiene razón Sebastián? ¿O más bien, con su crítica al “mínimo ético constitucional” y con su agarrarse a los artículos de la Constitución en los que se hace referencia privilegiada a la Iglesia católica está pidiendo un régimen menos laico, en que la Iglesia siga como “censor” supremo de lo que es ético y de lo que no es?
¿O no lo es? Tal vez no sea muy laico, porque favorezca en demasía al catolicismo, violando esas “condiciones de igualdad y de proporcionalidad”.
Tal vez quiera ser laicista; personalmente no lo creo, aunque sí pienso que muchos lo quisieran, pero son una minoría.”
Personalmente estoy de acuerdo en que el estado español y la política actual del gobierno es laica, no laicista. La misma sordina que ha puesto a este documento que podía parecer inoportuno, lo demuestra. En todo caso, puede aparecer a algunos como una política poco laica aún, por ser demasiado obsequiosa con la Iglesia católica y sus privilegios concordatarios, más por el peso histórico e internacional que por el peso real que hoy tenga la Iglesia en las conciencias de la mayoría.
Sea lo que sea, por favor, no atribuyamos a Zapatero lo que alguna maestra haga con las figuras del Belén. Lo habrá hecho no siguiendo consignas sino por decisión personal, creyendo tal vez la celebración escolar de la Navidad podía ofender a los alumnos musulmanes. Pero si hubiese tenido más cultura islámica podría haber mostrado a unos y otros que también el Corán habla con gran respeto de Jesús -y de María- y que no se prohíbe a un musulmán celebrar la navidad ni a un cristiano participar en una fiesta del Ramadán.

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LAICIDAD Y LAICISMO

Aitor Orube

No se trata de dar definiciones ex cátedra. El disentir es normal y se puede expresar ese disentir en el marco del  diálogo y del respeto mutuo, lo que es normal en un sistema democrático o como dice Juan Masiá se puede dar una discrepancia cariñosa y un disentir responsable. Aquí tratamos de educarnos y ahondar en la conciencia ciudadana
A menudo se utiliza indistintamente estos dos términos como si fueran sinónimos. Incluso la enciclopedia Universal SOPENA, edición 1975 los identifica diciendo que es la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa.
LAICO: Es sinónimo de lego es decir el que no tiene órdenes clericales, pero se aplica también a la escuela en que se prescinde de la enseñanza religiosa.
SECULAR: Es sinónimo de seglar. Hace alusión a algo que sucede, se hace o se repite cada siglo. Que dura un siglo o desde hace siglos. Se aplica también al clero o sacerdote que vive en el siglo, en el mundo de los seglares a distinción del que vive en clausura o está sometido a las reglas de una congregación religiosa.
Así se distingue el clero regular del clero secular.
SECULARIZACIÓN. Acción de secularizar o secularizarse. Secularizar quiere decir hacer secular lo eclesiástico. Por ejemplo, autorizar a un religioso o religiosa para que deje la clausura o sus votos y pueda vivir en el siglo, en el mundo. Yo mismo, por ejemplo estoy secularizado porque pedí la dispensa de mis votos al Vaticano. Hay sacerdotes casados que canónicamente no están secularizados o bien por no haber pedido o bien por no habérseles concedido la dispensa solicitada.
SECULARISMO: Nombre dado por el filósofo inglés Halyoake a un sistema ético fundado en la moral natural, el cual, dejando aparte toda aspiración religiosa, limita el destino del hombre a la satisfacción de las necesidades materiales de la vida presente.
Hoy en día estas definiciones nos dejan un poco insatisfechos pues con el tiempo se ha profundizado el tema y tras múltiples debates, reflexiones y artículos publicados hemos madurado y afinado el contenido de este vocabulario.
Vamos a ceñirnos a lo que nos interesa.
¿ QUÉ ES LA LAICIDAD?

Entiendo que es un valor fundamental de la sociedad y un valor universal. Es el derecho al respeto de la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Es la base o el punto de partida de la conciencia ciudadana. Este valor de la laicidad va contra toda forma de fundamenta-lismo, contra toda absolutiza-ción o dogmatismo.
El artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 10 de diciembre de 1948 dice:
“Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia de los ritos”.
Esto mismo está recogido en el artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea.
A título anecdótico tengo entendido que la Santa Sede no ha adherido oficialmente todavía a esta Declaración Universal de los Derechos Humanos, no por este artículo sino por otros que no son compatibles con la legislación eclesiástica.

¿QUÉ ES EL LAICISMO?

Es una actitud negativa a todo reconocimiento de los valores religiosos en la sociedad. El laicismo pretende erradicar todo contenido religioso de cualquier sector humano. Es un término peyorativo, despectivo.
Hace poco el Cardenal Cañizares ha dicho que desde el gobierno español se está inculcando un laicismo pernicioso que afecta de forma radical al hombre.
Si existe un laicismo pernicioso me da pié a pensar que hay lugar para pensar que puede existir un laicismo beneficioso ¿no será la laicidad?
Los padres de la Revolución francesa evocaron la laicidad, la separación del Estado, (la República) y la Iglesia pues ambos poderes habían ido durante siglos de la mano. El pueblo aplicando esta regla se libró al laicismo, persiguiendo y destruyendo el ámbito religioso sin distinción ni consideración alguna, por espíritu de venganza. Cuando en realidad se proclamaba, la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Este es un ejemplo muy claro de lo que es la laicidad, la a-confesionalidad del Estado, y el laicismo, como que es pillaje de lo religioso. Es evidente que laicidad y laicismo no son sinónimos. Por eso que la jerarquía española teme al Laicismo, por onsiderarlo pernicioso. (Alguien me dijo un poco a lo bruto: O sea que en la laicidad cabe todo dios y en el laicismo no cabe ni dios.)
Utilizemos pues, la palabra “laicidad” para hablar en positivo y eliminar equívocos.
Esto quiere decir que la laicidad es la característica del estado laico constituido como organización jurídica y política, al servicio de la totalidad de los ciudadanos, en la que ninguna ideología, cultura o confesión religiosa se impone al conjunto de la ciudadanía, ni limita su desarrollo. Esto supone una apertura total de espíritu, lo que cuadra con el espíritu evangélico auténtico. Un estado laico es el único adecuado para construir una sociedad plural y democrática.
Una vez asumido el sentido de la laicidad podemos aterrizar y abordar cualquier tema concreto que afecte al comportamiento humano y a la conciencia ciudadana.
La opinión pública madurando en esta conciencia ciudadana, con la laicidad como fundamento, está preparada para abordar temas o problemas tales como:
+la aceleración de trámites para la obtención del divorcio; no necesariamente para generalizar el divorcio;
+la ampliación de nuevos supuestos en la interrupción del embarazo; no para generalizar el aborto;
+el reconocimiento legal del matrimonio de personas homosexuales;
+la apertura legal de vías de investigación bioética;
+el replanteamiento de la ordenación de la enseñanza de la religión o del hecho religioso en la escuela;
+la reconsideración de los acuerdos del Estado Español y de la Santa Sede referidos a la financiación de la Iglesia Católica en España;
+el diálogo de civilizaciones y culturas;
+el diálogo Inter.-religioso;
+la concretización de la cooperación internacional;
+la generalización y mejora de la protección social;
+la educación contra la violencia de género;
+el reconocimiento de la igualdad de género a todos los niveles;
+programas de integración de los inmigrantes;
+todos los talleres que se han presentado en el encuentro de los movimientos sociales de la Iglesia de Base;
+en fin todo aquello que se relacione de alguna manera con los Derechos Humanos y que espera la respuesta adecuada de una conciencia ciudadana madura.
Y termino recogiendo las conclusiones del Observatorio Cristiano de la Laicidad, de un grupo de asociaciones de la Federación francesa “ Réseaux du Parvis” con quienes he tenido la suerte de compartir estas reflexiones y que se publicó en París,
el 11 de septiembre 2003. Aquí desterramos en francés una vez por todas el término “laicismo”.
Lo que los cristianos tenemos aún qué decir a este respecto.
1) Nos consideramos militantes convencidos de la laicidad participando en todos los foros como los demás ciudadanos.
2) Rechazamos cualquier gestión que tenga como fin una función particular en el seno de la sociedad, incluso prerrogativas, para cualquier religión.
3) La laicidad nos parece absolutamente conforme con el espíritu del evangelio. Sin olvidar que el cristianismo durante mucho tiempo ha dominado las sociedades europeas, algunas veces con violencia y que la Iglesia católica casi siempre se ha opuesto a la secularización de la sociedad francesa que debía llevar a la laicidad, lo cual es válido también aquí en España.
4) No admitimos una actitud que consistiría en reconocer los beneficios de la laicidad desnaturalizándole su sentido, bajo el nombre de “laicidad abierta” y en querer dar a las religiones una función institucionalmente reconocida bajo el pretexto de que serían “expertas en humanidad “. Denunciamos, por ejemplo, las presiones multiformes de la Iglesia Católica, bajo la cobertura de una pretendida “ley natural” para obtener que el aborto sea prohibido por la ley.
5) Nos aferramos a la laicidad porque nos permite profundizar nuestra propia fe. Nos ayuda en efecto a tomar conciencia de una manera más evidente de nuestra pertenencia a la comunidad humana antes que ser creyentes. No es desvalorizar la fe religiosa el hecho de afirmar que ninguna revelación debe pretender tener la primacía sobre la ley común, que está fundada en los Derechos Humanos. Esta libertad permite acercarse más al misterio de este Dios escondido que anuncia el evangelio y que fundamenta nuestra autonomía.
6) Creemos que la investigación teológica debe continuar ya que permite que se enriquezca nuestra fe religiosa y que se encuentra fortalecida por la libertad que puede ayudar en su búsqueda. La independencia de toda investigación intelectual y de toda toma de posición en una sociedad laica es una garantía para que la libertad de expresión pueda ser preservada en el seno de las religiones. Desearíamos ver una evolución más democrática en el funcionamiento de sus instituciones.
7) Según los Evangelios, nuestra referencia, Jesús manifiesta un rechazo constante a la ambición de los poderes tanto políticos como religiosos, y enjuicia estos poderes como lo hicieron los profetas en la medida que dominan y oprimen. Veremos más adelante cómo Jesús fue un laico.
Terminan sus conclusiones diciendo: Para asegurar nuestra firme convicción por la laicidad republicana ( por estar en Francia) y para exhortar a nuestras Iglesias a ser plenamente fieles a lo que ellas están destinadas a anunciar hemos decidido crear este Observatorio Cristiano de la Laicidad.
Estamos en terreno firme pues nos atenemos simplemente a lo definido por el
Concilio Vaticano II, recogido en el documento Gaudium et Spes:
“Una conciencia más viva exige hoy establecer un orden político-jurídico que proteja mejor la dignidad y derechos de la persona, entre los que se encuentra el de profesar privada y públicamente la religión.”
“Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color ,condición social, lengua o religión debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. La Iglesia proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos.”
Este punto diríase recogido del artículo número 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.Pasamos ahora a considerar algunos temas bajo esta perspectiva de la laicidad.

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CONDENADOS A ENTENDERSE

José María Mardones (El Correo).

R. Debray contrapone la laicidad inteligente a la laicidad incompetente típica de la demandada neutralidad del Estado en cuestiones de religión y sentido último. Esta neutralidad, que fue, sin duda, un avance en la superación de los conflictos desatados por las guerras de religión en Europa, se muestra ahora demasiado escuálida.
Hay que mantener, claro está, el significado profundo que tuvo el descubrimiento de la laicidad: en cuestiones del sentido de la realidad y de la vida no es competente el Estado.
La laicidad, ha sido y continúa siendo una buena herramienta social y política. Y en principio, no dice más que la abstención política de no intervenir en cuestiones de sentido último metafísico-religiosas. Por parte de la religión supone que deja de ser una competidora del poder político, monopolizadora de las visiones del mundo y de los comportamientos morales de la sociedad y acepta una orientación más personal, individualista y hasta subjetiva de la opción religiosa en un clima de pluralismo.
Puestas así las cosas no debieran surgir conflictos ni malentendidos. Pero la vida y las vicisitudes históricas no son tan lineales como los resúmenes teóricos. Poseen mucho más calor y más presión sanguínea.
La laicidad se jugó en contraposición al poder y resistencias de las iglesias. De ahí, sobre todo en los países católicos, que hubiera tristes confrontaciones. De aquellos tumultos queda una desviación laicista beligerante que piensa que el laicismo es equivalente a no creencia religiosa.
Lo triste del debate de la laicidad es que parece que estamos condenados al ‘frentismo’ de cada una de estas posturas beligerantes.
Aquí aparece de nuevo R. Debray apelando a la laicidad inteligente: la de un Estado y una Iglesia condenados a entenderse. Porque en políticas sociales, en cuestiones de vida y muerte (nacimiento, eutanasia), de género, de emigración, integración social, multiculturalidad, educación, son inevitables los roces. Hay, se quiera o no, incidencias de la política con el sentido. Y al Estado neutral no le puede ser indiferente -como hoy vemos con el caso del terrorismo islámico o nacionalista- cualquier ideología o religión. La cuestión es sutil, de talante y de actitudes de diálogo y encuentro por ambas partes. Requiere hombres capaces de llevarlas a cabo.
La laicidad inteligente solicita que el laicista entienda que ya los creyentes no le quieren disputar el poder al Estado. Y, por ello, que no pretenda esgrimir la ideología laicista ni tener el monopolio de la racionalidad y del saber (‘científico’) ni de las soluciones a cuestiones de moral social. El creyente debe saber que está en una sociedad pluralista, laica, donde no posee el monopolio ni del sentido de la vida ni de la moral ni tampoco de las soluciones adecuadas a los complejos problemas sociales.


La laicidad inteligente se parece mucho a lo que J. B. Metz, desde Alemania, denomina ‘dialéctica de la secularización’: la creación de una actitud autocrítica frente a las propias limitaciones y perversiones, tanto de la religión como de la laicidad, a fin de hallar caminos de encuentro que ayuden a construir realmente una sociedad democrática, pluralista y tolerante donde los seres humanos puedan ser y vivir mejor.