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El
Concilio Vaticano II rompió con la antigua estructura eclesial para
presentarla como Cuerpo místico de Cristo, Pueblo de Dios y Templo del
Espíritu. Lejos de los antiguos modelos de sociedades piramidales,
calcados de las monarquías absolutas, el Vaticano II pretendió que la
sinodalidad jerárquica fuera la estructura de base para ejercer el
gobierno de todo el Pueblo de Dios.
En teoría no debería existir incompatibilidad entre democracia y
jerarquía, como si fueran dos realidades excluyentes. De hecho, la
Iglesia propugna, desde su autoridad moral, el desarrollo de una cultura
democrática en los diferentes países del mundo, como la forma de
gobierno más justa y equitativa para todos los hombres.
Sin embargo, a pesar de que la Iglesia está a favor de la democracia en
la sociedad civil, su propia forma de gobierno se aleja profundamente de
esos valores, por la falta de participación activa de todos sus miembros
a la hora de ejercer el poder.
Curiosamente, los valores del evangelio están más cerca de la democracia
que de otro régimen de gobierno sacado de los modelos civiles.
La presencia del Espíritu recae sobre todos los bautizados de igual
forma, sin distinción ni exclusividades. Por esta razón, el sentido de
los fieles se acredita como necesario para avalar toda afirmación de
Verdad que provenga de la máxima autoridad. El problema en la Iglesia
surge cuando, sin contar con los fieles, se impone algo que no termina
de ser acogido ni aceptado por el resto de la comunidad universal.
En ese caso, la Iglesia se convierte en una “dictadura” de corte
monárquico, con autoridad de hecho pero no de derecho y menos aún de
moral. Cuando el sentido de los fieles no se adhiere a las decisiones
pontificias, porque no se le ha permitido que participe activamente, las
palabras de la jerarquía suenan poco convincentes y nada eficaces, en
cuyo caso no sirven para mucho, porque no son recibidas, ni acogidas, y
desde la imposición su eficacia queda en entredicho.
Cuando la voz de los pastores es sufrida y menospreciada por el Pueblo
de Dios, se desdeña la fuerza del Espíritu Santo que se derrama por
igual sobre todos los fieles.
La Iglesia dispone de un potencial inmenso, sin tener que tocar su
propia estructura sinodal, para el ejercicio de la autoridad. No se
trata de democratizar a la Iglesia, sino de explotar su dimensión
comunitaria y participativa para que el ejercicio de la libertad se
desarrolle como un don del Espíritu.
La posibilidad de la disensión y de la opinión pública, deben poder
ejercerse sin límites ni miedos a la exclusión, al rechazo o a la
imposición del silencio. La obediencia implica, desde el Evangelio, la
escucha mutua y la búsqueda común de la Verdad, a través de las mociones
que el Espíritu suscita en todos los bautizados.
El principio de subsidiariedad, no sólo es válido para toda democracia,
sino también para la Iglesia. Entre el Papa y los fieles existen muchos
organismos de participación en los que el Papa debería delegar más a
menudo, antes que asumir su poder ordinario que le permite inmiscuirse
en cualquier realidad eclesial, de la que goza de total libertad.
Esto además acarrea una serie de consecuencias que no favorecen a la
Iglesia en ningún sentido. La peor de todas es la pérdida de confianza,
y esta tarda mucho en recuperarse, si es que al final lo consigue.
Confiar es amar, y cuando ya no se puede confiar porque se ha
menospreciado lo que otros podían hacer o proponer, algo del amor por la
Iglesia se ha perdido, y así no se debe ni se puede vivir en comunidad.
La escucha y el diálogo son la fuerza de la Iglesia: escucha a Dios, a
su Palabra y a su Espíritu. Pero escucha también a las voces de los
hombres a través de las cuales Dios no se cansa de hablar. Cuando la
Iglesia hace oídos sordos al clamor de tantos hombres y mujeres que
componen el Pueblo de Dios, es a Dios mismo a quien se está silenciando,
y eso es un pecado muy grave, porque para hacer la voluntad de Dios, es
necesario escuchar primero su voz, que se reparte por tantos corazones
del mundo.
La escucha de tantos fieles del mundo entero posibilitó la proclamación
del dogma de la Asunción. Pero esa voz del Espíritu no se ha callado,
¿por qué no se la sigue escuchando cuando hoy sigue gritando en tantas
cuestiones todavía sin resolver? ¿Tiene miedo la Iglesia de oír la voz
de Dios? El discernimiento evangélico implica tener un oído fino para
saber distinguir correctamente su procedencia correcta. Cuando la
Iglesia silencia, está silenciando a Dios mismo.
El Derecho Canónico en la Iglesia es garantía de libertad, especialmente
para los más débiles. Sin embargo, en su estructura interna faltan
elementos para el ejercicio del pleno derecho de todos los fieles, como
es el de apelar ante los abusos de poder, o donde se pueda ser escuchado
para defenderse de falsas acusaciones.
En el nombramiento de los obispos no se tiene en cuenta el criterio de
la comunidad, ni el criterio de los fieles sobre la conveniencia o no de
tal decisión. Cuando el Pueblo no está de acuerdo con el nombramiento de
sus responsables, el ejercicio de la autoridad se acoge de mala gana y
eso no beneficia a nadie. Aquí, una vez más, las exigencias evangélicas
se asemejan más al derecho democrático que a otro modelo de sociedad.
La sinodalidad eclesial se parapeta en el voto consultivo para no perder
terreno en el ejercicio del poder absoluto, de esta manera, cualquier
opinión de los órganos intermedios entre el Papa y los fieles laicos
queda mermada de fuerza y autoridad moral. Tampoco se trata de darle el
poder deliberativo a los órganos subsidiarios de la Iglesia, sino en
hacer vinculante cualquier consulta avalada por la fuerza de la razón,
de la verdad y de la escucha a la llamada de Dios. Ahí reside el
verdadero ejercicio de la comunión.
La Iglesia ni es monárquica, ni es democrática, es algo mucho más
sublime y perfecto. La Iglesia es sinodal, colegial y subsidiaria en su
propia naturaleza. Si estas notas pudieran ser vividas en su plenitud,
la participación activa de los bautizados dejaría de ser una reclamación
para convertirse en un derecho con el que fecundar toda la acción
evangelizadora de la Iglesia.
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José María Castillo
Desconozco los motivos por los que el arzobispo
de Granada ha trasladado al párroco de Albuñol a otra parroquia, Como
tampoco sé las razones que aducen los feligreses de Albuñol que se han
encerrado en la iglesia del pueblo o incluso han hecho una huelga de
hambre para impedir que se lleven al cura
No pretendo aquí, por tanto, ni defender ni atacar a nadie. En cualquier
caso y sea lo que sea de todo este asunto, el arzobispo de Granada, al
trasladar al párroco, no ha hecho sino lo que suelen hacer casi todos
los obispos cuando deciden cambiar a sus curas. Es la práctica habitual
de la Iglesia con los párrocos, con los sacerdotes en general y también
con los obispos.
Cada obispo con sus sacerdotes, y más el papa con cualquier clérigo (ya
sea cura, obispo o cardenal), pueden quitar y poner, traer y llevar, sin
consultar a los interesados ni contar con los fieles cristianos que se
suelen enterar de los cambios y traslados el día que menos lo esperan.
Insisto en que el arzobispo de Granada ha procedido en este caso de
acuerdo con las normas que establece el Código de Derecho Canónico. Lo
que yo me pregunto es si esta legislación es lo mejor para la Iglesia.
Me planteo esta pregunta no sólo por el caso de Albuñol. También me la
formulé cuando, hace unos meses, mucha gente protestó en Madrid por la
decisión del cardenal Rouco al cerrar la parroquia de san Carlos
Borromeo. El problema está en que la Iglesia funciona como una gran
empresa en la que sus gestores (los clérigos) son los que mandan,
mientras que los fieles no tienen más misión que ser buenos y obedecer.
El papa Pío X lo dijo con toda precisión: «En la sola jerarquía residen
el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los
miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene
otro derecho que el de dejarse conducir y dócilmente seguir a sus
pastores» (Enc. Vehementer Nos, 2.II.1906).
En los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia no funcionaba así.
Cuando Judas se suicidó, Pedro reunió a la comunidad para nombrar un
sustituto y fue la comunidad quien decidió el procedimiento para
designar a Matías (Hech 1, 15-26). Cuando en la comunidad de Jeru-salén
hubo proble-mas, se reunie-ron to-dos y entre todos eligieron a siete
colaboradores para atender a los de origen griego (Hech 6, 1-6). Algo
después, Pablo y Bernabé designaban en las comunidades, por votación a
mano alzada (tal es el sentido del verbo griego jeirotonéo), a los
presbíteros (Hech 14, 23; también 2 Cor 8, 19; Didaché 15, 1; Ignacio de
Antioquía, Pol. 7, 2).
Esta práctica se mantuvo en los siglos siguientes. A mediados del s. III,
Cipriano, obispo de Cartago, escribía a los presbíteros de su diócesis:
«Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna
resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi
pueblo» (Epist. 14, 4). Es más, esta misma práctica se observaba para el
nombramiento de obispos y papas. San León Magno (s. V) lo dijo con
precisión: «El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser
elegido por todos» (Epist. X, 6). De forma más tajante, el papa
Celestino I estableció la norma (Epist. IV, 5) que en el s. XI vuelve a
recoger el Decreto de Graciano: «No se imponga ningún obispo a quienes
no lo aceptan; se debe requerir el consentimiento del clero y del
pueblo» (c. 13, D. LXI).
Más aún, cuando en la persecución de Decio (año 250), los obispos de
León, Astorga y Mérida no dieron el debido ejemplo de fe, las
comunidades de esas diócesis se reunieron y los destituyeron. La
situación llegó a ser tan grave que san Cipriano convocó un concilio en
Cartago. Los 37 obispos allí reunidos redactaron un documento que
conocemos por la carta 67 de Cipriano. En este documento se dicen tres
cosas:
1) el pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus obispos;
2) el pueblo tiene también poder para quitar a los ministros de la
Iglesia cuando son indignos;
3) ni el recurso al obispo de Roma debe cambiar la decisión comunitaria
cuando tal recurso no se basa en la verdad (Epist. 67, 3, 4 y 5).
La Iglesia era, en aquellos siglos, tan Iglesia de Cristo como la
actual. Pero se parecía más a lo que quiso Jesús que lo que se parece la
Iglesia que ahora tenemos. Porque, en la Iglesia primitiva, los obispos
no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la
Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por
eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos. Todos los
cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de
decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin
contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era
la sumisión, sino la responsabilidad.
Sin entrar en los motivos concretos de lo ocurrido en Albuñol o en
Vallecas, es evidente que ambos episodios han puesto de manifiesto que
en la Iglesia se habla mucho de amor y de comunión, pero lo que importa
es afirmar y hacer notar el poder de los obispos, su autoridad intocable
y la sumisión a sus decisiones. Por más que eso tenga el elevado coste
de la resistencia de algunos, el escándalo de otros y el daño que
sufrimos todos.
El resultado está a la vista: cada día las iglesias están más vacías,
los cristianos más desilusionados y bastantes clérigos desconcertados,
sin saber qué hacer. Y según parece, con poco entusiasmo para emprender
caminos de renovación y puesta al día. La concentración del poder
produce sumisión y orden. La sumisión y el orden generan miedo. Y el
miedo, parálisis o incluso marcha atrás
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Las Comunidades
Cristianas Populares de Granada y Andalucía se solidarizan con la lucha
que la comunidad parroquial de Albuñol está llevando a cabo: Tener Voz y
decisión frente a la actitud autoritaria del arzobispo de Granada. No
conocemos de primera mano el caso concreto de la parroquia de Albuñol y
el traslado de su párroco, solo disponemos de la información reflejada
en los medios de comunicación. Lo importante del caso es que las
comunidades cristianas sean parroquiales o de otro tipo, deben tener el
derecho de PARTICIPAR Y DECIDIR en los asuntos que les afecten. Y mucho
más si se trata de elegir a la persona que va a coordinar la vida
comunitaria.
Esto fue así durante los primeros siglos del cristianismo y no hay razón
teológica que lo determine, como bien lo explica el teólogo José María
Castillo en el artículo publicado en Ideal el 17-8-07. Creemos en una
iglesia COMUNIDAD de comunidades diversas, con múltiples carismas
elegidos desde la base, el diálogo y la igualdad de sexos.
Denunciamos la respuesta “irrevocable”, dictatorial, del arzobispo de
Granada y por extensión el modelo feudal-piramidal que caracteriza la
organización de esta iglesia. No fue así en los primeros tiempos y no es
esta la iglesia que quiso Jesús. Apoyamos las quejas, movilizaciones y
modos de presión de la comunidad parroquial de Albuñol. En tanto que no
conculcan el derecho de las personas, son tan cristianos como humanos y
viceversa. Ya es hora que los cristianos dejen de ser “borregos sumisos”
con “pastores descarriados” y sobre todo antievangélicos. Revindicamos
el DERECHO de los cristianos a DISENTIR de la Jerarquía católica e
invitamos a hacerlo públicamente sin miedo a represalias ni a un falso
sentido de la prudencia.
Domingo Gómez Leiva
Como Portavoz de las Comunidades Cristianas Populares de Granada y
Andalucía.
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Francisco Paz
¿ Creen los
actuales obispos de la Iglesia Católica en España en la Democracia? La
respuesta pasa a ser: NO, en absoluto. Es razonable: ellos no la
practican en sus diócesis de igual modo que ellos mismos fueron
nombrados, que no elegidos.
Demo-cracía: poder del pueblo. No siempre, lo sabemos, ni para todo,
pero al menos, cada cuatro años, el pueblo habla con libertad de voto.
¿Nos han preguntado alguna vez en referéndum si estamos de acuerdo con
la gestión de nuestro obispo? No, en absoluto.
Como Jesús no fundó una Iglesia sino que anunció el Reino de Dios, no
podemos saber realmente cómo la hubiera querido en su funcionamiento
interno. Lo que sabemos es que esta organización ha ido tomando a lo
largo de los siglos, desde que fue nombrada por el Emperador romano
religión oficial del Estado, las formas organizativas propias de las
sociedades en las que se desarrolló. Pero siempre con bastante lentitud.
Los obispos llegaron a ser como los nobles y aristócratas en el sistema
feudal. Y el obispo de Roma, dueño y señor del mundo terreno, como el
Emperador, con su propio ejército para la guerra. Hoy la mayoría de los
pueblos ha elegido el sistema de República Democrática, con cargos
elegibles, o se mantienen antiguas o renovadas monarquías, pero
parlamentarias (el rey reina pero no gobierna). ¿Cómo actúan los obispos
católicos de los USA o de Francia, sin ir más lejos?
España parece ser un caso aparte, por varias circunstancias
seculares.¿Por qué razones de peso hacen campaña pública los obispos
católicos en España en contra de una asignatura educativa recomendada
por la Unión Europea? ¿Es legítima la invitación a los padres a la
objeción de conciencia?
Muchas preguntas que nos hacemos todos en este asunto cuando conocemos
las declaraciones oficiales y particulares de los miembros de la
jerarquía. ¿Podrán seguir siendo pastores del Pueblo de Dios en España
los que así piensan? ¿Saben ellos cuantos católicos están de acuerdo con
lo que ellos dicen y hacen? ¿Serán excomulgados los que no actúen contra
la clase de Educación para la Ciudadanía que propone el Ministerio de
Educación? O, simplemente: ¿seguirá la mayoría de los bautizados pasando
de Iglesia?
Blog HABLEMOS
de Religión Digital.
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Andando por las comunidades eclesiales de base del Norte amazónico, allí
donde crece una Iglesia pobre y liberadora, oí de un líder comunitario,
buen conocedor de la lectura popular de la Biblia, la siguiente visión,
que él aseguraba era verdadera.
Iba un día camino del centro comunitario cuando se vio trasportado, no
sé si en sueño o en espíritu, a los jardines del Vaticano. De repente
vio a un papa -no era ninguno de los conocidos- todo de blanco, rodeado
por sus principales cardenales consejeros. Hacían el habitual paseo
después del almuerzo, caminando por los jardines en flor del Vaticano.
De pronto, el Papa vislumbró, a unos pocos metros de distancia, la
figura del Maestro. Éste siempre aparece disfrazado, unas veces como
jardinero, otras como caminante que va hacia Emaús. Pero el sucesor de
Pedro, apartándose del grupo de cardenales, con fino tacto, identificó
al instante al Resucitado.
Se arrodilló y quiso pronunciar la profesión que hizo a Pedro ser la
piedra sobre la cual se construye la Iglesia «Tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios vivo» cuando fue atajado por Jesús. Mirando el palacio del
Vaticano a lo lejos y la silueta de los edificios de la Santa Sede,
Jesús con voz entristecida dijo: «No te bendigo, Simón, hijo de Jonás y
sucesor de Pedro, porque todo esto no fue inspirado por mi Padre que
está en los cielos sino por la carne y por la sangre. A ti te digo que
no fue sobre estas piedras sobre las que edifiqué mi Iglesia, porque
temía que así las puertas del infierno pudiesen prevalecer contra ella».
El Papa se quedó perplejo y dirigió su mirada al rostro de Jesús. Vio
que caían furtivamente dos lágrimas de sus ojos. Se acordó de Pedro que
lo había traicionado tres veces y que, arrepentido, lloró amargamente.
Quiso articular alguna palabra, pero ésta murió en su garganta. Él
también empezó a llorar. En esto el Señor desapareció.
Los cardenales oyeron las palabras del Maestro y se apresuraron a
asistir al Papa. Entonces éste les dijo con gran severidad: «Hermanos,
el Señor me abrió los ojos. Por eso, las cosas no pueden quedar así.
Ayúdenme a realizar la voluntad del Señor».
El Cardenal Camarlengo, el más anciano de todos, afirmó: «Santidad, sí,
vamos a hacer algo para seguir a Jesús y la tradición de los Apóstoles.
Mañana reuniremos a todo el colegio cardenalicio presente en Roma e,
invocando al Espíritu Santo, decidiremos cómo proceder, conforme a las
palabras del Señor».
Todos se alejaron pesarosos, mientras les venían a la memoria aquellas
escenas del Nuevo Testamento que se refieren a Jesús llorando sobre la
ciudad santa que mataba a sus profetas y apedreaba a los enviados de
Dios, y que se negaba a reunir a sus hijos e hijas como la gallina
recoge a sus polluelos bajo sus alas.
Algunos, sin embargo, comentaban: «hermanos, seamos realistas y
prudentes, pues nos toca vivir en este mundo que ayudamos a construir.
¿Podemos negar nuestra historia? Pero veamos lo que el Espíritu nos
inspira».
Al día siguiente, cuando los cardenales se dirigían a la sala del
consistorio, graves y cabizbajos, el secretario del Papa vino corriendo
y les comunicó casi a gritos: «El Papa ha muerto».
Se celebraron los funerales con la pompa que acostumbran los cardenales,
con sus vestimentas brillantes y llenas de color, venidos de todas
partes del mundo. Una semana después sepultaron al Papa.
Y nadie se acordó nunca más de las palabras que el Señor había dicho.
Leonardo Boff
http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=233
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